Capítulo 33
Bella no sabía dónde mirar. Mirase donde mirase veía a gente en distintos grados de desnudez, en distintas posturas y en distintas combinaciones. No podía haber imaginado que la gente se comportara de esa forma y a la vista de todos. Y para mayor desconsuelo, ella estaba excitadísima, pero permanecía inmóvil. A saber qué estaba pensando Edward de ella. Y ahí tenía otro frente abierto. No había dicho nada. Sabía que de vez en cuando la observaba de reojo y manteniéndose impasible, tal y como era su costumbre. Le conocía lo suficiente para saberlo. Quería salir de allí y acabar de una vez por todas con esa incertidumbre. También quería disfrutarlo, pero le parecía poco menos que bochornoso que una mujer estuviera allí y mucho menos querer pasarlo bien. Y para más inri le había engañado y acudido en compañía de la conspiradora número uno, también llamada señora Smith. Y no solo eso, además Edward apareció cuando otro estaba tocándola. De forma bastante inocente, a juzgar por lo que hacían otros invitados, pero por la mirada reprobadora de su marido, no debía ser tan inocente. Se colocó por enésima vez el antifaz y procuró esperar, respirando lo más sosegadamente posible. ¿Por qué se estaba conteniendo? Maldita sea, era su mujer, estaba allí, prácticamente desnuda, y podía tumbarla en el cómodo diván y explicarle que no solo se trataba de mirar. Por muy excitante que fuera. A decir verdad ya no estaba enfadado, pues si analizaba la situación quizás la intervención de Alice le servía para hacer algo que él deseaba. Y que hasta la fecha no se había atrevido a sugerir. Puede que Bella, en la intimidad de su dormitorio, accediera a ciertas prácticas, pero en público era otro cantar. Aunque tampoco se debían preocupar mucho por "ese público", pues a esas horas ya nadie estaba únicamente mirando. Muchos ya se habían retirado a las habitaciones privadas y los que aún deambulaban por el salón estaban a lo suyo o demasiado bebidos como para molestar. Observó cómo Bella abría la boca, aunque después intentara disimular, cuando se formó un trío de hombres, no muy lejos de donde estaban. Los gemidos de los participantes llegaban con nitidez. Ella volvió a removerse, evidentemente nerviosa.
—¿Te excita? — Bella se sobresaltó al oír a Edward hablándole al oído. Esperaba algún tipo de reprimenda o simplemente obviarla con su silencio. Nunca esa voz tan insinuante. ¿Debía responderle? ¿Debía responderle la verdad? Miró de nuevo al trío, no podía evitarlo. Estaba muy excitada, demasiado excitada. Sólo asintió. ¿Para qué ocultar la reacción de su cuerpo? —¿Alguna vez habías visto algo así? — Ella negó con la cabeza. Edward sabía que era altamente improbable que su esposa hubiese contemplado un espectáculo así, pero quería comprobar cada reacción de Bella y por esa razón estaba llevando a cabo este absurdo interrogatorio. —Dime, Bella —continuó Edward acercándose cada vez más—, ¿estás acalorada? —Ella asintió—. ¿Húmeda? —Ella asintió—. ¿Necesitas algo? —Ella asintió—. ¿Qué, exactamente?
Los gemidos de quienes habían tenido más suerte que ella y no debían soportar a un esposo con ganas de charla, llegaban a sus oídos, excitándola aún más. De acuerdo, ella debía haber hecho las cosas de otro modo, pero no tenía por qué soportar a Edward de un humor extraño.
—¿Estás enfadado? —preguntó apartando la vista del espectáculo y mirándole directamente a los ojos. Él tardó unos instantes en contestar, pues el rostro de Bella, cubierto a medias con un antifaz, era realmente excitante. Ya tenía otra imagen que archivar en su memoria.
—¿Debería estarlo? —Edward, yo no quería mentirte pero... —Sinceramente, ahora ya no importa, ¿no crees? — Ella asintió aliviada.
—Será mejor que volvamos a casa.
