Capítulo 18
Cuando Bella preguntó por cuarta vez: ¿Dónde vamos?, Alice estuvo tentada de abrir la puerta y tirarla en marcha. Pero entendía a la chica, así que siguió hablando con tal de distraerla. Por fin divisó la verja de entrada a la propiedad privada. Desde fuera, el Club La Dama Negra parecía únicamente una residencia lujosa, nada más, evitando así curiosos o no socios.
—Ponte bien el velo, debemos parecer dos mujeres respetables.
—Somos dos mujeres respetables —objetó Bella.
—Bueno, pero ya sabes lo que dice el dicho: la mujer del César además de ser decente debe parecerlo. Así que de nuevo guardaron silencio, hasta que se detuvo el coche. —Bueno —murmuró Alice cuando llegaron—, ahora soy la señora Smith y tú la señora Jones. Cúbrete con el velo y déjame que hable yo. —No había querido explicar el asunto hasta estar a las puertas del club porque con toda probabilidad Bella, además de aburrirla a preguntas, se echaría atrás.
—¿La señora Jones? ¿Y por qué soy la señora Jones? —Alice puso los ojos en blanco y la agarró del brazo para conducirla hasta la puerta.
—Verás, aquí nunca usamos nuestros verdaderos nombres. Yo soy la señora Smith porque Jasper es el señor Smith, ¿de acuerdo?
—Ah, vale. Como tú digas —dijo sin comprender el razonamiento. —Jasper es socio desde hace mucho tiempo, y por supuesto me hizo a mí socia. —Llamó a la puerta—. Dado que Edward también es socio y aquí se le conoce como el señor Jones... —Bella abrió la boca pero... ¿qué iba a decir? ¿Que la comunicación entre marido y mujer se limitaba a los aspectos financieros que Edward compartía con ella? ¿A educadas y escasas conversaciones repletas de sí, gracias, si eres tan amable y por favor? ¿Al desconocimiento total y absoluto de la vida de su esposo? Alice se percató en el acto de que había hablado de más, o mejor dicho, al parecer Edward no le explicó detenidamente cómo funcionaba el club, o ya puesto su existencia. Para la próxima vez se informaría primero. Luego pensó en el estirado de Edward y sonrió, vaya sorpresa iba a llevarse al enterarse de que su mujercita iba al club. Bueno, daba igual.
—Bien, veo que estás sorprendida. No importa. —La sorpresa iba a ser, además de mayor, más divertida. Entraron en un vestíbulo enorme y Bella no pudo evitar comportarse como una recién llegada. Cosa que no dejaba de ser cierta.
—Deja de abrir la boca como si fuera la primera vez —susurró Alice.
—Es que resulta que es la primera vez que vengo aquí —señaló acertadamente Bella. ¿Para qué iba a fingir lo contrario?
—De acuerdo, pues disimula. Y pase lo que pase eres la señora Jones.
—Buenos días, señoras, ¿a quién tengo el placer de ver? —preguntó un clásico e impasible mayordomo.
—Soy la señora Smith y ella la señora Jones —anunció Alice como si se tratara de una visita social. Aunque en cierto sentido así era.
—Muy bien. ¿Van a pasar a la sala central? ¿Desean una estancia privada...? —sugirió el mayordomo.
—¿La sala central? —preguntó Bella en voz baja a su amiga. Alice notó la inquietud de su amiga pero mantuvo la expresión neutra con el mayordomo.
—Haremos primero un recorrido —miró a Bella de reojo— para luego bajar a los baños.
—De acuerdo, daré orden de que esté todo listo. Buenos días, señoras.
—¿Qué clase de club es este?
—Vamos —Alice tiró de ella con decisión—. Ahora lo verás—. Entraron en una gran sala con escasa iluminación. En el centro, sobre un entarimado, había una especie de escenario. Rodeado de cubículos semi ocultos, sin duda reservados, para que los socios pudieran mirar a sus anchas y de paso imitar a los actores, Bella dedujo que algunos estaban ocupados al oír murmullos y conversaciones susurradas. En cambio otros tenían las cortinas completamente abiertas y se divisaba perfectamente el interior. Pero si quería evitar tropezar mientras seguía a su amiga, dirigió la vista al frente. Cuando estuvieron acomodadas Bella ya no podía más y preguntó.
