Capítulo 26
Normalmente se levantaba pronto, pero con las últimas actividades nocturnas...costaba levantarse a primera hora. Al incorporarse en la cama echó de menos el calor de Edward, pero claro, él no cometía el mismo error dos veces. Así que se dispuso a empezar el día siendo optimista. Mientras desayunada y leía la prensa del día una criada anunció la visita de Lady Whitlock.
—¡Buenos días! —saludó Alice entrando en el pequeño comedor, tan alegre como siempre.
—¿Te apetece tomar algo? —preguntó Bella dando un sorbo a su café. Observó el atuendo de su amiga, vestía completamente de negro, como una viuda. Mejor no preguntar, decidió; con Alice nunca se sabe.
—Humm, no. —Se lo pensó mejor—. Bueno, sí, un café. Necesito estar despierta. Últimamente no duermo mucho.
—¿Y eso? ¿Te encuentras mal?
—¡Por Dios, Bella! Eres la única persona que conozco que no piensa mal.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Porque me conoces. En fin, da igual, déjalo, esta tarde intentaré dormir la siesta. —Bebió un sorbo de café y la miró atentamente.
—¿Qué pasa? —preguntó Bella al sentirse observada.
—Veo que tú también tienes problemas de insomnio —dijo Alice con malicia. Al sonrojarse, Bella respondió a su pregunta.
—¿Y? —dijo Bella altiva.
—Nada, nada, Dios me libre de criticar. —Alice se terminó su café—. ¿Qué planes tienes para hoy?
—En principio terminar unos informes, dar unas instrucciones a Theresa y poco más. ¿Por qué?
—¿Podrías acompañarme?
—¿A dónde? —preguntó Bella con desconfianza; cuando Alice proponía algo...
—¡Qué mal pensada eres! Al banco, tengo que ocuparme de unos asuntos.
—¿Al banco?
—Pues sí, señorita sabelotodo, yo también me ocupo de mis finanzas.
—Perdona —dijo Bella al ver la seriedad con la que hablaba—. Pensé que a ti no te gustaban esos asuntos...
—Y no me gustan, pero...—suspiró y se encogió de hombros— ...no me queda más remedio.
—De acuerdo, entonces deja que coja unos papeles para Edward y listo. — Alice se quedó sola mientras Bella iba al despacho para recoger los documentos. Vaya pánfila, pensó, ir a visitar a su marido y pensar solo en los negocios. En fin, no tiene remedio. Mientras se dirigían hacia el banco, la curiosidad de Bella venció a la prudencia.
—¿De qué vas vestida? —preguntó Bella.
—De viuda respetable. —Se colocó bien el velo sobre la cara.
—¿Viuda? ¡Ay, Dios mío! ¿No me digas que...? —Bella estaba alarmada.
—No, simplemente prefiero pasar desapercibida.
—¿Por qué?
—Es una sorpresa —respondía enigmáticamente—. No preguntes.
—Sinceramente, me parece que Collins quiere vendernos esas tierras a precio de oro cuando no valen ni para plantar patatas.
—De eso ya me había dado cuenta, pero está al borde de la quiebra y si le apretamos un poco las clavijas podemos hacernos con esos terrenos.
—De acuerdo. Y ahora explícame por qué nos interesan esas tierras.
—Porque, querido amigo, están muy cerca de una fábrica de automóviles que va a construir dentro de muy poco una nueva factoría.
—Joder, Edward, eres el hijo de puta mejor informado que conozco.
—No es mérito mío sino de Bella, ella ha estado estudiando la evolución de la empresa.
— Edward se reclinó en su gran sillón y observó la cara de admiración de Jasper, claro que a él le pasaba lo mismo.
—Vaya, vaya, así que tu encantadora mujercita hace todo tipo de...—Sonrió con malicia— ...trabajos para ti. — Edward aguantó el tipo.
—No veo por qué no puede trabajar —recalcó bien la palabra trabajar— si así lo desea; y si además conlleva un beneficio añadido...
—Lo que siempre he dicho: no te la mereces. — Puede ser, se dijo Edward a sí mismo, pero lo cierto es que si pensaba con la cabeza fría y la cremallera abrochada, su matrimonio podía costarle no solo dinero, sino además serios disgustos, empezando por los comentarios en público que su suegro empezaba a difundir sobre su solvencia económica. En ese momento llamaron a la puerta y Thompson, su fiel secretario, entró.
—Buenos días. Le esperan en su despacho —dijo a Jasper.
—No tengo ninguna cita prevista —dijo Jasper intentando recordar su agenda.
—Se trata de una...joven viuda, Lord Whitlock.
