Wrong Names
Este fanfic participa en el reto "Stayin' Alive" del foro "I am SHER locked".
La casa en la playa estaba completamente aislada, no había ningún vecino en varios kilómetros a la redonda. Le bastaba con abrir una ventana para ver el mar y para relajarse con su sonido, no quería aceptar que estaba un poco nervioso pese a que el plan era a prueba de tontos. No podía salir nada mal, había previsto cada detalle, cada movimiento y hasta cada motivo de los participantes.
Toda su vida la había vivido con cuidado, siempre siendo una sombra, el que moviera los hilos pero invisible, que la gente temiera pronunciar su nombre y que temblara tan solo de imaginarse en su presencia. Y de repente, así como si nada, apareció ese, en televisión, contando cuentos infantiles, mostrando su rostro, sonriendo frente a la cámara.
Y es que al final resultó ser tan buen actor que ni siquiera al tenerlo frente a frente, ni Holmes ni Watson, se dieron cuenta de lo que sucedía. De que estaban viendo y hablando con Richard Brook, de que era persona normal, un simple actor que llevaba casi un año sin ser contratado, que de verdad necesitaba el dinero y que nunca pensó en las implicaciones de aceptar semejante trato.
Había ciertos detalles entre ambos, ciertos rasgos que no eran iguales, pero que sólo alguien que lo conociera muy bien podría notar. Y la única persona que lo conocía a tal grado era Sebastian. Cuando Moran le llevó a Brook le dijo que no se le parecía, que las diferencias eran muy obvias.
Claro que no las eran. Holmes se lo había probado, siendo tan imbécil como para saltar de esa azotea, después de una semana, la noticia seguía apareciendo en los periódicos y había sido titular en muchas capitales europeas. Se fue a sentar a la playa, eran pocos metros los que tenía que caminar entre la casa y la orilla del mar. Se guareció debajo de la sombra de una palmera, su piel blanca no resistía muy bien el clima de aquellas latitudes, pero por la tarde el clima refrescaba y la apetecía estar junto al mar.
Pasaron tal vez dos horas, justo antes de la puesta de sol pudo ver a la lejanía a un hombre caminando, dejaba que las olas tocaran sus pies y subieran hasta sus tobillos, tenía los pantalones remangados hasta las rodillas y su mochila la cargaba en el hombro derecho. Parecía totalmente relajado y eso que lo estaba viendo desde muy lejos, aun le quedaban unos quince minutos más de caminata para alcanzarlo.
A Sebastian lo conoció cuando aun estaba en el ejército y era un prodigio con las armas. Sus superiores lo notaron por lo que de inmediato lo enviaron a Larkhill, una base militar al norte de un punto extremadamente turístico en el Reino Unido, Stonhenge. En Larkhill se entrenaba en artillería, de todo tipo, armas de cualquier calibre hasta misiles anti-aéreos y hasta tácticas de supervivencia.
Los soldados de Larkhill estaban acuartelados y en el único día libre que tenían a la semana, generalmente se quedaban en las instalaciones o iban al pueblo cercano, que se encontraba ubicado en lo que habían sido las instalaciones militares del tiempo de la segunda guerra mundial. Pero ahí no había nada que hacer, era un pueblo con una iglesia, una escuela, una tienda de abarrotes y un bar. Había un local de pizzas y un café y mucha gente mayor que le gustaba la soledad y la tranquilidad de un pueblo al que nadie se mudaba, donde la misma gente había vivido por años y años.
En esos tiempos era un persona diferente, había pasado veinte tres años desde ese día y cuando recordaba, le costaba mucho trabajo reconocerse en el jovencito de dieciocho años que había terminado su primer año de universidad y que disfrutaba de verdad con el estudio de las matemáticas. Tenía una vida secreta, eso no lo podía negar, pero en general en aquellos días era tan normal, tan común, que hasta tenía un mejor amigo que lo había invitado a pasar unos días de vacaciones en la casa de sus abuelos.
Era propiedad grande, le había asignado un cuarto para él sólo y acompañó a la familiar a comer pizza. Luego de esos enfilaron para el bar, donde esa noche era de karaoke, porque el pueblo se divertía mucho cuando los soldados bebían más cerveza de la que debían y se ponían a cantar. Los soldados eran ya como de la familia, pasaban un año acuartelados mientras aprendían todo lo que debían antes de irse a alguna base militar en el extranjero a poner en práctica.
