Capítulo 34
Acostumbrada a un horario, Bella parpadeó, debía levantarse y dedicarse a sus quehaceres, pero su cuerpo no respondía. Sentía esa languidez propia de una noche agitada. Se movió de nuevo en la cama y poco a poco fue despertándose. Al abrir los ojos fue consciente, simultáneamente, de dos hechos importantes. El primero, no estaba en su alcoba. Eso tenía explicación, así que no era preocupante. El segundo hecho era...inesperado. Edward estaba junto a ella, dormido, con la sábana enredada en sus pies, por lo que el adjetivo desnudo no resultaba excesivo. Pero sí resultaba extraño que él se hubiera quedado. Desde el primer día que despertaron juntos, y tras el incidente con Theresa, Edward siempre se marchaba a primerísima hora; Bella lo entendía, su trabajo era así, aunque deseara lo contrario. Y ahora le tenía allí, a su disposición. No quería nada extraño de él, solo poder observarle así, relajado. Después de lo ocurrido la noche anterior no podía exigirle más. Ese pensamiento la hizo sonreír y sonrojarse al mismo tiempo, hasta que...se dio cuenta de algo...con la inesperada aparición de Edward se había olvidado de Alice. ¿Qué había sido de ella? ¡Ay, Dios! ¿Qué pensará? ¿Qué explicación darle? En cuanto le fuera posible acudiría a su casa y se disculparía. Pero ahora debía pensar en otra cosa, en disfrutar de la simple sensación de despertarse junto a Edward. Ya era inútil negar lo obvio, estaba enamorada de él, loca y perdidamente. Alice tenía razón y ella había tardado demasiado en admitirlo, lo cual resultaba un caso de lo más extraño, pues en cualquier otro matrimonio la obligación de seguir casado era como una condena perpetua, gustase o no a los implicados. Bien, ese no era su caso. Su matrimonio tenía fecha de caducidad. Disfruta el momento, se dijo a sí misma. Levantó la mano y con cuidado le acarició el rostro, algo áspero, como corresponde a un hombre que aún no ha tenido la oportunidad de afeitarse. Siguió con su exploración táctil y llegó al cabello, así, tan despeinado, nadie diría que era el director de uno de los bancos más influyentes del país. Cosa que a ella, en esos momentos, le daba igual. Él se movió y ella dejó de acariciarle, no quería perturbar su sueño.
—¿Por qué te detienes? —la voz somnolienta de Edward le sorprendió. Volvió a tocarle, lentamente, quizás una caricia simple, pero para ella estaba cargada de sentimientos. Se entretuvo así durante un buen rato. —Me gusta —dijo él, cambiando de posición en la cama, con lo cual reveló que se estaba despertando completamente. Bella, que se había percatado, siguió a lo suyo.
—Es extraño —comenzó ella sin dejar de tocarle.
—¿El qué?
—Que estés aquí. —Esta frase estaba impregnada de un deje de melancolía. A Bella le hubiera gustado despertarse así todas las mañanas. Evidentemente la lógica decía que no era posible.
—Es mi habitación —respondió él con toda la razón del mundo.
—No me refiero a eso.
—Explícate.
—Siempre que me despierto estoy sola, a pesar de haber...bueno, ya sabes. Por eso me resulta extraño que estés aquí.
—Hoy es sábado, puedo permitirme el quedarme en la cama. —La miró un instante. ¿Qué quería decir ella expresamente con esa afirmación?—. ¿Te molesta?
—¡No! ¡Todo lo contrario! —se apresuró a decir Bella. Y sus ojos la traicionaron al mirar furtivamente su erección.
—Me hago una idea —dijo él sonriendo a medias.
—Como los sábados también trabajas...—intentó mantenerse serena y llevar una conversación aceptable.
—¿Quieres enviudar en breve?
—¿Perdón?
—Después de lo de anoche, lo mínimo que merezco es una jornada de descanso y un buen desayuno.
—Ah —fue todo cuanto pudo decir; el sentido del humor de Edward era tan personal como inusual. Se levantó con intención de ordenar ese desayuno reparador, pero él tiró de ella y la tumbó de nuevo. A este ritmo iba a quedarse en los huesos: mucho ejercicio y una alimentación más bien escasa.
—Quizás lo que necesito ya está en esta habitación —murmuró él haciéndola estremecerse. Y lo peor del caso es que lo conseguía, era tan triste estar enamorada de él, saber que esos momentos tenían los días contados y que después se dedicaría durante años a recordarle, pues en ese instante la idea de buscarse otro amante se le antojaba, como poco, absurda y sin sentido. Pero a Bella le rondaba algo por la cabeza y pese a que las intenciones de Edward estaban bien claras en ese momento, ella prefería aclarar sus dudas antes de seguir.