—¿De verdad deseas volver a casa, Bella? — Por supuesto que no, maldita sea. Estaba allí, disfrutando de la vista. ¿Podría también disfrutar de otra forma? Negó vehementemente; con un poco de suerte Edward pasaría a la acción. Para comprobar hasta qué punto él podía, o no, estar dispuesto a complacerla, colocó la mano sobre su muslo, lo suficientemente cerca de su entrepierna para que él no confundiera sus intenciones. Le oyó respirar profundamente, y, como ella, estaba excitado, solo con una diferencia: a él se le notaba mucho más. Bella se mordió la lengua, Edward la rodeó con el brazo pegándola completamente a su cuerpo y, con deliberada parsimonia, empezó a rozarle el cuello con los labios. Iba demasiado despacio, esa fase podía saltársela. Para indicárselo subió su mano hasta rozarle la erección, si con eso no se daba cuenta... —¿Tanta prisa tienes? —murmuró él, y Bella estuvo a punto de arrearle al notar cómo se reía oculto en su cuello. El siguió jugueteando, como si tal cosa, sin prisas, y Bella comprendió que ese era su castigo. —Háblame, Bella, dime qué te excita de lo que estás viendo —pidió él sin abandonar su piel, y para que ella no protestase por ir tan despacio, empezó a estimular un pezón por encima de la tela—. Descríbeme lo que ves.
—Están...—Quería hablar pero no podía. Y no solo porque las suaves caricias de su marido la estaban desquiciando; simplemente sentía vergüenza si utilizaba las palabras exactas para narrar lo que veía.
—¿Qué, Bella?
—Edward...—suspiró dejándose acostar en el diván y esperando a que las manos de su marido pasaran a mayores. Ella se lo estaba poniendo fácil, con la escasa vestimenta y la evidente disponibilidad para ser tocada allí mismo. Pero por alguna razón Edward no quería llegar muy lejos allí, a la vista de todos.
—Yo no puedo ver lo que está pasando, cuéntamelo —insistió él.
—El...el hombre de en medio parece disfrutar...bastante. —Como definición dejaba mucho que desear—. Pi...pide más.
—¿Qué exactamente, Bella? —murmuró contra su piel.
—Pa...parece ser que el hombre que tiene detrás no va lo suficientemente rápido. —Bella lo dijo esperando que su marido se diera por aludido.
—¿Y qué le está haciendo? — Ahora Edward, tras dejar el pezón derecho completamente tieso, pasó al izquierdo, con la firme intención de torturarlo del mismo modo.
—Le está...le está...
—¿Sí?
—Penetrando —dijo muerta de la vergüenza; nunca imaginó que se pudiera hacer algo así. Pero enseguida se activó su lado lógico—. ¿No le duele? — Edward se rio socarronamente contra su piel, ella debía sentirse molesta, pues no tenía la experiencia de él y era lógico hacerse preguntas.
—¿Crees que le duele? —preguntó él. Lo cierto es que este jueguecito se le estaba yendo de las manos, Bella estaba a punto y él por supuesto también.
—Supongo que no. —Bella inspiró profundamente antes de continuar—: El que está delante no deja de...—tragó saliva antes de decirlo— metérsela en la boca y...—no podía continuar, a pesar de que Edward solo la rozaba ella estaba tan a punto que hilar frases completas no era posible.
—Sigue, Bella. — ¡Como si fuera posible! En esos momentos en lo que menos pensaba era en qué hacían o dejaban de hacer quienes estaban a su alrededor, que cada uno disfrutase a su manera. Ella únicamente necesitaba que Edward acelerase de una vez. El trío de hombres que podía ver desde su privilegiada posición seguía a lo suyo; evidentemente no era la primera vez y Bella se preguntó si un día ella acabaría así, desinhibida totalmente, disfrutando sin importarle el resto. Estaba tan excitada, caliente, ansiosa y de tal forma tumbada en el diván, que lo que menos esperaba es que él se incorporase, dejándola sorprendida (y no gratamente) cuando hizo señas a un camarero. Se apoyó sobre los codos, enderezó el antifaz (a saber cómo lo llevaba después del manoseo de Edward) y le miró sin comprender.
