Capítulo 21

Bella permanecía en su habitación sentada en la cama como un pasmarote esperando el regreso de Edward. Era casi medianoche y no tenía noticias. Se levantó y se acercó, por enésima vez, al espejo, y se contempló con el camisón recortado; más que una mujer con intención de seducir a su marido parecía una pordiosera pidiendo a la puerta de la iglesia.

—Esto no está bien —murmuró. Se asomó fuera de su cuarto, para ver si se oía algo que indicara que Edward ya estaba de regreso. Nada, la casa estaba sumida en el más absoluto de los silencios. Volvió a su alcoba, dejando la puerta entreabierta para escuchar. Era absurdo seguir así. Edward seguramente había vuelto a la ciudad hace horas y estaría en brazos de su amante de turno. Odiándose por ser tan idiota, se quitó la ropa destrozada (ya se encargaría mañana de quemarla) y se puso su camisón habitual. Blanco, hasta los pies y bien cerrado con un hilera de botones hasta el cuello. Repasaría algunos informes y se acostaría. Cuando estaba sacando unos documentos oyó voces procedentes del vestíbulo. Y el corazón empezó a latir a mil por hora. Con sigilo salió de su cuarto hasta la barandilla de la escalera y contempló cómo el mayordomo recogía el abrigo y los guantes de Edward, intercambiaban unas palabras y su marido se dirigía a su despacho. Cogió aire para tranquilizarse. De acuerdo, no es el momento, se dijo a sí misma, él parecía cansado. Se mordió el labio, si bien el plan de Alice ya estaba completamente descartado, y conociendo a Edward quizás era mejor hablarle de la situación, exponerle los hechos y que él tomara una decisión. Hasta el momento Edward siempre se había mostrado dialogante. Buscó una bata en su armario y decidió bajar.

Estaba molido, cansado, hastiado y con dolor de cabeza. Vaya viajecito. Entre la demora en el transporte y la larga conversación de Jasper acerca de todo cuanto iba a hacer esta noche al llegar a su casa...Edward deseó amordazarle en repetidas ocasiones. Maldito bastardo afortunado. Y para más inri, por seguirle el juego, había adquirido una serie de juguetes eróticos para compartir y disfrutar, siempre y cuando tuviera con quién hacerlo. Pero para no dar explicaciones al cotilla insensible de su amigo, no solo le acompañó a la tienda sino que además compró algunos objetos. Y allí estaban, en una caja perfectamente disimulada. Había tomado la precaución de sacarla de su equipaje antes de que cualquier sirviente se diera cuenta. Quizás debería guardarla en la caja fuerte o simplemente tirarla a la basura. Sí, como era su deseo, se buscaba una amante, mañana a más tardar, no se andaría con juguetes, se la follaría bien para desquitarse los seis meses de abstinencia; puede que después, una vez liberada toda la tensión, tuviera tiempo, humor y ganas para juguetear un poco. En ese momento llamaron a la puerta y se apresuró a esconderla en uno de los cajones inferiores de su escritorio. Su mayordomo tenía instrucciones para retirarse y no molestar, y de avisar al resto del servicio para que hiciera lo propio.

—¿Sí?

—¿Estás ocupado? — Edward se enderezó en su sillón, no esperaba que Bella acudiera a esas horas. Además se había deshecho de la chaqueta y el chaleco y su camisa no tenía el mejor de los aspectos.

—No, pasa. — Ella entró, pero a diferencia de otras ocasiones, no se sentó frente a él, sino que se quedó de pie junto a la licorera.

—¿Ocurre algo? —preguntó preocupado.

—No. —Se sirvió una copa—. Bueno, sí. —Otra pausa—. Quería hablarte de un asunto importante.

—¿Ahora? —No le apetecía ver ni un solo documento más plagado de números—. Si se trata de algo relacionado con el banco podemos esperar, mañana me pondrás al corriente. — Ella advirtió el tono cansado de Edward, pero había llegado hasta aquí. Si se retiraba de nuevo a su alcoba quizás nunca reuniría el valor para conversar con él sobre su "estado".

