Capítulo 29

—Veo que también has recibido las invitaciones. — Bella levantó la vista de los papeles que estaba revisando en la biblioteca y miró un instante a Alice. Habían quedado para dar un paseo juntas o cualquier otra cosa porque con ella nunca llegaba a saberse, pero Bella aún tenía pendiente trabajo, así que se estaba dando toda la prisa que podía en acabarlo.

—Deja eso —protestó—. Es la correspondencia personal de Edward.

—¿No te encargas tú de sus asuntos...personales?

—No leo su correspondencia personal, si te refieres a eso. Siempre espero a que él la revise.

—Pues me parece que tiene trabajo atrasado —respondió Alice levantando un sobre muy diferente al que normalmente se usaba para el envío de cartas.

—Está bastante ocupado últimamente, de todas formas se lo recordaré cuando le vea esta noche. Y deja de distraerme, así no acabaré nunca.

—Deberías asistir. — Bella puso los ojos en blanco. Estaba claro que cuando Alice quería hablar de algo no existía forma humana de pararla.

—Si es algo importante —empezó Bella con paciencia—, estoy segura de que Edward me lo hará saber. —Volvió de nuevo a sus documentos.

—Pero no hay casi tiempo, la fiesta es este fin de semana y necesitas el vestuario adecuado.

—Cualquier excusa es válida para salir de compras —murmuró Bella, pero su amiga la oyó y se echó a reír.

—Querida Bella, para esta fiesta te aseguro que el gasto en vestuario será escaso —dijo enigmáticamente.

—Querida Alice, ya hemos hablado mil veces sobre ese asunto. Ya tengo un guardarropa adecuado para la temporada. Seguro que encuentro algo idóneo.

—Lo dudo. Además por una mínima inversión puedes lograr grandes beneficios. — Bella jugueteó un rato con la estilográfica de Edward. Alice se dedicó a contemplar el estudio abarrotado de libros y documentos dejando que la curiosidad hiciera su trabajo.

—Está bien, me rindo. —Se recostó en el sillón y la miró—. Te mueres de ganas por decirme qué clase de fiesta es, quién asistirá, qué debo hacer, etcétera, etcétera. ¿Me equivoco?

—¿Sabes, querida? Conmigo ese sarcasmo que has copiado de Edward no te sirve.

—Dos que duermen en el mismo colchón...

—. Y ahora, puesto que confías tanto en tu querido Edward, pregúntale a él qué tipo de fiesta es.

—Te odio —dijo entre dientes.

—Todos me odian —aseguró Alice campechana—, es parte de mi encanto. Y ahora, ¿te queda mucho?

—Supongo que has recibido las invitaciones.

—Sí.

—Supongo que contaremos con vuestra presencia.

—No.

—Supongo que me estás ignorando.

—Sí.

—Y supongo que diga lo que diga no cambiarás de parecer.

—No.

—Pues estás hecho todo un cabronazo, si me permites decírtelo.

—Te permito decirme lo que quieras, impedírtelo no sirve de nada y además prefiero no seguirte el juego.

—¿Puedo hacer una pregunta personal?

—No.

—¿Sabes? Tu intento desesperado por ignorarme no me va a hacer desistir.

—Ya lo sé. Pero que por intentarlo no quede.

—Edward, deja de escurrir el bulto.

—¿Por qué narices no vas a ir a la fiesta del club?

—Porque, sencilla y llanamente, no me parece oportuno.

—¿Puedes ampliar tu respuesta?

—No.

—Me estás empezando a tocar los huevos con tanto monosílabo.

—Es lo que hay.

—Empezaré de nuevo. ¿Podrías...?

—Jasper, hazme un favor, las cosas en estos momentos no están para fiestas de ese tipo. Ahórrame la discusión, sigamos disfrutando del licor y cambiemos de tema, por favor.

—Pues no lo entiendo. —Jasper seguía en sus trece—. Ahora tienes la oportunidad de ir acompañado por tu mujer, de disfrutar de la noche, de daros un respiro. Estoy seguro de que a ella le encantará.

—Estamos a punto de ir a juicio contra su padre. ¿Crees que tengo cuerpo para una noche que sé cómo empieza pero no cómo acaba?

