Capítulo 15
Edward esperaba impecablemente vestido en el vestíbulo a que Bella apareciese para acudir a la fiesta en casa de Alice y Jasper. A él estas cosas no le hacían mucha gracia, pero eran sus amigos y no podía defraudarles. Oyó pasos a su espalda y se giró, Bella estaba bajando la escalera, no se la veía muy contenta.
—¿Ocurre algo? —preguntó cuándo ella llegó a su lado.
—Este maldito vestido. — Edward la miró con más detenimiento, la verdad es que oculta tras esa capa poco se podía apreciar, pero a saber, las mujeres y sus asuntos siempre podían significar cualquier cosa. Estaba preciosa, con su pelo recogido, unos sencillos pendientes y un maquillaje suave.
—Yo no le veo ninguna pega —dijo caminando hacia la puerta.
—No hay manera de que se quede en su sitio —dijo entre dientes.
—Sigo sin comprender... —Da igual, no debería haber hecho caso a Alice. Si tenemos que bailar, por favor que sea algo suave, que no se precise mucho esfuerzo.
—¿Por qué?
—Si cualquier caballero me invita a bailar puedo negarme, pero no puedo hacer lo mismo contigo en público, así que hazme ese pequeño favor.
—De acuerdo. —Se la veía enfadada y no quiso entrar en más detalles. A la puerta de la casa esperaba uno de esos modernos automóviles de los que Bella tanto hablaba y de los que Edward, de momento, prefería no opinar. Llegaron a casa de Jasper y Alice. Edward le tendió el brazo para entrar. La fiesta estaba en pleno apogeo y muchos conocidos les saludaron. Los dos se comportaron educadamente hasta que apareció Jasper, visiblemente encantado de verles.
—¡Por fin habéis llegado! —Llamó a un criado—: Ocúpate de la capa de la señora. — Bella se deshizo del lazo y el criado recogió su capa, en ese momento daba la espalda a Edward y a Jasper, los cuales se quedaron boquiabiertos al contemplar el espectacular vestido azul que lucía Bella. Completamente entallado, sus curvas eran una invitación expresa a recorrerlas con las manos, o ya puestos con lo que fuera.
—Divina —fue la sincera opinión de Jasper sonriéndola cuando Bella se acercó de nuevo a ellos—, sencillamente genial. —Y para sufrimiento de Edward, la saludó afectuosamente, demasiado afectuosamente.
—Gracias —respondió ella mirando a Edward; se sintió decepcionada, pues la miraba impasible, al contrario que su amigo, que sonreía. Maldita sea, maldita sea, vaya noche que me espera, se dijo a sí mismo. Maldito vestido, maldita modista y maldita Alice. Debería haber insistido en que ella se lo mostrase antes de salir de casa. Pero claro, en teoría su acuerdo contemplaba asistir a los eventos acordados cumpliendo las normas de etiqueta y comportándose de tal forma que nadie pudiera reprocharles nada. Y hasta la fecha nadie podía recriminar nada a su esposa.
Ahora, delante de todos los asistentes, Bella mostraría su espectacular cuerpo y todos se la comerían con los ojos pensando que él era un bastardo afortunado por tenerla como esposa. Nada más lejos de la realidad. Bueno, eso depende, sí la tenía como esposa legalmente hablando, pero otra cosa muy distinta era la realidad.
—¿Vamos? —dijo Jasper indicándoles que le siguieran, y siguió torturando a su amigo al ofrecer rápidamente el brazo para que Bella le acompañara—. La fiesta está resultando entretenida, podéis disfrutar a conciencia. —Guiñó un ojo a Bella—. Hay un buffet preparado, pero si queréis, podéis cenar con nosotros en un saloncito, privado, ya me entendéis, o si queréis estar a solas...— Miró a su amigo—. La habitación de Edward está disponible—. Bella le miró sin comprender. ¿A qué se refería Lord Whitlock? No tuvo que esperar mucho para averiguarlo, aunque no fue Edward quien se lo aclaró. —Edward dispone de una habitación para que pueda quedarse siempre que quiera —explicó Jasper—. Por supuesto ahora también está a tu disposición, querida. —Y de nuevo cogió su mano y la besó en los nudillos—. Ahora, si me disculpáis, voy a atender a los invitados. Nos vemos más tarde. — Los dos se quedaron allí solos sin saber qué decirse. Edward estaba que se subía por las paredes, parecía que todos los elementos estaban en su contra para hacerle pasar una noche de perros.
