Capítulo 8
Edward no le apetecía para nada ir a la Dama Negra. Y no porque no le gustase un buen espectáculo, sino porque saldría de allí con bastantes ideas para practicar con una esposa, claro que él tenía una esposa con la que no podía llevar a la práctica las sugerencias del club. Bastardo afortunado, pensó mirando a su amigo Jasper saludar atentamente a una de las camareras. Ese cabrón nunca cambiaba; probablemente dentro de unos años, con canas, seguiría siendo el mismo. Lo curioso del asunto es que coqueteaba a diestro y siniestro sin llegar a ser molesto ni enfadar a su mujer. Todo un logro. Se acomodaron en uno de los reservados y una vez les hubieron servido las bebidas, empezó el suplicio. Uno de los empleados del club les explicó brevemente a los presentes la actuación. Claro que tampoco había que extenderse demasiado, todos conocían perfectamente el estilo. En el centro estaba dispuesta una especie de tarima a modo de escenario. Allí se representaban los números acrobáticos con el alto contenido sexual que todos los socios del club apreciaban. Hoy, por supuesto, no iba a ser una excepción. Apareció una morena, apenas cubierta por una gasa transparente de color verde, y se situó en el centro. Cuando dejó caer la tela, todos los presentes prestaron más atención. Al instante aparecieron dos hombres; únicamente llevaban un pequeño faldón, como si de romanos se tratase, el cual no tardaría en desaparecer. Tumbaron a la morena en una especie de diván y empezaron a decorar su cuerpo.
—¿Será comestible? —susurró Jasper sin perder detalle.
—Cállate —respondió Edward irritado. —Pues pienso preguntarlo. Sí, claro, como que dado el caso eso iba a ser lo más importante.- El espectáculo continuaba, la mujer disfrutaba del masaje pictórico de sus amables compañeros, claro que si la actuación se quedara en un erótico masaje la concurrencia hubiera protestado. La morena estiró su mano, metiéndola por debajo de la faldita para entretenerse un rato, mantener el suspense y excitar a su compañero, y tras unos minutos de toqueteo, desnudó al primer hombre, completamente erecto y, sin perder tiempo, le acarició atrayéndole hacia sí hasta poder acariciarle no solo con la mano sino también con la lengua.
—Joder, esto se pone interesante.
—De eso se trata —respondió Edward a su amigo secamente. Y es que para un hombre con una vida sexual inexistente desde hacía por lo menos dos meses, la mínima insinuación suponía una gran faena. Edward apartó la vista; si al menos se entretuviera con otra cosa...
—Te estás perdiendo lo mejor —murmuró el canalla de Jasper—; no sé tú, pero debí traerme algo para tomar notas —Jasper empleó su tono guasón.
—Si quieres voy y le pido al camarero papel y lápiz —respondió Edward en el mismo tono.
—Bah, podré recordar lo más importante.— Edward quería romper algo, golpear a alguien o lo que fuera para quitarse de encima esa sensación. Estaba más que harto de apañárselas solo. No recordaba un periodo de abstinencia tan largo en su vida. Podía comentárselo al canalla afortunado de Jasper, pero conociéndole, este tendría por lo menos un mes tenía de diversión. Aunque luego fingiera ponerse serio e intentar ayudarle. Y casi, tratándose de la ayuda de Jasper, era peor el remedio que la enfermedad. Tenía que deshacerse de Jasper y buscar una mujer, seguramente alguna de las espectadoras escondidas en el local estuviera dispuesta. Y la actuación seguía, ahora la mujer seguía ocupándose de un hombre mientras que su compañero se ocupaba de ella quien, totalmente cubierta por pintura, se retorcía frenéticamente. Sin duda su compañero sabía proporcionarle placer oral. Los grititos de placer inundaron la sala y el humor de Edward iba poniéndose cada vez peor.
—¿Dónde vas? —preguntó Jasper sin quitar ojo del escenario, extrañado al ver que se levantaba.
—A casa.
—Ay, pillín, no aguantas más, ¿eh? Te entiendo perfectamente.
—Pues no. Lo dijo de tal forma que Jasper no lo tomó a broma.
