Capítulo V.

-Hay algo importante que quiero que hagas por mí.

-Dímelo.

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Natasha, vestida en un traje negro sumamente entallado y con el pelirrojo cabello atado con firmeza, metida en un estrecho lugar lleno de cables lo suficientemente claustrofóbico como para desesperar a otros, colocaba un aparato pequeño contra la pared frente a ella con la destreza que podía tener en sus cuarenta y tantos centímetros de ancho, para activarlo poco después con el roce de los dedos descubiertos. Llevaba una diadema con micrófono muy delgada, por la cual se comunicaba con su equipo, con quienes había comenzado a trabajar desde hacía cosa de días y a quienes había sacado de apuro con bastante frecuencia en sus sencillas labores. Debutaba ese día para ser de los mejores.

-Activado. – Pronunció a través del micrófono en un coqueto susurro.

-Perfecto. – Contestó una voz masculina. – Si funciona, el jefe querrá vernos en corto.

-Funcionará. – Sonrió de medio labio, suspicaz.

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-Creo… que él ya se encuentra en este lugar, y de alguna manera está trabajando tras bambalinas, usándolos para su beneficio en algún plan ostentoso como los que él suele hacer.

-Es como él actúa normalmente, madre.

-Búscalo. – Sigyn estaba parada frente al ventanal de la sala, mirando hacia aquella concurrida ciudad, usando un vestido midgardiano corto color rosa claro, el rubio cabello trenzado sobre el hombro izquierdo. – Sé que está aquí. No dejes que ellos se percaten de lo que estas haciendo, si combatimos al mismo… enemigo, será más si atacamos por sorpresa.

-¿Crees que alguien en este lugar está traicionando a sus compañeros?

-He visto que el señor Stark lleva en su mano un dispositivo que presiona durante ciertas conversaciones que son relevantes. Si él es capaz de actuar en silencio, nosotros también. – Tensó los labios. – Me encargaré de él, y tú encuentra a Loki. Sé que es duro para ti, pero…

-Si es por ti, haré lo que sea. – Fenrir se notó agobiado. – Pero ten cuidado, por favor.

-No te preocupes, sabes que soy mucho más fuerte que ellos.

Fenrir le dejó un beso en la mejilla antes de salir de aquella sala, usando el elevador que recién había aprendido a usar; al igual que su madre, llevaba puesto un atuendo midgardiano de chaqueta negra y pantalón de mezclilla azul marino, para así evitar mayor sospecha entre la gente, aunque no era de su agrado. Prefería su atuendo sombrío que lo distinguía como un ser superior en Helheim.

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Asumía que el gesto de Clint cuando la mirara allí sería todo un poema, se había preparado mentalmente para cualquier contingencia que ocurriera en el lugar cuando ella llegara; esa era la primera vez, tras tres semanas de discreto trabajo y comunicación poco constante con Tony, que miraba al llamado doctor Evans. En el centro de aquella salita donde ella y otro compañero habían sido citados se encontraba aquél joven de ojos intensamente verdes y cabello negro, en un atuendo bastante formal que lo hacía ver más adulto de lo que realmente era, pues no parecía pasar de veintitrés o veinticinco años. A su derecha se encontraba James, provocándole una intensa sacudida que pudo ocultar a la perfección, y a su izquierda la Hawkeye de Fury, así como el mismo Clint, que no movió un músculo cuando la notó. Impresionante para ser él.

-Adrián Harper, Natalie Rushmore. – Pronunció el doctor desde su lugar. Pudo notar aquella curiosa sonrisa de medio labio entre la extraña luz tenue que había en la habitación. – Resaltaron en su trabajo como joyas entre las burdas rocas. Me alegra anunciarles que, gracias a ello, han sido ascendidos y tomarán su nuevo lugar junto al señor Barton, la agente Bishop y el sargento Barnes.

-Entendido. – Corearon ambos.

