Capítulo 38
—Señor Jeferson, me parece ridículo.
—Señora Cullen, cualquier otra mujer en su posición agradecería que su ex marido le dejara tales bienes.
—Usted sabe perfectamente que no se trata de algo convencional.
—Si ahora hago lo que me pide y me presento ante el tribunal revocando la sentencia en la que se le asignan estos bienes, no solo levantaremos sospechas, sino que además entorpeceremos el proceso. Y el juez no nos fue muy favorable.
—No me hable de ese misógino. Su mujer debería ponerle unos cuernos como una casa. Abel Jeferson arqueó una ceja ante su vehemencia.
—Olvidémonos de él, entonces. Su esposo quiere que usted reciba estos valores y que haga lo que quiera con ellos. Las propiedades inmobiliarias puede venderlas si quiere, o trasladarse a vivir, como ha manifestado el señor Cullen.— Bella cerró los ojos. Esto no era lo pactado. Ella no quería nada. Únicamente había recogido sus cosas, y tal como llegó, se marchó. Ahora, instalada en casa de su hermano, solo intentaba seguir el consejo que todos ofrecían sin pedirlo: el tiempo todo lo cura. Lo que nadie se atrevía a decir es que la mala reputación que se le adjudica a una mujer no se olvida con el tiempo.
—Está bien, está bien. —Bella se levantó resignada de la mesa, no quería seguir perdiendo el tiempo—. Deje ahí todos los documentos, ya los revisaré más tarde.
—No debería echarlo en el olvido. Es importante dejar todo esto resuelto, su...esposo así lo desea.
—Le llamaré lo antes posible. Ahora, si me disculpa...— El abogado hizo lo que le pidió y se despidió. Estaba claro que no comprendía su postura. Como él mismo había declarado, cualquier mujer estaría encantada de que le dejaran todas esas propiedades. De acuerdo, no tendría que volver a preocuparse nunca más por su bienestar económico. ¿Y? ¿Eso era todo? Desde luego tendría con qué entretenerse, se avecinaban largos periodos de reclusión en casa...Y entonces cayó en la cuenta. —Gracias, Edward —murmuró conteniendo las lágrimas. Él se había preocupado no solo por su situación económica sino por su tiempo, con todos esos valores Bella podría no solo entretenerse sino además, si era lista, demostrar que era capaz de hacer buenas inversiones. No iba a llorar. Y menos aún cuando se acercaba la hora de comer y tendría que buscar incómodas explicaciones para su sobrina cuando la viera con los ojos rojos.
—¡Hola, querida!— Alice, guapísima como siempre, entró en el recibidor de casa de su hermano, donde Bella la esperaba. Al que no esperaba ver es a su marido, también hecho un pincel. Recibió con agrado el abrazo de su amiga.
—Ahora yo —dijo Jasper imitando a su mujer. Bella se sintió un poco fuera de lugar, con ese abrazo tan efusivo, aunque ya no debería sorprenderse conociendo a Lord Whitlock.
—No te pregunto cómo estás porque ya lo veo —fue el comentario acertado de Alice observando su soso vestido—. Querida, que seas una zorra arruina maridos no significa que puedes vestirte como quieras. Cualquiera que te vea pensará que te arrepientes.
—No bromees con eso. —Bella esbozó una sonrisa.
—En fin, estamos aquí para animarte —sugirió Jasper—. ¿Por qué no vamos a dar un paseo? Me han hablado de una chocolatería que...
—No creo que...aún es muy pronto para...
—Tonterías, seré la envidia de todos, con vosotras dos junto a mí, una de cada brazo.
—No la presiones, cariño. Otro día.— Bella agradeció en silencio el apoyo de su amiga. Pensaba que conforme pasaran los días se sentiría con fuerzas para salir a sitios públicos, la salida a realizar compras no contaba, pero no era así, se había instalado en una cómoda rutina.
