Capítulo II.

Había perdido el conocimiento en algún momento de aquella loca travesía; su mente estaba repitiendo una y otra vez el momento cuando arrojaba su arco a Clint en la espalda, rabiando de coraje por su actitud de niño. Sus muñecas dolían bastante al estar atada con alguna cuerda muy fría y haber aguantado su peso durante un tiempo que no supo definir. La luz de aquella habitación la fulminó en ese momento, notando apenas tres siluetas borrosas que parecían haber entrado a donde ella estaba prisionera.

-Es la última. -Dijo una voz masculina. -Los otros dos no aguantaron el procedimiento.

-¿Alguna expectativa? -Dijo otra voz, la que parecía ser un muchacho.

-Es parte de un equipo especial. -Contestó una tercera voz, con un perfecto ruso.

-Bueno, en ese caso lo dejo en tus manos. Organiza a los nuevos, veremos cómo responde ella. -Escuchó sus pasos acercándose, lentos, casi rítmicos. Fue nítida entonces una fina mano blanca, la cual la tomó del mentón con suma delicadeza para alzarle el rostro. Su tacto fue gélido. -Vaya… tu rostro me recuerda a alguien que conocí.

Quiso contestarle, pero no pudo. Fue entonces cuando cayó en cuenta de que, probablemente, estaba muy drogada o algo parecido, el mareo y el adormecimiento eran un síntoma claro de ello; el sujeto comenzó entonces a ser muy nítido para ella, mientras que sus alrededores solamente eran manchas borrosas y poco fijas: era bastante joven tal como su voz sonaba, quizá de manera engañosa, de intensos ojos color verde, cabello muy negro y lacio cayendo hasta su pómulo, la piel muy blanca, un completo contraste hecho hombre. Notó también que vestía de una manera muy formal, y de pronto aquella visión le parecía demasiado irreal.

-Podemos hacerlo de la manera fácil o difícil, tú serás la que elija. -Susurró aquel muchacho con voz suave, elegante. Seductora. -Tú tienes información que yo necesito, o al menos eso es lo que espero. ¿Algo que desees decirme?

-¿Quién eres? ¿Qué quieres? -Se asombró. Podía hablar con bastante claridad a pesar de su estado.

-Una pregunta por persona. ¿Eres un agente de Shield?

Las palabras intentaron brotar en ella, como si algo ajeno las empujara fuera de su cabeza; pudo contenerlas sin embargo con un grito ahogado… ¿le habían dado algún suero de la verdad? ¿Realmente esas cosas existían? Se intentó incorporar de donde estaba colgada, descubriendo entonces que sus tobillos estaban atados de una forma que le era imposible ponerse propiamente de pie, sus piernas estaban lo suficientemente separadas para rozar el suelo, pero no para mantenerse estable. El peso estaba comenzando a serle doloroso en los hombros y espalda.

-James. -Llamó el joven, soltando el mentón de la chica.

En su campo de visión había dos personas de pie, aquel muchacho de ojos verdes y el hombre a quién ella ubicó como el Soldado de Invierno, la obsesión del Capitán América, trajeado en negro y con cara de pocos amigos. Su mente le hizo recordar que era ese sujeto el que la había dejado sin aliento cuando no pudo defenderse en esa azotea. Hubo un punzar de temor en su pecho, el cual le hizo mover involuntariamente las manos provocando un extraño sonido metálico.

-Estoy siendo muy amable contigo, pero él no lo será tanto si no me das las respuestas que quiero. Realmente necesito un dispositivo que tanto Shield como esos… Vengadores tienen, un generador de escudo que me será realmente útil en un futuro cercano. El problema es cómo obtenerlo. Entiendo tu posición, Ojo de Halcón, así que tú sabes de qué hablo, ¿cierto?

