El gran día había llegado. Era miércoles por la tarde y el sol tenía tantas ganas de iluminar Konoha como la Gennin de cabello morado de demostrar las nuevas habilidades y técnicas que había aprendido con tanto esfuerzo desde hacía meses con su equipo y su sensei.

Pasó la placa con el símbolo de la villa por debajo de su flequillo y finalmente ató la banda con decisión por detrás de su usual recogido para después terminar de ponerse sus zapatos ninja y salir con energías de su habitación. Nomi estaba orgullosa de sí misma y eso la hacía fuerte ante al sentir la posible debilidad de perder. Era imprescindible aprobar con buena nota ese examen para demostrarle a su exigente padre que era digna de ser una buena kunoichi de renombre.

Bajó a toda prisa por las escaleras de su casa y, después de llevarse unas galletas a la boca, salió por la puerta que la conduciría al jardín de su preciado hogar. Scan, el guardián de la mansión Hatake, salió al encuentro de la joven Hatake y, tras darle unos largos pero graciosos lametazos en sus mejillas, la dejó libre.

Al final, el gran cánido ladró al viento con entusiasmo, el mismo con el que la pelipúrpura le sonrió tras volver su rostro hacia su fiel amigo. Sin molestarse en abrir la verja del hermoso jardín, la Gennin saltó la valla con habilidad, para después salir corriendo a toda velocidad hacia el campo de entrenamiento, dónde se celebraría en unas horas su examen para la posibilidad a ascenso a Chunnin en el próximo año.

La niña estaba emocionada y la adrenalina prendía por su cuerpo volviéndola más fuerte y con unas ganas tremendas de empezar su combate. Aún no sabía quién sería su contrincante, pero la confianza que tenía en ella misma le transmitía una necesaria seguridad. Aquella tarde iba a prometer mucho.

….

El cojín de la silla de su despacho no dejaba de hundirse cada vez que el chico de hebras rubias se removía en éste intentando no dejarse llevar por la intranquilidad que lo estaba asolando desde hacía dos días, y si no llegaban en lo que quedaba de día iba a ser ya el tercero.

Naruto había mandado a Kiba, Shino, Neji y Sai a interrogar a los aldeanos de los pueblos cercanos a la Villa de la Hoja intentando averiguar algún detalle, por pequeño que fuera, del cadáver que Gay encontró el domingo cerca del río que cruzaba sin temor por el bosque que rodeaba su amada Konoha.

—Por Kami-sama, que lleguen ya…—no podía aguantar más.

— ¿Naruto?

— ¡Sí!

¡Ya era hora de la tan esperada llegada!

—Chicos, que habéis averiguado—quiso saber un alterado Hokage levantándose de la silla con torpeza y situándose delante del escritorio presidencial.

—Los aldeanos de las villas de donde procedían los cadáveres no han visto nada sospechoso, pero uno de ellos nos confirmó que durante la noche del asesinato escuchó un grito desgarrador, por lo que acudió de inmediato al lugar de donde éste provenía. —explicó seriamente y con profesionalidad Neji Hyuga cruzándose de brazos y observando la reacción del rubio, que tragó saliva aguardando la respuesta de su compañero.

—Cuando llegó al lugar…encontró esto—esta vez fue Kiba quien intervino, sacando de su bolsillo un pequeño bote de cristal el cual contenía algo diminuto pero no por eso menos interesante.

— ¿Se puede saber qué demonios es esto'dattebayo? —se interesó el ojiazul tomando entre sus manos el botecito y colocándolo a la altura de sus ojos para visualizar mejor su contenido.

—Se puede ver con claridad, Naruto. —obvió el integrante del Clan Hyuga suspirando hastiado por la poca costumbre que tenía el chico de usar su inteligencia.

— ¿Piel de serpiente? —inquirió no muy seguro el Hokage frunciendo el ceño para después fijar la mirada en los shinobis que se encontraban en su despacho de ese modo buscando una respuesta concisa.

—Tendríamos que analizarlo, pero yo creo que sí. —afirmó Shino con su misteriosa y monótona voz entendiendo la gravedad de la situación. En ese mismo momento, un ligero escalofrío recorrió de pies a cabeza el cuerpo del rubio al escuchar la manera con la que se dirigió su compañero. Aún así ¿era posible que un reptil hiciera toda esa masacre?

—En fin, lo que tenemos que hacer es enviarlo a los laboratorios y esperar a los resultados. Total, hasta que no los tengamos no podemos seguir con la investigación ni realizar ningún juicio de valor—habló el Inuzuka acariciando con cariño a su fiel amigo Akamaru, que se mantuvo sentado antes de contestarle mediante un ruidoso ladrido.

—Te equivocas, Kiba. Deberíamos preguntar a los aldeanos de nuestra propia villa si han visto algo fuera de lo normal, al fin y al cabo el último cadáver se encontró al lado del río que rodea las afueras de Konoha. —rectificó Sai observando de reojo al castaño, que refunfuñó por lo bajo mientras sus avispados orbes se achinaban debido a lo no muy bien que le cayó el comentario del exANBU.

—Sai, tiene razón, Naruto. No podemos dejar que esto vaya a más, porque aún no sabemos qué o quién está causando todo este altercado. —recalcó Neji descruzando sus brazos y enviando una decidida mirada al líder de Konoha.

—Tienes razón ¡Bien, pues en marcha' dattebayo! Yo avisaré a Sasuke para que envíe los ANBUs libre que tenga para que os ayuden.

Dicho eso, Kiba, Neji, Shino y Sai abandonaron el despacho del rubio para llevar a cabo una ardua y laboriosa tarea mientras que Naruto pasó sus brazos por la larga chaqueta de Hokage que tenía que llevar puesta debido al importante evento al que debía acudir: el examen decisivo para presentarse a las pruebas Chunnin.

Alegre de al menos tener noticias del grupo de rastreo e inteligencia, Naruto abandonó su despacho destilando la gran energía que tanto lo caracterizaba mientras que comenzó a tararear una melodía de la cual desconocía su letra. Aun así le gustaba, por lo que silbó lo más alto que pudo importándole bien poco que la gente lo escuchara.

….

Durante todo el día había estado soplando con fuerza el viento en gran parte del Bosque de la Muerte y, aunque en teoría no debía de suponer ningún problema, aquello no le estaba gustando a cierta kunoichi de cabello morado, que no paró de caminar hasta llegar al gran edificio ANBU.

La ojicaramelo paseó su seria mirada por toda la construcción parándose finalmente en la entrada y dándose cuenta de la presencia de los dos ANBUs que estaban custodiando la puerta principal del cuartel.

