Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está hecha con el único fin de entretener.

Advertencias: lime y situaciones sexuales, lenguaje adulto, muerte de personaje y un poco de violencia.


"¿Dices que es tierno el amor? Es demasiado duro, áspero y violento, y pincha como el espino"

Romeo y Julieta —William Shakespeare


El Balcón del Beso

No podía asegurar que el lugar al cual la había llevado fuera realmente un sitio que le encantara visitar. En cuanto Naraku estacionó la motocicleta a un lado del sitio prometido ella lo reconoció al instante. La sola visión del solitario edificio, elevándose varios pisos sobre ellos y la explanada para entrar en él le pusieron los vellos del brazo de punta junto al escalofrío que le recorrió la espina igual que una descarga eléctrica.

—¿Estás de puta broma? —le espetó al tiempo que se bajaba de la motocicleta, dedicando más a mirar la edificación que a su novio.

Naraku se encogió de hombros antes de contestar, y luego de apagar el motor del vehículo comenzó a caminar hacia la enorme explanada gris que se extendía delante de ellos, con Kagura detrás, sin tomarse la molestia de esperarla.

—Te dije que te encantaría —respondió arrogante, echándole una breve mirada, pero la muchacha se detuvo y lo tomó del brazo, impidiéndole avanzar. Naraku se mostró notablemente confundido con el gesto; pocas veces Kagura podía verlo con esa expresión de contrariedad.

—¿Te has vuelto loco? ¡Dicen que este lugar está maldito! —exclamó, sin importarle que pudiese ser escuchada. De todas formas, todos los transeúntes que tenían que caminar cerca de ese lugar procuraban no pasar muy cerca de él. Todos en el país evitaban en lo posible acercarse demasiado a ese sitio al cual ellos se aproximaban con relativa soltura. Siempre preferían sacarle la vuelta pasándose a la otra acera y sin siquiera mirarlo, como si la sola visión del edificio blanco, lleno de ventanas adornadas con balcones negros y letreros desbaratados, maltratados por la lluvia, el viento y la nieve, fuese la imagen más incómoda de todas.

Por supuesto, todo el mundo le sacaba la vuelta menos Naraku.

—¿De verdad crees esos cuentos tontos?

¿Los creía? No mucho, en realidad, pero Kagura tenía un sexto sentido (o lo que sea) bastante desarrollado, algo que Naraku parecía carecer por completo en su eterno afán y búsqueda de emoción. El viento que soplaba en ese sitio la hacía sentir que no estaba a su favor. Lo único que Kagura sabía es que en ese lugar habían pasado cosas realmente horribles y que por eso, justamente, se encontraba abandonado. En esos instantes eran el único par de locos parados como idiotas en medio de la explanada que dirigía a la entrada principal, igual que un par de pobres diablos esperando que les cayera una señal divina del cielo.

Se trataba de la última estación del metro construida por el gobierno de Tokio, una estación llamada Ama no Iwato, en honor a la leyenda de la "Cueva Celestial" donde la Diosa del sol, Amaterasu, se había escondido trayendo consigo la oscuridad al mundo (que justamente le había tocado presentar ese tema en clase. La cosa ya cada vez le sonaba a una broma de mal gusto).

La estación se había levantado con éxito ocho años atrás, cuando ella sólo era una niña, mucho antes de que su madre se casara por tercera vez, y la había llevado a ver la inauguración sin la presencia de su segundo esposo. Había sido presentado por el gobierno de la ciudad como todo un avance tecnológico del transporte, incluso se habían dado el lujo de construir un edificio de diez pisos sobre la estación subterránea, un edificio que hacía las veces de centro comercial para que la gente pasara el rato mientras esperaba su transporte, lleno de restaurantes, tiendas y sitios de ocio.

A pesar de toda la rimbombante inauguración y la novedad que significó para la ciudad una nueva estación del metro, su construcción y posterior título le ganó una serie de controversias y malos presagios por parte de sacerdotisas y monjes sintoístas que afirmaron que nombrar a una estación del metro con el nombre de la Cueva Celestial de Amaterasu, era casi una blasfemia que no deparaba nada bueno.

A pesar de todo, la gente siempre metida en sus propios asuntos olvidó rápidamente las noticias controversiales y las críticas, y los primeros tres años funcionó perfectamente bien para todo aquel que necesitara moverse en la ciudad. La gente pudo llegar a su destino con más facilidad y más rápidamente y la estación no tardó en hacerse una de las más populares de Tokio, pero cinco años atrás había sido cerrada por el gobierno y abandonada por todos los que alguna vez se montaron en sus vagones y comieron en sus restaurantes, más la existencia de la estación Ama no Iwato jamás abandonó sus recuerdos.

Kagura recordaba la noticia del por qué la estación del metro, antaño llena de esplendor y tecnología, había tenido semejante destino.

La realidad es que el gobierno, en su afán de encontrar un medio de transporte adicional que agilizara el movimiento de la población y frenara las continuas quejas al tener abarrotadas las estaciones de metro que ya existían, se había apresurado a construir el nuevo metro subterráneo y, como era de esperarse, había sido mal planificada, mal construida y mal manejada, pero no lo suficiente como para causar aquel fatal accidente que la llevó al abandono y a las lágrimas y dolor de docenas de familias.

Hubo culpables, acusados, más no detenidos. Los únicos que podían ser detenidos por el crimen estaban muertos.

Cinco años atrás un accidente de proporciones titánicas había azorado la estación cuando un vagón del metro, atiborrado de gente justo en la hora pico luego de la salida de trabajo y escuela, se descarrilló en medio de los túneles, encontró su descontrolado final en las salas de espera y fue a chocar contra varias columnas de concreto que sostenían la estructura del edificio sobre ella.

Aquel golpe fatal provocó la muerte de todos los pasajeros que estaban dentro de los vagones que se descarrilaron. Otros tantos que esperaban pacientes su transporte y no pudieron evadir la estructura del tren también murieron en el acto cuando este los golpeó de lleno. Muchos otros perdieron la vida ante la avalancha de personas que buscaron escapar desesperadamente, aplastadas bajo la estampida de pies que no supieron diferenciar entre el suelo y los cuerpos humanos. Otros murieron al momento en que las columnas de concreto fueron azoradas y se destruyeron, dejando que parte del techo colapsara sin misericordia sobre sus cabezas.

El número de víctimas humanas fue bastante elevado. Casi cien personas murieron en el lugar, otras tantas resultaron heridas y las que no sobrevivieron a las lastimaduras expiraron en el hospital pocos días después.

No conforme con eso, aquellos que quedaron atrapados entre los escombros y pudieron tener alguna esperanza de vivir, perdieron toda oportunidad cuando el accidente también provocó que las tuberías que suministraban agua a las tiendas y restaurantes del edificio colapsaran e inundaran todo el lugar rápidamente, haciendo más difícil las labores de rescate por parte de las autoridades que nunca pudieron llegar a tiempo entre todo el caos y los escombros.

