Capítulo 14

Bella bajó al comedor sorprendida, pues era la primera vez que coincidían a la hora de la cena. Ella siempre picoteaba algo en el despacho o bien se acercaba al comedor donde se reunían los sirvientes. Pero no era tonta, sabía que les hacía sentirse incómodos. Aunque más incómodo era para ella cenar sola. Iba vestida como siempre lo hacía cuando estaba en casa, con una sencilla falda azul y una blusa blanca y el pelo recogido con un lazo del mismo color que la falda. Cuando Walter le comunicó que Edward estaba en casa se sintió alegre. Bien, tenía que hablar con él y durante la cena era buen momento. Él la estaba esperando ya sentado en el comedor, en la cabecera de la mesa y Bella se sintió tonta pues no sabía dónde sentarse. En realidad sí, en el otro extremo, pero era tan ridículo, ¿cómo iba a conversar con él si entre medias había unos cuantos obstáculos? Sin decir nada se sentó a un lado. Como era de esperar, su servicio estaba colocado donde correspondía. No esperó a que la doncella lo cambiara, se levantó y se lo colocó ella misma.

—Buenas noches —dijo ella finalmente.

—Buenas noches —respondió él tan indiferente como siempre, y se sintió mal cuando ella abandonó su expresión alegre. Así que decidió dar conversación mientras servían la cena

—. ¿Qué tal el día? Ella se encogió de hombros. Era todo demasiado formal, por favor, gracias, si eres tan amable...

—Como siempre. Aburrido. Ah, gracias Theresa, tiene buena pinta—. Edward no dejaba de mirarla, la tenía a su derecha, demasiado cerca y ella había tratado a Theresa como si fuera de la familia. Y no es que él fuera un ogro con los sirvientes. Demasiado cerca, sí, ese era un problema para cenar tranquilo. Así que se concentró en su plato esperando no cometer alguna estupidez. Además debía hablar seriamente con ella y solucionar ciertos asuntos. Eso era, no perder la cabeza y concentrarse en lo esencial. Y lo esencial es que llevaba casado más de tres meses y no había tocado a su mujer. Ni a ninguna otra. Y eso le estaba pasando factura. Factura, eso es, concéntrate en la factura. Terminaron de cenar y cuando la camarera les preguntó si querían tomar postre él dijo: —Sírvanos café en mi despacho. —Ella asintió y se marchó—. Tengo que hablarte de unos asuntos. ¿Me acompañas?

—Por supuesto, yo también quería comentarte unas cosas y pedirte un favor. — Ella sonrió y a Edward se le pasaron por la cabeza muchas cosas que hacer en su despacho que no incluía el repasar facturas y sí hacer favores. Lástima que ella no iba a estar de acuerdo. Una vez acomodados en el despacho, solos y con el café en la mano. Bella preguntó: —¿Te importa si me sirvo una copa?

—No, pon otra para mí. —Edward ya había notado que su esposa disfrutaba del placer de un buen licor. Si al menos pudiera enseñarla cómo disfrutarlo juntos... —Bien. Te quería comentar un asuntillo sobre los extractos que revisé…

—Lo he visto —interrumpió él—, me he encargado personalmente del asunto. No te preocupes.

—Ah, vale. Bien, te quería pedir...—Se levantó y buscó entre sus papeles—. Tiene que estar por aquí...—Y le enseñó unos llenos de borrones y tachaduras— ...que me ayudes con esto.

—¿Qué es? —Edward los examinó.

