El aburrimiento era el peor compañero que esa mañana podría haber esperado. Los suspiros escapaban de sus labios filtrándose por la tela que se encargaba de ocultar la mitad de su rostro, pues no le hacía mucha gracia que nadie le viera la cara. Su único ojo visible se cerró una vez más haciendo que Kakashi Hatake se embarcara otra vez en sus pensamientos, que no paraban de recordarle la repentina discusión que tuvo con su mujer esa misma mañana.
Le desagradaba cuando ambos no se ponían de acuerdo, pero lo que más le reventaba por dentro eran los malos entendidos culpables de la mayoría de las riñas. Y claro, cómo iba a hacerle la contraria a Anko Mitarashi, una de las más duras Tokubetsu Jonnin y, al fin y al cabo, el amor de su vida.
Se llevó una mano a la cabeza y, sin poder evitarlo, se revolvió la plateada cabellera haciendo que ésta quedara más despeinada de lo que ya podía estar. Volvió a suspirar, pero esta vez fue de pura frustración ¿Por qué? Muy simple. La razón de esa expulsión de aire con total pesadez fue por la estupidez con la que se explicó cuando habló con Anko sobre su hija menor, Nomi Hatake.
No debería haber metido a la ojicaramelo en el tema del sello maldito, y sobre todo haberla acusado indirectamente que toda la culpa de que su hija llevara tatuada esa condenada marca era suya, de sus genes. Era estúpido y lo peor de todo era que no sabía cómo arreglar la situación porque Anko parecía que se había molestado, y mucho. Sólo bastó ver la manera en que le dirigió su última mirada antes de desaparecer por el umbral de la puerta del comedor para seguir con sus quehaceres.
El viento golpeaba con brusquedad las copas de los árboles haciendo que las hojas se mecieran al mismo ritmo y los mechones plateados del shinobi no eran menos, pues Kakashi estaba sentado en una de las ramas más altas de uno de los frondosos árboles que adornaban el espeso bosque que rodeaba la villa de Konoha. La misión que le habían encargado ese domingo era la de vigilar. Simplemente vigilar.
Claro que todo sería mucho más fácil si no le hubieran asignado a Yügao como compañera, que seguro que en esos instantes lo estaría buscando. Menos mal de su habilidad para camuflarse, pues no le apetecía ir esquivando los coqueteos tan absurdos que ella intentaba insinuar. Él sólo estaba disponible para los coqueteos de Anko ¡Eso sí que eran coqueteos! Claro que una cosa lleva a la otra y… "Basta" se dijo mentalmente el peliplateado zarandeando levemente su cabeza de ese modo evitando que algunos recuerdos un tanto pervertidos afloraran del lugar más recóndito de su cerebro.
—Cómo lo arreglo ahora…—se lamentó el Hatake dirigiendo su mirada hacia el despejado y azul cielo.
Se maldijo a sí mismo por ser tan poco sensible con el dichoso tema, pues sabía que a su mujer le molestaba hablar de ello demasiado a la ligera. Apoyó su cabeza contra el tronco mientras cerraba sus ojos y respiraba profundamente el aire fresco. Endemoniado Orochimaru. Pero al fin y al cabo había sido culpa del shinobi hacer enfadar a la pelimorada sacando a relucir una conversación que desde hacía tiempo tendría que haber dejado zanjada.
Entonces se decidió. Debía hablar tranquilamente con su esposa acerca del tormento que la acechaban tanto a ella como a su hija, debía conversar con Anko acerca del futuro de Nomi y cómo podría repercutir el sello en todo el percal. Entonces sin pensárselo más, el Hatake se puso en pie y, después de haber tensado sus músculos ante el mero hecho de imaginar cómo estaría el humor de Anko ante la discusión de por la mañana, bajó de un limpio salto del árbol donde se encontraba.
Aún así… ¿Por qué razón Anko seguiría enfadada con él? A lo mejor ya se le había pasado el cabreo y no se lo tendría en cuenta.
….
—Malditos gusanos, ¿qué habéis venido a hacer aquí? —inquirió la mujer con un deje de furia en su voz. En verdad se le estaba acabando la paciencia.
— ¿Ella es…?—el asombro que decoró el rostro de uno de los ninjas enemigos cortó las palabras que querían salir de sus bocas. Ciertamente se podía decir sin lugar a dudas que eran madre e hija. El cabello morado, sus orbes llenos de precisión y, para qué negarlo, sed de sangre le daban un toque demasiado intimidante. Pero eso no era lo peor de todo…
—No lo repetiré de nuevo, escoria. ¡Qué estáis haciendo aquí! —todos los vocablos resonaron en la zona de la arboleda en la que la kunoichi había hecho aparición hace pocos minutos.
Obvio que en el momento en que se mostró la Jonnin, en un abrir y cerrar de ojos los envió a volar Kami-sama sabe cómo y así logrando recuperar al rehén que ellos habían pillado casi de milagro. Pero en ese instante no tenían nada y lo peor de todo, no sólo había una kunoichi especializada acechándoles, sino que cierto personaje de cabello azabache y ojos equipados de un gran y poderoso poder ocular se mantenía a la espera, apoyado como si nada en uno de los troncos junto con su hijo y Nomi.
—Chicos, tenemos que largarnos de aquí ya. Sabéis que no seremos capaces de atraparla, y…
— ¡Silencio! —se atrevió a alzar la voz el líder del grupo callando a uno de sus súbditos. —Hemos venido a por la niña y no me voy a largar sin haber cumplido la misión. Además…—su mirada entrecerrada se centró en la figura que se mantenía en defensa, con kunai en mano. —el amo estará encantado de que le llevemos a los dos peces grandes. Así que a callar y a obedecer si no queréis que os mate yo mismo.
Ya la tenían harta. Anko no lograba escuchar qué demonios decían aquellos ninjas que habían osado a tocar a su hija, por lo que no se mostraría impasible en absoluto. Después de dejar correr el kunai entre sus dedos, agarró con fuerza el arma por el mango y se lanzó sin pensárselo hacia aquellos asesinos. Por un momento se le pasó por la cabeza que…bah, ella podía llegar a mandar al Hokage si se lo proponía. Al fin y al cabo Naruto no tenía demasiada autoridad en ella y no pensaba que se le reñiría por atacar a ninjas de otra aldea.
—No se puede estar ni un momento quieta…
Sasuke suspiró levemente al intuir las nulas estrategias con las que Anko Mitarashi estaba dispuesta a pelear. Su exsensei no cambiaría nunca.
—Genial…—los ojos de la niña no dejaban de mostrar un especial brillo al visualizar con gran entusiasmo y orgullo cada movimiento que la kunoichi realizaba hasta que finalmente atestaba duros y contundentes golpe a aquel que se le acercaba. Su madre dominaba en la lucha, marcaba los límites y no dejaba que los ninjas le pegaran. Incluso podía sentir cómo los niveles de chakra aumentaban debido al rápido y unidireccional flujo que corría por el circuito de energía de su progenitora. La sensación era simplemente maravillosa.
Los jutsus de los ninjas eran inútiles y por muy perfectos que fueran los movimientos de manos y la forma de chakra, ella los conseguía esquivar sin apenas sudar. Era rápida y sabía cómo aprovechar cada error que ellos cometían para volverlo una ventaja para ella. En resumidas cuentas, su madre era la mejor kunoichi que había en todo el mundo.
—Maldita zorra... —le escupió en cara el líder del grupo para después secarse las perladas gotas de sudor que resbalaban por su frente mientras una sonrisa torcida decoraba su sucio rostro.
La kunoichi paró en seco.
— Repite eso si tienes lo que hay que tener, insensato—retó la ojicaramelo sin despegar su depredadora mirada del hombre a la vez que una media sonrisa se dibujaba en sus labios.
—Zorra. Sí, zorra. Eso es lo que he dicho. Aunque ya que estamos, eres una zorra y encima estás sorda. —se sació el ninja alzando su voz para que la kunoichi lo pudiera escuchar alto y claro.
Anko ensanchó más su sonrisa.
—Sabes…—la pelimorada lentamente alzó su mano hasta que quedó al nivel de su rostro para después ponerla sobre él y cubrir la sádica curva que adornaba su cara. El suelo comenzó a temblar y, antes de que el hombre pudiera hacer nada, dos finas y largas serpientes de pelaje verdoso brillante se enredaron con rapidez por sus piernas—…no me gusta que me llamen zorra…—los dos animales raptaron por todo el robusto cuerpo del ninja hasta dejarlo bloqueado tanto de extremidades inferiores como superiores.