Hubo quienes murieron con el cuerpo destrozado, hecho un manojo desfigurado de carne y sangre, con hemorragias internas, golpes en la cabeza o ahogados. Murieron desde adultos, niños y jóvenes. Toda una tragedia que le costó al gobierno de Japón varios millones de yenes y un sinfín de quejas y protestas por parte de la ciudadanía que no pudieron ser acalladas durante un año entero.

Naraku también recordaba bien ese acontecimiento. Su padre, como político que era, estuvo atiborrado de trabajo varios meses en los cuales apenas se enteró de los desfalcos y trampas que su hijo propinaba a sus falsos amigos de la mafia, y le dio la oportunidad de oro para hacer lo que le diera la gana y probar las delicias de la más fácil rebeldía. Había sido una tragedia que no le tocó el corazón en lo más mínimo y que, en su lugar, aprovechó para hacer de ella como le diera la gana incluso indirectamente. De hecho juraba haber visto en contadas ocasiones a su padre durante todo ese año, ocasiones que podían contarse con los dedos de las manos. Por fortuna no era un chico sensible.

Desde entonces la estación de Ama no Iwato se había cerrado para siempre y estaba en vías de ser demolida, pero el lugar rápidamente había pasado a la historia como uno de los sitios más embrujados del país donde, decía la gente y como se esperaba que sucediera, los fantasmas de quienes murieron aún rondaban el lugar y lo cuidaban en medio de todo el dolor que provocó sus prematuras y horripilantes muertes.

No conforme con eso, contaba con otra historia aún más truculenta, aunque casi romántica, que había llevado a toda esa tragedia.

—Te da miedo, pequeña cobarde —le espetó Naraku con la clara intención de provocarla, algo contra lo cual Kagura no pudo evitar reaccionar.

—No me da miedo, imbécil —contestó frunciendo el ceño—. Sólo que no creo que sea buena idea entrar a este lugar. Dicen que está maldito, que los fantasmas de los que aquí murieron aún andan penando. Sea verdad o no, este sitio no me da buena espina.

Naraku rodó los ojos y suspiró con fastidio. ¿En serio pensaba echarse para atrás por historias tontas de fantasmas? Sin contar que había recorrido media ciudad para llegar hasta ahí, ni loco regresaría por donde vino para dejarla en su casa.

—O peor aún —prosiguió la muchacha—, puede haber bandas de pandilleros dentro, o vagabundos, y esos son más peligrosos que los muertos.

—Me sorprendes, Kagura. Jamás pensé que fueras tan miedosa.

—¡Claro, para ti es muy fácil decirlo! A ti sólo te darían la paliza de tu vida, en cambio a mí me darían una golpiza monumental y encima me violarían en grupo. Para mañana al alba tendría ya un bastardo en el vientre.

—Nadie te va a violar —Naraku la jaló del brazo y la acercó frente a él bruscamente, vanagloriándose en toda su sonrisa de arrogante. Al verle la expresión quiso alejarse, pero el muchacho respondió poniendo ambas manos sobre su espalda y apretando su cuerpo contra el suyo, impidiéndole la salida—. No te preocupes, Kagura. A mi lado no te pasará nada malo. Sabes que nadie puede conmigo.

—Ajá… —rezongó de mala gana, contrario a sus brazos que, por pura inercia, rodearon el cuello de Naraku con una gentileza posesiva al tiempo que la joven desviaba el rostro. Hacía eso cada vez que no quería ver lo que su propio cuerpo hacía.

—Ahora, no seas una niña cobarde y entremos.

—Ya te dije que no soy una cobarde.

Esta vez sí lo empujó lejos de ella, pero Naraku volvió a tomarla del brazo y la jaló con él hacia la entrada del lugar, logrando que Kagura diera uno que otro tropiezo con el acelerado ritmo de los pasos de su novio.

—Entonces demuéstralo.

Sus continuas puyas y provocaciones finalmente hicieron el efecto esperado en Kagura. Podía llegar a ser impulsiva, un punto débil que Naraku solía aprovechar cuando quería convencerla de hacer algo de lo cual no estaba completamente convencida, ¿pero para qué hacerse tontos? Ambos sabían que muy en el fondo, a ella también se le quemaban las manos por entrar a la estación de Ama no Iwato y experimentar lo que sea con lo cual se pudiesen encontrar. La adrenalina también era uno de sus puntos débiles, otra de las razones por las cuales estaba con él y que la llevó a que con el tiempo se convirtiera también en uno de sus compañeros de correría.

—¿Al menos sabes cómo entrar? —inquirió Kagura escéptica justo al llegar a las puertas del edificio. Tal y como lo pensaron, las encontraron cerradas a cal y canto y cualquiera hubiese creído que ahí se les aguadaba el chiste, pero Naraku no era cualquier persona.

Justo como imaginó, el muchacho no le contestó y se limitó a caminar un poco, como buscando algo especifico. Le indicó a Kagura que se quedara cerca de él; después de todo ella tenía razón, quién sabe con qué se podían encontrar ahí dentro. Mejor tenerla cerca y protegerla aunque la idea le sonara asquerosamente cursi, de lo contrario sufriría la ira ciega de la muchacha, incluso violada y todo.

—Bankotsu me dijo que había otra entrada. Una salida de emergencia. Debe estar por aquí.

—¿Él ha entrado aquí? —Naraku negó con la cabeza, ganándose aún más escepticismo por parte de Kagura—. ¿Entonces cómo lo sabe?

La ignoró, pero no tardó en encontrar la entrada de la cual Bankotsu le había hablado y que se había violado con el paso de los años. Una salida de emergencia cuya entrada había sido transgredida por pandilleros y vagabundos tal y como Kagura había dicho. La puerta de metal estaba medio abollada y tenía varias marcas de golpes llenas de tierra y lodo. Algunos grafitis adornaban la sucia superficie con rayones horribles y dibujos sin sentido, pero no necesitaron más que un violento empujón por parte del muchacho para lograr entrar.

—Fue más fácil de lo que pensé —afirmó Naraku con una sonrisa confiada luego de haberle propinado una buena patada a la puerta, la cual se abrió frente a ellos con un fuerte estruendo que hizo estremecer a Kagura.

Efectivamente, al parecer la seguridad que se había puesto en el lugar para evitar la entrada de entrometidos y curiosos llenos de morbo como ellos, era bastante pobre, pero contrario a lo que habían esperado, cuando entraron al recinto que se extendía frente a ellos y caminaron entre los pasillos que dirigían directo a las salas de espera de los vagones, no encontraron signo alguno de vida.