—Precisamente por eso. Aquí, en el club, nadie es quien dice ser. Puedes jugar al anonimato, a ser otra persona, a, simplemente, disfrutar viendo cómo se divierten los demás.

—Por supuesto tú acudirás el primero y no te conformarás con mirar.

—Amigo mío, la duda ofende —respondió Jasper sonriente—. Alice y yo ya hemos elegido nuestro atuendo.

—¿Atuendo? —se burló Edward—. En una fiesta cuyo tema es Roma no creo que haya que invertir mucho en ropa.

—Lo cual siempre viene de maravilla para mis propósitos. —Jasper arqueó la ceja sugestivamente.

—No puedo llevar allí a Bella. Ella no está acostumbrada a ese tipo de fiestas.

—Y como sigas así jamás se acostumbrará, ¿no crees?

—Bella no es como Alice.

—De eso ya me he dado cuenta. Pero tienes la fea costumbre de dar por sentado que tu esposa no puede disfrutar de una fiesta romana. Das por hecho que va a escandalizarse, lo cual, permite que te diga, solo me hace llegar a una conclusión. —Hizo una pausa para dar más efecto a su discurso y ver si Edward, picado en su amor propio, preguntaba, pero no lo hizo—. Eres demasiado estirado respecto a lo que la visión del mundo de tu esposa se refiere.

—Permite que te diga que la conozco mejor que tú —respondió Edward algo picado con los comentarios de Jasper.

—A mí me da la impresión de que mantenerla al margen de tus aficiones es algo absurdo.

—Esto no es como ir a pescar o a ver caballos.

—¡Claro que no! Es mucho mejor. Piénsalo. ¿Cuántas veces hemos hablado de ello?

—Demasiadas —murmuró con acidez. —¿Y cuántas veces hemos llegado a la misma conclusión?

—Estoy seguro de que me lo vas a decir.

—Imbécil. Sabes perfectamente que compartir una fiesta como esta con la mujer a la que amas es cien mil veces mejor que llevarte a la mejor puta de la ciudad. — Edward no podía estar más de acuerdo, en términos generales, por supuesto, pues si concretaba, en su caso, para ser exactos, aún le quedaban dudas. —Y hazme caso —continuó Jasper—, habla la voz de la experiencia.

—Hoy estás imposible.

—Solo intento que tu pobre esposa no se muera de aburrimiento en casa y que tenga la oportunidad de ver algo diferente.

—¿Y a ti qué más te da? —Jasper se encogió de hombros. —Llámalo altruismo.

—Ya —respondió escéptico.

Menos mal que las cosas, en el ámbito doméstico, habían cambiado. Más que nada porque si después de aguantar el tira y afloja con Jasper volvía a casa para encerrarse en su despacho, podía hasta sufrir una apoplejía. Claro que su vida conyugal, a pesar del cambio, era prácticamente un espejismo. Bella deseaba experimentar los placeres sexuales que él podía ofrecerle, ahora bien, sin implicaciones sentimentales. Y si bien para muchos hombres, en especial casados, podía resultar la respuesta a sus plegarias, para Edward no era más que otro fracaso. Quizás fuera la edad o la sensación extraña del matrimonio, pero lo cierto es que no podía ver su relación con Bella como la hubiera visto si se tratara tan solo de otra mujer, una de esas con las que mantenía un encuentro casual o bien arreglaba un intercambio de dinero por servicios. ¿Qué significaba eso? Que quizás se estaba metiendo en un jardín de rosas con demasiadas espinas. Dejó al mayordomo su bastón y su sombrero y caminó tranquilamente por la casa hacia su despacho. No le sorprendió ver luz ni tampoco a su esposa inclinada sobre el escritorio con cara de concentración. Se mantuvo en silencio, como un tonto, observándola, por el simple placer de poderlo hacer. Había que reconocerlo, si Bella pudiera abiertamente trabajar con él, muchos de sus colaboradores (eso sí, horrorizados ante la perspectiva de ver a una mujer en el consejo de administración), terminarían en la calle, y él disfrutaría bastante más de las maratonianas sesiones. Se aflojó el nudo de la corbata y los botones del chaleco. Puede que hubiera llegado la hora de mostrarle a Bella qué otras aplicaciones tenía una gran mesa de despacho. Caminó tranquilamente hacia ella, para no sobresaltarla, aunque en el último segundo decidió que primero bien podía servirse un licor.