—Será mejor que nos movamos —sugirió ella en voz baja— y hagamos lo que hemos venido a hacer.
—¿Y eso es? —preguntó suspicaz.
—Ver y ser vistos. ¿No es el fin de estas veladas?
—Sí —respondió lacónico. Ofreció el brazo a su mujer y se adentraron en la fiesta. Para ninguno de los asistentes, especialmente los del género masculino, pasó por alto la mujer que acompañaba al banquero. Si bien la noticia de su boda había pillado a muchos por sorpresa, hasta la fecha no habían aparecido en público juntos. Eso despertó muchos rumores, la mayoría malintencionados, pero al verles juntos ya nadie dudaba. Ahora bien, para Edward ser el centro de atención no era plato de buen gusto, y menos aún si quien atraía todas las miradas era Bella con ese maldito vestido. Por supuesto no iba a permitir que nadie babeara en el escote de su esposa, así que descartada la opción de cubrirla como si fuera una monja. Buscó con la mirada a alguien, preferiblemente del género femenino, con quien dejarla. Vio a Alice y hacia allí se encaminó con Bella colgada del brazo. Aunque en esos momentos dudaba si Alice era de confianza o no. —Espera, no vayas tan deprisa —se quejó Bella entre dientes y sonriendo como una tonta.
— ¿Por qué?
—Con este dichoso vestido no puedo seguir tus pasos. —Mantuvo la sonrisa—. Terminaré en el suelo y entonces sí que daré el espectáculo. — Edward no quiso expresar su propia opinión en voz alta, pues sin duda no iba a gustarle.
—¡Hola, querida! —saludó Alice efusivamente a Bella—. Y hola a ti también —añadió mirando a Edward.
—Os dejo.
—¿Os ha pasado algo? —preguntó Alice al ver cómo Edward huía descaradamente.
—No, ¿por qué?
—No sé...Bueno, da lo mismo, esta noche es para divertirse.
—No lo tengo muy claro —Bella iba a acabar con dolor de mandíbulas de tanto sonreír—. Este vestido...
—Hola, señora Terence, ¿cómo le va? —Alice la interrumpió para saludar a una invitada que se acercó.
—Muy bien, gracias, Lady Whitlock. ¿Y usted es...? —preguntó a Bella.
—Es la esposa de Edward, querida —contestó rápidamente Alice.
—Ah, sí —dijo la señora Terence con desdén—, oí que se había casado—. Y no solo habló con un tono de superioridad sino que además examinó a Bella.
—Encantada, señora —dijo Bella por decir algo.
—Es una amargada —expresó Alice cuando se quedaron de nuevo a solas—; una viuda amargada, para ser exactos. Conocida...—se calló y miró a ambos lados, luego añadió en voz baja—: como una calientabraguetas.
—¿Una qué?
—Una de esas que va por ahí provocando pero que a la hora de la verdad...mucho ruido y pocas nueces. Ya me entiendes.
—Pues no —respondió sinceramente Bella. ¿Para qué iba a hacerse pasar por enterada cuando con Alice podía conocer todos los detalles? Alice puso los ojos en blanco.
—Por lo que sé, ya solo consigue engañar a sus sirvientes para llevárselos a la cama. —Bella abrió los ojos como platos—. Les amenaza con despedirles sin referencias, es conocida por su falta de...entusiasmo.
—Oh. ¿Y cómo sabes eso?
—Jasper me lo ha contado. —Alice cogió dos copas de champán y entregó una a Bella.
—¿Y cómo sabe él...eso?
—Se acostó con ella —respondió tranquilamente Alice dejando aún más confusa a Bella, así que se vio obligada a añadir—: fue antes de conocerme, ella acababa de enviudar y...—Se encogió de hombros—. Ella le perseguía, Jasper es como es...
—¿Y no te molesta ver a una antigua amante de tu marido en la fiesta?
—No, porque no fue una antigua amante, un revolcón rápido no hace a dos personas amantes, esa condición se alcanza cuando estableces una relación más duradera.
—Ah, bueno, visto así...
—Olvidemos a esa arpía, ven, te presentaré a gente que de verdad merece la pena.
—¿Te he dicho ya lo encantadora que está Bella?
—Sí.
—¿Y que eres el hombre más envidiado esta noche?