Se sentó al lado de su mejor amigo, lo hicieron en la barra, un poco alejados del escenario que habían acondicionado, pero sin perder detalle de los que subían a cantar. En su mayoría la clientela eran los jubilados del pueblo, la gente joven brillaba por su ausencia porque cuando se iban a la universidad, casi ninguno regresaba. Por eso los soldados eran bien recibidos, caras distintas y en su mayoría entre los veinte y treinta años, proporcionaban una distracción que era necesaría para la gente del lugar.
Iba en la segunda cerveza cuando entraron, eran un buen grupo, tal vez unos veinte soldados y de inmediato se adueñaron de la esquina junto a la máquina de karaoke. Las cervezas comenzaron a circular y en cuestión de veinte minutos comenzaron a desvariar y a cantar. Trató de verlos a todos, de entretenerse con los que agarraban el micrófono y destrozaban alguna canción, pero se vio consumido con la inspección de uno de ellos en particular.
Era un soldado alto, no el más alto pero por lo menos unos diez centímetros más alto que él. Era joven, no podía tener más de veintidós años, cabello castaño, ojos azules, muy claros, casi lo confunde con grises, nariz recta, mandíbula fuerte. Casi deseo que no tuviera el cabello tan corto y que se pudiera dejar la barba, seguramente se vería mucho mejor de esa manera.
-Vamos –dijo de repente la voz de su amigo a su lado y le costó separar los ojos de ese soldado para voltearlo a ver.
-¿Qué? –preguntó sin querer entender lo que le decía.
-Vamos a mi casa, ya pasan de las diez y mi abuelo se molesta si me quedo muy tarde –su amigo le sonrió como si con aquello se arreglaran las cosas, no era así, cómo una sonrisa de su amigo iba a convencerlo de dejar el lugar donde se estaba divirtiendo mirando a uno de los seres más perfectos que había mirado.
Su pensamiento se dirigió a una fantasía oscura, eso le pasaba muy a menudo, cuando las cosas no cuadraba con lo que él quería, imaginaba situaciones muy extrañas. Como corriendo las dos cuadras que separaban el lugar de la casa del abuelo de su amigo, trepando en su cama donde ahora estaba viendo la televisión, inmovilizando sus brazos con sus rodillas para después cubrir su rostro con la almohada hasta que dejara de respirar.
Después regresaría al lado de su amigo diciendo que su abuelo aceptaba que llegara a la hora que quisiera. Y entonces él sonreiría y todo estaría bien.
-Ve tú –dijo en lugar de actuar su fantasía- yo me quedaré otro rato.
Su amigo trató de convencerlo, pero no tenía sentido, de verdad, eran dos cuadras de distancia y en aquel pueblo quieto, no pasaba nada, ni siquiera una mosca moría si no era por aburrimiento. Así que pidió otra cerveza y se quedó mirando a los soldados hacer el ridículo mientras que de vez en vez le dirigía miradas que cada vez le parecían más obscenas, seguro era el alcohol, en general nunca pasaba de las dos cervezas y para la media noche, ya se había tomado cinco.
A la una el bar se cerró, el dueño tuvo que apagarles la máquina de karaoke a los soldados para que entendieran, pero después de eso con mucha tranquilidad pagaron su deuda y salieron entonando una canción. Eran ruidosos pero era todo, hasta dentro de una semana que volverían a gozar de unas horas de libertad. Él salió detrás de ellos, viéndolos alejarse por la calle, era un kilómetro en línea recta hasta la entrada de la base, por la carretera, estaba iluminado y era completamente seguro, a esa hora nadie circulaba por ahí.
Hubiera querido saber su nombre, pero ya no podía ni reconocerlo, engullido por la masa de sus compañeros que vestían el uniforme de camuflaje, no había manera de identificarlo. Eso era todo, ahí había terminado, una noche de observarlo y tendría que conformarse con las fantasías que lo acompañarían en cada una de sus noches. Llevaban una cuadra caminada, las luces de las casas estaban apagadas y el lado del bosque se veía tenebroso, aun así caminaba casi saltando las raíces de los árboles, jamás le había tenido miedo a la oscuridad ni a nada de lo que pudiera estar ahí.
De oscuridad era su mente, siempre lo había sido, pero había logrado mantenerse alejado de ella, aunque las fantasías eran cada vez más reales, cada vez con más frecuencia imaginaba que le hacía daño a la gente, que disfrutaba con ello, que sonreía por ello. Esa era la parte secreta de él, lo que nadie conocía, lo que lo había orillado a hacer cosas que jamás pensó para liberar un poco su mente y no verse tentado a actuar lo que imaginaba.