—Está bien —Jasper miró a las dos mujeres y dijo—: me doy por aludido. Os dejo solas. Pero...— Besó castamente a su esposa en la mejilla y la pellizcó pícaramente en el culo—, no habléis de nada interesante hasta que vuelva.
—Prometido —respondieron las dos. Jasper se marchó sin creerlas.
—Bueno, ahora solo quedo yo para entretenerte.
—Te lo agradezco en el alma, pero no estoy de humor para frivolidades.
—Por lo menos podremos tomarnos algo, ¿verdad?— Bella llamó a Theresa para que les sirviera un refrigerio, la cual insistió en mudarse con ella porque, según sus propias palabras, su marido era un hombre horrible, del que nunca pensó que se comportaría de ese modo tan ruin, y no podía seguir en casa de un hombre así. La mujer miró severamente a Alice mientras dejaba el servicio de café dispuesto.
—Creo que no soy de su agrado —murmuró Alice—. Bien, ¿dónde guarda tu hermano los licores?
—Aquí. —Bella abrió un mueble y señaló las botellas.
—Agradece a tu hermano su excelente gusto a la hora de agasajar a sus invitados.
—Se lo diré. Pero no creo que le haga mucha gracia que tú y yo asaltemos sus reservas.
—¿Por qué? —preguntó extrañada pero sirviéndose un generoso chorro de brandy en el café— . ¿No será de esos retrógrados que no dejan a las mujeres beber?
—No. —Bella sonrió—. Le he dado tanto la murga con lo de moderar gastos que ahora espera cualquier desliz para vengarse.
—No me extraña. A veces es que aburres con ese tema.— Las dos se quedaron en silencio, disfrutando del café bien servido. Pero Alice no estaba allí para pasar la tarde y aburrirse como si estuviera en el salón de té de moda aguantando miradas curiosas. Estaba allí por su amiga.
—¿Alguna vez te he contado cómo conocí a Jasper?
—Me has contado retazos sueltos, pero nunca la historia completa.
—Humm. —Alice sonrió soñadora. Y Bella quería conocer los detalles y de paso olvidarse un poco de sus penas.
—¿Te vas a hacer de rogar?
—No. Alguna vez te he contado que mi madre y yo no vivíamos lo que se dice cómodamente, ¿verdad?
—Aja.
—Fue por culpa del cabrón de mi padre. Cogió los pequeños ahorro: nos dijo que se iba a hacer fortuna a la ciudad. Mi madre y yo nos quedamos en las tierras, trabajándolas, pero el dueño se enteró de la marcha de mi padre y con la excusa de que dos mujeres solas no podían encargarse...nos echó.
—Vaya faena.
—Esa fue la excusa oficial para quedar bien ante todos, especialmente párroco, quien en realidad quería que o mi madre o yo, fuéramos a su casa campo una vez por semana.
—¿A trabajar?
—A meternos en su cama.— Puede que ahora hablara de ello como si le hubiera pasado a otra persona, pero Bella sabía que una situación tan desesperada no se olvida fácilmente. —Así que —continuó Alice— recogimos lo poco que teníamos y vinimos en busca de mi padre. Él lo resolvería, dijo mi madre. Pero cuando encontramos estaba muriéndose en un hospital a causa de la paliza que le dio un chulo por no pagar.
—¿Un chulo?
—Un proxeneta.
—Ah.
—Tuvimos que alquilar un cuartucho de mala muerte en el que pasábamos mucho frío y mi madre empezó a enfermar. Busqué trabajo y lo encontré de dependienta en una bombonería, pero apenas podíamos pagar el alquiler y mucho menos un médico y medicinas. Así que la casera nos amenazó o echarnos en un mes.
—Entonces conociste a Jasper.
—Aún no. Y no me mires con cara de pena. Ya lo he superado. En el establecimiento donde trabajaba acudía todo tipo de clientela, pero me fijé en unas señoritas que iban vestidas como nunca antes había visto: gastaban lo que querían y unos caballeros se encargaban de pagar todo. El dueño las despreciaba porque era prostitutas pero las dejaba entrar porque gastaban que más.
