Capítulo 6

Su noche de bodas. Si se podía llamar así. Técnicamente lo era, es decir, se había casado por la mañana y ahora estaba sola en un gran dormitorio donde sus enseres aún estaban por desembalar. Edward no había sido muy explícito sobre el funcionamiento de la casa, simplemente le presentó a algunos empleados y después la acompañó hasta la puerta de su cuarto. Ni que decir tiene que ni siquiera se despidió con un beso en la mejilla. Dijo: "buenas noches", y se marchó. Evidentemente no pasaría la noche de bodas solo. Bien por él. Por supuesto, ella tenía la misma opción, pero claro, ¿dónde iba a encontrar a esas horas un hombre? Podía llamar a Jacob, desde luego, pero este y sus principios morales, aunque dudosos, podían tirar por la borda cualquier expectativa y más aún cuando su amigo se enterase de que su recién estrenado marido no iba a morir de viejo en los próximos diez años. Solo quedaba la opción de buscarse un amante. Y en el fondo esa opción no era acertada. Puede que para los hombres encontrar una mujer dispuesta y llevársela a la cama solo suponga un leve esfuerzo. Pero para ella, llevarse a un desconocido a la cama, suponía demasiado esfuerzo para algo que desconocía y que además puede que fuera desagradable. Eso si tenía en cuenta las conversaciones que oía a escondidas. Claro, que tal y como iban las cosas no podría formular una teoría empírica. Beber en tu noche de bodas no es lo más aconsejable. Ahora, si tu esposa está en su cuarto, sola, no quedan opciones. Si estuviera disfrutando del licor tras una sesión de sexo con su esposa, sería otro cantar, evidentemente. Desmadejado en el sillón, frente a la chimenea, Edward contemplaba el fuego, como el que oye llover, le daba igual. Estaba casado y por tradición ahora debería estar enredado con su mujer o bien descansando tras un buen revolcón. La copa de licor no estaría de más. Pero claro, él no se había casado normalmente. Su esposa no era la típica señorita que él creyó al principio, y por no aprovechar el momento, ahora estaba más solo que la una. Cuando ella le propuso dar a conocer sus condiciones bien podía haber incluido un revolcón, pero su orgullo decidió por él. Cuando le preguntó si era virgen y ella respondió con indiferencia se sintió herido. Si era o no virgen le importaba muy poco, simplemente el hecho de que ella lo mirara con ese aire de superioridad le irritó sobremanera. Al diablo con todo. Pocas veces un marido dispone del beneplácito de su mujer para buscarse la diversión fuera. Y eso haría a la noche siguiente. Aunque esta noche, por extrañas circunstancias, estaba excitado, y debido a esas mismas circunstancias tendría que apañárselas solo. Hizo un brindis y apuró la copa de un trago. Bella estaba vistiéndose cuando llamaron a la puerta de su dormitorio. —Adelante.

—Buenos días, señora, soy Theresa, su doncella. Anoche no tuve ocasión de saludarla y presentarme. El señor Cullen me ha pedido que me ocupe de sus cosas.

—Gracias.

—No hay de qué. ¿Desea algo?

—Humm, bueno, sí, te agradecería que me sirvieras de guía.-La mujer la miró sin comprender.

— ¿De guía?

—Sí, no conozco la casa, ni sus costumbres, así que si eres tan amable...

—Bueno. —Theresa sonrió—. Empezaré por traer el desayuno. ¿Cómo lo quiere? —La mujer empezó a deambular por el dormitorio recogiendo la ropa y examinando el baúl con las pertenencias—. Me ocuparé de esto también.

—Algo liviano, por favor. Me vestiré y bajaré al comedor.

—No es necesario, yo se lo subiré. —No, prefiero moverme por la casa.

—Como quiera.- Bella se metió en el cuarto de baño adyacente, agradeciendo que estuviera así dispuesto. A su edad, que otra mujer la vistiera le parecía poco menos que absurdo. Bien estaba contar con la ayuda de una sirviente, pero hasta ese punto...pues no. Salió perfectamente vestida, con una falda verde oscuro y una blusa blanca abotonada hasta el cuello. Puede que la falda tuviera un par de años, pero nadie iba a notarlo. Theresa fue guiándola hasta un comedor donde encontró un amplio surtido para el desayuno. Eso sí, nadie la esperaba. — ¿Edward no está?

—El señor salió a primera hora, como todos los días.

—Ah. Hubiera sido agradable compartir al menos el desayuno.- Se encogió de hombros, empezaba su vida de casada sin nada que hacer. También podía ser agradable conocer las costumbres de su marido y no preguntar al servicio.—¿Sería posible que me trajeran los periódicos de hoy? —preguntó amablemente a Theresa.

Debe disculparme, señora, al ser el primer día desconozco qué publicaciones femeninas son de su agrado. Si me da una lista procuraré tenerlas cuando antes.

—¿Publicaciones femeninas? —preguntó, y comprendió en el acto—. No, no, me he explicado mal, me refiero a la prensa habitual, periódicos de información general.

