Capítulo 9
Edward estaba cumpliendo su palabra y ella deseaba encontrar algo para agradecérselo. Mientras estudiaba los informes y datos bancarios que él le traía todos los días pensó en cómo estaba cambiando su vida. Tenía libertad para hacer o deshacer a su antojo; si bien solo debía acompañar a su marido en ocasiones señaladas, hasta el momento él aún no había propuesto ninguna salida. Le veía muy poco, apenas diez minutos, y no todos los días. Él simplemente dejaba los documentos sobre la mesa de su despacho, daba dos instrucciones y se marchaba. Todavía se sentía incómoda por ocupar su despacho. Edward había dicho que de momento trabajara ahí, pues para evitar rumores en el banco era mejor hacerlo desde casa, aunque Bella, cada vez que entraba a la estancia donde él tenía su despacho, se sentía impresionada como poco. Recordó cómo hace menos de quince días Edward la salvó de una situación comprometida. Ella seguía asistiendo de incógnito a las clases del profesor Graham, no sabía si Edward había hablado o no con el viejo profesor. Así que, por si acaso, Bella seguía yendo disfrazada. Al poco de empezar la clase, el profesor miró en dirección al asiento de Bella y dijo bien alto y claro:
—Por favor, el tercer ...ejem ...alumno de la penúltima fila, que se presente en mi despacho inmediatamente — Bella no protestó y, muerta de vergüenza, salió del aula siendo el centro de atención. Una vez en el despacho del profesor, un secretario con muy malas pulgas, la invitó a sentarse y esperar al profesor Graham. Este apareció, la miró de arriba a abajo y habló: —Muy bien, joven. ¿Cuál es su nombre? Y...—Levantó la mano para poder continuar—ahórrese las mentiras, si es tan amable.
—Isabella Cherterfield —. Aaron Graham la estudió durante unos angustiosos minutos antes de continuar hablando.
—Señorita, ¿se cree que soy estúpido?
—¿Perdón? —Ha entendido perfectamente mi pregunta. —Le ruego que se explique, por favor.
—Pues entonces le informo de que llevo tiempo observándola; ninguno de mis alumnos presta tanta atención como usted.
—Gracias.
—No era un cumplido —dijo con acritud—, por eso me he preguntado una y otra vez quién era. Y caí en la cuenta; si ya la rechacé en otro momento, ¿qué le hace pensar que ahora he cambiado de opinión?
—Nada —dijo sumisa. —Me veo en la obligación de avisar a su...—Graham vio la alianza— esposo, si es tan amable de facilitarme su dirección.
—Preferiría no hacerlo.
—Cómo no, entonces avisaré a la policía, claro está. Incidentes como este no deben tolerarse.
—No hago daño a nadie —se defendió Bella.
—Señorita, escúcheme bien, se ha metido en un buen lío, ¿me comprende? La universidad puede denunciarla, por eso prefiero tratar este desagradable asunto con su esposo, él sabrá cómo corregir su actitud. Su nombre, por favor. — Bella se mordió el labio, miró a su alrededor, tenía que encontrar una salida, una que no fuera tan bochornosa como la de salir detenida.
—Estoy esperando, señora.
—Mi esposo está de viaje.
—No le he pedido su ubicación, sino su nombre.
—¿No hay otra forma de solucionarlo? —Bella lo intentó de nuevo.
—No, se lo advertí la primera vez. Ha hecho caso omiso y no voy a tolerar que usted se salte las normas. No había salida.
—Está bien. Edward Cullen.
—¿Cómo?
—Edward Cullen —repitió ella. No entendía el desconcierto del profesor.
—Mire...señorita, creo que esta broma ya ha durado bastante. Si no me dice ahora mismo el nombre de su esposo llamaré inmediatamente a la comisaría.
—¿Por qué iba mentir?
—No me haga hablar —. Graham sopesó la respuesta, esa mujer era una experta a la hora de buscar salidas. Pues bien. Abrió airadamente la puerta y llamó a su secretario. Redactó una pequeña nota, que entregó con malas pulgas, y le pidió que fuera rápido. Iba a solucionar esto de una vez por todas.
—Con esa actitud solo está consiguiendo empeorar las cosas, señora.
—No he mentido —dijo Bella con vehemencia.
—Molestar a un respetable ciudadano no va a salvarla.
—Ya veremos —murmuró. Maldito Graham, podía ser el mejor profesor de economía del país pero sus modales eran los peores, ni siquiera le ofreció una taza de té, a pesar de que tomar té no se encontraba entre sus aficiones en cuanto a bebidas se refería. Aguantó la mirada reprobatoria de Graham, estaba claro cuál era su opinión sobre la educación de las mujeres. Tres cuartos de hora más tarde llamaron a la puerta. A Bella ya le dolía el trasero de estar en esa silla. Y de soportar las miradas acusatorias del profesor.
—¿Profesor Graham?
—¿Sí?
—El señor Cullen está aquí.
—Hágale pasar, por favor. Y encárgate de que nos sirvan algo—. Graham se levantó y esperó a que Edward entrara. Nada más verle los dos hombres se fundieron en un abrazo.
—¡Cuánto tiempo, querido muchacho!
—Lo sé. No tengo excusa, profesor.
—Bueno, siento haberte hecho venir, y más por un asunto tan desagradable. —Graham miró a Bella, que permanecía sentada—. Ahí está, no solo se cuela en mis clases sino que además utiliza tu...
—Es mi esposa —le interrumpió Edward dejando al profesor sin habla—. Llevamos casados dos meses—. Si Bella hubiera sido una de esas personas vanidosas y rencorosas ahora exigiría que el distinguido profesor se retractase públicamente de sus acusaciones, montaría un buen escándalo y además hasta podría abofetearle por insultarla.
