Capítulo 19

—¡No puedes pedirme eso!

—A mí tampoco me hace gracia la idea, pero como tú mismo puedes ver, el hasta ahora "administrador" se la largado con una cantidad considerable. Y no solo eso, empezaremos a tener serios problemas con los otros inversores de la mina si no atajamos el problema. —Edward se sirvió una copa del aparador, estaban en su casa, más concretamente en su despacho, tratando asuntos de negocios.

—No digo que no, simplemente lo que me molesta es tener que desplazarme, maldita sea. — Jasper no dejaba de quejarse.

—Tampoco es de mi agrado ausentarme de casa. —Edward se relajó en su sillón mientras tomaba otro sorbo de whisky; a él le daba lo mismo quedarse o no, pues no podía decir que estaba en su hogar.

—Pues no lo parece —refunfuñó Jasper—. Entiendo que es importante, pero ¡un mes! —Jasper alzó la voz!—. ¡Un mes! —repitió—. No podré soportarlo.

—No exageres, un mes se pasa volando.

—Ya, pues explícame cómo lo haces, porque yo no me he separado de Alice ni un día desde que nos casamos —seguía refunfuñando—, y seguro que tú no quieres dejar a tu bonita esposa sola tanto tiempo. — Jasper tiraba a dar, maldita sea, pensó Edward.

—Bella entenderá la situación —dijo Edward intentando no dejar traslucir nada—. Simplemente será un mes, nadie se ha muerto por eso.

—No sabría decirte, jamás he estado un mes sin follar... ¡Maldito cabrón de Stanford! Va a arruinar mi vida conyugal.

—Mira que eres exagerado. — Jasper le miró extrañado, se conocían demasiado bien.

—¿Me estás diciendo que no te importa estar un mes separado de tu mujer? Porque, y aunque me meta en donde no me llaman, me da igual porque somos amigos, antes podíamos buscarnos diversión, es decir un buen par de putas para aliviar tensiones tras el trabajo, pero me da que ni a tu mujer ni a la mía les haría mucha gracia. Y, siendo sincero, a mí tampoco me apetece follarme a una puta teniendo a Alice.

—Esa no es la cuestión. —Él sí podía buscarse "esa diversión", pero claro, con Jasper de compañero, pues acabaría por confesarle y hablarle de la farsa de su matrimonio, lo cual llevaría a otro interesante diálogo donde él lo primero que diría es: estás bien jodido, amigo mío, para después soportar durante, a saber cuántos días, sus constantes comentarios mordaces.

—Esa sí es la cuestión. Puedo ser el más cabrón en los negocios, y tú tres cuartos de lo mismo, pero no puedo soportar estar un mes durmiendo solo.

—Pues no queda más remedio.

—Puedo pedir a Alice que me acompañe. — Sí, claro, y restregarme todas las mañanas la maravillosa felicidad conyugal de la cual yo no disfruto.

—No —respondió Edward categóricamente.

—¿Por qué no?

—Simplemente creo que es mejor así. Vamos, solucionamos el asunto y evitamos "distraernos".

—Yo solo me distraigo por las noches —se defendió Jasper—. Bueno, y por el día, pero prometo hacerlo sólo por las noches. —En ese momento llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo Edward.

—Ah, perdona, no sabía que estabas ocupado. —Bella hizo ademán de marcharse.

—¡Querida Bella! —Jasper, tan efusivo como siempre, la obligó a entrar y de paso la saludó afectuosamente—. Estás radiante.

—Gracias —respondió ella. ¿Radiante? Bueno, puede que él la viera así, pero iba de lo más sencillo.

—¿Qué querías? —interrumpió Edward. Y Jasper se extrañó del frío recibimiento. Joder, si fuera Alice quien hubiera llamado, Jasper se hubiese comportado de otro modo.

—Sin duda alegrarnos la noche, ¿verdad, querida? —Jasper la invitó a sentarse.

—Jasper, por favor dijo Edward, y miró a su esposa.

—Nada importante, te quería comentar unos asuntos sobre los documentos que...

—¿Haces trabajar a tu esposa? —saltó Jasper extrañado—. ¡Por favor, Edward! — Las constantes interrupciones de su amigo le estaban sacando de quicio.

—Yo se lo he pedido —le defendió Bella.

—Ah, bueno, pero supongo que luego este bribón te dará una buena recompensa. —Jasper movió sugestivamente las cejas.

—Sí —respondió Bella. Y Edward estuvo a punto de gemir, frustrado, completamente frustrado.

