Capítulo 20
Noviembre.
—¿Qué ocurre, Thompson? —preguntó Bella al ver entrar al secretario. Qué hombre, estaba al tanto de todo. En el mes que llevaba ocupándose de las cosas de Edward, incluyendo sentarse en el despacho principal, había soportado infinidad de miradas, reprobatorias, curiosas, de desprecio...Nadie parecía entender cómo Edward se había marchado dejándola a ella al frente. Aunque era mucha responsabilidad, Bella se sentía bien defendiendo los intereses de su esposo y en base a esa confianza tenía que hacerlo muy bien. Él se merecía algo así.
—Tiene visita, señora. Lady Whitlock desea verla. — Bella odiaba los formalismos, y más aún cuando se trataba de alguien como Alice. La mujer entró en el despacho como siempre, como una reina. Bella se levantó del gran sillón que dominaba el despacho de Edward, el cual había ocupado en su ausencia, y saludó afectuosamente a Alice.
—No puedo más —se quejó Alice poniendo carita de perro abandonado—, Jasper lleva un mes fuera—. Bella puso los ojos en blanco, esa cantinela la había oído desde hacía veintiocho días.
—Mañana regresan —dijo para consolarla.
—Lo sé, pero se me hace tan cuesta arriba...—Alice suspiró—. Por lo que veo, a ti te sienta de maravilla la ausencia de Edward, ya has llegado a la cima, no conozco a nadie que haya conseguido el sillón de director tan rápido—. Desde fuera podía parecer una pulla, pero Bella la conocía y se lo tomó como un cumplido.
—Muchos dirían que me casé con Edward solo por esto.
—No lo digas muy alto, estoy segura de que algunos lo piensan. En fin, no le demos mayor importancia. ¿Cómo estás?
—Cansada, ni te imaginas la cantidad de papeles que tengo que leer, no acabo nunca, siempre tengo que llevarme documentos a casa y robar tiempo a mis horas de sueño. Y por si fuera poco, algunos empleados siguen intentando, eso sí, con gran disimulo, que me sienta incómoda.
—Eso no es bueno, pero tú eres fuerte y podrás con ellos. —Alice tocó la campanilla—. Espero que ese estirado de Thompson nos sirva algo. — Efectivamente, el secretario apareció a los treinta segundos. Le pidieron un refrigerio y el eficiente Thompson las sirvió rápidamente. —No deberías trabajar tanto —dijo Alice sirviéndose otra taza de café—. Estarás demasiado agotada. Hoy deberíamos ir al club, relajarnos y estar divinas para mañana cuando regresen los hombres de negocios.
—No puedo...
—¡Lo primero es lo primero! Estoy segura de que Edward agradecerá más tu disposición como esposa que tu eficiencia como directora suplente.
—No sé qué decirte...
—No seas boba. —Dio un sorbo—. Llevas un mes sin ver a tu marido, ¿qué es en lo primero que pensarás al verle? — Buena pregunta, se dijo Bella. Como permanecía callada Alice siguió hablando: —Yo por mi parte tengo claro qué haré en cuanto le vea. —Sonrió pícaramente—. Aunque tengo un amante, pero no es lo mismo, ni me abraza después ni me pellizca el culo, ni me dice obscenidades al oído...
—¿Un amante? —preguntó Bella perpleja. Si había un matrimonio bien avenido, era ese, por lo que un amante no cuadraba. Ahora...con esos dos nunca se sabía.
—Pues sí —respondió Alice como si nada—; Jasper me lo regaló en nuestro primer aniversario.
—¿Que te regaló un amante? —Bella no salía de su asombro.
—Sí, ¿a que es original? Además, también se une a nosotros, está muy bien eso de los tríos. — Bella no se lo podía creer. Bueno, sí, viniendo de esa pareja cualquier cosa era posible. En el fondo les envidiaba, no solo por la libertad con la que Alice hablaba sino por el matrimonio que tenía, por no hablar de lo divertido que debía ser eso de las relaciones conyugales. Por mucho que se empeñasen algunas viejas cacatúas en decir lo contrario. Y es que en algunas reuniones Bella había oído cómo algunas se las ingeniaban para evitar a sus maridos. Claro que después veía a Alice y se preguntaba quién decía la verdad y quién mentía.
—No sabría decirte —respondió sinceramente Bella.
—Pues pide a Edward que te compre uno, ya verás qué cara pone. — ¿Y qué cara pongo yo?, se preguntó Bella.