Lucía completamente abandonado, desierto y olvidado de la mano de Dios, completamente arrojado al olvido.

A diferencia del exterior del edificio o la puerta por la cual entraron, no había grafitis en las paredes, tampoco jeringas tiradas en el suelo o rastros de que algún vagabundo hubiese pasado la noche ahí o fuese hogar de los rezagados de la sociedad.

Si bien el sitio lucía descuidado y sucio luego de cinco años privado de todo mantenimiento, estaba igual al mismo día que se cerró, ni siquiera lograron encontrar las columnas destruidas contra las cuales se habían estrellado los vagones y llegaron a la conclusión de que probablemente había sucedido en otra sala. Ya tendrían tiempo para curiosear y, si daba aún más tiempo, tal vez hasta podrían sacar un par de fotos. Por lo menos Kagura se moría por encontrar algún tipo de pista fantasmal en la definición de su celular.

Estuvo a punto de sacar el móvil, pero cuando quiso alcanzar su mochila Kagura se dio cuenta de que tenía los dedos acartonados. Una sensación helada le acarició las piernas con la misma malicia con la cual Naraku solía pasar sus manos por los mismos lugares hasta alcanzar sus muslos y luego más allá, pero en lugar de hacerle hervir la sangre y calentarle la piel, la brisa fría únicamente le erizó la piel, provocándole también una pesadez insoportable en el vientre que distaba mucho de la excitación sexual previa al anuncio de un buen polvo cuando se encontraba sometida entre las manos insidiosas del cabrón de su novio; esta nueva desazón también le volvía la respiración pesada y agitada, pero solamente venía provocada por el aire frío con olor a encierro del recinto por el cual caminaba, un tufo viejo, igual que el de un cadáver ya hace mucho tiempo descompuesto entrando por sus fosas nasales.

Se abrazó a sí misma, aliviada de estar aún cubierta con la chamarra negra de Naraku, y no era para menos, todo el sitio estaba helado.

El ambiente de las amplias y abandonadas salas del metro estaban heladas, igual que si hubiesen entrado a un frigorífico descompuesto que aún guardaba dentro de sí una buena dosis de frío y el olor rancio de la carne. El aire que respiraban estaba estancado, con el característico olor del polvo y la suciedad acumulada de los años junto a un fuerte olor a humedad que penetraba en las narices de ambos, haciendo que arrugaran la nariz molestos por el extraño olor. Tuvieron que acostumbrarse a él, aunque a Naraku le costó mucho menos trabajo, acostumbrado desde siempre a cosas un tanto más asquerosas que su novia.

Eso de que hiciera frío no le agradaba nada a Kagura, pero pensó que era lo más lógico, no que fuera a causa de la presencia de los fantasmas que se le adjudicaban. El lugar llevaba años cerrado y apenas habían entrado en primavera luego de las fuertes nevadas que habían azotado la ciudad de Tokio. Seguramente aún estaba frío por el crudo invierno que había caído sobre sus cabezas en los últimos meses, antes de que el sol y las flores comenzaran a florecer por todos lados.

—Excelente lugar para tener una cita —comentó Kagura abrazándose a sí misma al tiempo que Naraku la volteaba a ver. No le sorprendió encontrarla con su mejor cara de fastidio—. ¿Por qué no se te ocurrió mejor llevarme al cine o a tomar un helado? Como una pareja normal.

—En primer lugar, sabes que no somos una pareja normal —contestó Naraku mientras alzaba una ceja, haciendo un notable énfasis en sus últimas palabras, lo cual provocó que los pasos de Kagura se volvieran más fuertes y firmes sobre las losas blancas del suelo. Las voces de ambos dejaban un largo y denso eco a su alrededor que parecía nunca terminar de desvanecerse. Después pareció venir acompañado por el eco sordo de sus propios pasos, adentrándose en lo que casi parecía un sitio sagrado, prohibido para morbosos como ellos, uno que aún así profanaban—. Y en segundo lugar, porque soy Naraku. No voy a hacer lo mismo que todos los adolescentes imbéciles de por ahí.

El comentario le sacó una risilla a Kagura, una que Naraku recibió de buena gana. Ah, cuando lograba ponerla de buen humor (empresa siempre ardua) podía hasta resultar encantadora mientras sonreía y reía para él, riéndose de sus bromas idiotas llenas de humor negro. Aunque francamente la prefería enojada y discutiendo a viva voz con él. Por fortuna sus discusiones, la mayoría de las veces, terminaban en luchas de poder bastante peculiares sobre una cama, el piso o el escritorio.

—No esperes que yo sea como todos esos idiotas que no se atreven a acercarse a ti, mi querida Kagura —Naraku, siempre regodeándose en su propio narcisismo, dio un par de pasos al frente y caminó hacia atrás siguiendo el ritmo de Kagura, levantando ambas manos en esa pose que siempre indicaba que se sentía como el Rey del mundo. La sonrisa de Kagura desapareció al instante y le respondió rodando los ojos.

Era cierto, tenía que darle la razón en ese sentido: no eran una pareja normal. Ambos dudaban incluso que ellos mismos fueran normales, pero eso de ir al parque tomados de la mano mientras compartían un helado no les iba mucho. Preferían la emoción, el secretismo prohibido y morboso en sus "citas", que mostrarse al mundo como un par de muchachos vueltos locos uno por el otro.

¿Qué mejor sitio para ellos en una cita que profanar un lugar donde hubo tanto dolor, aparentemente lleno de energías malignas que aún penaban por su descanso eterno? La acción en si tenía algo de malicia, sobre todo de parte de Naraku, de quien había sido la idea, y muy dentro de su retorcida mente y racionalismo, ese era el lugar más romántico para ellos dos, todo lo románticos que podían ser.

Solamente ellos dos y un montón de fantasmas patéticos y envidiosos, observando llenos de impotente rabia las delicias de la vida ahora perdida para siempre, encarnadas en dos adolescentes que se abrían paso por el mundo a punta de mordidas que presumían una vez que asestaban el golpe y dejaban la marca de sus dientes.

—Hace frío —masculló Kagura luego de caminar unos metros más, buscando con la mirada de un lado a otro algún signo de vida, pero se paró en seco cuando Naraku se le acercó y le pasó un brazo por encima de los hombros para acercarla a su cuerpo posesivamente, provocando que ella de inmediato se removiera contra él.

—Deja de moverte como sanguijuela —rezongó Naraku sujetándola con más fuerza—. ¿Qué no dijiste que tenías frío? Eres demasiado friolenta para tu propio bien. Creo que porque eres demasiado delgada.

—Ah, ¿ahora estoy muy flaca para ti? ¿Acaso temes partirme en dos con tu enorme polla o qué? —Mientras reclamaba a viva voz Kagura intentó volver a quitárselo de encima, pero Naraku rodó los ojos y suspiró resignado, sujetándola con más fuerza contra él, cada vez más posesivo.