Los dos soldados no dejaban de observar a la mujer, que sin decir nada entró en el gran edificio sin que sorprendentemente ninguno de los dos le dijeran nada teniendo en cuenta el ligero altercado que montó el domingo al querer hacer una visita al líder ANBU, Sasuke Uchiha.

Bajó por las escaleras que llevaban al subterráneo seguida por todas las miradas cubiertas con máscaras animales, que se asomaban por los umbrales de las puertas siguiendo detenidamente a la Mitarashi, que ignoró el estúpido comportamiento de esos individuos. Aún no entendía como Kakashi podía pertenecer a ese círculo de psicóticos.

El pasillo estaba prácticamente a oscuras de no ser milagrosamente por la ligera luz que emanaba de las velas que estaban colgadas en ambas paredes de la extensión de éste. A lo lejos, ella pudo ver claramente la puerta de entrada a la sala de interrogatorios y, cómo no, un hombre que le era realmente familiar.

—Deja de mirarme con esa cara de peo y sonríe al volver a ver a tu kunoichi favorita, Ibiki—saludó la mujer de cabello morado parándose al lado del interrogador más famoso de Konoha para después darle un contundente pero amistoso golpe en el hombro, sin que él se inmutara ante el acto de su vieja compañera de trabajo.

—Hola Anko— después de un suave suspiro, la seria y masculina voz del interrogador más famoso de la Konoha se hizo notar ganándose la satisfecha sonrisa que se dibujó en el infantil rostro de la Mitarashi.

— ¡Me encanta tu entusiasmo, Ibiki! ¿Sabes? Siempre he pensado que el papel de cuidador en la guardería te habría venido de lujo, y más con esas cicatrices en tu carota y ese pañuelo de pirata tan chulo que siempre llevas. A los niños les hubieras encantado. —el comentario de la mujer junto con sus manos gesticulando al aire entró por una oreja del hombre y salió por la otra, pues ya habían sido muchos años trabajando al lado de Anko y escuchando ese tipo de comentarios que sólo ella podría decir a un cargo superior.

—No has cambiado para nada, niñita. De verdad que compadezco a Kakashi—comentó el interrogador a posta para que ella escuchara el comentario, aunque lo único que hizo fue incrementar la altanería con la que Anko solía mostrar cuando estaba con él.

—Bah, Kakashi se lo pasa pipa conmigo en todos los sentidos. Ese hombre no podría haber tenido más suerte. —contestó la pelipúrpura apoyándose en una de las paredes del pasillo, cruzando sus brazos a la espera de no sabía qué.

—Me parece que has sido tú la afortunada de encontrarlo a él, Mitarashi. —le corrigió el shinobi esbozando una media sonrisa mientras metía una de sus manos en el bolsillo de su oscura gabardina.

—Ibiki, eres un caso perdido. Ya va siendo hora de que aprendas que sois los hombres los que debéis sentiros afortunados en que una mujer se fije en vosotros. De hecho, sin nosotras sois…mmm…un palo sin dangos, es decir, una mierda —la sonrisa no se borraba de su astuto rostro acompañado de ligeras risillas.

—Me voy a callar—Ibiki sabía que si le seguía el juego no habría fin. Además, ese no estaba siendo uno de sus mejores días, por lo que la paciencia se le estaba agotando.

El pasillo seguía casi a oscuras pero cualquier ANBU podía percatarse de las sonoras carcajadas que provenían de éste, haciendo eco en todo el corredor. Aún así, estas quedaron interrumpidas debido a la constante e incómoda mirada que Ibiki le estaba lanzando a la pelimorada, que finalmente cesó su aparentemente feliz humor a uno un tanto más serio y centrado.

—Anko, tú sabes que no debo dejarte entrar aquí ¿verdad? —soltó el interrogador sin apartar sus oscuros orbes de la kunoichi.

—Lo que debes no siempre está ligado a lo que puedes, compañero. —Anko sabía perfectamente que se le estaba prohibido estar en ese pasillo, más aún cuando dentro de la gran sala estaba un individuo a punto de ser interrogado.

—Sasuke Uchiha no se anda con chiquitas si alguien desobedece una de sus ordenes, y no lo digo porque me intimide simplemente…es un gran líder y se merece algo de lealtad. —el comentario hizo reír a la Mitarashi, aunque sus orbes reflejaban cierta chispa de rebeldía.

—A ese gusano aún le quedan un par de años para terminar de ganarse la confianza de toda la villa. Y aunque yo no tenga nada en contra del chaval, me importa bien poco lo que tenga que decirme. —borde como ella sola contestó al shinobi, que sonrió ante el comportamiento de ella.

—Escucha niñita, tal vez fuera casualidad que aquellos hombres fueran al Bosque de la Muerte. —el interrogador intentaba restarle importancia a un hecho al que Anko interpretaba como fundamental e importante para ella. Al fin y al cabo había atentado contra un integrante de su familia.

—Ibiki, ¿entiendes que no puedo quedarme de brazos cruzados cuando han intentado secuestrar a mi propia hija? Necesito hablar con ese miserable. —la paciencia se le estaba agotando y no podía perder más tiempo.

—Vas a ponerte nerviosa y podría correr el riesgo de que terminaras con su integridad física. Anko, no puedo dejarte entrar. —se negó el hombre de cicatrices cruzándose de brazos y situándose delante de la puerta de la sala de interrogatorios.

— ¡No voy a hacerle nada…aún! Pero es vital para mí hablar con él. Quiero saber porqué vinieron a por Nomi y quien les dio la orden, porque no me creo que por sí solos tomaran esa decisión. —dijo la ojicaramelo intentando no sulfurarse, pues sabía de sobra que si se enzarzaba con Ibiki no le dejaría pasar.

—Deja de sacar conclusiones por ti misma si no estás segura de nada, Anko. Insisto en que-

—Cinco minutos…dame cinco minutos para hablar con él.

Pocas veces por no decir nunca, Ibiki había visto la desesperación que asolaba a Anko por una situación como esa. A pesar de eso, entendía que su compañera estaba preocupada por el bienestar de su familia, de hecho, nunca hubiera imaginado que ese sentimiento tan protector aflorara de ella hasta tal punto.

El silencio reinó durante unos segundos, los suficientes como para que Ibiki pudiera meditar su decisión de dejar o no entrar a la kunoichi en la sala. Los orbes caramelos de la mujer reflejaban la poca luz de la vela que se encontraba a su lado iluminando el pasillo haciendo que las ganas de tener algo de información sobre lo ocurrido llegara finalmente al entendimiento del shinobi.

—Cinco minutos, ni un segundo más.

La cadena que cerraba la puerta cayó al suelo chocando contra este y produciendo un rápido y seco ruido metálico. A continuación se abrió lentamente la gruesa y pesada puerta también de metal dejando pasar a Anko dentro de la sala. Ésta se cerró a sus espaldas. Entonces analizó cada detalle con sus avispados orbes color caramelo.

