Capítulo 31
—Tienes que venir, tienes que venir, tienes que venir. — Bella puso los ojos en blanco, era la enésima vez que Alice se lo repetía. Estaban las dos tranquilamente sentadas en casa de Alice, sin otra cosa que hacer que pasar la sobremesa. Bueno, Bella sí tenía cosas que hacer, pero ante la insistencia de su amiga había claudicado y ahora se estaba empezando a arrepentir.
—Ya te he dicho que no hemos hablado del asunto.
—Pero Edward tiene las invitaciones, ¿no?
—Sí, aunque es cosa suya, si él no quiere que yo...
—Bobadas. —Alice se puso en pie para servir otras dos copas—. A Edward le encantan esas fiestas. Le he oído más de una vez quejarse porque no encuentra a nadie adecuado para acompañarle, ya me entiendes.
—Una pregunta, ¿qué pasa exactamente en esas fiestas?
—¿No te molesta saber que tu marido iba bien acompañado? —Alice quería ver la reacción de Bella.
—¿Y? Lo que él hiciera, evidentemente ya no tiene marcha atrás.
—¿Y si un día se acerca alguna "acompañante"?
—Deja de pincharme y responde. ¿Qué pasa en esas fiestas?
—Todo lo que tú quieras que pase —respondió con una enorme sonrisa—. Este año el tema es Roma. Imagínatelo...—Alice fue bajando el tono—. Puedes disfrutar tumbada en un diván simplemente observando. Puedes participar, si quieres, y elegir a un Dios romano...o dejar que tu dios particular se ocupe de ti.
—¿A la vista de todos? — Por el tono se podía pensar que estaba escandalizada, pero Alice supo que más bien era producto de la curiosidad.
—Sí, si así lo quieres. Hay salones privados donde se puede ver sin ser vistos, o abrir las cortinas para que te miren. Se puede hacer lo que tú quieras y —Alice movió las cejas sugestivamente—, con quien tú quieras. Invitar a quien te apetezca...
—Tú...—Bella tosió, aun sabiendo que con Alice se podía hablar abiertamente...—Bueno, ya me entiendes. ¿Participas o...? — Alice se echó a reír.
—Querida. —Se sentó junto a ella en el sofá—. Para saberlo tendrás que venir. — Bella frunció el ceño.
—No es justo.
—Convence a Edward. —Alice le brindó la solución más simple.
—No aprobaría que yo estuviera allí.
—Humm, no es precisamente un santo.
—No. —Bella ocultó su sonrisa—. Pero ya sabes que lo nuestro es algo así como un acuerdo temporal.
—¿Sabes? A veces me dan ganas de tirarte la copa a la cara. ¿Cómo puedes decir eso? Conozco a tu marido, y créeme, no hubiera aguantado ni una semana un matrimonio como el vuestro si no hubiera algo más.
—Pues, aunque yo no le conozca tan bien —respondió algo picada—, me parece que simplemente estamos llevándonos bien y de paso ambos disfrutamos.
—Voy a contarte un secreto—. Bella miró para otro lado. Cuando Alice se ponía pesada... —La mayoría de los matrimonios no tienen lo que vosotros tenéis. —Alice la miró seria—. Os entendéis perfectamente, sois compatibles sexualmente y no te desagrada la presencia de él. Conozco a más de una que huye despavorida de su marido en cuanto le ve.
—Ya, pero aun dando tu teoría por buena, falta algo, ¿no crees?
—Humm, déjame que piense...
—¡Nos casamos por obligación! —Bella se levantó—. Nos lo impusieron.
—Eso ahora no importa, podéis simplemente afrontarlo como una anécdota.
—¡No puedo! Dentro de poco Edward se enfrentará a un juicio contra mi padre. ¡Soy una especie de moneda de cambio! ¿No lo entiendes? Mientras estemos casados, siempre, siempre tendremos que vivir con la amenaza.
—¿No confías en Edward?
—¡No es cuestión de confianza! —respondió Bella enfadada.
—Tu marido sabe bien lo que se hace, ten en cuenta que no es de los que mete los pies en el río sin conocer antes la profundidad.
—Pero en este caso sí sabe a lo que se expone y sin embargo va a enfrentarse a ello. Y yo...me siento mal por él.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó Alice alarmada.
