Capítulo 5
Si al principio Bella estaba deseosa de que su boda se fuera al traste, ahora lo estaba mucho más. De camino a la iglesia ignoró convenientemente a su madre, por mucho que ésta insistiera en repasar una y otra vez los pliegues del vestido, los adornos del pelo y todo cuanto fuese necesario para salir a escena debidamente ataviada. Así ninguno de los presentes podría decir una palabra en contra de su aspecto. Faltaría más. Mañana a primera hora saldría la crónica de su boda en el periódico, todo el mundo debía morirse de envidia y así su madre tener una razón más para pavonearse a gusto por los salones de té, fiestas y demás saraos de la temporada social, incluyendo el veraneo en la costa. Su entrada a la iglesia, agarrada al brazo de su padre, hizo que todos los presentes se pusieran en pie. No les prestó atención, caminó hacia el altar donde la esperaba su comprador. Situada junto a él, escuchó al cura decir las frases que ya había oído antes, pero que ahora tomaban especial significado para ella no por gusto, sino más bien por lo que implicaban. Estaban representando una farsa, deberían haberse limitado a firmar los documentos en el ayuntamiento y ahorrarse la ceremonia. Él no la miró en ningún momento, cuando colocó la alianza en su dedo lo hizo rápidamente, y cuando se inclinó a besarla apenas la rozó en la mejilla. Por lo menos huele bien, se dijo a sí misma. Cualquiera que viera a la pareja de recién casados se daría cuenta en el acto de que aquello ni era un matrimonio por amor ni tampoco por afecto, era simple y llanamente una farsa, muy rentable económicamente, eso sí. De camino al hotel donde se celebraba la recepción posterior a la boda, Bella fue dándole vueltas en su cabeza a todo cuanto se le venía encima. A menos que hiciera algo, claro está. Por la postura de su recién estrenado marido y/o inversor, a él tampoco le hacía mucha gracia todo aquello, ahora bien, los motivos por los cuales había aceptado eran un misterio para ella. Ya en el restaurante, y tras esperar pacientemente a que todos los asistentes les presentaran sus respetos y les desearan lo mejor, jamás olvidaría una fecha así. El padre del novio fue el más efusivo, la besó, la sonrió y abrazó, tras eso palmeó a su hijo en la espalda. Éste permaneció inalterable. Vaya dominio de sí mismo, pensó Bella. Su madre, cómo no, organizadora oficial de todo, les invitó a sentarse en la mesa presidencial. Antes de los postres Bella ya tenía en la cabeza una idea y tenía que llevarla a cabo. Llamó la atención de su marido. Debía ir acostumbrándose. Éste la miró sin comprender, pero agachó la cabeza para oírla. Educación ante todo. — ¿Podemos hablar? —le dijo en un susurro y sonriendo como una tonta para que todo el mundo creyese lo feliz que estaba.
—Sí, usted dirá. —En privado. Él tardó diez segundos en aceptar la indicación.
— ¿Ahora? —preguntó extrañado. Eran el foco de atención si se movían de sus asientos...
—Pues sí, si no es mucha molestia. Debemos hablar.-
Edward hizo señal a un camarero, Bella no pudo oír la conversación, pero a los cinco minutos Edward se levantó y la instó a seguirle. Lo hizo, por supuesto, ganándose con ello una mirada reprobatoria de sus padres, pero una sonrisa de su suegro. Un día inolvidable. Edward la condujo hacia la zona del hotel, si cabe aún más lujosa, donde estaban todas las suites. Sacó una llave del bolsillo y abrió la suite 210. Esto debía estar costando una fortuna. Bella mantuvo la boca cerrada, a pesar de estar en la habitación más impresionante que había visto en su vida. Una zona a modo de salita, con una mesa en la que encontró viandas y licores exquisitamente dispuestos. Al fondo una impresionante cama, con baldaquín, inmaculadamente blanca. Vale, estaba actuando como una tonta. Dejó a un lado la exploración y se dio la vuelta. Edward estaba examinando los licores sin mucho entusiasmo, la verdad, hasta que encontró uno de su agrado, se sirvió una copa y se sentó. De acuerdo, ella le pidió hablar en privado, y hablaría.
