Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi, este fic lo realizo sin ánimo de lucro y con el mero objetivo de entretener.
Este fic contiene escenas de extrema violencia y trata temas adultos. Su lectura queda bajo tu responsabilidad. Si aún así decides continuar, deseo de corazón que disfrutes tanto leyendo como yo escribiendo.
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[Crisantemo 18: Nuestra venganza - 2º parte]
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La estaba esperando. Sabía que volvería, sabía que Akane aparecería por aquella esquina en cualquier momento. Cuando la vio caminar hacia él sintió como sus ojos marrones le acariciaron en silencio, y los suyos hicieron otro tanto.
Ambos igual de cansados, ambos igual de peligrosos. Ella analizó los cuerpos a su alrededor, él miró todas las salpicaduras de sus ropas, después posó la mirada en los hombres que la seguían. Les amenazó sin palabras, les puso sobre aviso.
Sacudió sus entumecidas manos, estiró los puños que parecían haberse quedado en forma de duras piedras, secó la sangre de sus manos contra su propia camisa. Tomó aire.
— Es esa puerta. — dijo mirando hacia el lugar, ella asintió con gravedad.
— Me temo que no saldrá nadie más a recibirnos.
— Eso parece. — contestó Ranma sin un ápice de duda. — Tendremos que entrar.
— Ranma — le detuvo ella colocando su mano contra su pecho, no pudo continuar, ¿que es lo que le iba a decir?¿que tuviera cuidado?¿que no fuera impulsivo?. Se alzó de puntillas y ante el estupor de los hombres que la seguían y que la habían visto asesinar a sangre fría, besó los labios del chico con absoluta devoción, colgándose de su cuello, disfrutando su sabor. Se separó de él con la convicción bañando su rostro. — Gana. — dijo sin más, y él sintió como aquel gesto renovaba su espíritu, como las fuerzas volvían a bullir en su interior.
Asintió y abrió las puertas de par en par.
Les esperaban, pero eso no hizo que sus expresiones se mostraran más ufanas. Una sala grande, de suelos de madera convenientemente cubiertos por tatamis nuevos. Paredes de listones lisos de abedul pobremente decoradas con papiros gigantes caligrafiados con los ideogramas de "fuerza" y "lealtad".
Algo más de medio centenar de hombres sentados de manera tradicional, casi todos vestidos con haoris, los menos con trajes occidentales se agolpaban contra las paredes manteniéndose con la espalda recta y las manos empuñadas sobre sus rodillas.
Y al fondo de toda aquella representación, coronando la sala el emblema del Kokuryukai tallado en roble, el crisantemo del emperador y en su centro los tres tomoes formando un círculo infinito.
Bajo él tres figuras. En pie el chico rubio sonreía sin pizca de diversión ataviado con su habitual traje negro, a su lado el viejo observaba a la pareja y a los hombres tras ella con expresión ceñuda, parecía arder por dentro y así lo atestiguaban sus nudillos, casi blancos por la fuerza que hacía al cerrar las manos.
A sus pies una figura yacía tumbada, envuelta en un conocido yukata de colores otoñales. No se movía, tan sólo permanecía completamente laxa sobre el tatami.
— ¡Ume! — exclamó Akane dando un paso al frente, reconociendo a la joven de inmediato, pero Ranma interpuso su brazo rápidamente, impidiéndole avanzar.
— Quédate aquí.
— Pero...
— A partir de ahora esto es cosa mía.
Y aquellas palabras no admitían contestación, Akane arrugó el entrecejo mientras internamente luchaba contra su tozudez. Se lo debía, le debía eso a Ranma. Tragó saliva y asintió tenuemente mientras plantaba ambos pies en la entrada, con sus hombres guardando su espalda.
Vio alejarse al chico de la trenza, dando graves pasos hacia el fondo de de sala. Se quedó plantado a la mitad, ante el atento centenar de ojos que en un sepulcral silencio observaban las manchas de sangre, la máscara de odio en la que por segundos se transformaba su cara.
— Cuando esta idiota... — empezó el viejo, empujando con la punta del pie a la chica tendida en el suelo — ...vino aquí con el cuento apenas me lo pude creer. ¿Qué tipo de locura podía pasarte por la cabeza para hacer tal disparate?¿para luchar contra tus hermanos y hermanas?¿para derramar tanta sangre? — preguntó mirando fijamente a Akane, que junto a la puerta no dijo palabra alguna. — Contesta Kiku, ¿de veras pensabas que ibas a salir de aquí con vida?
— Se llama Akane. — dijo Ranma, y los ojos de aquel al que todos llamaban Oyabun se posaron en él, examinándolo en detalle.
— ¿Por un hombre?¿lo has hecho por este hombre? — escupió desdeñoso — Satoshi, te dije que la mataras en cuanto diese el menor signo de rebeldía, ahora pagas por tu error, y lo que es peor… has dejado a un extraño entrar en nuestra casa y hurgar en nuestros secretos. Es imperdonable.
— Lo siento, padre. — contestó el rubio sin mudar un ápice su extraña expresión.
— En medio de la reunión anual… en frente de todos nuestros amigos. — declaró haciendo un amplio gesto con la mano señalando a los presentes — Has demostrado debilidad, y eso es imperdonable.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
— Somos la fuerza de Japón, somos el brazo armado del emperador, nosotros somos leales hasta la muerte, y tu Kiku eres una sucia traidora.
— ¡Se llama Akane! — interrumpió de nuevo el chico de la trenza, pero el viejo pasó por alto su potente voz, ni siquiera le tenía en consideración como enemigo así que apartó su vista de él.