-Señorita Rushmore, espero puedo tomar el ritmo de Barton y Bishop, mis sombras. Señor Harper, su destreza con las armas casi se compara con las del sargento, quedará en sus manos. – Se movió entonces del acojinado asiento donde se encontraba, y Nat pudo percatarse de que era más alto de lo que aparentaba. Había caminado hacia donde estaba aquél ventanal, dándoles la espalda. – Lo que hicieron esta noche hará la diferencia en esta guerra silenciosa, dándonos una enorme ventaja, si funciona como lo tengo planeado. Pueden irse. Señor Barton, indique a su compañera el lugar en el que se quedará mientras tanto. Sargento, guía al señor Harper al hangar principal para que pueda ver los juguetes.

-Entendido. – Corearon los nombrados.

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Ser discreto no era lo suyo. Era grande para empezar.

Saltó entre los altísimos edificios llenos de ventanales frágiles usando su forma de lobo, fastidiado por el trabajo mismo de lo que tenía que hacer y el hecho de encontrar a ese hombre que tanto detestaba, aunque le llenaba la idea de serle de ayuda a su amada madre; tras un rato de saltar ociosamente, romper algunas construcciones con luces rojas intermitentes de forma accidental y de meter el hocico en orificio poco gratos de los que acababa arrepentido, acabó volviendo a su forma humana para comenzar a caminar por aquellas calles calientes y concurridas, sobresaltando entre los mismos midgardianos por su altura y su vistoso rostro de ojos verdes y negro cabello con destellos platas.

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Natasha andaba con bastante tranquilidad por aquellos elegantes pasillos alfombrados, decorados con detalles dorados destellantes y paredes con blancos tapices delicados, escoltada por Clint y aquella chica, Kate, la cual parecía más bien una especie de robot androide al no mostrar algún gesto en su blanco rostro, claro que las cicatrices que mostraba éste le daban la certeza de que seguía siendo una humana aparentemente normal. Se preguntó si habían jugado con su mente, si James e incluso el mismo Clint habían pasado por ese proceso. No, su amigo se veía de lo más normal y corriente.

-Aquí. – Dijo el arquero, deteniendo a ambas chicas. – Katie, a la azotea. Pon nervioso al cuarteto que dice vigilar.

La chica, sin mediar palabra, se dio vuelta para perderse por el pasillo envuelta en un escabroso silencio; la pelirroja puso la mano en la cromada perilla de la puerta para abrirla, sintiendo de pronto una tensión nerviosa en el abrumador silencio que los rodeaba a ambos. Muy inusual al ser él, su mejor amigo.

-Escucha, "Natalie". – Comenzó a hablar con desenfado, pero de alguna manera sonaba recio, amenazante. – Que quede claro desde un inicio. Anda con cuidado, si llego a percatarme de algo inusual en tú voy a decirlo, y no me haré responsable de las consecuencias.

-¿Esconder algo al Ojo de Halcón? – Cuestionó ella, mirándole de reojo.

Clint, cruzado de brazos, había alzado los hombros mientras sonreía con descaro. Estaba retándola sin duda. Fue entonces cuando se percató de que realmente debía tomarlo como un enemigo también, y que sabía perfectamente lo que estaba haciendo allí.

-Suerte, Nat. – Y se alejó de ella a paso calmo.

Fue entonces cuando ella pudo mirar las dos armas de fuego que llevaba en el cinturón de su pantalón. Tuvo un escalofrío.

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Kate realmente había intimidado a los dos guardias que quedaban en la azotea, haciéndolos huir en busca de los otros dos fugitivos, haciéndola preguntarse si su cara realmente se miraba tan siniestra como para causar tal impresión; acabó caminando tranquilamente por el perímetro del techo del edificio, segura de que Clint no perdería la oportunidad de fastidiar a aquellos pobres muchachos cuando los encontrara perdiendo el tiempo en la parte de abajo. Se quedó observando la zona boscosa delante del edificio, envuelta en la oscuridad, tan solo escuchándose el suave movimiento de los árboles con la brisa nocturna.

Hubo un movimiento brusco de pronto en ellos, poniéndola alerta. Sacó aquella pequeña radio que cargaba en el cinturón del ajustado traje odioso, llevándoselo a los labios.

