Tres meses habían transcurrido ya desde la conclusión de lo que mi querido compañero calificó como nuestro último caso, mi mente divagaba en ansiedad vertiginosa pensando en Mary, no, en su peligroso acercamiento. Nuestro pequeño encuentro en "The Royal" había sido únicamente el conducto que diera inicio a una guerra fría, silente; John H. Watson, se encontraba en juego su imprescindible presencia. Nunca antes había cavilado que algo como eso podría obligarme a formar parte de algo tan sin sentido, pero me encontraba allí, dándole miradas significativas a las incoherentes sensaciones que vibraban, no en mi cabeza, si no en mi cuerpo, cuando recibía de buena gana –y juraría con un toque sagaz –las buenas nuevas con respecto a la Omega institutriz de parte de mi querido doctor, sin embargo, me esforzaba por mantenerme lejos de ese enigma ignorando los pensamientos profundos que llegaban a mí, realizando preguntas que exigían una respuesta que no deseaba darles.
Mi mente se atrofiaba, devanándose en nimiedades que me sacaban de quicio, llevaba tiempo sin ingerir sustancias dañinas para el organismo humano, exceptuando las píldoras supresoras que marchaban conmigo allá a donde fuera, pero sucedió de nuevo aquella mañana londinense, en donde me perdiese en el líquido denso de la cocaína diluida deslizándose desde la aguja epidérmica hasta mis venas: la alucinación fue efímera, un mero suspiro, pero también fue avasallante e impetuosa, nublando la conciencia implacable de mi cerebro y estimulando mi razonamiento, entre la bruma somnolienta de su efecto vislumbré una respuesta a las tantas interrogantes recientes, he de admitir, no sin sentir vergüenza, que no me agradó en lo absoluto.
Nunca me había negado tanto a un enigma como lo había estado haciendo. Admitir el pánico que me arribó al pensar en que mis supresores dejaran de ser efectivos no significó problema alguno, la realidad era tan inmensa e infranqueable que no había motivo para ello.
Sorprendentemente esa tarde descubrí que la ingesta de alguna otra sustancia bajaba paulatinamente la efectividad de los supresores, curioso modo de descubrirlo.
Decidir pelear en un lugar de escasa reputación quizás no fuese la idea más brillante o sensata, pero últimamente ninguna de mis decisiones lo estaba siendo demasiado, sea como fuere, el resultado estaba garantizado en mi beneficio, pero dar al público un espectáculo siempre era mejor, sin embargo, mis músculos parecían adormecidos mientras esquivaba puñetazos poco certeros del contrincante de turno, un hombre bebedor, aproximadamente catorce centímetros más alto, con notable peso y una masa muscular más imponente, un hombre beta, nada grandioso, muy descuidado, violento con sus ataques pero torpe en sus movimientos.
Lo maravilloso nació cuando, acorralado contra los mohosos maderos que delimitaban las gradas, me percaté de la cercanía violenta de su boca a mi oreja derecha, un juego sucio me decía que buscaba morder, era comprensible que sucediera en lugares tan bajos, sin reglamentaria alguna, había sucedido antes, y siempre había sabido llevarlo bastante bien, sin embargo, en aquella ocasión un escalofrío insano había recorrido mi cuerpo en vibraciones espeluznantes que hicieron a mis piernas tensarse y a mis pupilas contraerse.
Su aliento había golpeado sin intensión probable justo debajo de mi oreja, en la unión del cuello y la cabeza, el horror me abordó, indicándome que le alejase, y lo hice, pero lo que parecía difícil de comprender eran los impulsos irracionales ¿Qué estaba sucediendo? El temor es un instinto primario que nos alertaba del peligro, supervivencia, básico, pero la sensación, el pánico y el hastío no lo eran, ¿Qué podría ser...? Una glándula hormonal ubicada justo allí era el motivo.
Esos insignificantes centímetros cuadrados de piel eran la zona prohibida de todo Omega respetable, acercarse demasiado era mal visto y se consideraba una indecencia que era tolerada únicamente cuando un alfa elegía a este para convertirlo en su pareja de vida.
