Los siguientes relatos son breves y son independientes. Todos pertenecen al mundo de Dragon Age, saga de videojuegos de RPG desarrollado por Bioware. Y surgieron como parte de un desafío de un relato por día a lo largo de Octubre (Taletober), aunque nunca llegué a completarlo.

Espero los disfruten

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La Legión de los Muertos:

Breve relato sobre un nuevo miembro de la poderosa milicia

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"La legión acepta a todos".

Eso le habían dicho cuando, embargado por el sentimiento de venganza, se había acercado al Comandante Kardol.

A la intimidante fuerza militar que mantenía de pie a la sociedad enana, entraban miembros de las castas menores, enanos que buscaban limpiar su honor tras algún crimen o nobles que simplemente buscaban la gloria. E incluso, así lo decía el registro del Moldeador, forasteros. Y es que nadie podía olvidar a Willem Trialmont, un elfo que había seguido a los legionarios para luchar a su lado y morir como uno de ellos, sin volver a ver al cielo bajo el que había nacido; o a Sir Aurelian Pentaghast, un extraño caso humano que todavía era comentado en las Profundidades pese a que había sucedido en otra Era. En la legión todos prosperaban, porque cada uno de sus miembros saludaba a la Roca a cada momento tras su primera muerte, y eso auguraba honra.

Brovin nunca se había planteado unírseles. Pero en el pasado había sido un joven ingenuo, que se paseaba por los mercados de Orzammar sin demasiadas preocupaciones.

A diferencia de los forasteros de la Superficie, los Engendros Tenebrosos no eran leyendas de los tiempos de paz o pesadillas materializadas sólo en los tiempos de la Ruina; sino una realidad a la que debían afrontar. Pero a salvo, en los Thaig, los enanos podían permitirse un respiro.

Eso en tanto un noble, enfebrecido por el auge del pasado, no ordenara una recuperación arrastrando con ésta a los de la casta guerrera que servían a su respectiva casa. Como había pasado en la reciente avanzada hacia el Thaig Ortan: una verdadera masacre.

O que los Caminos de las Profundidades no se tragaran a un familiar... como lo habían hecho con Brovin. Su padre, que había estado extrayendo argentita en una nueva veta, y su hermana, quién generosamente se había acercado llevando una ración de comida a su progenitor, fueron sorprendidos por genlocks y hurlocks, así como los otros mineros.

Así fue cómo el joven enano supo que no podría seguir imitando esa calma que toda Orzammar fingía.

El comandante Kardol lo miró evaluativamente, mientras se llevaba a cabo su funeral, al que habían asistido lo que quedaba de su familia y sus amigos. Atrás quedaría todo aquello que Brovin Ulvant poseía. El Moldeador borraría su nombre de los registros, y su familia se cubriría de luto. Y él, en cambio, se cubriría con los tatuajes de los muertos, sombríos como su destino.

Su hermano mayor permanecía a lado de su madre, Fivia, sosteniéndola con su brazo. Él, como un varón Ulvant terminaría siendo un minero, así como su hijo, y los hijos de éste. Así lo dictaba la tradición. Y por un momento, Brovin deseo que ser tío de una niña. Quizá la casta de una imaginaria cuñada mantuviera alejada a su sobrina de la opresiva oscuridad, a la que él descendería voluntariamente.

Algo apartados, Dulig y Leric, sus amigos del Barrio Plebeyo, le miraban con orgullo pero con tristeza. Cuando se percataron de que él los observaba, levantaron sus jarros en un silencioso brindis.

- Atrast tunsha. Totarnia amgetol tavash aeduc – Le dijo su madre, que lloraba silenciosamente su primera muerte, la única que ella presenciaría. Y le beso la frente – Que regreses a la Roca, a la vista del Primer Paragon.

- Atrast tunsha, madre – Logró responder, mientras los últimos jirones de vida se iban tras las cálidas manos de su progenitora – Siempre te quise – Se permitió decirle. Un último adiós, aunque en pasado, porque a si lo dictaba el ritual.

La comida se acabó, los vasos se vaciaron, los cantos cesaron; y los dolientes se retiraron, sin mirar atrás, a quien ya figura en las Memorias como un muerto. Pero el honor se quedaba, con aquellos que aceptaban la Lucha contra las crías de las Madres de las Camadas.

Brovin miró a otro legionario, que caminaba en su pos. Éste lucía una de las regias armaduras, con la calavera sonriente por escudo heráldico. El soldado cruzó los brazos sobre su pecho, y se inclinó ligeramente.

- La Roca te saluda, compañero, porque lucharás para siempre en la Legión de los Muertos. – Dijo, recitando el lema de la Tropa - Mi nombre es Gant.

- Mathas gar na fornen pa salroka atrast – Le respondió Brovin, sonriendo por primera vez en la jornada.

- Me honras, Salroka – Le respondió el Legionario – Lucharemos en la Oscuridad, tú a mi lado. Y ya la verás: la carga de la Legión es el espectáculo más aterrador que se pueda presenciar en un campo de batalla… ¡Ah, cómo haremos retroceder a los malditos! – Detrás del yelmo, el enano suspiró –Estamos locos, Salroka, pero… Bueno, ojalá no fuésemos tan pocos.

A sus espaladas, alguien saludó con un "Atrast vala, Sha-Brytol". Brovin y Gant se volvieron, para ver cómo un grupo de tres humanos, de brillantes armaduras de argentita que lucían grifos en la pechera; saludaban con una inclinación a Kardol. El comandante de la Legión de los Muertos les devolvió el saludo, con un respetuoso "Atrast vala, Guardias Grises".

La Orden cumplían el Antiguo Tratado, y acudían a los Caminos de las Profundidades.

- Aunque… no estaremos solos, en el Descenso – Concluyó Gant.

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