—Se acabó—susurró por lo bajo el Uchiha cruzándose de brazos a la espera de que la kunoichi terminara. Aún así ni el más mínimo detalle se le escapaba al líder ANBU, y menos los exagerados movimientos que estaban realizando los otros dos enemigos con la intención de salvar a su líder, que se encontraba atrapado por el jutsu de la mujer.
A la voz de ya, espesas y mortales llamas negras rodearon los cuerpos de los dos shinobi provocando que múltiples alaridos de dolor sonaran en el bosque. El azabache fuego penetraba en la piel de los hombres hasta llegar a los huesos mientras que intensas punzadas de dolor subían por sus cuerpos.
El líder quedó atónito ante lo que sus ojos estaban presenciando, aún así no se entretuvo demasiado en lo que les pasaba a sus compañeros, pues él ya tenía su propio monstruo.
— ¡Piedad…!—suplicó muy a su pesar el ninja al observar cómo la afilada hoja de un kunai asomaba por debajo de la gabardina color ocre que cubría los hombros de la kunoichi, que iba acercándose con paso vacilante.
— ¿Piedad? —repitió la Tokubetsu Jonnin ensanchando más su sonrisa, dejando que asomara por un lado de la palma de su mano que seguía cubriendo su rostro mientras que dos de sus dedos se separaban levemente, dejando entrever uno de sus acaramelados orbes. Ella era terrorífica cuando se lo proponía y la intimidación que emanaba por cada uno de los poros de la mujer dejaba a su presa sin aliento.
—Yo no quería…—intentó defenderse el shinobi apenas en un hilo de voz a la vez que intentaba inútilmente zafarse de las bestias que lo rodeaban de abajo hacia arriba.
— ¿Sabes?...No me gusta que me llamen zorra…—apartó su mano, desnudando su rostro y mostrando la feroz y despiadada expresión que lo decoraban. La mujer paró enfrente del preso y se lo quedó mirando para después acercarse lentamente cerca de él y susurrar al oído—y tú lo has dicho más de una vez, así que…creo que ya tengo tu sentencia. —se atrevió la pelimorada esta vez permitiéndose el lujo de clavar su arrogante mirada a los sorprendidos y acobardados ojos de él.
—Te arrepentirás de-
—Y lo peor de todo…—cortó en seco la Mitarashi desviando ligeramente su mirada hacia los hombres que aún estaban envueltos en las oscuras llamas del Amaterasu. —os habéis atrevido a ponerle una mano encima a mi hija, y eso sí que no lo perdono…—Anko estaba conteniendo la rabia que atentaba constantemente en manifestarse, pues sabía que él podía proporcionarle información sobre lo que había ocurrido.
—Si crees que dejarme con vida va a solucionar tu incertidumbre por saber porqué queríamos a la niña, estás bien equivocada Anko Mitarashi. —retó el ninja, pues sabía que aunque se lo llevaran preso, lo dejarían con vida. Al fin y al cabo, por muchas torturas que le hicieran no estaba dispuesto a cooperar con la Villa de la Hoja; además conocía también las leyes y, con el Hokage que había en esos momentos, no lo condenarían a muerte por un simple secuestro.
—Por supuesto que estaría equivocada—afirmó la kunoichi jugueteando con el kunai en sus manos, mirándolo con cierta curiosidad mientras una sonrisa encorvaba sus labios. Esa mujer daba realmente miedo cuando se lo proponía. —Por eso mismo, porque estaría equivocada si te llevara a Konoha, así que te matare aquí y ahora. —el pequeño aro del extremo del mango del kunai atrapó el dedo índice de su mano dejando que el cuerpo del arma diera vueltas a su alrededor.
—No puedes hacer eso. Serías una asesina, y eso repercutiría en tu posición como kunoichi —replicó el enemigo intentando zafarse del agarre de las dichosas serpientes a la vez que intentaba disimular el pánico que sentía con tan sólo percibir las ligeras y casi inapreciables ondas de aire de la hoja del arma debido al movimiento del kunai.
— ¿Crees que eres el único al que he lanzado directo a la tumba? —inquirió sonriente la pelimorada.
—Anko, déjalo. Vamos a llevarlos a cuartel. —la masculina voz del líder de los escuadrones ANBU captó la atención de la kunoichi, que lo encaró con su encolerizada mirada topándose con los rubíes rojizos que poseía el poder ocular del shinobi.
—Si crees que con esos ojitos voy a hacerte caso estás bien equivocado, Uchiha. Este es mío y juro que lo mataré ahora mismo por haber atentado contra la vida de mi hija ¡No se lo perdono ni a él ni a nadie que se atreva! —a medida que las palabras salían de su boca iban adquiriendo un tono de voz más alto e impregnado de ira.
—Entiendo lo que sientes, pero ahora no es el momento. No estamos solos. —advirtió el poseedor del Sharingan Eterno a la mujer dándole a entender que mejor que no hiciera ninguna insensatez.
Anko inspeccionó el área con su curiosa mirada y entonces fue cuando se dio cuenta de las diversas máscaras con detalles animales que los observaban. Unos cinco ANBU estaban agazapados en las gruesas y verdosas ramas que asomaban con poderío de diversos troncos mientras otro miembro más estaba junto a los dos gennin, que observaban con curioseo lo que pasaba.
—La suerte está de mi lado, Mitarashi—dejó escapar el hombre que aún seguía atrapado por los reptiles haciéndola enrabiar más.
— ¡Yo te mato! —y finalmente la mujer explotó.
Sólo fueron unos segundos, pero la adrenalina que prendió por sus venas fue suficiente como para querer apreciar su vida más que en cualquier otro momento. El hombre entreabrió uno de sus ojos puesto que los cerró hacía escasas milésimas de segundo al no querer ver lo que pasaría a continuación, aún así se sorprendió de lo ocurrido.
La afilada punta del condenado kunai rozaba su camiseta y la hubiera roto e impregnado de su propia sangre de no ser por la mano que agarraba con fuerza la muñeca de la pelimorada, que se sorprendió para mal del repentino comportamiento benevolente de Sasuke, que se mantuvo sereno ante todo.
—Ya está bien, Anko. —musitó por lo bajo el hombre de ojos color azabache tras dejar que el suelo absorbiera las llamas negras haciendo que los cuerpos de los dos ninjas se desplomaran en el arenoso pavimento.
— ¡No! No está bien, Uchiha…Y haz el favor de soltarme si no quieres recibir tú también.
Estaba claro que aquella mujer encaraba a quien hiciera falta.
—Lo haré si no le vas a hacer nada.
—No me jodas, gusano. —atacó la pelimorada sin apartar sus acaramelados orbes del shinobi, que se mostraba con su característica expresión de serenidad.
A continuación, varios ANBU se posicionaron al lado del ninja que aun seguía atrapado por la invocación de la kunoichi y le esposaron las manos evitando que, cuando los reptiles desaparecieran, el sujeto no pudiera escaparse.
—Anko, la invocación. —quiso hacerle ver el Uchiha rogando que esa vez no se pusiera tan terca como solía hacerlo habitualmente.
—Ni se te pase por la cabeza darme otra orden más, o la próxima vez te juro que-
— ¡Mamá!
La voz captó toda la atención de la kunoichi, que volteó su cabeza buscando el origen de ésta. La niña corrió hacia donde estaba su progenitora, aunque fue disminuyendo el paso al percatarse de la cara de pocos amigos que en ese momento tenía su madre. Entendió que debía estar quieta, pues la mujer desvió de nuevo su mirada hacia el poseedor del Sharingan.
La invocación desapareció en una bola de humo mientras que el kunai volvía a su escondite, uno de los bolsillos internos de la característica gabardina ocre que Anko solía llevar puesta.
—Adelantaos y lleváoslos al cuartel—ordenó con firmeza el pelinegro observando a uno de los miembros ANBU para después pasear su mirada por los tres ninjas que habían atacado a su hijo y a Nomi.
La Mitarashi dio media vuelta y se encaminó hacia donde había parado su hija, que aún no entendía porque los malos humos de su madre. Pensaba que le iba a increpar algo y tan sólo imaginar que le reñiría en esos momentos le dejaba un mal sabor de boca.
