Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi, este fic lo realizo sin ánimo de lucro y con el mero objetivo de entretener.

Este fic contiene escenas de extrema violencia y trata temas adultos. Su lectura queda bajo tu responsabilidad. Si aún así decides continuar, deseo de corazón que disfrutes tanto leyendo como yo escribiendo.

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[Crisantemo 17: Nuestra venganza - 1a parte]

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— ¿Era lo que esperabas? — preguntó Ranma de regreso a la casa, caminando al lado de la chica que ahora era ligeramente más alta que su talla femenina.

— Supongo que podría haber sido mucho peor.

— Claro, podrían habernos matado.

— Al menos escucharon lo que tenía que decir. — suspiró Akane sin poder esconder su decepción.

— Pero eso significa…

— Que no tendremos ayuda, estaremos tu y yo solos.

— Dirás que estaré YO solo.

Ella se detuvo en mitad de la calle, mirando a la pelirroja fijamente.

— Creo que me estás subestimando. — le dijo antes de continuar con la caminata. — ¿Se te olvida con quién hablas? soy la mujer más letal de todo Japón.

— ¡Já!, ¿cuando te volviste tan presumida?

— ¿Quieres que te lo demuestre?

Casi media hora después atravesaron de nuevo las puertas de Kokuryukai, entraron por una de las zonas laterales que solía usar Akane cuando quería pasar desapercibida. No tardaron en alistarse, Ranma encontró agua caliente y obró la transformación rápidamente, plantándose en la sala semi derruida por su ataque de rabia días atrás que solía usar ella como lugar de entrenamiento.

Akane no tardó en aparecer, llevaba una ropa que no se parecía en nada al viejo gi que usaba en la preparatoria. En su lugar vestía un traje ajustado de color negro, le cubría hasta el cuello dejando libres su finos brazos y sus pies. Más bien parecía algún tipo de indumentaria "ninja".

— ¿De que vas disfrazada? — protestó él sin poder negarse que aquel traje tenía sus ventajas, podía adivinar toda y cada una de las curvas del cuerpo de la chica, que delatoras se marcaban por la ajustada tela.

— Estoy más cómoda así. — aclaró comenzando a estirarse fastuosamente, mucho más elástica de lo que la recordaba. Movió los brazos e hizo un ligero gesto de molestia. Una gruesa venda seguía firmemente anclada en su brazo derecho.

— Si te duele mucho podemos dejarlo — apuntó el chico de la trenza, pero ella le miró desdeñosa.

— No duele, solo molesta. Y ahora prepárate.

Adoptó una posición que reconoció más propia del kung-fu, flexionó una rodilla y estiró la otra, agachándose hasta que su cuerpo quedó prácticamente a unos centímetros del suelo, en perfecto equilibrio mantenido por las puntas de sus pies. Anguló los codos y sus manos se volvieron suaves pero firmes, quedando artísticamente suspendidas en el aire, con los dedos muy juntos y las muñecas rígidas.

Ranma la observó y cerró los puños, deslizó su pie izquierdo sobre el tatami y flexionó la rodilla derecha, levantó los brazos listo para el ataque.

La vio acercarse rápida como el rayo, silenciosa como la brisa. Lanzó un primer golpe directo a su mandíbula que esquivó perplejo. Lanzó el otro brazo y lo volvió a esquivar por milímetros, se había vuelto realmente peligrosa.

Continuó esquivando sus golpes a la par que retrocedía lentamente, hasta que se vio atrapado entre ella y la pared. Se agachó, hizo una finta e intentó ponerse a su espalda, pero ella le recibió con una patada hacia atrás que le hizo saltar un par de metros.

— Ese no es el estilo libre — reflexionó Ranma a la vez que volvía a adoptar su posición de defensa.

— Mis maestros me hicieron olvidar todo cuanto sabía, ahora uso una mezcla de artes marciales con técnicas de combate avanzado.

— Aprovecharon tu fuerza y se centraron en el desarrollo de la habilidad, es lógico. — respondió de nuevo a la vez que ella le miraba y dejaba caer las manos, apoyándolas en su cadera.

— Mis mejores calificaciones siempre fueron en kendô.

— ¿Kendô?¿vas por ahí con una espada samurai?

— No seas ridículo, uso armas de corto alcance. Una katana es difícil de esconder pero la filosofía es la misma.

— Casi parece que te sientas orgullosa de ello.— esbozó una media sonrisa y ella le miró ofendida.

— No sabes lo que dices, ¡no tienes ni idea de lo difícil que es… matar!, aunque sean malas personas, aunque nadie lamente su pérdida, aunque esté escudada por el propio emperador del país… aún así no se puede arrebatar una vida sin que haya consecuencias para el alma. — apretó los dientes y los puños, mirándole directamente a los ojos, desafiante.

El chico de la trenza no se mostró afectado ni impresionado por sus palabras, torció la cabeza ligeramente hacia un lado y se acercó lentamente hacia ella.

— Te equivocas, matar no es difícil. Matar es sencillo, lo complicado es contener las fuerzas para no asestar un golpe mortal a cada paso. Con mis fuerzas, con mis manos… matar, romper, destrozar resulta de lo más fácil.

— ¡Te enfrentas a un grupo armado! las leyes no significan nada, están por encima de ellas, por encima de todo. Algunos dicen que mantenemos el equilibrio del país, otros que nos encargamos de la basura, yo sólo pienso que somos marionetas a disposición de los poderosos. No somos nada y por eso no dudan en deshacerse de nosotros cuando molestamos, en estos momentos hay otras personas iguales que yo recibiendo adiestramiento en todo el mundo. Es imposible que hagamos esto solos, Ranma. Moriremos los dos.

— No pienso morir… pero si he de hacerlo, no se me ocurre mejor razón que morir por tí.

Los ojos de Akane le miraron sin pestañear, incrédulos de sus suaves palabras.

— ¿No tenemos alternativa?

— ¿Qué alternativa?¿huir y vivir asustados?. Tu misma dijiste que es imposible esconderse de ellos, y lo que es peor… si desapareces le harán daño a nuestras familias.