—Sí.
—¿Y que si no estuviera casado me la llevaría a una habitación?
—Sí.
—¡Oye! Se supone que debes enfadarte cuando un hombre hace insinuaciones de ese tipo sobre tu mujer.
—¿Si me enfado conseguiré que te calles?
—No.
—Pues no vale la pena entonces esforzarme.
—Joder, Edward, no tienes sangre en la venas ni en ningún otro sitio. Mírala, no le quitan ojo, esta noche presiento que vas a tener un fin de fiesta apoteósico —dijo Jasper sonriendo pícaramente.
—No creo que tú puedas quejarte. —Edward sonaba amargado.
—Pues no, la verdad —respondió orgulloso. —Y ahora, ni no te importa, intentemos convencer a ese estirado de Roberts para que tome una decisión ya sobre sus acciones, deberían ser nuestras antes de un mes.
—Siempre pensando en el trabajo —se quejó Jasper. Y como siempre, Edward no le hizo caso y se dedicó a lo suyo. Es decir, sufrir por ver a Bella siendo el centro de las miradas, aguantar a Jasper y sus comentarios insidiosos e intentar cerrar un acuerdo.
—Buenas noches, Lady Whitlock. — Una mujer de mediana edad, pero envidiablemente arreglada, se acercó donde estaban sentadas Alice y Bella conversando.
—Querida Laura —respondió Alice levantándose—, pensé que no ibas a venir.
—Pues aquí estoy, en una de tus aburridas fiestas. — Bella observó cómo las dos mujeres se reían, no comprendía nada. Pero por educación se puso en pie.
—Te presento a Bella—dijo Alice—, la esposa de Edward. — Bella soportó otra evaluación, la enésima esa noche.
—Atractiva, buen gusto, un poco delgada...no sé...no me convence.
—Tranquila —murmuró Alice—, Laura es así con todo el mundo cuando se aburre.
—No siempre —dijo la aludida—, puedo ser peor.
—Bueno, ¿y qué tal con tu último amante? Oí que tenías a uno nuevo.
—Sí, éste por el momento sabe qué se hace. Odio perder el tiempo instruyendo a los hombres. — De nuevo las dos se rieron y Bella se quedó sin comprender.
—Ya hablaremos en otro momento —dijo en voz baja Alice—, me muero por saber los detalles. ¿Era italiano, verdad?
—Sí, mamma mía—dijo Laura—, ni te imaginas...
—Por eso es imprescindible que hablemos. Disculpadme un momento, ahora vuelvo. Alice se fue a atender a unos invitados dejándola sola con esa mujer. Bella no sabía qué pensar, pues hablaba como las demás, la miraba por encima del hombro, hacía comentarios desagradables y sin embargo Alice parecía encantada.
—Se nota que eres una recién casada —dijo Laura—, estás pendiente de la gente, de quedar bien y de no molestar a tu marido. Eso no es bueno.
—Eso es discutible, señora. —Admito que tienes buen cuerpo y que Edward, como todos los hombres, puede dejarse influenciar, pero no entiendo por qué ha tenido que casarse contigo. La verdad, siempre ha estado rodeado de mujeres. —Eso es algo entre él y yo, señora. —Bella empezaba a impacientarse.
—Es un hombre que no necesita una mujercita débil a su lado. Edward en apariencia es contenido, pero nada más lejos de la realidad. —Laura enarcó una ceja—. ¿Eres capaz de complacerle?
—Repito, eso no es de su incumbencia, señora.
—Me temo que sí, Edward es importante para mí. — Y Bella, en vista de lo oído esa noche, pensó lo peor y, como ya estaba cansada de aguantar tonterías, no se abstuvo de preguntar.
—¿Lo sabe por propia experiencia, señora? — Y para colmo la mujer se echó a reír.
—¿Qué me estás preguntando exactamente? — Bella ya no podía dar marcha atrás.
—Muy simple, ¿se ha acostado con mi marido? —No pretendía mostrarse celosa pero quedó en evidencia. Y ya puestos, por lo poco que había oído hasta ahora, eso de que en la misma sala estuvieran las amantes y las esposas era de lo más habitual. Más aún cuando la mujer tardó en responder; sin duda estaba disfrutando. Y Bella debía aceptar que en su trato con Edward venían incluidas las amantes. Ahora, una cosa era saberlo y otra muy distinta comprobarlo.