Me estremecí ante el horror y las náuseas. Siendo racionales, ¿Era justificado? posiblemente no;en ese momento le alejé con desespero concienzudo e intenté continuar, sin embargo, no fui capaz de dejar de meditarlo hasta que llegó a mi olfato el aroma inconfundible de un omega, una mujer omega, siendo específicos: El vestido rojo parecía brillante, resaltando, como ella lo hacía, entre el mar de personas vestidas con ropajes viejos, su mirada coqueta, su piel blanca y sus labios tintados de rojo profundo, Irene Adler, mi atención puesta en ella envió lejos las intenciones de continuar peleando.
Me sentí realmente frustrado cuando mi contrincante me detuvo, lo que menos necesitaba era permanecer allí un segundo más, permitiéndome sentirme ofuscado por el defectuoso funcionamiento de los supresores.
Después concluir con una victoria a mi favor salí de ese lugar, con las ganancias de la noche en los bolsillos. La presencia de esa mujer había removido algo en mi interior, después de todo, la curiosidad de su repentina llegada cosquilleaba en mi nuca y la necesidad de nuevas píldoras también.
Tiempo más tarde me encontraba con mi querido doctor dentro de una carroza, camino a Scotlan Yard para despedir de esta vida a Lord Blackwood, sin embargo, no esperaba que discutiéramos por una banalidad como aquella: un Chaleco que no le venía bien, había quedado claro eso en un pasado, no había razón para que me cuestionase. Opacaba la profundidad de sus ojos azules.
Por supuesto que después de la visita a Scotlan Yard no esperaba la visita de La mujer, en nuestro piso, su aroma personal y su perfume francés inundaba la habitación, ella tenía para mí un caso, una persona desaparecida y un hombre de identidad desconocida que le aterrorizaba, mi cuerpo entero ardía en llamas por desentrañar tan estimulante acertijo.
Vibraciones calientes que quemaban la piel comenzaron a correr sin piedad mi cuerpo entero cuando me vi contándole lo acontecido a mi compañero de piso, parecía resuelto a que ignorara mi deber...
Sus ojos me desviaban del tema.
Uno de los dos quería marcharse de nuestra sociedad y ese no era yo, sin embargo, se atrevía a expresar su disconformidad para con el trato de Irene Adler...incomprensible el buen doctor. Negaba lo evidente, ambos sabíamos que su pasión era tanta como la mía tratándose de nuestros casos, su corazón palpitaba tanto como el mío, cargado de adrenalina, pulsando violento y agresivo, extrañaría eso si se marchaba, su sentimentalismo le dejaba ciego, ¿Qué encontraría en una vida de matrimonio? nuestra alianza era equilibrada y perfecta: Casos, emoción y la ferviente sensación de peligro, estar al borde del acantilado con el respaldo del otro para evitar la caída, cenas por las noches y pequeños festejos con las resoluciones de los casos, idas al teatro y a la ópera cuando se presentaba la ocasión, la vida jamás era rutinaria, era impredecible y adictiva, ¿Qué podría querer él…?
Casi saltaba de júbilo cuando no mencionó más a la rubia Omega en todo el tiempo en que permanecimos caminando por las frías calles londinenses, su mención, quizás no tan extrañamente, me resultaba exasperante.
No podría permitirme más cavilaciones de ese tipo, no cuando nos encaminamos en búsqueda de pistas para encontrar al pelirrojo perdido que Irene estaba buscando: como pista un reloj, como premio un misterio a resolver, Lord Blacwood no se encontraba descansando después de la muerte en el que se convirtió en su sepulcro, pesadas placas de concreto abiertas desde adentro mostraban que alguien había abandonado el lugar…oh…el sabor característico de la miel que disfrazaba el asqueroso sabor a huevo crudo cuando pasé la punta de mi lengua por encima de un trozo pequeño, la experiencia fue reveladora, sin embargo, aún había algunos datos que escapaban de mí y debía encontrarlos.
El aroma a pescado del mercado… ¿Por qué el gusto de comprar allí? El aroma era fuerte, alejaba de la sensibilidad de mi adormecido olfato la esencia de un aroma que mermaba la efectividad práctica y fría de mi pensamiento.
