Capítulo 4

Mayo de 1900.

—Isabella, ¿estás lista?- Bella se miró una vez más en el espejo del tocador de su habitación. No, no estaba lista para asistir a la cena previa a su boda. No, no estaba lista para casarse con un hombre que le doblaba la edad a cambio de dinero. Durante todo el mes su madre había estado como una loca revoloteando a su alrededor. Y de paso amargándola y deprimiéndola más. Para hacer el paripé delante de sus amistades no dudaron en despilfarrar cuanto fuera necesario y eso a Bella le sacaba de quicio. Y lo peor de todo es que estaban dejando a deber demasiado dinero. Pero para su madre despilfarrar era como ir a misa los domingos. Necesario. Según oyó en una conversación a escondidas, su padre, con esta boda, esperaba ingresar una fuerte suma en efectivo, amén de liquidar sus deudas, así que, ¿qué era un préstamo más? Pensar en su padre ofreciendo como garantía su contrato prematrimonial le revolvía el estómago. Cuando salió de su cuarto su madre la esperaba impaciente.

—Isabella, ¿estás de broma, no? — dijo Renee al revisar su atuendo—. ¡Ese vestido es de hace por lo menos tres temporadas! —su voz sonaba horrorizada.

Madre, es el único con el que me siento a gusto. ¿Comenzamos la farsa?

—Te lo pido por favor, hija, no lo estropees, tu padre y yo hemos hecho grandes esfuerzos y sacrificios para llegar hasta aquí.

—Podíais haberos ahorrado tanto esfuerzo colocándome un cartel de "se vende" y haberme paseado por los salones.

—¡Isabella!

—Déjalo, madre, soy consciente de todo. Mañana me casaré con un hombre al que no conozco y vosotros podréis respirar aliviados.

—Oh, no seas dramática. Tratándose de matrimonio da lo mismo con quién te cases.- Bella miró a su madre horrorizada y preocupada.

Preferiría cambiar de tema.

—Isabella, escucha, quizás deberíamos haber tenido esta conversación antes. Mañana serás una mujer casada y a partir de ese momento estarás bajo el dominio de tu marido, tendrás que respetar todos sus deseos...no sé si me comprendes.

—Perfectamente —respondió Bella. Era mil veces preferible seguir en la ignorancia que oír a su madre hablar de relaciones conyugales. Su padre las estaba esperando. Al ver a su hija no hizo ningún comentario, simplemente recibió un frío beso en la mejilla. Bella tenía claro cuáles eran las prioridades de su padre. Nada más llegar al salón, Bella y sus padres fueron rodeados de multitud de amigos y conocidos de la familia. Con resignación recibió infinidad de buenos deseos, incluso percibió cierta envidia por parte de algunas matronas. Estaba claro que todas pensaban que Bella había pescado un pez gordo. Y es que en esos días muchos amigos de sus padres pasaban los mismos apuros económicos. Solo aquéllos que se habían modernizado y adaptado a los nuevos tiempos gozaban de una economía solvente. Aun así, mostrarse en público como si nada hubiera cambiado debía ser algo tan normal como el respirar. Su madre se encargó, además, de exponer ante los presentes su gran dicha y felicidad por ese matrimonio, y la verdad es que sabía representar su papel a la perfección. Nadie diría que en el fondo estaba horrorizada porque su hija se casara con un simple banquero, eso sí, lo suficientemente rico como para salvarles el pellejo. Cualquiera aguantaba a su madre una vez que cobraran el dinero por la venta de su hija. Si con el agua al cuello era insoportable... Revisó el salón con la mirada en busca de su anciano prometido, esperando que alguna indisposición de última hora le hubiera impedido venir. No hubo suerte, allí estaba, hablando tranquilamente con otro caballero más joven y estaba con... ¡una mujer del brazo! Debió darse cuenta de que le observaba y le guiñó un ojo. Viejo verde. Pero no contento con eso el hombre se despidió de sus acompañantes y se acercó a ella. Por supuesto, lo que Bella no debía hacer bajo ningún concepto, era escaparse, por mucho que su cabeza y sus pies estuvieran preparados. De acuerdo, tenía que casarse con ese hombre, pero nadie había puesto en un documento y firmado ante notario que sería una esposa abnegada, obediente y complaciente.

—Buenas noches, querida mía —dijo Edward padre besándola en la mano—; debo admitir que estaba preocupado. Bella le miró escéptica.

—No entiendo por qué, señor.

—Muy simple, querida, a tenor de nuestro único encuentro previo he llegado a la conclusión de que usted puede resultar peligrosa, aunque tentadora, para un hombre como yo.

—Solo tiene que romper el compromiso y será libre.

—Pero nunca rechazo un reto y usted, querida niña, lo es.

