Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Este nuevo encuentro estaría ubicado con posterioridad al ataque de Pain. Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
Tercer encuentro
-Al menos ahora caminas por ti mismo, Shikamaru.
-Sí, pero esta cojera es una molestia.
-Deja de quejarte y vete, que me estorbas.
-Bien, bien, ya entendí.
En la entrada de la tienda que servía temporalmente de consultorio médico se agolpaban nuevos heridos que necesitaban de Sakura, por lo que el chunin tuvo que resignarse a tener una breve sesión de curación por ese día. La saludó perezosamente con la mano, pero la joven ya no lo miraba, atenta al examen de un nuevo paciente. Suspiró con desgano y salió, maldiciendo por su paso vacilante.
Afuera el panorama no era muy alentador. Si bien la tarea de reconstrucción avanzaba, él estaba seguro de que la aldea no se recuperaría al ciento por ciento ni a corto ni a mediano plazo, el desastre provocado por Pain fue de los peores que hayan afrontado y cambiaría para siempre, sin duda, la fisonomía de Konoha. Pensando en ello habría recorrido unos doscientos metros, cuando la divisó. Temari estaba conversando con algunos aldeanos, tal vez anoticiándose de sus necesidades.
Al enterarse de lo sucedido, la aldea de Suna envió a su bella embajadora para asistir en todo lo que fuera posible. Hacía tres días que había llegado pero aún no habían podido darse más que un saludo formal o cruzar algunas breves palabras al pasar, debido al trabajo que tenían por delante. A pesar de ello el joven no se privaba de observarla cada vez que podía, aunque fuese de lejos.
Temari no tardó en percibir su proximidad. Por el rabillo del ojo notó que Shikamaru estaba mirándola, parado a cierta distancia. Ni bien pudo, giró su rostro en esa dirección para poder mirarlo también. Quedarse clavados en los ojos del otro era lo único que podían hacer desde que ella había llegado, aunque eso era más que suficiente para transmitirse todo lo que sentían: la joven se sentía aliviada de tenerlo con vida; él se sentía agradecido y contento porque haya venido.
Sin embargo, reconocieron que esta vez había una carga extra en ese intercambio visual. A él se le ocurrió algo y le hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera. Ella captó el mensaje, pidió permiso en la conversación y se dispuso a seguirle disimuladamente. Caminando más atrás, Temari pensó que su cojera había mejorado, aunque aún se notaba que le costaba avanzar.
Shikamaru se alejó de la línea de las tiendas, se adentró entre los árboles y se detuvo a esperarla, reclinándose en un grueso tronco. Pocos segundos después ella lo alcanzó.
-Qué problemático resulta hablar contigo a solas, embajadora –comentó él a modo de saludo, sonriendo a medias.
-Hay cosas importantes para hacer –repuso ella acercándosele más, sonriendo también-, no podemos ir por la vida quejándonos o mirando las nubes.
Como toda respuesta, el chunin la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí para besarla. Ella le rodeó el cuello con los brazos y se entregó sin más a ese ansiado contacto dejando que él tomase el control del reconfortante beso, que gradualmente fue llenándose de pasión y de dicha. Abrieron sus bocas con veneración, dejando que las lenguas inicien la tan postergada contienda, apretándose más en el abrazo, respirando con agitación. Era estupendo besarse por fin, maravilloso y perturbador, por lo que se apartaron un poco para darse sosiego.
-¿Aún deseas partirme el rostro con tu abanico? –preguntó él con su habitual semisonrisa.
-Yo no cambio de opinión fácilmente, jovencito –respondió Temari, que recordó la última vez que estuvieron juntos. Esa noche no habían pasado de besos y de atrevidas caricias, pero ahora se daba cuenta de que le costaba más separarse físicamente de él. Y parecía que a él le pasaba lo mismo, porque el brillo de su mirada se intensificó. Trató de cambiar de tema para serenarse-. ¿Cómo está la Quinta?
El otro alzó una ceja, sorprendido por la evasiva.
-Sigue inconciente. Entre Shizune y Sakura la cuidan... Pero no es de esto de lo que me gustaría hablar contigo ahora. En verdad ni siquiera quiero hablar...
Se inclinó para atrapar sus labios otra vez. El beso volvió a ser demandante, apasionado, tanto que casi pierden el equilibrio. Shikamaru cambió de lugar con ella y la aprisionó contra el tronco del árbol, exigiéndole más. Deslizó su lengua sobre la de ella con apremio, sus inquietas manos recorrieron su cintura, sus caderas, su trasero...