Kate se retorció un poco, intentado contener sus palabras con mucho esfuerzo, dejando que el negro cabello le cubriera el rostro para tratar de evitar aquellas miradas; tanto fue su esfuerzo que comenzó a respirar de manera agitada, así como a transpirar de forma notoria.

-¿Sabes cómo entrar a la torre? ¿Al Hellcarrier?

-¡Vete al diablo! -Gritó finalmente.

-Realmente les gusta hacerse los héroes. -Movió la cabeza aquel personaje. -No te contengas con ella, estoy completamente seguro de que aguantará más que el resto.

Hubo penumbra entonces. Hubo un extraño silencio entonces, uno demasiado terrorífico para ella; era como si pudiera percibir que algo se aproximaría a ella, algo sumamente doloroso, tortuoso. Treinta segundos de un silencio demasiado denso, tortuoso. Su respiración se comenzó a agitar de una manera gradual.

El sonido de pasos, de pesadas botas.

Sesenta segundos de un denso silencio tras aquellos pasos. Por algún motivo sus ojos se humedecieron en respuesta a una especie de estrés nacido de la incertidumbre, sabiendo que no se encontraba sola.

Un golpe muy nítido en la espalda. Duro, rápido. Fue tan inesperado que al inicio no lo sintió con propiedad, sólo fue una sensación caliente que lentamente fue creciendo hasta hervir como braza incandescente, haciéndola soltar finalmente un grito desgarrador que quizá había contenido durante demasiado tiempo; hubo entonces tres, cuatro, cinco azotes en el mismo lugar con tanta precisión que la admiraría si no se estuviera doblando de dolor. Hubo otro denso silencio, en el cual ella podía escuchar, además de sus sollozos contenidos con todo el orgullo que cargaba en ella, las gotas de sangre caer en gotas al suelo.

Sesenta segundos contados. Trató de recobrar la cordura entre todo ese mar de penumbra, dejar pasar el dolor un momento, centrarse… el siguiente latigazo le dio sobre el rostro, partiéndole desde la frente hasta el mentón de forma dolorosa, sangrienta, haciéndola creer que en realidad la estaba cortando con una espada. Raro. Hubo otra lluvia sobre su pecho, su abdomen, piernas, cada pliegue de piel que hiciera tormentoso cualquier movimiento de su cuerpo, incluso el de respirar. Sesenta segundos de silencio absoluto en el que esperó sin más otra marejada de golpes.

-Espero estés dispuesta a hablar. -Dijo la voz a un costado de ella.

Era demasiado sigiloso, no podía escuchar su movimiento.

-Primero muerta. -Contestó ella.

-Me entiendes. Cumpliré tu capricho en ese caso.

Cuarenta, cincuenta, sesenta. No pasó nada. Setenta, ochenta. Comenzó a moverse, estresada, sintiendo un terrible dolor por las heridas, así como el entumecimiento en sus manos por estar atada en esa posición por tanto tiempo; las puntas de sus pies resbalaban con la sangre que brotaba lentamente de sus heridas. Se estaba desangrando sin remedio. Todo dolía demasiado. Noventa. Cien. Las ataduras de sus manos se soltaron con inesperada rapidez, arrojándola contra el suelo en un fuerte golpe, contundente, cargando de dolor aún más su cuerpo.

Intentó arrastrarse, alejarse de alguien que no podía ver o percibir; notó una pesada bota sobre su espalda, más precisamente sobre las primeras heridas causadas, y una mano la tomó por el cabello para hacer que alzara el rostro. Se retorció entre lo que parecía ser su sangre, manoteó, movió las piernas (notando que también estaban liberadas) hasta que esa mano, la metálica, la sostuvo por su brazo izquierdo con la frialdad del mismo material, tirándolo hacia atrás como si quisiera dislocarlo.

-¿Quieres continuar?