—No me digas que Jasper era uno de esos caballeros…
—No. Y deja que te cuente yo la historia. Como no ganaba lo suficiente, mi madre estaba cada vez más enferma y nos iban a desahuciar, así que, escuchando las conversaciones de aquellas mujeres, me enteré en qué burdel trabajaban y me presenté ante la madame.
—Oh, no...
—Pues sí. ¿Qué iba a hacer? Trabajando decentemente me moría de hambre.
—Desvístase, señorita —ordenó la madame impaciente. Alice, que tampoco llevaba mucha ropa encima, se tragó una respuesta contundente e hizo lo que le ordenaban. Se quedó desnuda en aquel lujoso despacho bajo la atenta mirada de una mujer que evidentemente había visto de todo. Se sintió como ganado en una feria mientras la mujer daba una vuelta alrededor, tocando sus pechos y palmeando su trasero.
—Vístase. —La madame volvió a sentarse tras su escritorio—. Usted no sirve para este trabajo. Y dicho esto obvió por completo la presencia de Alice.
—¿Por qué? —preguntó ya vestida, recuperando un poco su orgullo.
—No me haga perder el tiempo.
—Merezco al menos una explicación.
—Está bien, si así lo desea. —La madame se puso en pie antes de continuar—: Este establecimiento tiene una fama que cuidar, aquí los caballeros no vienen únicamente a follarse a la puta de turno, para eso están las que se levantan la falda en cualquier callejón. Las chicas deben tener unas características y es evidente que usted está demasiado flacucha como para que un caballero pague por usted. También es evidente su mala alimentación y la falta de cuidados en su cuerpo. Sus manos, por ejemplo, están ásperas, y hace tiempo que su piel no es tratada para estar más luminosa.
—Pero estoy limpia y sana —murmuró demasiado avergonzada.
—No es suficiente. Ya se lo he dicho. Y ahora, si es tan amable de abandonar...
—¡Necesito este trabajo! —exclamó desesperada. Durante unos angustiosos segundos la madame la miró y evaluó de nuevo. Alice se quería morir, pero no de hambre, así que debía aguantar. El examen de la madame se vio interrumpido por unos golpes en la puerta.
—Adelante.— Un hombre ataviado con uniforme de mayordomo entró en el despacho, miró a Alice como si fuera un mueble más y se acercó a la dueña para hablarle en el oído. —¿Quiere trabajar? —preguntó de repente la mujer.
—Sí. —Necesito una asistenta. Tu trabajo consistiría en arreglar las habitaciones de nuestros invitados una vez desocupadas. Vivirías en las habitaciones de la servidumbre y comerías con ellos. Jamás pondrías un pie en los salones durante las horas en que el establecimiento está abierto al público y jamás establecerás ninguna relación con ningún cliente. Si por casualidad te molestara algún caballero, avisarías a Paul. Las relaciones personales entre el personal de servicio deben llevarse fuera del horario laboral y con discreción, ¿entendido? Todos mis empleados respetan estas normas, de hecho la chica que acabo de despedir ha sido sorprendida sacándose un sobresueldo con uno de nuestros clientes. —De acuerdo.
—¿Trabajaste en un burdel?
—Pues sí —respondió sin avergonzarse Alice—. El sueldo era bastante más decente que trabajando horas despachando pasteles. Además ahorraba bastante en comida, por lo que podía llevar más dinero a casa.
—Increíble.
—Pero cierto. Muchas considerarían trabajar como asistenta en un burdel algo deshonroso, pero te aseguro que no lo es.
—Entonces... ¿cuándo aparece Jasper? —preguntó Bella curiosa.
Alice sonrió, al menos la historia de ellos dos estaba alejando a su amiga durante un buen rato de sus problemas. —Llevaba un mes trabajando, cumplía mi horario y...
