Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

En esta ocasión el encuentro se produce con posterioridad a lo de Asuma y Akatsuki. Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


Segundo encuentro


La noche era hermosa. En el oscuro cielo muy pocas nubes se deslizaban quedamente, apenas perceptibles. Pero las estrellas no estaban tan mal. Cada una en su lugar, inmóviles, silenciosas, brillantes... Él podría estar hasta el amanecer contemplándolas.

Recostado en el césped de una solitaria colina, apoyada la cabeza sobre las manos entrelazadas, una pierna cruzada sobre la otra, el joven chunin observaba el cielo con rostro somnoliento. Se entretenía jugueteando inconcientemente con una espiga entre los labios, cansado, pero sin poder dormir.

Desde donde estaba sólo se llegaban a divisar las cúpulas de los edificios más altos de Konoha, aunque ese no era el paisaje que le interesaba. A decir verdad, muchas cosas habían dejado de interesarle. En cambio, muchas otras adquirieron una inesperada relevancia. "Es natural", le había dicho su padre unos días atrás, "un dolor muy grande tiene el poder de cambiar nuestra perspectiva, como si nos hubieran dado un fuerte golpe desde adentro. Por fuera se está igual pero la visión se ha torcido, miramos distinto."

"Ahora miramos distinto", se repitió para sí mismo. Recordó que en adelante tendría entre sus manos una gran responsabilidad y que ya no tendría mucho tiempo para quejarse.

De pronto creyó oír unos pasos acercándose por la derecha. Miró. Parecía que una figura venía en su dirección con paso decidido, sin que pudiera identificarla. Luego abrió más los ojos cuando esa oscura forma adquirió el aspecto de Temari. "Maldición", pensó con desgano cerrando los ojos otra vez, "de nuevo esas absurdas alucinaciones."

-Shikamaru –lo llamó con suavidad una voz.

"Ahora, alucinaciones con sonido", pensó el aludido, fastidiado, sin modificar un ápice de su postura. "Tendré que consultar con Shizune o con el padre de Ino."

-¡Shikamaru! –insistió la voz.

Ese familiar apremio lo indujo a reaccionar, a sentarse y a mirar mejor. La espiga cayó. Ni sus ojos le mentían ni su subconsciente lo chicaneaba, Temari estaba ahí parada, a su lado, una mano en la cintura, esperando que él se digne a reconocerla.

Por fortuna el chico no podía ver su rostro en ese momento, porque se hubiese maldecido. Sosteniéndose con los brazos, la miraba boquiabierto y desconcertado. Era la última persona a la que hubiese esperado ver en ese lugar. Su corazón comenzó a acelerarse.

-Temari… –logró decir, aunque no supo qué agregar.

Como él no atinó a levantarse, fue ella la que se sentó, dejando a un lado su abanico.

-Acabo de llegar –explicó-. Fui a buscarte a tu casa, tu padre me dijo dónde podrías estar.

Ella se sentía rara. Ignoraba cómo debería actuar o qué debería decir, sólo se había guiado por el irreprimible impulso de ir a buscarle luego de saber lo de Asuma y Akatsuki. Ni bien obtuvo el permiso de Gaara, salió disparada como una flecha para verlo sólo a él. Ahora que lo tenía delante, se sentía un poco torpe.

-¿Estás bien, Shikamaru? –inquirió, mirándolo a los ojos. No era que esperase que el chico se quebrara y llorara en su regazo, pero sí necesitaba verificar en persona que se mantenía entero.

Él pudo percibir la verdadera magnitud de su interés sin que agregase nada más. ¿Que si estaba bien? Se sentía feliz de tenerla consigo de vuelta, justamente en esas circunstancias.

-Eres una molestia –bromeó con su voz habitual y su característica semisonrisa-. Claro que estoy bien, pensé que eras una alucinación –admitió, ruborizándose un poco.

Ella también se sonrió y le habló en el mismo tono.

-Tú eres una molestia por hacerme venir de tan lejos y hacerme buscarte hasta esta colina.

-¿Te quedarás un tiempo?

-La verdad... –Temari suspiró-, creo que sólo hasta mañana. No se trata de una visita oficial, vine aquí... –"sólo por ti", pensó, pero no se atrevió a ser tan franca.

Él no necesitó más para entender. Se sintió halagado y confuso a la vez, le parecía de lo más extraño suscitar esa clase de interés en una mujer. Entonces la imagen del último encuentro se materializó entre ellos como si todo hubiese ocurrido ayer, o como si la distancia hubiese sido un espejismo. Al fin volvían a reunirse.