— Acaba con ellos Satoshi, tráeme sus vidas y después… después renuncia para siempre a tu posición como wakagashira. La única forma de limpiar tu vergüenza será con el seppuku. — declaró haciendo que no pocos de los espectadores exclamasen asombrados, sabiendo que se trataba de su propio hijo.
Aquel hombre no había sido el cabeza del clan durante más de treinta años por nada. Realmente era cierto todo lo que se decía de él, era implacable.
Satoshi tomó la katana que hasta el momento había permanecido en el suelo, junto a la inerte Ume, la desenvainó y vio brillar el metal.
Akane contuvo una exclamación al reconocer el arma, era una de las legendarias katanas de los tiempos del shogunato. Quedaban pocas, casi todas en museos o en manos de coleccionistas que, orgullosos, solían lucirlas en ostentosas vitrinas para el deleite de sus invitados y el suyo propio. Pero solo un guerrero era capaz de entender lo sumamente valioso del objeto. Una segadora de almas, una auténtica espada samurai forjada en fuego hacía más de cien años. Si se cuidaban bien jamás perdían el filo, eran auténticas obras de arte.
Y de pronto la pequeña chica hizo un gesto de dolor, tirada como estaba en el suelo esbozó una mueca intentando girarse sobre sí misma, de forma tan lastimera que era imposible apartar los ojos de ella. Ume arañó el tatami, giró el rostro y miró hacia la puerta de la sala.
Sus lágrimas secas se mezclaban con las más recientes, el yukata se enredaba entre sus piernas impidiéndole moverse con libertad, parecía haber sido golpeada repetidas veces y así lo atestiguaba un fuerte golpe en su mejilla, al igual que el dolor que reflejaba su expresión.
Akane apretó los dientes pero no dio un solo paso, se agachó junto a la puerta para que sus ojos y los de la chica se encontrasen a la misma altura, para poder verla con claridad. Los ojos negros de Ume se posaron en los suyos, llenos de vergüenza y lágrimas.
— Señorita... — murmuró con voz ahogada, estirando una temblorosa mano en su dirección — ...perdóneme señorita...
— Ume no hables — le dijo Akane intentando contener su espíritu, sintiendo como sus propios ojos se volvían cristalinos — No hay nada que perdonar.
— Señorita, yo… yo... — sus uñas clavadas en la paja del tatami arrastraban sus pesadas piernas que apenas y podía mover, hizo un fútil intento de avanzar, arrastrándose sobre su vientre.
Satoshi la observó un instante antes de plantarse a su lado y con un simple gesto clavar la katana en su espalda, atravesando de forma certera su corazón. Ume ni siquiera gritó, abrió la boca en muda agonía antes de desplomarse cruelmente, con los ojos muy abiertos y la mano laxa, tendida hacia Akane mientras todo el suelo se teñía de carmín.
— ¡No!¡No!, ¡Ume!¡Ume! — gritó ahora sin poder contener sus lágrimas, apoyando una rodilla en el suelo y alzándose, dispuesta a ir hasta donde yacía el cuerpo de la joven.
— ¡No te muevas! — el grito atronador de Ranma encogió su corazón al igual que el de todos los presentes, llenos de estupor por lo acontecido. La mayoría de ellos no habían observado nunca la crueldad de la muerte, acostumbrados a ordenarla de forma aséptica, igual que la comida a domicilio.
Akane se quedó en pie, mirando la escena temblorosa mientras la imponente figura de Ranma se alzaba de espaldas con los puños apretados, no podía ver su cara, pero adivinó que su gesto de furia acababa de aumentar un grado más.
El rubio extrajo la espada del cuerpo sin vida y miró la punta manchada de sangre con desagrado, después se giró hacia el artista marcial.
— Hazlo rápido por una vez en tu vida — apostilló el viejo a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho — No me avergüences más.
Y giró el cuello a cámara lenta, prestándole a su padre toda su atención.
— Durante mucho tiempo me pregunté sobre la muerte de madre — murmuró con ojos graves, regocijándose en su propio tono de voz — Ella, que era una mujer casada con un poderoso yakuza, ¿porqué habría arriesgado su vida teniendo una aventura con usted?
— Estúpido idiota, ¿¡qué pretendes hablando de eso ahora!?
— Me costó un tiempo, pero al final lo entendí… ella le amaba profundamente padre, pero si regresó a su anterior matrimonio huyendo del Kokuryukai fue porque usted le daba demasiado miedo. Ella jamás quiso este tipo de vida para su hijo, por eso siquiera le habló de mí.
— ¡Desagradecido! ¿cómo te atreves?, ¡podría haberte dejado morir!
— Nunca tuvo piedad con nadie, ni siquiera con la única mujer que le amó. Ahora ni siquiera con su propio hijo… en toda mi vida sólo le pedí una cosa, padre. — dijo apuntando con la espada hacia la chica de negros cabellos y blanco kimono que escuchaba la conversación incrédula — Y ni eso fue capaz de respetar.
— ¡Maldito crío maleducado! — masculló apretando los dientes, sintiendo la rabia hervir — ¿osarás desobedecerme? ¿tendrás el valor de seguir humillándome?
— Tendré el valor de hacer mucho más que eso, padre.
— ¡Arrogante! — gruñó metiendo la mano en la solapa de su haori y sacando una diminuta daga enguantada en una funda de madera.
Pero no le dio tiempo a desenfundarla. Sin mostrar el menor atisbo de duda o compasión, sin remordimientos el chico rubio, su propio hijo, giró la espada samurai en su dirección y de un tajo feroz la clavó en su pecho, atravesando costillas, partiéndolas en pedazos, sintiendo los tejidos gritar contra su filo hasta abrirse hueco encontrando su negro y palpitante corazón.
