Capítulo 27
Bella levantó la cabeza y dejó a un lado los documentos con los que estaba trabajando al oír cómo llamaban a la puerta. Sin duda era Theresa con algún aperitivo, siempre insistía en que debía comer más y se preocupaba por su salud. Bellase lo agradecía enormemente, pues en muchas ocasiones estaba tan absorta con los papeles que hasta se olvidaba de comer.
—Tiene visita —anunció Theresa. Bella se sorprendió al ver que no llevaba la clásica bandeja, y además parecía inquieta.
—¿Visita? —Bella hizo un repaso mental de quién podría visitarla a esa hora de la tarde; giró la cabeza y comprobó la hora. ¿Quién sería? Prácticamente era la hora de la cena.
—Sus padres, señora.
—¿Mis padres? —Eso sí que no se lo esperaba.
—Les he acomodado en la salita de recibo. —En la voz de la mujer se notaba cierto nerviosismo.
—Está bien. —Se levantó y ordenó los papeles que tenía entre manos. A Bella, lo que menos le apetecía era encontrarse con sus progenitores, y menos aún sabiendo cuál era el motivo de su visita. Hubiera preferido una de esas visitas soporíferas y aburridas de cortesía, para comprobar que su preciosa hija estaba bien y quedar como los padres amantísimos que todo el mundo creía que eran. Ahora bien, Bella sabía perfectamente que sus amantísimos padres solo se preocupaban por su fuente de ingresos, en este caso su hija. Entró en la salita tomando la precaución de dejar la puerta entreabierta. Con ello esperaba que el tono de la conversación no fuera desagradable por temor a ser escuchados por el servicio.
—Buenas noches —dijo Bella, y se acercó para recibir el beso más falso que su madre podía ofrecer.
—Buenas noches, hija —respondió su madre y se sentó convenientemente apartada de su padre.
—Veo que estás bien —dijo su padre sin ceremonias, con su característico sarcasmo.
—No puedo quejarme, padre.
—Me alegra oír eso. Estábamos preocupados por ti—. Sorprendente noticia, pensó Bella con cinismo mirando a sus padres.
—Querida Isabella, hemos venido para...
—Déjame a mí —interrumpió Lord Chesterfield a su esposa—. Esta no es una visita social de esas que tanto le gustan a tu madre. Vengo de una reunión con mis abogados, pese a que insisten en demandar al...a tu marido, he querido darle una última oportunidad de arreglar las cosas amistosamente.
—Edward no está —dijo Bella.
—Lo sé. Preferimos hablar contigo. Tu madre me ha convencido para ver si a través de ti podemos convencer a tu esposo de que deje de jugar al gato y al ratón y cumpla lo estipulado en tu contrato prematrimonial.
—Isabella, hija, ya sabes cuánto nos jugamos. —Su madre lo intentó con el chantaje emocional—. Tu padre ha retrasado todo cuanto ha podido la acción judicial, pero ya no nos queda otra alternativa.
—Exijo una respuesta satisfactoria. —Lord Chesterfield elevó la voz—. No voy a permitir que un usurero del tres al cuarto me tome el pelo.
—Charlie, por favor —pidió su esposa señalando a Bella con la mirada.
—¡Me da igual que sea el marido de tu hija! —saltó exasperado—. ¡Nos está tomando por tontos! ¡Y eso no se lo consiento a nadie! Por muy marido que sea de tu hija. —Miró a la aludida con desprecio—. Y tú, niñata ingrata, deberías saber lo que te conviene y de qué lado estás.
—Padre, por favor. —Bella, conociendo de primera mano el carácter agresivo de su padre, intentaba calmarle y evitar una desagradable escena, ahora no estaban en su casa y los criados, que sin duda iban a oírles, podrían ir con el cuento a Edward.
—No me vengas con disculpas. ¿Crees que tu marido va a respetarte siempre? ¿Va a apoyarte cuando ya no le sirvas? Abre los ojos, Isabella, SÍ casó contigo por interés y tú, como la mujer estúpida y sin cabeza que eres te has creído que todo este lujo te pertenece y ahora te pones en contra de tus padres.