La sala estaba casi a oscuras, de no ser por el fluorescente que se encontraba colgando del techo, justo en el centro donde también había una mesa cuadrada de madera. En la sala no había ninguna estantería, ni ningún aparato de tortura dando a entender que lo único peligroso con lo que se debía tener cuidado eran con las habilidades de los interrogadores a la hora de obtener respuestas.

A un lado de la mesa se encontraba la silla que aguantaba el peso de cierto individuo cabizbajo, con una mordaza en la boca y con grilletes en sus pies y muñecas. La ropa que llevaba era la misma con la que apareció en el Bosque de la Muerte, de la misma manera que sus heridas, no dejaban de ser las que había adquirido en el combate.

Después de suspirar hondo y sin hacer ningún sonido, la Mitarashi se encaminó con pasos fuertes y decididos hacia la mesa, rodeando sin vacilar la silla donde se encontraba el preso, observando sin apartar su fija mirada la figura del hombre. Una vez situada enfrente del sujeto no pudo por menos hacer una mueca de rabia y molestia al tener que ver la cara del miserable que había intentado secuestrar a su hija.

Sacándola de sus pensamientos, una sonrisa burlona intentó expresarse moviendo la mordaza que cubría la mayor parte de la boca del ninja. Su cabeza lentamente fue levantándose hasta encontrarse con la cara de pocos amigos de la Mitarashi, que procedió a quitar sin cuidado aquello que vetaba la palabra del hombre.

— ¿Aún sigues enfadada? —apenas pudo articular palabra debido a la repentina tos que lo atacó.

—Porqué vinisteis a Konoha—sonó muy seria, demasiado como para ignorarla. Se propuso mantener la calma para que no entrara Ibiki y la echara de la sala, prohibiéndole la entrada una vez más.

— ¿Te gusta la vida que llevas aquí en Konoha? —ver a la Mitarashi fruncir el ceño satisfizo al shinobi de ese modo causándole otra risotada burlona. Aún así, el humor negro del hombre fue roto en mil pedazos en el momento en que la palma de la mano de la kunoichi golpeó fuertemente la mesa.

—No estoy aquí para perder el tiempo. Responde a mi pregunta, porqué vinisteis a Konoha. —insistió la pelimorada acortando distancias con él de ese modo quedando a un par de centímetros del rostro del preso pudiendo sentir su tranquila respiración y el deje de sorna con el que la observaba.

—Por fin después de la Guerra Ninja volvió la felicidad a la Villa de la Hoja, incluso tú, siendo una asesina, has logrado obtener ese privilegio. Aunque también podrías haberlo logrado de otro modo más rápido como…mmm… ¿seguir matando y volverte más fuerte? De pequeña se te daba genial—el hombre de alguna manera sabía cómo descomponer a la mujer, que sentía cómo su sangre hervía después de ser bombeada por su furioso y alocado corazón.

—No volveré a repetirlo ¡Porqué vinisteis a Konoha! —la voz de la kunoichi se elevó haciendo que resonara por toda la sala. No estaba entendiendo nada de lo que ese desquiciado le estaba diciendo, lo único que quería eran respuestas coherentes y, si no cambiaba de táctica, le dominaría en su terreno de juego.

—Sólo voy a decirte que a partir de ahora las cosas van a cambiar y como te descuides, Anko Mitarashi, vais a acabar sin ganas de vivir tú y todos los que te rodean. —ese hombre, a diferencia de la pelimorada, sabía lo que estaba diciendo y Anko ya había perdido la paciencia con esa estúpida e incoherente amenaza.

— ¿¡Crees que ese tipo de advertencias me dan miedo!? ¡Porqué vinisteis a Konoha y quién os envía! ¡Porqué fuisteis tras esa niña! —la mujer lo agarró por el cuello de su desgastada camisa sin preocuparse de hacerle daño. Estaba encabronada y por mucho que quisiera camuflar ese sentimiento le era absolutamente imposible. Las ganas de saber eran superiores a su propio control y apenas podía reprimir las ganas de acabar con ese impresentable.

—La niña era igual que tú cuando tenías su edad. Astuta y engreída…una fiera.

Fue lo último que dijo, pues un fuerte puñetazo se incrustó en una de las mejillas del interrogado haciendo que este cayera de la silla hasta estamparse bruscamente contra el suelo. Al voltear su aturdida mirada hacia el rostro de la ojicaramelo pudo percatarse de lo colérica que se estaba mostrando. Su mandíbula apretada con fuerza, casi enseñando los dientes mientras que su intimidante y violenta mirada se clavaba en lo más profundo del hombre.

—Responde si no quieres despedirte ahora mismo del mundo—con un solo brazo lo levantó del suelo, empotrándolo contra una de las paredes de la sala y provocando que otro ataque de tos se apoderara durante unos segundos de su voz.

—Ya veo que todo lo arrelas con golpes y ataques a quien no se lo merece. Eso es todo lo contrario a lo que te enseñó tu maestro, ¿dónde ha quedado tu criterio?

Ya no soportaba más a ese hombre, no estaba consiguiendo ni una maldita respuesta de lo que le interesaba, solo estaba recibiendo palabras que no entendía y que no tenían relación alguna con sus preguntas, aparte de gastar el tiempo que Ibiki le había ofrecido para conversar con el ninja. Además, hacía rato que había colmado el vaso de la poca paciencia que la caracterizaba.

Otro de sus puños llegó a parar al rostro del shinobi haciendo que este volviera a caer al duro y frío suelo de la sala. Acto seguida ella también se puso de rodillas, quedando imponente y sin dejar escapar al hombre. Entonces, sus puños fueron viajando constantemente a gran velocidad y con contundencia hasta el rostro del ninja, que apenas podía descansar desde el último golpe.

— ¡Responde a mis preguntas, miserable! ¡Porque queríais llevaros a la niña y quien coño os envía! ¡Vamos, dímelo, desgraciado! —se sentía tan frustrada alno obtener nada de lo que había ido a buscar que lo único que le reconfortaba en ese fracaso de interrogatorio era poder calmar una pequeña parte de sus ansias.

La potente y poderosa voz de la Mitarashi era obvio que no quedaría sellada entre las cuatro paredes de la pequeña sala de interrogatorios, pues los furiosos gritos seguro que atravesarían sin problema el hormigón de éstas. Prueba de ello fue el poco tiempo que tardó Ibiki Mohrino en abrir la puerta y separar rápidamente a su compañera del ninja, que apenas podía atrapar pequeñas bocanadas de aire.

— ¿¡Pero se puede saber qué coño te pasa, Anko!? — a la vez que con cierto tono alterado le pedía explicaciones de lo que acababan de ver sus ojos, Ibiki estampó con la fuerza suficiente a la kunoichi contra la pared para dejarla sin opciones y que se calmara, o al menos que lo intentara.