La kunoichi paró enfrente de la niña de hebras moradas analizándola de arriba abajo verificando que sólo sufría de unas cuantas magulladuras sin importancia, aún así creyó oportuno preguntarle directamente qué era lo que había ocurrido esa mañana.
—Nomi…—la ojicaramelo se puso de rodillas y a la altura de la pequeña, que frunció el ceño al suponer que aún no era el momento de echarle la bronca. —qué ha pasado. —inquirió finalmente con seriedad la Tokubetsu Jonnin, que más que nada sonó a orden.
—Los ninjas de repente aparecieron al lado del bosque e hicieron daño a Izumo y Kotetsu. Ellos me dijeron que escapara y…viene al bosque pensando que estarías tú, pero como no te encontré pues luché contra ellos—explicó la gennin sin apartar la mirada de la de su madre, que seguía impregnada de enfado. La mano de su progenitora apretó levemente su hombro izquierdo.
— ¿Te dolió el sello? —quiso saber un tanto apurada la Mitarashi, aun así parte de su atención se desvió hacia la pequeña figura que se aproximaba a ellas. Cómo se notaba que era hijo de su padre.
Los aturquesados orbes de Arashi Uchiha toparon con los de la Sensei percatándose de que no sería buena idea hablar mucho, aunque eso no sería problema, pues él prefería mantenerse al margen, permanecer en las sombras. Así que enlenteció sus pasos hasta quedar a una distancia prudente de la mujer.
Anko volvió a su hija.
—Nomi, ¿te dolió o no te dolió? —sabía que estaba furiosa y sólo por eso prefirió no liar más la trueca.
—No—mintió la pequeña sin apartar sus azabaches orbes de los de su madre, y es que sabía que si los desviaba, ella cazaría en cuestión de segundos su mentira.
—Bien...
—Arashi, vete con ellas. Yo me voy al cuartel ANBU. —Sasuke apareció detrás de su hijo, aunque éste no se inmutó ante la velocidad con la que su padre se había desplazado. Simplemente medio volteó para encontrarse con la atenta mirada de su progenitor. —Cuando llegues a casa dile a tu madre que llegaré tarde y que no me espere despierta. —finalizó el ojiazabache alborotando el cabello oscuro de su hijo y finalmente desaparecer de un salto entre la arboleda del bosque.
….
Dos luces incandescentes emanaron de las manos de las dos kunoichis que se encontraban de rodillas en el suelo, enfrente de los cuerpos que yacían en el arenoso pavimento. La mancha rojiza que se había formado bajo sus ropajes demostraba que debían ir a un hospital de inmediato.
—Sakura, ¿cómo vas? —inquirió la chica de cabello rubio recogido en una larga cola de caballo sin apartar sus azulados orbes de su trabajo, que a duras penas conseguía cerrar los profundos cortes del inconsciente shinobi.
—Necesitan atención médica, y rápido. Han perdido mucha sangre y no pueden estar aquí más tiempo. —dijo la kunoichi de hebras rosadas haciendo el mismo trabajo que la otra chica. Debían darse prisa si no querían entrar en una fase del estado de los ninjas más peligrosa.
—He avisado al equipo médico del hospital y también he preparado los dos quirófanos de emergencia que quedan libres los domingos. Espero que se den prisa en llegar. —comentó Ino Yamanaka concentrando todo su chakra en sus dos manos para poder al menos cerrar alguna de las dolorosas heridas que adornaban el cuerpo de Izumo.
Un poco más alejados de las dos kunoichis y de los heridos se encontraban dos personitas que intentaban apartar sus curiosas miradas del accidente, aún así era fascinante observar la mágica aura que emanaba de las profesionales manos de las kunoichis.
—Espero que mi madrina esté bien—musitó por lo bajo la niña de ojos color rubí desviando su preocupada mirada hacia el rostro del niño de cabello plateado.
—No hay de qué alarmarse, mi madre está bien. Estoy seguro. —tranquilizó el gennin a su amiga encorvando sus labios y mostrando una humilde y agradable sonrisa. —Ya verás que de un momento a otro aparece—añadió el chico guiñando uno de sus acaramelados orbes intentando tranquilizarla.
—Estás muy seguro de ti mismo—comentó la Sarutobi esbozando media sonrisa mientras sus hermosos ojos adquirían sutilmente un brillo especial. Ella tal vez también se sintiera orgullosa de tener un gran amigo como Kai Hatake.
—Bu-bueno…yo sólo soy optimista…—y otra vez sus mejillas se tintaron de un coqueto tono rosado. A veces se preguntaba porque él no llevaba también una máscara como su padre.
Yukari dejó escapar una risita graciosa que hizo incrementar el sonrojo del peliplateado, aunque en el fondo adoraba verlo en esa situación, pues las hebras color plata en contraste con sus orbes color caramelo y sus mejillas sonrosadas realmente lo hacía ver especial. Kai era su mejor amigo y la amistad que los unía era demasiado fuerte. Yukari se sentía muy afortunada.
A lo lejos ya podía verse que llegaba el equipo de médicos con el fin de atender a los heridos inconscientes que, aunque sólo y por suerte fueron dos, las heridas y magulladuras que tenían eran graves, además del veneno que uno de ellos llevaba corriendo por sus venas.
—Con cuidado…—avisó Sakura a uno de los camilleros, que por grupos se fueron acercando a Izumo y Kotetsu y, con mucha cautela, tumbaron sus cuerpos sobre las camillas. Acto seguido el jefe del grupo, de un rápido movimiento de manos, realizó un jutsu para hacerlos desaparecer a todos en una bola de humo.
—Espero que se recuperen pronto. —comentó la Yamanaka secándose con una de las mangas el sudor que caía por su frente. Al fin y al cabo tanto ella como la pelirosa habían hecho un duro trabajo intentando mantener las constantes vitales dentro de lo posible estables, a pesar de la inconsciencia.
— ¡Sakura! —el ímpetu de su voz le era tan familiar que no dudó en voltear y concentrar toda su atención en la mujer de cabello morado que se aproximaba con paso decidido, seguida de otras dos personitas más.
—Arashi…—el instinto maternal de la kunoichi de cabello rosa se vio plasmado en la expresión que adquirió su rostro haciendo que se acercara a su hijo de inmediato al percatarse de los pequeños arañazos que decoraban su brazo izquierdo.
—Sakura, necesito que te lleves a mi hija mientras yo me hago cargo de unos asuntos. —pidió, casi imperó, la Mitarashi cruzando sus brazos mientras esperaba impaciente la respuesta de su exalumna, que no tardó mucho en prestarle atención con una desconcertada mirada.
— ¿Anko-san, esos asuntos tienen algo que ver con los arañazos del brazo de mi hijo y con las magulladuras de Nomi? —inquirió la ojijade analizando de arriba abajo a la niña de ojos color azabache, pues pudo percatarse de la enfurruñada expresión que decoraba su sucio rostro.
—Ahora no tengo tiempo de explicaciones, Haruno. Además…tu marido ya te lo contará más tarde.
— ¿Mi marido? ¿Sasuke? —en esos momentos sí que se había quedado totalmente sorprendida. Estaba claro que en el bosque había pasado algo gordo.
—Tú sabrás, no es mi problema si tienes más de un marido. Yo no soy tan viciosilla. —la kunoichi guiño su acaramelado orbe. Sakura suspiró ante el comentario. Con esa mujer era mejor suspirar que decir algo que le cayera mal y encabronarla más, pues se veía de lejos la furia que había tintado su mirada hacía unos segundos.
Anko estiró sus brazos hacia arriba haciendo crujir su espalda "No me jodas Kami-sama, ¡que no estoy tan vieja!" comentó para sus adentros ante el sonido que hicieron sus huesos. Acto seguido analizó de arriba abajo a su hija verificando que estaba bien dentro de lo normal, a pesar de la expresión que tintaba su rostro.
—Nomi —llamó la progenitora haciendo que la pequeña le prestara atención—ahora irás a casa de Sakura. Después ya vendrá a buscarte tu padre. —añadió segundos después la pelimorada, aunque no pudo evitar sentir una débil pero molesta punzada en su interior haciéndole recordar el porqué de esa sensación.
La niña afirmó sin mucho ánimo y volvió a centrar su atención en la piedrecilla que se encontraba haciéndole compañía a su pié izquierdo. Su rostro se ensombreció a medida que la Mitarashi avanzaba de nuevo hacia el interior del bosque.