—Eso no es así —protestó Bella con vehemencia.
—¿No? Por favor, no seas ilusa, te has casado con un hombre que no dudará en dejarte arrinconada cuando ya no seas el florero adecuado para pasear de su brazo.
—Entonces, padre, dígame, ¿por qué me obligaste a casarme con él? —Era una pregunta justa.
—Fue una...decisión precipitada. — A Bella el tono de su padre de falsa disculpa le pareció peor aún que el hecho en sí.
—Isabella, hija, solucionemos esto de forma discreta. —Su madre siguió por la vía diplomática—. Nadie tiene por qué saber nada. — Por supuesto en pos del propio interés, nada que ver, ni de lejos, con las posibles contrariedades que tuviera que afrontar Bella.
—Sin embargo están dispuestos a denunciar a Edward públicamente si no accede a vuestras peticiones —razonó Bella.
—No nos queda otra opción —reconoció su madre en voz baja.
—¡Ya basta de tonterías! —estalló su padre acercándose amenazadoramente a Bella—. ¡Vas a hablar hoy mismo con él! —La agarró del brazo zarandeándola. Bella intentó soltarse, la agresividad de su padre no le era desconocida, pero aun así ya no tenía por qué soportarla.
—Suélteme, por favor.
—¿Has escuchado lo que te he dicho?
—¡Yo no puedo hacer nada! —mintió Bella sintiéndose mal por hacer recaer todas las culpas en Edward. ¡Zas! En ese momento su padre, lleno de rabia, le propinó un tortazo en la cara. A duras penas Bella consiguió contener las lágrimas por el dolor y la rabia que sentía. Miró a su madre, que disimuladamente observaba el estampado de las paredes.
—Salgan ahora mismo de mi casa.
Bella se giró al oír la voz baja y amenazadora de Edward. Estaba de pie en la puerta y Bella se sintió asqueada de que tuviera que contemplar una escena tan desagradable. No solo la vergüenza y la humillación estaban haciéndola flaquear, sino la culpabilidad, todo esto se debía a algo que ella misma comenzó.
—Y suelte inmediatamente a mi esposa.
—¡Estoy hablando con mi hija! — Esto era lo último que deseaba, un enfrentamiento directo entre su padre y Edward.
—Padre, por favor, ya hablaremos en otro momento.
—¡Ingrata! —Levantó la mano con la clara intención de darle otra bofetada.
—He dicho que la suelte. —Edward avanzó hacia ellos, pero por una vez Lord Chesterfield pareció recordar que no estaba jugando en su terreno.
—¡Desgraciada! —dijo con desprecio a su hija y por supuesto a su yerno—. ¿Te crees que él va a protegerte siempre? —Se rio irónicamente—. Deberías saber que somos tu familia, hija. No esperes que te recibamos con los brazos abiertos cuando este...te eche a patadas.
—¡Fuera de mi casa! —insistió Edward agarrando a Bella para separarla de su padre y evitar así una nueva agresión—. No voy a consentir ni un insulto ni un maltrato más a mi esposa. Lárguense de aquí y no vuelvan.
—Eso sí que tiene gracia —respondió Lord Cherterfield riéndose—. ¿Tú? ¿Un simple usurero? No sabes con quién estás hablando...
—¡Largo de aquí! Y no me obliguen a desalojarles por la fuerza.
—¡No será capaz! —intervino la madre de Bella más preocupada por mantener las apariencias que por el drama que allí se desarrollaba—. ¡Qué dirán los criados!
—Mejor no preguntar, ¿no cree, señora? —dijo Edward mirando a su suegra con todo el desprecio del que fue capaz.