Ella bajó la cabeza afectada, miró hacia el suelo con un nudo en el estómago.

— Entonces… si he de morir… no se me ocurre mejor lugar que hacerlo entre tus brazos.

El silencio se cernió sobre ellos como un pesado manto, estrangulador y angustioso. No había más palabras ni más tiempo, no había lugar para la esperanza, para el brillo de las promesas. Se abrazaron fuerte intentando contener en ese gesto una vida entera, todos sus momentos pasados no vividos y los futuros que nunca llegarían. Todas las palabras que jamás pronunciarían, los lugares a los que no irían o los hijos que no tendrían.

Sus besos se elevaron en forma de plegarias vacías, se abrazaron completamente ciegos de necesidad, de aquello que por tanto tiempo se habían negado. Colmados de llanto y deseo, de razón y olvido, de vida y muerte. Se desnudaron el uno al otro, arrancaron sus ropas, se perdieron mutuamente en sus cuerpos conscientes de que no tendrían otra oportunidad, era su último tren, la última estación.

La espalda desnuda de Akane dejó a la vista el dragón, el hermoso tatuaje en tinta y sangre refulgió libre a la vez que ella se mostraba como lo que era, lo que siempre había sido para ese hombre. Ella era su mujer, antes, ahora y por la eternidad.

Henchidos, histéricos, imparables rodaron por el suelo, buscándose, amándose por primera y última vez. Hasta que el dragón se arqueó en un gesto inconfundible, hasta que sus mutuos gemidos se elevaron por encima de sus cabezas.

A las puertas de la sala, a tan sólo unos escasos metros la joven sirvienta apretó los puños hasta clavarse las uñas en su tierna piel. Se mordió los labios intentando contener las lágrimas, que inevitablemente se mezclaron con la sangre que corrían por su barbilla.

Pues nunca se había sentido peor que en aquel momento, nunca tan engañada, nunca tan ignorada por la persona que amaba, a la que había dedicado su vida, a la que había seguido sin reservas hasta aquel lugar. Sus besos no eran para ella, sus suspiros, su amor… nada nunca sería suyo, ni siquiera lo fue durante un sólo instante.

Hana se lo había arrebatado todo.

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Era el momento, era aquel, no había otro. Apenas había podido dormir de la emoción. Amanecía tímidamente y ya sentía la excitación en la punta de sus dedos, la anticipación del combate.

A su lado, el cuerpo desnudo de Akane descansaba agotado, dormía tan dulce, tan sereno que le costaba creer que fuera humana y no divina. Hubiese preferido que no se despertara, que se mantuviera así para siempre.

— ¿Ranma? — preguntó con voz ronca, aún medio dormida.

El chico sonrió, jamás, ni en sus mejores sueños imaginó que viviría un amanecer como aquel, aunque sólo fuera uno.

— Es temprano, descansa.

— Hace frío, ven. — susurró ella acomodándose en el futon, invitándole a tumbarse de nuevo a su lado.

Y él era débil, terriblemente dependiente de todos sus besos por entregar, de su voz tanto tiempo sin ser escuchada, y le encantaba.

Se acomodó junto a ella, sintiendo como su cuerpo acariciaba el suyo, suave y cálido.

— Va a nevar. — suspiró ella satisfecha por el contacto. Ranma acarició con ternura sus cabellos negros, pensando lo hermosos que se verían en contraste con el color blanco.

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Blanco. Por algún motivo le llenó de añoranza verla vestida de ese color. Lucía un hermoso kimono de seda blanca, completamente liso y sin adornos. No pudo evitar rememorar ese día hacía ya tanto tiempo, cuando se veía tan bonita con su traje tradicional de novia.

Pero esta vez no era igual, aquel kimono era diferente. Ella se percató de su insistente mirada y se llevó ambas manos al pecho.

— ¿Es raro? — preguntó observándose.

— N-no, estas… preciosa. — dijo él sin sonrojo, lleno de convencimiento.

— Es mi mortaja. El kimono funerario que me fue entregado nada más poner un pie en este lugar, ¿siniestro, verdad?. Pero por alguna razón ahora siento que es adecuado, es justamente lo que debo llevar hoy. — se ajustó las mangas con un lazo detrás de la espalda en un movimiento diestro y estudiado. Se había atado el cabello en una cola de caballo alta, simplemente perfecta, tan sólo dos mechones largos caían por los laterales de su rostro. Parecía justo lo que era, una joven guerrera, una samurai.

A Ranma no le pasó por alto el arma que había dejado cercana a la puerta, una katana de funda negra, reluciente y lacada, con una empuñadura clásica de hilos trenzados en color rojo.

— No vas a morir Akane. — susurró él a su lado — No lo consentiré.

— Ranma, si tu caes, si algo te ocurre… ten por seguro que no tardaré en seguirte. Yo misma me encargaré de Oyabun e iré contigo. — no mentía, tampoco dudaba, estaban juntos en aquello.

— Ese viejo es mío, sólo señálalo y acabaré con él. Al otro le recuerdo bien.

Ella asintió lentamente, se entendían a la perfección. En aquella batalla por su vida lucharían hombro con hombro, espalda contra espalda. Debían tener una confianza ciega en su mutua habilidad.

— Tu avanza — dijo ella tomando la katana y anudándola con cuidado a la izquierda de su ancho obi de forma que caía sobre su cadera — Yo te cubriré, no mires atrás.

No sabía cómo decirle que eso era prácticamente imposible, era impensable que no se preocupara por ella por mucho que ahora supiese manejar un arma.

Akane se dirigió hacia las grandes puertas de la habitación que daban al jardín, las abrió de par en par para observar el paisaje. El tejado de las casas colindantes, el estanque y sus alrededores, los árboles retorcidos, todo cubierto por un denso manto de nieve.

— ¿Lo oyes? — preguntó sin poder ocultar su propio nerviosismo, el temor en su voz — Ha comenzado.