Gritó, en un esfuerzo por contener su boca. Aquella mano metálica hizo más presión sobre su brazo en contra de su flexión natural, lentamente pero de manera gradual… hasta que finalmente cedió en un extraño crujido mudo dentro de ella, haciéndola ahogar un gemido de dolor indescriptible. Pronto su cuerpo dejó de moverse, notando cómo lentamente se iba yendo en una bruma de inconsciencia. Finalmente.

-¿Crees que será tan fácil?

La mano que la sostenía por el cabello la soltó, solo para, con la misma mano, estrellarle el rostro contra el suelo, rompiéndole la nariz y regresándole la nitidez de una manera alarmante; lanzó un grito de mero estrés, probando su sangre, temblando de dolor.

-Puedo seguir rompiéndote, vas a desear que te mate, y lo haré… pero en vida. Acabarás suplicándome.

Sí, estaba a punto de suplicarle. Aquello que la sacudía era espantoso, su orgullo ya había cedido ante el incesante maltrato de aquél sujeto. Sólo le quedaba su mente resguardada en su cabeza; la giró con el pie para que quedara boca arriba sobre el suelo viscoso, sintiendo la sangre correr a borbotones por su nariz rota, así como las heridas latentes en su espalada y frente que sangraban sin cesar, debían ser mucho más profundas de lo que creía. Hubo alrededor de su cuello entonces una especie de soga final, atándola de manera ceñida más no era capaz de cortarle el aliento del todo, quedando ligeramente alzada de nueva cuenta, debiendo sostenerse con la mano sana para evitar asfixiarse, así como intentar alzarse con los pies, los cuales resbalaban por el suelo con la sangre.

-Puedo… entrar al Hellcarrier… y al edificio…

-Más.

-Tengo autorización… sólo…

-Toda tuya. -Dijo la voz del muchacho.

Se alarmó al escucharlo. ¿Todavía estaba allí, mirándolos? Los restos de su traje púrpura fueron arrancados con brusquedad, dejándola entonces parcialmente desnuda además de provocarle un destello de lucidez demasiado nítido, tanto que, por un momento, pudo pasar por alto el dolor de sus heridas; sintió su mano metálica tomándola por el cuello y el mentón, sometiéndola con dureza mientras se acomodaba entre sus piernas.

"No."

-Eres precisamente lo que necesitamos. -Dijo la voz del muchacho en la oscuridad. Se escuchaba agitado. -Pero no solo necesito tu información, sino toda tú… ¿sabes? Es bastante fácil romper la psiquis de una persona, los temores más profundos son compartidos como si de una colonia se tratara… y, para serte honesto, disfruto mucho de ver el sufrimiento marcado en tu rostro.

Lo sintió entonces dentro de ella, no sabía exactamente quién era a pesar de la mano metálica, si ese joven o su torturador que hablaba ruso, haciéndola lanzar un último grito de agonía antes de finalmente dejarse llevar; sus manos cedieron al agarre, su cuerpo cayó por su peso como si de una muñeca se tratase, siendo sostenida por las cuerdas y aquella mano fría sobre el cuello. No podía caer inconsciente por más que lo deseara, pero el dolor provocado por esa horrible sesión había pasado ya a un segundo plano, así como la violación a la que estaba siendo sometido su cuerpo… ¿había llegado a su límite de tolerancia? ¿Así se sentía atravesar el umbral de dolor?

Estaba a merced de aquellos hombres.

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No supo cuánto tiempo estuvo siendo sometida a este calvario, días, semanas, meses; se asombró cuando se dio cuenta que tan solo había pasado 72 horas desde su furtivo secuestro. La habían dejado en una iluminada habitación, pulcra como la de un hotel de cinco estrellas, tirada en el alfombrado suelo mientras estaba inconsciente; había una cama amplia acojinada en colores púrpuras, un armario beige pequeño pegado a la pared de blanco tapiz, una mesa con dos sillas en caoba así como un sofá de dos plazas en un negro lustroso, la puerta que daba al baño estaba parcialmente abierta. Había un teléfono sobre la mesita de noche al lado de la cama, destellando bajo la luz del atardecer que pasaba a través de las cortinas transparentes.