—Sakura—nombró la ojicaramelo antes de proseguir, parándose al lado suyo aún sin mirarla a los ojos.
La pelirosa dibujó una leve pero sincera sonrisa haciéndole ver que comprendía lo que estaba a punto de decirle, pues la kunoichi de orbes de tonalidad jade no pudo evitar ver el extraño comportamiento que estaba mostrando la gennin de cabello morado.
—Tranquila, Anko-san. Yo me ocupo de ella y, descuida, me haré cargo de sus heridas. —aseguró la kunoichi con total seguridad ocasionándole una media sonrisa a la Tokubetsu Jonnin, que reanudó su paso hacia la valla del Bosque de la Muerte. — ¡Por cierto! —alzó levemente su voz llamando de nuevo la atención de su exsensei.
La pelipúrpura alzó su barbilla a modo de querer saber qué quería la kunoichi de hebras rosadas.
— ¿Me llevo a Kai también?
—No hará falta. Lo tiene controlado.
Anko desvió su mirada hacia el niño de cabello plateado que se encontraba al lado de los espesos y verdes arbustos observando en todo momento qué era lo que hacían las demás kunoichi, pero al percatarse del vistazo que le echó su madre, comprendió que volvería a estar solo en lo que quedaba de día. Bastaba haberse dado cuenta del guiño que le dedicó su progenitora acompañada de una amplia sonrisa.
En fin…solo, solo…lo que se decía solo, tampoco no estaba. Tenía a Yukari y con eso le bastaba.
El peliplateado prestó toda su atención en la niña que se mantenía a su lado captando todos los detalles, pero los heridos ya se los habían llevado por lo que mejor sería volver al parque o mejor aún, junto con su madre. Sinceramente, la pelinegra no deseaba estar más tiempo en aquel siniestro lugar.
—Kai, ¿nos vamos ya? —inquirió un tanto hastiada la gennin.
Recibiendo una respuesta afirmativa por parte de su amigo, ambos se encaminaron hacia otro lugar que estuviera lejos del Bosque de la Muerte.
Sakura cogió con suavidad la mano de la niña de cabellos morados pillándola por sorpresa, de ese modo ganándose un leve respingo por su parte.
—Cariño, vámonos de aquí. —dijo la pelirosa colocándose a la altura de la gennin, que tuvo que afirmar muy a su pesar.
En verdad no le hacía ni pizca de gracia tener que pasar la tarde con Arashi, y en casa de los Uchiha. Nomi suspiró hastiada de todo…en fin, aquel no había sido uno de sus mejores domingos.
….
—Pero señora…
— ¡Señorita! —el feroz grito resonó por toda la extensión del pasillo de la última planta del edificio.
La gruesa y oscura puerta del despacho del líder de los escuadrones ANBU se abrió de par en par de una fuerte patada por parte de una no muy contenta kunoichi mientras dos miembros ANBU intentaban agarrar por los brazos a la furiosa mujer.
— ¡Dónde estás, condenado Uchiha! —vociferó con fuerza la pelimorada zafándose de los agarres de los dos hombres, que quedaron atónitos ante la falta de respeto que estaba mostrando esa mujer al más alto cargo del edificio, ¡y encima se trataba de un Uchiha!
La ordenada estancia se mostro ante los llameantes orbes de la kunoichi, que buscó enseguida algo que se le pareciera a un ninja de cabello oscuro y buen porte. Desgraciadamente lo único que había era una gran mesa de escritorio y dos estanterías llenas de libros…vamos, no se parecían en Sasuke para nada, o sí…Kami-sama sabría.
Hecha un basilisco, Anko bajó las escaleras en busca de cierto pelirebelde cuando de pronto cayó en la cuenta de que posiblemente estaría en alguna sala de interrogatorio. Al fin y al cabo su hijo también se había visto envuelto en el percal del bosque, por lo que se suponía que Sasuke también querría saber qué demonios había pasado.
—Eh tú, donde están las salas de interrogatorio. —exigió saber la ojicaramelo cruzándose de brazos a la espera de una respuesta por parte de uno de los hombre que cubría su rostro con una jodida máscara ¿¡Por Kami, es que ya no le bastaba con soportar a su marido con una condenada de esas!?
—Señora, no puedo…
— ¡Dime donde están o te juro que te envío a volar!... ¡Y no me llames señora! —exclamó alterada la Mitarashi agarrándolo por el característico chaleco protector que llevaban puesto los ANBU.
La poca paciencia de Anko se estaba desbordando por todos los poros de su piel y faltaba nada para que explotara de enfado a la vez que llegaban otros dos miembros ANBU a verificar que todo estaba en regla, aunque cuando llegaron tuvieron que socorrer a sus compañeros puesto que se estaban viendo con dificultades para echar del edificio a aquella loca.
— ¿¡Se puede saber qué está haciendo esta aquí!? —esa irritante voz penetró con estridencia en lo más profundo de los oídos de Anko, hasta que se procesó en su cerebro para que así pudiera darse cuenta de quién era la mujer que había captado toda su atención. La asesina mirada de la Mitarashi buscó con frenesí el origen de esa inaguantable voz, hasta que topó con ella.
El brazo. Le estaba cogiendo de por el brazo. Ese perfecto y bien trabajado brazo que sólo y sólo ella podía agarrar. Entonces la arruga que minutos antes decoraba la frente de la Tokubetsu Jonnin se acentuó más debido a la curva que delinearon sus cejas por culpa del enfado que ya sí emanaba de su interior a borbotones.
—Anko…qué haces tú…—se quedó pasmado al ver que su mujer estaba en el edificio ANBU, claro que antes de que pudiera analizarla con su mirada se soltó de inmediato de la pesada de Yügao, que minutos antes lo había atrapado de por el brazo dejándolo sin opción, pues no quería montar un escándalo de vuelta para reportar la misión.
—No me puedo creer que tú me hagas creer, mientras yo me hago cargo de todo, que estás trabajando cuando en verdad te la pasas con esta impresentable. —soltó de repente la Mitarashi entrecerrando sus acaramelados y aún furiosos orbes analizando al peliplateado de arriba abajo.
—No es lo que parec-
— ¿¡Impresentable!? Mira quien fue a hablar, la que le ha sorbido el seso a este bombón. —contestó de inmediato la Uzuki agarrando de nuevo al ojiazabache a la vez que envenenaba con sus ojos a la Mitarashi, que apretó lo más fuerte que pudo su mandíbula con tal de no explotar.
—Tú cállate, mala pécora.
— ¿¡Perdona!?
— ¿Sabes qué? Haz lo que quieras, Hatake. Tú sabrás quién mejor te conviene. —finalizó la ojicaramelo ignorando a la Uzuki cerrando unos instantes sus ojos mientras comenzaba a caminar con paso vacilante en dirección a la puerta de salida.
—Anko, no es lo que parece. Deja explicarme. —pidió el shinobi de cabello color plata deshaciéndose del agarre de la otra kunoichi ocasionándole un leve empujón para después seguir a la pelimorada con la falsa esperanza de que lo escuchara.
La kunoichi salió del edificio con un cabreo encima que no se lo quitaba nadie, seguida del Hatake que hacía lo posible porque ella volteara, aún así al final no quedó más remedió que acercarla a él por medio de un suave agarre de mano. Ella giró rápidamente clavando su dura mirada sobre la de él a la vez que se zafaba del agarre.
— ¿Te parece normal que hagas estas gilipolleces? —inquirió con severidad la Mitarashi encarándolo de por todos los ángulos.
—Anko, es ella la que no me deja en paz…—contestó con cansancio el ojiazabache y sin alzar la voz, pues no quería discutir más con su mujer.
—Pues haz que ella te deje en paz, Kakashi. Tú ya tienes a tus hijos y a tu mujer. —contestó ya hastiada la pelipúrpura poniendo sus brazos en jarra esperando una respuesta más que razonable.
—No voy a pelearme con ella por esta tontería. No tiene caso.
—Kakashi, no es una tontería. Además…a mí me molesta. —se sinceró la kunoichi y pronunciando lo más rápido que pudo la última afirmación, pues no era muy de su agrado mostrar lo que pensaba sobre ese asunto, aún así se vio forzada a decirlo.
Kakashi suspiró levemente al no saber cómo responder a lo último dicho, pero de repente se acordó de lo que había ocurrido por la mañana con la mujer que tenía enfrente con cara de pocos amigos.