—No —respondió finalmente Laura.
—¿No? ¿Significa que no me responde o que no se ha acostado con Edward? —insistió Bella, por si acaso más valía preguntar.
—Su madre y yo éramos íntimas amigas, querida. Jamás se me hubiera ocurrido, conozco a Edward desde que era un niño. —Maldita mujer, primero me calienta la cabeza y me da la cuerda suficiente para que yo sola me ahorque.
—Gracias por su...sinceridad.
—De nada —dijo Laura altanera—, está claro que tienes carácter, eso es bueno, solo te falta aprender a contenerte un poco, en público, en privado no, por supuesto. Supongo que Edward se encarga de eso. ¿Me equivoco?
—Veo que os lo estáis pasando bien sin mí. —Alice apareció de nuevo—. ¿De qué hablabais? —De si me he acostado con su marido. ¿Qué te parece? — Alice se echó a reír.
—Un tema interesante, desde luego —respondió la anfitriona. Después se acercó a Laura—. Creo que tu amante italiano te está buscando.
—Entonces no debo hacerle esperar. Encantada, Bella. Ya hablaremos.
—Dime una cosa, Alice, ¿hay alguien normal en esta fiesta?
—¿Sinceramente? No.
—Eso pensaba. —Bella intentó disimuladamente recolocarse el vestido.
—No te enfades con Laura, es una mujer excepcional. Tuvo que aguantar un matrimonio horrible y ahora vive la vida como quiere.
—Ya veo.
—A veces es un poco indiscreta, pero cuando la conozcas mejor te darás cuenta de que es una persona honesta, divertida y muy cariñosa.
—Pues conmigo se ha lucido...
—Le encanta poner a prueba a las personas. ¿Quieres dejar en paz el vestido? Me estás poniendo nerviosa, no se te ve nada que no sea imprescindible, claro está.
—No sé qué decirte.
—¿Que tu marido esta noche va a disfrutar viéndote como te desnudas? — Bella se atragantó.
—¿Perdón?
—No te hagas la recatada conmigo, lleva toda la noche vigilándote como un halcón. —Sonrió picarona—. No creo que llegues a casa con él puesto.
—No creo que...
—¡Por favor! Conmigo no disimules, tienes a Edward en ascuas, mírale. — Bella hizo caso y comprobó que era cierto, pero inmediatamente él desvió la mirada. Por si fuera poco, una mujer le habló al oído y eso no le gustaba nada. —Ya está otra vez esa pesada de Lady Laughton —dijo Alice—. Está arruinada, su marido la dejó, además de viuda, con varios acreedores; seguro que intenta convencer a Edward para que le haga un préstamo. Y como no tiene nada para avalar, supongo que se está ofreciendo ella misma como garantía. — Y Nadie podía negarlo, la mujer se insinuaba descaradamente a Edward; él parecía aguantar con caballerosidad, pero la mujer no cejaba en su empeño. —Haz algo —murmuró Alice.
—¿Yo?
—Sí, tú, acércate y dile algo, seguro que esa zorra le suelta. ¿O quieres comprobar hasta dónde está dispuesta a llegar?
—¿Y qué le digo? — Alice la miró como si fuera una idiota rematada. Y así era precisamente cómo se sentía Bella.
—Es tu marido, tú sabrás—. Bella seguía sin reaccionar, si Edward decidía o no aceptar las proposiciones de Lady Laughton no era asunto suyo; es más, le extraña que nadie en la fiesta hubiera insinuado algo sobre las amantes de su marido, así pues, ¿quién era ella para interrumpir? —¡Por favor! —Alice la empujó—. Ve ahora mismo junto a Edward, dile...dile que te había prometido este baile, yo que sé. —Parecía enfadada.
—¿Segura?
—Definitivamente no te entiendo. —Le dio otro empujón.
Vale, de acuerdo, Edward iba a enfadarse. Así que más vale que para evitar discusiones posteriores no pareciera una arpía defendiendo lo que en teoría era suyo y aparentara la máxima normalidad. Claro que no contaba con ese inesperado y ridículo ataque de celos. Se situó junto a Edward y llamó su atención agarrándole del brazo. Para su sorpresa él no se mostró enfadado y, con amabilidad, la presentó a su acosadora.
—¿Edward? —Sonrió a Lady Laughton, una sonrisa tan falsa como su matrimonio.
—¿Sí?