—Es un asunto personal —dijo ella en voz baja.

—Ah —fue lo único que acertó a decir—. Te escucho. — Edward se quedó de piedra cuando la vio tomarse el licor de un trago, pero no dijo nada y menos aún cuando se sirvió otro.

—Verás...ante todo quiero agradecerte que hayas cumplido tu parte del trato —dijo ella con cautela—, podrías haberte negado.

—Tú también has cumplido tu parte. Sírveme uno, por favor. —Ella lo hizo antes de continuar hablando.

—No siempre. —Esbozó una sonrisa de disculpa—. Aunque te muestras muy comprensivo con mis errores.

—No tengo queja.

—Además me has proporcionado independencia y me estás ayudando en mis estudios. Me has otorgado cierto nivel de confianza al compartir conmigo asuntos de negocios y...

—Has demostrado tu valía —interrumpió él intentando averiguar dónde quería llegar Bella.

—Respecto a tu vida privada —Bella tosió—, debo decirte que has sabido ser discreto, tal y como me dijiste, no ha habido ni un solo rumor, ni un solo comentario al respecto. — Ahora entendía a dónde quería llegar. Maldita sea.

—Tú también lo has sido —respondió con cautela.

—Bueno, en mi caso ha sido muy fácil. — Por supuesto, cómo no, pensó con cinismo, hasta en eso su querida esposa tenía que ser buena.

—Has tenido cuidado, lo sé, de eso se trata —respondió él. Bella sintió de nuevo esa inquietud; él no se lo estaba poniendo fácil, ¿por qué iba a hacerlo? La creía una mujer liberada y por tanto él nunca llegaría por sí solo a descubrir la verdad.

—No, no lo entiendes. Ha sido fácil porque...—Dio un trago y le miró—. Porque...no he tenido ningún amante. — Joder, joder, joder. Edward no sabía si dar saltos de alegría o cabezazos contra la pared. Así que ella también llevaba seis meses de abstinencia...Humm, mira por dónde él no había sido el único. Pobre consuelo.

—Podrías haberlo tenido —dijo él mostrándose frío.

—Sí, podría haberlo hecho, pero hay ciertas cuestiones a considerar.

Sí, desde luego. ¿Y cuáles eran? Porque hasta donde él sabía ambos eran libres de buscarse consuelo en otra cama, ya que lo que se dice lecho conyugal no existía en ese matrimonio. Otra cosa muy diferente es que, por múltiples motivos, él aún no se había buscado una querida. Maldita sea, esta conversación cada vez era más extraña. Que no esperase oírla hablar sobre amantes y consideraciones, ¡por Dios! No estaba para esas tonterías.

—Cuestiones a considerar —murmuró él invitándola a sentarse, pero ella no lo hizo. A saber.

—Por un lado me parece poco razonable y bastante complicado mantener una relación fuera del matrimonio.

—No te creas —dijo él. Vale, podía haber sido tan fiel como ella pero no tenía por qué admitirlo. Y si lo pensaba con detenimiento, tampoco era tan sencillo. Véase su caso en particular.

—Sí, bueno, una oye por ahí cosas increíbles. Citas clandestinas, hombres que se cuelan en las casas, encuentros rápidos en jardines...Pero esa no es la cuestión, en mi caso me parecía más bien una falta de respeto hacia ti, después de cómo te has portado conmigo. — ¿Cómo responder a eso?

—Gracias —dijo él sin más. Y es que saber que no llevaba unos cuernos bien puestos siempre era de agradecer.

—Pero esa no es la única cuestión. —Bella comenzó a pasearse por la habitación buscando las palabras precisas—. Yo...en fin, si tuviera un amante te traicionaría doblemente, pues por un lado podría saberse y tu reputación podría dañarse...

—No si eres discreta —utilizó un tono distante como si no le importara. Puede que al principio esta conversación se presentase como aburrida e innecesaria, pero le estaba empezando a picar no solo la curiosidad.