-Clint. -Llamó con voz neutra.

Sin embargo, lo que apareció entre aquellos ramajes no era humano. Era un enorme lobo color negro y plata, con brillantes ojos verdes que resaltaban entre su mismo pelaje y la oscuridad de la noche… descubrió que le era imposible quitar la vista de aquel impresionante animal.

-Soy James. – Habló por la radio. - ¿Qué pasa?

-Solo es un lobo. – Contestó ella con calma.

-Termina tu revisión y entra. Te veo en mi habitación.

-Entendido.

Cortó la comunicación entonces, nada animada con la idea de ir con James. Se dio media vuelta para comenzar a andar por la azotea dispuesta a regresar dentro, atinando solamente a presionar la clave de acceso que hacía abrir la puerta…

"Llevas un hechizo en ti."

Se giró de inmediato al escuchar aquella voz masculina (¿escuchar? Parecía más bien que había dado eco en su cabeza); tras ella se encontraba un hombre vestido con negra armadura y detalles en color verde, los ojos como brillantes esmeraldas, el cabello negro lacio hasta el pómulo con un distintivo mechón platinado ondeando con la misma brisa. Intentó volver a usar la radio para dar aviso, pero ese muchacho había alzado la mano derecha hacia ella, desnuda, para comenzar a pronunciar unas palabras en un idioma que ella desconocía. De pronto, toda aquella tortura, todo su odio, su dolor, fue demasiado latente para ella, al grado de arrojarla al suelo de rodillas y hacerla gritar con todas sus fuerzas, casi desgarrándose la garganta. Era demasiado lo contenido dentro de ella, el dolor físico era mínimo a diferencia de aquello que martillaba en su mente como una terrible migraña, haciéndola desear morir para callar ese sufrimiento.

-Vas a hacerte mucho daño si sigues así. – Le llamó la atención con severidad.

-¡¿Qué me has hecho?! – Gritó con dolorosa agonía, sintiendo las lágrimas correr sin control por sus mejillas.

-Te liberé del hechizo, pero solamente funciona en mi presencia, no estoy tan estudiado en las artes arcanas.

-¡¿Qué?! -Jadeó, como si le faltara el aire.

-Eso significa que mi madre estaba en lo correcto. – Chasqueó la lengua, irritado.

-¡¿Quién eres?! ¡¿Qué haces aquí?! – Jadeó de nuevo, y su voz se fue en un hilo.

-Tranquilízate. – Se dirigió a ella, tomándola del hombro con bastante fuerza, haciéndola retorcer un poco. Su mano era gélida. – Vas a asfixiarte si sigues ahogándote en tu oscuridad.

Se obligó a guardar silencio. Hubo un momento en el que solamente se podían escuchar sus jadeos en su intento por tomar aire, así como aquella brisa nocturna. Comprendió que nadie más había visto a ese hombre llegar a la azotea con ella.

-¿Cómo es que no te han detectado? – Pudo cuestionar Kate con mayor claridad, aunque su voz sonaba ronca.

-Eso es porque no me esperan. – Miraba a todos lados, como si intentara encontrar algo más en la penumbra. - ¿Quién te hizo esto? ¿Quién es tu líder?

-No puedo hablarle. – Se limpió el rostro con las manos. Había comenzado a tiritar con ese toque gélido. – Es decir, solamente cuando el doctor me exige que lo haga.

-¿El doctor Evans?

-¿Eres su enemigo?

El joven abrió los labios para contestar, bajando la mirada para observarla fijamente durante unos momentos… y acabó guardando un denso silencio; a ella le parecieron demasiado brillantes sus ojos verdes, tal como los del doctor. Parecía ocultar un naciente asombro tras haberla visto, lo cual le recordó el anterior pensamiento de que tal vez su rostro tenía algo que parecía asustar a los demás…

-No, no lo creo. – Su tono de voz fue más tenue de pronto. – Podría serlo, pero no se me permite. Soy Fenrir, estoy en búsqueda de un hombre muy peligroso.

-¿El doctor Evans? – Se incorporó, pero el cuerpo le dolía demasiado.