—No te pongas histérica, ¿quién las entiende a ustedes? Me patearías el culo si dijera que eres muy gorda —Estuvo a punto de contestar, lista para soltar una puteada o una buena cachetada (que no era la primera vez que su novio se ganaba una), pero Naraku se le adelantó enseguida—. Y no, no estás gorda.

—Idiota… —masculló Kagura por lo bajo, pero Naraku no pudo hacer otra cosa más que sonreír burlón. ¿Qué podía decir? Le encantaba discutir con Kagura, aunque a veces también lograra sacarlo de quicio. Afortunadamente ese día estaba de buenas para tolerarla.

—Estás demasiado nerviosa —prosiguió—. ¿Tal vez asustada?

—No estoy asustada —exclamó la chica aún siguiendo el paso del muchacho, quien no había dejado de pasarle el brazo por los hombros.

—No te enojes, Kagura. Créeme que este lugar es más romántico de lo que parece.

—¿Te refieres a lo del… Balcón?

Lo miró contrariada y él contestó con una sonrisa confiada. Para cuando miró al frente se dio cuenta de que estaban ante las puertas de cristal que dirigían al edificio antaño plagado de tiendas y restaurantes, una construcción minimalista propia de la arquitectura moderna japonesa, y se encontraron con que las puertas apenas y tenían unos maderos cubriendo pobremente los enormes portones de vidrio, ahora quebrados, y los trozos que quedaban sujetos a sus oxidados marcos estaban llenos de tierra y humedad.

A pesar de su pregunta Kagura sabía exactamente a dónde iban y por qué. La estación de Ama no Iwato no sólo contaba con la desgraciada historia de los vagones descarrilados y sus docenas de muertos, tenían una historia aún más truculenta, casi trágica, detrás de todo lo que provocó aquellas injustas y prematuras muertes.

Traspasaron las viejas puertas tirando los viejos maderos que las protegían. Naraku se encargó de ello valiéndose de puños certeros y patadas violentas que le hubiesen quebrado la mandíbula a cualquiera y, al terminar su trabajo, volvió con Kagura para nuevamente sujetarla a él. Esta vez ella no se resistió cuando empezaron a caminar entre las tiendas y restaurantes abandonados del edificio sobre la estación. Mientras subían las escaleras una tras otra hasta llegar al piso más alto, el decimo, supo exactamente a dónde iban y no pudo más que pensar que Naraku estaba deschavetado si es que acaso esa era su idea de "romance".

Tal y como lo pensó, se dirigían al famoso Balcón del Beso, un balcón del piso número diez. Luego de uno de los tantos temblores que aquejaban a la zona, el dichoso balcón había quedado sin barandilla y nunca se mandó su reparación. Desde entonces estuvo restringido al público, pero ahora se había transformado en una especie de meca de los suicidas igual que lugares como el Bosque de Aokigahara [1].

De hecho, aunque sonara increíble y absurdo, ese lugar había sido el origen del accidente del metro. Su historia no salió a la luz hasta un par de días después, luego de que las labores de rescate pudiesen salvar la vida de unos pocos afortunados que lograron sobrevivir a los escombros y el agua turbia que se tiñó de sangre y polvo. Todo sucedió una vez que las autoridades pudieron investigar a fondo cómo es que una construcción altamente tecnológica de vías del metro pudo haber sufrido semejante accidente con apenas tres años de funcionamiento.

La realidad, es que más que estar mal construida o hecha a las prisas, el accidente había sido provocado con toda alevosía y ventaja. Los causantes habían sido un par de chicos de último año de bachillerato, un par de adolescentes idiotas enamorados, una chica y un chico que estaban locos el uno por el otro igual que un par de modernos Romeo y Julieta.

Kagura no pudo recordar el nombre de los muchachos, muy a duras penas recordaba lo que había visto en la clase de Historia Antigua de la semana pasada, pero decidió pensar en ellos como Romeo y Julieta, y resultaba ser algo de lo más acertado ya que su historia, más allá del aclamado romanticismo clásico que internacionalmente se le daba tanto fuera de la literatura como dentro de ella, es que aquella historia de amor había llevado a la muerte a más de una persona justo como sucedía en la obra de Shakespeare.

Julieta y su Romeo habían sido un par de estudiantes con toda la vida por delante, el mismo discurso que se les decía a las chicas como ella, o a Naraku, en un desesperado intento de los adultos por no verlos desviarse del camino correcto dictado por buenas calificaciones y respeto a las tradiciones.

Parecían tenerlo todo, chicos comunes y corrientes que vivían sin problemas, lo único que parecía interponerse en sus vidas es que no podían estar juntos. Por alguna razón los padres del muchacho estaban indispuestos a que mantuvieran un noviazgo con Julieta. ¿Por qué? Váyase a saber por qué mierda no los dejaban. Lo que más o menos recordaba de la noticia una vez que la identidad de los muchachos salió a la luz, es que al parecer ella había estado inmiscuida en la prostitución durante sus años de secundaria y que él era toda una promesa de la ingeniera, pero probablemente el problema de los padres de Romeo era el hecho de que ella se había dedicado a vender su cuerpo, ¿por qué motivos? Quién sabe, puro haber sido necesidad, por conseguir dinero rápido, por pura diversión; las chicas japonesas podían fingirse muy tiernas, casi como muñequitas de porcelana que no pueden tocarse sin crearles una fisura, pero era más común de lo que parecía las jóvenes, auténticas lolitas de Vladimir Nabokov, que se dedicaban a hacer de damas de compañía, prostitutas de empresarios o simplemente vender sus pantaletas usadas a viejos pervertidos llenos de fetiches y frustraciones. La cosa es que la chica había dejado de lado esa vida para guardarle fidelidad a su novio.

La bizarra solución a la cual llegaron para estar juntos eternamente y vengarse de un mundo que les impedía con todos sus medios estar juntos, fue preparar un ataque que rayaba en el terrorismo contra la estación de Ama no Iwato en la cual justamente el padre del chico había trabajado, quien también era ingeniero.

Con ayuda de los conocimientos de Romeo y el apoyo de su Julieta, construyeron una bomba que instalaron en uno de los vagones y detonaron ellos mismos antes de desaparecer de este mundo.

Habían sellado su pacto terrorista y suicida subiendo hasta el último piso, posicionándose en el borde del balcón y ahí, como despedida, se besaron como sólo los enamorados pueden hacerlo. Puede que fuera un amor adolescente pasajero, pero era tan apasionado e intenso como lo era besar al amor de tu vida, por lo menos eso fue lo que mostraron las cámaras de seguridad cuando captaron las imágenes de los muchachos antes de arrojarse juntos luego de besarse. Los vídeos dieron vuelta al mundo, fascinaron al público, alimentaron su morbo de sangre y también las ansias universales de amor ante esas imágenes que los mostraban tan profunda e iracundamente enamorados.

