Capítulo 40

Bella repasó una vez más los libros de contabilidad de su hermano. Frunció el ceño. ¿Cómo podía ser tan derrochador? Desde que se mudó a vivir con él y su familia insistió en hacer algo útil, aparte de cuidar a su sobrina, para sentirse ocupada. Lo que no dijo era que ya tenía algo que hacer, pero añadir más trabajo siempre suponía menos horas libres y por lo tanto menos horas para deprimirse. Hacía calor, algo inusual para estar a finales de septiembre, así que abrió la ventana del pequeño estudio y volvió a su escritorio. Cuando estaba inmersa en las cuentas interrumpió su hermano.

—Buenas noches, Bella. —Se acercó a ella y la besó en la mejilla.

—¿Dónde vas tan elegante? —preguntó Bella alisándole las solapas del esmoquin innecesariamente.

—A la ópera. Tengo... —Buscó en el bolsillo interior y le mostró las entradas— ...invitaciones preferentes. ¿Qué te parece?

—Que eres un derrochón. Por cierto, echa un vistazo a tus cuentas, mañana voy al banco y necesito tu aprobación.

—¿Para qué? Me fío de ti. —Aun así miró los papeles y, tras leerlos por encima, silbó—. ¡Joder! ¿Todo esto es mío? — Bella asintió—. Debería haberte hecho mi contable hace mucho.

—Y eso que... —Le quitó las entradas— ...no miras lo que gastas.

—¡Eh, que son un regalo!¿De quién?

—¿De quién van a ser? Pues de un cliente...muy rico, en agradecimiento a mis servicios.

—Entonces...vale, te doy permiso para asistir —bromeó Bella.

—Mocosa. Soy tu hermano mayor, cabeza de familia y... —Heredero del título.

—Sabes perfectamente que he renunciado. Con padre se acabó todo. No pienso aceptar algo que solo me produce dolor. Me he ocupado para que madre viva con dignidad, pero se acabó. —Los dos hermanos se miraron, ninguno asistió al funeral de su padre, hacía ya tres meses, así lo decidieron de común acuerdo. Ninguno de los dos tenía motivos para despedirse de un padre que nunca ejerció como tal.

—Veo que vas muy elegante — Bella cambió de tema y volvió a uno más seguro y agradable. En ese instante, Rosalie, su cuñada, entró en la sala; iba ataviada con sus mejores galas.

—¿Estás listo? —preguntó acercándose a su marido.

—Pues sí, estaba dejando las cosas claras con mi... contable. —Se rio—. Por cierto, podías venir con nosotros. — Bella negó con la cabeza.

—¿Por qué no? —preguntó su cuñada.

—Es un acto público, y sí, sé lo poco que te gustan, pero podemos entrar cuando estén las luces apagadas y así disfrutar de la ópera, no tienes por qué encontrarte con nadie —añadió su hermano intentando convencerla.

—Porque no soy muy aficionada a la ópera —mintió—. Además debo acabar unos papeles.

—¡Papeles, papeles! ¿Y cuándo toca divertirte? Por Dios, Bella, cualquiera pensaría que te tenemos poco menos que como una esclava en esta casa, solo sales al mercado y a tus asuntos financieros.

—No necesito...—intentó protestar Bella.

—¡Bobadas! Puede que te agradezca infinitamente lo que estás haciendo por mi seguridad y bienestar económicos, pero no va a pasar nada, créeme, porque una noche te diviertas —razonó vehementemente su hermano.

—No insistas —dijo suavemente Rosalie mirando comprensivamente a Bella—. Es su decisión y debemos respetarla.

—¿Sabes?, no me gusta eso de que me contradigas delante de mi hermana...pequeña. — Parecía un reproche que distaba mucho de serlo—. Soy el cabeza de familia.

—Lo sabemos, querido —dijo Rosalie tirando de él para dar por zanjada la conversación.

—¡Está bien! Nos vamos.

—Pasadlo bien. — De nuevo a solas, bendita soledad, pidió a Theresa algo de cena, su fiel Theresa, que de vez en cuando describía en voz baja, con su particular gracia, toda una retahíla de calamidades que podían pasarle a su ex patrón. Bella no podía hacer otra cosa que callar. Ella la regañó por picotear en vez de comer saludablemente, pero ahora la comida ya no tenía prioridad. Pasó un momento a ver a su sobrina y, tras comprobar que estaba plácidamente dormida, volvió a su estudio y a sus papeles. Y allí, sin ser consciente del tiempo transcurrido, se entretuvo con sus inversiones. Cuando el mayordomo llamó a la puerta miró el reloj: más de medianoche.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado una visita, señorita Bella.