—Explícame dónde me has traído. —No estaba disgustada, por supuesto que no, la novedad y la curiosidad siempre vencían a la prudencia en la mente de Bella.
—La Dama Negra es un club privado y exclusivo. — Algo más que evidente, pensó Bella.
—Ah. —Meditó un instante la descripción ofrecida por su amiga
—. ¿Un club de esos donde la gente se reúne en tertulias, se habla de política y dispone de biblioteca?
—Hablar, lo que se dice hablar, se habla —respondió Alice irónica—, pero es más bien otra cosa; aquí los socios se interesan más por otros temas. —Las dos oyeron un gemido a sus espaldas—. No mires, pero por el sonido que emiten se diría que no están hablando de política. ¿No te haces una idea? —Bella negó con la cabeza—. Es un club, digamos, de...esparcimiento. Aquí se reúne la gente para ver espectáculos...
—¿De magia?
—Espera y verás. —Con una mujer tan curiosa como Bella, era mejor dejar que ella misma se diera cuenta. Oyeron más gemidos, Alice no le dio importancia, pero Bella sí.
—¿Qué les pasa? —susurró. —Mira y observa. — En el escenario, sobre un diván de tamaño considerable, se acomodó un hombre. El comienzo de la actuación no pudo resultar más oportuno para que Bella se hiciera una idea bastante aproximada de lo que en aquellas paredes acedía habitualmente.
—¡¿Está desnudo?! —murmuró Bella. Quiso taparse la vista, lo hizo con las manos, pero acabó separando los dedos uno a uno y abriendo los ojos como platos.
—Por supuesto —respondió Alice sin más.
El hombre esperó tumbado hasta que apareció en escena una mujer de color y se arrodilló a un lado. Comenzó a extender una crema sobre el cuerpo del hombre frotando distraídamente. Bella no podía apartar los ojos del escenario. Eso no era un espectáculo de magia. Cuando la mujer acabó de extender toda la crema, el hombre se levantó y entonces fue el turno de ella de recibir atención. Pero el hombre no se demoró tanto; en unos minutos estaba tumbado encima de ella. Bella se preocupó al ver la expresión del hombre.
—¿Está enfermo? —Alice la miró extrañada—. Lo digo porque está poniendo una cara... — Alice empezó a reírse, y claro, eso no podía hacerse pues los espectadores podían quejarse, y con razón.
—Anda. —Se levantó instando a Bella a hacer lo mismo—. Vámonos. Abandonaron la sala central— justo cuando el hombre, que según Bella estaba enfermo, cambiaba de posición para sentarse tranquilamente y acomodar sobre sus piernas a la mujer de color. Mientras bajaban las escaleras que conducían a la sala de baños, Alice se preguntó qué tipo de relaciones sexuales llevaba su amiga para sorprenderse de esa manera. Bella estaba casada...Edward no era un hombre partidario de la abstinencia...Aquí había algo que no cuadraba. Llegaron a un recinto completamente embaldosado, un balneario. Primero entraron en un vestuario donde aparecieron dos sirvientas con toallas.
—Buenos días, señora, ¿necesita ayuda?
—Sí, gracias, ayúdame con el vestido. — Bella se quedó de pie y observó el entorno, muy bonito pensó, aunque cuando observó cómo Alice iba quedándose sin ropa, empezó a preocuparse. La ropa interior de Alice no era del pulcro blanco como la suya, sino de un rojo escandaloso. Se preocupó aún más cuando la otra sirvienta se acercó a ella con intención clara de desnudarla.
—¿Qué hace? —exclamó Bella apartándose.
—Disculpe, señora —la sirvienta se retiró.
—No pensarás bañarte vestida, ¿verdad?