Ambos se tiraron del precipicio, abrazados, y antes de estrellarse al suelo y destrozarse el cráneo y los huesos contra el duro concreto, antes de que siquiera la gente en la calle pudiera ver que había un par de suicidas cayendo sobre sus cabezas y soltar un grito de espanto, el chico había activado el mecanismo de la bomba y para cuando sus cuerpos chocaron contra el piso, la bomba ya estaba detonando y descarrilando el metro entre los túneles hacia su fatal accidente.

Todo eso se supo gracias a los mensajes y los planes que Romeo y Julieta habían armado con cinco meses de antelación. Ya que el padre de Romeo había trabajado tres años antes en el proyecto de construcción de la estación de Ama no Iwato, Romeo sabía perfectamente bien cómo funcionaba el metro. Lo que recibió a cambio fue el completo apoyo de su Julieta, harta de un pasado de mierda que no le dejaba ningún futuro y la promesa de morir juntos como los psicóticos enamorados que eran y llevarse con ellos a más de cien personas.

Vaya manera de vengarse del mundo. ¡Tanto drama para nada! Y encima, nunca faltaba el imbécil que creía que eso era romántico.

Lo importante era que, desde entonces, el famoso balcón donde se habían besado por última vez antes de arrojarse al vacío se había convertido en toda una leyenda de romance fantasma, y se había transformado en una meca de suicidas donde continuamente las autoridades tenían que lidiar con gente loca que decidía tirarse desde ahí.

Lo único raro de todos los casos de suicidio que se habían dado gracias al Balcón del Beso, es que las víctimas siempre eran encontradas en el suelo ensangrentadas, pero también empapadas de pies a cabeza, algo que hasta la fecha nadie se explicaba.

—¿Conoces la historia del Balcón del Beso? —preguntó Naraku una vez que entraron a una de las salas del último piso. Ahí, al fondo de esta, podían verse unos grandes ventanales sin cristal y un balcón sin barandilla. La muchacha supo de inmediato que se trataba de ese mismo lugar.

—Claro que la conozco —espetó Kagura, ofendida. Como si alguien en el país no lo hiciera. La historia de Romeo y Julieta y sus trenes de juguete habían sido tema de conversación durante semanas—. Tanto drama para nada —espetó luego, dando unos pocos pasos—. Con lo fácil que pudo haber sido rebelarse contra sus padres o esperar la mayoría de edad para hacer lo que les diera la gana.

—¿Tú crees? Lo dices tan fácil… —Naraku alzó una ceja, mirándola de reojo, pero Kagura enseguida desvió la vista mientras se dirigía con ella al balcón, negándose a contestar el significado de sus palabras. Ahora más que nunca la consideró una niñita tonta y rebelde a la cual deseaba demasiado para su propio bien, para el bien de ambos—. No diría que es un drama.

—¿Entonces?

El muchacho pareció pensárselo un poco mientras caminaban hacia el lugar. Cuando estuvieron bajo el marco negro de los ventanales volvió a hablar. Incluso la sorprendió. No solían hablar tanto antes de comenzar a arrancarse los ojos con las uñas. Tal vez sí estaba de buen humor.

—Es sencillo, por lo mismo estúpido —Hizo una pausa antes de continuar y se volvió hacia Kagura—. A esto es a lo que se puede llegar por amor. ¿No ves? Los pobres ilusos estaban desesperados… pero nosotros podemos más.

—Entonces nosotros también somos unos ilusos —sentenció Kagura parándose con firmeza ante él.

—No, Kagura. Nosotros no somos como Romeo y Julieta. Nosotros somos mejores —La convicción burlona, descarnadamente arrogante de Naraku, no logró convencer a Kagura. Ella estaba segura y lo estuvo desde el mismo momento en que tuvo su primer beso con Naraku, de que ellos estaban peor que los mismos Julieta y Romeo; mucho más retorcidos y un poco más condenados, pero igual de jodidos.

—Linda poesía —masculló sarcástica—. Me traes a un lugar que es como nuestra historia.

Él negó con la cabeza levemente y cerró los ojos unos instantes antes de separarse de Kagura. Caminó unos pasos hasta el balcón, que no era más que un estrecho tramo de concreto que servía como adorno para el lugar y no como un lugar de relajación. No se acercó al borde del mismo hasta que se volvió para ver a Kagura.

—No es una poesía —contestó tajante—: Es una ironía. Cuanto más fuerte es su amor, mayor es su desesperación.

Kagura sintió ganas de salir corriendo, sin ser capaz de interpretar del todo a qué punto quería llegar Naraku con toda esa exasperante verborrea. ¿Acaso le estaba proponiendo suicidarse juntos arrojándose del balcón tal y como los Romeo y Julieta japoneses? ¡Peor aún! ¿Y si se le estaba declarando?

Después de todo jamás le había dicho que la quería, y si quería ser sincera consigo misma y tratar de desmenuzar todas las aristas de su enfermiza relación, dudaba mucho que Naraku realmente estuviese enamorado de ella. A veces pensaba que sí lo estaba, pero si así era, jamás se lo diría. El desgraciado preferiría pegarse un tiro en la sien antes de confesar semejante cosa ante ella. Sabía que su novio consideraba esas cosas debilidades inútiles.

—¿A qué te refieres? —inquirió Kagura mirándolo con desconfianza. Aún contra todas las advertencias de su mente se acercó a él, y por unos instantes pensó que el muy enfermo trataría de agarrarla de un brazo y arrojarla del balcón. Impulsada por los mismos nervios que se apoderaron de ella no pudo evitar soltar una risa que trató de disimular—. No me digas que estás pensando en suicidarte conmigo y por eso me has traído aquí.

Ahí Naraku soltó una risotada y prácticamente se dobló de risa, dejando a Kagura cruzada de brazos y mirándolo furiosa. Ahora ella tenía ganas de arrojarlo a él del balcón.

—No seas tan… romántica, Kagura. Sólo quería ver el lugar antes de que lo demolieran, además, en alguna ocasión te dije que una cosa que jamás haría, sería suicidarme —añadió aún entre risas, pero luego de unos instantes se detuvo por completo—. Sabes bien que yo estoy muy por encima de todas esas ideas y conceptos. Suicidas y amor, semejante idiotez.

Y vaya que lo estaba, pensó cuando lo vio caminar hasta el borde del precipicio. Naraku realmente estaba por encima de toda idea que pudiese existir sobre el amor. A pesar de estar con ella, a pesar de haber estado en el pasado con quién sabe qué otras chicas, él parecía pasar por encima de todos esos conceptos como si nada, como si en su corazón no existiese siquiera la palabra amor, como si lo único que anhelara fuera un instante de placer y poder lleno de hedonismo que le daba sentido a su vida.