— ¿Estarán todos? — dijo él a su espalda, fijando sus ojos azules en un punto lejano, en el camino que serpenteaba entre los muros de las casas y se perdía hasta llegar a la residencia principal.

— Es la reunión anual, es su día. Políticos, policías, empresarios… y sí, por supuesto ellos. Me estarán esperando, he de sentarme a la derecha de Satoshi y contemplar una vez más la absurda función.— se giró para mirarle de nuevo, tragó saliva con el obsesivo pensamiento de que aquella podría ser la última vez, su último instante juntos en ese mundo. — Espera al medio día, justo cuando se sirva el almuerzo en el salón principal. Entra camuflado entre el resto de las flores, será el momento en el que Oyabun se encuentre más desprotegido. Atacaremos a mi señal.

El "plan" de Akane no era de su agrado, el hecho de tener que separarse le estaba matando, le quemaba como una estaca candente. La miró intensamente, tanto que pudo leer su miedo, sus dudas.

— Todo irá bien. — la tranquilizó aún a pesar de sí mismo. Ella era fuerte, debía confiar en su buen juicio, en su experiencia en aquel infierno. — ¿No vas a despedirte de Ume?

— Creo que no quiere verme, será mejor así, no sé como enfrentarla y decirle que quizás no nos volvamos a ver. Se supone que yo debía cuidar de ella, pero al final fue ella la que cuidó de mí. — sonrió con tristeza. — Vamos, no deben sospechar.

Akane se calzó unos altos y elegantes zuecos de color granate, se los ajustó bien y puso un pie sobre la virginal nieve, a su paso los zapatos tradicionales se hundían, dejando pequeños surcos apenas distanciados.

Se alejaba de su vista, poco a poco con su lento caminar, se iba de nuevo de su lado. Y entonces Ranma tuvo un mal presentimiento, un temor intangible que le puso en alerta. Corrió tras ella siguiendo el mismo sendero que sus pies habían dejado, la dio alcance cuando apenas estaba en la mitad del sendero, puso una mano sobre su hombro y ella se giró asombrada, no había notado su presencia, pero lo que más la perturbó fue verle con su forma masculina.

— ¿Pero que estás haciendo? — dijo nerviosa mirando hacia ambos lados, asegurándose de que no hubiera miradas indiscretas — ¿acaso estás loco? ¡tenemos un plan! — susurró entre dientes, sintiendo como se disparaban sus pulsaciones.

Pero no llegó a decir una palabra más, la mirada del artista marcial se lo dijo todo. Algo iba mal, terriblemente mal. Sus ojos azules miraron atentos a los tejados colindantes, a los árboles cubiertos por la nieve, a las puertas cerradas. Akane también buscó en aquella dirección, sus ojos del color de la miel captaron el tenue movimiento, pisadas invisibles.

No había tiempo para las explicaciones o para intentar encontrar porqués, ellos ya sabían que estaban ahí. Con un movimiento lento y calculado tomó la funda de la katana con su mano izquierda y con la derecha la deslizó suavemente, haciendo relucir su filo contra el frío blanco.

A su espalda el chico de la trenza se tensó imperceptiblemente, listo para la lucha.

— Nee-sama — la llamó un hombre joven, apareciendo en mitad del amplio jardín, salido de la nada. — Tenemos órdenes de detenerte en este lugar, hoy no asistirás a la reunión anual. Wakagashira no quiere que resultes herida, por favor, regresa a tus habitaciones.

Ranma miró al hombre amenazante, en seguida otra docena de sombras se dejaron ver en el nevado jardín. Estaban rodeados, era una trampa. Pudo escuchar la calmada respiración de la chica tras de sí, como agarraba con más fuerza la espada preparándose para lo inevitable.

Estarían juntos hasta el final.

Crujió los dedos, apretó los puños mientras le dominaba la adrenalina, esperando el ataque. El primero de ellos no tardó en llegar, dos hombres se le echaron encima, ambos con sus manos desnudas esperaban poder frenarle sin apenas contratiempos, tarde descubrieron cuán equivocados estaban.

El chico de la trenza giró sobre sí mismo en una finta y sus manos se movieron a la velocidad de la luz, golpeando a sus enemigos con puños cerrados, con el poder del trueno. Cuello, pecho, rodilla. Ambos cayeron al suelo inconscientes en segundos, ante las asombradas miradas del resto de individuos.

Ranma sonrió, no había hecho más que empezar. Estiró sus músculos anquilosados, su espíritu de luchador tanto tiempo hecho añicos, vapuleado por la pérdida, por la culpabilidad. Ahora ardía de nuevo, se sentía poderoso, fuerte y letal, más que nunca. Retorció las muñecas a la vez que sus dedos índice y anular formaban garras, flexionó las rodillas. Estaba listo para acabar con todos ellos.

Esta vez los hombres no se lo pensaron, sacaron sus armas. El primero que había hablado también llevaba una katana que desenfundó presuroso con su mirada puesta en Akane, no se terminaba de creer lo que estaba viendo. Se notaba una reverencia en su actitud, un respeto más allá de cualquier duda.

— ¡Nee-sama, recapacita! — casi suplicó, pero en los ojos de la chica solo vio una determinación salvaje y ausente de misericordia.

Media docena de hombres se precipitó sobre ellos, unos desde los tejados, otros llegaban corriendo desde los laterales con terribles gritos de guerra bramando en sus gargantas. Ranma los esquivó como en un baile, ladeó el cuerpo, saltó hacia atrás cayendo sobre uno de ellos, pateándole el pecho en una pulida caída. Se puso en pié tan sólo impulsándose con las piernas, plantándose firme en la nieve, se movía poseído, agarró a uno de ellos y lo utilizó como escudo, le rompió el cuello antes de empujar el cuerpo contra ellos y aprovechando el segundo de distracción volver a saltar en el aire, pateando cabezas, golpeando estómagos con sus codos.