—Edward, muchacho, no...no sabía nada —se disculpó Graham—. Debiste informarme.
—Lo sé, es imperdonable. —Edward mantenía la calma. —Bueno, asunto resuelto. —Bella se levantó y su dolorido trasero se lo agradeció.
—Espere un momento, por favor. —La detuvo Graham—. No era mi intención ofenderla.
—¿Podré entonces acudir a sus clases?— El profesor arqueó una ceja sorprendido. Esperaba al menos una rabieta.
—Profesor —intervino Edward—, mi esposa es una gran conocedora de sus teorías, sé que las normas impiden que una mujer se gradúe...
—Edward, ni siquiera la donación más suculenta puede cambiar las normas, ahórratelo. Debo añadir que si los alumnos de mi clase se comportasen como ella, otro gallo cantaría, pero me temo que no es posible.
—¿Y si solo asisto a las clases? —preguntó Bella—. Bueno, es una posibilidad. Quién sabe, a lo mejor modifican las normas y entonces estaré preparada.
—No es mala idea —apuntó Edward.
—Muchacho, para mí sería un orgullo que tu esposa asistiera a mis clases. Sabes perfectamente el gran cariño que te tengo. Sin embargo...
—Las normas —dijo Bella con sarcasmo.
—Efectivamente. Aunque...puedo atender a tu esposa en mi casa, podría darle clases particulares una vez a la semana.
—¿De verdad? — Edward la contemplaba y no daba crédito a la emoción con la que Bella hablaba. Algunas mujeres solo ponían esa expresión cuando veían un colgante de varios quilates.
—También yo saldría beneficiado —apuntó Graham—, mi mujer siempre ha tratado a Edward como a un hijo, de ese modo podría visitarnos. Cuando le cuente a ella que te has casado...querrá inmediatamente conocer a tu esposa. Ya la conoces.
—Transmite a tu esposa mis mejores deseos, profesor. Prometo visitarla lo antes posible, junto a Isabella, por supuesto.
—La harás muy feliz. Créeme.
—Bueno, si nos disculpa —dijo Edward, y tendió su brazo a Bella—, debo regresar y antes acompañar a mi esposa a casa.
—Por supuesto, por supuesto.— De camino al coche Bella no sabía qué decirle. Edward permanecía callado, como siempre, su expresión no dejaba adivinar qué se le pasaba por la cabeza.
—Gracias —dijo ella simplemente.
—De nada —respondió él. Se limitó a acompañarla hasta el coche, dar instrucciones para que la llevaran a casa y dejarla sola. Ahora, recostada en el gran sillón, intentaba entender la actitud tan reservada y fría de su marido. No le negaba nada, pues tenía a su disposición la libertad de hacer y deshacer a su antojo, y no solo con la casa, pues desde hacía ya unos días había estado reorganizando el funcionamiento, cuando contempló los gastos mensuales casi se cae de culo, y eso para atender a solo dos personas, pues su suegro solamente venía de visita. Ninguno de los sirvientes entendía su actitud, pues rara vez la señora de la casa se dedicaba a encontrar mejores proveedores o a regatear con los existentes. Aun así, Bella estaba muy orgullosa. Pese a que también disponía de una asignación mensual para sus gastos personales, ella no lo tocaba. ¿Para qué lo necesito?, se dijo a sí misma cuando Edward se lo comunicó; él se limitó a encogerse de hombros y marcharse. Bella se había quedado de piedra al ver la cantidad que le correspondía, pero seguía sin hacer uso de ella, simplemente iba acumulando las mensualidades en una cuenta. Si tenía todas sus necesidades cubiertas, ¿para qué gastar más? Si alguien le hubiera comentado que iba a disponer de esa libertad durante su matrimonio, desde luego no hubiera protestado tanto. Ahora bien, faltaba algo.
—¿Señora? —interrumpió Theresa.
—¿Sí? —Acaba de llegar la modista.
—Ah, muy bien, que pase, gracias. —La idea de perder el tiempo con la modista no le era agradable, pero de momento no le quedaba otra escapatoria. Bella recogió los papeles y se dirigió a la sala donde había dejado sus vestidos más antiguos. Estaban perfectos, pero necesitaban unos retoques. No es que la moda fuera primordial, pero quería estar preparada por si debía acudir a algún acto social. No pensaba encargar un vestuario nuevo, sino aprovechar sus trajes dándoles un retoque. Dos horas después, y tras mucho discutir, Bella había convencido a la modista para que hiciera las modificaciones necesarias y a un precio justo. Theresa, allí presente, no abrió la boca hasta que la modista se marchó.
—Señora, ¿no sería mejor encargar un vestuario nuevo?
—Humm, no, estos vestidos están perfectos, no voy a gastarme una fortuna en ropa. ¿Qué hago con estos?
—Bueno, eso no debería preocuparos, su esposo...
—Ya lo sé —interrumpió Bella oyendo por enésima vez que Edward había dispuesto esto y lo otro y lo de más allá—, pero me parece un derroche innecesario.
—La modista hablará.
—Si lo hace, allá ella —se encogió de hombros—, entonces buscaré otra y más barata.
—Es tarde, si me disculpa...voy a encargarme de la cena.
—De acuerdo, pero no cenaré en el comedor, tengo que terminar unos papeles, llévame una bandeja al despacho.
Theresa no objetó nada y se marchó a cumplir sus obligaciones. Bella contempló unos instantes más sus vestidos y después se encerró en la biblioteca para terminar lo realmente importante.