También era una ironía tal y como él lo decía. Aunque parecía no involucrarse emocionalmente con nadie de su pasado y ni siquiera en el presente, Kagura sabía muy bien que era ella con quien había mantenido la relación más larga de su vida, una relación que, definitivamente, incluso si ese mismo día terminaba, ninguno de los dos podría olvidar nunca.

De hecho dudaba que algún día terminara, pero jamás harían nada de lo que la gente esperaba luego de mantener una relación de años, cosas como casarse o tener hijos. Esas posibilidades estaban completamente fuera del alcance de sus manos a menos que decidieran desatar un infierno sobre ellos que al final terminaría destruyendo lo poco de bueno que tenía su relación.

Lo siguió hasta posicionarse detrás de él. Naraku ni siquiera pareció notarla, demasiado ensimismado en la extensa vista de la ciudad urbana que se extendía delante de ellos desde aquella altura y que mostraba un mar interminable de casas, arboles, autos y edificios mucho más altos que donde estaban.

—Dime, Kagura, ¿lo encuentras emocionante? —murmuró Naraku sin voltear a verla—. ¿Alguna vez has estado así del precipicio?

Cuando bajó la mirada notó que los pies de Naraku estaban fuera del borde prácticamente por la mitad. Se tambaleaban junto con su cuerpo de adelante hacia atrás como si fuese un equilibrista de circo con, vaya ironía, la mente más desequilibrada de todas jugando a dar un espectáculo sin protección alguna entre su vulnerable cabeza y el suelo.

El viento, mucho más fuerte a esa altura, los golpeaba suavemente, amenazando con provocar que su novio hiciera un movimiento en falso. Cualquier otra chica le habría dicho a los gritos que se alejara de ese lugar, pero una vez más Kagura se encontró con la fascinante repulsión que le causaba esa constante búsqueda de Naraku por el riesgo y el peligro, como si muy en el fondo de su corazón estuviera vacío y necesitara del constante riesgo y su emoción atiborrada de adrenalina para poder sentir algo o pensar que su vida tenía algún sentido, algo que parecía completamente fuera de contexto cuando se enredaban follando como locos, devorándose como perros hambrientos, rabiosos, y él la hacía sentir como si fuese la única chica del mundo luego de haber asesinado a todos, quedando únicamente ellos dos en la tierra.

Si se ponía a pensarlo cinco segundos, esa era una de las principales razones por las cuales, en primer lugar, estaban liados.

Kagura se sonrió con esa malicia que parecía innata en ella, pero que también había sido afilada y perfeccionada en su constante convivencia con Naraku.

Tentativa, apenas dudando, levantó una mano y la dirigió hacia él, quien aún estaba de espaldas.

—Nunca —contesto Kagura sin dejar de sonreír—. Bueno, a veces sí siento que estoy al borde del precipicio. ¿Pero a ti alguna vez te han apuñalado por la espalda?

Naraku abrió los ojos de golpe, identificando enseguida el significado de las palabras de su novia.

Se dio la vuelta con la misma rapidez y agilidad que una serpiente, tal vez como una araña caminando entre sus propios hilos de seda, pasando por encima de sus propias trampas y presas atrapadas, y se encontró a una Kagura que apenas abría ambos ojos como platos en medio de toda su sorpresa, mano arriba, ahora temblando de miedo. Dejó de temblar cuando él la tomó por la muñeca de su brazo traidor, a veces pícaro, y la observó con dureza.

Por unos instantes Kagura pensó que le rompería el brazo, o peor aún, que pensaba pagarle con la misma moneda.

—¿Querías arrojarme del precipicio, pequeña traidora? —espetó observando aún su mano sujeta a él, cuyos dedos estaban encrespados entre la fuerza que él aplicaba contra su muñeca.

—Sólo estaba jugando —Rió nerviosamente, sonriendo con un gesto apenas convincente. Nervioso, sí, pero también tan malicioso como el que Naraku solía usar. Eso le agradó; detestaba la traición a pesar de ser él mismo un traidor, pero si venía por parte de Kagura, siempre jugando a intentar superarlo, a hacerlo caer en sus propias redes, eso al final siempre lo seducía, o lo enojaba. No sabía exactamente cómo sentirse ante la idea, o la pesada broma, de que ella intentase tirarlo del Balcón del Beso, y por lo mismo no soltó su muñeca. Se mantuvo sujetándola cada vez con más fuerza, una fuerza que no midió, que simplemente dejó que se intensificara sin pensarlo demasiado al mismo tiempo que el bello rostro de Kagura se deformaba, sintiendo como la certera mano de su novio le cortaba la circulación y apretaba su piel con furia.

—Naraku… —murmuró ella, pero él pareció no escucharla. Al instante empezó a forcejear—. ¡Naraku, ya suéltame! ¡Me lastimas!

—Bien —exclamó el muchacho sonriendo con malicia una vez que logró salir de su ensimismamiento, logrando helarle la sangre a la chica incluso cuando le soltó el brazo—. Si quieres jugar, vamos a jugar.

Kagura entonces creyó que realmente la arrojaría por el balcón: lo único que pudo pensar después de eso fue imaginar la súbita caída en el aire, su propio grito de terror desgarrando el viento y sus oídos hasta detenerse en seco al chocar contra el suelo, pero pensó que al menos, tal vez, podría tener el consuelo de llevarse a Naraku con ella. Y si no, siempre existía la posibilidad de que el muy maldito se pudriera en prisión.

—"Si yo me hundo tú, te vienes conmigo" —Pensó—. "No somos mejores que Romeo y Julieta: somos peores".

En su lugar sí sintió el golpe contra el concreto, pero no fue de una larga caída en picada hacia el abismo, sino que provino de una caída inofensiva cuando se encontró a sí misma boca arriba en el balcón luego de que Naraku la arrojara contra él bruscamente.

Se quedó helada en su lugar, observando a su novio desde abajo con los ojos abiertos y las rodillas juntas, temblando violentamente. La falda se le había levantado hasta los muslos, mostrando ligeramente sus bragas de suave tela rosa pálido, y la chamarra negra de él estaba desparramada a los lados de su torso.

—¡Idiota! ¡Me pudiste haber matado! —reclamó irguiéndose sobre sus codos, pero Naraku soltó una risa seca y se arrodilló delante de ella como un gato ágil y travieso, listo para arañar.

—¿Yo? Tú eras la que estaba jugando a matarme —murmuró acercándose un poco más, poniendo ambas manos sobre sus rodillas, logrando hacerle cosquillas con las puntas de sus dedos.

—¡Y lo debí haber hecho, maldito bastar…!