Entonces una mano se apoderó de su brazo derecho y lo jaló dentro del bosque, la luz de la farolas de la calle a duras penas lograba iluminar pasando la primera línea de árboles, y sin embargo sabía que era él. Lo recargó contra de un árbol, sujetó sus manos por sobre de su cabeza, metió una rodilla entre sus piernas y lo aplastó literalmente con su cuerpo. Claro, hubiera podido gritar pidiendo ayuda, estaba a unos metros de la casa de alguien, pero lo último que quería era que alguien interrumpiera ese momento.
Con aquella luz sus ojos se veían oscuros, las líneas de su cara se veían endurecidas y parecía como si el lobo feroz hubiera atrapado a Caperucita en el camino a casa de la abuelita. Lo dejó pensar eso, sabía que era lo que pensaba, que había atrapado al chico inocente que lo había mirado por horas, que podía aprovecharse de la admiración ese chico, que podía disfrutar con él.
Muy bien, porque en ese momento le gustaba ser Caperucita, porque no tenía nada de inocente pero jugar a eso no estaría nada mal. Las oscuras fantasías en su mente lo habían llevado a escenarios peligrosos una y otra vez desde que tenía trece años y había perdido la inocencia desde esa edad con un hombre veinte años mayor. Había gente que le gustaba eso, la figura de una adolescente pasando por la pubertad, delgadito, sin ninguna fuerza, que pudiera ser sometido a la voluntad de quien lo tomara.
Ninguno se dio cuenta de que siempre estuvieron jugando con las reglas de él y que su satisfacción no se comparaba con la que había logrado obtener él. En dos ocasiones pensaron que lo habían violado, uno de ellos hasta le pidió perdón y ambos salieron corriendo cuando él se empezó a reír por lo idiota de la situación. A él jamás lo podrían obligar a hacer algo que no quisiera, pero era experto haciendo que hasta cuando le daban lo quería, los demás se horrorizaran de sus acciones.
Sabía sembrar muy bien la culpa y las dudas en los demás. Así que ahora podía ser Caperucita y dejar que su Lobo Feroz lo atrapara y sometiera, que lo desnudara, que lo penetrara y tal vez, que lo abandonara así entre los árboles, para nunca más volver a verlo. Lo cual era una lástima, porque era una visión muy hermosa y perderla, sería terrible. Pero así era el juego.
-Estás jugando –dijo de repente su Lobo y por primera vez en la vida, alguien lo sorprendió. Todos las personas que habían cruzado su camino eran predecibles, eran normales, hacían lo que se esperaba y era fáciles de manejar.- Tú quieres esto, de hecho mueres de deseo por esto.
Su Lobo había pronunciando aquellas palabras sobre sus labios, sus ojos mirándolo con total atención, a escasos milímetros de besarlo, pero negándole el placer.
-No tienes miedo aunque sabes aparentarlo, sabes cuando acelerar tu respiración, controlas tu frecuencia cardíaca, te estremeces en el momento adecuado. Ante los ojos de la gente común podrías parecer paralizado por el miedo, pero tan sólo estás muy excitado, aunque no tengas una erección, porque sabes controlar eso, porque no dejas nada al azar.
Su Lobo estaba friccionando su pierna contra él, presionando de la manera adecuada su miembro que permanecía fláccido porque así lo quería, porque era parte del acto, de dejarlo pensar que tenía el control. Pero no estaba funcionando, su Lobo no creía lo que veía, sabía que la realidad era otra, había observado más allá y lo miraba tal cual era.
-Lo siento Caperucita pero creo que te dejaré llegar a la casa de tu abuelita sana y salva.
Y se retiró. Soltó sus brazos, dio dos pasos hacía atrás y salió corriendo con dirección a la calle iluminada. Lo dejó ahí, a merced de su cuerpo que gritaba con una necesidad ahora mal controlada, a tal grado, que necesitó masturbarse para poder relajarse un poco. Lo cual jamás le había pasado, jamás se había quedado con la frustración de un encuentro sexual incompleto.
Y fue así como pasó diez años sin ver a Sebastian Moran hasta que lo dieron de baja del ejército, no sin antes llegar hasta Coronel y volverse el mejor francotirador de su generación.
-Jefe –dijo cuando estuvo a menos de un metro de su persona. La visión seguían siendo hermosa, diría que mucho más hermosa, ahora era un hombre maduro lleno de músculos y fuerza que bien podría sujetarlo boca abajo con una mano mientras que con la otra lo desnudaba.
