#4 Reincarnation

Bakugou x Midoriya

Para Midoriya, el tiempo era relativo. Podían pasar años o décadas antes de que decidiera regresar al mundo de los humanos y considerar ese lapso como un pequeño receso. O podía permanecer un par de años con Bakugou y pensar en aquel tiempo como toda una vida.

En realidad, su eternidad sólo valía la pena cuando se reencontraba con el rubio.

Los humanos reencarnaban. Lo supo en cuanto vio a Bakugou por segunda vez. Claro está, su cuerpo era distinto: piel canela, cabello azabache, ojos azules. Todo él era distinto pero su esencia o alma, estaba seguro, era la misma.

Sin embargo, cada que lo veía de nuevo, el sentimiento era amargo. Katsuki era mortal y encontrarlo significaba que, tarde o temprano, tendría que llorarle a una tumba. Ese momento, que amenazaba con despojarlo del único que ser que amaba, lo destruía por dentro.

Izuku siempre le había rogado que se convirtiera en vampiro. Cada vez que su amante descubría quién era en realidad, intentaba por todos los medios que aceptara su propuesta. Aún así, siempre obtenía una negativa. Decía que la eternidad lo consumiría.

-¿Puedes morir?- preguntó en alguna ocasión Katsuki, mientras se ponía sus gruesos lentes sobre la nariz y se recostaba sobre el sofá de la sala.

-Supongo que si me expongo al sol por mucho tiempo, sería probable -Izuku abrió el estante de la cocina y comenzó a bajar los ingredientes para la cena. Disfrutaba demasiado cocinar para Katsuki.

-¿Reencarnarías?- Izuku sonrió para sí. No importaba la época, Katsuki siempre hacía la misma pregunta.

-No. Al parecer renuncié a ese derecho cuando me convertí-

-La eternidad debe ser insoportable-

-Puedo manejarla mientras pueda encontrarte después-

-Eres un idiota- susurró en un pequeño murmullo.


Ese día, recibe la noticia. Un accidente en la carretera. No hay sobrevivientes.

Izuku piensa que es suficientemente fuerte para tomar aquella noticia con calma. Sin embargo, pierde el control de su cuerpo. Rompe lo que hay a su alrededor, destroza fotos, cuadros, cualquier cosa que le recuerde a Katsuki. Se hiere, porque no encuentra otra forma de mitigar su dolor. Deja que sus lágrimas de sangre coloreen sus pálidas mejillas y su piel traslúcida se torna como delgado papel por la falta de sangre. Quiere salir al sol y quemarse hasta dejar de existir. La desesperación toma lo mejor de él y grita hasta que su voz se apaga.

Aun así, no se permite morir. No permite que ese hecho se desvanezca en medio de su dolor: que en el futuro, sin importar cuántos años, volverá a estar a su lado.

Y al final, eso es lo único que importa.