Capìtulo 13

—¿Sabes?, me estás cansado. Déjalo ya. Mi matrimonio es asunto mío. Punto final.

—Yo te cuento mis intimidades.

—Cosa que te he pedido mil veces te abstengas de hacer. —Edward estaba cansado de aguantar a Jasper con sus preguntas—. ¿Trabajamos un poco? ¿O pedimos unas pastas con el té y nos dedicamos al chismorreo?

—¡Cómo eres! Claro que si el chismorreo es acerca de tu matrimonio...

—Jasper...

—De acuerdo. Es tarde, mejor vámonos a tomar una copa y disfrutar—. A Edward le extrañó el tono de su amigo. —¿Ocurre algo? Jasper hizo una mueca de disgusto. —Mi suegra. —Ah. —Es encantadora, cariñosa pero...—negó con la cabeza—, me presiona demasiado. No sé si me entiendes.

—Pues no.

—Quiere nietos y no duda en utilizar el chantaje para sus fines. Está de visita.

—¿Le has explicado que más adelante...?

—Mil veces, y Alice también. ¡Qué mujer! Parece que toda su vida se hubiera rodeado de marqueses, condes y vizcondes. No deja de recordarme mis responsabilidades. ¡Por Dios! Si hasta me ha dado el nombre de un afamado doctor experto en temas de fertilidad. ¡Como si yo no supiera hacerlo!

—¿Eso te ha dicho? —A Edward le hacía gracia. Siempre es mejor reírse de las desgracias ajenas, en su propia casa tenía lo suyo.

—Pues sí. —Jasper parecía un niño en vez de un hombre hecho y derecho—. Dice que "a lo mejor" no llevamos una vida matrimonial sana. Deja caer insinuaciones parecidas. Y no te rías, que te veo venir. Tu suegra también es de cuidado. —Afortunadamente mi suegra se preocupa de sus asuntos —respondió Edward esperando que fuera cierto y no evitar el enfrentamiento. Tarde o temprano iba a llegar. —Ya. Bueno, me da igual. Yo necesito una copa, llegar tarde y ahorrarme el discurso a la hora de la cena.

—Pues no puedo ayudarte, tengo trabajo atrasado. Uno de los contables ha estado manipulando cuentas y le he despedido. Ahora estamos buscando una solución para que no llegue a oídos de los clientes y los perjudicados no nos demanden.

—¿Y no puedes hacerlo mañana?

—Pues no, Bella ha trabajado duro y no voy a perder más días.

—¿Tu mujer? ¿Qué pinta ella en todo eso? — Edward maldijo en voz baja por bocazas.

—A Bella le gusta estar ocupada, el profesor Graham le da clases y yo le llevo algún informe para que se distraiga.

—Un informe —dijo como si hubiera dicho peste—. ¿Esa es la forma de entretener a tu mujer? Edward se levantó de su sillón, recogió los documentos necesarios y los guardó en su cartera.

—Me voy, he quedado que iría a cenar —mintió Edward—, así que te quedas solo con tu suegra. —Desertor. Te espero cuando vengas contándome tus penas matrimoniales.

—Hasta mañana. —Edward salió antes de lo habitual en dirección a su casa. Si no podía trabajar en su despacho bien podía hacerlo en casa y de paso comprobar qué hacía su esposa durante el día, aparte de leer documentos y asistir a clases de economía. Era injusto, pues él se encargó de darle libertad pero, como cualquier hombre, su orgullo estaba un poco tocado. Además, se libraba de su amigo. Llegó a casa. Si al mayordomo le sorprendió verle tan temprano, no lo demostró. Últimamente llegaba antes de lo habitual. —¿Está la señora en casa?

—Sí, señor, llegó hace media hora.

—Bien —Edward se dirigió a su despacho y se detuvo—. Dé orden a la cocinera de que prepare la cena para los dos en el comedor. Y comuníqueselo a mi esposa. —Sí, señor. — Ese repentino interés por disfrutar de una cena doméstica no supo de dónde le vino. Pero ya que estaba en casa, no hacía mal a nadie. Se sirvió una copa y se puso cómodo, una de las ventajas de trabajar en casa era que además de ahorrarse las interrupciones de Jasper podía deshacerse de la corbata, la chaqueta y el chaleco. En un lado de la mesa estaban los documentos en los que trabaja Bella, perfectamente ordenados. No quiso tocarlos. Cuando estaba empezando llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo sin levantar la vista.

—Señor, el ama de llaves quiere verle.

—¿Ahora? —preguntó Edward extrañado—. ¿Ocurre algo?

—No sabría decirle, simplemente me ha dicho que desea comentar algunos asuntos con usted.

—Está bien —accedió. Seguramente el ama de llaves quería comentarle asuntos domésticos; él diría que sí a todo y todos contentos. El ama de llaves, la señora Norton, llevaba a su servicio desde que él era un adolescente, siempre impecable, siempre en su puesto y hasta la fecha ni un solo contratiempo. Aunque Edward sospechaba que se entendía con Walter, el mayordomo, pero mientras los dos realizasen bien su trabajo... —Usted dirá, señora Norton — La mujer se acercó llevando una carpeta llena de documentos.

—Gracias por atenderme. —Esperó a sentarse hasta que Edward se lo indicó—. Señor Cullen, no sé cómo decirle esto...

—Simplemente dígalo. —Dio un trago.

—Bien, sé que su esposa es quien debe llevar las cuentas de la casa. —La señora Norton parecía nerviosa—. Solo que han surgido algunos cambios que me gustaría comentar. —Le entregó los documentos.

—¿Qué es esto?

—La relación de gastos de los últimos dos meses.

—¿Y? —Bueno, simplemente esperaba que usted diera su aprobación. —¿Qué ocurre exactamente, señora Norton? —A Edward las cuentas domésticas le importaban bien poco mientras funcionase la casa, y hasta la fecha así estaba siendo.

—Como podrá comprobar en las anotaciones ha habido algunos cambios respecto la rutina habitual. —La mujer buscaba las palabras justas, pues iba a criticar abiertamente a la dueña de la casa

—. Se han...reducido algunos gastos y...

—¿Reducido? —preguntó él extrañado.

—Sí, verá, si me permite explicarle... Y Edward escuchó durante más de veinte minutos cómo su esposa había dado instrucciones al personal para ahorrar en todo. Y no solo eso, para disgusto del ama de llaves, también había discutido con algunos proveedores que se negaban a aceptar sus condiciones. Al final de la explicación pudo comprobar en las anotaciones de la señora Norton que al mes suponía un ahorro del quince por cierto. Y todo ello sin que se notase en la calidad del servicio, pues Edward seguía encontrando todo perfectamente organizado y sus necesidades cubiertas.

—Señora Norton, no veo ningún problema en esto. Agradezco que me lo comente, mi esposa sabe lo que hace —su voz denotaba admiración—, no se preocupe. — El ama de llaves le dejó solo. Edward quería satisfacer su curiosidad. ¿Cómo lo había hecho? Dedicó más atención a las anotaciones y las facturas que la señora Norton le había traído hasta que encontró una que casi le para el corazón. Una factura de Modas "La Esbelta" por una cantidad insultante. Ahora sí debía hablar con su esposa...