—Ahora nos ponemos con eso —dijo Edward permaneciendo aparentemente sereno—. Jasper, mañana salimos de viaje, haz las maletas.

—No me hagas madrugar —Jasper protestó como un niño pequeño. Edward se pellizcó el puente de la nariz, con un socio y amigo así, ¿quién quiere enemigos?

—¿Os marcháis de viaje? —preguntó ella.

—Desgraciadamente el tirano de tu marido quiere ir personalmente a solucionar los asuntos de la mina.

—¿La de Stanford?

—¿Estás al tanto? —Jasper lo preguntó sorprendido.

—Sí, Edward me mantiene al corriente. El administrador os ha hecho una buena jugarreta, pero si sois rápidos podéis minimizar las consecuencias—. Jasper parecía impresionado.

—Señora mía —Cogió la mano de Bella sin preocuparse de la presencia de Edward—, no solo sois hermosa, sino además...—Besó su mano teatralmente— ...tenéis una mente privilegiada. — Otro beso que hizo reír a Bella—. Ese canalla que tenéis por marido —al cual ignoraban los dos—, no os merece. Si yo estuviera libre...

—¡Por Dios! —Edward no podía creer lo que veía, ella riéndose y el traidor de su amigo besuqueando a su esposa.

—Gracias, querido Lord Whitlock —Bella le siguió el juego—, pero vos estáis casado y su esposa es una de mis más queridas amigas.

—Lo que yo digo. —Miró al marido enfadado—. No te mereces una mujer así.

—Vete de una vez. —Edward controló de nuevo su malestar—. Estoy seguro de que necesitas "despedirte" adecuadamente de Alice.

—Pues sí. —Sonrió picarón y se levantó para caminar hasta la puerta—. Como despedirme de mi esposa me llevará tiempo, sugiero que no me hagas madrugar.

—Está bien —accedió Edward—, estaré en el despacho, te espero para preparar los documentos y salir desde allí.

—Bueno. —Jasper no parecía convencido—. Señora, como siempre, un placer —dijo mirando a Bella—. Y en cuanto a ti...ya veremos. Dicho lo cual salió por la puerta y les dejó a solas.

—Es incorregible —dijo Bella.

—Sí, bueno, mejor no hacerle caso cuando se pone así. Bien, ¿de qué querías hablarme?

—He revisado los últimos informes, te he dejado las anotaciones en la misma carpeta. Échales un vistazo y ya me dirás.

—Bien, mañana durante el viaje lo haré.

—De acuerdo. —Bella se levantó dispuesta a irse.

—Espera un momento. —Sin preguntárselo sirvió una copa para ella—. Tengo que comentarte un asunto.

—Tú dirás. —Aceptó la copa tranquilamente. —Mañana salgo de viaje, como bien sabes. Estaré ausente un mes, es un viaje de negocios, pero nunca se sabe.

—Pero no es peligroso, ¿verdad? —preguntó verdaderamente preocupada.

—Eso espero. Pero me gustaría mostrarte algo. Acompáñame. — Bella le siguió hasta el otro lado de su despacho donde estaba situada una gran estantería llena de libros. Edward apartó dos del estante inferior y la estantería se desplazó abriéndose una puerta. Edward terminó de abrirla y le mostró una gran caja fuerte.

—Aquí dentro están todos los documentos importantes, títulos de propiedad, acciones, valores, joyas y mi testamento. También dinero en efectivo. —Edward empezó a girar unos discos componiendo la combinación. Cuando se oyó un click giró la palanca y se abrió la caja—. Quiero que memorices la clave. —Edward se la dijo y Bella abrió los ojos como platos. —Es...—Se aclaró la garganta—. Es la fecha de nuestra boda.

—Sí —dijo impertérrito—, me pareció oportuno. Bien, no la escribas en ningún sitio ni se la digas a nadie. Solo mi padre, yo y ahora tú, conocemos la clave.

—Está bien. —Edward señaló la bandeja superior.

—Aquí están todos los títulos de mis propiedades, si me ocurriera algo serían tuyas. Excepto algunas cosas que deben ser para mi padre; está todo especificado en el testamento.

—Edward, yo...no sé qué decir.

—Eres mi esposa, no tengo hermanos ni familia cercana, me parece lo más lógico. —Edward hablaba en un tono práctico, carente de emoción—. Bien, también como ves hay suficiente dinero en efectivo para que, llegado el caso, puedas disponer de él. Y aquí...—Sacó un pesado estuche de madera lacada en negro y lo depositó sobre una pequeña mesa. —¿Es un juego de pistolas de colección? —preguntó Bella; por el tamaño podía serlo.