—Pues vas a perderte lo mejor, ella está a punto de correrse, y mira — obligó a su amigo a prestar atención—, parece que el tipo ese va a dar la estocada final.
—No sé por qué te hago caso.
—Porque te pone tan cachondo como a mí —se dijo a sí mismo. Miró de reojo a su amigo y su cabeza empezó a dar vueltas, algo raro estaba pasando, pero claro, en esos instantes no estaba en la mejor disposición como para analizar detenidamente la situación. Con protesta o sin protesta, Edward contempló todo el espectáculo. Puede que en su vida hubiera contemplado los suficientes tríos como para no sorprenderse, pero en su estado actual...Y luego estaba la maldita cabellera de la actriz, morena, como la de su esposa y ya su mente no pudo dejar de pensar en Isabella despeinada sobre la cama a punto de recibir "la estocada final". La mujer gritó con más fuerza al sentir cómo uno de sus compañeros la penetraba mientras que el otro seguía en su boca, los dos hombres perfectamente sincronizados, se apreciaba incluso cuando ella dejaba de lamer, el otro se detenía un instante. Puede que fueran actores, pero caray, representaban muy bien su papel. En la sala también se oían los jadeos de algunos espectadores, seguramente masculinos. Si bien la entrada a mujeres era permitida, estas preferían las salas privadas donde poder observar sin ser vistas.
—Voy a felicitarles —Jasper se puso de pie—, y de paso preguntarles un par de cosillas.
—Y yo voy a optar por cambiar de amigos.
—Mira que estás pesado. —Jasper se sentó de nuevo—. Vale que en tu vida pública tengas que aparentar ser un estricto director de banco, pero relájate, joder, aquí todos son discretos y tú siempre has sido uno de los socios más activos. No sé qué mosca te ha picado...pero desde luego estás imposible.
—Simplemente considero que ciertas inclinaciones, dado mi estado actual, no son lo más acertadas.-Se abstuvo de mencionar su estado actual: abstinencia total.
—¿Estás hablando en serio? —Jasper no salía de su asombro—. Casarse no significar morirse de aburrimiento. Y si crees que estar aquí los dos solos es inapropiado, la próxima vez vienes con tu esposa y listo.
—No. —Deduzco entonces, por tu actitud... ¿que tu querida y estimada Isabella es de las difíciles?
—Yo no he dicho eso.
—No sabía por qué la defendía. Bueno, sí, porque no sabía qué clase de mujer era ella en lo que respecta al sexo.
—Pues la verdad, si tras más de un mes de casado ya estamos así, no sé qué otra cosa pensar.
—¿Podemos cambiar de tema?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque me preocupas, esa actitud no es sana, lo dicen los médicos —alegó Jasper todo convencido.
—¿Ah, sí?
—Pues sí, no solo es sano sino recomendable. Follar alarga la vida.
—¿De dónde habrás sacado tú ese estudio científico? —preguntó a nadie en particular con un claro tono escéptico. —Bueno, da igual, malo no es, y ahora, casados, podemos practicar cuanto queramos, ¿no?
—¿Para eso te has casado?
—Entre otras razones, sí, la verdad. Y porque no iba a dejar escapar a una mujer como Alice.
—Me alegro de que pienses en algo más que en quitarte los pantalones.
—Me estás asustando, Edward, esa faceta tuya tan mojigata no la conocía.
—No es mojigatería, es sentido común.
—Entonces... ¿por qué te has casado tú? Porque chico, no me lo explico.
—Ya oíste a mi padre, Edward Cullen V.
—Bah, a otro perro con ese hueso, nos conocemos, querido amigo, te he visto hacer las locuras más increíbles, nos hemos desmadrado unas cuantas veces, hemos follado como ningún otro y ahora de repente... ¡zas! Todo a la mierda. ¡Sentido común, dice! ¡Tonterías!
—Yo no he dicho eso. Y cambiemos de tema, por favor. Este me aburre. Jasper le miró negando con la cabeza. Ahí estaba pasando algo raro. Bueno, ya lo descubriría. Edward no era así...
Continuara!