Apenas tocaba el suelo, volaba y cuando caía asestaba golpes certeros, encajando tráqueas con sus manos abiertas, rompiendo piernas con espectaculares barridos, destruyendo con sus puños. Tomó el helado aire del ambiente y se giró sobre sí mismo, sorprendido de que no quedaran más enemigos. A su espalda Akane sólo había usado su espada una vez, y a sus pies un sollozante muchacho se desangraba sosteniendo en alto el muñón sanguinolento que hasta ese momento había sido su mano derecha.

— Nee-sama, nos has… traicionado. — alcanzó a decir antes de caer desmayado, manchando la nieve blanca con su siniestro rastro. Ella sacudió el filo del metal con fuerza, salpicando los restos de sangre que dibujaron un hermoso arco rojizo. Puso la yema de su dedo pulgar sobre uno de los filos de la hoja y en un movimiento rápido, más propio de otra era, limpió el arma contra su propia piel antes de volver a contenerla en su funda.

— No les hagamos esperar. — fue lo único que dijo antes de quitarse los zuecos de madera carmesí y caminar sobre sus calcetines.

Ranma asintió grave y se puso a su altura, ambos observaron como a su paso comenzaban a rodearles más y más enemigos. No les sería fácil llegar hasta Oyabun. Todo su plan se había ido al traste.

— Son todos los numerarios. — susurró ella volviendo a desenfundar la espada, Ranma la escuchó sin dejar de mirar a los hombres que se acercaban cautelosamente hacia ellos.

— ¿Numerarios?

— Guardaespaldas, hombres con conocimientos intermedios en manejo de armas de corto alcance. No hay asesinos, eso significa que apenas han tenido tiempo de planificar un contraataque, acaban de enterarse de que venimos. Hay que terminar con ellos rápido.

— Mantente detrás, Akane — dijo él intentando ocultarla con su amplia espalda, pero ella sonrió.

— Ya te dije que avanzaras, yo te cubro.

Miró a los enemigos que tenían ante sí, no le parecían gran cosa, ellos parecieron encogerse ante su mirada acerada, sus ojos azules exigiendo venganza, ¡justicia!. Clamando por la vida de aquel que le había arrebatado todo cuanto amaba durante diez horribles y angustiosos años. A su espalda sintió como la chica llenaba sus pulmones de aire, estaba lista.

La escuchó proferir un grito de furia cuando se abalanzó contra varios hombres, escuchó el metal chocar y destruir a su paso, olió la sangre, la agonía de sus víctimas. No la veía y aún así en su mente podía reproducir sus movimientos con la exactitud de un reloj suizo, el filo subiendo y bajando a una velocidad endemoniada, sin detenerse ante carne o hueso, cruel y decidido. Confiaría en ella, confiaría en que podría ocuparse de esos tipos, el resto eran todos suyos.

Dio un paso hacia adelante y otros tantos aparecieron como invocados. Armas afiladas en mano, no dejaban de ser pequeñas espadas viejas o cuchillos. Fue a por ellos, al primero le agarró la mano y con el puño cerrado golpeó su muñeca, haciendo que se angulara de forma extraña y amorfa, cayendo al suelo entre gritos de agonía. Al siguiente le retorció el brazo, giró sobre él para terminar con el filo justo donde debía estar, entre sus propias tripas, le abandonó sin miramientos cuando otros dos tipos armados con bates metálicos intentaron golpearle a un mismo tiempo. Arqueó la espalda lo suficiente para que ambos pasaran a milímetros, se levantó en el segundo justo en el que la fuerza centrífuga empujaba a ambos hombres a girarse sobre su tronco, les dio sendos puñetazos en la boca del estómago, al primero le remató con un gancho en la barbilla, el segundo parecía no poder ni respirar.

El siguiente que se encontró parecía un poco más hábil, armado con un bo le miró amenazante antes de atacar directamente a su cuello. Ranma dio una voltereta hacia atrás, volvió a plantar los pies a tiempo de saltar y evitar un golpe bajo. Sus piernas formaron un perfecto ángulo de 90 grados en el aire, lo cual le permitió aterrizar con exactitud milimétrica sobre la rama de un árbol. Sonrió a su enemigo y al resto de hombres que se le sumaban, iba a ser divertido. Volvió a saltar pero esta vez clavó la caída justo en el epicentro de todos ellos, se levantó a cámara lenta mirándoles con desprecio.

— ¡Vamos! — les retó impaciente, y los golpes llegaron todos a la vez, como una lluvia repentina y salvaje, un arrebato de pura furia e ira. Ranma curvó la espalda, esquivó una vez más los golpes, los leía con facilidad, todos eran aburridos, lentos, demasiado sencillos. Hincó los pies con fuerza en el suelo, levantó su potente pierna derecha y giró en el aire arrollando todo cuanto encontró a su paso, cabezas, torsos y brazos, todo se rompía, todo salía despedido.

El chico del bo consiguió pillarle desprevenido, le golpeó en la espalda y el artista marcial le prestó toda su atención.

Su brazo derecho se enredó sobre el palo de madera y en un sólo gesto consiguió arrebatárselo, lo giró con ambas manos sobre su cabeza antes de frenarlo contra su costado, lo sostuvo tan sólo un segundo entre su bíceps y su torso antes de volver a esgrimirlo con la destreza de un maestro, golpeando rápido como el pensamiento, asestando golpes fatales a todos cuanto se atrevían a ponerse en su camino.

El frío aire invernal ocupó su garganta, respiró produciendo vaho. Observó sin emoción todos los cuerpos tendidos a su alrededor, algunos quietos, otros retorciéndose, algunos huyendo de la escena. Y avanzó. No había otro camino, no existía otra salida, todo cuanto podía hacer era mirar hacia adelante, seguir caminando sin pensar demasiado.

A su espalda escuchó los pasos de Akane, pequeños pero tan firmes como los suyos. También escuchó el gotear de la sangre desde el filo de su katana, dejando a su paso un silencioso reguero de muerte. Caminaron, golpearon, cortaron, mataron y siguieron caminando.

La casa principal estaba apenas a unos metros, un lugar lleno de jefes de estado, de acomodados mandamases que decidían el futuro del país y de sus gentes. Arrogantes sin escrúpulos que mataban a placer en nombre de una voluntad inexistente, de un sentimiento nacional vacío.