—Gracias —respondió secamente y dio un sorbo a su copa, evitando en todo momento la mirada de su prometido. Quizás si terminara borracha y desagradable con todo el mundo, incluido su prometido, todo ese teatro llegaría a su fin. Pero ese plan tenía un gran fallo, hasta la fecha no había bebido el suficiente alcohol como para saber si sería desagradable o acabaría dormida en cualquier rincón. O lo que es peor, besucona, como algunas de las damas que había observado en las distintas veladas y fiestas a las que, obligada por su madre, asistía periódicamente para hacer ver que todo funcionaba perfectamente.

—Deja de poner cara de entierro —murmuró Vivian.

Querida Vivian, cada vez te pareces más a mi padre —dijo Edward con cariño.

Tu padre me ha puesto al día en lo que respecta a tu compromiso, si bien no apruebo la forma en que ha manejado el asunto, debo decir —señaló con la copa a Isabella Cherterfield—, no creo que debas quejarte tanto por su elección. Mírala bien, ¿tan desagradable te resulta?

—Esa no es la cuestión. No necesito un modelo de perfección física. Llevo observándola un buen rato, se pasea como si fuera la maldita reina de Saba —dijo Edward con desagrado.

Querido, dale una oportunidad.

—Y por si fuera poco, el arrogante de su padre —continuó Edward— va por ahí pavoneándose, gastándose un dinero que aún no tiene.

—Supongo que es de los que venden la piel del oso antes de cazarlo.

—Así que me espera un matrimonio con una derrochadora. Por mucho que insistáis tanto tú como mi padre no veo ninguna ventaja. —De todas formas tú siempre tendrás la sartén por el mango.

Claro, y si me propongo atarla en corto sufriré interminables berrinches de niña mimada, arrebatos infantiles y una "estupenda" vida conyugal.

—Bueno, por lo menos no te aburrirás.- Edward miró a la viuda que mantenía una larga relación con su padre sin entender muy bien cómo tomarse sus palabras. Puede que con la edad las cosas se vieran de otro modo, pero para él, en ese momento de su vida, solo veía un largo camino de infelicidad. Muchos hombres como él llevaban una doble vida, tenían a una esposa en casa y una amante bien colocada para satisfacerle, pero Edward no era amigo de esos juegos. Si no se había casado hasta la fecha era por algo. Visto desde un lado práctico, ¿para qué mantener dos mujeres? Una en casa sin aportarle nada y la otra en un discreto apartamento prestándole atención a tanto la hora. De momento su arreglo con Tanya le era más que satisfactorio. No era tan iluso como para no haberse dado cuenta del tipo de mujer que era Tanya, sabía de sobra que no le era fiel, pero llegados a este punto él tampoco. Tenían un acuerdo comercial que los dos cumplían, fuera de eso cada uno hacía lo que quería. Le vino a la mente años pasados junto a su amigo Rafe, a quien por cierto echaba de menos. Ahora de viaje con su mujer, le veía feliz, enamorado y encantado con su situación; claro, que a diferencia de él, Jasper había elegido con quién casarse. Menudo pájaro estaba hecho su amigo. Hijo de un conde, heredó muy joven el título y la fortuna, pero en vez de sentarse en un sillón y contemplar lo maravilloso que es todo desde su posición, Jasper Whitlock comprendió que renovarse o morir es tan cierto como que el sol sale todos los días. Y de ese modo había trasformado los tradicionales negocios de su familia, dejando a un lado la explotación de la tierra como única fuente de ingresos, y se había embarcado en varios proyectos empresariales junto con Edward. Resultado: uno de los aristócratas más ricos del país. Ambos, con una situación económica más que solvente, se habían dedicado a explorar otras latitudes, y ambos se hicieron socios de un club llamado "la Dama Negra", un selecto, restringido y exclusivo club donde disfrutaban de los placeres más hedonistas de la vida. Le hubiera gustado que Jasper estuviera aquí, y sobre todo Alice, su mujer. Si algo tenía ella era ese sexto sentido para calar a las personas. Por desgracia ellos tardarían aún un par de meses en regresar. Según su última conversación, habían decidieron viajar sin un rumbo fijo en busca de nuevas experiencias. Conociéndoles visitarían cada uno de los lugares más extraños pero excitantes que encontraran a su paso. Y, siendo sincero, envidiaba a su mejor amigo. Encontrar a una mujer con la que poder compartir todo, absolutamente todo, era uno de sus escasos sueños por cumplir. De momento se conformaba con mujeres dispuestas y poco más. Claro que eso tocaba a su fin, su prometida estaba allí, a pocos metros, hablando, a saber de qué con su padre y poniendo mala cara. Quizás la muy consentida protestaba por el color de la mantelería. Las cosas no podían ir peor.