La pelipúrpura no pronunció ni una dichosa palabra, sólo se podía escuchar su acelerada respiración demostrando de ese modo lo alterada que se encontraba, haciendo que los músculos de su tórax subieran y bajaran a un ritmo relativamente rápido mientras que la mandíbula seguía apretada con fuerza. Su mirada ardía de enfado, incluso Ibiki tuvo que parpadear para acostumbrarse a los intimidantes orbes de la kunoichi.

—Anko, que has hecho...tú no sueles interrogar de esa manera, o al menos cuando vas todavía por el principio. —el veterano interrogador le susurró por lo bajo, pero la Mitarashi lo único que hizo fue desviar su colérica mirada hacia el preso, que seguía en el suelo aturdido y confuso.

—Él se lo ha buscado—la única respuesta por parte de Anko puso nervioso a Ibiki, que la zarandeó levemente intentando buscar algo de coherencia a la repentina situación.

— ¿Qué se lo ha buscado? Me parece que la que se va a buscar problemas eres tú como sigas actuando así de imprudente. Sasuke está a punto de-

— ¡Me importa una mierda lo que piense, diga o haga ese gusano! He venido a buscar respuestas y no me voy a ir de aquí hasta tenerlas, ¿¡estamos!? —Ibiki se llevó una mano a la cabeza al preguntarse por qué diablos esa mujer no hablaba más flojo.

La puerta volvió a abrirse y esta vez no fue alguien cualquiera quien se pasó por ella. El líder ANBU no dudó en cruzar la entrad a la sala donde se encontraban el y la supuesta interrogadora. Ibiki volvió su rostro al Uchiha, que se quedó observando el panorama e imaginando qué era lo que había ocurrido, que de hecho no le sorprendía lo más mínimo.

— ¿Puedes salir de aquí, Mitarashi-san? —el pelirebelde se quedó mirando a la kunoichi esperando una respuesta afirmativa por su parte, aunque eso sólo era un deseo, y Sasuke sabía que los milagros no existían en ese tipo de situaciones y menos en una persona tan peculiar como lo era esa mujer.

—No me sale del coño—con toda su soltura lo dijo y se quedó más ancha que Castilla para después cruzarse de brazos en señal de negación y rebeldía.

—Pero mira que eres ordinaria—de nuevo Ibiki se llevó una mano a la cabeza al escuchar lo poco respetuosa que era su compañera con el líder de los escuadrones ANBU, que omitió comentarios ante la primera respuesta de la pelimorada.

—Necesito hablar contigo, es importante. Acompáñame afuera, por favor. —pidió de buenas maneras el ojiazabache, pues lo último que quería era discutir con la mujer de fuerte carácter.

—Mira gusano, no tengo tiempo que perder. Tengo que hablar con este desgraciado ahora si quiero sacar algo de provecho del día, ¿entiendes? No vivo para que las cosas sean monótonas. —respondió la Mitarashi molesta por su frustrante interrogatorio y por la irrupción del líder ANBU en la sala.

—No te arrepentirás de escucharme. Te interesa. —Sasuke dio media vuelta y salió de la habitación dejando a una curiosa kunoichi entre la espada y la pared, o bien seguir con el interrogatorio o atender al Uchiha.

Anko suspiró sonoramente y finalmente comenzó a caminar hacia la puerta dando la espalda a Ibiki, que dio gracias a Kami-sama por llevarse a esa loca del lado del preso. Aunque él sabía que eso no terminaría ahí, pues conocía demasiado bien a la ojicaramelo como para saber que no desistiría en obtener al menos una de sus múltiples preguntas.

La Mitarashi caminó por toda la extensión del pasillo por el que había llegado a la sala, para después subir las escaleras metálicas y llegar al vestíbulo del edificio ANBU. Ahí la esperaba Sasuke, que al percatarse de que ella seguía sus silenciosos pasos, reanudó la marcha hacia afuera del edificio, de ese modo parándose enfrente de una de las entradas al Bosque de la Muerte.

—Si piensas que llevándome afuera del cuartel vas a impedir que vuelva a entrar estás bien equivocado. Por tu culpa y la de Ibiki no he podido terminar con el asunto que tenía entre manos, así que más vale que te des prisa. —Anko advirtió al pelinegro de que sus intenciones en volver a la sala no habían desaparecido, aunque Sasuke simplemente se quedó mirándola fijamente para después suspirar hastiado de su comportamiento.

—Anko, deberías relajarte un poco. Estás demasiado tensa por todo esto, ¿no crees que tendrías que pararte y pensar un poco en cómo dar el próximo paso? —el poseedor del Sharingan eterno desvió su mirada hacia el cielo anaranjado por el atardecer, aunque no podía apreciarlo por completo debido a los frondosos y grandes árboles que se extendían.

— ¿A ti también te ha dado por hablar en plan filosófico? Ya me ha bastado con las sandeces que soltaba ese impresentable, así que no me jodas tú también. —la pelipúrpura no entendía qué les había pasado a los hombres ¿acaso creían que hablando de ese modo eran más interesantes?

—En fin…tengo algo que puede serte de gran interés, al fin y al cabo yo no puedo usarlo debido a mi incompatibilidad con el chakra de Orochimaru.

Lo último captó casi toda la atención de la kunoichi, que miró directamente a los orbes oscuros del Uchiha mientras fruncía el ceño al no entender qué quería decirle.

—Encontré esto en una de las guaridas de Orochimaru, exactamente en la que lo maté. Lo tenía encima de su mesa de noche.

El Uchiha introdujo una de sus manos en el interior de la prenda que llevaba arriba, para después tender a la kunoichi lo que parecía ser un libro. Las tapas de éste estaban viejas y desgastadas, y las hojas ya habían adquirido un tono amarillento, aún así no se debía juzgar su contenido sólo por las apariencias.

—Qué es esto, por qué me lo das a mí—exigió saber la Mitarashi abriéndolo por la mitad, y sorprenderse por el contenido de éste.

—Creo que tú le darás un mejor uso. —respondió con total serenidad y tranquilidad el líder ANBU observando lo que parecía ser sorpresa reflejada en los orbes color caramelo de la mujer.

—Uchiha…esto es kinjutsu, sabes que no podemos usar este tipo de técnicas secretas. De hecho, a mí me las prohibieron cuando me escapé de Orochimaru. ¿Quieres que me metan en la cárcel otra ve z? —ante esas palabras, Sasuke rio por lo bajo dejando a una Anko descolocada por el repentino humor del ojiazabache.