—No creo que a Edward le gustaría...
—Ay, querida, tu marido te oculta muchas cosas—. Eso dolía.
—No me parece bien tener un amante.
—¿Por qué? Reconozco que al principio me pareció extraño, pero una se hace a todo. Podíamos ir esta tarde, comprar uno y sorprender a tu esposo.
—¡Pero qué dices!
—No seas tan puritana, los consoladores se venden, y cada día más, por cierto.
—¿De qué hablas?
—¿De qué pensabas que estaba hablando? —Y Alice se echó a reír a carcajadas—. Ay, Dios mío, pensabas...—Rio de nuevo— ...que yo...—No podía parar— ...cuando se lo cuente a Jasper...—Siguió riéndose a carcajadas aunque le explicó qué era un consolador y más o menos para qué servía. Bella se terminó el café, enfadada consigo misma y enfadada con Alice por jugar de esa manera. Lo que está claro es que siempre hay que sacar algo positivo de cualquier situación. Miró a su amiga, que se limpiaba las lágrimas. Bella tenía una ligera idea de lo que pensaba: que era una idiota. Lo peor de todo es que se acercaba bastante a la realidad. —Lo siento, lo siento —se disculpó Alice ya más calmada, que para nada parecía sentirlo—. Bella, querida, me lo has dejado en bandeja. —Alice respiró profundamente—. Está bien, no volveré a reírme de ti.
Promesa que sabía imposible de cumplir. Bella se levantó y comenzó a caminar por el gran despacho, estaba claro que su amiga necesitaba unos minutos más para recobrar la compostura y ella aprovechó esos minutos para reflexionar. Pronto llevaría seis meses casada, seis meses en los que, si bien había disfrutado de todas las comodidades y libertades, seguía sin saber cuál era la parte "buena" del matrimonio (según Alice) y la parte "mala" (según las cacatúas). Tenía libertad para buscarse un amante de carne y hueso, pero la idea no era de su agrado, con su experiencia... Tomó una decisión. Y Alice debía ayudarla.
—Prométeme que lo que te voy a contar no saldrá de aquí —dijo Bella sentándose frente a Alice.
—Me estás asustando, ¿has cometido algún error y Edward va a enfadarse? —dijo Alice imitando su tono misterioso.
—No, no tiene que ver con el banco —reflexionó sus palabras—. Bueno, sí, pero no directamente.
—Me estás empezando a preocupar. —Alice se levantó y por lo visto conocía el despacho de Edward, pues volvió con una botella de licor en la mano. Echó un poco en cada taza.
—¿Por qué no coges unos vasos?
—Porque si entra Thompson pensará que somos unas adictas al café y no unas bebedoras.
—Ah, vale, tienes razón.
—Y ahora, ¿qué es eso tan importante que querías decirme?
—Soy virgen—. Alice dio un sorbo a su licor camuflado en la taza y no dio muestras de sorpresa. Bella no sabía si se había explicado con claridad, pues su amiga actuaba como si oyera llover. —Soy virgen —repitió esta vez más alto. Y Alice se quedó como si tal cosa, disfrutando de su bebida—. ¿Pero has oído lo que acabo de decir? —Bella estaba frustrada—. ¡Soy virgen! —chilló a pleno pulmón. Alice la miró con condescendencia y después dijo:
—Si eso era un secreto, se ha enterado hasta la mujer de la limpieza. — Bella no podía sonrojarse más.
—Parece que no te sorprende.
—No me gusta ese tipo de bromas, Bella; ahora en serio, ¿De qué querías hablarme? — Bella respiró profundamente.
—Me casé con Edward porque me obligaron mis padres, a cambio, Edward iba a entregarles una gran cantidad de dinero y liquidar sus deudas. El día de nuestra boda llegué a un acuerdo y... Durante quince minutos Bella siguió hablando, a veces atropelladamente, explicando a su amiga los pormenores de su matrimonio, hasta que al final Alice se levantó asustada.
—Cielo santo. ¡Virgen! —exclamó, y después se bebió de un trago todo el contenido de su taza.
—Es lo que yo te había dicho —dijo Bella entre dientes.
—No puedo creerlo. ¡Pobre Edward! Ahora entiendo por qué está tan amargado...—Alice llenó de nuevo las tazas con whisky.
—¿Edward amargado? No digas bobadas, él sí tiene una amante, me lo dejó bien claro.
—¿Una amante? —Alice parecía escéptica—. Me cuesta creerlo, esas cosas se terminan sabiendo y no he oído nada.