—Esto no quedará así, se lo aseguro —respondió Lord Chesterfield, totalmente rabioso, dirigiéndose a la puerta mientras esperaba a su esposa—. Arrastraré tu nombre por los tribunales —amenazó—. Y tú —señaló a Bella—, luego no vengas pidiéndome perdón. — Bella cruzó la mirada con Edward, estaba claro que tarde o temprano ella tendría que abandonar la casa; podía confiar en él, pero nadie aseguraba su futuro. Cuando por fin se quedaron a solas, Bella estaba tan avergonzada de la situación que se acababa de desarrollar que no podía articular palabra. Trataba, además, de contener las lágrimas y de huir cuanto antes a su dormitorio. ¿Qué podía decir a Edward? Nada, absolutamente nada, pues toda esa situación era consecuencia de su petición. Respiró profundamente y caminó con la escasa dignidad que pudo reunir hacia la puerta. Edward se lo impidió cerrando de un portazo. Estaba enfadado. Comprensible, desde luego, pero era lo último que necesitaba en esos instantes. Como un animal herido quería esconderse hasta poder afrontar la situación con un mínimo de dignidad.
—Ven aquí —pidió él con voz amable tendiéndole una mano. Bella evitó mirarle a los ojos y negó con la cabeza.
—Tu padre es un hijo de puta. —Se acercó a ella—. No tienes que darme explicaciones. —La rodeó con los brazos y la obligó a que se recostara sobre su hombro. Ella se dejó llevar, resultaba tan tentador abandonarse al consuelo que él estaba ofreciéndole...pero no quería despertar en su esposo ni compasión ni lástima. Debía afrontar la situación sola; puesto que ella había empezado, ella debía terminarlo. Intentó romper el contacto, pero lógicamente él era más fuerte y no se lo permitió.
—Por favor...
—No —respondió él categóricamente, y siguió abrazándola. Pasados unos minutos, se atrevió a preguntar mientras le acariciaba en la mejilla—. ¿Te duele? —Ella negó en silencio—. ¿Esto ha pasado más veces? —Ella se negó a responder—. Dímelo, ¿te ha pegado en más ocasiones? — Pese a que las preguntas iban formuladas en voz baja, Bella se percató del tono falsamente tranquilo qué! él empleaba. Tampoco quería responderle, no quería que su vergüenza fuera en aumento. Ya era bastaste humillante con saberlo. No tenían por qué hablar de ello. Ardía por dentro, sabía que su suegro era un déspota, pero infringir ese trato a su propia hija rebasaba cualquier límite moral. Nunca le habían gustado los altercados, ni tener que defender a golpes una idea, pero el mero hecho de presenciar cómo Bella recibía un golpe, le había puesto en una situación desconocida. Y no solo la agresión física, sino las palabras de desprecio que ella había soportado. Puede que él, en sus negocios, fuera implacable, ahora bien, eso no implica agredir a una persona más débil. Entendía el silencio de Bella, al igual que su resistencia a ser consolada. Al fin y al cabo no habían llegado a ese punto dentro de su matrimonio, a ese estado en el que muchas parejas se sienten cómodas y se comunican en silencio.
—Has llegado justo a la hora de la cena —dijo ella intentando desviar la conversación. Edward no era un experto ni en conversaciones banales ni en ofrecer consuelo. Ahora bien, podía hacer que Bella se sintiera mejor. Acarició sus labios con el pulgar antes de besarla suavemente. Más tarde, cuando estuviera relajada, quizás podría hablar con ella. Evidentemente ella se sorprendió, no esperaba esa reacción. Pero...era tan agradable. Y lo que comenzó como un simple roce, una simple caricia, fue aumentando de tal forma que a los pocos minutos ambos estaban demasiado acalorados agarrándose el uno al otro.
—¿Qué te parece si pido que nos sirvan la cena en mi dormitorio? — Ella echó la cabeza hacia atrás y le miró frunciendo el ceño.
—No podemos cenar ahí, no hay una mesa en condiciones.
—No tenemos por qué cenar formalmente. — Edward lo dijo normalmente y Bella tardó unos segundos en comprender.
—¿No estarás pensando en...?
—Pues sí. —Se separó de ella—. Voy a disponer todo. Ahora vuelvo. — Una hora después, el estómago de Bella protestaba. Edward la miró de reojo mientras daba un sorbo a su copa de vino.
—Al final no he cenado —protestó ella.
—Pues yo sí —respondió él relamiéndose, y saboreó de nuevo el vino. Bella le quitó la copa y bebió.
