El llamado

Acababa de aprender algo nuevo y sumamente extraño. De mi garganta escapaban gemidillos en una larga secuencia de vibraciones suaves, como tratándose de un animalillo azorado que portaba un miedo profundo.

La capacidad para pedir ayuda de la casta menos fuerte residía en que supuestamente los omega estaban hechos para andar en pareja (con su alfa, claro), lo cual me llevaba a ver obvio que ante la falta de defensas naturales (como ostentosa fuerza) el omega emitía un sonido nítido y agudo que era inmediatamente reconocido por los alfas.

El indudable "llamado" pero este mismo no consistía únicamente en emitir sonidos lastimeros y echarse a esperar una respuesta, nada más lejos de la verdad, conllevaba también un escandaloso incremento en la producción de feromonas rosadas (no tanto como para llegar a un celo) que atrapaba la atención de cualquier alfa no enlazado que anduviera paseándose inocentemente por allí para consultarle por ayuda.

Era en sí una forma de pedir ayuda desesperada ante la angustia del aroma que se desplegaba, el equivalente olfativo de una exigencia de presencia.

Y yo acababa de aprender a hacer eso, no por que intentara hacerlo por cuenta propia, había sido verdaderamente instintivo, cuando menos lo noté me encontraba bocabajo sobre la cama, echo un ovillo mientras emitía esos pequeños soniditos. Bastaron solo un par de minutos para que me percatara de la gravedad del asunto y olfateara alrededor en busca de mi propio escandaloso aroma a omega.

Jamás podría expresar en palabras el inmenso alivio que sentía al corroborar que en el ambiente no había más que el olor personal que me caracterizaba y el de los bastos experimentos que se colaban en mis habitaciones para mantenerlos en observación: algunos compuestos químicos e insectos que desprendían aroma a ácido encerrados en sus peceras y terrarios.

Lo anterior me llevó a pensar seriamente en que sea cual fuere el desenlace de esto no sería conveniente para mí.

Mi sistema estaba comenzando a depurar las feromonas sintéticas que consumía para poder esconder mi naturaleza, había empezado lento, con cosas normales casi imperceptibles como el mejorado olfato que de apoco se agudizaba más, continuando con aspectos más alarmantes como la consciencia omega y el ahora recién aprendido llamado…no podía permitirme esperar a llegar a los extremos más peligrosos y agresivos, yo sabía lo que le seguía a eso y el hecho no me entusiasmaba en lo más mínimo.

En eso pensaba, sentado al borde de mi cama, con los dedos entrelazados bajo el mentón cuando un olorcito cálido me inundó la respiración: el buen doctor. Sin percatarme de que lo hacía me puse de pie y avancé hasta quedar al frente de la puerta de mi habitación, del otro lado debía estar el alfa, oliendo a una omega institutriz.

El momento más patético de la naturaleza omega podría ser justamente ese, ese…en donde mis ojos se abrían lentamente, viendo sin ver la pulcritud de la madera lustrada y vibraciones insonorizadas brotaban de mi garganta en un intento perezoso y mediocre de llamar la atención de mi único alfa.

Me froté violentamente el rostro mientras escuchaba veintitrés pasos suyos alejándose de las puertas de mi habitación seguido de unos más suaves, sin duda la señora Hudson que andaba tras él.

–No lo entiende doctor –Susurró ella con voz de angustia. –necesita visitar urgentemente un sanatorio…últimamente ha estado actuando más extraño de lo normal –Añadió enseguida –mientras usted no está he escuchado múltiples voces provenientes de su habitación y sonidos como si estuviera lastimando al perro –Dijo esta vez con voz mucho más queda.

Sin poder evitarlo que arrinconé contra la pared, escuchando cuidadosamente lo que este le fuera a responder; no era ni la primera y seguramente no sería la última vez que les escuchara hablar de mí a mis espaldas.