— ¿Acaso vas a negarme que desde entonces no has vuelto a usar kinjutsu? Anko, no me hagas reír. Sé que el noventa por ciento de tus técnicas ocultas es puro kinjutsu que te enseñó Orochimaru, algo que está prohibido y penado por la ley de Konoha y las demás villas. —el pelirebelde no dejaba de hablar con coherencia haciendo sentir a la kunoichi un tanto cohibida, pero esa desagradable sensación se fue al garete en cuestión de segundos.

—Si estás haciendo el intento de amenazarme mejor prueba con otra cosa. Además, tú tampoco puedes negarme que lo sigues usando, vengador. —la Mitarashi ojeaba el libro con una media sonrisa socarrona en su rostro, aunque cansada de pasar páginas sin leerlas le provocó una sensación de aburrimiento, por lo que se dijo a sí misma que ya lo miraría todo con más detenimiento en su casa, por lo que cerró el libro de un golpe.

Pasaron unos minutos de absoluto silencio, sólo se escuchaba los tétricos sonidos que provenían del Bosque de la Muerte junto con el agradable choque de las hojas de las copas de los impresionantes árboles que lo conformaban. Anko amaba esa sensación y la brisa que corría la hacía sentir mejor, aunque tener al poseedor del Sharingan Eterno contemplando el libro que esta vez ella cargaba bajo su brazo le ponía un tanto inquieta.

—Bueno, si no hay nada más que cotorrear yo ya me voy, gusano —comentó la Mitarashi con la intención de dar por terminada la conversación.

—Dile a Kakashi de mi parte que me visite mañana a mi despacho a primera hora. —pidió el pelirebelde con su tono de voz habitual, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón.

— ¿A primera hora? ¡No seas tocapelotas! Déjalo descansar, que ya bastante tiene con llegar cada día tarde a casa. —finalizó diciendo con un deje de lástima en su voz a la vez que volteaba para marcharse.

—Hoy ha tenido día libre.

— ¿Y? Quién sabe si hoy se irá a dormir tarde. —con eso y el tono en el que lo había dicho, Anko ya dio a entender que esa noche en casa de los Hatake habría exceso de energía, y Sasuke prefirió no seguirle la corriente porque lo más seguro era que él llegaría a casa con intenciones parecidas a las de la Mitarashi.

La pelimorada se hizo paso entre los arbustos con la intención de cruzar el Bosque y así llegar al otro lado, que era donde se encontraba Konoha, justo las vallas que rodeaban la arboleda y aquellas que se abrían para dejar paso a los Gennin a la hora de realizar la segunda prueba de los exámenes Chunnin.

—Por cierto, que me vaya ahora no significa que no vuelva mañana para volver a interrogar al desgraciado que tenéis en la sala. Tenlo en cuenta, Uchiha. Así que ni se te ocurra ponerme ningún impedimento porque me lo voy a pasar por el forro. —así de claro dejó la kunoichi con autoridad antes de desaparecer, dejando a Sasuke sin opción a responderle. Aunque tampoco es que pudiera haber dicho mucho, pues sabía de sobra el temperamento con el que esa mujer actuaba.

Su oscuro cabello se alborotó aún más con el bufido que dio el viento de la zona, de ese modo dejando al chico parado más tiempo aprovechando lo agradable que se sentía esa tarde de verano. Para Sasuke aún le resultaba un tanto complicado hablar con normalidad con la gente, pues estaba convencido de que nadie había olvidado todo el daño que en su día propició a sus compañeros, aún así intentaba recuperar aquello que perdió prometiéndose a sí mismo y a su difunto hermano, Itachi Uchiha, que no volvería a cometer ningún error de ese calibre.

Pensó que sería tan difícil…pero quiso intentarlo, y por ello lo logró. La comisura de sus labios comenzó a encorvarse por culpa de una sensación desconocida pero amable, y a su vez satisfactoria. Sasuke se sentía feliz por tener al menos la oportunidad de rescatar la confianza de sus compañeros en él, que por su egoísmo y oscura venganza lanzó al vacío. El shinobi que poseía el Sharingan Eterno no desperdiciaría ninguna oportunidad para volver a ser como antes de irse con Orochimaru.

….

A pesar de que la dichosa luz blanca de la habitación donde se encontraba le molestaba, su padre se rehusó a apagarla. Mintió diciéndole que no le gustaba estar a las oscuras, pero lo cierto era que ella, siendo su hija menor, sabía que la trola que había soltado era tan grande como su casa.

La niña de cabellos morados estaba tumbada en la cama de hospital que le habían conseguido para que se recuperara de sus heridas. Pero lo cierto era que le dolía más el hecho de no haber logrado su objetivo que las magulladuras en sí. Se sentía tan mal, una sensación amarga que no podía reprimir por mucho que o intentara.

Desvió su decepcionada mirada hacia la ventana intentando entender qué era lo que había fallado en su ataque, o más que comprender el qué era mejor preguntarse el porqué de su reacción. Maldecía cada una de las aspas que decoraban la pequeña pero mortífera marca que llevaba en su cuello desde que nació.

—Hija, deja de pensar en ello. Has hecho lo que has podido, y eso es suficiente. —el peliplata seguía sentado en la silla que se encontraba al lado de la cama de Nomi, que no dejaba de expresar una mueca de molestia mezclada con fastidio.

—Papá, iba a ganar, y lo sabes. Sólo que no pude hacer nada cuando esta cosa comenzó a dolerme ¡No puede hacer nada! —la ojiazabache se reincorporó y, a pesar del dolor de los malditos golpes, no se volvió a recostar. Kakashi se preguntaba por qué la niña no podía estarse quietecita, o tal vez sí lo sabía. Hija de Anko Mitarashi, no había otra explicación coherente.

—Nomi, sabes que no puedes sobre esforzarte con el tema del chakra, y hoy lo has hecho. Entonces es normal que el sello se haya rebotado. —finalizó posando su mano enguantada sobre la cabeza de la niña para después alborotarle juguetonamente sus hebras moradas, aunque la Gennin no tardó demasiado en deshacerse de la mano de su padre, pues se la quitó de un manotazo cargado de molestia.

— ¡No me he sobre esforzado, papá! ¡Si no puedo usar chakra entonces no seré una buena kunoichi, porque qué es un ninja sin poder usar su chakra! ¿¡Eh?! ¡No es nada!—en verdad la niña estaba rabiosa consigo misma, y en esos momentos estaba transmitiendo ese coraje con su persona mediante el alto tono de voz que decoraban cada una de sus palabras.

Kakashi la observó durante unos instantes de ese modo percatándose de la furia que se reflejaban en sus oscuros orbes, brillantes y con esa peculiar chispa de enfado. Había momentos en que le recordaba a su mujer, la expresión que Nomi ponía cuando estaba molesta era casi la misma que cuando lo hacía Anko. Pero a pesar de todo eso, el Hatake rezaba para que no fuera tan difícil tranquilizar a la pelimorada, al fin y al cabo su madre aún no sabía que su hija estaba en el hospital.