Sonrió pletórico al atravesar su torso, al ver la katana sumergirse en su padre hasta la empuñadura, mostrando su punta ensangrentada al otro lado.
— Sa… to… shi... — murmuró con su último aliento, alzando las manos hacia su pecho y posándolas sobre las de su asesino — ...tra… i… dor.
Se miraron a los ojos por última vez y el joven arrancó el arma de su tórax con un movimiento rápido, posando su mano contra su hombro y empujando el cuerpo inerte hasta que encontró el suelo.
Tanto Ranma como Akane le observaron impertérritos, ninguno lamentaba la muerte de Oyabun, pero jamás pensaron que sería el mismo Satoshi el que acabara con él.
A su alrededor solo se escuchaban gritos, los hombres presentes se habían puesto en pie y ante el cruel asesinato algunos hicieron intento de escapar, antes de encontrarse con los hombres que bloqueaban la puerta escoltando a la chica morena, cuya propia arma parecía haberse cobrado incontables vidas.
— ¡Cobardes! — dijo ella evaluando a los que asustados se habían puesto en pie, otros simplemente atendían al desarrollo de los acontecimientos impasibles — ¿Este es el valor del más poderoso clan militar al servicio de Japón? ¿estas ratas cobardes son sus dirigentes?. Incapaces de mirar a la muerte a la cara, hace ya mucho tiempo que perdisteis el derecho de ser tratados con respeto. — alzó su espada, la tomó con ambas manos sosteniéndola a la altura de sus ojos en posición horizontal y les miró sin un ápice de humanidad — El primero que de un paso más morirá bajo mi acero.
Y pudo escuchar como sus gargantas secas tragaban saliva. Otro de los viejos, un hombre que pasaba de los 70 años de edad y era enjuto como una rama seca se puso en pie ayudado por un grueso bastón. Iba ataviado con un traje tradicional de tonos pardos, miró a todos los allí reunidos y se aclaró la garganta.
— Sentaos — dijo — Dejad de traer vergüenza a esta casa. Hace veinte años viví una escena similar, un levantamiento interno que ese hombre aplacó — declaró señalando al cadáver — y hoy él mismo paga las consecuencias de sus actos, es algo para lo que todo hombre ha de estar preparado, no se puede huir por siempre del pasado. Cada uno hemos de cargar con la responsabilidad de nuestras decisiones, y ahora...
— Cállate viejo — le dijo Satoshi con la mirada encendida y sus manos completamente manchadas — Guardarte las batallitas para tus nietos. Ahora yo soy el jefe de este clan, mi propio "padre" me nombró wakagashira.
— Oyabun no es siempre el destinado, si no el más adecuado. En eso también se equivocó contigo.
— ¡Basta de hablar! — interrumpió impaciente el chico de la trenza que aún seguía tercamente plantado en mitad de las sala — ¡Me importa una mierda vuestra puta secta, estoy aquí para acabar con tu vida! — terminó señalando al tipo que tenía frente así y que ante sus palabras volvió a sonreír recuperando su buen humor.
— Y ahora es tu propio pasado el que regresa a saldar deudas. — terminó el anciano antes de tomar asiento, evocando calma en los demás hombres.
Satoshi le miró con fastidio antes de prestarle a Ranma toda su atención.
— No me había olvidado de ti. — recalcó soltando el afilado acero, que cayó al suelo con un ruido sordo junto a los dos cuerpos desmadejados. — Sólo dejaba lo mejor para el final.
— Voy a borrarte esa sonrisa de la cara para siempre.
— ¿Así es como me saludas después de estos diez años?, que rencoroso.
— Me la robaste, ¡la alejaste de mi lado todo este tiempo haciéndome creer que estaba muerta!
— Y lo está, para toda la sociedad está muerta. Ella pertenece al clan, es mi flor, y en cuanto acabe contigo me voy a encargar de recordárselo personalmente.
Ranma apretó los dientes hasta que chirriaron, intentando con todas sus fuerzas encontrar algo de autocontrol dentro de su sobrepasado pensamiento. Lo necesitaba, necesitaba destruir a aquel repugnante ser cuanto antes para que dejase de sembrar el mal, para que dejase de traer el caos, para que nunca más fuera una amenaza para ella… para que no se atreviera a volver a mirarla.
— ¿Quién lo iba a decir? tantos años educándote, tanto esfuerzo por convertirte en la mejor… y así es como nos lo pagas, escondiendo a un hombre en nuestra casa, ¡comportándote como una puta!
Akane arrugó los labios en una mueca colérica pero aún así supo que su enfado por el insulto no debía ni ser comparable al de su prometido, la espalda del chico de la trenza se le antojaba cada vez más terrible, más grande y sombría.
— Tu... — los ojos de Ranma estallaron en llamas, jamás en toda su vida había deseado matar de forma tan fehaciente, regocijándose en todo el dolor que pudiera provocar — ...eres la peor mierda del mundo. Casi me da asco manchar mis manos con tu sangre… casi.
— ¿Y qué te hace pensar que podrás siquiera tocarme? la última vez no saliste muy bien parado.
— Han pasado diez años desde la última vez.
— Oh, ¿y has estado entrenando?¿has estado preparándote para este enfrentamiento?. Hasta esa puta tendría más posibilidades de matarme. — dijo socarrón apuntando con la barbilla de nuevo al lugar donde se encontraba Akane, de pie mirándoles atenta, con varios hombres cubriéndole las espaldas.
— ¡No vuelvas a dirigirte a ella!
— No te equivoques… sigue siendo mi flor, seré bondadoso con ella en cuanto me pida perdón.
— Ella… Akane nunca ha sido tuya, es mía desde el mismo momento de su nacimiento. Es mi prometida, es mi mujer.