—Buen vino —dijo volviendo a saborearlo.
—Excelente, diría yo, un reserva, para ser exactos —explicó él.
—Cada botella debe costar una fortuna. No lo sabes tú bien, quiso decir.
—Son un obsequio de un cliente —mintió Edward evitando así que la mente de su esposa empezara a hablar de números. Nadie puede concentrarse en las matemáticas estando en la cama desnudo y con una mujer en iguales condiciones a tu lado. El estómago de ella volvió a protestar y Edward atentamente estiró la mano, cogió un pedacito de fruta y se lo colocó en los labios. Eso sí, se entretuvo lo suficiente para que el jugo de la fruta manchara su barbilla.
—Me estoy poniendo perdida —dijo intentando limpiarse. Pero él se adelantó y lamió más de lo necesario, y para poder seguir haciéndolo, cogió más trocitos y se los fue dando o dejando caer sobre el pecho, el cuello o donde se le iba antojando con tal de poder posar los labios sobre la piel de su esposa. Así que unos minutos más tarde, Bella estaba pegajosa, al igual que las sábanas.
—Lo hemos puesto todo hecho un asco —dijo mirando a su alrededor.
—¿Y? —Edward rellenó su copa de vino.
—No sé si ahora podremos dormir con todo este estropicio.
—Tengo la solución perfecta. —Se incorporó—. Toma. —Le entregó la copa de vino—. Ahora vuelvo. — Bella colocó las grandes almohadas contra el cabecero de la cama y se sentó disfrutando del vino mientras Edward desaparecía por la puerta del baño. Siguió picoteando de la bandeja de fruta. Seguía teniendo hambre. Unos veinte minutos más tarde reaparecía Edward en la alcoba y tendía la mano para ayudarla a incorporarse.
—No puedes ir a dormir toda sucia —señaló él conduciéndola al cuarto de baño. Eso ya lo había pensado yo, se dijo ella en silencio. Ahora, cuando entró al aseo se quedó paralizada. Sabía que Edward se rodeaba de todos los lujos, pero no sabía que un cuarto de baño podía llegar a tanto.
—Oh —fue lo único que dijo intentando no parecer una paleta, que era como se sentía.
—Entra en el agua. — Edward la ayudó y se colocó tras ella en la enorme bañera, haciendo de respaldo para que Bella estuviera lo más cómoda posible. Bien podía entretenerse a bañarla con una esponja, pero se estaba demasiado bien sin hacer nada. Así que permanecieron en silencio unos minutos. Cada uno sumido en sus pensamientos. Claro, que tener a Bella desnuda delante de uno y no tocarla es de tontos, y definitivamente Edward podía ser cualquier cosa menos tonto. Como si tal cosa empezó a juguetear pasando un dedo por la curva inferior de un pecho; parecía algo casual, para que ella no le diera importancia. Otro leve roce en el cuello, en el hombro, un descenso suave y lento por la parte exterior del brazo y...vuelta a empezar. Ella permanecía recostada sobre él, con las manos apoyadas en el borde y sin darle mayor importancia a la caricia de Edward. Al fin y al cabo todo su cuerpo estaba siendo acariciado por el relajante baño. Poco a poco él paso de rozarla con un dedo a ir abarcando más piel y frotar el pezón, estimulándole sin más. O eso era su primera intención, pues pasó de algo casual a otra cosa mucho más sensual, ayudado con los suaves suspiros de ella. Estiró el otro brazo y sin dejar de estimular el pezón entrelazó la mano con la de ella, gesto que Bella agradeció regalándole otro murmullo aprobador. Llevó ambos manos unidas al estómago de ella y comenzó a tocarla. Evitando deliberadamente rozar su vello púbico, a la espera de ver cómo reaccionaba ella. Bella reaccionó, como era de esperar, ante un contacto tan ligero pero tan erótico a la vez. Se movió inquieta pidiendo algo más intenso. Y es que, aunque debía pararse a pensarlo con más detenimiento, cada vez que él rozaba su piel se encendía sin poder controlarlo.