—¡Alice! Alice corrió al oír su nombre, estaba claro que la jefa de personal debía estar enfadada. Ya había acabado su turno y se estaba cambiando para visitar a su madre —a la cual no mencionó exactamente dónde trabajaba, de cara a su madre estaba interna en una residencia para señoritas—, pero prefería no ponerse a malas con la señora Ferguson.
—¿Sí, señora Ferguson?
—Marie se ha puesto enferma. Ya sé que has acabado tus quehaceres, pero, ¿podrías encargarte de la habitación azul?— Alice sabía que no era una pregunta educada, por supuesto podía decir que no, faltaría más, pero entonces durante las próximas semanas su trabajo quedaría reducido a los excusados.
—Por supuesto —respondió, y añadió una falsa sonrisa para contentar a su jefa.
—Muy bien, Alice, tendré en cuenta este favor en el futuro. Cámbiate y ocúpate de que todo esté listo.
—Entonces me puse a ello. Cada vez que entraba en una de esas lujosas habitaciones siempre pensaba en lo delicioso que sería dormir en una cama tan grande, con unas sábanas tan suaves... porque la verdad, si bien las dependencias de empleados eran aceptables, no tenían nada que ver con aquello.
—Y acompañada, supongo —murmuró Bella. —
No, eso no lo pensaba...todavía. Las dos se rieron ante ese comentario. —Sigue, por favor. Me tienes en ascuas.
Alice empezó por quitar las sábanas usadas y las tiró junto a la puerta para llevarlas a la lavandería una vez hubiese acabado con la habitación. Sacó unas nuevas y limpias sábanas de color-crema, no se cansaba de tocarlas, pues nunca antes había tenido la oportunidad de sentir algo tan suave. Limpió el cuarto y dejó toallas limpias, después empezó a hacer la cama, doblándose y estirándose para poder abarcar semejante tamaño. Cuando se incorporó para moverse al otro lado vio a un hombre, de pie junto a la puerta, mirándola de una forma extraña.
—Perdón —murmuró ella algo cohibida—. Enseguida acabo.
—Por mí no tengas prisa.— Ella siguió con su trabajo pero era difícil, cada movimiento era observado con detenimiento y eso le estaba poniendo nerviosa. Quería salir cuanto antes y no arriesgarse a que cualquiera de las chicas la vieran y fueran con falsos rumores a la madame. —Debo admitir que madame Lemond sabe cómo tentar a la clientela.
Alice saltó alarmada cuando el desconocido posó su mano en su trasero. Y más aún cuando empezó a acariciárselo.
—Por favor, señor, yo no...
—Mmm, no hace falta que finjas. Sé perfectamente que realizáis todo tipo de fantasías.
—¡Suélteme! —Alice consiguió zafarse del desconocido pero no tuvo tanta suerte como para llamar a Paul. Él estaba allí, en la puerta observando la escena y a juzgar por su cara había sacado ya sus propias conclusiones, las cuales no debían de ser nada halagüeñas para Alice. No tuvo que preguntar a dónde se dirigían mientras seguía a Paul por el pasillo. Madame Lemond la despidió en el acto.
—Recoja sus cosas. Se le pagará el sueldo íntegro de este mes como compensación.
—¡Pero yo no he hecho nada malo! —Se le advirtió claramente de cuáles eran las normas de la casa. Aquí no se toleran fallos. Paul, acompáñala a su habitación y asegúrate de que recibe su dinero y se marcha.
—¿Así, sin dejar que te explicaras? Vaya madame.
—Por lo visto debía ser así, porque si no muchas chicas entraban a trabajar como sirvientas y luego sacaban un buen sobresueldo como prostitutas. Por supuesto no era la moral de esas mujeres lo que preocupaba a la madame, sino los ingresos que perdía.
—O sea que perdiste tu empleo por culpa de Jasper.
—Pues sí. Pero él siguió pensando que yo era una de las chicas y pidió expresamente a la madame estar conmigo. Así que cuando se enteró de que yo no era de esas, se enfadó.
—¡Qué caradura! Encima de que te echan por su culpa.