—Nomi, una persona no tiene el porqué usar chakra para ser un buen shinobi o kunoichi. Mira a Lee o a Gai, ellos dos no-

— ¡No me importa, papá! Yo quiero ser una kunoichi de renombre, importante y…y…y poder hacer técnicas ocultas como las tuyas o las de mamá, pero a este paso lo único que estoy consiguiendo es que todos los de mi clase se rían de mí por no poder hacer nada con mi chakra. —la niña se mantuvo con los puños cerrados apretando las sábanas blancas mientras no dejaba de maldecir para sus adentros lo desastre que era.

—Hija, vales mucho, y ya deja de decir estas tonterías. Vas a conseguir lo que quieras si te lo propones, y estoy seguro que esa marca va a quedar sumisa por tu voluntad. Sólo cuando consigas imponerte sobre ella será cuando por fin hayas ganado su control. —El poseedor del Sharingan se levantó de su silla y, aprovechando la inclinación de su espalda, besó la frente de la niña acompañándolo con una suave y cariñosa caricia su mejilla.

Después de eso, Kakashi posó sus manos enguantadas en ambos hombros de Nomi obligándola a volver a recostarse, pues era imprescindible que descansara. Tsunade le había dicho que era mejor que la niña se quedara esa noche en el hospital para poder cerciorarse de que sus niveles de chakra se habían estabilizado después del ataque.

—Voy a buscar un vaso de agua. Ahora vendré. —el peliplata cerró la puerta, no sin antes observar que su hija le había girado el rostro, para en esos momentos clavar su frustrada mirada en el cristal de la ventana de su habitación. Kakashi prefirió no decirle nada más e irse, tal vez sólo necesitaba estar un rato a solas.

El Hatake recorrió toda la extensión del pasillo pensando en cómo animar más a su mini pelimorada, no quería verla de esa manera, sino que deseaba volver a verla sonreír y, muy en el fondo, casi en las profundidades de su corazón, Kakashi amaba que le hiciera alguna broma o comentario gracioso. Ella junto con Kai eran sus dos tesoros más preciados.

— ¡Kakashi!

¡Ups! Anko también era imprescindible para él, pero… ¿era capaz de leer su pensamiento? Imposible, su mujer sólo era capaz de saber qué cruzaba por su mente si se mantenía a su lado, observando su aparentemente inexpresivo rostro. Le había parecido escuchar su voz, había sonado demasiado real como para que fuera sólo su imaginación.

Efectivamente. A lo lejos del siguiente pasillo pudo ver como una figura más que conocida iba acercándose a toda velocidad, incluso podía oír el ruido de sus zapatos ninja cuando pisaban fuerte contra el suelo del hospital.

—Anko, quieres hacer el favor de calmarte y respirar—aconsejó el peliplata a la mujer, que se encontraba a su lado intentando atrapar oxigeno a grandes bocanadas.

—Nomi—con eso fue suficiente como para que el hombre encontrara el porqué de la angustia de su mujer.

—Tranquila, está mejor que tú y que yo juntos. La he dejado en la habitación un momento mientras yo iba a buscar un vaso de agua.

—Qué ha ocurrido. —sus preguntas eran cortas, pues la ojicaramelo aún se estaba recobrando de la cran carrera que se había pegado después de que Sakura le dijera lo que había ocurrido en el examen.

—Se ve que intentó usar más chakra del que la marca podía soportar, y lo demás ya puedes imaginártelo. —contó el peliplateado observando la preocupación que en ese instante asoló a la kunoichi.

—En qué habitación está.

—305.

—Gracias, voy ahora mismo. Siento no haber llegado antes, pero no sabía que Nomi estaba en el hospital. Al fin y al cabo has tenido que ir tú a verla hacer el examen, a mi no me ha dado tiempo. Espero que no se lo tome mal—comentó Anko cruzando por al lado de su marido después de haber pasado con suavidad su mano por su hombro, dedicándole esa caricia en señal de agradecimiento, contentando de ese modo al shinobi. Era bueno saber que ya no seguía molesta con él.

—Anko, no sé si será mi imaginación, pero ¿le ocurre algo a Nomi contigo? —preguntó Kakashi después de pensarlo varios segundos, evitando que Anko desapareciera de su vista al doblar la esquina del otro pasillo.

—La verdad, no lo sé. Estos días ha estado muy distante conmigo, apenas me decía nada.

La Mitarashi se llevó una de sus manos a la frente apartando varios mechones morados y algo despeinados que caían por su rostro mientras que su expresión de angustia no desaparecía. Kakashi no hizo por menos que observarla con detenimiento, pero esa vez el silencio se había apoderado de la voz de la mujer, que segundos antes había desviado su preocupada mirada hacia un lado, como si se hubiera trasladado a otro mundo.

—Cariño, habla con ella. Tal vez sólo sea nuestra imaginación y Nomi sólo necesite un poco de consolación maternal. —Finalizó Kakashi cerrando su único ojo visible y sonriendo amablemente debajo de su máscara intentando animar a la kunoichi, que le devolvió finalmente la sonrisa.

Antes de darse media vuelta para encaminarse de nuevo hacia la habitación donde se encontraba su hija, la Mitarashi robó inesperadamente sobre la oscura tela que cubría parte del hermoso rostro del hombre un fugaz pero tierno beso, dejándolo así en total desconcierto, o al menos sin palabras hasta que Kakashi logró caer en la cuenta de qué era lo tan genial que acaba de pasarle.

Como acto de coordinación, en el momento en el que Anko abrió la puerta de la habitación donde se encontraba su hija, ésta volteó su rostro hacia su progenitora. Aunque el recibimiento no fue el que esperaba, pues la madre se sorprendió ante los detalles de la expresión de su hija.

Sus orbes profundos y del color del azabache estaban un tanto humedecidos junto con las pestañas a la vez que un ligero tono rosado se había apoderado de las mejillas de la niña. En el momento en el que Nomi se percató de que su madre le estaba haciendo un análisis exhaustivo sólo con su mirada, la niña agachó su cabeza intentando esconder todo rastro de las lágrimas que minutos antes habían hecho acto de presencia.

Sin decir nada, la Mitarashi se dirigió hacia un lado de la cama donde yacía la niña y, sin darse el lujo de sentarse de inmediato en la silla, los brazos de la kunoichi se enlazaron cuidadosamente por el cuerpo de la niña de ese modo acogiéndola en un cálido y tierno abrazo. La sorpresa que asoló a la Gennin no pudo por menos volver a crear esa sensación de frustración y tristeza dejando que un ligero sollozo se liberara por su parte.