-Seb –dijo simplemente y esperó que le relatara lo que había sucedido con Richard, con Mycroft Holmes y las tres mujercitas de las que se había rodeado.
-¿Nada de esto te sorprende? –preguntó albergando un poco de duda, pensando que tal vez algo había salido mal.
-¿Qué? –dijo casi ofendido de que fuera precisamente Sebastian quién no comprendiera lo que había sucedido- ¿Qué aparecieran los Ángeles de Mycroft y torturaran y asesinaran a Richard?
-Así lo querías –dio simplemente comprendiendo la magnitud del plan. Mycroft Holmes jamás creería que se había disparado y se había volado los sesos frente a su hermano, por lo que se apropiaría de su cuerpo convencido de que estaba vivo, lo cual era cierto, Richard estaba vivo y creía que sería sacado de ahí para después pagarle y poder retomar su vida.
¿Pero cómo retomar su vida cuando su rostro era igual al de él a quien habían juzgado y exculpado y ahora el mundo creía que era un actor llamado Richard Brook?
No, Richard Brook tenía que morir, por lo que contaba con la ayuda de Mycroft y por supuesto, no le había fallado. De pasó hizo muy rico a uno de sus hombres porque le pagó por algo que de hecho iba a hacer de todos modos, permitir que recuperar el cuerpo de Richard. Lo drogaron y se lo llevaron a un lugar desconocido para él para que vinieran esas tres mujeres elusivas que en raras ocasiones se dejaban ver en su compañía.
Pero las tres habían llegado para cumplir los deseos de su jefe y habían destrozado al pobre Richard para al final incinerar su cuerpo y ver sus cenizas partir con las últimas luces del día.
-Aun te puedo sorprender Seb, no me conoces tan bien como crees –dijo y Sebastian se hincó en la arena frente de él. Esos ojos aun lo hechizaban, lo podían hacer fantasear con cosas menos horribles y un poco más placenteras.
-Nunca me sorprendes Caperucita, sólo yo te conozco mejor de lo que crees –respondió antes de tomarlo por el cuello y hacer que unieran sus bocas para demostrarle que era cierto, que lo conocía tan bien que lo dejaba tomar el control de verdad, que no era un acto. Sebastian podía hacer lo que quisiera, podía poner en la situación que gustara, jamás dudaría, jamás se negaría y siempre querría más.
Por poco la arruinan la sorpresa.
Eran esas tontas, las incondicionales de Mycroft, las que había matado a Richard. Una de ellas era Artemis, la otra, Aphrodite. Habían logrado ser tan inteligentes como para meterse a la boca del lobo y robarle información clave.
Odiaba a esas dos mujeres y adoró su expresión de sorprendió en el acto. Sebastian quería liquidarlas pero bastó una mirada de su parte para que él no se moviera. No, esta vez no era turno de Moran, quería probarla a ella, después de todo le había costado mucho crearla.
La mujer no dudó un segundo y con precisión quirúrgica les puso una bala en el cerebro a ambas. Eso era todo. Que se entretuvieran en aquello durante un rato, sería un buen motivo para que Mycroft forzara el regreso de su hermano y las piezas del juego volvieran a su lugar adecuado.
Dieron media vuelta y antes de salir del edificio y alejarse en compañía de Sebastian, la llamó.
-Adele.
Pronunció su nombre, el verdadero, uno que no había usado desde mucho tiempo atrás. No obtuvo respuesta, ella siguió caminando con dirección a la puerta.
-Adele.
Lo dijo una vez más y ella simplemente tomó el picaporte y lo hizo girar.
-Mary.
-¿Puedo ayudarlo con algo? –dijo ella volteando con una sonrisa perfectamente estudiada en el rostro.
-No, con nada.
La mujer abrió la puerta y se perdió en las calles de Madrid, dentro de seis horas volaría con regreso a Londres, para situarse en el tablero, donde nada se dejaba al azar.
Gracias por leer este fanfic que dista un poco de lo que usualmente escribo.
A mi en lo personal me gusta la historia de las tres chicas, de Anthea (que para muchos les conflictuo el hecho de que la llamara Athena, lo siento) y sus dos compañeras.
Pero en si está terminado y si alguien quisiera saber más a lo mejor podría decir que pasó después cuando Artemis despierta y conoce la identidad de la mujer que le disparo y mató a Aphrodite.
Gracias a los que comentaron, de verdad, mil gracias.
Saludos.