— ¿Ya no estás enfadada conmigo por lo de esta mañana? —se atrevió a preguntar el shinobi con el deseo de que ella contestara algo en su favor.
—No voy a responderte a eso. Ya está todo hablado y ya sé qué es lo que opinas sobre el asunto. Punto pelota. —zanjó la Mitarashi dándose la vuelta y reanudando su paso, aunque de nuevo alguien la paró.
—No quería decir eso, me equivoqué. No pienso que fuera tu culpa…
—Ahora no es el momento—y de nuevo se alejó de él dejándolo sin oportunidad para excusarse de su comportamiento esa misma mañana. —Por cierto…—Kakashi levantó su ilusionada mirada esperando que hubiera cambiado de opinión—cuando termines ves a buscar a Nomi a casa de Sakura Haruno.
— ¿Sakura?
—Sí, Kakashi. Sakura Haruno, tu ex alumna. —obvió la kunoichi.
Esa vez sí que se marchó desapareciendo entre los espesos y verdosos arbustos del bosque, después de haber cruzado la arenosa explanada dejando a un Kakashi sólo de nuevo y sin opción a responder.
….
Estaba harto de esperar a que algún reporte interesante le llegara esa tarde de domingo. Pasando su mano por su rubio cabello, Naruto suspiró hastiado del aburrimiento que le ocasionaba ser Hokage. Él pensó que ser el líder de la aldea sería otra cosa, algo más movido y emocionante, pero en ese instante entendió porque Tsunade en su día llegó a amargarse tanto. El chico suspiró de nuevo.
Volteó con la silla de ruedas hacia el gran ventanal que permitía dejar pasar los rayos del abrasante sol de verano y apreciar el hermoso paisaje que se mostraba ante sus azulados y brillantes orbes. El cielo estaba azul, no había ni una sola nube estorbando y se podía ver perfectamente la villa entera junto con los árboles del bosque de Konoha al fondo, hasta terminar contemplando los descomunales rostros de piedra que había esculpidos en el acantilado que rodeaba toda la villa.
De repente el Uzumaki mostró una sonrisa zorruna cuando una brillante idea se le cruzó por la mente. Era domingo y había estado trabajando toda la semana, razón por la cual le había sido imposible disfrutar de la compañía de su familia. Entonces de un salto se levantó de la silla y se dirigió hacia la robusta puerta de madera de su despacho.
Su vía de escape del aburrimiento hacia la diversión se basaba simplemente en abrir la puerta de la habitación, y lo hizo. No obstante todo hubiera salido de perlas de no ser por la velocidad con la que cierta mujer bajó la maneta de la plancha de madera con más rapidez que el shinobi de ese modo provocándole una dura caída contra el suelo, después de haber estampado su rostro contra ésta.
— ¡Naruto! —vociferó la kunoichi de rubias coletas abriendo la puerta de par en par buscando al susodicho con su furiosa mirada y mostrándose imponente ante el Hokage, que seguía en el suelo con la cabeza dándole vueltas.
—Ay…Tsunade oba-san…—se quejó el rubio sobándose su dolorida cabeza a la vez que se levantaba después de haber tambaleado levemente su mareado cuerpo.
—Naruto, tienes que encargarte de esto. —le ordenó la Senju impregnando su voz de autoridad para después lanzarle a la cara unos papeles archivados, que cayeron en los brazos del chico de milagro.
Después de observar durante escasos segundos los papeles con cara de asco, Naruto los soltó encima de su escritorio junto con las demás montañas de documentos y volvió su descontenta mirada hacia Tsunade, que lo encaraba con ojos desafiantes y sus manos en jarras dando a entender que no aceptaría una negación por su parte.
—Nee… ¿no crees que ya has trabajado bastante por hoy? Tsunade oba-san, si te esfuerzas demasiado todos los años que cargas a tus espaldas van a pasarte factura algún día. Así que, ¿qué te parece si te doy libre lo que queda de domingo? Al fin y al cabo-
— ¿Todos los años que cargo? —un ligero camino se formó en su frente debido a la pequeña vena que sobresalía de sus sienes, por no comentar el intimidante tono de voz que adquirió la mujer. —Naruto…—un aura maligna rodeó el cuerpo de la kunoichi haciendo retroceder al Hokage hasta que su trasero chocó contra el escritorio.
—Yo…yo no-
—Naruto…—repitió de nuevo la rubia haciendo crujir sus nudillos a la vez que con paso vacilante se acercaba a él dejando atrás el sonido que sus tacones propiciaban a cada escalofriante paso que la mujer daba.
—Tunade oba-san, no…por favor…—Naruto se coló detrás de la silla después de haber dado un gran salto, de ese modo logrando evadir la mesa. Estaba acabado.
—Está claro que tú no aprecias tu vida, pero no te preocupes Naruto, yo haré que no sufras más. —Tsunade sonrió con maldad mientras sus llameantes orbes se clavaban en lo más profundo de la médula del chico.
— ¡Naruto-kun! ¡Viva la llama de la juventud!
"¡Plas!" se escuchó, haciendo que después del estruendo reinara un absoluto e incómodo silencio en la estancia. La imagen era la siguiente: la puerta abierta de par en par, Naruto con los ojos en blanco y rogando a Kami-sama que la culpa no se la echaran a él, básicamente porque no quería firmar ya su testamento.
Tsunade estaba de cara en el suelo con un chichón que sobresalía de su cabeza, hasta que decidió que ya era hora de poner orden en la sala y de vengarse del desgraciado que la había hecho caer contra el duro suelo. El aura maligna aumento a su alrededor mientras cierto ninja de traje verdoso iba retrocediendo hacia atrás al ver cómo pasaba lentamente su muerte por delante de sus ojos oscuros y redondos como dos monedas.
—Tsunade-sama, yo no quería…le prometo que no sabía-
— ¡Lee! —otra profunda pero enérgica voz se hizo presente en la escena. Otro duende verde de la misma apariencia que Lee hizo acto de aparición junto a su alumno. — ¡Hoy haremos entrenamiento intensivo para que nuestra llama de la juventud arda con poderío! —ya no se podía gritar más en el despacho.
— ¿Gay-sensei? —Naruto alucinaba en colores, y pensar que todo había comenzado porque quería irse ya a su dulce hogar con su amada mujer y sus adorables hijos.
— ¡Naruto! Tengo noticias para ti.
Tsunade se sentía ignorada hasta que su palma golpeo con fuerza la superficie del escritorio de la habitación provocando que las largas columnas de papeles que había sobre la mesa se elevaran unos centímetros hasta volver a su lugar inicial.
Una vez que los tres hombres callaron, volvieron a centrar su atención en la imponente fémina de cabello rubio y orbes color miel con tonos ardientes. Estaba claro que era una mujer dura de pelar y nadie en la villa se atrevía a hacerle frente ya que, a pesar de ser una exhokage, seguía siendo una de los tres grandes Sannin.
— ¡Vosotros dos! ¡Ya va siendo hora de que me deis una buena excusa para que no os pegue una buena paliza y os saque hasta los empastes que tenéis de un solo tortazo! —vociferó la Senju haciendo resonar su imperante y maléfica voz por todos los pasillos del edificio.
—Verá, Tsunade-sama, yo estaba paseando cuando de pronto me encontré con-
— ¿Te estás riendo de mi, Lee? He dicho que rapidito. —demandó la rubia cruzando sus brazos y dándole más volumen a su ya gran delantera.
— ¿No tendría que preguntar yo que soy el Hokage? —inquirió el rubio metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón e hinchando su pecho con orgullo al sentir cómo sonaba la palabra "Hokage".
—Siéntate.
— ¡Sí!
Después de fulminarlo con su intimidante mirada, Tsunade centró de nuevo su atención en los dos duendes verdes intentando no tirarlos por el gran ventanal del despacho, por el que cruzaban los incandescentes rayos de sol.
—Tsunade-sama, han encontrado otro cadáver al lado del rio del bosque de Konoha. Ahora lo están examinando—reveló Gay metiéndose en el papel de hombre serio y sustituyendo a Lee.
—Qué estás diciendo, Gay. Quién te lo ha dicho. —exigió saber la rubia sorprendida por las palabras del hombre de malla verdosa.
—Lo vi cuando estaba paseando por el bosque. Un grupo de ANBUs lo recogieron.
