Capítulo 30
Al llegar a la puerta de su dormitorio, Bella la abrió pero no se dio la vuelta. Le molestaba que él jugara de esa forma con ella. Si quería algo no tenía más que pedirlo. Entró tranquilamente y no le hizo falta girarse. Edward cerraba con llave y a los cinco segundos estaba pegado a su espalda. Su cuerpo se estremeció ante lo que podía llegar a ocurrir. Fuera lo que fuese, hasta el momento, no se había sentido defraudada.
—Desnúdate —susurró él lamiendo su oreja. A ella ese tono tan imperativo e impaciente la animó aún más.
—¿Y tú? —preguntó; si algo había aprendido de Edward era a no rendirse a la primera.
—Obedéceme y saldrás ganando. — ¿Obedecerle? Por supuesto que sí. ¿Quién iba a estar tan loca de no hacerlo? Ahora, lo uno no quita lo otro. Bien podía "obedecerle" a su manera. Bella se apartó unos pasos y comenzó a desabrocharse la blusa, tenía los suficientes botones para entretenerse. Siguió con la amplia falda, la cual dejó caer sin mucho arte, pero que en ese instante le daba igual, al menos si la expresión de Edward era un indicativo...Poco a poco fue descubriendo piel y tensando a Edward, a partes iguales, hasta que ya no hubo nada más que quitarse. Él permanecía de pie, sin quitarle el ojo de encima y aguantándose las ganas de tirarla sobre la cama y dejarse de parafernalias. Ahora, en pos de una noche inolvidable, había que hacer las cosas bien.
—Túmbate en el centro. Boca arriba. —Señaló la cama con un gesto y se quitó prendas de ropa hasta quedarse sólo con los pantalones y la camisa. Lo imprescindible. Ella caminó hacia el lecho e hizo lo que le pidió. Edward rasgó el papel marrón que envolvía la caja y frunció el ceño cuando no encontró algo que consideraba indispensable. Dio dos pasos y agarró las cortinas, tiró de los cordones con borlas que las sujetaban a los lados y comprobó la resistencia. Excelente. Bella no entendió cuáles eran las intenciones, pero se mantuvo callada. Él se sentó a un lado de la cama e hizo un repaso visual del cuerpo de Bella. Perfecto. —Echa las manos hacia atrás. —Bella acató la orden—. Muy bien. — Edward se estiró por encima de ella rozándola, quizás accidentalmente, los pechos con su torso mientras la agarraba de la muñeca y pasaba el cordón por detrás del cabecero con la intención de sujetar también la otra mano.
—¿Edward? —murmuró algo preocupada.
—Dime.
—No es necesario que me ates.
—Yo creo que sí.
—¿Por qué? Yo sí que quiero acostarme contigo —explicó con vehemencia—, no voy a escaparme ni a protestar ni a... —Él la cortó inclinándose hasta besarla con dulzura antes de hablar.
—No se trata de eso.
—¿Entonces?
—Espera y verás. — Esa respuesta no la dejó satisfecha, pues frunció el ceño y le miró esperando una explicación mejor, la cual no llegó. Porque él se agachó, cogió su corbata del suelo y se la anudó alrededor de los ojos, dejándola ciega.
—¡Edward! ¿Qué haces? —protestó ella agitándose.
—No tires así, te puedes lastimar. —Para intentar calmarla la besó de nuevo en los labios, ahora con más intensidad—. Y deja de contonearte, sino no podré concentrarme.
—Pero...
—Shhh. —Puso un dedo en sus labios para que se callara—. ¿Confías en mí? —Ella tardó un poco en asentir con la cabeza—. Valdrá la pena. — Una cosa era decirlo y otra hacerlo., Bella notó cómo él se alejaba. Al estar vendada evidentemente se agudizó su oído. Edward estaba desnudándose y ella se lo estaba perdiendo. Se mordió el labio. ¿Por qué tardaba tanto en tocarla? Oyó también cómo caminaba por la habitación y suspiró aliviada cuando le notó sentarse de nuevo en la cama. Él empezó a acariciarla en el estómago y Bella no sintió precisamente cosquillas. ¡Y no estaba haciéndolo con las manos!
—¿Qué...qué tienes en la mano?
—¿Te gusta? — Típico de él, responder con otra pregunta. Pensó en no responder, pero él sabía muy bien lo que hacía y estimuló sus ganas de hablar (entre otras cosas) bajando la pluma hasta su vello púbico.
—Sí —dijo en un suspiro ella—, me gusta...
—Separa un poco las piernas —pidió él, y ella esta vez no se hizo esperar. Resultaba extraño estar tumbada, atada y ciega, recibiendo unas atenciones increíbles pero, aunque extraño, en ningún momento podía rechazarlas. A este paso iba a descubrir más zonas sensibles en su piel de las que hubiera imaginado. La pluma no dejaba de moverse, el cosquilleo entre sus muslos era constante y demasiado intenso como para no agitarse. —Ten paciencia —murmuró él.
—Eso es fácil decirlo —respondió a duras penas—, ya me gustaría verte a ti en mi lugar. — Edward sonrió, pues claro que le encantaría invertir los papeles. ¿Cuándo? Ahora no iba a pensar en eso. „ —Edward...—murmuró ella contoneándose. Pero él no iba a ceder. Dejó de atormentarla con la pluma y buscó algo más interesante en su caja de juguetes. Bien podía ir probando con las bolas, pero ella, al estar tumbada, no recibiría adecuadamente la estimulación; otro día. Sacó un falso pene de cuero negro y después miró la entrepierna de ella. No, desde luego que no necesitaba lubricación. Y empezó suavemente a acariciar sus labios exteriores con la imitación fálica y ella se tensó de inmediato.