—¿Ha dejado su tarjeta? —preguntó Jasper.
—No, señor, únicamente ha dicho que viene de parte de la señora Smith. Edward observó cómo la cara de su amigo cambiaba radicalmente al oír "señora Smith".
—Está bien, dígale que estaré con ella en cinco minutos. — Thompson asintió y salió del despacho.
—¿Se puede saber qué negocios te traes tú con las viudas?
—No te alteres, es una vieja amiga, por desgracia su marido era un inepto con los negocios y está prácticamente en la ruina, yo solo intento ayudarla. — Edward no se mostró muy convencido, la cara de Jasper decía algo totalmente diferente.
—Está bien, haz tu buena obra del día y regresa lo antes posible, tenemos que acabar con este asunto. — Jasper salió del despacho de su socio y amigo manteniendo la calma, Edward sospechaba algo, pero a él le importaba un pimiento. Tampoco era para tanto, ayudar al necesitado, a la necesitada, en este caso, era una buena obra, ¿no? Entró en su propio despacho y observó a la viuda. Estaba de espaldas, contemplando la calle desde el amplio ventanal. Cerró la puerta sin hacer apenas ruido y echó el cerrojo. Ese pequeño ruido hizo que ella se diera cuenta de su presencia. Aunque siguió dándole la espalda. La mujer inspiró profundamente, manteniéndose oculta tras su recatado velo de viuda. Jasper se tensó ante la espera. Bien, estaba claro que debía manejar la situación.
—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó manteniendo la calma. Ella apenas se giró, Jasper sospechaba que debajo de ese velo ella sonreía. Pero prefería, de momento, quedarse con las ganas de averiguarlo. La mujer se aclaró la garganta antes de hablar.
—Como usted sabrá, Lord Whitlock. —Ella habló con voz ronca, de tal forma que a él se le pusieron no solo los pelos de punta—. Llevo más de seis meses viuda y lo cierto es que no consigo acostumbrarme a esta situación.
—Ha sido un cambio muy brusco —respondió Jasper concordando con ella.
—Sí —suspiró la viuda—, toda mi vida giraba en torno a mi difunto esposo.
—Con el tiempo todo irá a mejor.
—Cada día se me hace más difícil salir adelante, aunque la compañía de mis amistades hacen más llevadero el sufrimiento —suspiró de nuevo—, es por la noches cuando se hace más cuesta arriba. —Otro suspiro muy teatral.
—¿Por las noches? Explíquese, por favor.
—Me siento tan, tan sola... —empezó a decir la mujer imprimiendo en cada sílaba el acento para que él no dejara de prestarle atención—. Las noches son tan largas...—Ahora, quien inspiraba con fuerza, era Jasper—. Añoro enormemente la compañía de un hombre...—Cada frase era pronunciada en tono lastimero, eso sí, dejando bien abierta la posibilidad de aceptar sugerencias...pero es tan difícil...
—¿Por qué? —acertó a preguntar Jasper.
—La sociedad, las amistades, todo el mundo me apartaría, me relegaría al ostracismo si se supiera que...—Ella se mordió el labio y fingió limpiarse una lágrima. Joder, era realmente buena, pensó él intentando controlarse.
—Continúe, por favor. —Jasper aprovechó las circunstancias y a la vez que le tendía su pañuelo se acercó a ella. Por supuesto ella aceptó el pañuelo y con gran habilidad evitó mostrar su rostro. Jasper dudaba de que hubiese derramado ni una sola lágrima. Aunque, cualquiera sabe.
—No puedo arriesgarme a dejar entrar un hombre en casa, los criados, tarde o temprano, hablarían.
—Puede buscarse un sitio discreto, llegado el caso.
—No lo había pensado. Jasper, que estaba muy excitado, se colocó tras ella; si iba a hacer la buena obra del día...
—Hay hoteles muy discretos donde dos amantes pueden reunirse y quedar a salvo de las habladurías —murmuró Jasper muy cerca del oído, haciéndola temblar.
—Entiendo —dijo ella—, pero...solo queda otro pequeño inconveniente.
—Dígame, si está en mis manos el poder ayudarla...—Estaba prácticamente pegado a ella.
—Encontrar al candidato adecuado. —Ella movió su trasero haciéndole saber que sus avances eran bien recibidos.
—Eso, querida señora, tiene fácil arreglo. —Colocó ambas manos en las caderas de ella para mantenerla bien pegada. Sorprendiéndole, ella le agarró de las muñecas, acariciándole con los finos guantes de encaje indicándole sin palabras que podía ir ascendiendo, pero al parecer él tenía otros planes.
