#10 Cafetería
Bakugou x Midoriya
Katsuki miró desganado a los meseros que corrían de un lado a otro sirviendo a los comensales. Aunque era una cafetería pequeña, se encontraba abarrotada por estudiantes que deseaban una humeante taza de café para mitigar el frío del pleno invierno. Aquel lugar, decorado con pinturas de árboles de colores imposibles, pisos de madera que chirriaban de vez en cuando, música suave que se colaba por la radio, mullidos sillones y galletas que juraría que eran las mismas que hacía su abuela cuando era pequeño, convertía ese lugar en su favorito.
Sin embargo, lo que más le gustaba de aquel lugar era cierta persona. Si algo disfrutaba más que una taza de café caliente, era poder hacer enojar a un mesero en particular. Era inmaduro, lo sabía, pero no podía dejar de hacerlo. Le sacaba una de sus pocas sonrisas del día saber que el chico se enojaba por lo más absurdo sólo en su presencia. No obstante, y estaba muy consciente de eso, a pesar de las burlas nunca había sido atendido por otra persona que no fuera él. Debía ser una buena señal.
Detrás del mostrador por fin vio a su mesero preferido hablando con uno de sus compañeros y mirar furtivamente hacia su dirección. Seguro había conseguido algo de tiempo para sentarse con él. Sólo esperaba que fuera más que los pocos minutos que lo conseguía acaparar por día. La vida era evidentemente más aburrida sin las quejas del chico.
Mientras se dirigía a su mesa, se dio cuenta que en realidad el mesero no tenía nada de especial. Aunque sus ojos verdes tenían un color único, como de esmeraldas, las pecas que adornaban su rostro y su cabello alborotado hacía que no cayera en la definición de "atractivo". Sin embargo, hasta cierto punto era mejor. Si tuviera novia quizá sería como su amiga mandona y ya no tendría tiempo de verlo.
-Ok... eso fue raro- comentó por lo bajo. Sus pensamientos le habían llevado a un terreno desconocido.
-¿Qué es raro?- inquirió el mesero, quien se encontraba a su lado, de pie, esperando a que el rubio saliera de su ensoñación.
-Que te dejaran en paz con la cafetería abarrotada- cambió el tema, sintiéndose un poco avergonzado.
-El manager tampoco estaba contento pero necesito comer, ¿no?-
Bakugou miró distraido el reloj de la pared. Eran casi las 5. -¿No has comido nada en el día?-
-No, pero seguro tu me invitarás algo, ¿verdad?-respondió mientras se sentaba al lado contrario de la mesa.-Que regalarte mi preciado tiempo es costoso- Dejó escapar una pequeña risa y al rubio pensó que le quedaba bien. Claro, si solo pudiera desaparecer la cara de idiota que venía con el paquete.
-Ja, ni lo pienses mesero- contestó mordaz. -Si te invitara algo, tendrías que ir a mi habitación después. No lo digo yo, son reglas de etiqueta-
-Y tu, pareces todo menos un caballero-
-Ok, ok, hoy tu ganas-levantó las manos en señal de derrota.-De todos modos, tampoco he comido y los jodidos exámenes me han arruinado la vida-
No pasó mucho tiempo, o quizá Katsuki lo sentía así, cuando el chico tuvo que disculparse y volver a trabajar. Era una lástima pero también tenía que volver al entrenamiento de la tarde y si se distraía de nuevo en la cafetería estaba seguro que esta vez su castigo sería un maldito suplicio. De mala gana, el rubio guardó los libros que había desperdigados sobre la mesa y volteó a ver a su mesero. La placa dorada seguía resaltando "Izuki" en letras negras y sencillas y por alguna razón, aquello le dio ánimos para terminar el día.