—No, se enfadó con la madame. Pidió que me admitieran de nuevo pero no hubo manera.
—Ah, bueno eso...le honra. —Bella se disculpó con una sonrisa por haber pensado mal de Jasper
Alice tuvo que volver a la habitación alquilada que compartía con su madre, con poco dinero y sin trabajo. ¿Cómo iba a explicárselo? Su madre creía que trabajaba en una casa decente. Tuvo un poco de suerte y encontró trabajo como ayudante en una corsetería; eran muchas horas y poco sueldo, pero al menos los patronos trataban bien a sus empleados. Trabajaba muchas horas y racaneaba todo lo que podía con la comida para pagarlos gastos. Sin embargo, a pesar de sus escasos ingresos, su madre cada vez se encontraba mejor, más alegre y prácticamente curada. Le preguntó una y otra vez pero su madre solo respondía que era gracias a su fuerte devoción y que había rezado mucho. Aun así, siguió privándose para ahorrar un poco y, en caso de tiempos difíciles, poder subsistir. Una tarde estaba tan pálida y cansada que se desmayó en el trabajo y la encargada la mandó a casa. Ella se negó, no podía perder horas de trabajo, pero insistieron y se tuvo que marchar. Cuando abrió la vieja puerta de la habitación se quedó de piedra al ver la escena. Su madre se reía mientras jugaba a las cartas con...
—Por lo visto tuvo remordimientos y me buscó. Para evitar malos entendidos se presentó ante mi madre como un amigo. Por supuesto mi madre desconfió. ¿Qué caballero joven y atractivo hace ese tipo de apariciones interesándose por una mujer como yo? Aunque se la fue ganando día a día. Y allí les encontré, jugando a las cartas, riéndose mientras yo me mataba a trabajar.
—¿Puedo hablar con usted un momento?
—Espere a que termine esta mano. Debo recuperar lo perdido. —Sonrió a su madre—. Señora, ¿cómo lo hace? Creo que me está haciendo trampas. —Alice no se dejó engañar por el simpático comentario y exigió hablar con él en privado. Puesto que la habitación era ridículamente pequeña salieron a la escalera, donde con un poco de suerte podrían hablar.
—Cuánto.
—¿Cuánto qué?— Alice no iba a dejarse camelar por aquella sonrisa.
—Cuánto le ha dado a mi madre. Y no me engañe.
—Eso no es de tu incumbencia.
—Mire, no soy tonta. Sé perfectamente lo que busca. Sabe que yo no puedo devolverle el dinero y solo hay una forma de pagarle.
—Acepto pagarés.
—¡No se ría de mí, por favor! Sabe perfectamente cuál es mi estado financiero.
—Mientras decides cómo devolverme el favor, deja que termine la partida. Voy perdiendo y quiero recuperar mi dinero. Así que sé buena chica. Ya hablaremos cuando termine.— Con otra sonrisa desquiciante la dejó plantada y se puso de nuevo a jugar a las cartas. Alice se sentó malhumorada y les vio jugar varias manos más. Al principio creyó que su madre tenía un don especial con los naipes, pero disimuladamente observó las cartas del hombre y cayó en la cuenta. Para no humillar a su madre prestándole dinero, perdía intencionadamente. Pero aun asila desconfianza ganaba la batalla al altruismo. Cuando acabó la partida, Alice se apresuró a hablar.
—Mamá, voy a acompañar a tu invitado hasta la puerta. —Cogió su chal y señaló con una mano que la siguiera. Una vez abajo, en la calle, Alice, que ya no podía más, explotó.
—Se acabó. Sé perfectamente cuáles son sus intenciones, no quiero ver a mi madre sufrir. Así que le propongo que nos veamos en un sitio discreto y alejado del barrio. Es la única forma que tengo de pagarle. Él la miró divertido. Pero era una oferta en toda regla.
—¿Segura? —Ella asistió—. Como quiera. Acompáñame.
—¿Y te fuiste con él así, sin más?