El profesor Graham me ha puesto unos ejercicios a modo de lección. —Hizo una mueca—. Y no consigo entenderlos del todo. — Ella se levantó, donde según Edward estaban prudentemente separados por la enorme mesa para situarse a su lado e irle señalando con el dedo lo que ella no entendía. Y, sinceramente, quería explicarle dónde se estaba confundiendo, ya que había reconocido perfectamente la técnica del profesor Graham a la hora de incentivar a sus alumnos. Pero la economía y las reacciones biológicas de su cuerpo no hacían buena combinación. Así que explicó a su mujer, como pudo, cuáles eran los errores, eso sí, sin desvelar todo el pastel pues Graham lo descubriría y ella no aprendería. Y si además pudiera darle las explicaciones con ella sentada en sus rodillas...Desde luego a su lado no tenis una mujer cualquiera, pues ella no se limitaba a escuchar sus comentarios que podían haber sido más precisos si su cuerpo no estuviera traicionándole. Bella preguntaba y planteaba las dudas de forma inteligente, y cuando comprendía algo sonreía en agradecimiento. ¿Y de qué otra forma puedes agradecérmelo?, se preguntó él. —Gracias —dijo finalmente Bella guardando satisfecha los papeles, y se volvió a sentar enfrente. Y Edward inmediatamente notó su falta. Lo que no sabía es que a su querida e inteligente esposa le estaba pasando algo parecido. Bella se las arregló para guardar sus papeles y no mirarle. No se había acercado tanto a él desde...ya ni lo recordaba, pero sí recordaba lo agradable que era. Olvídate, él está a lo suyo. Así que le preguntó: —¿De qué querías hablarme? —Vaya jarro de agua fría, pensó él, volviendo a la realidad.

—Hoy he hablado con la señora Norton, por lo visto has decidido establecer una economía de guerra. —Edward fue sarcástico.

—Déjame que te explique...

—No hace falta, me parece bien, pues yo no tengo ninguna queja sobre tus métodos. Mientras todo funcione, me da igual.

—Ah, gracias —dijo ella encantada—, pensé que a lo mejor...bueno, muchas de las costumbres eran de tu madre.

—Nunca habían hablado de eso

—. Y podías sentirte molesto.

—No —respondió categóricamente—, ahora tú eres quien lleva la casa. Sin embargo...— Edward se puso de pie y sacó una factura. Bella inmediatamente la reconoció. —Ay. —No pudo aguantarse. —¿Me puedes explicar, por favor, esto?

—Es una factura —dijo señalando lo obvio, intentando buscar una salida. —Hasta ahí he llegado yo solo. De Modas "La Esbelta", por si te ayuda a recordar.

—Lo recuerdo —murmuró ella.

—Entonces, ¿cómo explicas esa cantidad que aparece? —Edward intentó controlarse y se sentó, ella parecía avergonzada. Bien, por lo menos no era el único en pasarlo mal.

—Verás, todo tiene una explicación.

—Pues deberá ser muy buena. —Señaló otra vez la dichosa factura—. Porque no concibo cómo en tres meses solo has comprado unos guantes y un par de medias. —Y no quiso añadir que le gustaría ver las medias, porque se metía en un terreno muy peligroso.

—No me hacía falta nada más —se defendió ella. —Y entonces, permíteme que lo entienda, porque me está costando hacerlo. —Se pellizcó el puente de la nariz. —¿Cómo has estado vistiéndote?

—Ah, bueno, mi madre todos los años insistía en hacerme un vestuario nuevo, hiciera falta o no, así que tengo un buen surtido de vestidos prácticamente nuevos.

—Ya. Si no he entendido mal, estás usando ropa vieja. —No se lo podía creer.

—Vieja no —se apresuró a decir ella—, simplemente me parece innecesario estando en buenas condiciones. Con las medias es otra historia. —Ella parecía molesta consigo misma—. Tengo cuidado pero siempre hago algún agujero. — ¿Dónde?, quiso gritar él.

—Bella, tienes una asignación mensual para tus gastos, puedes permitirle el lujo de comprarte ropa. —Y entonces Edward recordó—: El comentario de Alice era cierto, ¿me equivoco? —Humm, sí —reconoció—, pero mandé retocar algunas prendas para...

—¿Retocar? ¡Por el amor de Dios, Bella! —Edward no daba crédito a lo que oía.

—Ese punto ya lo he entendido, no más retoques —se defendió—. De hecho, esta mañana he ido a la modista con Alice y he encargado...

—¿Con Alice? —No se recuperaba de una sorpresa para encontrarse con otra.

—Bueno, sí, pero lo importante es que ya me he encargado dos trajes nuevos.