— ¿Tu mujer? — repitió socarrón — Kiku es una flor, no es una mujer, es un arma.
Un extraño silencio se instaló entre los dos combatientes, ambos con los ojos fijos, el uno en el otro. Aquello iba más allá de un reto o una batalla, iba a ser una pelea a muerte.
— Si sólo es un arma… ¿entonces por qué te molesta tanto que esté a mi lado?
Se contemplaron retándose, el chico rubio pareció mortificado, apretó los dientes dando un paso en su dirección y Ranma apretó los puños y adoptó una posición de combate.
— Es verdad lo que decía Ume de tí, eres incapaz de amar… por eso te la llevaste, porque pensaste que con ella a tu lado las cosas cambiarían, pensaste que Akane te haría sentir mejor contigo mismo.
— ¡Cállate! — espetó dando por concluida su conversación, sonrió cruel — Vas a probar el sabor de tu propia sangre Saotome, esta vez ella no te salvará, pienso matarte delante de sus ojos. Y la obligaré a mirar.
Ranma torció ligeramente la cabeza, su expresión se había transformado, ahora en su rostro solo había determinación adornada con un punto de locura. Sus músculos se tensaron listos para continuar con el combate que dejó a medias muchos, muchos años atrás.
Fue como una explosión, las gargantas de ambos rugieron sedientas. Golpearon al mismo tiempo, una fortísima ráfaga de energía sorprendió a los presentes cuando entraron en contacto. Satoshi se cubría lateralmente con su antebrazo mientras Ranma mantenía su poderosa pierna derecha en alto tras un ataque vertical. Una finta, el chico de la trenza se impulsó a pierna cambiada intentando romper su defensa por arriba y el rubio saltó casi dos metros hacia atrás, esquivándole.
— No ha estado mal… — murmuró recuperando la compostura y cerrando de nuevo los puños.
— No has visto nada. — repuso Ranma mirándole amenazante.
Satoshi apenas pudo pestañear antes de que el moreno se le echase encima, encajó una decena de rapidísimos puñetazos atónito antes de conseguir eludirle, le contempló dolorido, recordaba aquel ataque, era el mismo que utilizó años atrás; ¿pero porqué ahora no había conseguido esquivar los puñetazos igual que aquella vez?¿cómo se había vuelto tan rápido?.
— Lo sabía. — sonrió el artista marcial — Estás desentrenado.
— ¿¡Qué!? — espetó el rubio incrédulo, hirviendo de ira ante las palabras de su contrincante — ¿¡Quién demonios está desentrenado!? ¡yo soy un asesino! ¡el mejor de todos!
— Estás tan acostumbrado a usar armas que has olvidado lo que se siente al golpear con las manos, al luchar con tus propias fuerzas.
— ¡Insolente! ¡te derroté una vez y pienso volver a hacerlo!
Se lanzó contra el chico de la trenza en un rapidísimo envite, pero él se dedicó a esquivar sus ataques uno a uno, bailaron una extraña y enmarañada danza llena de puñetazos al aire, barridos bajos, patadas y bloqueos. Eran demasiado rápidos para los ojos no entrenados, tan solo unos pocos en la habitación conseguían leer cada uno de los ligeros vaivenes, de las estudiadas posiciones, de la pulidísima técnica que ambos lucían.
Akane sintió como un sudor frío corría por su espalda, apenas podía creer lo que le mostraban sus ojos. ¿Ranma? ¿ese era Ranma?, hasta el momento no lo había pensado demasiado, había asumido lo obvio: que el artista marcial se había olvidado de las artes marciales; que el no volver a mostrar sus habilidades en público, mucho menos a participar en combates era debido a su desinterés… a un abandono personal y emocional del que ella se sabía culpable.
Sin duda su contrincante había pensado igual. Y era obvio que ambos se habían equivocado.
El chico de la trenza parecía volar, hacer fácil lo difícil, encontrar el golpe imposible y esquivar los ataques imparables. Era bueno, no, más que eso, era soberbio. Era un maestro.
Y ella no pudo evitar que su rostro mostrase la sorpresa, y seguido la dicha, la emoción de saber que podía resultar, sí, Ranma iba a ganar.
— ¿Sorprendido? — dijo haciendo una nueva pausa tras encajar una mano recta entre las costillas de Satoshi, quién se encogió sobre sí mismo y se llevó una mano al costado, dolorido. Durante un segundo había sentido que le faltaba el aliento.
— ¿Pero cómo...? — preguntó recuperando su sonrisa, pero esta vez no había altivez en ella, solo un gesto de fastidio oculto bajo sus labios.
— ¿Qué pensaste que hice durante los últimos 10 años? ahora entiendo que en ningún momento dejasteis de vigilarme, siempre estuvisteis pendientes de mí… pero eso no implica que lo sepáis todo.
El rubio le miró patidifuso, pero la expresión desencajada de la chica de largos cabellos era aún más reveladora, sus ojos no podían apartarse del combate.
— Quise morir durante mucho tiempo — comenzó Ranma plantado firme en mitad de la sala, con la espalda recta y la mirada amenazante —. Incluso lo intenté con todas mis fuerzas. Participé en peleas ilegales, me junté con la peor calaña de las barriadas de Tokio y nunca, jamás dejé de pelear. Cada día, a cada hora luchaba, en cada momento, a cada instante solo había un pensamiento… estaba furioso conmigo mismo, y ni aún así, ni intentándolo con todas mis fuerzas… ¡jamás di con un enemigo que pudiese darme el descanso que buscaba!. Todos caían bajo mis puños, todos y cada uno de ellos al final terminaban dejándome frustrado… me metí en muchas peleas, tal vez demasiadas. Si no participé en más torneos, si mi nombre dejó de ser mencionado dentro del panorama público de artes marciales fue por el sencillo hecho de que eso ya no me interesaba. Hay un enorme submundo lleno de retos, donde a los luchadores se les permite llevar armas, donde no existen las reglas, donde todo vale… igual que en mi propio arte.