—¡¿A estas horas?! — Bella se levantó y caminó hasta la puerta de su estudio—. ¿Preguntan por mí o por el señor?

—Por usted, señorita.

—¿Por mí? Qué extraño... ¿Ha dicho quién es? —Se ha negado a mostrarme su tarjeta, a pesar de que he insistido educadamente.

—¿Por qué no le has echado?

—Ha amenazado con montar un escándalo y, la verdad, señorita, a su hermano no le haría mucha gracia ser la comidilla del barrio, por eso le he pasado al recibidor.

—Está bien, yo me ocuparé.— Bella tranquilizó al hombre y le mandó que se retirara, en caso de necesitar ayuda podría gritar o romper cualquier cosa; Theresa parecía dormir con un ojo abierto y, la verdad, en caso de necesidad ella era más útil que el anciano mayordomo. Entró en el recibidor y cerró la puerta tras de sí. Se pasó la mano por el pelo, evidentemente no estaba bien peinada y fijó la vista en el visitante inesperado.

—¡¿Qué haces aquí?! —exclamó Bella. Puede que el hombre que miraba por la ventana le diera la espalda, pero era inconfundible.

—Cálmate, por favor. — Edward caminó hacia ella y le cortó el paso rápidamente cuando ella intentaba abrir la puerta y salir.

—¡No puedes estar aquí! ¡Vete! Hablaré con el mayordomo, a estas horas nadie te habrá visto. ¡Márchate!

—Primero...

—Si alguien te descubre aquí... ¿eres consciente de lo que puede pasar?

—Calla y escucha —dijo tajante acallando sus protestas. Estaba demasiado cerca de ella y, si no se andaba con cuidado, estropearía todo y ella acabaría con un ataque de nervios. Bella quería huir de ese salón, debía de estar loco para presentarse en la casa de su hermano. Solo habían pasado ocho meses y, para que todo fuera legal, debían estar un año separados. Iba a arruinarlo todo. —Toma. —Edward le entregó unos papeles enrollados y se apartó—. Por favor, lee esto.

—Está bien, lo haré, pero ahora debes irte.

—Primero lee los documentos, después, si así lo deseas, me iré. Le miró de reojo y se apartó cuanto pudo de él. Se sentó en el sofá del fondo y abrió la carpeta que contenía los documentos. Edward volvió a su posición inicial, observó por la ventana la calle desierta mientras esperaba, consumido por la impaciencia, a que ella acabara de leer. Se mantuvo, aparentemente impasible, con las manos a la espalda, sin decir ni hacer nada. No supo cuánto tiempo estuvo así, sin querer mirarla, hasta que oyó un llanto estrangulado. Era la primera vez que la escuchaba llorar, quedaba claro que intentaba disimular su llanto, pero no podía. Se acercó a ella y Bella se levantó, dejando que los documentos se esparcieran por la alfombra, y se aferró a él, apoyándose en su pecho y comenzando a llorar desconsoladamente. Un llanto mezclado con hipidos, ruiditos nasales y suspiros, como si intentara controlarse. Se limitó a abrazarla, que ella misma se tomara el tiempo necesario para sacar toda la tensión acumulada, todos los malos momentos, todas las noches en vela...y de la forma que ella quisiera. Podían permanecer así un minuto o una hora. Él, de ninguna manera, iba a interferir. Estaba en todo su derecho de descargar su frustración como le viniera en gana. Nadie podía reprochar a Bella nada, absolutamente nada. Notó cómo los signos de su llanto iban remitiendo y siguió sin decir nada, abrazándola sin más. Cuando ella se apartó y levantó la cara para mirarle, con los ojos enrojecidos por el llanto, se le cayó el alma a los pies. Pero aguantó el tipo, por ella.

—¿Cómo...? —murmuró ella señalando los documentos tirados en el suelo—. Solo han pasado ocho meses. No hacía falta que ella se lo recordara, sabía muy bien el tiempo que llevaban separados.