—¿Me disculpa? —preguntó Bella cansada de mantener la compostura con su futuro marido. Ante la atenta mirada de su madre había hecho lo correcto: fingir que le agrada la conversación, mostrarse interesada y no salir escopetada y refugiarse en su habitación a hacer algo mucho más gratificante como leer. Estaba tan hastiada de todo aquel paripé que hasta una revista de moda de esas que su madre tenía por casa le parecería interesante.

—Por supuesto —dijo Edward padre sonriéndole—, pero...antes me gustaría, si no es mucha molestia, que accediera a bailar con...—tosió suavemente— alguien especial.

—Le seré sincera, no soy muy buena en estas cosas. —Estaba dispuesta a dejarle claro que no esperase mucha colaboración. No era buena porque no quería estar allí, ahora bien, la educación proporcionada por su madre la cualificaba para asistir a actos públicos y actuar correctamente.

—No se inquiete por eso. —Tendió el brazo a Bella

—. ¿Me acompaña?- Estaba claro que no podía negarse, su padre la vigilaba como un halcón, invitados varios la observaban disimuladamente pero sin perder detalle y, bueno...si aceptando bailar se libraba de su prometido... Edward la condujo hasta donde estaban su hijo y Vivian; iba a divertirse de lo lindo. Puede que la dama se enfadara con toda esta charada, pero a su edad cualquier distracción de esta índole resultaba, además de inofensiva, estimulante. Cualquier distracción es buena.

—¿Serías tan amable de sacar a la dama a bailar? — preguntó a su hijo— No tengo edad para estas cosas.- Éste, en respuesta, miró a su padre sin comprender qué juego se traía entre manos. ¿Por qué no hacía una simple y formal presentación?

—Cómo no. —Ofreció su brazo a Bella, la cual se mantuvo en silencio. Bueno, por lo menos iba a bailar con alguien que no le doblaba la edad. —Cuando se entere de tu charada seguramente se enfadará. —Ay, querida Vivian, no me estropees este momento. —Solo hago una observación. Esa chica no parece una tímida mujercita. Si las miradas matasen tú estarías ahora mismo muerto y yo llorando desconsoladamente. —El negro te sienta estupendamente, querida mía. Yo no me preocuparía por eso. Hacen buena pareja, ¿verdad? —Prueba este champán. Buenísimo.

Sentirse observada o ser el centro de atención no era plato de buen gusto para Bella. Mientras bailaba con ese desconocido todos los allí presentes no les quitaban los ojos de encima. Seguramente estaban murmurando, panda de cotillas ociosos...Pero pensándolo bien, sentaba de maravilla que vieran a una mujer a punto de casarse bailando con otro. Estaba tentada de sonreír. Se abstuvo más que nada para evitar el dolor de cabeza posterior al tener que soportar la reprimenda de sus padres. El desconocido con el que bailaba se mantenía serio, imperturbable, sin mostrar el más mínimo interés en iniciar una conversación con ella. Bueno, podía tentar un poco a la suerte.

—Y, dígame, ¿usted es de los que piensan que las mujeres no deberíamos participar en las decisiones políticas? Ese, sin duda, era un tema que no debía tocar bajo ningún concepto.- Él la miró con una expresión a medio camino entre la sorpresa y la conmoción. Se tomó su tiempo para responder.

—Creo que, por desgracia, muchas mujeres no tienen la preparación necesaria para tomar ese tipo de decisiones. Diplomático, sin duda estaba bailando con un diplomático. Ni afirma ni desmiente. No se compromete, queda bien oiga quien oiga su comentario y evita ser cuestionado. Podía respetarle por eso. Muchos hombres, de entrada, hubieran negado categóricamente que una mujer tiene derecho a opinar.- Cuando finalizó la pieza, Edward se limitó a saludarla con un gesto amable y dejarla allí en medio sin ni siquiera despedirse o intentar alargar la conversación. Vaya...estaba claro que a ese hombre no le gustaba perder el tiempo con charlas banales e insulsas de sociedad. Había bailado con ella por compromiso y punto. Bella le observó volver junto a su prometido y de nuevo se quedó de piedra al ver cómo el hombre coqueteaba descaradamente con la mujer que, por cierto, parecía encantada porque no se separaba de él. Menudo pájaro.

—Enhorabuena, querida Isabella. —Una de las amigas de su madre se acercó para saludarla. Y de paso sonsacar algo.

—Gracias.

—Hacéis una pareja estupenda. —La mujer insistía—. Al principio nos pilló un poco por sorpresa pero tu madre nos ha explicado el afecto mutuo que os tenéis. Intereses económicos, querrá decir.

—Sí, es increíble.