—Me habías prometido este baile. — Tonto no era, así que se limitó a despedirse de Lady Laughton y conducir a su esposa a la pista de baile.
—Gracias —murmuró él agarrándola de la cintura y acercándola a él.
—¿Por qué?
—Por quitarme de encima a esa, es insufrible.
—Ah, bueno, para eso estoy, ¿verdad? — Y comenzaron a bailar, cosa que no habían hecho desde su boda, y en aquella ocasión fue un compromiso. ¿Cómo no iban los novios a bailar delante de sus invitados? Solo que ahora era distinto, ella no quería mirarle a la cara porque se sentía avergonzada. No de bailar, por supuesto, sino de estar encantada en brazos de Edward. Puede que fuera ridícula, y más teniendo en cuenta las cosas que había oído, pero" estar allí junto a él, delante de todos, le hizo feliz. Pero no tanto como para olvidarse del maldito vestido. Podía costar una fortuna, pero iba a quemarlo.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó él bastante tenso al ver cómo Bella parecía una tabla en vez de una mujer. Vale, estaban bailando por compromiso. Evidentemente a ella no le apetecía estar junto a él, pero podía disimular un poco.
—No debí insistir en bailar—. Esa respuesta le sentó como una patada en los mismísimos.
—Si quieres lo dejamos —respondió en voz baja. Nadie tenía por qué saber que ni siquiera querían estar juntos para un baile.
—Es este vestido —murmuró ella hablándole al oído para que nadie pudiera escucharla—, no es culpa tuya.
—¿El vestido? —preguntó intrigado.
—Sí, el maldito vestido. No se queda en su sitio, llevo toda la noche intentando no enseñar más de la cuenta.
—Parecía muy enfadada
—. Pero me temo que me supera.
—Ah —fue lo único que acertó a decir, aliviado por no ser él el responsable de la rigidez de su esposa. Todo lo aliviado que puede estar un hombre cuando tiene en sus brazos a una mujer a la que desea, a la que toca, aunque no tanto como quisiera, con un vestido sumamente provocativo que muestra e insinúa mil y una perversiones, y que, por añadidura, es su esposa. Si al menos más tarde él fuera el encargado de liberar a su mujer de tan desafortunado problema de vestuario... Bromas del destino. —Te veo cansada, deberías quedarte a dormir aquí.
—No...bueno, gracias, pero no, no me he traído lo necesario...
—Tonterías, puedo mandar a una de las sirvientas a tu casa para que a primera hora esté aquí con ropa de diario.
—No tengo nada para dormir —aclaró Bella sonrojándose.
—Ven, acompáñame —la instó para que subiera las escaleras. —No creo que necesites nada para dormir —murmuró Alice.
—¿Perdón?
—Nada, que ya encontraremos algo. — Alice se detuvo junto a una puerta y la abrió. Bella la siguió, era un dormitorio enorme con una cama enorme, decorada en tonos verdes. —No te preocupes por eso, aquí hay prendas que puedes usar.
—Preferiría ir a casa —insistió Bella.
—Es tarde, aquí te sentirás como en casa. —Sonrió—. Toma este camisón. —Sacó una prenda del armario
—. El cuarto de baño está tras esa puerta. Yo me encargo de avisar a Edward.
—Alice, de verdad, no es necesario... ¿pero qué es esto? —dijo Bella al extender la prenda. —Un camisón —respondió con total tranquilidad Alice.
—¿Un camisón? ¡Pero sí no tapa nada!
—¡Por favor! —Las carcajadas de Alice fueron mortificantes—. ¿Y qué quieres tapar, querida? Además, a estas alturas no me digas que os acostáis con la luz apagada...
—No. —Ahí no mentía, pues ella siempre leía un rato antes de dormir—. Solo que...—Se detuvo. ¿Qué argumento podía dar?
— Eso sería impensable a estas alturas. Edward no es de los que se dice...—Hizo una pausa para dar más efecto— ...tímido.
—No, la verdad es que no —dijo a lo tonto.
—Pues entonces no discutas. Si lo prefieres, duerme desnuda, aunque yo soy partidaria de que antes ellos siempre deben desenvolver el regalo que somos, ¿no te parece? ...
Hermosas lamento la demora pero estas semanas me han tenido trabajando como negra... pero ya estoy de vuelta y para recompensar subire otros 4 caps mas...
Att: Lady Zukara Cullen Grey