Ranma se detuvo sabiendo que un ataque frontal realmente sería un suicidio, a su lado Akane le alcanzó y permaneció unos segundos en silencio.

— Entraremos por el jardín. — dijo con decisión, dejándole atrás.

Pero él apretó los dientes y con un par de zancados volvió a situarse delante de ella, protegiéndola tras su espalda, haciéndole saber que ese sería su lugar, siempre en la retaguardia, siempre en el lugar donde él pudiera tenerla vigilada.

Y ella tan contestataria apretó los dientes frustrada dejándole hacer, sabiendo que debía dejarse proteger por él. Por su orgullo, por su autoestima, por ellos.

Caminaron abriendo suaves surcos en la nieve bajo sus pies, la casa principal era un palacio antiguo, una construcción de dimensiones monstruosas, pero eso no la convertía en inexpugnable. En una sola planta y rodeada de cuidados jardines, las paredes de madera que cubrían la totalidad de la casa daban paso a suaves paneles de bambú y papel, tradicionales e impolutos. Parecía sacada de una película de samurais del periodo Edo.

Los pies de Ranma se pararon de nuevo, enterrados en el frío blanco que les rodeaba. Las puertas se abrieron y de ellas salieron nuevos enemigos, más hombres y mujeres que les miraron temerosos a la par que furiosos, dispuestos a defender con sus vidas la de sus señores.

Cuanta estúpida lealtad.

El chico de la trenza volvió a empuñar sus manos, dándose cuenta repentinamente de la sangre propia y ajena que se mezclaba en sus nudillos. Tras él escuchó erguirse a su amada, tomar la katana con manos gráciles y fuertes, dispuesta a seguir en batalla.

Uno de los enemigos profirió un grito amenazante y se adentró en el jardín, tras él todos los demás siguieron sus pasos, abalanzándose sobre la pareja. Ranma no veía nada, todo era un torbellino de gritos, manos y cuchillas que él rechazaba sin cesar. No importaban hombres o mujeres, viejos o jóvenes. Debía vencer.

Sus manos se estiraban y golpeaba con el dorso que hacía de filo, retorcía articulaciones cuando se volvían garras y rompía cráneos cuando se encogían como piedras. Lanzó un par de personas por encima de su cabeza con una llave de judo elemental, voló sobre ellos y volvió a aterrizar, barriendo el lugar con sus piernas y terminando el trabajo con sus endurecidas manos.

Lo sentía, avanzaba en su interior, cuando más lo repetía más normal se volvía, más mundano y nimio. Siempre lo había intuido, matar no era gran cosa.

Puso un pie dentro de la residencia, con todas aquellas personas agonizando derrotadas a su alrededor. Sintió el suelo firme y cálido en comparación con la nieve. Akane le dio alcance jadeante. No le pasó por alto el gran esfuerzo al que estaba sometida, sus heridas distaban mucho de estar curadas pero su orgullo no la dejaba retroceder, mucho menos ser una molestia. Lucharía a su lado hasta el final.

Escuchó el roce de la tela de su kimono contra sus rodillas, la miró por el rabillo del ojo, sin querer perderla, cuando ante él apareció un nuevo enemigo. Apretó los puños dispuesto a darle muerte, se enzarzaron en una lucha sin cuartel, Ranma encajó con fuerte puñetazo en la boca del estómago y sonrió dándose cuenta de que los enemigos en aquel lugar eran de otro tipo, otra calaña.

Akane también consiguió llegar hasta la casa, se recogió ligeramente el bajo del blanco kimono, ahora salpicado de diminutas manchas rojizas y comenzó a caminar tras él blandiendo su arma, en completa tensión, derrotando a todos aquellos que se atrevían a hacerles frente.

Y de pronto escuchó ese ruido tan familiar, el amartillar de una pistola, giró sobre sí misma para mirar a la única persona que le importaba, a aquel hombre por el que no dudaría un segundo en dar la vida.

Su sangre se congeló cuando vio a uno de los caídos, un triste guardaespaldas que con sus restantes fuerzas había conseguido alcanzar su arma. Estaba débil, su pulso temblaba, y aún así estaba a la distancia necesaria para que el impacto resultara mortal. Apuntaba a un distraído Ranma que enfrascado en una nueva pelea apenas sí y se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor.

No pensó en sí misma, no prestó atención a los enemigos que la rodeaban, soltó su katana y buscó con su mano a su espalda, bajo su obi, justo donde la había dejado. Su fiel semiautomática se adaptó a su mano como siempre había hecho, saludándola con su habitual sonido al retirarle el seguro. Apuntó y disparó.

El sonido pareció ponerles en alerta, Ranma se giró para mirarla, con la preocupación abriéndose paso en su rostro. Los enemigos a su alrededor se alejaron un paso, todos la conocían, sabían que a esa distancia y con una pistola era completamente certera.

— Atrás — susurró ella a la par que avanzaba sus pies cuidadosamente — U os mataré a todos. — caminó hacia Ranma con la triste visión de su katana abandonada en tierra de nadie, acababa de perder su arma.

Miró nerviosa alrededor temiéndose indefensa, ya solo tenía su pistola y sus propias manos. Poco a poco fue consciente de que había muchos hombres, demasiados.

Les rodeaban, aparecían desde el jardín y por el estrecho pasillo de la gigantesca mansión. Por arriba y por abajo, luciendo armas deslumbrantes y con sus cuerpos aún intactos, sin signos de lucha o fatiga.

Pero ellos debían seguir, si se detenían efectivamente aquella se transformaría en su tumba. Ranma pareció leer el pensamiento pues de nuevo apretó los dientes, dispuesto a destrozar cuanto se pusiera ante sí.

Gruñó preparado y cortó el aire con sus puños, haciéndoles retroceder asustados. Los más atrevidos le plantaban cara antes de caer al suelo segundos después, Akane caminaba hacia atrás, casi pegada a su espalda, ahorrando balas, pensándose una y otra vez sus disparos. En cuanto vaciase el cargador se echarían sobre ella como los perros de presa que eran.