Satoshi le escrutó furioso, pero no con él, si no con el mismo por haberle subestimado, por no haber pensado, siquiera caído en la cuenta de que aquel luchador escondía algo. Sí, cuando se enfrentó a él lo supo, era bueno, demasiado para dejarse marchitar, demasiado como para no centrar toda su voluntad en convertirse en el mejor de todos… y él mismo le había proporcionado el motivo, el dolor que transforma al hombre en monstruo.
Se habían terminado los juegos entre ambos, ahora comenzaba el verdadero combate.
— En ese caso no me contendré contigo. — dijo el rubio comenzando a dar pequeños pasos laterales, evaluándole.
— Acabemos con esto. — contestó Ranma bajando la mirada y haciendo una extraordinaria pose, con ambos brazos en tensión y sus dedos ligeramente estirados. Se veía terrible, con sus flequillos dejando atisbar tan solo la mitad de su hermosos ojos, ahora afilados y concentrados.
Se volvieron a lanzar el uno contra el otro, pero esta vez la diferencia, la brutalidad del enfrentamiento había ascendido exponencialmente.
Akane era una muda espectadora de aquel continuo intercambio de golpes, se llevó ambas manos al pecho cuando escuchó quejarse a su prometido, Ranma recibió un golpe demoledor en plena mejilla tras el cual apretó los dientes y contraatacó, a la par que su garganta emitía un rugido gutural.
El rubio recibió un gancho de derecha en pleno estómago pero se recuperó rápido saltando hacia atrás, el chico de la trenza ya le estaba esperando, antes de que llegara a posar sus ligeros pies en el suelo Ranma le recibió con un brutal rodillazo en plena espalda que Satoshi bloqueó por poco.
Aprovechó el impulso para intentar agarrar su pierna y así aplicarle una llave, pero el artista marcial era mucho más rápido, la apartó girando hacia atrás y con la propia inercia hizo un barrido bajo que su enemigo volvió a esquivar por milímetros.
Ambos estaban empapados de sudor, ligeramente jadeantes y aún así absorbidos por la tensión. El chico de ojos azules volvió a cargar contra su enemigo, lanzó varios puñetazos que esta vez si esquivó a duras penas y después giró de forma artística, intentando propinar un golpe con el talón de la pierna izquierda. Satoshi se agachó y vio su oportunidad, había dejado un hueco. Clavó su codo a conciencia en su espalda, le escuchó protestar y separarse un par de metros de él, pero en seguida se recompuso, sin querer mostrar un solo atisbo de debilidad.
— Maldito... — masculló Ranma entre dientes, sin desviar de él su mirada amenazante.
— Es verdad que has mejorado, eres bastante mejor de lo que me esperaba, pero aún te queda mucho para lograr derrotarme.
— No te voy a derrotar, voy a matarte. Tu técnica no tiene secretos para mí, aquel día hace diez años me pilló desprevenido, pero la he visto una vez y con eso es suficiente.
— ¡Estúpido! ¿piensas que podrás esquivar mi ataque? ¡no me hagas reír! ¡te llevo siglos de ventaja!
Ranma estaba harto de palabras, hastiado por completo de la cháchara superflua. Deseaba con toda su alma que ese ser que tenía ante sus ojos dejara de respirar. Estaba dispuesto a todo.
De nuevo golpes, le pilló con la guardia baja y consiguió encajar su puño directamente entre sus costillas, sintió el crepitar de sus huesos a la vez que Satoshi escupía un hilo de sangre y retrocedía asombrado. Apretó sus dientes en una mueca de frustración.
Su respuesta fue tenaz y arriesgada, dejó un claro hueco en su defensa y giró sobre sí mismo, chocando cuerpo con cuerpo, cayendo ambos enredados en el suelo. Aprovechó el momento para tomar el brazo del chico de la trenza, quien hizo fuerza en dirección contraria intentando quitárselo de encima.
En un momento el rubio consiguió agarrar con fuerza su brazo, enredó una pierna en el fuerte cuello del chico y con la otra apoyada contra el suelo tiró con todas sus fuerzas.
El moreno gritó sintiendo como protestaban sus músculos, estaba intentando dislocarle el brazo. Consiguió zafarse de milagro, contestando con una nueva llave, poniendo a su enemigo en una situación incómoda. Pero no salió indemne sentía el brazo arder bajo su piel, sabiendo que si bien no estaba dislocado, si había sufrido un grave desgarro que tardaría en curar. Movió la articulación dolorido antes de que Satoshi volviera a enredarse con él, reteniéndole entre el suelo y sus puños.
— ¡No te la llevarás! — exclamó al mismo tiempo que estrellaba un colosal puñetazo contra su mandíbula, agarrándole fuertemente de la pechera de la camisa — ¡No lo consentiré! ¡no ahora que por fin lo he entendido!
Aquellas palabras llamaron la atención del joven, Ranma alzó una ceja al mismo tiempo que otro poderoso golpe le giraba la cara y le hacía escupir sangre fresca.
— Que patético... — murmuró sonriendo mientras por la comisura de su labio resbalaban las sanguinolentas evidencias de su labio roto. — ...eres lo peor.
— ¡Deja de burlarte de mí! — estalló de nuevo golpeando a Ranma, haciendo que el corazón de Akane se encogiera dolorido ante la visión.