Fenrir se quedó un momento pensativo, con la vista puesta en algún punto de la oscura azotea, como si buscara algo en el sitio que no podía verse a simple vista; el aura dominante del muchacho había cambiado, luchando por verse dominante ante ella, o al menos eso parecía intentar. De pronto sus ojos verdes volvieron a ella de forma precipitada, intimidándola terriblemente hasta hacerla retroceder. No era que le causara miedo, su rostro tenía algo que…

-No. No puedo percibir su presencia, pero estoy completamente seguro de que está metido en esto.

-¿Vas a pedirme que me quede?

-Eres la persona que entró en la torre para robar su generador.

-Sí, pero no era…

-Quédate. Serás de mayor ayuda para tus aliados si estás dentro sin que ellos se enteren.

-¿Los conoces? Espera. – Se adelantó un poco, víctima de su propia desesperación. – Con ellos se encuentran dos conocidos míos, estoy casi seguirá de que ellos están allí como espías.

-En ese caso irte solo comprometería su misión. Además, no soy capaz de quitar ese hechizo que te colocaron.

Ella había tensado los labios, tratando de resignarse de volver a la prisión que era su cuerpo ahora ya que tenía razón, no podía comprometer a Clint y a Natasha, podrían matarlos por su culpa… intentó no verse dolida y llorar como una niña frente a ese extraño; el llamado Fenrir dejó de mirarla entonces, visiblemente incómodo.

-¿Cómo te llamas?

-Kate.

-Volveré en unos días, Kate. No puedes mentir, pero puedes guardar silencio, eso será suficiente. No te expongas, mantén un perfil bajo.

-Está bien.

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-No tengo idea de qué fue lo que instalamos en el edificio, pero no parecían detonadores. – Susurraba, recostada en la cama individual. – Quizá eran una especie de amplificadores. Mañana en la noche comenzará eso que él llama "el evento", nos reunirá y expondrá su propósito. Clint… Clint es nuestro enemigo. – Tensó los labios. – Nos vemos, Tony.

Apagó el transmisor que llevaba oculto en la perforación del lóbulo izquierdo de su oído con una suave presión; vestida ya como un civil en mezclilla y chaqueta negra, caminó por el estético pasillo con la galantería usual en ella, quizá tratando de escuchar algo fuera de lo común, peculiar, aunque sabía que ni siquiera Clint, la chica Hawkeye o…

-James. – Pronunció con sutileza.

Estaba parado al final del pasillo, de espaldas, como si estuviera mirando pacíficamente por el enorme ventanal frente a él; llevaba una especie de saco color café muy oscuro, pantalón de mezclilla y botas de trabajo, el cabello ondulado un poco largo. Tan pronto escuchó su nombre, se giró parcialmente para verla… manteniendo el mismo gesto neutro que la chica Kate llevaba, como si estuviera bajo el mismo proceso hipnótico o lo que sea que fuese. Se miraba como cuando solamente era esa arma soviética que casi la había matado. Tras unos momentos de silencio, se vio invadida por una peligrosa incertidumbre, la cual amaba aparecer de manera constante durante la estadía en esa misión, y trató de andar por el mismo pasillo buscando una salida, o a Clint, en caso de que él decidiera…

-Natasha.

Su sangre se congeló, y fue consciente de que aquella sorpresa se reflejó en su rostro. De manera cautelosa comenzó a acercarse a él, sintiendo el corazón latiéndole en las sienes, así como la mano diestra tocando el arma que llevaba oculta en la pretina de su pantalón, cortesía de su anterior equipo con quien estaba trabajando antes de llegar allí. No podía contar con Clint, mucho menos con James.

Pero había dicho su nombre.

-Estás… estás…

-Sé que tienes un arma en el cinto, y piensas usarla ante un movimiento precipitado.

Su voz era neutra, como si estuviese hablando con ella un robot. Natasha se aproximó a él y, sin tomar mayor precaución más que su propia cabeza gritándole lo peligroso que era, rodeó su cuello en un fuerte abrazo, impulsiva, comenzando a temblar sin poder controlarse al percibir su calor y su respiración calma. Sin duda era él. Para su sorpresa, notó sus manos posadas sobre la cintura de ella, muy suave, pero allí al final.