Sintió una gota de sudor deslizándose desde su sien hasta caer por su delicada barbilla, sus ojos rodaban una y otra vez inspeccionando rincones y esquinas. Conocía aquella casa, pero no lo suficiente.

Fue vagamente consciente de que Ranma se internaba en un lugar peligroso, en un laberinto sin salida, dejaron atrás el jardín para continuar la lucha en los sinuosos pasillos de la vieja construcción que parecían haberse echado abajo y vuelto a rehacer un millón de veces adaptándose a las nuevas necesidades de los señores.

Giró la cabeza hacia la izquierda, desviando su atención de los hombres que aún les seguían a una distancia prudencial. Escuchó una respiración, un leve sonido proveniente de la sala contigua, tan sólo separada por la endeble puerta de bambú.

Se giró alertada por sus propios instintos, por un tipo de conocimiento que solo se adquiere ante las puertas de la muerte. Disparó dos veces, eran sus últimas balas, se quedó un segundo quieta con el arma humeante aún sostenida entre sus manos, en guardia.

Fue entonces cuando una katana emergió tras el papel y el bambú, atravesándolo como mantequilla, haciendo un corte vertical que ella no pudo esquivar. Se enterró en su hombro y Akane gritó al sentir como atravesaba su carne, como la sangre ardiente empapaba sus ropajes blancos como la nieve.

— ¡Akane! — escuchó la voz de Ranma desesperada, dirigiéndose hacia ella, derribando a sus enemigos con una fuerza que no parecía de ese mundo. El metal amenazaba con seguir su camino, partiéndola sin compasión, con la misma ligereza que ella había empleado con tantos otros.

Pero el sonido metálico de una espada la salvó, un hombre, uno vestido completamente de negro exactamente igual que todos aquellos que pertenecían al Kokuryukai. Su espada frenó la de su atacante y con un fortísimo ademán la libró del acero.

Akane se agarró el hombro sabiendo que acababa de volverse una carga, una completa inútil. Contempló atónita el viejo rostro y el pelo cano de aquel hombre que hacía escasos días había intentado matarla. Hajime, el antiguo wakagashira del clan.

— ¿Estas bien, niña?

Giró su rostro hacia ella con una petulante sonrisa sin dejar de sostener la katana, después endureció su expresión y con un gesto de una habilidad asombrosa giró la espada, la acomodó entre sus manos y embistió a su adversario, que cayó al suelo inerte, atravesado por el metal.

— ¿P-por qué está aquí? ¡dijo que no vendría!

— ¿Que le queda a una vieja gloria como yo sino el honor?. Nunca he sido más que un perro furioso, un triste exiliado. Ni siquiera llegué a retar a Oyabun, ni siquiera tuvo el valor de admitir su propio pecado, la vergüenza del deshonor… yo también quiero mi venganza. Y si una niña es capaz de plantar batalla, ¿que dirán mis hombres si no hago otro tanto?. ¡Sólo tendré arrepentimiento en mi lecho de muerte!

— ¡Akane! — de nuevo la voz de Ranma resonó en la estancia, tiró al suelo a más de 3 hombres al mismo tiempo y contempló la escena con la respiración acelerada y los ojos atónitos. Vio a su amada sangrando, sosteniéndose lastimeramente el hombro, ella le miró un segundo mientras el sudor se agolpaba en su frente y le dirigió una diminuta sonrisa, con sus ojos trató de decirle: "No te preocupes, estoy bien".

— Nosotros nos ocupamos chico, a ella no le pasará nada. — dijo el viejo mirando alrededor.

Montones de hombres y mujeres les rodeaban, personas peligrosas luciendo gestos indescifrables: miedo, frustración, dolor… y un ligero regodeo, una sonrisa burlona en algunos de ellos.

Varios de los que hasta el momento parecían enemigos comenzaron a atacar a los que tenían cerca de sí, hasta que la escena se convirtió en un campo de sangre y muerte, un caos organizado de asesinos bien entrenados.

El chico de la trenza miró comprendiendo de golpe, al igual que Akane que completamente muda de la impresión no podía ni parpadear.

— La regla número uno del cuerpo de asesinos es ser invisibles… y nadie busca un árbol en el bosque, ¿no te enseñaron eso, niña?

Hajime tomó una de las múltiples armas que habían caído al suelo, perdidas o arrebatadas a sus propietarios. La agarró por el cañón y le ofreció la culata a una confundida Akane que la tomó temblorosa.

— Al menos puedes disparar con la derecha, mantente tras de mí. Si apuntas con la misma certeza que me demostraste no tendrás problemas.

— Pero…

— Aún eres muy joven, niña, deja que este perro viejo te enseñe algunos trucos.

Y tomando de nuevo su espada acabó con tantos se encontró en su camino, con aquellos que se atrevían a levantar un arma contra él, con los que lastimeramente intentaban huir ante la trampa bien orquestada del que fuera en su día el jefe del clan de asesinos más peligroso de cuantos se recordaba.

— ¡Ranma! — la suave voz de Akane se escuchó por encima de los gruñidos y los gritos, el chico se quitó a otro par de hombres de encima y la miró angustiado, en respuesta ella apretó los dientes con el convencimiento anidado en lo más hondo de su ser — ¡Sigue!¡tienes que dar con ellos! — dijo antes de disparar de forma certera y sin compasión a una joven que hizo amago de sacar su propia pistola para defenderse.

Él asintió casi por reflejo, no se quería separar de ella, no quería perderla de vista, pero… pero… apretó los puños demasiado cegado por la ira, tenía que terminar con todo aquello, debía ser él quien le pusiese fin. Y aún así...

— ¡No me iré sin tí!

— ¡Idiota!¡te estoy haciendo ganar tiempo!, ¿crees que después de todo por lo que he pasado me voy a dejar matar tan fácilmente?, ¡te lo dije!¡soy la mujer más letal de Japón! — exclamó volviendo a levantar el arma y apuntar a un lugar indeterminado tras la espalda del chico.