—Mmm, no, pero... ¿vamos a bañarnos? —Quizás era la pregunta más absurda que podía plantearse, dado el entorno, pero estaba tan sumamente descolocada por todo cuanto la rodeaba que no podía actuar coherentemente. Alice sonrió y dejó caer la última prenda que la cubría. Agarró una de las toallas que la camarera le ofrecía y dijo:
—Te gustará, los baños termales son una delicia. — Se fijó en que Bella no apartaba la vista de su cuerpo. Y entonces cayó en la cuenta.
—No te preocupes, si quieres, aquí puedes rasurarte todo, o lo que desees. — Bella se puso roja como un tomate y no solo por el calor. Alice no tenía un pelo en todo el cuerpo y ella se sintió en ese momento como una paleta ignorante. Nadie le había hablado de depilarse, y aunque no tenía mucho vello corporal, nunca pensó que alguien pudiese verlo. Además, ella se mostraba encantada con su aspecto, sin un ápice de pudor, pero claro, Alice disfrutaba de todo cuanto hacía y no se preocupaba por detalles tontos; si ella también pudiera...
—¿Todo? —dijo con un hilo de voz.
—Lo que tú prefieras. Yo soy partidaria de rasurarme completamente. Además, intensifica las sensaciones, ya me entiendes. — Pues no, no la entendía, aunque se abstuvo de pronunciarlo en voz alta. Bella empezó a quitarse la ropa, algo cohibida, pues tan solo lo hacía delante de Theresa cuando se bañaba. Cuando terminó se enrolló rápidamente la toalla y siguió a Alice, que se mostraba encantada con su desnudez. Llegaron a la zona del baño, una inmensa piscina donde algunas mujeres, también desnudas, hablaban o nadaban tranquilamente. Alice, como cuenta habitual, dejó despreocupadamente la toalla a un lado y se adentró en el agua. —No seas timorata —dijo Alice arqueando una ceja—, entra en el agua. Y, ¡por Dios!, deja la maldita toalla, aquí todas tenemos lo mismo.
—No te burles —respondió entre dientes Bella. Vale, podía hacerlo. ¿Era o no era una mujer moderna? Pues a la porra con la toalla. Entró en el agua y, como no sabía nadar, se quedó pegada al borde. Alice tenía razón, y aunque costara admitirlo, casi siempre tenía razón, se estaba de maravilla en el agua.
—¿Ves? —Alice se colocó a su lado—. Esto es vida. —Suspiró.
—Nunca antes había conocido un sitio así.
—Edward debería haberte traído.
—Ha hecho muchas cosas por mí —dijo Bella a la defensiva. Claro, que "esto" debía ser su vida privada en la que no tenía derecho a inmiscuirse.
—Puede ser —dijo pensativa Alice—, entiendo que acudir a los espectáculos pueda resultar chocante al principio, claro está, pero también es cierto que alegran la vista y estimulan muy mucho la vida conyugal.
—De eso quería hablar, me ha parecido...
—Bella, por favor, no seas ingenua, estás casada, sabes lo que pasa entre un hombre y una mujer, no me vengas ahora con falsa mojigatería.
—No soy mojigata.
—Seguía a la defensiva.
—Pues entonces no sé por qué te ha molestado verlo. Es algo natural. Además es una de las atracciones más suaves, te lo aseguro. Sí, bueno, natural lo que se dice natural... —para ella desde luego no. Y en todo caso no era un espectáculo que se anunciara en grandes titulares; eso que Alice llamaba natural estaba reservado al dormitorio conyugal. Y de momento ella y dormitorio conyugal no podían ir en la misma frase. A Bella no le hacía ninguna gracia que su amiga siguiera por esos derroteros, pues acabaría delatándose a sí misma y de paso a Edward. Se concentró en lo importante, y lo verdaderamente importante en ese momento era disfrutar del baño. Puede que afectase, al principio, a su pudor, mostrarse en público desnuda, aunque solo hubiera mujeres.
—Mmm —ronroneó estirando las piernas; no sabía nadar, pero podía disfrutar igualmente. Cerró los ojos dejándose llevar por la agradable sensación del agua sobre su cuerpo desnudo.
—Veo que ya no estás tiesa como una tabla —dijo medio en broma Alice. —Perdóname, me he comportado como una idiota.
—Bueno, te confesaré que suele pasar, la primera vez siempre es así.