—¿Edward? ¿Qué...?
—Tranquila —respondió él en voz baja—, muchas mujeres disfrutan jugando a solas con un pene de cuero. Tú eres más afortunada.
—¿Ah, sí? —preguntó mordiéndose el labio, puede que el pene fuera artificial, pero la estimulación era muy real—. ¿Por qué?
—Porque...—Se lo introdujo despacio al mismo tiempo que iba girando para rozar todas sus terminaciones sensibles—...yo voy a disfrutarlo contigo. — Bella gimió con fuerza, intentaba no tirar de sus ataduras, lo cual era misión imposible. Edward combinaba perfectamente los movimientos rotatorios con su voz hipnótica para que ella se perdiera por completo.
—Pero tú... ¿cómo?
—Tranquila —susurró él.
—No...no...no entiendo...si me estás metiendo "eso", tú no podrás...bueno, hacer lo mismo con tu polla.
—Hay más formas de penetrarte —respondió sonriendo ante la preocupación de ella.
—¿De...de verdad?
—Aja.
—¿Cuáles? —preguntó rápidamente ella; podía estar en el séptimo cielo, pero sus curiosidad siempre iba por delante.
—Tu boca —respondió con sencillez. De momento tampoco iba a explicarse mucho más.
—De acuerdo...pero... ¿Y si no sale bien?
—Bella —Se movió en la cama hasta quedar de rodillas a un costado de ella para poder seguir masturbándola con el consolador y de paso mostrarle gráficamente su teoría—, abre la boca y desliza tu lengua, tus labios alrededor de mi polla.
— Despacio, ve acostumbrándote poco a poco. No lo fuerces.
—¿Entera?
—No, si no quieres. —Edward gruñó ante el primer contacto, y eso sin experiencia—. Joder, qué bueno. — Desde luego nadie podría decir que Bella no ponía voluntad en aprender. Claro que...una cosa bien distinta es que alguien llegara a ver a Bella en esa postura de sumisión total. Ese pensamiento le inquietó. Pasaban los días y a pesar de que cada vez estaban más compenetrados físicamente, ninguno de los dos expresaba en voz alta la intención de cambiar la situación. Bella seguía lamiéndole con más voluntad que arte, pero para él era tan intenso como la primera vez que le hicieron una mamada. Simultáneamente movía el consolador para que ella recibiera la estimulación necesaria. Si algo sabía Edward, es que una mujer siempre te la chupa mejor cuando está siendo acariciada. —Eso es, Bella —le animó él—, vas a correrte con mi polla en la boca. — A ella pareció gustarle la idea, pues se arqueó aún más y lamió con más fuerza. Edward también estaba a punto, lo sentía, no iba a aguantar mucho más. Ahora bien, ¿podría eyacular en la boca de su esposa? A ella podría parecerle desagradable, repulsivo. No era la primera vez que debía retirarse a tiempo.
Ella le tenía bien atrapado con sus labios y no parecía querer soltarte. Edward intentó separarse, en el estado en que estaba iba a correrse en cuestión de segundos, pero ella insistía en succionarle ávidamente, dejándole totalmente indefenso. No pudo soportarlo más y explotó, entre jadeos y gruñidos de satisfacción. Ella seguía moviéndose, cada vez de forma más incontrolada, estaba cerca y él tenía en sus manos la respuesta. Cambio de posición y, mientras seguía penetrándola, empezó a darle pequeños golpecitos sobre su hinchado clítoris hasta que ella gritó, se arqueó, tiró de las ataduras y al fin se relajó totalmente sudorosa sobre las sábanas. Edward, aún de rodillas, dejó a un lado el consolador, sin importarle dónde terminara (ya se ocuparía de eso más tarde), y se inclinó hacia delante para desatarla. Bella ni se movió. Le dio un suave masaje en las muñecas; con tanta excitación ella había tirado demasiado fuerte y tenía las marcas de los cordones.
—¿Edward? —murmuró ella mientras parpadeaba al verse libre de la venda.
—¿Sí?
—Me lo he tragado. ' - ,„ Él la miró sorprendido por la sencillez con la que hablaba. Puede que no tuviera la experiencia de otras mujeres, pero desde luego sabía normalizar las situaciones sin hacer aspavientos ni dramas.
—No pasa nada. —Edward se acostó a su lado y la atrajo hacia sí.
—¿Seguro?
—Seguro —concordó él. —De acuerdo, tenía que preguntarlo por si acaso, ya me entiendes. —Se acurrucó junto a él buscando una postura para dormir—. Lo que acabamos de hacer...—murmuró adormilada— ...siempre me sorprendes. Gracias. — Y él se quedó como un tonto en silencio, abrazándola sin más. Que ella le diera las gracias estaba de más. Joder, debía ser al revés. ¿Cómo explicarle a su esposa (sin parecer un tonto) que él era mucho más afortunado? No todos los casados podían presumir de tener a su lado una mujer como Bella. Definitivamente debía resolver esta situación temporal e intentar convertirla en permanente. Otra cosa muy distinta es qué opinaba ella. Pero Edward sabía negociar mejor que nadie y, si jugaba bien sus cartas, Bella y él podían ser un matrimonio sin una sombra que les amenazase.