—Siento todo esto —comenzó ella.
—Ya no hay vuelta atrás —respondió mirando el licor con un aire de condescendencia que resultó cuanto menos irritante.
—De acuerdo. Bien. Quiero dejarle algunas cosas claras.
—La escucho.
—Sé perfectamente a qué acuerdo ha llegado mi padre. —Él asintió. Si se sorprendió al oírlo desde luego no dio muestras de ello.
—Y debo decirle en primer lugar que me he opuesto desde el principio. —Se acercó a la mesa de los licores buscando algo que infundiese valor
—. ¿Qué toma?
—Whisky.
— ¿Sabe bien? Quiero decir, ¿es bueno?
—Pruébelo —respondió; seguía sin inmutarse. A dónde quería llegar ella, le importaba muy poco, como todo aquello. Bien podía dedicarle unos minutos. Amablemente él sirvió una copa y se la entregó. No era ningún guardián; si su esposa quería whisky...
—Gracias. —Dio un sorbo, en principio muy decidida. Vale, era más fuerte que el vino, pero la situación lo requería—. Quiero pedirle un favor.
— ¿Más aún? —preguntó sarcástico.
—Es costumbre hacer un regalo de boda, considerémoslo así. De acuerdo, exigir un regalo de boda podía ser la tradición, pero en este caso era mejor aparcar la tradición. Al fin y al cabo era un negocio.
—Y sería...
—Quiero que busque el vacío legal, el mínimo resquicio, la menor oportunidad para no cumplir el trato con mi padre.- Edward jamás hubiera esperado eso. Como buen negociante que era, a partir de esas palabras empezó a interesarse por la conversación. Por supuesto, antes de responder dio y saboreó un buen trago de whisky.
—Sabe que eso supondría correr un gran riesgo —dijo con cautela; no quería comprometerse.
—Lo sé, pero supongo que usted dispone de un buen número de letrados en nómina que podrían hacer el trabajo, ¿me equivoco?- Joder, Edward estaba tentado de aplaudirla, primero por su petición y después por su perspicacia.
—Supone bien —dijo siguiendo con su actitud de no comprometerse a nada.
—Estupendo. También sé que parte de la deuda a perdonar es con su banco, para ello me ofrezco como empleada —Bella esperaba que ese ofrecimiento diese mejor resultado que con su padre.
—¿Tiene estudios? —Sabía la respuesta, no era posible que una mujer los tuviera, pero preguntarlo era educado.
—Oficialmente no.
—Ah.
—Pero llevo asistiendo, en secreto, eso sí, a las clases en la universidad del profesor Graham, he leído todos sus libros y...- Edward se puso en pie. ¿Qué nueva sorpresa iba a darle su esposa?
— ¿El profesor Aaron Graham?
—Sí. —Ella se sonrojó
—. Intenté que me aceptara como alumna, pero ya se imaginará cuál fue su excusa para no hacerlo.
— ¿Bajas calificaciones?
—No tener pene. —Se llevó la mano a la boca—. Perdón.
—Yo estudié con él. —Edward pasó por alto su comentario.
—Le envidio por eso. Por lo de haber podido estudiar con él, quiero decir.- Edward estuvo a punto de sonreír, pero se abstuvo.
—Entonces, me pide como regalo de boda retrasar el pago, no saldar las deudas de su familia y a cambio se ofrece como empleada. ¿He entendido correctamente?
—Sí.
—Bueno, teniendo en cuenta la situación, es muy probable que al final deba asumir no solo las cantidades iniciales sino además los gastos originados por la demora, que sin duda su padre exigirá. Eso sin contar con la posible exposición pública de mi nombre, por no atender mis compromisos financieros. ¿He olvidado algo?
—No. Y le entiendo, pero no debe negarse, simplemente buscar una salida legal, algo que impida a mi padre demandarle y al mismo tiempo mantenerse callado. Créame, le interesa más que a usted. Ha vendido a su hija, eso no queda bien en su círculo social. —Esto último lo dijo Bella con tal socarronería que casi le hizo sonreír.
—Está bien, mañana hablaré con mis abogados.