-Shikamaru –susurró ahogadamente Temari, mientras él se apropiaba de sus glúteos y los masajeaba con premura, a la vez que comenzaba a besarla en el cuello con húmedos roces de sus labios. Era algo inesperado, no creía que el joven ninja estuviese muy conciente de lo que hacía-. Shikamaru, detente –le dijo con suavidad, aunque con firmeza.
Él se detuvo en el acto, algo confuso. De nuevo había movido la ficha demasiado lejos, se dejó llevar por sus impulsos y por la ansiedad sin pensar que tal vez la incomodara. A esas alturas sabía muy bien que se había enamorado de la kunoichi y la distancia se había convertido en un problema, ni qué hablar de las hormonas. Si su ausencia lo torturaba, su presencia lo enloquecía. Con ella lejos tenía que conformarse con los recuerdos de sus escasos contactos amorosos; con ella ahí, entre sus brazos, su cerebro se taraba, dejándolo a la deriva de sus emociones.
-Lo siento, yo... –Era absurdo, él no quería disculparse, la deseaba porque la quería. Se enderezó y la miró a los ojos para tratar de decírselo-. Maldición, yo...
-No exageres, bobo, no quiero que te disculpes. Te dije que no me gustan los caballeros –dijo ella, que luego se abrazó a él suspirando-. Creo que no es el momento, eso es todo.
Él resopló, dudando si tendría que sincerarse o no, barajando posibilidades y porcentajes (sin dejar de sentirse un tonto por hacer eso), pero su nerviosismo lo entorpecía. "Menudo problema son las mujeres", pensó con resignación.
Finalmente, prefirió dejar la confesión para otra ocasión. La estrechó con fuerza rozando con la nariz su cabello, que olía a hierbas, y se quedó cortado. Ese inesperado aroma lo embelesó y deseó quedarse con ella para siempre, pero de pronto Temari rompió el abrazo.
-¿Alguna vez te has puesto a pensar que soy más grande que tú? –le preguntó de la nada.
Shikamaru la miró con extrañeza.
-No soy prejuicioso, si es eso lo que te preocupa –le respondió, llevándose la mano a la nuca.
-Ay, ¡no es eso! –exclamó ella con los brazos en jarra, desequilibrándolo-. Soy mayor que tú, vivo lejos, tengo poca paciencia... ¿Qué es lo que tanto te atrae de mí?
Eso sí que era nuevo para el chico. ¿Acaso se estaba sintiendo insegura? ¿No le bastaba con la demostración de hacía un rato? ¿Qué diablos le ocurría?
-No entiendo qué te sucede –reconoció, frunciendo el ceño-. Tú no eres así.
-¿Así cómo? ¿Como las demás mujeres? Tal vez en el fondo lo sea, Shikamaru. Tal vez, en ocasiones, necesito algo más que un beso en un rincón oscuro.
-Temari... –intentó él, confuso, sin lograr entender qué demonios había sucedido.
-Ya, déjalo así –dijo ella. Se dio la vuelta y regresó al campamento por el mismo camino que antes, dejándolo solo y absolutamente desconcertado.
-o-
El día terminó y aún no podía entender qué le inquietaba tanto a Temari, por qué esta vez no le había correspondido como antes teniendo en cuenta que había pocas oportunidades para verse. Para colmo, él no era ningún experto en la materia ni tampoco tenía a quién consultarle. Hubiese sido demasiado vergonzoso, incluso con su propio padre.
Como no podía dormir adoptó la "medida extrema" de intercambiar el turno de vigilancia con uno de los ninjas asignados como centinelas. El guardia lo miró de arriba abajo, extrañado, y Shikamaru maldijo para sus adentros. "Hazte la fama...", concluyó para sí mismo cuando el guardia por fin le cedió el puesto, y empezó a hacer la ronda.
Era de madrugada y patrullaba los alrededores de Konoha pensando por milésima vez en Temari, quejándose de su suerte y de su molesta cojera, cuando percibió unos pasos que venían en su dirección. Se detuvo en seco al notar que se trataba de ella.
-¿Shikamaru? –articuló la joven, sorprendida de topárselo allí.
-¿Qué demonios haces aquí? ¿Por qué no estás durmiendo en tu tienda? –indagó él, algo perturbado por ese inesperado encuentro.
-No tengo por qué darte explicaciones –afirmó ella, irritada por esa reacción.
-Qué molesta, sólo te lo pregunto porque estoy vigilando.
-¿Vigilando? ¿Tú? –inquirió Temari con sarcasmo sin podérselo creer-. ¿Acaso pretendes atraer más desgracias para tu aldea? Lloverán piedras si te ven trabajando.