No dijeron más en un buen rato, pues cada una estaba sumergida no solo en agua, sino en sus propios pensamientos.
—O paras o te doy un puñetazo —saltó irritado. Y para que Edward perdiera la compostura...
—Es tarde, estoy cansado, llevamos dándole vueltas a lo mismo ya ni me acuerdo y hoy Alice ha ido a una de sus sesiones de masajes —respondió Jasper de un tirón.
—¿Y?
—Mira que eres obtuso. Vamos por partes. Me aburre ver tantos informes. Porque estemos aquí hasta las tantas no solucionaremos nada; esperemos a que lleguen noticias nuevas y luego decidimos. Alice me estará esperando en casa. Mmm. —Cerró los ojos al borde del éxtasis—. Ni te imaginas cómo vuelve de sus masajes.
—Me lo imagino porque te empeñas en contármelo una y otra vez —respondió Edward gruñón. —De La Dama Negra siempre sale más que dispuesta. —Arqueó las cejas—. Deberías...
—¡¿Qué?!
—He dicho que de La...
—Te he oído la primera vez. ¿Me estás diciendo que dejas a tu mujer que vaya sola al club? Una cosa es que te acompañe, cosa que sigo sin aprobar, y otra muy distinta es que esté sola.
—Pues claro que es diferente —respondió con total naturalidad Jasper—. Allí puede relajarse o...no, según convenga; aprender, coger ideas...
— ¡No seas imbécil! Sabes perfectamente lo que ocurre allí.
—Por eso mismo, vuelvo a preguntar, ¿cómo se te ha ocurrido?
—Muy fácil, verás —Jasper estaba totalmente relajado mientras daba explicaciones—, primero, es mi esposa y se supone que no debo tener secretos con ella. —Se sirvió una copa y empezó a pasearse por el despacho de Edward—. Segundo, en el club aceptan mujeres, no incumplo ninguna norma. Tercero, aunque reconozco que al principio me daba cierto reparo, lo cierto es que si no puedo compartir con mi esposa ciertos placeres...no le veo sentido al matrimonio, la verdad. — Ahora hablaba como un condenado aristócrata de esos que se sienten superiores—. Y Alice es capaz de entender y compartir perfectamente mi sexualidad. Por lo tanto, el punto cuatro es evidente, ella también tiene derecho a disfrutar.
—¡Pero es un club privado! —gruñó Edward conteniéndose—. Allí se muestran escenas impropias para...
—Amigo mío —interrumpió Jasper—, piensa bien lo que vas a decir.
—Para una mujer casada —dijo con cautela, en ningún momento quería ofender a Alice. —¿Por qué? Mira, no quiero en mi cama a una dulce mujer que lloriquee cada vez que me acerco, no quiero a una mujer frágil que me diga con mil eufemismos que me mantenga alejado de su cuerpo, no quiero una inexperta que solo se levante el camisón hasta la cintura y se comporte como una estatua.
—Eso puedo entenderlo. —Edward se frotó los ojos—. ¿Pero...llevarla al club?
—Allí podemos disfrazarnos, improvisar y disfrutar. Como también existen salas privadas, bien lo sabes, preferí incluirla como socia. No veas lo bien que se lo pasa la Señora Smith. —Sonrió pícaramente.
—Me lo puedo imaginar —murmuró Edward con desagrado y cierta envidia.
—Deberías llevar allí a Bella. Seguro que se lo pasa bien y a ti se te quita esa cara de amargado que tienes últimamente.
—¿Estás bien de la cabeza?
—Perfectamente. Sé que recién casados estáis en esa fase de... ¿cómo llamarla? Bah, da igual, uno se conforma con cualquier cosa, pero te conozco, amigo mío. —Jasper hablaba en un tono tan condescendiente que Edward quería estrangularlo, y en cierto sentido con razón—. Tarde o temprano tu verdadero yo tomará el control. ¿Y qué mejor que compartirlo con tu esposa?
—Eso no es posible.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—No lo entiendo. Bella no parece una de esas mujercitas inocentes y de cabeza hueca, estoy seguro de que...