–Solo está estresado, debe ser difícil para él concentrarse en el caso con sus constantes planes de sabotaje y el reciente descubrimiento de que será mi padrino de bodas –Respondió con la voz amable pero notablemente tensa.

Seguido de eso un jadeo incrédulo proveniente de la mujer.

–No señor, me parece extraño. Lo peor de todo es el olor –Cuchicheó, esta vez pareciendo escandalizada.

–¿Olor? ¿De qué habla? –Su voz sonaba curiosa.

Habría sido más sencillo darle puntos a favor por querer indagar en esa misteriosa incógnita planteada para él si no se tratara de la señora Hudson hablando de sinsentidos que me meterían en problemas si no la silenciaba.

–Hablo de…en su habitación –Susurró ella, más bajo.

Era como si estuviera acercándose un poco más para murmurarle aquello como si pensara que yo era capaz de enterarme de todo. Podía visualizarla dentro de mi mente: temblorosa, con gesto acongojado y voz preocupada, seguramente temiendo por la permanencia en pie del 221 B de Baker Street por mi estancia en su interior.

–No sé qué clases de cosa hace allí dentro pero últimamente no dejo de percibir un olor diferente al de nosotros…sé que no son sus pacientes doctor por que…. –Se silenció de repente.

Irrumpí en su conversación saliendo velozmente de mis habitaciones como si de ello dependiera mi integridad mental: quizás si lo hacía.

Apenas salí me acerqué a ella con pasos lentos, cuidados, la veía fijamente, oliendo una pizca de ansiedad en cuando anduve alrededor de ella como lo haría una víbora alrededor de un simple roedor.

–Lo que me parece curioso –Dije con un tono sedoso pero afilado –es cómo nuestra casera es capaz de ir y venir de un punto de la ciudad a otro con diferentes cambios de ropa sin que lleve en sus manos prenda alguna, lo cual me hace suponer que seguramente con quien sea que se encuentre tiene prendas de vestir que guarda a la espera de su regreso….

–¡Holmes! –Amonestó el buen doctor con rostro sonrojado y cejas fruncidas.

La señora me asesinaba con la mirada, fruncía el ceño, se pintaba de diferentes colores de vergüenza, todo en un segundo. Me habría jactado de decir que la bofetada que me dio no había escocido más que la de otras mujeres pero esta me había ladeado el rostro.

–Con permiso, señor Holmes –Gruñó ofuscada.

La seguí con la mirada cuando emprendió huida escaleras abajo, sujetándose apenas las faldas del sencillo vestido al momento de bajar velozmente escalón a escalón.

Apenas se marchó mi mirada regresó al Alfa de imponentes ojos azules que estaba viéndome como si quisiera tomarme de los brazos y sacudirme hasta su hartazgo.

–¡Holmes, por dios! ¿No tienen un límite? –Reprochó.

En lugar de responder a eso entrometí las manos en los bolsillos de mis pantalones (o debería decir los pantalones que tomé prestados del buen doctor, si lo notó o no ignoré cualquier indicio y sí, eran bastante grandes para mí) acto seguido dije.

–Se trata de un hombre beta de edad avanzada que, a juzgar por el aroma suave que dejó en ese nuevo vestido que lleva, guarda su ropa junto a la de ella en un espacio reducido resguardado de la humedad, un armario es muy grande y respetaría el aroma propio de la prenda, lo que me lleva a creer que está en un cajón compartido. Esa actitud me hace pensar que es algo esporádico que no requiere demasiado la presencia de prendas de vestir de nuestra casera pero también que es seguro ya que se ha tomado la molestia de guardarle un cambio de ropa –Terminé diciendo.

El alfa desvió el rostro, simulando un gruñido bajo, pude ver sin embargo un indicio de sonrisa temblando en la comisura de sus acolchonados labios antes de que yo mismo sonriera.