— ¡Ranma levántate! — gritó histérica desde el fondo de la sala, y eso pareció avivar la sonrisa del chico de la trenza y parar en seco el puño del rubio, retenido en el aire como si dudara.
Un segundo, no necesitaba más. El artista marcial esquivó un nuevo golpe, que quedó enterrado en el suelo, justo en el lugar que segundos antes ocupaba su cabeza. Derribó a su oponente sirviéndose de sus piernas y rodó por el suelo antes de ponerse de nuevo en pie, secándose molesto los restos de sangre que corrían por su barbilla.
Satoshi se giró con cuidado, mirándole molesto al saber que se le había escapado justo cuando le tenía acorralado.
— Ahora lo veo claro. — declaró Ranma con suficiencia, volviendo a adoptar una pose defensiva.
— ¡Tu no entiendes nada! ¡No sabes nada de nosotros… ni siquiera de ella! no puedes siquiera llegar a imaginar lo que es estar aquí dentro, lo que es formar parte del kokuryukai y estar...
— ¿...solo? — terminó de forma grave. Sintió como se le hinchaba el pecho al aspirar el enrarecido aire, al contemplar la cara de pasmo de su enemigo. — Sé muy bien lo que es estar solo, sé lo que se siente: desesperación, agonía… es una maldita tortura. Pero eso no justifica lo que has hecho, pedazo de mierda.
— ¿Y qué es exactamente lo que he hecho?
— Tú… la separaste de mi lado todos estos años.
— Le salvé la vida, ¡si no llega a ser por mi habría muerto aquella noche!
— ¡Te aprovechaste de una pobre niña asustada, hijo de puta! — estalló pateándole la cabeza, Satoshi se inclinó esquivándole, pero la fuerza hizo que en su mejilla se abriera una finísima herida.
— Malnacido cabrón, no debiste encontrarnos, ¡debiste rendirte! — escupió cubriéndose y acertando un rodillazo en uno de sus costados.
— ¡Te la llevaste, jodido secuestrador! ¡¿para qué la querías?!, ¿que pensaste que era?¿tu juguete? ¡¿una forma de curar tus putos traumas infantiles?!
El combate se volvía frenético, se enloquecía por momentos, ambos acertaban sus golpes, cada vez más potentes. No se molestaban en esquivarse mutuamente.
Daban un paso atrás y otro adelante, escupiendo saliva sanguinolenta, convirtiendo sus camisas en jirones.
— ¡Yo la protegí! — gritó enajenado, golpeando a Ranma en pleno estómago, pero el chico se mantuvo plantado sin moverse, duro como una roca.
— No me jodas... — susurró con unos ojos que daban miedo, una expresión que nadie le había visto jamás — ...¡No me jodas! — estalló agarrando su muñeca y en un rapidísimo movimiento le lanzó por encima de su cabeza, hasta que su espalda chocó contra el suelo y volvió a escupir sangre a la vez que emitía un lamento quedo.
Ranma avanzó hasta él y sin darle tiempo de volver a alzarse le colocó un pie en el cuello, estrujando su garganta. Le miró como si fuera un insecto, un asqueroso arácnido con demasiadas patas.
— Puede que yo no os conozca, puede que no sepa quienes sois en realidad… pero sí sé que tú no tienes ni puta idea de lo que significa proteger a alguien.
Satoshi agarró su pie con ambas manos, comenzando a enrojecer por la falta de oxígeno.
— Tu no tenías intención de protegerla… lo que ocurrió es que estabas celoso de mí.
El joven pareció dejar de luchar tan solo un segundo, no le comprendía, no sabía de lo que le estaba hablando. El chico de la trenza se agachó un poco para cerciorarse de que le escuchara con claridad.
— Eres tan triste... tan repugnante. Ni siquiera te enamoraste de Akane, nunca lo has estado, tú eres incapaz de sentir algo por una persona… pero aún así lo deseaste. Tu querías el amor que ella sentía por mí. Te enamoraste de su amor, y eso me cabrea. — apretó aún más fuerte el pie, Satoshi comenzó a arañar su pantorrilla hasta que un último suspiro desesperado levantó un puño y le golpeó con saña la rodilla. Ranma retrocedió y se sobó el golpe.
El rubio se sentó en el suelo, tosiendo violentamente. Si no tenía suficiente con algunas costillas rotas, ahora el intentar respirar expandiendo por completo sus pulmones le llenaba de una punzante agonía. De nuevo se puso en pie, sujetando su costado, sintiendo la sangre abrasar en su garganta.
— Se han acabado los juegos, basta de tantas palabras. ¡Ahora veremos si realmente eres capaz de resistir mi ataque!
Ambos se concentraron, Ranma respiró lentamente al mismo tiempo que observaba al chico rubio hacer ese mismo movimiento que había observado el día del torneo. Satoshi extendió los brazos y de nuevo el ambiente se enrareció.
— Antes has dicho que ya lo entendías, ¿a que te referías? — preguntó Ranma sin mover un músculo, con sus ojos azules fijos en los iris negros de su adversario.
— Por fin entendí aquello que te da fuerzas. Aquello que vi entonces, sólo una vez.
Y el chico de la trenza le respondió con una sonrisa.
— ¿Crees que tu también has encontrado esa fuerza?
— No lo creo, lo sé.
— Entonces…¡muéstramela!
Akane sintió su corazón alterado, de nuevo lleno de ese extraño y desbocado terror. Intangible, infundado, sinsentido. Se obligó a sí misma a sobreponerse, a ignorar la terrible sensación de malestar. Observó con atención apretando los puños.
El rubio pareció concentrarse, dejarse ir en un segundo de su cuerpo y de su propia conciencia. Una energía pesada se instaló en el punto central de la estancia, haciendo que los presentes retrocedieran. Y entonces, una ola con la fuerza arrasadora de un tsunami desatado, era viento, era energía, eran filos y golpes, todo a un mismo tiempo.