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Ahora? —La miró extrañado. Joder, estaba moviéndose para colocarse en posición, no para dialogar precisamente.
—Anoche...
—Anoche pasaron muchas cosas —interrumpió él al ver que se iba a entretener.
—Lo que vimos...
—No te andes por las ramas. —Se le notaba la impaciencia. Bella se sonrojó y él suspiró; como siempre ella llevaba la voz cantante. Pero... ¿por qué no divertirse mientras? Empezó a mordisquearle los pezones con la vaga esperanza de que ella se dejara de interrogatorios. Observó con satisfacción que perdía el hilo de sus pensamientos. Pero no por mucho tiempo.
—Edward...—jadeó al sentir cómo la mordía—. ¿Tú alguna vez...?
—¿Mmm?
—¿Con otros hombres...? — El dejó de morderla y levantó la vista inmediatamente. La miró y al ver el apuro que estaba pasando, decidió no reírse, aunque bien podía tomarle el pelo, ¿no? Esperó y esperó, sin apartar la vista para ver si ella era capaz de continuar, si su curiosidad ganaba a su vergüenza. La vio morderse el labio. Intentar apartar la vista. Moverse inquieta, y él nada, permaneció tranquilamente sobre ella con la cara entre sus tetas a la espera.
—Ya sabes...—murmuró ella esperando que él se lo pusiera fácil.
—Pues no, no sé —respondió tranquilamente, y lamió un pezón para animarla. Pero ella parecía no animarse a continuar, y él no estaba dispuesto a permanecer inmune en esa postura.
—Como lo que vimos anoche.
—Bella, no sé a dónde quieres llegar, pero ahora mismo yo sí tengo claro dónde quiero estar, por lo que si no...
—¿Has follado con otros hombres? —disparó a bocajarro. Él la atormentó manteniéndose unos segundos en silencio.
—Lo más lógico en una esposa es tener cierta curiosidad por saber con cuántas mujeres me he acostado.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—¿No quieres saber con cuántas mujeres he estado?
—No, me da igual.
—Eso no te da morbo, ¿no es cierto? — La expresión de ella le respondió de inmediato. Era de esperar que un hombre de la edad de Edward, casado o no, hubiera tenido las amantes que hubiese querido o pagado, según el caso, y no por ello debería escandalizarse. Ahora bien, el morbo de saber si él alguna vez había estado con otro hombre...
—¿Alguna vez has estado tú con otra mujer? Puede que fueras virgen pero...
—¡Edward! —Le golpeó en el hombro. Siempre haces lo mismo cuando no quieres responder. ¿Por qué se empeñaba en controlarla? ¿Cuándo iba a aprender que Bella iba un paso por delante?
—Está bien, no me contestes —se rindió ella—, pero eso me da derecho a guardar mis propios secretos. — Estaba preciosa haciéndose la dura; allí desnuda y excitada bajo su cuerpo, intentaba mantenerse inflexible.
—Una vez —murmuró él en su oído. Lo dijo tan bajo que casi resultaba imperceptible, pero Bella le miró y él, pensando que con su sincera respuesta, estaría satisfecha y podría ir al meollo de la cuestión...
—Eso...eso...está bien, pero... ¿tú en qué posición estabas? — Eso le hizo sonreír.
—¿Dónde te imaginas tú?
—Ya estamos otra vez con evasivas. Está bien, me rindo, no quiero saberlo, me da igual. —Puso cara de aquí se acaba la buena sintonía. El volvió a susurrarle algo en el oído y ella le miró con los ojos abiertos, para después sonreírle. —Gracias por ser sincero.
Edward se colocó en la posición adecuada para un clásico misionero y ella sabía muy bien qué venía a continuación. Algo placentero para su cuerpo, pero muy doloroso para su mente. Aun así, le dejó hacer cuanto quiso y se entregó una vez más (no sabía cuál sería la última) a él sin reservas. A punto de alcanzar el orgasmo, su boca no pudo mantenerse por más tiempo en silencio.
—Te quiero —susurró junto a su boca, antes de cerrar los ojos y sentir un dulce clímax. ¿Había oído bien? ¿Era producto de su imaginación? ¿Falta de sueño? ¿Exceso de trabajo? Edward se tumbó a un lado para no aplastarla y cerró los ojos, sintiéndose más vulnerable y estúpido que nunca. Ella, siempre ella, iba un paso por delante, y él no había sabido reaccionar. ¿Qué había hecho? Callarse como una puta, cuando de nuevo ella le brindaba la oportunidad que buscaba. Si albergaba alguna duda respecto a los sentimientos de su mujer, era tan tonto como para no correspondería, aun muriéndose por ello, aun siendo un cobarde. Hablar ahora, pasados unos minutos, era estúpido e inservible. Debía hacer algo mucho más importante por su esposa que hablar. Debía encontrar la forma de conservarla.