—Te digo que tiene una amante —repitió Bella con vehemencia.
—Sé que estuvo liado con una aspirante a bailarina o a actriz, no recuerdo bien, pero ella le dejó hace tiempo...Ahora que lo pienso...fue hace seis meses más o menos...—reflexionó Alice en voz alta.
—Pues se habrá buscado otra. — Alice negó con la cabeza.
—Te digo que no, Jasper me lo hubiera comentado.
—A lo mejor Jasper no te cuenta todo —dijo Bella maliciosa, por fin podía devolver la pelota, pero para su asombro Alice sonrió.
—Puede, aunque si algo he aprendido es que a los hombres les encanta presumir de sus amantes; pero no te preocupes, le comentaré este asunto y... —
—¡No! —interrumpió Bella—. Ni una palabra, me moriría de vergüenza.
—Has visto a Jasper desnudo, ¿qué más da?
—No es lo mismo. Y olvidémonos ahora de tu marido. Yo quiero dejar de ser virgen.
—Eso es fácil.
—Yo no lo veo así. Podría intentar conseguir un amante, de los de verdad —añadió por si acaso—, pero dudo mucho de que sepa hacerlo —dijo con pesar.
—Humm, déjame pensar...tiene que haber una solución. Yo conozco a algunos que, llegado el caso, podrían ayudarte, pero son también conocidos de Edward. —Alice negó con la cabeza—. No, no nos sirven.
—Yo se lo pedí a un amigo de toda la vida, pero se negó.
—Bueno, pues entonces...
—¿Qué? ¿Qué? —dijo Bella impaciente.
—Solo te queda una alternativa.
—¿Cuál? —preguntó recelosa.
—Acostarte con tu marido.
—¡¿Qué?!
—Es lo mejor. Piénsalo, nadie se entera, nadie sufre, nadie es infiel...todo son ventajas.
—Ya, bueno, pero olvidas un pequeño detalle.
—Humm, déjame pensar...—Alice meditó durante unos segundos—. No, no veo los inconvenientes por ningún lado.
—Edward tiene que estar dispuesto. —Bella señaló lo obvio a su amiga.
—Ah, bueno, eso no creo que sea un impedimento.—Alice hizo un gesto con la mano restando importancia a los reparos de su amiga.
—¡No lo entiendes! —estalló abatida—, tenemos un acuerdo. Además...bueno, él tiene sus queridas y definitivamente hasta ahora no ha mostrado ningún interés en mí.
—¿Y tú sí le has mostrado interés?
—No. Bueno, un poco —Bella se mordió el labio—. No. —Lo pensó mejor—. Puede que sí.
—¿En qué quedamos?
—¡No lo sé! —A Bella se la veía frustrada.
—Tranquila, da igual, buscaremos la forma de que Edward sepa que estás interesada.
—Esta es más tonta... —pensó Alice, convencer a Edward sería pan comido, por no hablar de lo divertido que resultaría. Desde luego, ¡lo que tenía que hacer una por las amigas!
—¿Tranquila? No sé yo...si fiarme.
—Si fueras igual de lista con tu marido que con sus negocios, esto estaría resuelto en un abrir y cerrar de ojos —aseguró Alice. —Pues más vale que me digas cómo, porque estoy totalmente perdida.
—No, no y no —exclamó Alice enfadada y sorprendida por lo que se estaba encontrando—. No puedo creer lo que ven mis ojos. —Se volvió hacia Bella que permanecía sentada en la cama observando cómo desvalijaba su armario—. ¿No tienes ni un solo camisón decente?
—A mí me parecen todos muy decentes —respondió Bella mirando sus camisones blancos e inmaculados de cuello alto.
—Cuando digo decentes me refiero a... ¡Da igual! Nos las tendremos que apañar como sea. Pásame unas tijeras. —Tendió la mano impaciente hacia Bella.
—¿Para qué? —preguntó con recelo.
—No hay tiempo para ir de compras, si esto me lo hubieras dicho ayer...En fin, las tijeras. — Tendió la mano de nuevo moviendo los dedos con impaciencia y Bella se las entregó después de buscar en el pequeño costurero que trajo consigo de casa de sus padres y que no recordaba haber utilizado.
—¿Qué haces?
—Rediseñar tu ropa de cama —dijo cortando un camisón a la altura del muslo, lo estiró y estudió para después quitar las mangas.
—¡No puedo presentarme así! —saltó Bella viendo el destrozo—. ¿Qué pensará Edward?