—Pero ese no sería el único perjuicio, si además se descubriera que...—Bella cogió aire con brusquedad— ...soy virgen, los comentarios sobre ti te destrozarían. — ¿Virgen? ¿Su mujer era virgen? ¿A qué clase de charada quería jugar Bella? Joder, ¿pero el mundo se había vuelto loco en su ausencia? —Te mentí el día que nos casamos. —Bella hizo un mueca—. No quería que me tomases por una tonta. Quería ser una de esas mujeres sofisticadas y, la verdad, no esperaba que te mostrases comprensivo. Incluso pedí a un amigo que se acostara conmigo. Si tenía que casarme obligada, al menos mi marido se llevaría una sorpresa en mi noche de bodas. Pero tú te mostraste diferente a lo que yo esperaba. —¿Y qué digo yo ahora? ¿Siempre iba a ser así con Bella? Cuando pensaba que ya no podía sorprenderle más ella lo conseguía de nuevo. Debía aclarar este asunto de una vez por todas. Aunque le hiciera daño.

—¿Y por qué me lo cuentas ahora? —preguntó él con absoluto y fingido desdén.

—Para serte sincera: quiero experimentar de primera mano lo que son las relaciones sexuales. He oído comentarios de todo tipo, buenos y malos. Tengo veintiséis años, creo que puedo ser capaz de decidir si son tan desagradables como algunas apuntan o tan excitantes como dicen otras. Y hasta ahora he podido hablar contigo de todo cuanto me preocupaba, no creo que este asunto sea una excepción. — ¡Madre mía! Edward no podía moverse de su asiento. Oír en boca de Bella palabras como excitante o relaciones sexuales le estaban poniendo cachondo. Menos mal que el impresionante escritorio tapaba cualquier evidencia.

—Lo he pensado detenidamente —continuó ella—, un amante podría ser la solución, pero las consecuencias podrían ser desastrosas para ti. Solo queda una solución.

—Tú dirás —dijo deseando conocer la solución. Bella, creando expectativas, era de primer orden. Bella se armó de valor. Le miró, allí, tan sereno como siempre, podía ofrecer la solución perfecta. Solo tenía que ser valiente y pedirlo.

—Que seas tú mi primer amante. — Lo había vuelto a hacer de nuevo, ella le sorprendía, de nuevo le dejaba noqueado.

—¿Perdón? —preguntó por si acaso escuchó mal. El cansancio, el insomnio o las preocupaciones podían jugarle una mala pasada.

—Ya sé que esto podría cambiar las cosas, pero procuraré que no afecte a nuestra relación, seguiré respetando nuestro acuerdo.

A la mierda con el acuerdo, pensó él, pero dijo: —¿Lo has pensado bien? —Y Edward, como si de una negociación se tratase, se mostró distante, frío e insensible, a pesar de estar ardiendo y de querer gritar: ¡desnúdate!

—Sí. —Bella por fin se sentó frente a él—. Sé perfectamente que estás acostumbrado a mujeres con experiencia. Yo estoy dispuesta a dejarme guiar por ti. Si aceptas, quiero que seas sincero conmigo, y si hago algo mal me lo digas.— Que su mujer le considerase algo así como un experto sexual sin conocerle subía el ánimo de cualquier mortal, pero que al mismo tiempo hablase de ello como si de una lección de economía se tratará...podía resultar peligroso. Difícil elección, solo que en ese momento su riego sanguíneo no estaba atendiendo su cerebro. Bella se levantó y caminó decepcionada ante la frialdad de Edward. Había metido la pata hasta el fondo confiándole sus temores y pidiéndole algo que, sin duda, para él sería un gran sacrificio. Además, por un capricho estaba comprometiendo una relación amistosa con él.

—Entiendo perfectamente —dijo ella en voz baja— que lo que te estoy pidiendo suponga un gran esfuerzo, no quiero estropear nuestra amistad. —Agarró la manilla de la puerta—. Si no aceptas buscaré otra solución, no tienes por qué sentirte obligado a...—No pudo seguir y debía volver a su cuarto, ahora era demasiado vulnerable como para esperar, sentada y con aparente calma, una respuesta. Sobre todo cuando lo más probable es que él se negase. Odiaba ir de víctima.