Mi gesto se suavizó antes de que me diera cuenta, inintencionadamente busqué su rostro inclinando la cabeza hacia un lado cuando volvió a verme, esta vez sonriendo de verdad pero tratando de no hacerlo, pensará que alguien tenía que ser maduro en esta relación.

Lo leí en sus expresiones faciales y el aire gracioso que lo rodeaba, quería pero no podía. Pensé entonces en añadir.

–Yo creo que es el panadero….

Entonces sí soltó una suave risilla, mi omega ronroneó complacido dentro de mi cabeza tras eso, alagándome por hacer sonreír al alfa. Sin evitar hacerlo alargué una sonrisa lenta con los ojos brillosos.

Cuando su risita se detuvo me encontré viéndolo fijamente, y él también me veía, sosteniéndome la mirada con los profundos ojos azules diluidos en algo más brillante pero al mismo tiempo turbio que no supe interpretar, no supe bien por qué un escalofrío me recorrió la columna vertebral, pero sí me enteré de que mi corazón se aceleraba.

Tragué lentamente sin darme cuenta de que lo hacía, el movimiento de mi garganta pareció despertarlo de su ensimismamiento cuando pasó a mi lado palmeándome el hombro en una camaradería familiar, casi indicándome que lo siguiera hacia el saloncito de estar, sin dudar anduve tras de él hasta que terminamos dentro de la sala.

–¿Cómo te fue? –Pregunté solo para sacar un tema de conversación.

Él se posicionó sobre si silla al lado de la mía, yo por otro lado permanecí en pie.

Aunque mi intención inicial era indagar en el motivo de su rápido retorno: no eran aún las seis, por lo regular demoraba más tiempo en volver.

Noté cómo se tensaba sobre su lugar, fingí que no me daba por enterado cuando saqué despreocupadamente mi pipa y comencé a encenderla, echándole miraditas de reojo a sus labios fruncidos tensamente.

Masculló algo que podría haber malentendido.

Mis alarmas brincaron cuando tuve que preguntar para confirmar que ese murmullo había sido bien escuchado.

–¿Disculpa? –Entre mis labios mi pipa procuraba darle un tono despreocupado a mi voz. –No te escuché.

Sus ojos azules me miraron con enfado por entre las pestañas de trigo.

–Dije que no fui –Espetó seriamente.

Tuve que dar una larga calada al tabaco de mi pipa para no exclamar un inesperado "¡Espléndido!" lleno de una alegría potenciada por el gemidito contento de mi omega dentro de mi cabeza. Sin embargo lo que no pude evitar hacer fue dar una temblorosa pequeña sonrisa en mis labios más que tensos.

–Sin embargo permaneciste fuera de casa al menos un par de horas –Hice notar sin dar demasiada importancia, evitando verlo directamente para no enfatizar mis palabras.

No respondió nada a eso, lo que me hizo mirarlo lentamente, moviendo mis ojos sobre él de forma lenta, analizándolo.

–No pareces molesto –Mascullé, sacando superficialmente la pipa de mis labios.

De nuevo sus ojos fieros volvieron hacia mí: se encontraba sentado en su silla, mirándome como si pensara que sería capaz de hacer que me callara, como si de un momento a otro sus ojos fueran a hacer que mis labios se sellaran.

–Lo cual me dice que no te enojaste conmigo y que claramente no estás molesto con ella –Eso último me hizo fruncir ligeramente el ceño –Entonces….

Me moví cerca de él, notando cómo la sola mención de la omega hacía que se pusiera rígido de una forma no apetecible…interesante; terminé hincado delante de él, con los ojos agudos observando fijamente su rostro, él apartó la mirada, haciendo girar los ojos con fastidio y suspirando con sentimiento igual.

–mhnm –Contemplativamente aspiré, viéndolo por más tiempo del necesario para deducirlo.