-Te lo agradezco, Temari.

Ella arqueó una ceja. ¿Oyó bien? Era la primera vez desde que lo conocía que se mostraba realmente agradecido por su llegada. Se tomó del mentón y reconcentró su mirada repasando las veces que lo había salvado, tratando de recordar si en alguna ocasión le había dado las gracias.

El otro se percató en el acto de lo que ella hacía.

-¡Basta! ¿Es que no se puede ser caballero sin que sospeches o te sorprendas? –reclamó Shikamaru. ¿Tenía que resultar tan problemático cada encuentro con esa chica?

Ella dejó de lado sus pensamientos (aunque los retomaría cuando estuviese sola, ¡alguna vez el tonto le habrá agradecido!) y retrucó:

-¿Y quién te ha dicho que me gustan los caballeros?

El otro se sorprendió ante semejante observación, pero luego se sonrió. Cierto, Temari no era una mujer común, claro que no necesitaba de un estúpido caballero. Por eso se había fijado en ella, por eso le atraía. Realmente se sentía feliz de tenerla consigo.

-Estaba mirando las estrellas, ¿quieres acompañarme?

Ella no se sorprendió ni pizca de la propuesta. Por el contrario, se atrevió a ironizar.

-Jamás se me hubiera ocurrido, viéndote ahí tirado, que pudieras tener tal pasatiempo.

-Cállate –repuso él sin enojo mientras la tomaba de un brazo y hacía que se recostara contra su cuerpo. Le rodeó los hombros con un brazo, permitiéndole descansar la cabeza sobre su pecho, y suspiró con satisfacción.

Temari, atónita, se dejó hacer. Le sorprendió mucho que Shikamaru tomase semejante iniciativa con tanta posesividad, no era muy propio de él. Pero le resultó agradable. Cuando apoyó la cabeza en su pecho, su varonil aroma le recordó la sensación de haberlo tenido así de cerca el día que se besaron. Cerró los ojos, deleitándose con esa proximidad, se relajó y lo abrazó, colocando la mano en el hombro del muchacho.

Así, en silencio, permanecieron durante un largo rato.

-o-

-¿Duermes? –le preguntó Shikamaru de repente.

-No –respondió Temari. No sabía cuánto tiempo llevaban así, inmóviles y soñadores, había echado de menos tanto ese clima que se generaba naturalmente entre ellos que no iba a desaprovechar ni un solo segundo de su compañía durmiéndose. Quería disfrutarlo mientras pudiese.

-¿Puedo hacerte una pregunta? –inquirió el joven.

-Tal vez –dijo ella, sólo para picarlo.

-Maldita –repuso él, sonriendo. Luego le habló con seriedad-. Hace poco, mi padre me dijo una cosa con respecto al dolor... algo así como que nos cambia la forma de ver. Dijo que luego de sufrir, miramos distinto. –Hizo una breve pausa, sopesando sus palabras-. Sé que es verdad, pero... me pregunto si he hecho el viraje correcto. Es decir, por primera vez en mi vida tengo un objetivo concreto, una responsabilidad que me fue confiada por la persona en la que más me apoyaba. ¿Tú crees... crees que podré con ello?

Temari lo había escuchado con atención. Nunca hubiera creído que el chico pudiese tener ese tipo de inquietudes. Al mismo tiempo, sin embargo, se sentía agradecida y feliz: él le abría su corazón con confianza, con naturalidad, sin formulismos de ninguna clase. Y eso la emocionaba. Se propuso retribuirle con toda la sinceridad de la que fuese capaz.

-Desconozco qué tipo de responsabilidad te habrá legado Asuma, Shikamaru, pero si lo hizo es porque creía en ti. No me lo imagino desesperado pidiendo ayuda al primero que pase, recuerdo a un sujeto sensato, comprometido, y un gran sensei. –Ella se incorporó un poco para mirarlo a los ojos-. Si depositó su fe en ti es porque estaba seguro de que podrías con ello. Yo también lo hubiera hecho.

Él se quedó mirándola sin saber cómo reaccionar. Temari continuó:

-Sé todo lo que ocurrió luego de la muerte de Asuma. Tú mismo te enfrentaste a Akatsuki y, al hacerlo, no sólo le hiciste justicia, sino que también protegiste a tus amigos de un peligro que tarde o temprano los acecharía. –Temari se inclinó sobre él encarándolo con el ceño fruncido- ¿Y todavía preguntas si podrás? ¡Si ya has podido, tonto! ¡Eres perezoso hasta para creer en ti!... ¿Qué tanto me miras?

