Capítulo 12

Por la cara de Bella mientras regresaban a casa, Edward adivinó que iban a tener su primera pelea de casados. Y lo más triste: luego no podrían reconciliarse. Con lo divertido que hubiera sido. Condenado Jasper, maldita Alice. No solo acorralaron a Bella, sino que además empezaron con las carantoñas, los gestos provocadores. En defensa de su mujer debía admitir que se comportó estupendamente. Si bien respondía de forma contundente no insultaba, ni montó ningún escándalo. Edward se equivocó, llegaron a casa y ella seguía sin decir nada. Esperaba al menos una queja, un mal gesto. Pues no. —Buenas noches —dijo finalmente Bella antes de empezar a subir las escaleras. Se acercó a él y, para su sorpresa, le besó en la mejilla—. No necesito una disculpa. — Y le dejó allí, plantado, inmóvil, desconcertado y de nuevo excitado.

—Maldita sea —dijo entre dientes contemplando su trasero mientras subía las escaleras. No era amigo de peleas recriminatorias, gritos y de tirar objetos en medio de una crisis de histeria, pero cualquier cosa hubiese sido mejor que esa indiferencia por parte de Bella. Por no hablar de la noche en vela que le esperaba. Otra vez.

Bella se despertó temprano, como casi siempre, y se quedó tendida en la cama decidiendo si merecía la pena o no levantarse. Theresa lo hizo por ella. —Siento interrumpir, pero tiene visita.

—¿Tan pronto? —Bella se sentó en la cama. —Es casi mediodía, no he querido despertarla, como ayer llegaron tarde...

—Humm, gracias —respondió Bella. Theresa tenía demasiada imaginación. Sí, se había acostado tarde, pero sola—. ¿Y quién es?

—Lady Whitlock.

—¿Qué?

—La espera en el salón. —Al ver la cara de Bella, Theresa añadió—: Si quiere puedo decirle que no está disponible o si lo prefiere podemos hacerla esperar...mientras usted se arregla. Ya me comprende.

—No —respondió rotundamente. —Como quiera, pero un consejo, ándese con cuidado, Lady Whitlock no es lo que aparenta. — A buenas horas, pensó mientras se vestía rápidamente. No iba a dar a esa mujer más artillería para criticarla. Bajó las escaleras refunfuñando, debería haber perdido cinco minutos en tomar algo. Solo faltaba que su estómago protestara delante de esa mujer. Entró en la sala y se encontró a Lady Whitlock tranquilamente sentada tomando un café.

—Me he tomado la libertad de pedirlo, ¿te importa?

—No, por supuesto que no —mintió.

—Bueno, bueno, bueno. —La miró de arriba a abajo—. Por lo que veo hoy se nos han pegado las sábanas. —Mientras Bella buscaba una respuesta contundente, Alice siguió—: No importa, querida. —Y sonrió. Lo cual no es buena señal, pensó Bella. ¿A qué venía esa falsa amistad? Ignoró su presencia y decidió que con el estómago vacío no era capaz de defenderse, así que una vez servida se sentó en el sillón de enfrente y esperó a que las pullas y las observaciones de mal gusto cayeran sobre ella.

Seguro que estás dándole vueltas, ¿verdad?

—¿Puede ser más concreta?

—¿Puedes llamarme Alice? Sé que provienes de una familia que sin duda te habrá proporcionado una exquisita y cuidada educación. Ahórratela conmigo, por favor.

—De acuerdo.

—Gracias. Verás, mi visita es para sacarte de un error; seguramente estás pensando que he decidido hacerte la vida imposible. ¿Me equivoco? Responder abiertamente a eso era una trampa en toda regla—. Y Bella no cayó en ella.

Continúa, Alice. Su invitada sonrió de nuevo mientras dejaba su taza sobre la mesa y seleccionaba una pasta. —Tras nuestra velada de anoche, estuve pensando. ¿Por qué Edward se ha casado con ella? Y llegué a dos conclusiones. La primera, es una niña tonta, pero de cuna y le conviene, o la segunda, tiene algo que se me escapa y tu marido, que es más listo que el hambre, ha descubierto. —Es un asunto privado.

—Por tus respuestas de anoche y la falta de pataletas y lloros descarto la primera suposición. ¡Por favor, querida! Estuve toda la noche atacándote, una y otra vez y tú, en vez de amilanarte o pedir a Edward que te sacara de allí, me las devolviste todas.

—¿Me está pidiendo disculpas? —preguntó Bella por si acaso.

—No. Lo que quiero decir es que no tienes un pelo de tonta. Sabes defenderte y te lo agradezco.

—¿Eso es un cumplido? — Alice sonrió antes de responder.

Eso, querida mía, es simple y llanamente una observación para que mires más allá de tus narices.

—¿Cómo debo interpretar eso? —Bella se arrepintió en el acto de su pregunta, eso le daba pie a Alice para seguir con su juego de vaya usted a saber a dónde quiero llegar.

—Eres una chica lista. Saca tus propias conclusiones.

—Gracias. Lo haré.

—Por ejemplo, cuando hice el comentario sobre tu vestido, ¿crees que es por vanidad, esnobismo, aburrimiento? —Prefiero no responder. Bella seguía a la defensiva y Alice no podía culparla

. —Verás, para mí tampoco es plato de buen gusto deshacerme de vestidos y complementos que solo me he puesto una vez. Odio toda esa farsa de ir impecable. Pero debo hacerlo. —No sabía cómo responder. Ahora Alice hablaba sin rastro de cinismo. —Pero —continuó Alice— sé que cada vez que aparezco del brazo de mi marido en un acto social soy juzgada por mi peinado, mi vestido y hasta por el más mínimo gesto. No quiero que me caigas bien, pensó Bella. —Sé que Jasper se juega mucho delante de todos esos hipócritas que cuestionan una y otra vez cómo un Lord adinerado, joven y con muchas candidatas, eligió a una mujer que ni siquiera llegó a ir a la escuela y a la que su padre abandonó.