—Edward...—murmuró ella sin poder aguantarse, la sensación de sus manos unidas tocándola era algo sumamente innovador a la par que estimulante.
—No hables —dijo él en su oído, y de paso aprovechó para mordisquearla en el lóbulo. Él entendía a la perfección cómo se sentía ella, pues se encontraba igual, cada movimiento de Bella rozaba su erección, tentándole a abandonar ese juego lento de provocación y pasar directamente a follársela sin miramientos. Pero si algo había aprendido hacía mucho es que, si bien un revolcón rápido puede aliviar a un hombre, no puede compararse jamás con la satisfacción y disfrute de dar y recibir placer sin preocuparse por el tiempo. Desde luego deja mejor sabor de boca. Y Bella se merecía la oportunidad de experimentarlo. Con las manos unidas, Edward fue bajando, y evidentemente a ella le encantó. Rozó sus labios vaginales y ella se tensó un poco, pues se estaba tocando a sí misma.
—Tranquila —murmuró él sin dejar que ella se soltara—, no pasa nada. No es malo acariciarse a uno mismo.
—¿No?
—No —aseguró él—, es hasta recomendable, puedes conocer tu propio cuerpo.
—Ah.
—¿Nunca antes te has tocado?
—No...bueno de pasada cuando...me aseo —dijo muerta de vergüenza.
—En contra de lo que te hayan dicho —Hizo que ella tocara su clítoris, guiándola, por supuesto—, o hayas oído por ahí, no es nada malo, incluso me atrevería a decir que es imprescindible.
—De esos temas no se habla.
—Me lo imagino —dijo haciendo una mueca. Hasta dónde podía influir la incultura...
—Cuando me tocas ahí...—Ella dio un respingo cuando presionó sobre su clítoris, esta vez con más fuerza, y él empezó a mover en círculos el dedo de Bella para que ella misma disfrutara con sus propias caricias— ...es...es.
—Este es tu clítoris —respondió él—, el punto quizás más sensible de tu cuerpo. ¿Notas cómo se endurece? —Ella asintió—. Presionando adecuadamente y frotándolo puedes alcanzar por ti misma el orgasmo.
—¿De verdad? —Parecía sorprendida, pero estaba claro que esa revelación era de su agrado.
—Sí.
—¿Y tú...tú te tocas?
—Sí —respondió con tranquilidad a la pregunta.
—Ah. —Bella se mordió el labio antes de formular la siguiente pregunta—. Entonces...no es necesario tener un amante.
Edward esbozó una sonrisa ante la ingenuidad de ella. —No se trata de una cuestión de necesidad. —Deslizó un dedo en su interior haciéndola jadear—. Es simplemente algo natural, bien para disfrutar en pareja —La mordió en el cuello—, o bien por puro placer personal. —Dejó de meterle el dedo—. Hazlo tú, como si fueran mis dedos, toca tu interior.
—Es...es extraño. —Ella, siguiendo sus indicaciones, así lo hizo—. Nunca...—jadeó fuertemente— ...pensé...que...fuera...así.
—¿Tan caliente? ¿Tan suave? —sugirió él con voz ronca.
—Tan bueno...—La sinceridad nunca está de más.
—Sigue tocándote, Bella. —Él, por su parte, estimulaba los pezones ayudándola—. Quiero ver cómo te corres por ti misma. — Bella no sabía si eso sería posible, pero se concentró. Ayudada por las palabras de él, el roce constante en su cuello, el agua acariciándola, su propia mano presionando los puntos más sensibles y el ambiente en general hicieron el resto. Puede que al principio se tocara con timidez, y sobre todo con la mano experta de Edward guiando el proceso e instándola a no abandonar, pero según fue cogiendo confianza, y a medida que su cuerpo iba agradeciendo las caricias, se mostró más atrevida. En todo momento se sintió arropad por el cuerpo de Edward, que no se despegó de ella ni un solo milímetro y que incluso después de correrse seguía tocándola y acunándola.
—¿Y bien? —preguntó él cuando Bella se giró para mirarle.