—Bella... — Sin saber cómo, él estaba pegado a su espalda, aprisionándola entre la puerta y su cuerpo, mirándola de una forma que ella desconocía. Se había enfadado, y con razón. Bella cerró los ojos, quería salir cuanto antes de allí. Refugiarse en su dormitorio y olvidarse para siempre de sus anhelos.

—Lo siento —dijo en voz baja—, no volveré a sugerirlo. Yo...

—Cállate—. Bruscamente la hizo girar para tenerla de cara y poder hacer lo que se moría por hacer hace ya varios meses. Besarla. La sujetó por la nuca manteniéndola en la posición correcta para que ambas bocas estuvieran unidas. Estaba siendo brusco, pero joder, en esos momentos lo único en lo que podía pensar era en tener a Bella bajo él, completamente desnuda y dispuesta. Le importaba bien poco si tenía o no experiencia. Al fin y al cabo, visto desde un punto de vista puramente masculino y egoísta, el que Bella fuera virgen suponía que él podía moldearla a su antojo, aunque también era una gran responsabilidad, pues dependiendo de la experiencia, ella bien podría aborrecer (como muchas mujeres) el contacto físico con un hombre. Ella murmuró algo y Edward liberó, a regañadientes, su boca.

—¿Qué ocurre?

—Mi espalda —respondió ella—, me estoy clavando el tirador.

—Joder, lo siento—. Bella se quedó sorprendida ante ese lenguaje tan vulgar y ante el tono ronco de su voz. Esa faceta no la conocía.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó ella mirándole.

—Nada. De momento abre la boca y déjame besarte. — Si algo sabía de su mujer es que como alumna era brillante. Si se aplicara tanto como en sus estudios...iba a resultar de lo más satisfactorio mostrarle los placeres sexuales y de paso saciar sus deseos. La fue arrastrando por toda la estancia sin despegarse de ella, alternando besos profundos en su boca (Bella cada vez respondía con mayor entusiasmo) y pequeños lametones en el cuello. Ella, por su parte, se aferraba a sus hombros dejándose llevar de una manera deliciosa.

—Dime qué tengo que hacer —insistió ella.

—Tranquila, déjate llevar —respondió él intentando controlarse un poco.

—Quiero hacerlo bien. — Él no respondió con palabras sino con hechos. Agarrándola fuertemente de las caderas la pegó a él todo cuanto físicamente se podía y después fue moviendo una mano abarcando su delicioso trasero. Ese que tantas veces había admirado y que nunca pensó llegar a tocar. Ella comenzó a jadear, y eso siempre es buena señal, por lo que Edward empezó a desabrochar el recatado camisón. Siempre se preguntó por la necesidad de poner tantos botones y tan pequeños en la parte superior, pero ahora no iba a entrar en consideraciones sobre la moda. Con paciencia y sin dejar de tocarla, fue despejando el camino desde su garganta hasta la parte superior de sus pechos. Y aquello era para morirse. Allí mismo, Edward contempló unos instantes los perfectos pechos de su esposa recordando el día que los vio por primera vez, solo que con una diferencia: ahora podía disfrutarlos, tocarlos, lamerlos e incluso morderlos.

—Perfectos —murmuró antes de lanzarse sobre uno y pasar la lengua. Bella se arqueó hacia atrás. No se esperaba aquello ni de lejos. Esperaba algo mucho menos placentero, algo mecánico, no desagradable, pero sí rutinario. Empezaba a comprender por qué algunas esperaban ansiosas el regreso de sus maridos. Su reacción ante las caricias de Edward era completamente instintiva. Estaba total e irremediablemente fuera de control, pues a medida que descubría con sus manos el cuerpo de Bella, solo pensaba en llegar a la meta. Ella no ponía impedimento, cuando la hizo tumbarse sobre la alfombra ella le sonrió, dejándole claro que confiaba al cien por cien.