—A veces tener un amigo metomentodo viene bien. —Edward intentó bromear pero sin éxito, no era lo suyo. Bella le seguía mirando, esperaba una explicación—. Edward —dijo al fin—, no ha parado. Ha hablado con todo aquel que pudiera ayudarme a acelerar el proceso y a los cuales yo no tenía acceso. Ha presionado como solo Dios sabe, no ha dejado ni un solo día de insistir a todo aquel que participaba en el proceso hasta hoy; a última hora de la tarde me ha traído esos documentos. Firmados. Se acabó, Bella.

—Entonces...—la duda se reflejó en su voz.

—Ya está, Bella, ya es efectivo. Soy legalmente un hombre divorciado y puedo hacer lo que quiera. Bella no le dio tiempo a más explicaciones. Le acunó el rostro y le atrajo hacia sí besándole de una forma indescriptible. Volcando en ese gesto todos esos días, con sus noches, en los que estuvo sola. Y mostrándole que, si antes le deseaba, ahora ese sentimiento superaba cualquier expectativa. Era un sueño hecho realidad, tenerla de nuevo en sus brazos, ahora ya libres para estar juntos, pero a pesar de que la deseaba como jamás hubiera imaginado que desearía a una mujer, la agarró de los hombros y la apartó, no mucho, pero sí lo suficiente para mirarla a los ojos. Ella se sobresaltó pero le miró con una sonrisa.

—Te he puesto perdida la chaqueta.

—No importa. —Edward sacó un pañuelo de su bolsillo para que ella se sonara convenientemente. Después se deshizo de la chaqueta y se quedó en camisa ante ella. Bella le agradeció la iniciativa con otra bonita sonrisa y quiso pegarse de nuevo a él, pero Edward se lo impidió.

—Espera un instante.

—¿Que espere? —protestó ella desconcertada.

—Tengo tantas ganas como tú de desnudarte y tumbarte en el suelo, pero esta vez, cariño, vamos a hacer las cosas bien. Dejó de sujetarla por los hombros y empezó a buscar algo en los bolsillos.

—¿Y no podemos hacer las cosas bien después? —Ella le acarició el torso con la esperanza de que se dejase de tonterías. No llevaba chaleco debajo de la levita.

—Aunque parezca lo contrario...—se detuvo y frunció el ceño al no encontrar lo que solo él sabía que estaba buscando—, cada noche, solo en mi cuarto, no he pensado en otra cosa...

—¿Entonces...?

—Cuando ya no podía soportarlo y me tocaba pensando que eras tú quien lo hacía... ¡Joder!, ¿dónde está?

—¿Pensabas en mí?

—Aja —respondió distraído mientras seguía registrando sus bolsillos.

—Yo... yo también lo hacía.

—¿Pensabas en mí mientras te tocabas?

—Dejé de hacerlo. Mis manos no son iguales que las tuyas —dijo ella con voz ronca invitándole a que llevara a la práctica esa teoría.

—¡Aquí está! —exclamó triunfante sacando un pequeño estuche forrado de fieltro rojo burdeos—. Bella, ahora que soy libre para hacerlo, ahora que puedo y quiero... —Abrió el estuche y mostró el contenido.

—¡Oh! —fue cuanto dijo contemplando el anillo. Al observarlo mejor se dio cuenta de un pequeño detalle: ese anillo no era nuevo. —Lo mandé restaurar y añadir dos piedras preciosas.

Bella contemplaba con admiración el anillo que perteneció a la abuela de Edward y que por su simplicidad tanto le gustó.

—Es... es precioso... y me quedo corta. Edward sacó el anillo de su estuche y se lo colocó en el dedo. Ella movió la mano y vio que le quedaba perfecto. Después volvió a besarle, expresando así todos sus sentimientos.

—Espera...espera. —Maldita sea, quería tener el placer de declararse. Claro que, por lo visto, ella sonreía mirando el anillo, estaba clara su respuesta; aun así quería hacerlo—. Bella, ¿quieres casarte conmigo? — Ella le deslumbró con otra de esas sonrisas que contrastaban con sus ojos aún humedecidos por las lágrimas. Volvió a besarle antes de responderle.

—No.

Edward parpadeó intentando asimilar ese no. Sin duda, con los nervios, o las prisas, debía de haber formulado mal la pregunta. Así que la repitió.