No tuvo que seguir diciendo nada más, eso se estaba pasando de castaño oscuro. Tsunade salió inmediatamente del despacho dejando a tres hombres sin saber qué hacer ante la noticia. Estaba claro que sin las órdenes de Tsunade todo se hacía mucho más difícil, aún así Naruto sabía que ya era hora de aprender, por lo que cogiendo de nuevo las riendas, se decantó por una de las pocas opciones que se maquinaron en su agotada mente.
—Gay-sensei, Lee-kun. ¿Podéis ir a buscar a Kiba-kun, Neji, Shino y Sai? Es urgente.
Por lo que el rubio sabía, eran dos los asesinatos que se habían cometido cerca de la villa sin que nadie hubiera visto ni oído nada. Por difícil que le resultara se hacía sospechoso y lo peor de todo era que gente inocente estaba pagando las locuras de alguien que al parecer quería buscarse problemas, así que no había nadie mejor que ellos para buscar aunque fuera alguna pista.
Volvió su azulada y decidida mirada hacia el gran ventanal. El día comenzaba a caer cayendo y pronto se haría tarde. Tenía que empezar a mover el culo si no quería que ese asesino volviera a actuar.
…
Lentamente la puerta de la casa se abrió dejando pasar a una cansada kunoichi, que como por inercia se quitó la gabardina color ocre y la colgó en el perchero que había escondido detrás de la puerta.
Sus pasos eran lentos y estaban cargados de agotamiento, pues había sido un domingo bastante movidito como para ignorar la necesidad de descansar que en ese momento la pelimorada esperaba obtener. Pasó una de sus manos por su nuca, masajeando suavemente los músculos de la zona, que de un momento a otro sonó un crujido por parte de su columna vertebral a nivel de las cervicales.
Pasó por el pasillo, que estaba iluminado por la tenue luz que se desprendía de la pequeña lamparita que había colgada en la pared a la vez que se paraba escasos segundos al lado de las escaleras que conducían al segundo piso para poder percatarse del chakra de su marido, que posiblemente estaría arriba, pero la idea de ir a verle se desechó en el preciso instante en que el recuerdo de Yügao Uzuki recobró vida en su mente.
Acto seguido entró en el comedor y se dejó caer en su cómodo sillón, estirando sus piernas y echando su cabeza ligeramente hacia atrás mientras cerraba sus acaramelados ojos. Maldijo por lo bajo todo lo que había ocurrido ese domingo, pensando que podría haber habido un buen final para ese fin de semana de no ser por todos los acontecimientos que se le habían amontonado durante el día.
— ¿Ya has llegado? —el silenció se rompió en dos, al igual que los pensamientos de la Mitarashi debido a la masculina voz que caló en lo más profundo de sus oídos, pero no se molestó en voltear su rostro hacia el hombre de hebras plateadas.
— ¿No me ves? —se limitó a contestar con cierta ironía en su voz y sin abrir sus ojos.
Kakashi optó por callar y encaminarse hacia el centro del comedor, después de haber sacado su libro preferido del bolsillo de su pijama. Se sentó en el sofá, cruzó sus piernas y de una manera muy elegante abrió el libro por la mitad, consiguiendo centrar su mirada hacia las letras que decoraban las blancas hojas. Anko suspiró hastiada.
— ¿Estás bien? —preguntó el shinobi sin despegar su mirada de su preciado Icha Icha.
—De maravilla—sarcasmo total en la voz de la kunoichi.
—Perfecto. —estaba claro que Kakashi no entendía nada de nada.
—Estás tonto o qué te pasa. —atacó a la voz de pronto la kunoichi doblando sus rodillas y poniéndose en pié, imponente ante el hombre, que seguía sentado pero esa vez con su mirada clavada en la de la mujer, que tensó su mandíbula.
—Me parece que eres tú la que no está bien, Anko. —Kakashi se levantó con lentitud del asiento encarando, muy a su pesar, a la pelimorada. —Porqué no me contaste lo que había pasado en el Bosque de la Muerte. Te recuerdo que Nomi también es mi hija. —añadió el peliplata cerrando el libro y dejándolo caer sobre el tapiz del sofá.
— ¿Qué yo no estoy bien? Estás bien equivocado, Kakashi. No soy yo la que flirtea con otros mientras trabajo. De hecho, nunca lo hago porque ya te tengo a ti, pero parece ser que no es lo mismo que tú piensas, ¿no? —recriminó la Mitarashi intentando no alzar la voz, pues sabía seguro que sus hijos ya estarían durmiendo, además de que no deseaba que escucharan la discusión que se avecinaba de nuevo.
—Ya te dije que es Yügao la que solo me busca, no soy yo el que flirteo. —se defendió el poseedor del Sharingan observando la expresión de enfado que se estaba dibujando en el rostro de su mujer.
—No te buscaría más si no le dieras motivos. —atacó con furia la Mitarashi intentando no perder los papeles.
—No le doy motivos de nada porque no los tengo. Por favor Anko, no le des más vueltas. Yügao y yo sólo somos compañeros de trabajo, nada más. —intentó explicar el ninja queriendo sonar lo bastante sincero como para que ella le creyera de una vez por todas.
—Ahora resultará que sí tienes tiempo para tu compañera pero no para tú mujer. Me parece que es lo más razonable—ironía y molestia eran lo que tintaban cada una de sus palabras.
—Tú tampoco es que tengas mucho tiempo para mí—le reprochó sin motivo alguno el peliplateado. De verdad que la dichosa discusión lo estaba hastiando.
— ¿Disculpa? Será porque nunca estás en casa. Siempre estás trabajando y ni tus hijos ni yo podemos verte. —le echó en cara la pelimorada al borde del límite.
—Tengo cosas importantes que hacer. Ya sabes que ser ANBU no es fácil. —intentó excusarse el shinobi pasando su mano por su cabeza alborotando más su desaliñado cabello.
—Si no te hubieras metido en esa mierda todo volvería a ser como antes. —atacó de nuevo la kunoichi perdiendo los papeles y sacando los trapos sucios. Aquellos que ya hacía tiempo que tendría que haber tendido.
—Tengo mis motivos para estar en ANBU. Me da algo que siendo un Jonnin común no puedo tener. —respondió el ninja intentando no alzar el tono de su severa voz.
—Y qué te da.
—Libertad.
— ¿Libertad? ¿Más libertad de la que nosotros podamos ofrecerte? —eso ya sí que pasaba de castaño oscuro. Estaba alucinando.
—Sí, libertad. Siendo ANBU se pueden hacer muchas más cosas. —reforzó su explicación sabiendo que estaba metiendo la pata hasta el fondo. Tenía que poner esa excusa.
— ¿Pues sabes lo que yo obtengo a cambio de tu egoísmo?
Eso sí que no se lo esperaba por parte de Anko. Sabía que estaba furiosa por su estúpido comportamiento, pero no podría imaginar que la voz se le quebrara durante escasos segundos como una grieta en el suelo.
—Agonía y miedo. Tengo mucho miedo cada vez que sales por la puerta de casa con ese estúpido uniforme y esa máscara en tu cara. Tú ni te has parado a pensar qué siento ni que opino al respecto de tu incorporación a los escuadrones. —no lo podría haber dicho con más seriedad mientras su mirada fulminaba al hombre, que se quedó sorprendido ante las palabras de la Mitarashi, que inconscientemente se llevó una de sus manos a la cabeza intentando no desmoronarse ahí mismo.
—Anko…yo no…
—Mira…Kakashi, yo…no sé qué está pasando en nuestro matrimonio…—no siguió, lo dejó en el aire. Más que enfado, la voz de la ojicaramelo adoptó un tono de preocupación y eso no cayó bien al shinobi, que quedó sorprendido por las palabras de la pelimorada.
—Qué estás diciendo…—no daba crédito a lo que ella se estaba refiriendo. No lo aceptaba. Durante escasos segundos el miedo lo invadió dejándolo casi sin respiración.
Anko retrocedió unos pasos y salió del comedor, encaminándose hacia su habitación. Aún así no lo hizo sola, pues Kakashi la estaba siguiendo. Las cosas no se iban a quedar de aquella manera, de hecho ella no podía estar diciéndolo en serio.
La puerta se abrió dejando entrar a los dos adultos y antes de que la Mitarashi se adentrara en el cuarto de baño a toda prisa intentando cortar el paso al peliplata, él no se vio con otra opción que agarrar a la mujer por el brazo de ese modo frenándola.