—No. —Edward abrió el estuche—. Aquí están las joyas que pertenecieron a mi madre principalmente. —Giró el estuche para que ella lo viera—. Son tuyas, debí habértelas dado antes. También hay algunas de mi abuela. —Hizo una mueca—. Como ves —señaló un anillo sencillo—, el negocio no era tan boyante.

—¡No puedo aceptarlas! —exclamó avergonzada.

—Haz lo que quieras, pero la gente se preguntará por qué no luces joyas más espectaculares. — Edward parecía 'modesto—. Si lo prefieres, puedo encargar que te diseñen joyas personalmente para ti.

—¡No me has entendido! —A Bella no le gustó el tono de voz que empleaba Edward—. Quería decir que esas joyas son preciosas y que si pertenecían a tu madre yo...bueno...no creo que sea la más indicada para llevarlas. Al fin y al cabo...

—Lo sé, nuestro matrimonio es solo un papel, pero la gente no lo sabe, pero nos catalogará por cómo vamos ataviados, especialmente a ti.

—Visto así...—Bella se mordió el labio. Indecisa se acercó para estudiar las joyas con más detenimiento. Eran absolutamente preciosas. Ostentosas sí, pero al mismo tiempo elegantes—. Tu madre tenía un gusto exquisito —dijo sinceramente. Edward no quiso responder a ese comentario. ¿Qué hubiera pensado al ver a su hijo casado en estas circunstancias?

—Puedes lucirlas siempre que quieras y confío en que sabrás combinarlas adecuadamente con tu nuevo vestuario. —Edward recalcó la palabra nuevo.

—Hablando de eso...—Bella parecía avergonzada.

—Voy a oír algo que no me gusta, ¿verdad?

—No exactamente. —Bella se puso a la defensiva—. Simplemente he llegado a otro acuerdo con la modista.

—Te dije...

—Edward, no he regateado y accedí a recompensarla por el trabajo. —Casi se atraganta al decirlo—. Simplemente he llegado a un acuerdo para que los vestidos que deje de ponerme, como están en perfecto estado de uso —añadió por si acaso—, en vez de regalarlos irán a una subasta para obras de caridad.

—Bueno, eso me parece bien, es algo que la gente aprecia.

—¿Ves? Sabía que podría hacerlo bien. —Bostezó—. Ahora, si no te importa, me voy a dormir. —Se acercó a él, le besó en la mejilla y se marchó. Y como todas las noches de un tiempo a esta parte, le dejó insatisfecho.

—Definitivamente, a mi regreso, me busco una querida —dijo entre dientes.

Tras su desayuno y su lectura diaria, Bella salió de casa; rechazó llevarse el coche, aunque los vehículos motorizados le pareciesen el mejor invento del mundo y el que tenía a su disposición como prueba, con chófer incluido, la esperase a la puerta. Prefirió ir caminando hasta casa de los Whitlock. Había quedado con Alice para acudir a una exposición de arte romano en el museo de historia. Y, sinceramente, estaba ansiosa por ver la comentada exposición. Llegó a casa de Alice y una de las criadas le indicó que subiera a las habitaciones privadas porque Lady Whitlock aún estaba desayunando.

—Pasa, querida —dijo Alice al ver que Bella se quedaba en la puerta—. ¿Te apetece acompañarme?

—Habíamos quedado para...

—Lo sé, lo sé — interrumpió Alice bostezando—. Y lo siento, no he dormido mucho.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Bella preocupada.

—Aparte de un marido incansable e insaciable...no, estoy perfectamente.

—Ah. —Bella se ruborizó.

—Admiro tu fuerza de voluntad. —Se encogió de hombros—. En fin, me arreglaré enseguida y nos vamos. — Bella aceptó una taza de café mientras Alice terminaba de desayunar, y charlaron sobre la exposición a la que iban. Alice se estaba levantando cuando oyeron un ruido en el vestidor contiguo.

—¡Joder! —dijo una voz profundamente enfadada sobresaltándolas a las dos. Bella se levantó impulsada como por un resorte y miró asustada a su amiga, la cual, por cierto, pasado el primer instante, no parecía nada preocupada. —¿Cariño? He vuelto. Date prisa, ese tocapelotas de Edward me está volviendo loco, tenemos poco tiempo, desnúdate—. Bella abrió los ojos como platos; quien hablaba era Jasper, ahora el tono sumamente provocador presagiaba algo demasiado intenso para sus oídos.

—¿Jasper? —preguntó Alice.