Ni siquiera había necesidad de acercarme tanto a él para saberlo. Podía verlo al otro lado del pasillo y aun así saber lo que pasaba por su cabeza. Eran sus grandes ojos brillando en algo diferente los que me alarmaban, sacándome de todo terreno conocido, obligándome a estar así de cerca.

–¿Qué te pasa? ¿Ahora no puedo simplemente desviarme? –Preguntó en un bufido.

Entrecerré mis ojos.

–¿De aquí? obviamente, aunque sueles darme aviso de tus salidas si es que no sales conmigo en primer lugar –Le hice notar como si fuera obvio –por otro lado, faltar a tu cita con la señorita Morstan a pesar de haberme dicho que irías con ella…eso es algo notable y sin duda que hay que remarcar –Continué.

Watson continuaba tenso en su lugar. Eché mano de mi olfato para oler discretamente su aroma personal acompañado de nimiedades más y algunos detalles que sí eran útiles.

–Sin embargo tienes un ligero aroma a…. –La realización me hizo abrir los ojos ampliamente en un instante acentuando la iluminación de los hechos.

Esta vez sí gruñó con molestia.

Me habría amedrentado de no ser yo consciente de cómo funcionaba cada vibración de sus gruñidos de molestia, fastidio, protesta y demás.

–¿Qué le ha hecho visitar un sitio como ese, mi querido doctor? –Pregunté enarcando lentamente una de mis cejas.

Podía respirarlo si me acercaba un poco más: el aroma a tabacos mezclados, lo húmedo de los suelos constantemente pisoteados con descuido, el polvo, los perfumes sutiles de omegas que andaban de un lado a otro (Aunque internamente mi omega gruñó con furia por eso) y el alcohol de una bebida derramaba que mi compañero había tenido la mala fortuna de pisotear con el dobladillo de su pantalón de vestir.

–No te incumbe –Saltó a la defensiva.

Su moral era tan recta que apostaría mi sanidad mental a que no había tocado de cerca a ninguno de esos omegas pero que sí los había visto, había convivido con ellos, podría jurar que incluso los había olfateado…pero no les había puesto una mano encima, el aroma no era tan presente para asegurar un contacto físico.

Nunca mentiría a la señorita Morstan.

Estaba seguro de que Watson no era un hombre pasional a pesar de tener pasión, no era alguien que se dejara manejar por bajos instintos, ¡Todo lo contrario! Era un hombre recto con bases sólidas en su moral, respetuoso, un miembro de la sociedad lleno de valores, alguien valiente, confiable, fuerte.

La interrogante era ¿Por qué el alfa ejemplar visitaría un sitio lleno de omegas solteros? Sabíamos de esos lugares, más de una vez yo mismo me vi siendo arrastrado allí para recabar información para la resolución de los casos, pero esta vez él había ido solo, sin mi como compañía. La pregunta radicaba en sus motivos.

–Te dije que no era oficial –Comenté para probar suerte.

Casi sonreí cuando lo vi descolocarse, mirarme como si fuera la materialización de todos sus miedos, de todo lo que pensaba pero no se atrevía a decir. Noté cómo su mandíbula se tensaba, como sus hombros se ponían rectos en una postura defensiva instintiva, en cómo sus espesas feromonas de dominante alfa se alzaban hasta inundar mis fosas nasales causándome escalofríos que bajaban por mi espalda.

Guardé silencio varios minutos, esperando a que me dijera qué le aquejaba. Él era mayor que yo, conocía de la vida, pero eso no le hacía el más intuitivo en cuanto a los conflictos, no más que yo.

–Estaba guardando mis trajes –Me dijo. Sus ojos parecieron iluminarse con gracia cuando me miró –perdón, los restos de mi traje después de nuestra incursión a una celda, cuando yo…. –Se sonrojó lentamente.

Abrí los ojos de par en par. ¡Watson! El honorable médico militar, hombre pasado por tres continentes, mi valiente compañero de piso, doctor personal y alfa ¡Estaba sonrojándose! Lo atribuí a la pena de su siguiente declaración, misma que esperé con ansias.