—Dime que no lo has dicho en serio. —la observaba expectante, esperando recibir una negación por respuesta, pero lo único que obtuvo fue una evasión por parte de la ojicaramelo, que desvió su mirada hacia un lado. —No puedes decirlo en serio…
—Mira Kakashi, deja de marearme. —atacó la kunoichi cogiendo su pijama de debajo de su almohada después de haberse zafado del agarre del peliplateado. Acto seguido se encaminó de nuevo hacia el cuarto de baño y, esta vez sí, cerrando la puerta en las narices del ninja, que quedó con las ganas de pedirle explicaciones sobre el delicado comentario que ella le había soltado como si se tratara de un jarro de agua fría.
Pues lo llevaba claro si ella pensaba que metiéndose en el baño iba a hacer que él se fuera. Pues no. Kakashi se sentó a esperar en el colchón con los brazos cruzados en su pecho hasta que Anko saliera de la ducha y le razonara porqué había insinuado tal cosa sobre su seguro y estable matrimonio.
De repente pudo oír desde fuera el sonoro ruido que dejaba escapar el chorro de agua cuando entraba en contacto con el suelo de la bañera, justo después de haber serpenteado a su antojo por el cuerpo de la ojicaramelo. Ante el mínimo recuerdo sobre el físico de la mujer, un ligero tembleque atacó las piernas del peliplateado. Suerte que estaba sentado, porque si hubiera llegado a estar de pié tendría que haberse ayudado de un respaldo para mantenerse totalmente en equilibrio.
¡Un momento! Podría ser posible que Anko le hubiera soltado el dichoso comentario porque ya hacía tiempo que no llegaban a tener un momento tan intimo como solían mantener hace…hace… ¿hace cuánto? Kakashi quedó pensativo intentando no liar más el cacao mental que lo asolaba en esos instantes.
Mientras Kakashi seguía sumido en sus pensamientos y en la manera en cómo resolverlos, cierta kunoichi salió del baño intentando pasar desapercibida ante el hombre, que levantó su azabache orbe para poder seguir con su mirada a la chica, que lo ignoró por completo.
— ¿Y bien? —dijo de un momento a otro el shinobi poniéndose otra vez en pié y hacer el intento de no caer ante las preciosas vistas que le otorgaba cierta mujer de cabello morado.
—Qué quieres, Kakashi.
La pregunta era demasiado abierta porqué, por querer, el Hatake quería demasiadas cosas de ella, pero ya que le daba la oportunidad a elegir optó por contestar lo más razonable que se le ocurrió y así no enfurecer más a su mujer.
—Pues quiero que me digas porqué has dicho lo de antes—pidió el ninja impregnando su voz de seriedad mientras metía sus manos en los bolsillos del pijama.
—Qué cosa—devolvió la Mitarashi cortante y sin mirarlo directamente a la cara, pues estaba puliendo la placa de su desgastada banda ninja.
—Qué quisiste decir con lo del matrimonio. —y lo soltó sin pensárselo dos veces, necesitaba saberlo, tanto como el respirar.
—No te lo diré hasta que me respondas tú a otra pregunta. —el juego iba de esa manera, le gustara o no le gustara.
Kakashi entrecerró su profundo orbe color azabache y durante unos instantes analizó a la Mitarashi, que se mostraba quieta a pesar de las ganas que tenía de replicar ante la constante atención que ejercía Kakashi sobre su persona. Finalmente hubo un ganador.
—Qué quieres saber—siempre era él el que perdía los juegos de palabras. A veces el Hatake pensaba que era demasiado débil para enfrentarse a su mujer.
Durante escasos segundos el silencio reinó en el acogedor dormitorio de la pareja, aún así pareció como si hubieran pasado horas desde la última conversación, y eso molestaba tanto a Anko, que había sido ella la que lo había dejado en suspense, como a Kakashi, que estaba ansioso pero a la vez sin ganas de escuchar la pregunta que le rondaba a la kunoichi.
—Porqué has vuelto a ser ANBU—no había problema, Anko se encargó de romper en mil pedazos el mutismo que los asoló antes.
Eso sí que no se lo esperaba. Kakashi parpadeó un par de veces mientras procesaba lo que ella le había preguntado, que más que un reproche había sonado como una curiosidad. Él nunca le había dicho nada y tampoco es que quisiera ocasionar más molestias a la Mitarashi, pues suficiente tenía con su trabajo y con ocuparse de todo mientras él realizaba misiones sin parar.
Llegó a pensar que si ella no insistía tanto en el asunto le daba total libertad para hacer lo que él quisiera en cuanto a su trabajo se trataba, pero pudo percatarse de que no era así como iban las cosas. Y no le culpaba, de hecho Anko tenía derecho a saber el motivo, porque siendo sincero, la excusa del dinero ya no estaba funcionando y ya no le quedaban muchas más opciones.
Anko se mantuvo quieta y por raro que pareciese, callada esperando a que él le dijera algo al menos para que la cagara hablando y entonces poder encararse con él, aún así pareció como si Kakashi hubiera sido abducido por un ser extraño de ese modo dejándolo totalmente mudo.
La estaba encabronando y él lo sabía, de hecho era suficiente con ver la expresión de furia y descontento que estaban decorando la usual pero hermosa cara de la ojicaramelo. Deseaba que lo apoyara, pero era demasiado lo que había en riesgo como para que él lo echara a perder. Sin decir ni una palabra, el peliplateado evadió la intensa mirada que hacía minutos se estaba clavando en su indefensa médula para después pasar por el lado de la kunoichi y salir al balcón. Necesitaba respirar aire fresco.
— ¿Se puede saber qué haces? Parece ser que aún no comprendes que odio que me ignores—le reprochó la ojicaramelo pisándole los talones e intentando que él centrara toda su atención en ella.
El Hatake apoyó sus codos en la gruesa barandilla de madera que conformaba el pequeño balcón, rodeando la reducida pero suficiente terraza que daba después de salir desde la habitación por una corredera de cristal.
La fresca brisa recorrió cada centímetro de la piel del poseedor del Sharingan a la vez que su plateado cabello se alborotaba más de lo que ya podía estar, aún así la sensación era agradable. Lo mismo ocurrió con la Mitarashi, que al salir de la estancia se vio atacada por el escurridizo vientecillo que solía reinar durante las noches de verano mientras que las miles de estrellas iluminaban el oscuro y elegante firmamento, con una media luna como testigo de tal belleza.
—Qué ocurre. —por muy dura que le hubiera gustado sonar, la kunoichi no pudo evitar impregnar su voz de cierta preocupación y desconcierto al percatarse del extraño comportamiento de su marido.
Las hebras moradas se cruzaban constantemente por en medio de sus orbes color caramelo haciendo el intento de borrar sutilmente su visión, aún así continuaba viendo la figura que intentaba aparentar tranquilidad cuando en verdad era angustia lo que emanaba de su interior.
—Dime que ocurre, Kakashi—y una vez más sus sentimientos se interpusieron en cómo quiso pronunciar las palabras de cómo sonaron realmente, impregnadas de desesperación y de desasosiego. —Porqué has vuelto a ANBU. —insistió la Mitarashi recolocando las dichosas hebras de cabello detrás de su oreja, que no sirvió mucho como retención, pues volvieron a escapar por culpa de la dichosa brisa veraniega.
—A veces más vale no desvelar según qué cosas—musitó por lo bajo el shinobi desconcertando a la kunoichi.
— ¿Ya estás otra vez con eso del secretismo? —le echó en cara al hombre intentando no agotar la poca paciencia que le quedaba.
Al no obtener respuesta, no se lo pensó dos veces. La pelipúrpura descruzó sus brazos con rapidez y fue dando fuertes pasos manifestando su malhumorado carácter hasta que se posicionó al lado del peliplateado, que se limitó a observarla por el rabillo de su ojo.
— ¿¡Se puede saber qué está pasando!? —ya no podía más, esa situación realmente la estaba exasperando y ya no soportaba esperar más. Agarró con fuerza el brazo del shinobi haciendo girar su cuerpo hacia la demandante Tokubetsu Jonnin, que lo encaró con una mirada más que intimidante.