Se calló en seco cuando Naraku separó sus rodillas de golpe y se abalanzó sobre la chica como una bestia. No pudo seguir hablando una vez que él posó bruscamente sus labios sobre los de ella y comenzó a manipular aquella demencial danza a la cual la mayoría de las veces Kagura se oponía, pero a pesar de que le golpeaba la espalda con débiles puños e intentaba empujarlo por los hombros, no hacía nada realmente útil para quitárselo de encima.

A Naraku le gustaba tenerla así, jugar al rechazo y a la repulsión que Kagura siempre le mostraba con tanta falsedad, un juego que a él le divertía y a ella la tranquilizaba porque era demasiado orgullosa como para aceptar por entero que le gustaba lo que le hacía, aunque sus acciones la contradijeran continuamente, al igual que él era demasiado egocéntrico como para aceptar que Kagura se había convertido en una especie de debilidad para él, una debilidad que luchaba constantemente porque no encontrara su talón de Aquiles.

A los pocos segundos la joven se dejó llevar como siempre sucedía, ya con su cuota de leoncita orgullosa saldada, y correspondió el beso con el mismo frenesí hostil con el cuál su novio siempre la besaba. Pasó una mano tras su nuca y acarició el suave cabello que le caía por encima del cuerpo y se desparramaba a los lados, al tiempo que otra de sus manos se posicionaba sobre su espalda, apretándolo contra sí, encajando sus dedos por encima de la ropa.

Él puso ambas manos tras la nuca de ella, impidiéndole a su boca escapar de la danza enérgica y apasionada de sus labios y profundizando el beso, comenzando de a poco a invadir su boca con la lengua, deseando desatarle el cabello y enterrar sus dedos entre las hebras y mechones, jalarla de ellos y verla hacer ese gesto de dolor falso y excitación en partes iguales.

Con una rodilla le mantenía las piernas separadas, frotando sutilmente el muslo contra su entrepierna cubierta por las bragas de seda rosa y la oscura falda a cuadros, ya desacomodada y desparramada por el suelo, como invitándolo sugerente a ser arrancada y desgarrada.

Cuando Naraku comenzó a mover con más energía su muslo contra su oculto sexo, Kagura se sintió temblar al instante, gimiendo quedamente contra la boca de su novio cada vez que este cambiaba la posición y se permitían respirar unos segundos antes de seguir.

Naraku llevó una de sus manos a la femenina cintura y se dedicó a apretar la palma contra la estreches de la misma, tentando la piel por encima de la blanca blusa. Kagura, rebasada por la anticipación del placer de ser tocada por sus manos ávidas y expertas que siempre sabían dónde posicionarse y tocar para que sus rodillas se volviesen gelatina y ella respondiera dócil a su tacto, dejó caer una de sus piernas a la orilla del desmantelado balcón, permitiendo un poco más la entrada.

Abajo, en las calles y las aceras sobre las cuales caminaba la gente inmersa en sus asuntos, en sus problemas y rutinas, ninguno notaba al par de intrépidos jóvenes que en el famoso Balcón del Beso hacían honor al nombre de una forma mucho más atrevida de lo que lo habían hecho aquel par de Romeo y Julieta asesinos, enamorados hasta el hartazgo demostrándose toda su ternura segundos antes de su muerte, no a punto de follar en público como un par de perros.

Estaban a centímetros del precipicio besándose y tocando de aquí para allá en el cuerpo que tenían a su lado. Cualquier movimiento en falso podría tirarlos a una muerte segura y aunque ninguno de los dos soñaba con hacerse viejos juntos y morir lado a lado luego de toda una vida de convivencia, en esos momentos morir de esa forma sonaba como algo lindo.

¿Sería ese el efecto que causaba el Balcón del Beso, ese que se había convertido en meca de suicidas? ¿O sería no más que la adrenalina recorriéndoles la sangre e intensificando la emoción de romper toda regla, barrera y tabú cada vez que una mano se movía por aquí o por allá y sus bocas se juntaban hasta quedarse sin aliento?

—Esto está muy divertido —susurró Naraku, agitado, separando sus labios de los de Kagura. En segundos sus dientes y boca estuvieron cazando el cuello de la chica—. Hagámoslo aquí.

—¡¿Qué?! ¡¿Aquí?!

—¡Sí, aquí mismo! —exclamó el muchacho, insistente y con renovada emoción.

Kagura apretó un puño contra el cabello de Naraku e intentó detenerlo unos instantes, pero él no respondió, aún mordiendo el cuello de la muchacha con insistencia.

—¿Estás de broma? Nos podemos matar aquí —se negó Kagura mientras él ya comenzaba a acariciar uno de sus muslos mientras le levantaba la falda. La joven no pudo evitar temblar—. No estoy tan loca. Cualquier movimiento en falso y nos vamos al vacio.

—¿Te refieres a caer del balcón, o a dejarte embarazada? —Naraku ya había comenzado a morder el lóbulo de su oreja tiernamente y respiraba con agitada potencia contra su oído, buscando incitarla a aceptar.

—Por las dos.

—Tengo condones, si eso es lo que te preocupa. ¿Sigues tomando las pastillas?

—No, Naraku, déjame. No vamos a follar aquí —Kagura al fin logró quitárselo de encima y puso ambas manos sobre el pecho de él. Naraku apenas y se separó de ella, encontrándosela con las mejillas sonrojadas y los labios hinchados. La vio desviar los ojos unos instantes, como buscando algo—. Nos podrían estar grabando, alguien podría estar viendo.

—No seas tonta. Nadie está viendo, Kagura —respondió tajante, pero su duro tono de voz contrarrestaba salvajemente con la forma gentil con la cual aún le acariciaba los muslos, subiendo por ellos peligrosamente. La muchacha pudo sentirlo y aún así no tuvo las fuerzas ni las ganas para detenerlo.

—¿Cómo sabes?

Naraku no respondió. Siguió subiendo la traviesa mano por toda la suavidad tersa de su piel hasta que se perdió debajo de la falda. Apretó los dientes con fuerza cuando lo sintió llegar hasta su entrepierna y rozar las pantaletas. Naraku la encontró ya húmeda y cálida al contacto.

—No pareces muy convencida —afirmó, sonriéndole con lujuria.

—No, Naraku… no, por favor… —Se cortó de golpe cuando él hizo caso omiso a su petición y siguió jugando con sus dedos contra ella, pero no hacía nada realmente fuerte para apartarlo de ella—. Basta, basta…

Sus gemidos dejaron de entremezclarse con sus pálidas cuando se volvieron más agitados y pesados. Se agarró con fuerza de los brazos de Naraku y apretó los dedos contra su camisa blanca, logrando que debajo de la tela le quedaran marcas rojizas y dolorosas una vez que sus uñas se encajaron en su piel sólo con la ropa como barrera, pero no le importó. Se mantuvo con los ojos bien abiertos, sin parpadear, observando cómo Kagura se tensaba debajo de él, sus ojos tornándose blancos por segundos, admirando su espalda al verla arqueaba y la forma en que su rostro se contraría presa del placer y sus gemidos, que penetraban hondo en sus oídos provocándolo cada vez más.