—¿Tienes algún otro amante? —respondió bromeando—. Si es así dile que no moleste, puede mirar si quiere pero que no intervenga. — Bella no sabía dónde meterse y Alice sonreía.

—¿No te ibas de viaje? —preguntó a su marido.

—Pues sí. —Las dos seguían oyendo la voz procedente del vestidor donde sin duda Jasper se estaba desnudando— Pero me he escapado un rato, ese pesado de Edward me tiene harto, en vez de follarse a su preciosa mujer está en la oficina aburriendo a la gente—. Bella tenía que salir de allí y caminó despacio hacia la puerta, ella no quería estar presente en esa conversación y menos en lo que venía después.

—¿Y eso por qué lo dices? —preguntó Alice sujetando a Bella para que no se fuera.

—Porque está de un humor de perros —contestó Jasper—. Bueno, ¿qué? ¿Estás ya en la cama con las piernas bien abiertas?

—Estoy desayunando. Necesito recuperar fuerzas —canturreó Alice—. Enseguida estoy contigo.

—Me voy —dijo en voz muy baja Bella

—Ni hablar, esto se pone interesante —dijo Alice también en voz muy baja para después seguir la conversación con su marido—: Entonces... ¿crees que tienen problemas?

—Me importa ahora muy poco si Edward se la mete o no a su mujer. —Bella no podía ponerse más colorada—. O si se lo montan en el jardín. Lo que me preocupa es lo que tengo yo ahora más duro que una roca y de lo que tú, como amante esposa, debes ocuparte.

—Tranquila —murmuró Alice a una Bella estupefacta—. ¡Enseguida estoy contigo! —gritó a su marido. Las dos mujeres oyeron el crujido del colchón. Menos mal que la salita anexa al dormitorio no quedaba a la vista desde la cama.

—Alice, no me hagas esperar más. —Jasper dio unas palmaditas en la cama—. Estoy muy cachondo, cariño, y no tengo mucho tiempo —su voz sonaba suplicante—, anda, sé buena y hazme un apaño.

—¿A qué hora debes irte? —preguntó Alice aguantando la risa y sujetando a Bella para que no huyera. —Si por Edward fuera ya debería estar allí, pero nena, voy a estar un mes fuera y va a ser muy duro...

—Ahora voy...—dijo Alice para tranquilizarle—. Pobre Bella, ella y yo nos quedaremos sólitas—. Alice hizo un puchero.

—Pues que se busque un amante; tú no, ella —añadió por si acaso—. Tú tienes los juguetes, Bella puede ponerle los cuernos cuanto quiera a ese tonto del culo. Y ahora deja de hablar y haz algo con esto.

—Me estoy desnudando...—canturreó ella. Jasper, harto de la cháchara de su mujer, cansado de esperarla y más decidido que nunca, se levantó de la cama, anduvo con paso decidido y desnudo hacia la salita y no se encontró con lo que esperaba.

—¡Jasper! —exclamó Alice falsamente sorprendida—, por favor, tenemos una invitada. —Él se cubrió pero tras unos segundos, y viendo a su mujer riéndose, y a Bella tapándose los ojos, decidió rendirse a lo inevitable.

—Cariño, eres la mejor. —Puso una mano en la cadera y con la otra señaló a su esposa, mostrando deliberadamente todo de lo que Alice debería ocuparse cuanto antes—. Siempre consigues sorprenderme. ¿A qué debo este honor? —preguntó mirando a Bella.

—Yo...—Bella quería irse, pero estaba paralizada. Así era un hombre desnudo...lo que se estaba perdiendo—. Será mejor que me vaya.

—¿Las señoras se sienten intimidadas?

—No seas malo —intervino Alice, y se acercó a Jasper—, ve a la cama—. Le besó en la mejilla muy castamente—. Y no deberías exhibir tus encantos tan a la ligera, cariño. Las comparaciones son odiosas y...—miró a Bella— ...no todas tienen la suerte de disfrutar de algo así.

—Te quiero, Alice —dijo Jasper—. Lo siento, querida —añadió mirando a Bella—, mi esposa no quiere compartir. —Se encogió de hombros sin perder su cara de sinvergüenza descarado. Bella se escabulló por la puerta, vaya sofoco. Nunca antes había pasado tanta vergüenza, y lo peor de todo es que los Whitlock parecían divertirse; cuanto más aturdida estaba ella mejor se lo pasaban. Definitivamente debía hacer algunos cambios en su vida. De momento ir al museo sola sería lo primero.


Bueno esto es todo por hoy pero sin duda mañana subire mas!