—Tanto si gana como si pierde su nombre quedará en entredicho...—dijo Bella, pero al ver la expresión alarmada de Alice se detuvo y la miró—. ¿Por qué pones esa cara?
—Querida, siento tener que decírtelo. —Bella odiaba cuando se ponía en plan misteriosa y daba rodeos para llegar a la meta—. Estás completa e irremediablemente...y que conste que sabía que iba a pasar...
—¿Qué ? ¿Qué? —interrumpió Bella impaciente.
—¡Ay! —Un suspiro teatral e innecesario por parte de Alice antes de continuar.
—¡Dilo ya, maldita sea!
—Uy, querida...esos modales...
—Alice...
—Estás enamorada de tu marido —añadió una enorme sonrisa a sus palabras.
—¿Enamorada? —Bella se quedó pensativa. ¿Podría ser?
—Totalmente. Y podría aventurarme a decir que eres correspondida.
—No puede ser. —Había una nota de tristeza en su voz—. Él...él...no puede ser.
—Todo lo que está haciendo, arriesgándose a perder su prestigio. Y te aseguro que nadie le ha regalado nada. ¿Lo hace porque sí?
—Me hizo una promesa. —Bella seguía sin admitir lo que para Alice era más que evidente—. Solamente está cumpliendo con su palabra.
—Querida, si únicamente esa fuera la razón. Y acepta de una vez que tu marido es el negociador más hábil que conozco. Hace tiempo que hubiera solucionado este asunto sin que tú te enterases.
—Eso no quiere decir nada...
—Está bien. Niega la evidencia, pero luego no te quejes. —Alice empleó un tono de fingida indiferencia, a ver si de ese modo Bella entraba en razón—. Lo tienes al alcance de tu mano, habla con él y saca tus propias conclusiones. — Saca tus propias conclusiones. Esa frase no dejaba de darle vueltas en la cabeza mientras caminaba de regreso a casa. Había preferido ir paseando para despejarse un poco. Cada vez que pasaba más de media hora en compañía de Alice, terminaba agotada mentalmente. Ahora bien, prefería eso a quedarse en un saloncito tomando un insípido té y oyendo los aburridos comentarios de señoras sin otra cosa que hacer que arreglar la vida de los demás. Bueno, siendo sinceras, Alice parecía querer arreglar la suya y la de Edward. Pero esa era otra historia. ¿Y si era cierto? No tenía experiencia para saberlo, pero... ¿todos los hombres respondían igual ante una mujer que les planteaba un encuentro sexual? Podía ser. Lo que sí tenía claro es que Edward podía haberla dejado a un lado tras su primera noche. Pero volvía la menor oportunidad. Podía haber pasado por alto sus promesas, pero se estaba jugando todo por ella. Ahora que ya no era virgen bien podía haber puesto en práctica su idea de tener un amante. Pero le buscaba a él. Le deseaba y... —Deja de pensar ahora en eso —se reprendió. Iba por la calle y sentía un cosquilleo entre sus muslos del todo inconveniente. Edward le había dicho que podía satisfacerse a sí misma. Pero...le prefería a él. Se detuvo en medio de la calle y buscó algún sitio donde sentarse. En ese estado no podía andar por ahí. Terminaría perdiéndose. ¿Cómo el simple hecho de pensar en Edward hacía que se pusiera tan caliente? Y aunque intentaba controlarse, no pudo. La gente que pasaba por delante iba a lo suyo, menos mal. Nadie podía intuir, ya que estaba perfectamente sentada y perfectamente vestida, lo que le rondaba por la cabeza, y lo más inquietante...esa sensación de necesitar desesperadamente algo. O mejor dicho, a alguien. Por mucho que le costara admitirlo iba a tener que hacerlo. Se había enamorado de su marido. Algo que no debía suceder. Algo que iba traerla por el camino de la amargura. Pero por el momento bien podía disfrutar de su extraña relación conyugal.
—¿Señor Cullen?
—¿Sí? ¿Qué ocurre, Thompson?
—Su esposa, señor. Desea verle. —Edward se puso inmediatamente de pie, buscó su reloj de bolsillo y comprobó la hora. Muy extraño. ¿Qué era tan importante para que Bella apareciera en su despacho? ¿Había olvidado algún compromiso? Frunció el ceño, rara vez pasaba tal eventualidad, además tenía a su fiel secretario para tal menester. Bella entró y se le borraron todas las dudas. Estaba allí, frente a él. Mirándole sin decir una palabra.