Lo recibió de buena gana cuando el muchacho se acercó y la besó con fiereza, acallando sus jadeos y arrebatándole un poco más el aliento, incitándola de a poco mientras jugaba con su lengua. No alejó la mano de su entrepierna y ahí siguió manipulando sus puntos débiles, rozando la humedad de la tela y manteniendo su cabeza sujeta a su lugar agarrándola del peinado ahora medio desbaratado.

Kagura se debatía entre aceptar o no. La idea de tener sexo en un edificio abandonado, supuestamente lleno de fantasmas que serían testigos de su frenesí carnal, de su ilusoria libertad para romper los tabúes que sobre ellos se cernían sin piedad, en un sitio donde años atrás dos amantes se habían despedido para irse juntos al infierno, era una idea tentadora, para qué negarlo, pero a la vez la idea de hacer cualquier movimiento en falso que los llevara directamente a la muerte pugnaba, en esos momentos, en el raciocinio cada vez más mermado de Kagura.

Luego no hubo tiempo de ponerse a pensar demasiado en ello. Un crujido en el concreto del edificio tronó alrededor de ellos y los hizo detenerse en seco. Naraku se irguió sobre sus manos y Kagura apretó las suyas contra sus brazos. Pudieron ver cómo todo lo que los rodeaba se movía y trepidaba de un lado a otro violentamente, haciéndolos marearse y sentir el golpe de espanto instintivo golpearles el pecho.

—Mierda, está temblando —masculló Naraku separando su cuerpo del de ella, pero sin atreverse a ponerse de pie, mostrándose apenas preocupado por el fenómeno; en realidad estaba más preocupado por el hecho de que eso le mandaría a la mierda su propio deseo y la excitación que ya había logrado despertar en su novia. No era la primera vez que les tocaba sufrir un terremoto, pero a Kagura le heló la sangre ante la idea de que el precario trozo de concreto donde estaban pudiese ceder ante la fuerza del temblor y caer con ellos dos juntos.

Ya se imaginaba dentro de algún programa que tratara sobre maneras bizarras de morir. Vaya mierda. ¡Y ella con las pantaletas mojadas, para colmo de males!

Naraku se sujetó con más fuerza del piso y Kagura, a su vez, se agarró de él cuando a los pocos segundos el temblor subió de intensidad hasta transformarse en algo que únicamente se podía identificar como un terremoto.

Estuvieron a punto de levantarse y salir corriendo de ahí, pero tan rápido como los temblores llegaron, se fueron. La fuerza de la tierra que se movía debajo de ellos se acabó en seco y sólo dejó el eco crujiente de las paredes inundando las salas y pasillos vacíos del abandonado edificio.

—Creo que ha sido suficiente emoción por un día —murmuró Kagura mirando a Naraku, quien rápidamente se puso de pie, llevándosela con él al tomarla del brazo y hacerla levantarse bruscamente.

—Vámonos. Si está porquería se cae quedaremos hechos mierda —espetó dándole un rápido vistazo a la larga y mortal caída que estaba a centímetros de ambos, una caída la cual segundos antes estuvo dispuesto a desafiar follando. Lástima, ya se le había bajado toda emoción. Efectivamente, tampoco estaba tan loco.

Kagura, antes de seguirle el paso para salir de ahí, sí le dedicó una mirada más larga a la calle que se extendía debajo del balcón.

Le pareció curioso que los autos en el trafico no se hubiesen detenido, al contrario, seguían su curso como si nada hubiese pasado, y la gente que caminaba por las aceras seguía haciéndolo aún inmersa en sus celulares y en sus asuntos. Tampoco había personas saliendo de las tiendas y las oficinas de los edificios aledaños, aunque Kagura pensó que quizás andaba demasiado nerviosa por el terremoto, por profanar aquel sitio que desde un principio le dio mala espina y por el reciente deseo que le nubló el juicio por más segundos de los que le gustaba aceptar. Además, desde esa altura la gente lucía como hormigas y no confiaba en sus alterados sentidos para ver las cosas con claridad.

De hecho, si sus sentidos funcionaran bien, ni siquiera estaría ahí con Naraku, dejando que la tocara como tantas otras veces se lo había permitido. La humedad aún presente en su entrepierna la delataba ante sí misma y no pudo evitar recordar una frase que Naraku hace tiempo le había dicho, algo de que los pecados y las tentaciones estaban para caer en ellos.

Se preguntó si Naraku habría tenido en algún momento la tentación de saltar por el Balcón del Beso.


[1] Bosque de Aokigahara: es un bosque en Japón llamado también el Bosque de los Suicidas. Queda al pie del Monte Fuji y tiene su nombre porque es un sitio que, por alguna razón, atrae a muchos suicidas. Si mal no recuerdo llegan a encontrar hasta cien cuerpos al año, y tiene una larga historia relacionada con la mitología japonesa de los demonios que afirma que el bosque está maldito. Se podría decir que es una "meca de suicidas".


Y bueno, aquí el segundo capítulo. Ya me moría por subirlo. Solamente le queda un capítulo más a este fic y queda terminado; se siente extraño terminar un fic de más de un capítulo o.ó

Bueno, este pedo del Balcón del Beso se me ocurrió inspirándome mucho en la una leyenda mexicana llamada "El Callejón del Beso", que a grandes rasgos va de una historia sobre dos amantes que querían estar juntos, pero el padre de ella quería casarla y le prohibió ver a su novio. La cosa es que la nana de la chica le facilita al muchacho una casa con balcón que queda justo frente al balcón de la recamara de la muchacha, con apenas un callejón de por medio; es decir, pueden besarse o tomarse de las manos de balcón a balcón por la cercanía, pero cuando están en uno de sus encuentros el padre la descubre, y mientras está con el novio, la mata frente a él. La joven muere y lo último que hace el muchacho es besarle la mano a través del balcón. Algo así va (?)

De ahí se me ocurrió lo del Balcón del Beso de la estación, con la imagen de la portada y la historia de la bomba, la leyenda y demás, y claro, ayudándome un poco con lo de Aokigahara.

Este capítulo estuvo un poquitito subido de tono, y quise profundizar un poco en el concepto de amor que tienen Naraku y Kagura como "pareja". Ya verán por qué, en el siguiente capítulo todo se aclara.

En fin, no tengo más que aclarar. Espero el capítulos les haya gustado y muchas gracias a quienes se tomar el tiempo de leer.

[A favor de la Campaña"Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido

Agatha Romaniev