—Te veo muy ocupada —comentó en tono casual sirviéndose una copa.

—Estoy tardando más de la cuenta con este último informe.

—¿Y eso? —Edward se situó tras ella y examinó por encima de su hombro los documentos. Así, además de lo obvio, podía acercarse y rozar su cuello si le apetecía, que así era.

—Algunos de tus empleados tiene una caligrafía horrible. Solo en descifrar algunas palabras...— suspiró cuando Edward la rozó con la nariz—. Y si encima me distraes...

—De acuerdo, nada de distracciones. —Edward se apartó—. Aunque...—dejó caer la última palabra con un tono sugerente. Ella se giró para mirarle. Por su expresión poco podía adivinar, pues él era un maestro a la hora de disimular qué le pasaba por la cabeza. Bella quería dejar finalizado el trabajo, pero la presencia de él no ayudaba, precisamente; por suerte Edward se alejó y empezó a echar un vistazo a otros papeles que estaban sobre el escritorio. Fue consciente en el momento en que él cogió el sobre al que Alice había hecho referencia; podía haberlo abierto, pero se reprimió. Él lo abrió intentando aparentar indiferencia, pero ella sabía que no era así. Después, como el que no quiere la cosa, lo dejó debajo de un montón de papeles. Cuando Edward volvió a mirarla se encontró a su esposa observándole fijamente. ¿Ya había visto de qué se trataba? Ella pareció avergonzada de mirarle así y volvió a sus documentos. Otra cosa muy distinta es que consiguiera hacer algo a derechas. Tenía que hacer cualquier cosa para distraerse mientras ella acababa su tarea. Y como un tonto se puso a mirar en los cajones del escritorio. Podía ordenarlos, cosa del todo inútil, pues si algo le gustaba a Edward era tener cada cosa en su sitio. Pero así sus manos estarían ocupadas y alejadas, de momento, del cuerpo de Bella.

—¿Buscas algo? —preguntó ella al verle abrir y cerrar los cajones.

—No —respondió distraído. Ella se encogió de hombros y volvió a lo suyo, es decir, a hacer como que estudiaba los papeles, pero sin dejar de pensar en otra noche intensa. Al llegar al cajón inferior, Edward vio algo que tenía allí escondido desde su regreso, ya ni se acordaba, pues dudaba que alguna vez lo fuera a utilizar. Sonrió traviesamente y cogió el paquete. Nadie lo había tocado, excelente. Aunque era como tener un explosivo entre las manos, se moría de impaciencia por parapetarse en su alcoba, echar todas las cerraduras disponibles y dejar a su imaginación que hiciera el resto. Por supuesto con la colaboración de Bella. —¿Te falta mucho? —preguntó él.

—Humm...no —mintió ella—, ¿por qué?

—Porque...—se detuvo pensando en cómo provocarla sin desvelar nada— me muero de sueño. —Qué gran farsante—. Y mañana tengo que madrugar.

—Ah, bueno, entonces ve, si quieres a acostarte. —Bella intentó parecer serena—. Ya subiré después.

Bruja. Aprendía rápido.

—No —respondió inmediatamente sobresaltándola. Bella le miró, de nuevo esa cara indescifrable, aunque empezaba a leer entre líneas. Se levantó, poniéndose la mano en los riñones, tantas horas sentada...Y si de paso arqueaba un poco la espalda...Y ya puestos...sus pechos tensaban más de la cuenta la tela de la camisa...

—Creo que tienes razón, es tarde. —Bostezó sin ganas—. También me iré a dormir. — Se dirigió a la puerta consciente en todo momento de que él iba a seguirla. Y así fue, lo que no entendió es por qué llevaba debajo del brazo una caja.


Hola! una disculpa por la demora.. pero estuve fuera de la ciudad estos días.. razón por la cuál no puede subir los caps..

Gracias.. a las hermosas lectoras que se toman el tiempo para dejar su comentario respecto a la Historia... y a los demás tambien por el simple hecho de tomarse el tiempo para leerla

Besos.. Happy Holidays!