-¿Qué haces aquí?

-Sabes lo que hago aquí, James. ¿Qué es lo que haces tú? Pensé que estabas bajo el control del doctor como…

-Estoy bajo su control. – Dijo, sereno. – Físicamente.

-¿Cómo es eso? – Se le separó un poco para ver su rostro.

-No lo sé. – Habló en calmos susurros, como si de pronto se le dificultara. – Al inicio no podía hablar siquiera, tal como Kate. Con el tiempo he podido controlarlo en su presencia, pero… sus exigencias me obligan. No me hables de ti, si él me lo exige…

Se permitió besarlo, nuevamente aferrándose a él en ese abrazo. Había sido demasiado el tiempo que había estado sin saber de él por su misma decisión, para evitar aquella peligrosidad que él se afanaba en adjudicarse, pero… fue extraño. A pesar de que él no hizo por evitarla sino todo lo contrario, trató de corresponder aquél gesto a pesar de su limitación física, la emoción de estar con él no era la misma como hacía años. El tiempo había hecho lo suyo.

"Pensé que habíamos avanzado…" Borró inmediatamente aquella voz de su cabeza, sintiéndose extrañamente alarmada. ¿Por qué Steve entraba de esa manera en su mente, en ese preciso instante?

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Se sentía abatida de manera interna, casi a punto de desmayarse por contener todo ese dolor nuevamente, por lo que andaba casi pegada a las tapizadas paredes para evitar caer al suelo, mareada y con deseos de vomitar aunque tenía poco contenido en el estómago; presionó el botón del elevador tan pronto llegó a éste, quedándose erróneamente recargada en las puertas hasta el momento en que se abrieron, arrojándola al alfombrado suelo sin que pudiera evitarlo; haber sido "liberada" y vuelta a ser prisionera la estaba volviendo prácticamente loca, al grado de planificar mejor el arrojarse desde la misma azotea al suelo y así acabar con ese tormento. La detenía solamente el hecho de que Clint estaba en ese lugar, que podía provocar su muerte. Lo detestaba, sí, pero no era como para querer matarlo… además él ya estaba muerto antes. Quería dormir, tenía cerca de tres días dormitando durante solo dos o tres horas antes de ser despertada por pesadillas donde remembraba una y otra vez la tortura que tuvo al llegar. Estaba a punto de perder el conocimiento cuando las puertas cromadas del elevador se abrieron, y pudo ver unas botas negras de trabajo entre lo nublado de su mirada.

-¿Kate? – Escuchó la voz de Clint.

Sintió que la había alzado en brazos antes de perder el conocimiento.

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Hubo una mira electrónica apuntando a la torre.

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-¿Qué demonios está pasando? – Cuestionó Tony.

Eran las siete de la mañana, pero la ciudad alrededor de la torre estaba inusualmente solitaria; en las calles se encontraban miles de hombres vestidos con un mono color café claro, botas negras y corbata azul marino, los cuales estaba formados en grupos de cinco por seis personas, estáticos y con la vista al frente. Estaban siendo liderados por un hombre completamente vestido en negro, de porte robusto y dominante.

-Bucky. – El rostro de Steve palideció.

-Es el sargento Barnes. – Reiteró Bruce, también mirando por el ventanal. – Steve, no te…

Hubo un disparo de gran calibre. El vidrio protegido cedió ante el proyectil que fue imperceptible para los habitantes hasta que fue demasiado tarde, y el cuerpo de Tony Stark cayó sobre el alfombrado, comenzando a manchar éste con el vistoso color rojo con suma rapidez.

-¡Tony! – Corearon, apresurándose a auxiliar al caído.

-¡Está allá! -Gritó Sam, apuntando a un edificio cercano.

La chica, vestida en negro, miró a través de sus lentes de sol su misión cumplida, optando por retirarse del lugar tras lanzarse al vacío.