—Pe...pero, ¿tienes sed? —le preguntó. Él la miró de reojo, con media sonrisa en la boca, pero no le respondió. Se puso de pie para hablar con el camarero, el cual, por cierto, ni se inmutaba.
—En vista de que aquí no hay nada interesante —dijo él tras hablar con el camarero, e hizo una pausa mientras la ayudaba a levantarse—, será mejor que nos vayamos. — ¿Ahora? ¿Ahora nos vamos?, quiso gritarle. Pero fue imposible, él la agarró del brazo y, sin muchas contemplaciones, empezó a caminar con ella a remolque. Enseguida se dio cuenta de que no caminaban hacia la salida (menos mal) y que se dirigían a otra parte del club que no conocía pero se parecía mucho a un hotel. Caminó detrás de Edward, no se oía ningún ruido y apenas había luz. Lógico, pensó ella, aquí la discreción lo es todo. ¿Qué pasaría si te encuentras a tu vecino? Bella se rio antes ese pensamiento. Edward la miró por encima de su hombro sin comprender. Pero ahora solo podía pensar en una cosa: llegar cuanto antes a la habitación y beber champán. Bueno, en dos.
Cuando ya estaban dentro, Bella se quedó boquiabierta, y no era precisamente ante el tamaño descomunal de la cama, sino porque al fondo, en vez de haber una pared, como dicta la lógica, había un gran ventanal desde el que se podía ver la sala que acaban de abandonar. Y entonces saltó la alarma.
—Edward...—murmuró señalando con un gesto el motivo de su preocupación. Él lo entendió a la primera y se acercó rápidamente a un lado para correr una espesa cortina que les daría privacidad. Bella suspiró aliviada. Pero el suspiro de alivio le duró un segundo al ver entrar al camarero sin llamar a la puerta. Como si estuvieran en un salón de té, dejó la cubitera a un lado y se marchó. Todo en silencio. Bella, que ya no sabía qué más podía sorprenderla, se acercó para servir el champán, algo tenía que hacer para serenarse, aunque no sabía si iba a ser capaz de servir dos copas sin derramar la mitad. Entonces miró a ambos lados de la cubitera y frunció el ceño.
—Se ha olvidado de las copas.
—No son necesarias —dijo enigmáticamente él mientras se quitaba la chaqueta y el chaleco antes de situarse tras ella y pegarse a su espalda.
—Yo creo que sí... — Bella no pudo continuar la frase; Edward, en un visto y no visto, la rodeó con los brazos, sus manos abarcaron sus pechos, pegándola a él, y empezó a mordisquear su cuello sin compasión. En respuesta frotó su trasero descaradamente y con ello pudo comprobar algo que ya sabía. Las manos de él trabajaban sin descanso, primero apartaron la incómoda e inoportuna tela para después poder tirar de sus pezones sin barreras de ninguna clase. Ella se dejó caer hacia atrás dejando que él sujetara todo su peso y al mismo tiempo facilitándole sus maniobras. Una mano siguió torturando el pezón derecho, ya de por sí tieso; ella no se dio cuenta de las maniobras de su marido pero lo cierto es que... —¡Edward! —exclamó ella sobresaltada al sentir algo sumamente frío sobre su ombligo. Entonces abrió los ojos y miró hacia abajo. Él sostenía entre sus dedos un trozo de hielo con el que frotaba su piel, humedeciéndola y haciendo que las pequeñas gotas resultantes del deshielo bajasen hasta su entrepierna. Pero como era de esperar, no se conformó con la tediosa espera del deshielo, sino que movió el cubito hasta situarlo en sus labios vaginales y ella le clavó las uñas en el antebrazo.
—Estás muy caliente —murmuró—, necesitas algo así. — Ella no podía negar la evidencia y en ese lapsus él encontró su hinchado clítoris, el cual procedió a enfriar. Ella se agitó en respuesta, las sensaciones eran contradictorias. Por un lado la fricción de un punto tan sensible y por otro lado el frío, hacían que Bella no pudiera parar de moverse.