-¿Y bien? –insistió él, haciendo caso omiso del comentario.
La joven se cruzó de brazos, resoplando ofendida.
-No podía dormir, eso es todo –respondió, encogiéndose de hombros y mirando hacia el costado. La verdad era que se sentía mal por lo de esa tarde, no había sido franca con él. Tampoco le había gustado delatarse, no era propio de una kunoichi mostrarse insegura, pero había cambiado tanto desde que el joven se adueñara de su corazón que ahora actuaba como una colegiala bobalicona, y se sentía avergonzada por ello-. Necesitaba despejarme un poco, nada más.
-Pues yo tampoco podía dormir –admitió él, que se encontraba tan contrariado como ella-. Temari, yo...
La chica no lo dejó seguir.
-Me disculpo, Shikamaru.
-¿Qué?
-¡No lo repetiré! –le advirtió ella, crispada, volviendo a mirarlo. Se sentía incómoda con la situación, pero tampoco quería echarse atrás ahora que se había animado a hablar-. Actué como una tonta, me avergüenza recordarlo. No es que necesite algo más, lo que tenemos es... maravilloso.
El chico se quedó mudo. Le sostenía la mirada, tratando de leer en sus ojos. Temari no era una mujer sentimental, aunque le pareció entrever que tal vez esperara algo de eso en él. ¿Acaso necesitaba oír las palabras que había pensado esa tarde y que, por dudar, se guardó? Shikamaru respiró hondo. Si ese era el problema, sólo había una forma de hablar para él.
Se acercó tanto a ella que las puntas de sus pies se tocaron. La despojó de su eterno abanico, dejándolo a un lado. Luego, apenas tomándola de la cintura, despacio, fue inclinándose hasta posarse en sus labios, besándolos con ternura.
La sangre se agolpó en sus mejillas, al tiempo que una creciente ansiedad comenzaba a abrumarlos. Ya no era igual, tuvieron que admitirlo, ahora precisaban más.
-Te necesito, Temari –le susurró él, sobre los labios-, no sabes cuánto.
-Shikamaru. –pudo decir ella, conmovida por esas palabras, pero no pudo agregar otra cosa porque la boca de él volvió a requerirla.
Su lengua la invadió, sedienta, recorriendo cada rincón de la boca de ella, haciéndola gemir apagadamente. Él se apretaba contra su cuerpo mientras la chica recorría con las manos su espalda, luego su pecho, para despojarlo de su chaleco.
El ninja la tomó por la cintura y la hizo girarse, guiándola hasta el árbol más próximo abrazándola desde atrás. Ella apoyó sus manos en el tronco pegándose a la corteza por la fuerza del abrazo, mientras él se hundía en su cuello, masajeándola posesivamente por debajo de su pecho.
Temari jadeaba ante el incitante contacto de sus manos sobre su cuerpo, porque el chico le mordía el lóbulo de la oreja, la quijada y el cuello dejando un rastro de tenues marcas y humedad, una y otra vez. Lo que le hacía era subyugador, inesperado, con una iniciativa poco común en él.
-Te necesito –musitó Shikamaru de nuevo en su oído, extasiándola con la urgencia de su voz. Su respiración anhelante y la intención impresa en esas palabras hacían mella en el vacilante autodominio de la joven, que se tambaleó aún más cuando él dirigió sus caderas contra su trasero. El roce con su miembro, con la evidencia de su deseo, la hizo gemir de asombro y expectativa.
Fue demasiado. Temari, como toda respuesta, giró su cabeza para fundirse en un beso apasionado y sensual, mordiéndose los labios sin romper ese apretado abrazo. Pensó, en un último instante de lucidez, que ellos nunca serían como las parejas que declaraban su amor abiertamente a toda hora, sin pudores. Pensó, con orgullo, que ellos eran diferentes. Este sería el único modo de mostrarse comunicativos, y ella se moría por escucharlo.
Con resolución, la joven llevó una de sus manos hacia atrás, cerrándose en torno al sexo del extasiado ninja, que recibió la caricia con admiración. A través de la ropa Temari pudo sentir cómo se hacía más rígido a causa de su contacto, por lo que comenzó a mover su mano y a presionar, provocándole un doloroso placer.
-Repítelo, Shikamaru –ordenó entre jadeos.
El otro casi no podía hablar debido a las electrizantes sensaciones que esa mano le generaba, desequilibrando su sistema nervioso y amenazando su autocontrol.