—Increíble —respondió con total sinceridad. El intentó disimular con un gruñido el dolor que le provocaba ella al moverse sobre su erección. Bella, una vez repuesta, quería verle a él. Así que se movió en la bañera despegándose de él y colocándose de rodillas para poder observarle de frente. —Ahora tú. — Edward quiso hacerse el tonto, pero bien sabía qué pedía ella. Solo había un pequeño impedimento. ¿Tenía en esos instantes la paciencia suficiente como para enseñarle a su esposa las bondades de la masturbación masculina? No.
—Tengo una idea mejor. Bella, — abierta siempre a cualquier sugerencia, puso cara de interés.
—Tú dirás.
—Si te soy sincero, ver cómo te corrías, sin apenas mi ayuda, me ha puesto en una situación complicada —mintió descaradamente, otra vez jugaba con ventaja—. No te preocupes, satisfaré tu curiosidad, pero creo que deberíamos aprovechar esto. —Agitó la mano moviendo el agua—. Y si eres tan amable de montarme, aprovecharemos las circunstancias para disfrutar los dos.
—Pero si yo ya he...
—Eso no importa, podemos matar dos pájaros de un tiro, ¿no te parece?
—Mmm, bueno. Pero que conste que me gustaría verte.
—Prometido. — Ella se colocó encima, no tenía ningún tipo de duda respecto a las promesas de Edward, pues hasta el momento todas las cumplía. Bella, muy sensibilizada, gimió con fuerza al sentirse penetrada. Ahora, distaba mucho de la sensación que alcanzó él cuando por fin se vio envuelto por el calor de su esposa.
—Balancéate —pidió él—, eso es, así, qué bueno. — Ella empezó su suave movimiento, absorbiéndole por completo y llevando en todo momento las riendas. No sabía si él deseaba ese vaivén lento, pero Bella tomó la iniciativa y se columpió con más brío, aferrándose a su cuello. Y por la expresión de Edward estaba claro que no ponía ninguna objeción. Esta mujer puede conmigo, pensó él encantado, puede que toda la situación técnicamente no fuera nueva para él, ahora bien, lo estaba disfrutando como si lo fuera. El entusiasmo de Bella no era fingido, ni producto del intercambio de bienes y servicios por una cantidad monetaria. Era puro placer.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó de pronto ella. Edward salió de su ensoñación sexual y la miró, estaba siendo un buen polvo, pero la exclamación de Bella parecía producto de otro asunto.
—¿Qué ocurre?
—El agua.
—¿El agua? —preguntó como un tonto. Cuando tienes a una mujer encima, con la que estás follando y de repente todo se detiene para decirte que en una bañera hay agua no sabes muy bien qué pensar. Siempre y cuando pensar sea una opción en estos casos.
—Sí, el agua, ¡estamos poniendo todo el suelo perdido de agua! — Edward cerró los ojos un instante. ¿En pleno acto ella se preocupaba de si el suelo se mojaba o no? Increíble pero cierto.
—Bella, no pasa nada —habló manteniendo la calma e intentando que ella reiniciara sus movimientos y se olvidase del maldito suelo.
—Pero a estas horas no vamos a molestar al servicio para que limpien este desaguisado.
—Les pago para eso —siguió mostrándose comprensivo aunque cada vez menos.
—Humm, no sé.
—Bella, por favor, ¿podemos continuar con lo que estábamos?
—Vale. — Gracias, señor, pensó él. —Aunque tendré que limpiarlo antes de acostarme.
—¿Limpiarlo? —Cielo santo, lo peor es que lo estaba diciendo en serio.
—Aja.
—Como quieras —claudicó él. Y a los diez segundos se dio cuenta de un detalle de vital importancia. Podía ser realmente interesante ver a su esposa limpiando el suelo, de rodillas, completamente desnuda. Mmm, interesante cuestión. Bella se movió inquieta en su cama. Pese a los intentos, muy buenos por cierto, de olvidar el desagradable encuentro con sus padres, ella no podía dejar de sentirse avergonzada. El permanecía dormido a su lado. Tras la experiencia acuática ambos decidieron, debido al desastre causado en el dormitorio de Edward, acostarse en el de Bella. A ella le encantaba esa sensación. Dormir sola resultaba aburrido, y tenerle acostado tras ella le infundía seguridad. Podía ser una tontería, pues toda su vida había dormido sola, pero como todo en la vida, acostumbrarse a las cosas buenas era lo más fácil.