–Es algo que no entenderías –Concluyó.

Ronronee calladamente dentro de mí.

–Ilústreme, doctor –Solté con voz baja.

Me miró como si no me conociera, con los ojos corriendo de un lado a otro sobre mí. Caí en cuenta de que seguía hincado delante de él, pero no hice nada por cambiar eso.

–Es enserio Holmes, no lo entenderías –Dijo de nuevo.

Le dediqué una mirada seriamente ofendida que me ganó un suspiro algo cansado de su parte. Supe que iba a contarme cuando puso gesto de resignación acompañado de sus ojos llenos de brumas de exaspero.

–No lo entenderías porque tú no quieres tener una pareja, eres tan frío sentimentalmente que a veces dudo que sientas algo, constantemente te expresas con desdén de las relaciones maritales –Añadió –y eres…un beta –Concluyó como si eso fuera lo peor de todo.

Analicé lentamente sus palabras, pasando por alto que no era un beta, y que yo ya estaba en una relación (si bien no sexual una muy firme), en fin.

–Entonces, mi falta de deseo por un compañero sexual es lo que…. –Escandalizado, me miró.

–¿Cómo hablas de eso? –Refunfuñó.

Resté importancia, dando un ademán despectivo.

–Continuando, crees que no comprendería porque no recuerdas que yo haya entablado una relación de índole más íntima añadiendo el hecho de que no soy un alfa –Mascullé casi para mí mismo. –mmn….

Él dio un bufido.

–Crees que la señorita Morstand no es la indicada –Alcé una de mis cejas, mirándolo.

Era ¡Sublime! Si él pensaba que ella no era la indicada la dejaría como a todas las demás y volvería a estar plenamente disponible para mí, para nosotros…para nuestra asociación.

Suspiró con verdadero pesar, vagamente pensé que su malestar no debería estarme causando tanto júbilo pero lo descarté de inmediato. Sin embargo, aún quería saber a qué se debía todo esto aunque más claro no podía ser.

–¿Cuál es el motivo de su duda, mi querido doctor? –Continué sin embargo.

El alfa fingió no prestarme demasiada atención, pero claro que lo hacía.

–Había un olor peculiar muy distintivo en la manga de mi traje –Masculló por lo bajo como si no quisiera decirme –era muy débil…pensé que tal vez alguien me había tocado por accidente en una de nuestras excursiones y que por el calor del momento no me percaté de ello en nuestra huida por el enano de Irene…

Así que sí eso era, la presencia de otro omega.

Haciendo alusión a lo mencionado ya con antelación mi querido doctor era demasiado romántico cayendo en lo empalagoso e increíble, tenía la certeza firme no fundamentada de que cada quien tenía su cada cual, por eso mismo el origen del matrimonio con la señorita Morstan, por eso el cortejar a varias omegas, andaba en busca de su cual. Y el muy iluso pensaba que el hecho de haber olfateado en su camisa de batalla un aroma mucho más lindo de algún despistado omega que le tocó era el destino hablando para él.

Nada más sinsentido, seguramente no se trataba de nada más que de un omega más joven o tal vez más fértil que seducía su sistema olfativo. Lo miré durante unos segundos, preguntándome en qué momento podría algún omega haberle tocado durante aquel día: recapitulando, podría haber sucedido durante la noche, cuando me recosté contra su brazo izquierdo sin tener la capacidad de mantenerme despierto por más tiempo.

–Supongo entonces que estuviste buscando en ese lugar de mala muerte a tu misterioso omega –Dije lentamente.

Si me habría parecido que Watson estaba sonrojado en ese momento creí que era cosa de juego, sus mejillas se colorearon de un tono más rojizo, su piel blancuzca a comparación de la mía estaba poniéndose cada vez más roja. Llegué a la conclusión de que pensaba que su omega misterioso no podría más que andar en malos pasos si pensaba que ese alguien le había tocado durante nuestro tiempo de prisión, o que era de muy bajos recursos si el contacto se dio durante nuestra huida por la zona industrial.