—Fin de la conversación. —Edward hizo ademán de ponerse en pie pero se arrepintió en el último momento, la simple idea de ver a Bella junto a él disfrutando de uno de los salones privados de La Dama Negra había hecho reaccionar a su cuerpo, y mostrarlo delante de Jasper suponía otro sinfín de preguntas que no llevarían a ninguna parte. O peor aún, terminaría por admitir que llevaba el espantoso record de estar casi cinco meses casado y no haber sido capaz de follarse a su mujer. Así que cogió de la mala gana los papeles, despidió a Jasper, se arrellanó en su sillón y puso cara de disgusto. El muy arrogante de Jasper se fue sonriendo de oreja a oreja, sin duda disfrutando por adelantado de algo que él tenía vetado. Edward empezó de nuevo a revisar todos los números. Mañana sin falta se buscaba una amante.
Bella estaba en el cielo, su cuerpo relajado, la mente en blanco; hacía tanto tiempo que no estaba así...Bueno, bien mirado nunca había estado así. Abrió los ojos y se quedó estupefacta. En frente estaban dos mujeres... ¡besándose! Y no uno de eso fríos besos a modo de saludo, ¡no! Se besaban en la boca. Alice se percató de qué llamaba la atención de su amiga.
—Son amantes —murmuró—, se ven en sitios como este, donde la discreción lo es todo.
—Ah.
—La morena está casada con un ministro, tiene dos hijos, madre ejemplar y todo eso. Pero al parecer su marido es un muermo en la cama.
—Pero...pero está con otra mujer...
—Bueno, si a ella le gusta...—Alice se encogió de hombros—. Desde luego es más seguro, no puedes quedarte embaraza de otro hombre, si tu amante viene de visita nadie sospecha... —No sé qué decir... Lo que no podía hacer era apartar la mirada. Las dos mujeres se besaban, se acariciaban por debajo del agua y estaba claro que disfrutaban. —Yo no soy quién para juzgarlas y tú tampoco deberías hacerlo.
—No lo hago —aseguró Bella—, pero no puedo evitar sorprenderme.
—Entiendo que te sorprendas, no es algo que se comente en las reuniones sociales, ¿verdad?
—Pues no. —Bella sonrió—. Y sería mucho más estimulante, sin duda.
—Pues pruébalo.
—¿Perdón? —preguntó confusa.
—Que lo pruebes, no creo que tu marido se oponga, siempre y cuando le dejes mirar. A ellos les encanta mirar. —Esto último lo dijo sonriendo como si recordara...
—¿Pero qué dices? —Bella no daba crédito a lo que oía.
—No te alteres, querida. —Alice le dio una palmaditas—. Yo, personalmente, creo que para opinar de algo hay que conocerlo, ¿no te parece?
—Pe...pero...tú...—Bella tartamudeaba. —Pues sí, una vez, por supuesto Jasper estaba presente, no me disgustó pero no era lo que yo esperaba.
—¿Jasper estaba mirando?
—Oh, querida, y no te puedes hacer una idea de cómo disfrutó, más que yo, se podría decir.
—Ah.
—De todas formas háblalo con Edward.
—De momento no.
—Como quieras—. Bella no asimilaba una sorpresa para encontrarse con otra. ¿Dónde había estado metida todos estos años? ¿Cómo era posible que nunca oyera comentarios? Desde luego Alice era una fuente constante de información. Una de las camareras se acercó a Alice; esta asintió. Observó cómo salía del agua, siempre cómoda con su desnudez. Bella iba a tener que aparcar sus prejuicios y seguirla.
—Túmbese, por favor —indicó una de la mujeres—, enseguida estoy con usted.
—Ahora viene lo mejor —informó Alice, que al conocer el procedimiento se acostó en una camilla y ni se preocupó de la toalla.
—No sé qué puede ser mejor que el baño.
—¿Un masaje con aceites especiales?
—No sabría decirte.
—Relájate y disfruta. —Alice se rió—. Esa frase me suena... —Bella se limitó a sonreír. ¿Relájate y disfruta? Bueno, disfrutar no sabía si iba a disfrutar, ahora, relajarse...era otro cantar...