—Necesito saber una cosa, querida señora. —Jasper se mantuvo quieto, el juego de la provocación podía durar un poco más—. ¿Su difunto marido era bueno en la cama? —Ella le agarró con más fuerza de las muñecas. Contestó con un gemido, encendiéndole aún más. —Entonces —Subió ligeramente las manos hasta su cintura— tendré que esforzarme al máximo. —Sus manos ascendieron un poco más sin llegar a tocarle los pechos—. No quisiera decepcionarla.
—Eso...—suspiro exagerado— espero. — Ah, pero qué zorra más bien entrenada, quiso gritar Jasper. Cierto que el juego de la seducción y provocación les estaba llevando a los dos al máximo, pero de eso se trataba. Jasper abarcó sus pechos por encima de la gruesa tela negra y empezó a masajear, muy lentamente, disfrutando del tacto de la tela (no esperaba que ella fuera con uno de esos ásperos tejidos típicos de viuda), del movimiento ondulante de las caderas femeninas que cada vez se frotaban con más insistencia sobre su entrepierna, y de los suaves, pero contenidos, gemidos que ella emitía.
—¿Le gusta? —murmuró él en su oído. Quería mordisquear su cuello pero iba tapada con el velo y de momento prefirió no arrancárselo de cuajo. Todo a su tiempo.
—Sí —susurró ella inclinándose hacia atrás. Jasper se limitaba a acariciarla por encima de la ropa, y claro, eso no era suficiente, así que empezó a desabotonarse ella misma su chaquetilla para que él pudiera profundizar.
—No, no tenemos tanto tiempo —interrumpió él al tiempo que la detenía. Ella protestó, naturalmente, y él tuvo que aguantar las ganas de reírse. Puesto que andaban mal de tiempo, ¿para qué perderlo entonces?, pensó ella, y con decisión metió una mano entre los dos cuerpos para buscar su erección, estaba más que preparada para recibirle. Él gruñó ante el descaro de la viuda, pero evidentemente no estaba disgustado.
—Dígame, querida señora, ¿cada cuánto follaba con su esposo? — Permitió que ella introdujera una mano por la abertura del pantalón, pero tampoco facilitó la tarea, quería ver hasta dónde llegaba la audacia de la viuda.
—Siempre que nos era posible —respondió ella algo molesta porque no lograba su objetivo.
—Entiendo —murmuró él mientras abandonaba sus pechos para empezar a levantar su falda—. Y... ¿siempre era satisfactorio?
—Sí —suspiró ella agradeciendo en silencio que él empezara a tomarse el asunto en serio.
—¿Siempre? —insistió él.
—Siempre —confirmó ella con voz ronca, y notó cómo sus piernas iban quedando a la vista.
—Inclínese hacia delante, por favor —pidió él instándola a que se apoyara en la gran mesa, después levantó completamente su falda hasta dejar a la vista un estupendo trasero desprovisto de cualquier prenda. Empezó a acariciarlo y sonrió al oírla gemir—. ¿Cuánto tiempo hace que no se la meten?
—Demasiado —gimió ella meneando provocativamente su culo—, demasiado...
—Querida mía, su tiempo de espera está a punto de finalizar. —Con una mano se desabrochó completamente los pantalones, liberando así su erección. Tal y como iban las cosas seguramente iba a ser el polvo más rápido de la historia. Colocó su pene en posición pero hizo algo que a ella no le gustó, detenerse justo a la entrada. Quería ver su reacción.
—Una última cuestión —se interrumpió al oír cómo ella protestaba—. Cuando en esas noches de soledad usted no puede conciliar el sueño, ¿se toca a sí misma? —Ella volvió a protestar—. ¿Se introduce los dedos pensando que son los de un hombre? Empujó un poco más, pero sin penetrarla, quería una respuesta.
—Por favor —gimió ella.
—¿Se masturba? —insistió él negándole lo que ella tanto necesitaba.
—¿Importa?
—Mucho. —Él seguía rozándola con la cabeza de su polla pero sin llegar al fondo de la cuestión.
—¡Jasper, deja ya de torturarme y métemela de una vez! —estalló "la viuda".
—Eso no estaba en el guión. —Y para reafirmar su desacuerdo palmeó no una, sino dos veces su precioso culo.
—Está bien, ¡sí, me toco a mí misma! ¿Contento?
—Ahora está mejor, querida mía. —Y sin más preámbulos empujó con fuerza, penetrándola como sabía que a ella le gustaba y haciéndola gritar como a él le gustaba—. Baja la voz —pidió él— o dentro de unas horas toda la ciudad sabrá que he sido infiel a mi mujer con una viuda desconocida —explicó Jasper con humor.
—No...no puedo evitarlo.