—Y lo haría además encantado, por el simple hecho de no acceder a las demandas de lord Chesterfield bien vaha la pena intentarlo—. ¿Algo más? —Bueno, ¿y qué me dice de lo de trabajar a cambio?
—Nunca viene mal una ayuda. Esa actitud tan diplomática podía empezar a ser irritante. Pero de momento primaba la prudencia.
—De acuerdo. —Le sonrió agradecida, puede que fuera un desconocido pero por lo menos escuchaba y daba oportunidades
—. Ahora supongo que...—Desvió la mirada hacia la cama y él se dio cuenta—, usted también querrá poner sus condiciones.
—Por supuesto.
—No se le había ocurrido, pero ya de paso..
.—. Bien, en primer lugar, y como mi esposa, creo que podemos tutearnos, ¿te parece?
—Sí. —Parecía aliviada.
—En segundo lugar, quiero una esposa que no entorpezca mi camino y que me sea útil.
— Estaba siendo un poco cruel
—. Recibo multitud de invitaciones donde debo acudir, más por compromiso que por gusto, supongo que en tu educación habrán incluido todo eso de la etiqueta y el comportamiento.
—Bueno, sí.
—Otra cosa muy distinta es que estuviera de acuerdo con lo aprendido.
—Por lo tanto, me acompañarás a todas esas reuniones, en las que no solo se cena y se baila, también se hacen negocios, así tú serás el foco de atención mientras yo me ocupo de mis intereses.
—De acuerdo. —Triste pero lógico, pensó.
—Te avisaré con antelación suficiente, así podrás elegir vestuario e informarte de lo que consideres oportuno.- Bella asintió con la cabeza; vale, se esforzaría.
— ¿Puedo seguir con mis "clases"?
—Sí, yo no me opongo. Hablaré con el profesor Graham, no tienes por qué ir de incógnito.
—Gracias —dijo emocionada.
—Una cosa más. ¿Eres virgen?- Bella casi se cae de culo al oír la pregunta. ¿A qué venía eso ahora? Habían hablado de negocios, llegado a un acuerdo, en ningún momento, tal y como trascurría la conversación, hubiera esperado algo así. Por su puesto el lado rebelde de su cerebro respondió.
— ¿Importa?
—¿La verdad? —La miró como si fuera una farola de la calle y se respondió a sí mismo—. No.
Edward se acercó a ella y, sin pedir permiso, cogió el broche de oro que llevaba en el escote, se acercó a la cama, abrió las sábanas, las desordenó convenientemente y se pinchó un dedo, dejando caer en el centro dos gotas de sangre. Ella le miró sin comprender. Mientras seguía desordenando las sábanas y Bella aún sin comprender, él siguió hablando. —Me importa muy poco o nada lo que hagas con tu vida privada, al igual que harás tú con la mía. Solo te pido discreción. Por supuesto, ambos sabemos, y te agradezco la oportunidad de conversar contigo, que este matrimonio no tiene futuro; eso sí, podemos llevarnos bien. Tendrás una casa a tu disposición. Solo te exigiré lo que hemos acordado y me comprometo a ayudarte. Cuando todo se resuelva podremos divorciarnos.
—De acuerdo.
—Era más de lo que podía esperar
—. Supongo que no inmiscuirme en tu vida significa...
—Que no cuestionarás mis decisiones, incluyendo las de ámbito privado. —Tus amantes. —Exacto.
—Me parece justo —dijo observando cómo quedaba la cama. Allí no se había producido un encuentro amoroso nupcial, allí se había desarrollado una batalla campal. ¿Pero quién era ella para saberlo?
—Toma. —Volvió junto a ella y le devolvió el broche
—. La gente pensará lo que nosotros queramos, es decir, que yo estaba loco por desvirgarte y tú loca porque yo lo hiciera.
-Bien. —La miró ladeando la cabeza, y de nuevo sin pedir permiso, la despeinó lo suficiente para aparentar haberse dado un revolcón, pero lo justo para no parecer un pájaro desplumado al volver al salón. — ¿Qué haces? —protestó ella.
—Si vamos a representar un papel, por lo menos hagámoslo bien. ¿De acuerdo? Bien, ahora, si no te importa, ¿puedes dejarme una mancha de carmín en la camisa?...
Continuara