Abrió los labios en ese momento, pero no pudo pronunciar palabra alguna.

Intentó caminar hacia el teléfono, con la intención de llamar y tratar de mostrar que seguía con vida, pero su cuerpo no respondió como ella deseaba, llenándola de una extraña desesperación interior; sus pasos la guiaron hacia el baño, cubierto en azulejo blanco, bastante amplio y muy bien acomodado. Se miró en el espejo oval que había sobre el lavamanos. Su mente gritó en horror, pero su rostro permaneció completamente neutro en el reflejo: había moretones rojizos por sus mejillas, mentón, sus párpados, sus sienes; sangre seca salpicaba su piel clara como si se hubiera bañado en ella, y una línea roja le cortaba la frente, desaparecía en su nariz y volvía por su pómulo izquierdo, labio y mentón.

De nuevo intentó gritar, llorar… pero su rostro no cambió un ápice en el espejo. Era como si no fuese ella.

Acabó bajo el agua tibia de la regadera, notando los incesantes golpes que cubrían su cuerpo, los profundos cortes aparentemente suturados cuando estaba inconsciente, así como la extraña escayola plástica en color negro que le cubría el brazo fracturado; perdió veinte minutos limpiando todos aquellos desechos de su piel con una lentitud poco común en ella, mirando obsesivamente la coloración roja del agua comenzaba a hacerse cada vez más diluida hasta finalmente ser transparente.

-Buenas tardes, agente.

La voz del joven le llenó de un terror interior que fue incapaz de controlar, pero su cuerpo acabó saliendo del baño en respuesta vistiendo una bata blanca liviana como si respondiera instintivamente a él; aquél muchacho estaba allí en la puerta de entrada junto con el hombre que la había torturado esos días, ambos usando atuendo demasiado formales de camisa, saco y pantalón, contrastando considerablemente en complexión y altura: el joven parecía ser más alto pero esbelto, y el torturador más bajo y musculoso.

-Realmente lamento la condición en la que has quedado, pero era para una finalidad muy necesaria. -Habló el joven. -Permíteme presentarme, soy el doctor Liam Evans, y lidero esta pequeña fundación llamada The Powerless, ya debiste escuchar de ella ya sea por tus superiores o gente en común. ¿Cuál es tu nombre?

-Kate Bishop. -Respondió de manera muy nítida. Automática.

-Vaya, ha funcionado mejor de lo que esperábamos. -El joven que respondía a Liam se aproximó a ella, observándola con media sonrisa. -Te contaré lo que está sucediendo contigo, agente Bishop. Habrás notado que, a pesar de que tienes ideas propias como tomar ese teléfono y así poder comunicarte con tus compañeros, no puedes hacer que tu cuerpo reaccione de esa manera. Es llamado hipnotismo por unos, magia por otros, ciencia mental… no es que importe en realidad el nombre, lo necesario está allí contigo, como las necesidades biológicas e instintivas, pero he reprimido tu consciencia rompiéndola con la mejor de las emociones, el miedo. Tu respuesta a una acción de deseo siempre será el miedo, así que, si quieres seguir viva, es mejor que lo aceptes. Descuida, no pretendo maltratarte más de lo que ya has vivido con James. -Extendió su mano y le dejó una caricia en la lastimada mejilla, una caricia fría. -Descansa aquí un rato más, lo que tu cuerpo necesite, ya que partirás en una misión sumamente importante tan pronto te recuperes. Tú y james son mis cartas más fuertes en este juego.

-¿Cuál será mi misión? -Cuestionó con voz neutra. Tenía temor dentro de ella.

-Entrar a la torre y robar el generador ARC que sostiene el edificio.

-Entendido.

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-¡Llegaron nuevos miembros! -Gritó uno de los guerrilleros.