¿Qué era el cosquilleo en los poros de la piel? ¿Adrenalina por un caso? el estremecimiento cimbraba caliente, ¿Era su brazo sosteniendo el mío? ¿Quizás sus ojos azules que me interrogaban confundidos? ¿Las octavas de su voz? ¿...Su aroma?
La piel se me erizó ante la realización brusca, debía mantenerme a mí mismo alejado de eso, debía forjar un límite, nunca detesté algo más de lo que detestaba mi naturaleza, incluso por encima de la cotidianidad, incluso sobre ello, maldije mi postura omega, inferior, me sentía como un ser humano con los pensamientos más vanos y la mente más pobre cuando perdía la razón por instintos primitivos.
¿Qué había de especial en su aroma? ¿Qué había de especial en el aroma de nadie? sinsentidos varios, pero ¿Cómo ignorarlo? Los supresores no servían entonces de nada, pues no cumplían con su objetivo principal, por supuesto, no había celos, el horrible acontecimiento al que tanto temía en silencio, pero sí la sollozante vocecilla que se quejaba siempre, causándome ansiedad.
Era bien sabido, de antemano por todos los desdichados Omegas, que en época de "Celo" sus pensamientos perdían todo sentido, dejando dentro de sus cabezas las más primarias de las funciones, volviéndoles menos que una sollozante masa de feromonas rosadas con un solo propósito, albergar a un vástago en su vientre.
Jamás experimenté tal desdicha, pero le temía en secreto a un estado más perdido. Según lo dicho…era la experiencia más dolorosa e insufrible que un Omega estaba condenado a pasar.
Mis ojos se desviaron en su momento, de su rostro anguloso a la calle concurrida de personas ignorantes de todo que caminaban sin prestar atención, cientos de aromas, cientos de texturas que flotaban libres por el ambiente, y la única que realmente me mareaba era la suya, su esencia combinada con loción para afeitar y el aroma a mantequilla de los panecillos del desayuno, el detergente de su ropa y el almidón de su camisa blanca, todo convertido en la más pura sinfonía olfativa.
Era perfectamente bien sabido que los Omegas resultaban ser débiles ante los la esencia olfativa de los Alfas, eran, a palabras de los primeros, cánticos que se olían, flotando libres por el ambiente entero a la espera de que un incauto caiga presa de la admiración y el deseo irremediable por acercarse. Sin embargo nunca lo experimenté, no hasta esa ocasión, y era únicamente la curiosidad de mi olfato adormecido de supresores por percibir al viento y paladear el aroma intenso, fuerte y al mismo tiempo amistoso de un alfa que se encontraba tan cerca.
Aspiré con ansiedad al viento, rindiéndome a la derrota momentánea, más supresores me quitarían lo que tan despectivamente me atreví a llamar como Conciencia Omega...y para distraer mi mente podía enfocarme mejor en el caso.
Decidido a ello le tendí sobre el brazo un pez de considerable tamaño, buscando ignorar así el aroma sutil del buen doctor, cambiándolo por la piel húmeda repleta de escamas, combinada con el peculiar aroma de la cerveza.
Las píldoras de un mes se terminaron en una semana, la reserva debajo de la gaveta de la cómoda al lado del estante me daría abasto para solamente una semana más, incluyendo las dos píldoras de reserva que siempre llevaba en el bolsillo de la gabardina, no era demasiado y no era suficiente, pero tardaría un mes más en ser capaz de sintetizar píldoras nuevas con la misma fórmula inconveniente que estaba utilizando.
Enrojecí, sonriendo, cuando logré desviar del camino al doctor; diez minutos fue lo que me otorgó de su tiempo cuando me hizo saber, con convicción en la voz, que debía llegar a tiempo para poder tomar el té con los padres de la Omega institutriz, como solía referirme en el pensamiento a Mary…pero nuestros planes cambiaron radicalmente y lo que era una sencilla investigación terminó volviéndose un enfrentamiento contra dos betas y un alto, brusco, torpe y muy fornido Alfa.
Justo después del primer golpe me dejó aturdido, en ese momento maldije la imponente fuerza de una casta que parecía selecta para poder defenderse, mareado y siendo asechado lo más razonable pareció pedir unos momentos que, por desgracia, me fueron negados.