–No es lo que tú piensas…. –Aseveró.

–No hay forma de que puedas saber, querido, lo que estoy pensando –Susurré inclinándome solo un poco sobre él.

Mi omega dio un gruñido ronco en mi garganta que estaba seguro que Watson había escuchado, me miró fijamente, entrecerrando los ojos, yo le dediqué una sonrisa pequeña que él no correspondió.

Quería preguntarme algo, lo veía en sus labios tensos, en sus cejas ligeramente fruncidas y la duda en esos intensos ojos.

–Puedes preguntarme –Dije por si aún le quedaba duda.

Suspiró profusamente, desviando el rostro como si mi actitud arrogante le causara exaspero.

–¿Tú que crees, Holmes? –Farfulló con fastidio.

Me puse de rodillas, sonriente como un chiquillo que ha hecho de las suyas. Todo había salido como yo quería y ni siquiera era mérito mío si quería adjudicármelo si no de un desconocido y oloroso omega que (como todas las antiguas novias del doctor) había logrado atontarlo un efímero momento.

–No pierdas la esperanza, querido amigo –Comenté, mirándolo con intensidad en mis ojos castaños.

Se me quedó viendo como si pensara que yo era estúpido, nunca antes me había dedicado mirada tal, casi me resultó ofensivo que lo hiciera, mi intelecto era por demás superior al promedio, fruncí las cejas cuando me miró de esa manera.

–¿Eso es todo? –Preguntó bastante incrédulo.

–¿Desea el buen doctor mis felicitaciones? –Inquirí fingiendo demencia.

Frunció las cejas. Yo casi le sonrío de nuevo, más me mantuve imperturbable.

Estaba de muy bien humor hoy en día. Probablemente las feromonas estaban alterando mi estado de ánimo constantemente, no lo pensé demasiado.

–Holmes, tienes la capacidad de deducir sin apenas pestañear quién robó la joya más valiosa de su alteza –Gruñó como si eso fuera una ofensa para mí –puedes adivinar la profesión y vida privada de las personas que se te cruzan en frente, es bastante claro que eres el mejor en tu medio ¡Por supuesto que sabes lo que quiero saber! –Añadió escupiendo con enfado.

Restado a toda su diatriba el tono de enfado y el sarcasmo lo tomé como un notable alago.

–No escuché más datos que el que encontraste en uno de tus trajes un peculiar aroma a omega que evidentemente te fascinó –Expliqué como sin nada –datos, datos, datos, no puedo hacer ladrillos sin arcilla –Mis manos se apoyaron sobre los apoyabrazos de su silla.

Me colocó las manos sobre los hombros buscando apartarme de sí cuando la puerta se abrió dejando ver a un peculiar visitante que nos encontró en la peor posición en el peor momento, o quizás era el justo, no podría yo saberlo en ese instante.

A juzgar por su mirada de estupefacción creía que la situación era de todo menos inocente: yo estaba invadiendo el espacio personal de mi compañero de piso y aventuras, él sentado en su silla, yo arrodillado delante de él, inclinado más cerca de lo que debería, Watson con sus manos sobre mis hombros.

Le dediqué una sonrisa inocentona a la señorita Morstan.

J&S.W&H

OMG! Yo les dije papus que iba a mandar a la concha de nuestra madre todo lo relacionado con el misterio de la relación hetero entre estos dos niños para poner mis homosexualidades a gustito. Lamento la tardanza babes, no tengo excusa ni pretexto pero sí este capítulo y el que sigue listo para menos de dos días, lo sé, les dije al principio que a veces me da por publicar como si me pagaran por hacerlo.

Como agradecimiento me haría infinitamente feliz si me dejaran un review con su opinión al respecto, los veo luego ;)