Kakashi seguía mostrándose misterioso y pasivo ante la reacción de la encolerizada kunoichi, que no podía por más mirarlo fijamente y esperando con ansia una respuesta más que razonable que excusara su comportamiento. Aún así no recibió nada, simplemente la atención por parte de un inexpresivo y condenado orbe profundo y endemoniadamente cautivador.
—Qué tengo que hacer para que confíes en mí…—se llevó una de sus manos a la cara cubriendo la mayor parte de su rostro a la vez que aflojaba el agarre que aún mantenía la mujer en el brazo del Hatake.
Cuando ya lo había dado todo por perdido, a la voz de pronto pudo oír el sonido de lo que parecía ser una tímida sonrisilla. Los cansados pero esperanzados orbes color caramelo de la kunoichi subieron lentamente del suelo hasta el rostro cubierto por la máscara que llevaba Kakashi, aunque fijándose bien pudo percatarse de la curva de lo que parecían ser los labios del susodicho que se marcó por debajo de la oscura tela.
—De qué te ríes ahora, me parece que esto es bastante serio, Hatake.
De qué iba ese chalado, ni tan siquiera le había respondido y ya se estaba riendo de ella. Vale sí, lo reconocía. Anko sabía que era penoso suplicar a alguien que usualmente la obedecía sin rechistar, pues era obvio que el shinobi quería conservar su integridad física. Aún así tan desesperada se había sentido que no pudo evitar dejar salir su lado más femenino y poner esa vocecilla que solamente podía expresar cuando su corazón alcanzaba unas cotas de agobio considerables.
Anko estaba tan sumida en las diferentes posibilidades que barajaba para reprocharle ese estúpido comportamiento, cuando sin ton ni son la sorpresa le dio de lleno en el momento en que se vio envuelta en los brazos del hombre de cabello plateado. Los músculos de sus fornidos brazos guardaban cierta tensión ante la ligera flexión de éstos alrededor del cuerpo de la mujer, aún así la suavidad del abrazo fue tan agradable que por más que la Tokubetsu Jonnin se hubiera visto obligada a evadirlo debido a la peliaguda situación, no se vio capaz de rechazar el cariño que el ojiazabache le estaba brindando.
—Te quiero—la masculina voz del ninja copia caló hondo en la Mitarashi, que se mostro absolutamente receptiva ante el estrujón del hombre. Inmediatamente él ahuecó su cabeza en el hombro de la mujer, inspirando el adictivo aroma que se desprendía de las húmedas hebras de tonalidad moradas.
—Yo también, pero esto no quita que respondas a mi pregunta. —insistió la ojicaramelo con la máxima delicadeza que pudo haciendo que el peliplateado levantara su barbilla y finalmente, después de enderezarse, clavara su profunda mirada sobre la kunoichi. Kakashi no pudo evitar sonreír de nuevo al presenciar de nuevo el característico comportamiento de la pelipúrpura mostrando sobretodo su terquedad.
En fin, ya no podía esconderle nada porque, al fin y al cabo, ella siempre había confiado en él y tratándose de que era la persona con la que compartiría el resto de su vida, lo mínimo que podía hacer Kakashi era confiarle también todos sus secretos.
Por lo tanto, agarrando con delicadeza una de las manos de la Mitarashi, le confesó todo lo que ella tanto ansiaba escuchar.
—Siendo un simple Jonnin no puedo acceder a los documentos ni a ciertas personas que podrían darme pistas sobre lo que ocurrió en realidad esa noche. Por eso me metí en ANBU, porque quiero asegurarme de que no dejo ningún cabo suelto. —explicó el shinobi tornando su voz más seria.
—Pero…no lo entiendo, Kakashi. Por lo que he oído sobre el tema, todos pensaron que fue su decisión lo que lo condujo a hacer lo que hizo. —tintó sus palabras con cautela, pues sabía que ese tema era muy delicado para el Hatake.
—Hay algo que no cuadra, Anko. Sigo sin creer que mi padre se quitara la vida solo porque algunos impresentables le acusaran de no haber cumplido con la misión. Mi padre no era un cobarde y nunca se hubiera quitado la vida por algo así. —intentó razonar como pudo mientras intentaba reprimir las ganas de ir en busca de aquellos que en su día infravaloraron a su progenitor.
— ¿Pero tienes alguna prueba que corrobore la conclusión a la que estás llegando? Kakashi, sería una gran noticia si-
—No. Nadie debe enterarse de eso. Ni yo mismo estoy seguro que fuera así, pero…hay algo que no cuadra y pienso averiguar qué es. —finalizó con decisión en su voz el peliplateado mirando fijamente a la Mitarashi, que estaba atónita ante la explicación de su marido. Nunca hubiera pensado que quisiera desenterrar su pasado, aunque al fin y al cabo, por muy duro que fuera, si los acontecimientos habían ocurrido tal y como Kakashi decía se tendría que llegar al fondo del asunto.
—Porqué no me lo dijiste antes. Podría ayudarte a-
—Ni loco voy a meterte en esto. Ni lo sueñes, Anko—interpeló el ninja copia interrumpiendo de nuevo a la kunoichi, que hizo un mohín expresando su descontento ante su decisión.
—Pero yo podría ayudarte. Te recuerdo que estoy en el equipo de inteligencia e infiltración y estoy segura que-
— ¡No! Ya bastante peligroso es como para arriesgarme contigo. —comentó el ninja bajando su tono de voz a cada palabra que pronunció.
— ¿Peligroso? Kakashi, cariño, yo también sé qué significa arriesgarse por algo. —le respondió la ojicaramelo posando ambas manos en sus caderas haciendo ver al hombre que era capaz de todo lo que se propusiera.
El peliplateado la observó detenidamente analizando cada detalle que su azabache y profundo orbe podía brindarle. Estaba claro que si llegaba a perderla no se lo perdonaría nunca, además de que la vida perdería todo el sentido que tenía para él. Su familia lo era todo para Kakashi y no permitiría que nadie les hiciera daño, a que nadie le arrebatara lo único valioso que poseía y defendería con su vida.
—En fin, supongo que no voy a lograr nada insistiéndote. —se rindió la Mitarashi finalmente al esperar sin éxito una respuesta por parte de él, que se encogió de hombros haciéndole entender que era la única opción que tenía. —Pero prométeme una cosa. —añadió muy a su pesar.
—Lo que quieras.
—No hagas ninguna locura que te pueda costar caro, Kakashi. —cómo no iba a preocuparse la mujer de cabello color púrpura si uno de los pilares más importantes que la aguantaban llegaba a derrumbarse. —Y no hagas nada antes de no haberlo pensado detenidamente. —añadió mostrando su angustia expresada en su rostro y su voz.
—Eso son dos promesas. —bromeó el peliplata sonriendo bajo la oscura tela que cubría la mitad de su cara para finalmente asentir levemente ante la petición de ella.
—Ya sabes que defiendo lo mío.
Kakashi sonrió ante el comentario de su mujer, que sin tener que pensarlo se acercó a él y lo abrazó con cariño.
—En serio, Kakashi. No me gustaría que me trajeran a la puerta de casa tu banda ninja. —musitó escondiendo su rostro en el pecho del shinobi envolviéndose del boscoso aroma del hombre e intentando disipar las horribles imágenes que se habían formado en su mente. Él la estrujó como si su alma dependiera de ello devolviéndole toda la ternura que se merecía.
—Por cierto, siento lo de esta mañana. No tendría que haberte hablado como lo hice ni tuve que haberte dicho aquella barbaridad. Lo siento. —se disculpó el sensei deseando escuchar una aceptación por parte de la Tokubetsu Jonnin.
—Supongo que ninguno de los dos hemos tenido muy en cuenta las consecuencias de nuestras palabras. —terminó diciendo la ojicaramelo refiriéndose al comentario que ella soltó sobre su matrimonio. Había sido una estúpida al poner en duda su amor por el Hatake.
La agradable brisa que corría con total libertad hacía danzar las hebras moradas y plateadas de ambos ninjas y convertía esa noche de verano en una de las más reconfortantes hasta el momento. Las estrellas brillaban con su característico brillo propio mientras las hojas de los árboles se movían despacio, sintiendo cada cambio en su superficie debido al escurridizo airecillo.
Kakashi daba gracias a la gran oportunidad que le había concedido el egoísta y exigente destino. Protegería lo que más le importaba y haría todo lo posible por seguir el camino de la felicidad al lado de su familia.
Y entonces el Hatake abrazó con más fuerza a su mujer.