—Dos trajes —repitió él sin saber qué más decir.

—Sí, dos, no necesito más. No te imaginas lo que pretende cobrar por un vestido —dijo alarmada.

—¿También regateaste con la modista? —No hizo falta que contestara, por su expresión Edward dedujo que sí—. Solo te lo voy a explicar una vez. —A Bella no le gustó ese tono—. Mañana a primera hora irás a la modista y encargarás...—Levantó la mano, pues ella iba a interrumpirle—. No protestes. Encargarás un vestuario completo. Y no solo no regatearás, sino que además agradecerás generosamente sus diseños.

—¡¿Generosamente?! —Y para asegurarme de que no veré más facturas como esta te acompañaré personalmente. —No puedes ir a...bueno...sí puedes...pero allí...esto...—Allí Bella se quedaba en paños menores mientras hacían las diversas pruebas.

—Conozco perfectamente lo que se hace en una casa de modas —dijo malhumorado. —Bueno. Pero te aburrirás.

—No lo creo —dijo sin pensar, y ella le miró abriendo los ojos como platos. No era costumbre ponerse a la defensiva, así que decidió no dar explicaciones—. En fin, ya que estamos, ¿hay algo más que deba saber sobre tus teorías económicas aplicadas a tu persona o no?

—¿Edward?

—¿Sí?

—¿Te apetece otra copa? — Y en ese momento comprendió que Bella ocultaba más cosas. Ahora si hubiera preferido no saberlo. —Eso quiere decir que no va a gustarme —dijo él aceptando el vaso—, ¿me equivoco?

—Depende. —Intentó suavizar sonriendo. Maldita sea, era lista, pero que muy lista. Acostumbrado a interminables negociaciones donde hacer la pelota formaba parte del orden del día, no debería tenerlo en cuenta, sin embargo allí estaba, casi más atento a los movimientos y expresiones de Bella que a sus palabras. —Verás, has sido muy generoso...—Bella comenzó a caminar por el despacho dándole la espalda—. La asignación mensual, quiero decir. Es una cantidad importante, y bueno...no necesito tanto. — No me está gustando nada y menos aún que se pasee delante de mis narices, pensó él sin perder detalle.

—¿Y? No tienes por qué gastarla completamente. A Bella no se le escapó el tono cínico de Edward.

—No, por eso decidí...—Le miró antes de continuar, estaba enfadado, lo advirtió claramente y se iba a enfadar mucho más— ...invertir. — Edward se quedó clavado en su sillón.

—¡¿Invertir?! —consiguió decir después de aclararse la voz.

—Sí. Verás, cuando vi la cantidad que me asignaste, pensé: ¿para qué quiero yo este dinero si en casa estoy perfectamente atendida? Y de momento lo dejé ahí. Luego empecé a darle vueltas. Durante las clases con el profesor Graham he ido haciendo ejercicios teóricos y...—Se mordió el labio—. Decidí probar. — Mañana a primera hora pediría a su secretario un extracto de la cuenta asignada a su mujer. Bebió para tranquilizarse pero sobre todo para asimilar lo que estaba oyendo.

—Continúa.

—He estado leyendo la información que me traes y todos los días los periódicos, en especial la información económica. Después de que tú los hayas leído, faltaría más —se apresuró a decir.

—¿Lees la información económica?

—Por supuesto —indicó ella como si fuera la cosa más normal del mundo—; y basándome en los informes que me traes, pues busqué las mejores opciones. — Esto se está poniendo cada vez mejor, pensó él.

—Y decidiste invertir. —

Al principio no. Primero busqué un banco donde me dieran mayor rentabilidad. —Bella intentó suavizar el golpe—. Además, si lo hubiera hecho a través del tuyo te hubieras enterado — dijo con toda la lógica del mundo—. Lo...siento —se disculpó. Tenía gracia el asunto, su mujer haciendo negocios con la competencia. —Además aproveché la ocasión —continuó ella— para negociar las deudas de mi padre. — Eso ya no tenía tanta gracia. Edward se recostó en su sillón y adoptó una postura relajada, pues lo que estaba oyendo resultaba tan inverosímil que necesitaba tiempo para asimilarlo.