El establecimiento al que eran llevados había sido un laboratorio años atrás, construido en las afueras de la ciudad entre el tupido bosque, por lo que aquel edificio estaba bardeado con un muro de concreto de más de cuatro metros de altura. Discreto. Nadie se había acercado a ese lugar en años por su dichosa peligrosidad, ya que se decía que había experimentos químicos ilegales y ese había sido el motivo de su cierre.

El edificio había sido adaptado para, por dentro, parecer un castillo completamente irreal con alfombrado, escaleras transparentes, luces extrañas que no parecían provenir de algún lado, contrastando con su exterior sombrío en concreto gris y rectas paredes; los dichosos guerrilleros estaban bien vestidos, aseados, nada que ver con el concepto en el que se tienen a aquellos revolucionarios extremistas. Los recién llegados pronto fueron conducidos hacia un amplio salón elegantemente arreglado, casi como si fuera una especie de galería de arte, en el cual ya estaba esperando el doctor Evans junto con su mano derecha, el sargento Barnes. Tras él se encontraba una mesa amplia, sencilla, donde esperaban tanto hombres como mujeres con computadores instalados en un arsenal de información electrónica, contrastando con el ambiente más bien monárquico.

-Por favor, pasen a registrarse y comenzaremos con nuestra reunión semanal. -Pidió el doctor con cortesía de caballero.

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Tuvo un sueño turbulento.

Estaba mirando a una niña de no más de quince años, sentada en un extraño suelo color oro y ébano; tenía un larguísimo cabello rubio ondulado, ojos azules que miraban el cielo, una armadura negra como de obsidiana que le cubría el cuerpo esbelto y pequeño. Trozos de material caían sobre ella, pero no parecía importarle si ese mundo se caía a pedazos, puesto que su rostro de dolida angustia estaba puesta en… ¿ella? La miraba a ella?

Despertó de forma abrupta, asustada en su interior. ¿Por qué había tenido ese sueño tan nítido? ¿Quién era esa niña?

Sin embargo, su gesto de dolor era lo que más había quedado marcado dentro de ella.

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-¿Nombre? -Cuestionó el hombre sentado tras la mesa de registro.

-Clint Barton.

-¿Profesión?

-Ex agente de Vengadores.

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Se asomó a la ventana que había en su habitación, contemplando a lo lejos el brillo de la ciudad en la oscuridad de la noche, así como un tramo de bosque envuelto en la tiniebla nocturna. Tocó con los dedos el frío vidrio, teniendo una extraña sensación en el pecho, como si hubiese algo ajena en ella misma. ¿Sería producto de todo el suplicio vivido con aquellos hombres?

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Liam tuvo en frente al rubio arquero, el cual estaba siendo escoltado por dos hombres, así como un suspicaz James, observándolo con curiosidad.

-¿Planeabas infiltrarte o algo parecido?

Clint hizo una mueca curiosa que el muchacho no pudo identificar; llevaba un atuendo civil de playera color rojo oscuro, chaqueta gris y pantalón de mezclilla, así como algo que parecía ser zapatillas deportivas color blanco, contrastando completamente con las formalidades de James y el doctor Evans, así como los dos escoltas que llevaban una especie de uniforme de playera azul marino y pantalón negro. El arquero pudo notar que aquellos dos no llevaban armas, a diferencia del sargento al que era evidente tenía una en el cinto del pantalón, la cual rozaba con los dedos sin quitarle la vista de encima.

-No hubiese venido tan directamente, ¿no lo cree? -Contestó. -Simplemente estoy harto de que los súper se lleven el mérito de los héroes humanos como yo, por eso consideré venir aquí y ser apoyo a su causa. Pueden probarme si lo desean, no tengo intención de ser nocivo a una causa en la que también creo.

-Eres bastante conveniente, de hecho. -El doctor se vio pensativo, ante el gesto de incertidumbre de James. -¿Podemos charlar unos minutos? En privado.

-Lo que usted desee, doctor.