A la distancia podía escuchar los quejidos y gruñidos que hacía Watson al pelear con los dos betas, que se movían contra él, por lo que podía ver de soslayo, de una manera muy coordinada.
Y una cosa desencadenó varias más y el buen doctor y yo nos vimos…enfrascados en la más extraña de las persecuciones, que concluyó con un resultado…poco favorable.
–¿Por qué siempre nos suceden cosas como estas? –Preguntó él, con la voz rugiendo desde su pecho y entre dientes, como si se contuviera de tomarme de las solapas de la empolvada gabardina-.
Deslicé los ojos sobre él, enarcando lentamente una ceja en la más pura diversión. ¿Cómo podía alguien hacer la pregunta incorrecta y justamente al mismo tiempo la precisa? Sólo Watson.
Tenía perfecto derecho a cuestionar el porque nos encontrábamos encerrados en los separos de Scotland Yard, rodeados de gente, que por su aspecto relajado y obvios escasos modales eran asiduos en su estancia allí. Pronto nos volvimos dueños de miradas de reojo a las que realmente no tomé importancia.
-Nuestra estancia aquí no será duradera –Aseguré, fingiendo que realmente era verdad lo que le decía-.
Noté la tensión de sus músculos cuando se percató de lo que yo me di cuenta desde hace un buen rato: las miradas sobre nosotros.
Por supuesto.
Éramos los nuevos integrantes a ese grupo selecto de maleantes, en su mayoría betas que no prestaban demasiada atención, pero, entre la multitud que observaba pude vislumbrar a algunos alfas, rezagados, con rostro de molestia y a un par de mujeres Omega.
Me ericé sin notarlo cuando me percaté de sus miradas puestas de soslayo sobre el porte, quizás desaliñado, pero recto y galante del fuerte y digno espécimen alfa que se sentaba a mi lado en las viejas bancas de metal.
Su cabello enmarañado y su traje de tres piezas empolvado, con rastros de manchas de sustancias químicas no mermaban su imponente silueta, la fiereza azul de sus ojos y el ceño fruncido de su semblante. Y las mujeres y los silenciosos chicos Omega lo notaban.
Me enderecé sobre mi lugar sin darme cuenta de que lo estaba haciendo, y la voz dura de Watson me hizo espabilar.
–¿Tú crees, Holmes? –Se encorvó, enfatizando el sarcasmo de su voz con un movimiento de cejas rubias-.
Realicé una mueca contemplativa, como si realmente lo pensara, aunque no era así.
–Por supuesto –Respondí a su ironía-.
–Sí…era de esperarse –Bufó en un suspiro de resignación, desviando la mirada-.
Alargué el inicio de una sonrisa ladeada. Momentos así nos convertían en compañeros, no por sus palabras, por la perfección de ser dos engranajes parte de un reloj maravilloso que medía tiempo con exactitud precisa.
Quise añadir algo más, pero no pareció necesario, así que simplemente guardé silencio.
Sus ojos recorrieron de nuevo el recinto, el sol había comenzado a bajar hace unos minutos. Carraspeó, reacomodándose cuando sus ojos se posaron encima de las miradas de todos los presentes en un rápido vistazo.
Sus ojos azules parecieron adquirir un brillo cian ante la bruma de la obscuridad, sopesé, que cuanto más obscuro fuese más evidente sería.
Me cuerpo pareció relajarse, quizás los desvelos y el cansancio acumulado trepaban sobre mis hombros especialmente esa noche, no tuve la convicción de tomar las dos píldoras antes de que, así, sentados uno junto al otro, mis párpados comenzaran a pesar más.
Cerré los ojos, sintiendo la inclinación de mi cuerpo hacia un lado y cómo impactaba contra el calor tibio del cuerpo de mi compañero, quien no se movió un solo centímetro, permitiéndome dormitar.
–No dormí nada anoche, ni por un segundo –Escuché en un tono ronco de voz cansina-.
Oh…la noche había sido larga….
Mi cuerpo adormilado se estiró lentamente, percibiendo todo alrededor. El cansancio pareció menor, estaba listo para seguir con el caso que teníamos delante de nosotros.