—¿Desea tomar algo, señora? —El secretario, servicial como siempre, interrumpió el silencio.
—No, muy amable, Thompson.
—Si no desean nada más...
—No, gracias —le despidió Edward. Bella avanzó hasta situarse en frente de la gran mesa del escritorio. Seguía impresionándola, después de todo. Y más aún ver a Edward tras ella. Olvídate de la mesa, se reprendió. No estás aquí por eso. —¿Ocurre algo? —preguntó preocupado al ver la extraña expresión del rostro de su mujer.
—No —Bella se mordió el labio—. Sí —desvió la mirada—. No. Bueno sí—. Caminó hasta situarse frente a él, cerró los ojos un momento antes de continuar.
—¿Bella? Aclárate, por favor. —Él la cogió por los hombros, con ella podía ser cualquier cosa...un nudo se le formó en el estómago. ¿Y si estaba enferma? Por la cara que tenía...
—Ya sé que acordamos que no viniera a tu despacho, pero...
—Bella, si es algo urgente puedes venir siempre que quieras. Dime, ¿qué te pasa?
—No es muy urgente, podía haber esperado hasta esta noche pero...
—Bella...
—Yo...me da vergüenza...—Escondió la cara en su cuello, estaba roja como un tomate.
—Si no me lo dices no podré ayudarte.
—Estoy caliente —dijo en voz baja. Edward creyó no haber oído bien; al hablar contra él la voz quedaba amortiguada.
—¿Qué has dicho? —preguntó con suavidad, intentando que su mente no le jugara una mala pasada.
—Pues...eso. —Bella seguía escondiéndose—. No sé lo que me ha pasado, iba caminado hacia casa y de repente...por eso estoy aquí.
—Joder...—murmuró sin poder creérselo.
—Lo...lo siento. Es la primera vez que me pasa.
—No te disculpes por eso. Jamás. —Edward estaba a punto de saltar de alegría, pero se impuso la prudencia.
—Yo...no sabía qué hacer. Me dijiste que podía satisfacerme sola pero...me parece algo tan...aburrido.
—Bella. —Edward la obligó a mirarle—. Siempre, ¿me oyes? Siempre que quieras estaré a tu disposición. Y ahora...—De un salto la sentó sobre su escritorio y metió las manos bajo su falda hasta llegar a la parte superior y descubrir que ella ya venía preparada, sin rastro de ropa interior—. Veo que verdaderamente estás necesitada. —Ella asintió—. ¿Y preparada?
—He pasado por casa.
—Excelente. Échate hacia atrás.
Ella se dejó caer hasta reclinarse completamente sobre la gran mesa y Edward empezó a subirle las faldas hasta la cintura, desnudándola de cintura para abajo. Al estar tumbada solo podía ver el techo y la enorme lámpara que colgaba. ¿Por qué Edward tardaba tanto?
—¿Edward?
—Tranquila, ya voy. —Lo cierto es que estaba anonadado, perdido, excitado e impaciente. Joder, solo Bella podía acudir a su despacho y proponerle algo así. Antes de desabrocharse los pantalones se inclinó y la besó entre las piernas—. Estás muy caliente —murmuró contra su piel. Bella resopló, a esa conclusión ya había llegado por sí misma y era el motivo de encontrarse allí. Edward se situó entre sus piernas y, para afianzarla mejor, la hizo doblar las rodillas y apoyar el talón en el borde. Ella no protestó por eso.
—Date prisa.
—Querida —había una nota de humor en su voz—, las cosas hay que hacerlas...bien. —Y de un solo movimiento la penetró.
—Por fin...—jadeó ella cerrando los ojos, dejándose llevar, sin hacer nada, dejando que él se moviera a su antojo. Y él pareció entenderlo a la primera porque no paró ni un instante. Se lo dio todo. Lo único que lamentaba era no poder desnudarla de cintura para arriba y mordisquear esos tentadores pezones que sabía que escondía y que seguramente estaban bien tiesos. Se inclinó un poco más para besarla y ella le aceptó encantada, agarrándose instantáneamente a sus hombros, pegándole a su cuerpo. Pidiéndole con palabras que no la soltase, que la sostuviera y que disfrutara tanto como ella. Ambos estaban tan inmersos follando que no se percataron de un pequeño detalle. Cuando por fin ambos estaban satisfechos, empezando a respirar con un mínimo de normalidad y mirándose como si no se creyeran lo que acaba de pasar, oyeron unos aplausos.