A continuación, la mujer se sentó en el borde de la cama sin deshacer el abrazo con el que tenía a su hija. Anko sabía de sobra lo que en ese momento estaba sintiendo Nomi, pues en su día ella también pudo palpar la frustración con la yema de sus dedos al tener que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder lograr lo que quería, intentando vencer con su voluntad la fuerza de la Marca de la Maldición.

—Papá te ha contado que perdí, ¿verdad? —con la voz casi quebrantada por los sollozos, la niña de cabello morado por fin pudo articular palabra. Se veía patética y lo odiaba, pero simplemente no podía reprimirse más.

—Sí.

—Pensé que iba a ganar y aprobar el examen para poder examinarme el año que viene a Chunnin, pero he fallado…no pude usar chakra y todo se fue al traste por culpa de esto. —escondiendo su rostro en sus manos para después romper a llorar, Nomi Hatake ignoró el dolor que sentía por culpa de los golpes mientras que se veía inmersa en un laberinto lleno de obstáculos de los que no era capaz de escapar.

—Nomi, me mentiste en el bosque.

La niña levantó su mirada esta vez interrogativa para después dirigirla a su progenitora, que sintió como una aguja se clavó en su pecho en el momento en el que vio la cara de tristeza de su hija, la impotencia que sentía al no poder sentirse orgullosa de su logro. Aún así Anko intentó no llevarse por las emociones, pues sabía que si lo hacía no sería capaz de hablar con claridad.

—Cuando te pregunté si el Sello te había dolido durante tu combate contra aquellos tres ninjas me negaste con la cabeza. Me mentiste.

Entonces se había dado cuenta, prueba de ello fue la inconsciente pero clara respuesta de la niña, pues desvió su mirada intentando evadir a su madre de ese modo dándole la razón. La había cazado.

—Tú sólo te preocupas por mí si sólo me duele la marca. —musitó la niña por lo bajo pero llegando a entrar las palabras por el fino oído de la Mitarashi, que se sorprendió ante lo que acababa de decir su hija.

— ¿Cómo dices? No entiendo lo que quieres decir, Nomi—decía la verdad, no entendía ni una palabra de lo que le había dicho. Parecía ser que aquel día o todo el mundo se había puesto de acuerdo para hablar con códigos o era ella que no lograba pillar las indirectas.

— ¡A ti sólo te importa mi Marca de la Maldición! ¡En el bosque ni me preguntaste si estaba bien, sólo te interesaste por la posible activación del sello! Mama…incluso Sakura-san en su casa me preguntó si me dolían mucho los golpes que tenía. —el tono de voz se alzó transmitiendo lo mucho que le había afectado ese detalle, mientras que Anko observaba la mueca de decepción que se había reflejado en el rostro de la niña.

Y por mucho que quisiera negarlo, no podía. Anko sabía que Nomi tenía razón y eso la hizo darse cuenta de lo estúpida que se había comportado este día. Para comenzar sólo se había preocupado por el sello antes que su propia hija, y por último se había amargado la tarde con el fracaso de su interrogatorio cuando en verdad tendría que haber ido a ver los combates de sus hijos tal y como les prometió.

Así que ese era el motivo por el cual su hija se había comportado extraño con ella desde el día que ocurrió todo el altercado en el Bosque de la Muerte. Anko medio sonrió a pesar de que se sentía una idiota por romper su promesa y por volver a obsesionarse con la marca que en su día la llegó a despertar cada noche acompañada de sus mayores temores.

La ojiazabache observaba a su madre intentando leer lo que en ese momento se le estaba pasando por la cabeza tal y cómo su madre hacía con ella, pero era muy difícil interpretarlo, así que prefirió olvidarlo y mantenerse quieta hasta que se decidiera a hablar. Nomi estaba molesta con su madre y aunque fuera uno de sus modelos a seguir como persona, esta vez la había decepcionado.

Pasó sus manos por su rostro limpiándose las patéticas lágrimas que la habían hecho sentir durante unos instantes como el ser más débil que había pisado la Tierra. Pero al intentar recobrar la compostura, se vio atraída de nuevo hacia el cuerpo de su madre mediante otro sorprendente abrazo. La calidez y el cariño que se llegó a desprender de ese mimo despertaron en la niña pura debilidad por corresponder la caricia de su progenitora.

—Perdóname, Nomi. He llegado a olvidarme de todo y sólo vivir para vencer a la Marca de la Maldición. Soy una tonta y una desconsiderada al pensar que eso era lo que te hacía más daño, cuando en realidad lo único que querías era tenerme a tu lado. Lo siento, hija. Prometo que no volverá a ocurrir.

Anko por fin se dio cuenta que para que la voluntad de su hija pudiera vencer al sello Maldito ella debía permanecer a su lado y ayudarla a enfrentar ese miedo de ese modo venciendo cualquier obstáculo que se cruzara por su camino. Por otra parte Nomi comprendió que necesitaría la ayuda de muchas personas para lograr lo que realmente deseaba: ser una kunoichi de renombre como Naruto-san.

—Mama, yo…—la ternura del abrazo que Anko le dedicó a la pequeña perforaron cada uno de los desagradables sentimientos que en esa tarde la asolaron, dejándola en un estado realmente incómodo.

Siempre había escuchado la típica cita "Los shinobis no muestran sus sentimientos ni emociones", pero aquello no era lo que la niña deseaba, sino todo lo contrario. Nomi Hatake pensaba que dominando los sentimientos y tal vez insinuando alguno de ellos se podía llegar a obtener cualquier cosa que un ninja se propusiera. Prueba de ello eran los logros de los antiguos Hokages de la Konoha, llegando a salvar su Villa de las garras del mal. Por eso ella expresaría lo que sentía en ese instante.

—Mamá, te quiero. —por fin la pelimorada devolvió el achuchón a la que le había dado la vida mientras enterraba su rostro en el regazo de la misma, buscando el amparo que desde hacía rato había necesitado tanto como el respirar.

Al otro lado de la puerta de la habitación se encontraba un sonriente peliplateado con su vaso de agua en la mano. Observó la brillante luna que se mostraba ante él por el brillante cristal de una de las ventanas del largo pasillo. La noche por fin llegó a vencer los débiles rayos anaranjados que habían dado calor durante toda la tarde, pero la concentración del shinobi se desvaneció en el momento en que su atención quedó captada por el taconeo que se acercaba donde él estaba.

—Tsunade-sama, ¿ocurre algo? —se mostró interesado el hombre cuando la mujer de rubio cabello se situó enfrente suya.

—Pues sí, necesito hablar contigo de un asunto que me está preocupando. —comentó la antigua Hokage observando con seriedad al ojiazabache, que simplemente asintió con su cabeza.