–Watson –Llamé seguidamente para bostezar. Sus ojos me miraron, esperando con impaciencia a que dijese algo-.
En realidad no tenía nada que decir, simplemente se deslizo de mis labios un llamado a él cuando me observó.
Suspiré, desviando la mirada y con las pupilas dilatadas supe que me había saltado una dosis de supresores.
No tenté más a mi buena fortuna cuando, mientras él realizaba quejas y ademanes que yo registraba en mi mente como un listado, coloqué dentro de mi boca las dos píldoras guardadas dentro del bolsillo de mi arrugada gabardina.
Mis pupilas se contrajeron apenas dos minutos después de que las coloqué dentro de mi boca, tragándolas en el acto. Yo carecía de un aroma propio cada vez que las tomaba, nunca era tan intenso como el de un Alfa y por supuesto, el de un Omega, pasaba más bien desapercibido, como el de un Beta.
Pero en ese momento me alertaba el solo pensar que tal vez podría recuperar el aroma que tanto detestaba, un repiqueteo Omega, a causa de la indecisión de tomar supresores, bufando, me llevé las manos al rostro, frotando con poca sutileza sobre mis ojos.
Cada vez que mis pupilas se dilataban mi vista se volvía más aguda si cabía, era un beneficio que tenía la pobre casta que me tocó, pero que no valía todas las desventajas.
–¿mm…? –Elevé ambas cejas, retirándome las manos del rostro cuando el guardia mencionó "John Watson"-.
Por supuesto que entre Mary y yo los términos no eran buenos…. ¿Quién lo diría? Me quitó a mi querido compañero para llevarlo a, seguramente, interrogarlo y beber té…que absurdo.
Con un jadeo de cansancio giré sobre mis talones, descubriendo a mis espaldas a las personas paradas, todos y cada uno con sus miradas puestas sobre mí. Mis hombros se movieron hacia adelante; maravilloso….
Pero sin Watson allí el cosquilleo insistente había desaparecido, al igual de rápido que su presencia y la calidez de su cuerpo a mi lado.
A pasos lentos tomé lugar de nuevo en la banca y no pasaron en vano varios segundos, pues prontamente me vi rodeado de personas.
Hilarante.
Hola!
Una pregunta, alguien más notó que en la película "el signo de los cuatro", durante la escena de la cena en el Royal, una de mis preferidas, debo decir, cuando Sherlock le dice a Mary "Tome a Watson" y ella responde "Eso intento" él está sonriendo y la mueca de sus labios se convierte en una curva tensa y se le queda viendo fijamente, como si pensara que...es una maldita.
¡No mal interpreten! yo respeto a todos los personajes, pero me gusta demasiado la escena, y la menciono porque estuve viendo la película no hace mucho y mientras escribía pensé en ello, aunque francamente poco me falta para aprenderme los diálogos de los personajes de memoria XD.
Espero que les gustara, trato de alargar los capítulos tanto como me es posible, pero recientemente tengo en mis planes un examen muy importante, de ello depende mi futuro académico y me siento horriblemente presionada :\
Tengo algo más que comentar, verán, me baso en el misterio que están resolviendo en la película porque quiero que el fic se ambiente en ese universo en donde John no está casado y apenas va a pedirle matrimonio a Mary, planeo estructurar un misterio propio más adelante pero ahora necesito ese, espero comprendan porque me salto muchísimos detalles de la película, si no estaría haciendo un resumen y ese no es el plan.
Otra cosita importante, gracias por el apoyo! :3 de verdad que me siento más tranquila sabiendo que a la gente le gusta lo que hago.
Eurilias: Un besote así muy grande para ti! Gracias por comentar, estoy intentando dar lo mejor, con eso del Omegaverse tuve que inventar muchas cosas, por ejemplo las feromonas rosadas, en realidad no existe, bueno, el omegaverse como tal no lo hace, pero hay información de ello y la gente todo el tiempo comparte de dónde la obtienen, yo realmente lo estoy inventando y me alegre mucho que te guste :3 lo que estoy haciendo. Espero publicar el siguiente capítulo pronto.
Nos vemos!