—¿Que quieres meterte en la cama con él? ¿O que él se meta contigo? —respondió con ironía—. De eso se trata, querida, vestirse para que te desvistan.
—Yo pensaba que eso se hacía desnuda.
—Bueno, sí, pero siempre es mejor que se esfuercen un poco, ¿no crees?
—Tú pareces ser la experta —dijo Bella resignada.
—Por supuesto —Alice puso los ojos en blanco—. Mira, cuando duermes con el cuerpo de un hombre al lado te seguro que el camisón resulta hasta molesto.
—¿En invierno también?
—Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Camisón sí o camisón no? —Pasó por alto la estúpida pregunta.
—Buenoooo...
—Oh, qué cuadriculada que eres. De momento me inclino porque lleves algo, ahora, si te sientes tan segura...—Alice dejó caer la provocación— ...puedes caminar desnuda por los pasillos hasta la alcoba de Edward.
—Vale. Capto el mensaje.
—Esto no va a salir bien, se dijo a sí misma.
—Bueno, ahora vayamos al dormitorio de tu marido.
—¿Para qué?
—¿Te fías de mí sí o no?
—Más o menos —gruñó.
—Si me has pedido ayuda no sé a qué vienen ahora tantos impedimentos. Si yo digo que vamos a su habitación, vamos sin discutir. ¿Entendido?
—Al menos dime la razón.
—Para preparar el ambiente, querida. —Por el tono de Alice casi que la estaba llamando tonta—. ¿O se te ocurre alguna razón para que él venga aquí? —Bella negó con la cabeza—. Pues entonces andando. — Alice agradeció en silencio que no tuviera que llevarla a remolque. Cuando llegaron frente a la puerta de la alcoba de Edward, Bella se detuvo; nunca había entrado.
—¿Por qué te paras?
—Nunca antes...
—Razón de más para hacer una inspección del terreno, ¿no crees? Además, debemos averiguar si utiliza o no pijama para dormir.
—¿Vamos a revolver su armario? —preguntó Bella alarmada pero al mismo tiempo con curiosidad.
—Si te hubieras molestado antes en averiguar las costumbres de tu esposo no estaríamos en esta situación. Anda, abre la maldita puerta.
—¿Y qué van a pensar los criados?
—Bella —Alice la miró a punto de perder la paciencia—, los criados no le dirán nada. — Entraron en la alcoba—. Además, supongo que les resultará más chocante que llevéis seis meses durmiendo separados que esto.
—Visto así... — Las dos mujeres observaron en silencio la decoración. Sencilla, funcional, una gran cama de madera de nogal en el centro de la estancia, con una impresionante colcha color burdeos. Un pequeño escritorio a un lado, junto a la ventana, perfectamente ordenado. A la derecha el vestidor y al lado una puerta que seguramente conducía al cuarto de baño.
—Mmm, parece cómoda —dijo Alice sentándose en la cama.
—Eso parece —respondió Bella sin mucho entusiasmo. —Anima esa cara, te aseguro que lo que va a pasar esta noche, en esta cama —dio unas palmaditas en el colchón— te encantará.
—¿Duele? —preguntó Bella indecisa.
—¿Quieres que te duela? —Alice respondió con otra pregunta.
—¡No! ¿Por qué iba a querer eso?
—A veces, querida, el dolor incrementa el placer— Bella abrió los ojos como platos ante esa afirmación. Al ritmo que llevaba no iba a volver a cerrarlos nunca.
—Creo que estoy adelantándome a los acontecimientos —dijo Alice, y se estiró para buscar algo debajo de la almohada—. Nada, aquí no hay nada.
—Deja que arregle eso, se dará cuenta de que hemos estado aquí.
—No. —Alice la detuvo—. Cuando él venga y vea que su cama no está en perfecto estado de revista, se preguntará qué ha pasado o quién ha estado por aquí. ¿No crees que eso te beneficia?
—Siempre pareces tener todas las respuestas.
—Lo intento. —Alice se puso en pie—. Vamos a ver qué esconde tu querido esposo en su armario. — Y Bella contempló, impotente, cómo Alice revisaba el vestidor de Edward, opinaba descaradamente sobre su gusto en el vestir y de paso la aconsejaba sobre lo que debía y no debía hacer esa noche. Ella también aprovechó para fisgonear un poco, pero sin que Alice lo notase. Al fin y al cabo, sentir curiosidad por las cosas personales del marido era comprensible. .