Ranma escuchó el detonar de la bala que pasó silbando atronadora junto a su oreja, antes de impactar en un enemigo que aprovechando su discusión pensaba atacarle de improviso.

— ¡Vete de una vez! — gritó frustrada, a su lado el viejo Hajime sonrió complacido por la acción.

— ¡Vete!¡estos jovenzuelos no tienen nada que hacer contra mis hombres! — exclamó sacudiendo su katana y plantándose en mitad del estrecho pasillo como un monstruo recién liberado. Un carnívoro que acababa de recordar el fresco sabor de la sangre.

Y a él no le quedó más remedio que asentir de nuevo, le dirigió una mirada significativa a la chica, un ruego interno, casi una plegaria. La estaría esperando, la esperaría impaciente para que ella fuese testigo de como acababa con aquellos hombres que les habían arrastrado hasta allí.

Avanzó sin miedo ni prisa, centrado, visualizando su objetivo, desmenuzando con sus iracundas manos a todos los que le salían al paso. No pensaba, apenas veía. Sus manos sangraban pero no le dolía, sus pies aplastaban las lisas maderas que ahora se volvían pegajosas a causa de la sangre derramada, una y mil veces pisoteada hasta parecer fango negro.

Sólo había dolor.

Akane le vio marchar y apretó los dientes, ella le seguiría, sin duda lo haría en cuanto despejase la retaguardia. Contó con la mirada a más de una docena de hombres que lucharían por ella, o quizás por Hajime, no lo tenía claro. En todo caso estaban de su parte.

En su mayoría eran viejos, tal vez exiliados de la misma época, de aquel frustrado intento hacía más de veinte años de hacerse con el poder del Kokuryukai.

Los escuchó gemir ante el apogeo del enfrentamiento, algunos cayeron, otros continuaron luchando valientemente. Los años no pasaban en balde y aunque parecían conservar la habilidad necesaria otros estaban claramente desentrenados, como si hubiesen ido a morir allí. El fin más noble y deseado por el guerrero.

— ¡Cuidado! — dijo a la par que descargaba dos nuevos disparos y salvaba milagrosamente a uno de aquellos hombres de morir atravesado por un nuevo atacante.

Miró hacia el lugar por el que se había marchado Ranma, sólo tenía que continuar un poco más y llegaría hasta la sala de actos principal, allá donde se desarrollaban las reuniones del clan. No sabía cuánto tiempo tenían antes de que aparecieran más refuerzos, pero desde luego no más de unos minutos.

— ¡Hay que seguir!¡no podemos dejar a Ranma solo!

Hajime se giró y asintió con gravedad antes de dar un silbido. En un ensayado movimiento de repliegue los hombres que aún podían tenerse en pie comenzaron a juntarse poco a poco, combatiendo con las últimas fuerzas del enemigo, hombro con hombro, haciéndose fuertes y comenzando a caminar hacia donde, estaban seguros, se libraría la última y más feroz de las batallas.

Continuaron en silencio, un pelotón de ejecución, arrastrando sus heridas y acabando con aquellos inconscientes que se alzaban en su contra.

En un momento escucharon el fuerte crujir de la madera, respiraciones contenidas en una de las habitaciones contiguas. No fue hasta un segundo más tarde cuando comprendieron que se trataba de una emboscada.

— ¡A cubierto! — gritó Hajime viendo como más de una veintena de enemigos les caían encima.

Akane rodó por el suelo y disparó con precisión, a su lado un chico no más mayor que ella caía muerto por su causa.

Con la respiración alterada y receptiva a cualquier estímulo externo, no pudo evitar que su bien entrenado cerebro trazase una estrategia, viéndose rodeada por un gran número de atacantes.

No podía quedarse quieta. Se puso de cuclillas y avanzó con pasos rapidísimos, cubriéndose con unos cuantos disparos disuasorios. Una chica le salió al paso, llevaba una wakizashi y parecía asustada, casi a punto de echarse a llorar, no malgastaría balas con semejante enemigo. La tumbó de un golpe con la culata del arma.

A su espalda escuchó gritos, giró ligeramente la cabeza sobre su hombro sin perder de vista su objetivo. Estaban muriendo, los hombres de Hajime eran fuertes, pero sus oxidadas maneras parecían haber olvidado lo terrible que era el Kokuryukai.

No le quedaba más remedio. Dio dos últimos disparos y tomó la wakizashi del suelo, ya no tenía munición.

Retrocedió por el estrecho corredor de nuevo agachada, esquivando ataques, casi invisible. Sus pies sobre la madera eran increíblemente rápidos, tenues como las pisadas de los ratones, volaban entre puñetazos al aire, afiladas espadas y balas perdidas.

La adrenalina hacía que sus hombros no dolieran, era como si sus heridas se hubieran curado milagrosamente y los únicos testigos que quedaba de ellas eran las escandalosas manchas sobre sus blancos ropajes.

Se interpuso entre la espada que amenazaba con dar muerte a otro de sus aliados. Escuchó el chocar de los metales como la canción que tan acostumbrada estaba a oír para comenzar el baile.

Su enemigo siquiera la vio, dejó resbalar su arma sobre el filo de la katana, sirviendo de trampolín antes de clavarla en el cuello del hombre, atravesando su tráquea y asomando su filo por el lado contrario.

Tomó la espada que él ya no necesitaría y la ajustó a su mano, era pesada, de un metal quebradizo y mal forjado. Echaba de menos su arma, pero no era momento de ser exigente.

Los hombres que allí había jamás habían visto cosa igual. Era un fulgor blanco y rojo que se volvía carne tan solo para saciar la sed de su hoja. Apenas duró unos minutos, pero ninguno olvidaría jamás la certeza, la ingravidez de la escena. Aquella pequeña chica hacía que pareciera fácil, hacía de matar todo un arte.

Cuando terminó apenas quedaban en pie media docena de hombres, el sudor empapaba su frente y sus manos al igual que su kimono estaban salpicados por el pegajoso líquido carmín. Las puertas de las habitaciones contiguas yacían derribadas, llenas de manchas parduzcas. Las que aún se mantenían en pie presentaban agujeros y largas incisiones. A sus pies una masacre y alrededor solo estupor, una muda reverencia.