—¿Pretendes hacerme llorar? —Ese comentario estaba fuera de lugar, Bella lo supo en el acto. Por fortuna Alice no se lo tuvo en cuenta.

—Por ese motivo tú —enfatizó la palabra señalándola— sabes mejor que nadie la hipocresía con la que se juzga a los que no han nacido dentro de una familia aristocrática.

—Sí, por desgracia, así es —admitió Bella. —Jasper, al igual que tú, no sabéis el esfuerzo que conlleva ser aceptado. Y que conste que me importa un pimiento, pero Jasper tiene una posición y yo no debo ser un lastre. Maldita sea, tenía razón.

—Edward es uno de los hombres más ricos del país —siguió Alice—. Tiene en su bolsillo a políticos, aristócratas arruinados y a mucha gente a la que puede hundir pública y económicamente, sin embargo aún le consideran un advenedizo, alguien que ha tenido suerte, alguien que no se merece estar donde está. ¿Me comprendes?

—Más o menos —murmuró. —Para ti es difícil de entender. Hoy en día cada vez tiene menos valor un título, pero aún cuenta. Y por eso deberías tener cuidado de a qué modista chismosa le encargas que te retoque los trajes.

—Maldita sea. —Bella no pudo contenerse al comprender las palabras de Alice. —Edward siempre será juzgado, analizado y le tolerarán acceder porque tiene poder y dinero, no porque le acepten. Y tú, querida, debes ser un apoyo en todo momento, jamás un motivo de preocupación.

—Lo sé.

—Sé que despilfarrar dinero cuando se ha pasado hambre puede sonar incongruente. Créeme, yo lo sé mejor que nadie. Trabajaba de sol a sol haciendo camas, limpiando retretes o lo que surgiera para poder comer y ayudar a mi madre

. —No lo sabía...

—No te lo cuento para que me compadezcas —interrumpió Alice—. Estaba a punto de empezar a prostituirme, al menos ganaría lo bastante para salir adelante en vez de dejarme la piel fregando. Así es como conocí a Jasper.

—¿En un burdel? —la pregunta brotó sin poder controlarse. A Alice no pareció molestarle.

—Pues sí, fui a pedir trabajo y me echaron. Estaba en los huesos, sin arreglar y daba pena. Me dijeron que ningún hombre pagaría por acostarse conmigo.

—Ah.

—Pero me admitieron como camarera y...Bueno, da igual, eso ya te lo contaré otro día. Lo que quiero decir es que yo quiero a Edward.

—Ya me di cuenta anoche.

—Y me preocupo por él. —Alice ignoró su comentario—. Fue el único que cuando Jasper anunció su intención de casarse con una muerta de hambre le felicitó. Y recuerdo perfectamente cuando me preguntó si estaba segura. Más preocupado por mí que por su amigo. Fue nuestro padrino de boda y nos respaldó cuando muchos de los supuestos amigos de Jasper decidieron ignorarnos, pese a que a Edward se le podían complicar sus negocios. Y su padre, el señor Cullen, hizo lo mismo, siempre consideró a Jasper como un hijo. Así que ya ves, ¿cómo no me voy a preocupar por él? Por eso cuando me enteré de que se había casado solo deseé que fuera tan afortunado como lo soy yo y que no fueras una señoritinga malcriada que le hiciera la vida imposible y un desgraciado.

—¿Y eso te da derecho a hacérmelo pasar tan mal? —explotó Bella.

Bah, no seas exagerada. Lo hiciste a la perfección.

—Gracias —dijo secamente. —Por eso hay algo que aún me inquieta. Os observé a los dos, ni una sola mirada de deseo, ni un solo roce...

—Preferimos estar a solas.

Bobadas. Entiendo que no queráis público para vuestros revolcones, pero...—Alice negó con la cabeza—. No podéis ser tan fríos. Llevo casi dos años casada y aún me cuesta apartar las manos de mi marido —explicó Alice como si fuera lo más normal del mundo.

—Yo no soy así —se defendió Bella. ¿Qué otra cosa podía responder? Tampoco sabía cómo sería llegado el caso. —Conozco a Edward, por fuera es serio, incluso aburrido, si me apuras, pero sé de buena tinta que en la intimidad es todo un terremoto. — Bella se puso colorada como un tomate maduro. Y por suerte para ella Alice lo interpretó mal.

—Ya lo sabía yo —dijo cómplice—. No me extraña que te hayas levantado tarde, a veces a mí me pasa igual.

—Preferiría cambiar de tema.

—Entiendo, aún no te sientes cómoda hablando de sexo. Eso en el supuesto caso de que supiera algo de sexo, pensó Bella, aunque dijo: —Pues no. —De acuerdo. En fin, entonces ahora que hemos hablado estoy segura de que ya no desearás que me parta un rayo y que seguramente sacarás algo muy positivo de mis palabras.

—Prometo intentarlo.

—Estupendo. Ah, otra cosa, dentro de dos semanas damos una fiesta —Alice hizo una mueca— en casa, para guardar las apariencias, mantener contento a los pelotas lameculos y todo eso. Quiero que me ayudes con los preparativos.

—¿Yo? —preguntó extrañada, aún estaba asimilando el lenguaje tan peculiar de ella.

—Por supuesto, quiero dejarles a todos con la boca abierta. De paso me encargaré de buscarle el vestido apropiado para que todo el mundo palidezca a tu lado. Y los hombres envidien a Edward. ¿Hay o no hay trato? —Alice tendió su mano. Incomprensiblemente, Bella aceptó. ...