Las paredes compuestas por delgadas hojas de papel y bambú se agrietaron, salieron volando con sus paneles, se astillaron y combaron en arcos imposibles. Los hombres que estaban en pie cayeron al suelo y los que estaban sentados se vieron arrastrados junto el tatami de sus pies a varios metros de distancia.
Los cuerpos tendidos en el suelo también se desplazaron, todo se rompió, todo se movió arrastrado por una fuerza imposible, dura y despiadada. Akane se cubrió con ambos brazos, las mangas de su kimono revoloteaban tras ella a la par que sus cabellos, de nuevo no podía ver nada, tan solo podía esperar a que amainara aquel temporal, aquella inexplicable técnica con una fuerza devastadora.
Cuando volvió a abrir los ojos solo quedaban las dos figuras en medio de la habitación. Los tatamis habían salido volando y las paredes habían dejado al descubierto pasillos y nuevas estancias vacías. En el suelo desnudo solo quedaban ellos.
Satoshi se mantuvo en pie renqueante, más lastimado de lo que le hubiera visto jamás. Estaba claro que no era inmune a su propia ataque.
Akane contuvo el aliento al ver junto a él el cuerpo tendido del chico de la trenza, quiso gritar, quiso correr igual que aquella vez. Una pesadilla, de nuevo el peor de sus temores, el sueño que se repetía en las peores noches.
— ¡Ranma! — gritó sin atreverse a mover un músculo, rezando, suplicando internamente por un milagro. — ¡Ranma, levantáte! ¡levántate!
— ¿La oyes? siempre ha sido igual de pesada… — suspiró a la vez que apoyaba ambas manos contra el suelo y se levantaba no sin dolor — ...cabezota, terca, bruta… nunca se rinde. — recuperó la verticalidad, sus pantalones estaban agujereados, de su camisa ya apenas quedaban jirones en los brazos, se deshizo de ellos con molestia. — Y justamente esa es mi fuerza, algo que tú jamás entenderás.
— P-pero…¿cómo lo has hecho? ¿como lo has esquivado?
— No lo he esquivado, he hecho lo mismo que tu. La primera vez que luchamos me pillaste desprevenido, no me esperaba un ataque así de una persona normal… me di cuenta demasiado tarde, pero no pasé por alto una cosa: tú mismo eres incapaz de esquivar por completo tu propia técnica, esa pista fue la que me ayudó a entenderlo. No es un ataque en el que uses una concentración de energía y luego la lances contra tu enemigo, esto es otra cosa. Es un suicidio. Tomas la energía vital de tu propio cuerpo, la más poderosa de todas y la concentras de tal forma que salga disparada en forma de huracán. Es una técnica maldita, ningún maestro de artes marciales enseñaría algo así. Estás acortando tu propia vida, pero creo que eso es algo que nunca te ha importado demasiado. La primera vez que lo lanzaste contra mí, mi cuerpo emitió instintivamente mi propia energía vital, lo suficiente para mantenerme con vida. No era muy difícil llegar a la conclusión de que la única forma de enfrentarte era anular tu ataque con una energía equivalente, no ha sido difícil pero… no te lo volveré a permitir. No solo desprecias tu propia vida, si no también la de tu adversario y la de todas las personas que están alrededor, ¿y aún así no entiendes porqué tú no posees esta fuerza? — preguntó apretando los puños, temible.
— La fuerza… es la fuerza que nace del miedo de perder a alguien importante. ¡Esa es la fuerza que ella te daba! ¡es la fuerza que ahora tengo yo! — dijo Satoshi trastabillando, sintiendo que sus piernas apenas alcanzaban a sostenerle.
— ¡NO! ¡Es la fuerza de la persona que se quiere proteger! ¡tu no amas a nadie, no te amas ni a ti mismo!, ¿cómo vas a entender el amor de morir por alguien?. Por eso jamás podrás derrotarme. Por eso este es tu fin.
Ranma dio un paso en su dirección, ambos estaban doloridos y lastimados, pero por primera vez pudo ver algo en el rostro de su enemigo. Satoshi había palidecido, en sus ojos había algo parecido al terror, el miedo oscuro y voraz que hace tiempo había devorado su alma ahora salía a la superficie, mostrándolo tal cual: un niño, un monstruo asustado.
— No lo comprendo... — susurró viendo como el chico de la trenza terminaba con el espacio entre ellos y le tomaba con violencia del cuello de la camisa. — ¡Yo… yo también...!
Lo que fuera a decir quedó completamente acallado por el brutal puñetazo que se estrelló contra su boca, gritó a la par que algunas de sus piezas dentales saltaban por los aires y Ranma retiraba su puño para volver a descargarlo contra él.
Algunos hombres giraron la cabeza, asqueados por el espectáculo. Otros sin embargo no podían dejar de mirar, hipnotizados por el vaivén de golpes. Akane se quedó en el sitio, en pie, observándole mientras sentía como sus ojos se llenaban de tibias lágrimas. Sentía la angustia, el horrible saber de estar asistiendo a un acontecimiento trágico. La muerte del alma, la transformación de Ranma. Su abandono, la apertura de aquel sendero sin retorno en el que ella misma se sabía presa.
Y mientras el chico de la trenza no parecía tener suficiente: sus músculos, sus manos llenas de sangre seca y fresca, lágrimas y babas todo mezclado, salpicándole. Lo hacía de forma mecánica, en su rostro no había lugar para satisfacción o duda, simplemente terminaba el trabajo. Hacía exactamente lo que había dicho que iba a hacer. Continuó impertérrito hasta que el sofocante silencio comenzó a pitar en sus oídos.