El chunin la escuchó en silencio hasta el final, pero hacía rato que, gracias a sus palabras, había comenzado a viajar a través de sus venas un impulso nervioso que aceleró el latido de su corazón y aumentó el brillo de sus ojos. Antes de que ella llegara a comprender lo que ocurría, él se enderezó súbitamente y atrapó sus labios con los suyos.

Fue por completo distinto al beso anterior. El chico la estaba besando con ímpetu, con ansia apenas contenida. Sólo unos instantes pudo soportar Temari semejante arrebato.

-¡Shikamaru! –protestó durante una breve separación, jadeante, sintiéndose una tonta por reaccionar de esa forma, pero ya no era dueña de sí misma.

-Lo siento –dijo con voz apagada él, agitado, pero no pareció que se arrepintiera de nada porque de inmediato redujo la distancia entre ellos y retomó con total seguridad la acción.

El beso era muy intenso y la posición de ambos inconveniente, por lo que Shikamaru volvió a tomar la iniciativa para incorporarse un poco y, abrazándola por la cintura, recostar a la kunoichi sobre el césped, de modo que esta vez él quedó arriba, medio cuerpo sobre el de ella. Una de sus piernas fue a descansar entre las de la joven, mientras profundizaba el contacto de sus bocas.

Ella gimió al sentir su lengua sobre la suya, acariciándola con premura, subyugándola. Un cálido estremecimiento la recorría desde la punta de los dedos de los pies hasta las raíces del cabello. Conectarse de ese modo inauguraba una intimidad que pocas veces se había animado a soñar, ya que nunca lograba entrever cuál sería el destino de su relación, si es que había uno para ellos. Ese arrobador contacto era tan electrizante como inusitado, pero se abandonó con gusto a la certeza de sus sentimientos correspondidos.

Shikamaru no quería perderse la oportunidad que el cielo, o alguna clase de divinidad, le otorgaban. Muchas veces había imaginado que se reencontraban, que sus caminos volvían a cruzarse gracias a algún tipo de azar. La había extrañado tanto que le dolía y, en los últimos tiempos, la había llegado a necesitar de un modo desconcertante, a tal punto que a cada rato le parecía verla. Ahora gozaba con el conocimiento de que esa enloquecedora boca y esas manos aferradas a su espalda no eran producto de su trastornada imaginación.

Cuando se sintió satisfecho de la exquisita exploración que había realizado en ella, dejó que la joven tomara el control. Temari también demandaba, quería apropiarse de cada rincón de su boca y ser su dueña para siempre. Las persistentes y sabias caricias de su lengua lo extasiaban arrancándole apagados suspiros, se apretaba más contra ella, rozaba con las manos zonas menos decorosas que su cintura, aunque sintiéndose con todo el derecho del mundo para hacerlo. A ella ni se le ocurrió detenerlo, gratamente sorprendida por esa desacostumbrada diligencia en él.

La falta de aire los obligó a separarse un poco. Intentaron respirar, muy cerca las bocas semiabiertas, los ojos entrecerrados, temerosos de que algún inoportuno reflejo los devuelva a la realidad. Después, Shikamaru volvió a posarse sobre sus labios con suavidad, se separó y la volvió a besar. Ella sujetó su rostro con una mano y lo retuvo allí, para que ya no se alejara nunca. Ese mensaje fue captado al instante, y el ninja de inmediato comenzó a besarla con mayor entrega, con mayor vehemencia, hasta perderse.

Esa noche, mientras Temari le agradecía al cielo por esta nueva oportunidad, Shikamaru comprobaba, complacido, que su interés por ella no había sufrido alteraciones. Cuando lograron apaciguarse un poco volvieron a recostarse abrazados, de cara a las estrellas, en paz con el mundo, compartiendo el silencio y la felicidad.

Luego de un largo rato en perfecta armonía, no pudieron con sus respectivos genios.

-Tu corazón late con fuerza, ¿será por mi causa? –indagó Temari sugestivamente.

-No creas que eres tan importante para mí, señorita engreída.

-Todavía puedo partirte el rostro con mi abanico.

-Pues eso sería muy problemático para ti, ¿no crees? –repuso él mientras la atraía hacia sí con posesividad para readueñarse de su boca.

-Y me dice engreída a mí –comentó ella por lo bajo, pero ya no pudo decir más.