-¿Shikamaru? –insistió ella, sin abandonar su vehemente masaje.
El aludido trató de reunir toda la cordura que podía para responder a ese llamado. Deslizó una mano hacia arriba, cerrándose sobre uno de sus generosos senos para masajearlo con insistencia, deleitándose al sentir cómo se endurecía su pezón contra la palma aún a través de la tela. Mientras tanto, la otra mano se posó sobre el sexo de la chica, acariciándolo cuanto podía por sobre el vestido.
Ella suspiró sonoramente ante semejante contacto. Así, cada uno tuvo sujeto al otro de una forma que los enardecía incluso a través de la ropa, dominando y siendo dominados, sumergiéndolos en una deslumbrante vorágine sin retorno.
-Te necesito –repitió él-, te necesito ahora.
Entonces ambos se soltaron, Temari volteó y se volvieron a abrazar apoyándose contra el árbol, besándose con toda la boca, sin recato alguno. Las revoltosas manos de él le recorrían los glúteos, las caderas y los pechos, al tiempo que las de ella le quitaban su otra prenda superior, dejándolo con una simple musculosa negra. Temari se separó de sus labios para observarlo mejor, prendada de su bien formado torso y de sus fuertes brazos.
Sabía que él era demasiado vago para entrenar, pero la naturaleza había sido ciertamente generosa dotándolo de una masculinidad cautivante. Era tan atractivo a la vista que sólo eso le bastó para aumentar su deseo.
-Te quiero para mí, Shikamaru –musitó mirándolo a los ojos-. Te deseo... demasiado –agregó, y le acarició el pecho descendiendo hasta llegar al gran bulto de su virilidad, donde se posó con autoridad.
Él apenas pudo resistirse ante esas palabras y esa lujuriosa mirada. La única mujer que le interesaba sobre la Tierra, la única por la que estaría dispuesto a dar la vida con gusto, la única con la que deseaba estar así, sin avergonzarse por su debilidad, le pedía que fuese suyo. Y él la deseaba tanto que le dolía.
-Temari –susurró con apremio sobre sus labios, vehemente, mientras sus manos recogían con desesperación la larga falda para tocar uno de sus suaves muslos y habilitarla para él-. Temari –insistió mientras su mano llegaba hasta su sexo y lo acariciaba, haciéndola temblar y gemir, excitándose con ello-. No puedo esperar más –dijo por fin, arrancándole la fina ropa interior.
Ella no supo si reír o escandalizarse, aunque tampoco tuvo mucho tiempo para reaccionar. Él se desabrochó el pantalón para liberar su palpitante miembro, la ciñó con un brazo por la cintura y la alzó, de modo que tuvo que rodearlo con sus piernas y sujetarse de sus hombros para estabilizarse.
Sin más preámbulos, decidido, Shikamaru tomó su virilidad con la mano para dirigirla a su ya húmeda intimidad. Al tocarla allí se detuvo, alucinado al experimentar por primera vez ese exquisito roce de la piel. Entonces, en lugar de penetrarla, por instinto, se frotó contra los sensibles pliegues de la mujer, que ante esa abrasadora y electrizante sensación volvió a gemir audiblemente, sin poderse contener ante lo que le hacía.
Él continuó torturándola y torturándose durante unos instantes, hipnotizado por su propio ardor y por la respuesta de Temari, cuyo sexo se sensibilizaba ante su estímulo. Esa visión era más que suficiente para perder el control.
La kunoichi se mordió el labio inferior y lo sujetó por la cadera con firmeza, dándole a entender lo que quería. Entonces él, mirándola directamente a los ojos, se introdujo de un súbito empujón, invadiéndola por completo. Se deslizó con tal facilidad que ella apenas sitió el tirón dentro de sí cuando se desgarró su virginidad, aunque casi gritó al tenerlo dentro. Tenía que ser así. Ambos eran posesivos, resueltos, demandantes... Eran el uno para el otro, la mitad y el complemento. Y era su primera vez en el amor.
El joven comenzó a moverse con mesura, disfrutando de esa exquisita revelación. Era increíble adentrarse en su tersura, descubrir su calor, sentirse cobijado por la intimidad que le proporcionaba el placer más sublime que hubiese experimentado. Poco a poco aceleró el ritmo hundiéndose en el cuello de ella, buscando sentir más, sujetándola por la cintura y de su trasero simultáneamente, entrando y saliendo con urgencia creciente.