—Debo decir, querido amigo, que tus visitas de esta tarde sin duda han sido más productivas que las mías.
—Joder, Jasper —Edward intentó tapar a su esposa rápidamente y de paso abrocharse los pantalones—. ¿No sabes llamar a la puerta?
—¿Para qué? —Sin duda se lo estaba pasando en grande—. Además, ¿cómo sabes que no lo he hecho? — Bella, avergonzada a más no poder, trató de incorporarse pero le fallaron las piernas. Edward acudió al rescate y, por supuesto, todo un caballero de la aristocracia como era Jasper, también estuvo atento.
—No hace falta tu ayuda —gruñó Edward.
—Querida mía —obviando por completo el comentario de su amigo cogió la mano de Bella y, como si de una recepción se tratara, la besó en los nudillos—, estás preciosa, como siempre.
—Ya basta. —Edward tomó cartas en el asunto.
—¿No puedo saludar a tu esposa como es debido? —alegó con todo el cinismo posible. Edward tocó la campanilla para llamar a su secretario. Por el momento solo le ordenó que buscara un transporte para llevar a Bella a casa. Más tarde le daría severas instrucciones para dejar pasar o no a cualquier visita.
Jasper, sonriendo como un tonto, abrió la puerta para que saliera Bella y después miró a Edward.
—Vaya, vaya, vaya. —Se acercó hasta él y le palmeó en la espalda—. Veo que has roto una de tus normas más arraigadas.
—¿Qué norma? —preguntó molesto tras sentarse en su sillón. Jasper era experto en tocar la moral, con lo a gusto que se había quedado tras su interludio sexual con Bella.
—La de follar sobre este...—Golpeó la enorme mesa— ...santuario familiar. —Dicho eso se echó a reír a carcajadas.
—Vete a tomar por...
—¡Eh, cuida tu vocabulario! A mí me parece estupendo eso de follarse a la esposa de uno en el trabajo. Solo he hecho una observación.
—Podías haber hecho notar tu presencia, joder.
—¿Y perderme lo mejor? —Negó con la cabeza—. Ni hablar. Y aunque te moleste haré otra observación: no es la primera vez que te veo follar, así que ahórrate el discurso mojigato.
—No era una puta, joder, era mi esposa —protestó.
—Más a mi favor, la prostitución está mal vista, las relaciones conyugales no —alegó aplicando vaya usted a saber qué lógica. —Cambiemos de tema, si eres tan amable. ¿Para qué estás aquí?
—Si te soy sincero, para nada en particular. —Jasper seguía con el tonito—. Simplemente eres el único con el que puedo hablar libremente y...—Se encogió de hombros—, me apetecía charlar un rato.
—Ya —dijo Edward escéptico.
—Está bien, sentí curiosidad cuando oí que tu mujer había venido. —La expresión de Edward cambió y Jasper se apresuró a añadir—: No es lo que estás pensando.
—Más te vale —dijo entre dientes.
—Ah, y otra cosa, aunque no sé si te mereces que me preocupe por tu bienestar.
—Hazme un favor, ahórrate las divagaciones, di lo que tengas que decir.
—Desagradecido. Está bien, ayer coincidí con un abogado experto en casos como el tuyo, herencias y esas cosas. Le comenté, sin dar nombres, tu caso, y me prometió estudiarlo.
—No tengo tiempo para eso.
—No perdemos nada, ¿verdad?
—Yo no estaría tan seguro.
—Mira, pase lo que pase, Alice y yo te apoyaremos hasta el final. —Ahora Jasper hablaba con seriedad, sin rastro de cinismo—. Tanto a ti como a Bella. Ese hijo de puta tendrá que soportar carros y carretas para poder salirse con la suya.
—Pero hay una gran diferencia entre él y yo.
—¡Desde luego! Tú eres alguien de fiar.
—No, él no tiene nada que perder.