—Eso me gusta —murmuró ella cuando él empezó a subirle el camisón dejando al descubierto su muslo.

—De eso se trata —respondió él a duras penas.

Cuando su mano tocó el final de la pierna y descubrió la ausencia de ropa interior estuvo a punto de aullar. De acuerdo, ella no tenía experiencia, pero sí al menos intuición. Las cosas estaban ya en un punto de no retorno, Bella se movía debajo acogiéndole perfectamente, respondiendo a sus besos, cada vez con mayor entusiasmo, estaba encantado de su respuesta, de sus jadeos (aún podía conseguir que fueran mayores), de cómo se aferraba a él y de cómo, sin saberlo, le estaba volviendo loco. Se desabrochó, como pudo, con una mano los pantalones. Era como si estuviera corriendo una carrera de fondo, solo quedaba el sprint final para alcanzar la meta. Ella no dejaba de moverse bajo su cuerpo, de despeinarle, de clavarle las uñas en los hombros, pidiendo algo que no sabía describir pero que resultaba tan necesario como el respirar. Iba a dárselo. En ese preciso instante. En un momento de lucidez frenó en seco, dándose cuenta de la barbaridad que estaba a punto de cometer. Bella yacía bajo él, tumbada en la alfombra de su despacho, con el camisón levantado, los ojos cerrados a la espera de recibir algo bueno y él comportándose como un animal en celo. Ni tan siquiera se molestó en comprobar si su esposa estaba preparada para ser penetrada. Maldiciendo por lo bajo se apartó a un lado, liberándola de su peso. Bella se quedó inmóvil ante la reacción de Edward. Todo iba tan bien...

—¿Qué ocurre? —Había signos de pánico en la voz de ella. Edward respiró profundamente, se sentía miserable, había estado a punto de follarse a su mujer como si fuera poco menos que una puta, sin importarle para nada la condicional virginal de Bella.

—No pasa nada —continuó ella aguantando las lágrimas—, lo entiendo, no es lo que esperabas.

Edward se percató del estado de angustia de ella, joder, hasta para eso iba a meter la pata. No la estaba rechazando, maldita sea. Se abrochó los pantalones y la miró. Iba a llorar y se odió por ser tan bruto.

—Bella...no es lo que piensas. —Se pasó una mano por el pelo despeinándoselo aún más.

—Lo entiendo perfectamente. —Desvió la mirada e intentó recomponerse la ropa—. Sé que estás acostumbrado a mujeres más expertas en esto del sexo y que yo solo soy...

—Cállate —interrumpió con brusquedad, y ella se quedó paralizada—. Lo siento —añadió Edward rápidamente. Y en ese momento se dio cuenta de que cualquier palabra que dijera solo complicaría más la situación. Por lo tanto era mejor coger el toro por los cuernos y demostrar a su mujer que no tenía culpa de nada. Se incorporó y le tendió la mano. —Ven. —Ella le miró sin comprender pero se aferró a su mano. Bella se puso en pie, intentando que la parte delantera de su camisón no se abriera y manteniendo la compostura. Pero antes de poder decir nada Edward dobló las rodillas y la cogió en brazos.

—¿Qué...?

—No hables —dijo él—. Si eres tan amable, abre la puerta. —Ella lo hizo y al salir fuera se puso colorada.

—Los criados...—murmuró sujetándose a él, rezando para que su camisón no revelara más de la cuenta.

—Estoy en mi casa y nadie va a decir nada. — Faltaría más, Edward no estaba en disposición de solventar más impedimentos. Tenía a su esposa en brazos y eso era lo único que importaba.

—Pero pueden vernos. —Parecía realmente temerosa. Él hizo caso omiso y subió las escaleras con ella en brazos. Tardó dos segundos en decidir a qué dormitorio entrarían. Al de ella, por supuesto, pues seguramente eso haría que se sintiera más cómoda. Antes de que él lo pidiera, ella estiró el brazo y abrió la puerta. Una vez dentro él la cerró con el pie y dejó a Bella en el suelo, eso sí, aprovechando para que se deslizara rozando su cuerpo.