—Ya no estoy tan...caliente. —Era una verdad a medias, pero consiguió que Edward dejara de enfriarla. Edward la situó frente a él y la observó unos instantes antes de desnudarla por completo, tarea que le llevó apenas treinta segundos. Ya había tenido ocasión de contemplar el cuerpo desnudo de su esposa, pero le seguía gustando, quizás debía convencerla para que posara más a menudo, solo para él, por supuesto. Cuando todo acabase, porque no cabía otra posibilidad, sería un excelente recuerdo.
La guió hasta la cama, apartó la colcha y la tumbó en medio. Empezó por quitarse los zapatos de un puntapié y se fue desnudando, ella también tenía derecho a recrearse la vista, cosa que estaba haciendo.
—No, no te lo quites —pidió él cuando Bella se llevó las manos detrás de la cabeza para soltar el nudo que mantenía sujeto el antifaz. Agarró con una mano la botella de champán, se posicionó en la cama y sin dejar de mirarla, derramó sobre sus pechos el líquido.
—Pe...pero, ¿qué haces? — Bella, sobresaltada, se medio incorporó y miró con expresión interrogativa a su marido para después observar sus pechos mojados.
—Beber champán —respondió con toda lógica, y se inclinó para esperar que el champán fuera bajando por su cuerpo hasta llegar a su coño y probarlo allí. Claro que Bella estropeó su plan, pues al moverse desvió la trayectoria.
—¿Lo dices en serio?
—Quédate quieta, Bella. —Vertió de nuevo el champán y esta vez...tampoco, pues ella quería verlo y se incorporó sobre los codos.
—Perdón —dijo ella escondiendo su sonrisa tras la mano. Se tumbó de nuevo y esta vez se mostró más cooperativa, separando bien las piernas y manteniéndose todo lo inmóvil que podía. Y él, por fin, pudo combinar el mejor champán con el sabor de Bella. Siguió haciéndolo, vertiendo el líquido y, tras dejar que se deslizara por el cuerpo de ella, calentándolo con su piel, bebía justo cuando llegaba a su entrepierna; claro, que siempre se le escapaba algo. Ella, como siempre, no facilitaba las cosas, pues incluso llegaba a reírse tontamente cuando él hacía más ruido del necesario al recoger con la lengua el champán y rozando su sobreexcitado clítoris en el proceso. Tenía que reconocerlo, hacer cualquier previsión con Bella, en lo que a relaciones sexuales se refería, estaba abocado al fracaso, pues ella se encargaba con su espontaneidad de llevarle a su terreno. Quería enseñarle algo distinto y, si bien ella no se negaba, tampoco se mantenía lo quieta que él necesitaba para llevar a cabo sus planes. Pero siguió afanosamente su labor, sus protestas, amortiguadas por los labios vaginales de ella, solo retrasaban su cometido, pues ella se reía y se quejaba porque él le estaba haciendo cosquillas. Desagradecida... Hasta que prácticamente vació la botella, dejando la cama empapada pero a Bella satisfecha.
—¿Queda champán? — La pregunta de su mujer, que no se esperaba, le hizo incorporarse sobre un codo y levantar la vista para mirarla a los ojos; esperaba que ella tardase un poco más en reaccionar.
—No. —Mostró la botella vacía. Ella hizo un mohín, evidentemente desilusionada.
—¿En casa tenemos? — Edward arrugó el entrecejo, no conocía la afición de su esposa por esta bebida en particular.
—Supongo que sí, en la bodega. —Le picó la curiosidad—: ¿Por qué? — Ella le sonrió con picardía y se incorporó sobre sus rodillas para rozarle los labios antes de responder.
—Yo también tengo mucha sed. —Y acto seguido le agarró la polla. Él cayó fulminado y estalló en carcajadas.
Una disculpa por la demora.. ! Gracias por sus reviews, Alerts, follows and favs!