—Bueno, el señor está suscrito, preguntaré al mayordomo.- Theresa se retiró dejándola sola con su desayuno.

—Vaya despilfarro —murmuró mientras tomaba una taza de café. Con todos esos alimentos podrían desayunar al menos veinte personas.

—Aquí tiene. —Theresa le entregó dos ejemplares un poco arrugados—. Disculpe su estado; normalmente, una vez que el señor los ha leído, se llevan a las cocinas.

—No importa.

—Vaya...ya no tenía que ingeniárselas para leer la prensa

—. A partir de mañana me gustaría disponer de ellos. Luego, por supuesto, puede llevarlos a la cocina.

—Como desee, señora.- Bella empezó a leer ávidamente, como lo hacía habitualmente, hasta que cayó en la cuenta de que allí nadie iba a interrumpirla, ni a cuestionarla, ni mucho menos a decir nada sobre sus lecturas. Hasta podía acostumbrarse a eso. Se sirvió otra taza de café y siguió picoteando.

—¿Señora?

—¿Sí? —Bella respondió sin levantar la vista del periódico.

—La cocinera me ha pasado los menús para la semana próxima. Supongo que querrá dar su aprobación.

—¿Los menús?

—Sí.

—¿Come habitualmente Edward en casa? —Odiaba tener que hacer esa pregunta, se suponía que estaban casados.

No, señora.

—Entonces... ¿para quién se preparan? —dijo mientras leía la nota de la cocinera. No entendía para qué se preparaban esas comidas si nadie acudía a ellas.

—Se viene haciendo así, tal y como se hacía en la época en que vivía la anterior señora Cullen.

—Ah, bueno. —Bella se puso en pie y cogió los periódicos

—. Acompáñeme a las cocinas, por favor.

— ¿A las cocinas? No es necesario. La cocinera puede venir...- Bella entendía las reservas de Theresa, pero ser la señora de la casa implicaba hacer y deshacer a su antojo, nadie iba a cuestionar si entraba o no en las cocinas, en el lavadero o en la cuadra.

—No importa —dijo en tono conciliador—, así conozco la casa. ¿Vamos?

—Entonces todos los días se prepara un menú, haya o no haya comensales.

—Sí, señora —respondió la cocinera, algo cohibida.

Pero...entonces se desperdicia toda esa comida.

—Sí —respondió finalmente la cocinera, y parecía avergonzada.

Bueno, no pasa nada. De momento dejaremos a un lado la confección del menú diario —dijo Bella práctica.

—Pero, ¿usted...no...? —Theresa parecía alarmada.

—Estoy segura de que podré apañármelas.

—Como desee, daré orden para que preparen el comedor pequeño.

—No sé...—reflexionó Bella en voz alta—, me parece absurdo desplegar todo para comer yo sola. ¿Dónde comen habitualmente ustedes?- Todos los allí presentes la miraron con la boca abierta.

—Señora, los sirvientes nos reunimos en un comedor anexo a la cocina.

—¿Cuántos son?

—Normalmente diez personas.

—Bueno, supongo que no será un problema dar de comer a once, ¿verdad?

—Señor Cullen, hemos revisado minuciosamente el acuerdo prematrimonial firmado por su padre y, como ya me temía, resultará prácticamente imposible echarse para atrás.


—Señor Newman, eso ya lo había deducido por mí mismo —respondió Edward crítico—, lo que les pido es que paralicen, alegando lo que sea, la ejecución del contrato. No que lo anulen.

—Siempre podemos recurrir a un socorrido "lo está estudiando el gabinete jurídico"

. —Si nos da tiempo, servirá —Edward se puso en pie—. Gracias, señor Newman. —Le tendió la mano.

Encontraré algo más sólido. Aunque… —Newman hizo una mueca— aquí ha quedado todo bien atado.

—Confío en usted. Buenas tardes —despachó a su abogado adulador. Para lo que le había dicho, no habría hecho falta reunirse. Edward se quedó solo en su despacho, solo y ligeramente deprimido. Vaya forma de empezar el día. Una reunión maratoniana con su abogado para no llegar a buen puerto. Se la estaba jugando, no solo económicamente, sino también a nivel de su prestigio. Sería más fácil pagar, pues las cantidades, aunque importantes, no suponían gran perjuicio a sus finanzas; decirle a su esposa que había cumplido el acuerdo y ahorrarse quebraderos de cabeza. No podía, y no solo por habérselo prometido a su mujer, sino por orgullo propio. Revisó su correspondencia y buscó algo que llevar esa noche a su casa y que la mantuviera entretenida. Su ofrecimiento de trabajar para él resultaba tan ridículo que se ahorró una réplica hiriente. Bien, un informe, ya rechazado por inútil, serviría para entretenerla. Y para que no sospechase añadió unas cuentas para que revisara su contabilidad. Aburrido hasta no poder decir más. Probablemente acabaría por aceptar que estos asuntos no eran para ella y se dedicara a sus labores. No era la primera mujer que parecía interesarse por algo más que sus acostumbradas aficiones y que arrojaba la toalla a la primera de cambio...