— Bella, cariño, puede que estemos un poco nerviosos, o quizás me haya expresado mal. — Ella seguía sonriendo, así que los nervios le habían jugado, sin duda, una mala pasada—. Te he pedido que te cases conmigo.

—Y yo te he respondido que no.

—¿Perdón? —Ahora sí que había oído bien—. ¡ Bella! ¿Cómo puedes responderme que no?

—Bueno...

—Haz el favor de explicarte porque no logro alcanzar por mí mismo una explicación coherente.

—Es que ahora las cosas han cambiado.

—¿Qué quieres decir con eso? Esto era lo que ambos queríamos, ahora nadie puede interferir en nuestro matrimonio, no hay condicionantes que puedan estropearnos un futuro juntos, así que no te entiendo.

—Verás... — Bella contempló su anillo de pedida antes de proseguir—: todo el mundo cree que soy una mala mujer, una influencia nefasta para un hombre como tú, que soy fría, calculadora y sobre todo que he tenido un sinfín de amantes.

—Por eso no debes preocuparte. ¡Maldita sea! Nadie podrá ni se atreverá a hablar mal de ti.

—¡Pero es tan injusto!

—Lo sé, cariño. Con el tiempo...

—Es tan injusto que hablen así de ti sin haber disfrutado de esas frivolidades.

—¿Qué quieres decir exactamente? —Edward se mostró precavido, pues con Bella podía ser lo peor.

—Quiero que la gente murmure, especule y hable de mí con conocimiento de causa. Quiero que el escándalo sea real. Quiero un amante, citas secretas en hoteles de mala muerte a las afueras, fines de semana encerrada en la habitación de un balneario para ricos. Quiero ir del brazo de mi amante al teatro y que me contemplen. Quiero ir enjoyada al máximo y que todos sepan que mi amante me consiente hasta el último capricho. Y... quiero conducir un automóvil. Edward cerró los ojos un instante, intentaba comprender qué clase de locura temporal hacía que ella hablase así.

—Entonces, si no he entendido mal, incluso quieres que te ponga un piso en el centro, pague todos tus gastos y te visite tres veces por semana. —La frase fue pronunciada con una carga de cinismo excepcional—. Y respecto al automóvil, mejor dejarlo para más adelante.

—Veo que me has comprendido —dijo ella sonriente colgándose de nuevo de su cuello para ser objeto de sus atenciones—. Y si quieres pasarte más de tres noches por semana... — Bella pestañeó coqueta y él, antes de rendirse irremediablemente, debía negociar. El, que no estaba para bromas, puso a sus neuronas a trabajar rápidamente para encontrar un fallo a ese "fabuloso" plan.

—De acuerdo —dijo él al fin—, pero si te quedas embarazada nos casamos. No pienso tener hijos ilegítimos, por muy escandaloso que te parezca. —Humm. De acuerdo. — Edward, listo y hábil como un zorro, no sonrió para no delatarse. Con un poco de suerte podía dejarla embarazada esa misma noche.

—Y ahora, aunque de momento no sepamos la fecha... ¿Quieres casarte conmigo? — Bella se rio contenta, sin separarse de él y le besó antes de responder.

—No.

—¡Joder! —Esta vez no eran los nervios, claramente ella estaba jugando a saber qué juego, sin duda uno muy personal y hábil a la hora de torturarle—. ¿Cómo que no? Si acabamos de llegar a un acuerdo.

—Es que... hay otros asuntos a tener en consideración. — Edward se pellizcó el puente de la nariz e, intentando no dar muestras de sus conocimientos en cuanto a palabras malsonantes, se separó de ella, se sentó en el sofá y le hizo un gesto para que hablara. Ella caminó hasta él y se situó entre sus piernas. Él levantó la vista y colocó las manos en su cintura.

—Te escucho.

—¿Qué podría hacer si no? Mi ex marido — Bella hizo una pausa para comprobar la reacción de Edward antes de seguir— fue muy generoso en el divorcio. —El ex marido hizo una mueca—. Tengo varias propiedades y una interesante cartera de valores que gracias a mi trabajo ha aumentado considerablemente.— Edward se abstuvo de decir que conocía perfectamente las inversiones de su esposa desde el primer día. Pero decírselo solo supondría dar explicaciones y dilatar la conversación. —Así que si me caso contigo, todas mis propiedades, según la ley, pasarán a ser tuyas y yo, claro, no quiero quedarme sin nada, una mujer debe velar por su futuro.