Temari se sostenía con un brazo de sus hombros mientras que con su otra mano, aferrada aún a la cadera de él, lo incitaba a aumentar la velocidad. Sentir su miembro recorriéndola por dentro, quemándola, rozándola en puntos tan sensibles, le hacía enloquecer y desear más, y así se lo transmitió en cuanto pudo.
-Más... más rápido, Shikamaru.
De nuevo el chico le dio y se dio el gusto de arremeter con mayor intensidad, casi con brusquedad. Ambos notaron cómo la fricción crecía en deleite al compás de ese frenético vaivén de caderas, que resonaba en sus acalorados cerebros de forma estimulante.
Ella exigía presionando con mayor fuerza su cadera y él apenas podía susurrarle algunas palabras como respuesta, enceguecido por ese placer arrollador. Se comunicaban a través del tacto y de la respiración, un código erótico e íntimo que recién empezaban a practicar y que sólo ellos podrían comprender.
Los incesantes lloriqueos de ella, la violencia del choque de sus sudorosos cuerpos, el rastro de fuego que la candente piel del sexo del otro imprimía en el propio gracias al frenético roce, los acercó de forma perturbadora al éxtasis final. Él la nombró de nuevo con agitación, tratando de advertirle que pronto llegaría a su límite. Por instinto, para hacerla llegar primero, en las últimas embestidas trató de friccionarse especialmente contra la zona que advirtió más sensible en la muchacha, que se estremecía en forma incontrolable.
Temari sintió como si una fogosa descarga estallara dentro de ella haciéndola colapsar, nublándole la vista. Un grito se escapó de entre sus labios mientras su interior se contraía, y disfrutó de los ardientes espasmos de su primer orgasmo.
Esa renovada opresión en su sexo abrumó a Shikamaru, que se dejó llevar y empujó hasta sentir cómo su propia esencia se derramaba, generándole una asombrosa convulsión de placer. Durante unos intensos instantes sólo pudieron permanecer estáticos y con la mente en blanco, compenetrados en esas nuevas y deslumbrantes sensaciones, hasta que el éxtasis cesó.
Varios minutos les tomó recuperar el aire y estabilizar sus sentidos, lo cual consiguieron sin necesidad de romper todavía la íntima unión de sus cuerpos. La luna apenas los iluminaba, apoyados en un perdido árbol de los alrededores de Konoha, sus jóvenes y entusiasmados corazones latiendo con renovada ilusión.
Ya más repuesto, Shikamaru juntó valor, se apartó de su cuello y la miró a los ojos. Completamente enamorado de la kunoichi, una vez más intentó decir en voz alta lo que en verdad sentía.
-Temari, yo... no soy bueno con las palabras tratándose de estas cosas, pero...
-Lo sé, Shikamaru, ya te dije que no era necesario.
-¡No interrumpas! –pidió él con fastidio. Ella, asombrada, obedeció-. Lo que quiero decir es que... bueno... Lo que te dije recién mientras... mientras nosotros... –Ahora sí que era una molestia. Ella mantenía la boca cerrada, obediente, gozando de su zozobra. ¿Desde cuándo era tan sumisa?-. Lo que dije, aunque fuese en ese estado, es lo que sentía… lo que siento.
A Temari el corazón le bailaba. Un inesperado costado sentimental le había jugado una mala pasada esa tarde, dándole a entender a él que deseaba que al menos una vez le dijera que la necesitaba, cuando en realidad no era preciso. Tal y como había pensado entre sus brazos, no sería bajo la luz del sol como se confesarían sus sentimientos.
-Yo también dije lo que sentía, Shikamaru –aseveró ella, y lo besó suavemente.
Habiéndose entendido pudieron relajarse, desarmar su abrazo y componer como les fue posible su maltratada vestimenta para emprender el regreso a la aldea. Él la acompañó un breve tramo, ya que tendría que seguir patrullando, maldiciendo una vez más por su cojera, que parecía haber empeorado. Ella lo notó pero, con picardía, se guardó sus observaciones al respecto. En cambio, mientras caminaban, le preguntó:
-¿Sabías que la sombra no puede retener al viento, Shikamaru?
El ninja la miró, extrañado. Cuando entendió el significado de sus palabras, se sonrió.
-Puede que el viento haya nacido para ser libre y para vagar sin destino ni atadura, pero la sombra siempre lo atraerá, porque lo calma –sentenció él.
-¿Desde cuándo eres tan cursi? –inquirió ella sonriendo de la misma forma, armonizando el paso con el vacilante andar del otro, demostrando sin querer su teoría.
-Creo que desde que me atrapaste, maldita sea –contestó él con flojera, llevándose una mano a la nuca.