—Bueno, querida, te dejo, estoy segura de que a tu prometido no le hará mucha gracia que te monopolicemos. Eso si pasamos por alto su coqueteo con mujeres mayores.- Tras esta mujer siguió un desfile de damas, toooodas tenían grandes deseos, toooodas estaban encantadas, toooodas pensaban que hacían una pareja fabulosa, pero cuando una insinuó que tendrían unos hijos guapísimos, Bella se atragantó. Sí, claro, como que ella iba a "hacerlo" con un vejestorio. Por favor, en el caso de tener hijos, en vez de llamarle padre le llamarían abuelo. Observó a sus progenitores y, al verles ocupados atendiendo a los invitados, se escabulló un momento de la fiesta para ir al encuentro de Jacob. Por supuesto su madre se horrorizó ante la idea de invitar al hijo del carnicero, pero este la estaba esperando junto a la cochera.

—Anímate, Bella, estás preciosa.

—Eso es fácil decirlo. No voy a poder, Jacob, me dará un ataque o algo. Cuando me quede a solas con él me entrará alguna especie de enfermedad neurótica o algo así. Tienes que ayudarme.

—Ya hemos hablado de eso. —La cogió de la mano y se inclinó para invitarla a bailar. Tienes que volver dentro, pero antes baila conmigo.

—Con lo fácil que sería todo si tú quisieras...—suspiró ella.

—No te preocupes, todo llegará.

—Estoy segura de que has estado con un montón de mujeres, y a mí me rechazas —se quejó Bella.

—Cuando estés casada no te rechazaré —dijo Jacob.

—Puede que cuando esté casada se me quiten las ganas de probarlo.- Su amigo se mantuvo firme en su idea de no tocarla. Si lo hacía se jugaba mucho. Era mejor esperar; mientras ya tenía con quién entretenerse. Un baile para que Bella se quedara tranquila y nada más, por ahora.

—Deberías ser un poco más amable —sugirió Edward padre a su hijo.

—Sí, bueno, esa podría ser una opción. —Dio un sorbo a su copa—. Este vino terminará por provocarme ardor de estómago. Ese tipo despilfarra con cualquier pretexto.

—Disfruta de la velada. ¿Qué te ha parecido tu futura esposa?

—¿Sinceramente? —Su padre asintió—. Creo que la primera impresión no siempre es la correcta.

—Si ya lo sabía yo...

—No es una niñata consentida.

—Mucho mejor, sí, señor.

—Es una niñata aburrida con aspiraciones intelectualoides.

—Hijo mío, algún día deberías relajarte un poco.

—Creo que nos reclaman. ¿De cuántos platos consta la cena? No creo tener estómago.- A Bella le sorprendió que la sentaran junto al desconocido diplomático y a su prometido junto a la mujer mayor. Pero lo que más le llamó la atención es que sus padres no mostraran ninguna oposición. ¿Tan oxidados estaban sus conocimientos sobre etiqueta? El viejo verde no dejaba de sonreírle, lo cual propició que casi tirase la copa de vino, algo que hubiera dejado un elegante y carísimo lamparón en el mantel blanco. Seguramente sus padres no habían escatimado a la hora de encargar los mejores vinos y licores, cosa que, según su opinión, resultaba una imprudencia. Podían pasar mil cosas antes de la boda e irse todo al traste. Y entonces, ¿cómo iban a pagar todo aquel boato? Tembló solo de pensarlo. Su madre parecía la reina, en su salsa, encantada con ser el centro de atención, disfrutando del dinero ajeno y sin más preocupación que atender a los invitados. Claro que una buena atención suponía un buen regalo al día siguiente. Apenas probó bocado, se le atragantaba todo. ¿Qué pensaría la gente que disfrutaba de la comida y bebida si supieran la verdad? Seguramente más de uno estaría al tanto, pero la mayoría solo podría suspirar de envidia de no haber sido ellos los agraciados en el sorteo mensual de hija convertida en novia de buena cuna pero arruinada. Tras los postres, su padre se levantó de la mesa, llamó a un camarero para que sirviera más champán y pidió silencio. Bien, ya no hay vuelta de hoja.

—Amigos, es para mí un honor poder hacer un brindis por mi muy querida hija y mi futuro yerno. —Miró a su hija instándola a ponerse en pie—. Quiero darle públicamente la bienvenida a mi familia. —Levantó su copa, gesto que todos los presentes emularon mirando a Bella y a su acompañante. Bella mecánicamente se puso en pie y, sin mucho entusiasmo, levantó su copa. Tardó diez segundos en darse cuenta de algo importante: su prometido no se había levantado y seguía mostrando una sonrisa picara. Nadie parecía notar que ella era la única que estaba de pie con la copa en alto...nadie excepto...

—Isabella, querida hija, mañana será uno de los días más felices de mi vida...- Bella no pudo prestar atención a las palabras de su padre; solo una persona estaba de pie, junto a ella, mirando a su padre, con expresión seria y gesto mecánico. Esta vez no pudo evitarlo, la fina copa de cristal tallado cayó estruendosamente en la mesa, chocando contra la cubertería y dejando una mancha en el mantel….

Continuará...