—No puedo creerlo —reflexionó en voz alta—. Bella, pase lo que pase, diga lo que diga la ley, no voy a tocar nada de lo que tienes. Podrás seguir haciendo lo que te plazca, y ya puestos, si con esto acabamos de una vez, te nombraré directora adjunta, trabajarás conmigo y moverás más capitales de los que jamás has imaginado. Pero, por lo que más quieras, deja de jugar conmigo. — Ella parecía reflexionar su propuesta, así que, para rematar, Edward dio la estocada final—. Piensa en lo escandaloso que sería tener a la amante trabajando en un puesto de tanta responsabilidad.

—Si insistes. —Se encogió de hombros fingiendo desdén—. Acepto.

—¿Aceptas el puesto o casarte conmigo? —preguntó dando un azote en ese trasero que se moría por tocar.

—Las dos cosas. No soy tonta y sé reconocer una gran oportunidad. — La atrajo hacia sí para poder hacer las cosas bien, por esa noche habían hablado demasiado, ahora tocaba pasar a la acción. Empezó por levantarle la falda y meter las manos donde quería, entre sus piernas, confiaba en que ella no le exigiera unos preliminares extensos, después podrían entretenerse cuanto quisieran. Comprobó que estaba preparada para penetrarla en ese mismo instante, así que se echó hacia atrás para desabrocharse los pantalones.

—Móntame —pidió él ayudándola, o más bien pensando únicamente en desabotonar su mojigata blusa y ver libres de restricciones sus hermosos pechos. Ella dudó un instante y le miró. —Espera, vamos a mi cuarto. Mi hermano puede llegar en cualquier momento.

—Ni hablar, te deseo, ahora, así que no me hagas esperar. —Colocó las manos en sus muslos para posicionarla—. Y por tu hermano no te preocupes, después de la función hay un ágape para los asistentes. Tardará en volver.

—De acuerdo. — Pero tras decir eso, y en una posición a medio camino que estaba matando a Edward, ella le miró con desconfianza y no se colocó donde él tanto necesitaba. —¿Y cómo sabes tú dónde está mi hermano?

— Bella, me he gastado una fortuna en conseguirle esas entradas para tenerte a solas, no tengo ganas de dar más explicaciones. ¡Vamos! —Tiró de ella, pero se resistía—. ¿Qué pasa ahora?

—¿Tú eres el cliente rico?

—No sé, ni quiero saber de qué hablas.

—Mi hermano me dijo... ¡Ay! Ya voy —protestó por los azotes impacientes de Edward. Bella se situó en el punto exacto y se dejó caer para que él la penetrase sin más interrupciones, ahora estaban como quería. Ella empezó a moverse, besarle, clavarle las uñas, tirarle del pelo, todo al mismo tiempo. Por supuesto Edward no iba a quejarse. Pero por lo visto Bella no estaba poniendo toda la carne el asador.

—¿Qué te hace tanta gracia? —No debía preguntar pero ella se reía y eso no era lo propio en esa situación.

—Mi hermano me invitó a que lo acompañara. ¿Qué hubiera pasado si hubiera aceptado?

—¡¿Qué?! —Edward se detuvo—. Joder, cuando hable con él... — Bella volvió a moverse pero., no quitaba ojo de la puerta.

—Edward...—jadeó—, vayamos a" mi habitación, esa puerta no tiene cerrojo, si entra cualquiera...

—Si quieres ser la amante de un hombre rico, lo primero que debes aprender es a no contradecirle. Así que como yo quiero hacerlo aquí, contigo, tú te limitas a obedecer. ¿Está claro?...

Fin


Bueno esto termina aquí, espero haya sido de su agrado, recuerdo que la historia como los personajes no son de mi propiedad ,como tod s saben los personajes son de Stephanie Meyer y el drama es la adaptación de la novela Divorcio de Noe Casado, pido disculpas por tardar tanto en actualizar...

Cha cha chaaaaannn... Claro que hace falta el epílogo

Nos seguimos leyendo

Besos Lady Zukara Cullen Grey