Miró la cara deformada, el montón de sangre, dientes y músculos destrozados, la mandíbula colgando prácticamente arrancada bajo la cual se adivinaba su lengua amoratada.
Su enemigo hacía ya mucho tiempo que había dejado de moverse, siquiera de respirar. Ahora ya no había nada, sólo su propio corazón cabalgando salvaje y su respiración fuerte, agotada.
Soltó lo que quedaba del que una vez fuera Satoshi, el wakagashira, el sucesor del clan. Le dejó caer sobre el frío suelo dándose cuenta del vacío que se abría ahora ante él. A su espalda escuchaba murmullos que iban subiendo el volumen tenuemente, voces dispares que se alzaban y se volvían a callar.
Giró la cabeza, los hombres que estaban allí antes de comenzar el combate parecían perplejos, finalmente el más viejo de ellos dijo algo, pero apenas le entendió. Solo escuchaba aquel molesto pitido.
Uno a uno y mirándole con estupor, aquellos desconocidos volvieron a ocupar su lugar sentados en el suelo. Susurraban cosas, repetían un nombre, de forma desordenada comenzaron a agacharse en señal de respeto, haciendo profundas reverencias, pegando su frente en la madera entre el perfecto ángulo que trazaban sus manos.
¿Qué decían? ¿qué era lo que no paraban de repetir?.
Finalmente se movió para ver los ojos de Akane, aquellos orbes marrones que siempre conseguían calmarle, recuperarle de la desesperanza. Observó a su preciosa mujer, con su pelo recogido en una perfecta coleta, ahora desordenado. Su kimono funerario, blanco como la nieve exterior lleno de las salpicaduras de sangre, su hombro izquierdo completamente empapado por su herida.
La miró sin entender su expresión triste, las enormes lágrimas limpiando sus mejillas. ¿Porqué lloraba de aquella forma? ¿era alivio al saberse liberada? ¿lágrima de felicidad?. No, definitivamente había algo que estaba mal en su expresión.
Akane se dejó caer hasta el suelo, como si sus rodillas ya no pudiesen más con el peso de su corazón. Las lágrimas cristalinas dibujaban una mueca en su perfecto rostro, apoyó ambas manos en el suelo y sus labios, sus divinos mil y una veces ansiados labios se movieron, dijeron algo.
Después se agachó en el suelo hecha un ovillo, temblando, y Ranma tragó saliva. No lo entendió, la palabra tardó más de un segundo en llegar desde sus oídos a su cerebro.
— Oyabun.
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Hola de nuevo,
Aunque lo parezca este no es el último capítulo, aún queda, aunque muy poquito.
Solo agradecer que hayáis estado todo este tiempo siguiendo este fic con tanto entusiasmo, me siento inmensamente feliz por saber que alguien más aparte de mí ha disfrutado con esta historia.
Este capítulo narra una batalla, ¿no es extraño que haya tan pocas batallas dentro del mundo fanfiction?¡si es lo que mejor se le da a Ranma!, ¡es como debería terminar cualquier historia de corte shonen!. Lo que quería sobre todo es recuperar ese espíritu de lucha y superación constante que vemos en el manga, que el final fuera apoteósico, pero con ese punto de oscuridad que tiene todo el fic. No soy muy buena narrando batallas, de hecho me siento torpe cuando me empeño en la tarea, debo practicar muchísimo más. Para esta pelea me miré cientos de vídeos de competiciones de artes marciales, he intentado describir con el mayor lujo de detalles las fintas, las llaves, etc...pero me temo que he tenido un resultado cuestionable aún a pesar de mis esfuerzos, la próxima vez será mejor, lo prometo.
Contestando reviews: xandryx (muchas gracias por tus palabras, me alegra saber que he conseguido transmitirte la intensidad de la escena. Mil besos a Colombia), Andy Saturn (...y tenías razón), Dulcecito311 (¡toda buena historia de acción tiene que tener una batalla final!jeje), yram1 (espero que te haya gustado la escena de lucha), Rokumon (Kill bill me encanta y no puedo esconderlo, jajaja. Tarantino basó la pelea final de la primera parte en Lady Snowblood, la adaptación al cine del manga de Kazuo Koike), Lolita (No me des las gracias por eso,jajaja. Y sí, pobre Ume...), Akane Tsukino (No te preocupes, gracias portomarte tu tiempo para comentar aún a pesar de estar tan ocupada, te lo agradezco mucho), susyakane (¡gracias! creo que e sla primera vez qque escribo tanta acción, para mí es un reto), Lisa2307 (gracias por tus palabras, ¿verdad que las mujeres samurai tienen un encanto propio?, debería hacer más películas sobre ellas...), Ikane (la escena del capítulo 16 fue violenta y descarganada, lo admito completamente y sé que habrá mucha gente a la que no le guste, y obvio que en el 17 hay mucha sangre y pelea, creo que se ve un poco hacia donde quería dirigir todo el argumento), Isakura Tendo (ooooh,¡me leiste el pensamiento!. En el capítulo final me extenderé hablando de todo esto, gracias por leer con tanta atención), Kykio4 (a mi también me ha gustado mucho "esta Akane" tan llena de valor,sumergiéndose sin miedo en la batalla), Jorgy (muchas gracias por ese mega-abrazo linda, te lo agradezco de veras, y más hoy que mientras escribo estas lineas aún creo estar dormida. Ume desde luego no tomó una buena decisión), RosemaryAlejandra (¡muchas gracias! me alegra saber que disfrutras con lo que escribo).
De nuevo y a riesgo de ser una maldita pesada, ¡muchísimas gracias a todos por leer!
Saludos.
Lum