—Los abogados se están encargando de eso.

—Lo sé, lo sé. Y te lo agradezco, pero con los beneficios he ido reduciendo la deuda principal.

—Beneficios.

—Sí, decidí invertir en una empresa que fabrica automóviles. Tienen un gran desarrollo por delante y en menos de dos meses tripliqué la inversión.

—Ya veo. —No se lo podía creer, no estaba casado con una mujer, estaba casado con una maldita inversora.

—Así que guardé el capital inicial y solo invertí los beneficios. Como dice el profesor...

—No hay que poner todos los huevos en la misma cesta —terminó Edward por ella, y se hubiera reído de la situación.

—Eso es. —Volvió a sonreír—. Edward, no quiero ser una carga para ti, estás cumpliendo tu parte del trato, y yo...bueno, básicamente no tengo otra cosa que hacer.

—Resumiendo —interrumpió él asumiendo un tono de disgusto profesional

—, coges el dinero asignado para tus gastos, lo llevas a otro banco —Edward casi se atraganta—, inviertes en algo que está por ver si tiene futuro, pagas las deudas de tu padre... ¿Me he dejado algo?

—No. Y debes saber que las fábricas de automóviles sí tienen futuro. No aconsejan invertir en ellas.

—Lo mismo dijeron del ferrocarril —se defendió ella— y mira dónde ha llegado.

—Veo que te apasiona el tema —dijo sarcástico.

Pues sí. Y he...bueno, he pedido ver una fábrica...—Su voz se fue debilitando al ver la expresión de Edward.

—¿Me va a gustar?

—No lo sé —dijo ella con total sinceridad.

—Prueba.

—Verás, al hacer la inversión se dieron cuenta de quién era, yo quise evitarlo pero tuve que firmar con mi nombre legal, que incluye tu apellido, y bueno, yo les dejé claro que era un asunto particular pero...

—Creen que yo estoy interesado.

—Y empezaba a estarlo; si por algo era conocido no era precisamente por dormirse en los laureles.

—Más o menos. —Ella hizo una mueca—. Por eso insistí en visitar las instalaciones y que nos dejen probar uno de esos artefactos a motor.

—¿Y?

—Tienen muchas peticiones de ese tipo —explicó razonablemente ella—, y claro, están encantados de atendernos. Saben que no eres de esos banqueros que se dedican a mantenerse en su sillón viviendo de las rentas.

—¿También me has investigado? —preguntó Edward con ironía.

—Un poco. —Bella sonrió a modo de disculpa, bien podía haber preguntado directamente a la fuente—. Aparecen varios artículos sobre ti y tu forma de llevar el banco. En fin, si te molesta o quieres que lo deje...

—No —Edward, que no era tonto, sabía que Bella se había preocupado en investigar y decidió aprovecharse de ello

. Si puedes, cuando tengas un momento, redactas un informe y lo analizaré.

—¡Gracias! —exclamó ella más contenta que si acabaran de regalarle un collar de diamantes—. No te defraudaré. —Bella bostezó—. Lo siento, hoy ha sido un día muy duro, me voy a la cama. Bella se acercó a él y, como ya venía siendo costumbre, le dio un beso rápido en la mejilla. Cosa que a él no le gustaba lo más mínimo. Eso significaba que ella de nuevo iba a dormir sola y que él se quedaba como un pasmarote.

Ay, qué tonta, casi me olvido —dijo al abrir la puerta—, tenemos que asistir a la fiesta que da Alice para... ¿cómo dijo? —Se rio—. Ah, sí, "soportar a todos los pelotas de la ciudad". La estoy ayudando con los preparativos. Buenas noches. — Y Edward miró cómo se cerraba la puerta y de nuevo pasaba la noche a solas. Definitivamente mañana buscaría a una mujer para desahogarse.


Pobre de Edward lleva diciendo que se conseguira una amante para quitarse toda esa frustación que tiene... pero nada mas nada hahaa.. ¿Ustedes que piensan?

Besos

Lady Zukara Cullen Grey