Miró a los hombres de Hajime y ellos por puro instinto dieron un paso atrás, temiéndose que la chica hubiera enloquecido y ellos fueran las siguientes víctimas.

Ni la misma Akane parecía saber lo que había ocurrido, pero eso no le hacía sentirse inquieta o asustada. La serenidad invadió su mente, aplacando cualquier intento de su consciencia por sentir culpabilidad.

Ella era la muerte, ¿por qué le había dolido tanto cuando se lo dijo Oyabun?, ahora resultaba de lo más obvio. Eso era lo que era y lo que sería para siempre.

— Niña...

La voz de Hajime interrumpió sus pensamientos, miró al hombre que la llamaba desde el suelo, hincó una rodilla en tierra observando al que fuera el jefe del equipo de asesinos.

Le habían dado, una de las balas perdidas había perforado sus tripas y el tono blanquecino de su piel no auguraba nada bueno. Comprendió que había perdido demasiada sangre… era cuestión de minutos.

— Gracias por toda tu ayuda. — dijo Akane con sinceridad, mostrando una ligera sonrisa.

— Júramelo, júrame que le matarás.

— Lo juro. — respondió apoyando su mano contra la suya, y él escupió sangre por su boca ya manchada, sonriendo en rojo funestamente.

— Me alegra poder morir de esta forma, después de tan gran batalla. Era verdad lo que decían de ti… eres la mejor desde Tomoe Gozen.

Akane sonrió de nuevo agradeciendo el cumplido. Esperó tan sólo unos segundos antes de cerrar sus párpados abiertos con infinito respeto. Volvió a alzarse y los hombres de Hajime caminaron hacia ella, heridos y cansados inclinaron la cabeza.

— Mi señora — dijo uno de ellos, y Akane no necesitó más palabras para entenderlo, ahora aquellos hombres eran suyos. Sus hombres.

Alzó la barbilla orgullosa y afiló sus ojos.

— Vamos — se limitó a decir mientras caminaba decidida, por primera vez sintiéndose dueña de su destino.

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Aclaraciones:

Tomoe Gozen: famosa mujer samurai.

Hola de nuevo, os confieso que lo que más miedo me da de publicar este capítulo es tener que publicar el siguiente. Como podéis ver el fic esta terminando y lo hace con una cruenta batalla, siempre quise que fuera así, pero antes de que me lo digáis vosotros ya lo digo yo.

Tomando prestadas las palabras de Nodokita: ¿En que momento dejó de ser un fic de Ranma y se transformó en uno de Kenshin?, jajaja, es cierto, no parece Ranma 1/2. Creo que en el siguiente capítulo vuelve a acercarse un poco más a las artes marciales, ya lo juzgaréis vosotros.

Sobre todo mi intención era plantear una batalla bien dividida en dos partes y con el protagonismo igualmente repartido. Muchos se preguntarán porqué Akane lleva una katana cuando ella al igual que Ranma es una artista marcial...¿que puedo decir? me gustan las películas de samurais y me gustan las peleas a muerte cargadas de drama. Quería que ella llevara una katana como seña de identidad, de su nueva identidad como asesina, y al mismo tiempo me gusta la estética del blanco y el rojo, la chica luchando en la nieve como en "Lady Snowblood".

Muchas gracias por leer este fic y dejarme reviews, me interesa mucho lo que opináis sobre esta historia, gracias de verdad.

Contestando vuestras reviews: Andy Saturn (gracias por comentar, ya queda muy poco para la conclusión), Isakura Tendo (es verdad que los personajes cobran vida y llega un momento en el que no puedes controlarlo...¡pero eso es lo mejor de escribir!), Rokumon (sí, creo que lo que dices de Satoshi se acerca a lo que he intentado plasmar. Y no soy muy de secuelas, sorry :(), xandryx (gracias por tus palabras, sí, el capítulo pasado fue re-tenso), susyakane (gracias por comentar, a Ranma se le fue de las manos, jajaja), Dulcecito311 (ya ves que creo que este año van a "aplazar" la reunión XDD), Paula (me quedo sin palabras para responderte, muchas gracias por leer con tanto entusiasmo esta historia, me emociona muchísimo ver como he conseguido transmitir lo que tenía dentro de la cabeza. Me gusta como describes la escena lemon, es justo eso, absoluta posesión. Yo soy de la opinión de que una posesión tan fuerte y obsesiva no puede ser sana, pero en este fic se mezcla todo. Los celos, el engaño, el deseo y el amor y se convierten en un cóctel de difícil manejo, dando lugar a un Ranma violento y extremadamente posesivo. Ya te digo que hay escenas en las que ni sabía por donde me iba a saltar, es una fuerza de la naturaleza.), ar30902 (¡gracias!), Jorgy (¡compraste crisantemos! jajaja, te confieso que a mi me pasa lo mismo, he empezado a coleccionar objetos de crisantemos en secreto. Encontré unos pendientes de crisantemos rojos y casi enloquezco, soy una víctima de mi propia historia. Gracias por seguir leyendo), yram1 (entiendo lo de la sensación rara, después de este capítulo me imagino que será incluso mayor), Akane Tsukino (¡gracias!), rosi (no te preocupes, el fic esta terminado ;)), RosemaryAlejandra (muchas gracias por leerte el fic de seguido, me alegra mucho saber que te gustó. ), Chiqui09 (Ranma fue muy brusco, es cierto. Y no te equivocaste con lo de la guerra), kykio4 (muchas gracias, me alegro que a pesar de "eso" te gustara, sé que es una escena controvertida), VanessaMc (muchas gracias por darle una oportunidad a Crisantemo, te garantizo que esta historia no se va a quedar abandonada. Si eres tan amable de indicarme los problemas que ves de redacción los resolveré encantada (si te vas a extender mucho puedes mandarme un privado). Gracias por tu ayuda).

De nuevo millones de gracias por leer. ¡Saludos!

Lum