Tumbada boca arriba, con las manos sobre su estómago, intentó conciliar el sueño por enésima vez, lo cual resultaba infructuoso, por enésima vez. Una mano ajena se posó sobre las suyas, en un gesto amable.
—¿Qué ocurre? —Edward habló en voz baja.
—No consigo dormir. A veces me pasa. —Podía estar diciendo la verdad, iodos en la vida sufrimos momentos de insomnio, claro que en esta ocasión se debía a la preocupación.
—¿Debo pensar entonces que no he hecho bien mi trabajo?
—¿Por qué dices eso? —Se giró para mirarle. Él estaba acostado de lado, aparentemente tranquilo.
—Mis intentos pasados por agua por conseguir que te relajes no han sido todo lo satisfactorios que yo pensaba. — Bella respiró profundamente antes de hablar.
—Puedes estar tranquilo. No has fracasado. Simplemente...
—No puedes dejar de pensar en ello, ¿me equivoco? No le respondió enseguida, no hacía falta. A veces el silencio es lo más elocuente.
—No quiero hablar de eso.
—Pues me temo que, a pesar de la hora, vas a tener que hacerlo —Edward entrelazó una mano con las de ella y se acercó más antes de preguntar—. No es la primera vez, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—Te ha pegado antes. —Parecía tranquilo, mas no lo estaba. No hace falta que lo digas en voz alta, Bella, por cómo has reaccionado y por cómo te ha zarandeado él, se ve a la legua que es habitual.
—No siempre, a veces...
—Joder, encima no le justifiques —interrumpió Edward, y al darse cuenta de la brusquedad de su tono la besó en la mejilla—. Es un hijo de puta y no pienso tolerarlo de ningún modo. Y menos aún en mi propia casa. — Bella se percató del enfado, por otra parte lógico, de Edward.
—Esa no es la cuestión. No siempre vas a poder impedirlo.
—Maldita sea, ¿por qué no? —Y no necesitó que ella le respondiera, las palabras de su suegro habían calado hondo en ella—. Pase lo que pase no tendrás que volver a la casa de tus padres. — Esas palabras podían representa» la luz al final del túnel, Edward estaba ofreciéndose a cuidar de ella, es decir mantenerla, de por vida. Ahora bien, no implicaba seguir junto él, así que, lo que en un principio era una noticia estupenda, a ella no le hizo sentir para nada tranquila.
—¿Y qué ocurre con tu reputación? —decidió olvidarse de ella misma, profundizar en ese asunto solo iba a causarle malestar.
—Mañana a primera hora hablaré con mi abogado. Le pago una fortuna, así que debería solucionarme todo sin apenas consecuencias —respondió con rotundidad.
—Pero no podrás evitar que tu nombre esté en boca de todos.
—Tu padre, y perdona por lo que voy a decir, tiene demasiados trapos sucios como para airearlos en público.
—Sí, pero está demasiado arruinado como para importarle. Si ensuciándose y de paso ensuciándote a ti consigue fondos...no creo que se detenga. — Quién mejor que ella para saberlo, se dijo a sí mismo.
—En fin, no le des más vueltas.
—Cansado de hablar, — la rodeó con los brazos y la pegó a su cuerpo.
—¿Edward, no estarás otra vez...? —Preguntarlo era, sin lugar a dudas, una gran pérdida de tiempo, pues al estar tan juntos sabía perfectamente si él Citaba o no otra vez preparado. No te preocupes, ignóralo. Ella se movió ligeramente, obedeciéndole, pero—...Si quieres... —
—Bella...—suspiró él, pues claro que quería, maldita sea— ...intentemos dormir un poco.
—De acuerdo. — Cinco minutos más tarde una mano pequeña de acariciaba la polla suavemente, pasando por alto la sugerencia de intentar dormir.