Alejados esa vez de la puerta 305 y con la ligera luz que emanaba de uno de los fluorescentes como testigo, Tsunade comenzó su explicación bajo la atenta atención del hijo del Colmillo Blanco.

—Kakashi, están ocurriendo cosas un tanto extrañas y algo coincidentes. Como si el que lo estuviera haciendo pretendiera algo mucho mayor. —Tsunade dejó los papeles que llevaba en la mano sobre una de las sillas del pasillo para después cruzarse de brazos.

—Mm…no la entiendo, Tsunade-sama. ¿Qué tipo de cosas?

—Kakashi, están apareciendo cadáveres de personas totalmente campechanas, trabajadores normales alrededor de Konoha. Hoy mismo he ido a analizar el cuarto. —desveló la mandataria del actual Hokage mostrando cierta incertidumbre en su mirada, algo no encajaba en sus laberínticas suposiciones.

— ¿Cadáveres alrededor de Konoha? ¿Naruto está al tanto de ese detalle? —inquirió de nuevo el peliplata metiendo ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

—Sí, y Sasuke Uchiha también. Pero lo que realmente me preocupa no es el hecho en sí de que los encontraron por los alrededores de la villa, sino que la manera de morir que tuvieron creo que fue muy similar, por no decir igual. —explicó la mujer de gran busto con un toque de misterio y suspense en su voz que dejaba al Hatake con ganas de saber más.

—Maneras de morir similares…mm…—el hombre rumió varias posibilidades para empezar con una investigación, pues con tres cadáveres ya era necesario ponerse manos a la obra.

—Tsunade, ¿no deberías descansar? —una familiar y femenina voz hizo acto de presencia llamando la atención tanto de la ojimiel como del ninja, que sonrió debajo de su máscara al observar que se acercaba su mujer al corrillo.

—Anko, deberías seguir llamándome con el "-sama", es de muy mala educación por tu parte no mostrar ese tipo de respeto. —reprendió al mujer de dos coletas a la kunoichi, que sonrió a base de una gran carcajada.

—Tsunade, Tsunade…el gusano del Uzumaki te ha quitado el puesto de jefazo, así que se acabó todo ese rollo. Asúmelo. —la Mitarashi también cruzó sus brazos en señal de satisfacción ante la reacción de molestia de su antigua Hokage.

—Eres una sinvergüenza y una maleducada, Anko. Se te tendría que caer la cara de vergüenza hablar así a tu superiora. —riñó la rubia para después ignorar a la pelimorada, que sonrió aun más.

—He aprendido de la mejor. —devolvió la pelota la pelipúrpura guiñando un ojo a Tsunade, que tuvo que aguantar el porte para no terminar zarandeando a esa kunoichi. Además, no tenía tiempo para seguirle el juego a una de sus mujeres maduras, por lo que terminó ignorándola.

—Bueno Kakashi, lo dicho. Os podéis marchar a casa, las enfermeras se quedarán cuidando a tu hija. Mañana por la mañana misma podéis venir a buscarla. —terminó diciendo la doctora reanudando la marcha no sin antes observar de reojo al shinobi, que entendió el mensaje oculto.

— ¡Tsunade! —Llamó cierta kunoichi esta vez adoptando un ligero tono de preocupación en su voz— ¿Estará bien? No me fio de ninguna enfermera, prefiero quedarme yo.

—Anko, tú vete a tu casa y descansa, que lo que ha llego a mis oídos sobre un interrogatorio improvisado no debería pasarlo por alto, pero lo voy a hacer porque ya no quiero buscarte más problemas. Así que hazme caso y lárgate a tu casa antes de que cambie de opinión. ¡Ale! buenas noches a los dos—Con eso último Tsunade les dio la espalda y desapareció del pasillo.

Por mucho que le costara admitirlo, Anko sabía de sobra que Tsunade podía enviarla en un santiamén a hacer misiones extras como señal de castigo por su mal comportamiento en el interrogatorio que esa tarde tuvo con el mamarracho que atacó a su hija. Además, la ojicaramelo era una Tokubetsu Jonnin experta en ese tipo de cosas, por lo que podría llegar a perder el título si volvía a actuar con tanta imprudencia, porque siendo realista, no había pedido permiso a nadie para poder interrogar a ese ninja.

Después, Anko y Kakashi se despidieron de su hija menor alegando que por la mañana irían a buscarla, aunque a Nomi no le desagradó la idea de quedarse en el hospital por la noche si era Tsunade quien cuidaría de ella. Al fin y al cabo sería divertido gastarle alguna que otra broma a su "Chacha Tsuni".

El matrimonio salió del hospital y, antes de llegar a su dulce y añorado hogar, se pararon por el Ichiraku Ramen para cenar unos fideos instantáneos, ya que a decir verdad la Mitarashi avisó al Hatake de que si llegaban a casa no le apetecería entrar en la cocina y ponerse a preparar algo para llenar sus estómagos.

— ¿Interrogatorio improvisado? —soltó al aire el peliplata sintiendo como la brisa chocaba contra su rostro y ya de paso pillando desprevenida a la ojicaramelo, que rio con nerviosismo al no saber qué decir al respecto.

— ¿Interrogatorio improvisado? ¿De qué me estás hablando, Hatake? —como era de esperar no había nada mejor que responder una pregunta con otra pregunta.

Los dos estaban dando un paseo de camino a casa, tranquilamente y sin prisas por lo que Kakashi aprovechó el momento para conversar con su mujer de lo que parecía ser un asunto del que él no era consciente.

—Tsunade-sama dijo algo de un interrogatorio no oficial… ¿ha pasado algo que yo no sepa? —volvió a preguntar el shinobi observando esta vez directamente a la mujer, que por fin encaró al ninja.

—Kakashi, no ha pasado nada que sea tan preocupante, te lo aseguro. Además…no seas pedorro y disfruta de este paseo, que ya hacía tiempo que no estábamos los dos solos. —cambió de tema la kunoichi achuchando con cierta fuerza el brazo de Kakashi, que no hizo nada para impedir el agarre.

—Tienes razón, hacía ya tiempo que no pasábamos un par de horas tú y yo juntos. El trabajo nos ha ahogado a los dos. —dio la razón el peliplateado a su mujer mientras la acercaba más a él aprovechando que ella lo tenía atrapado de por el brazo.

Los dos ninjas dieron un agradable paseo por la villa hasta la mansión Hatake, que se encontraba a las afueras de Konoha, aún así el camino que llevaba a la casa estaba iluminado por las farolas que en su día Anko exigió al actual Hokage que pusiera y, a pesar de que al principio el rubio se negó debido al escaso presupuesto, éste cambió de opinión en el preciso instante en que un afilado kunai sobrevoló a unos centímetros del zorruno rostro del chico. Entonces fue coser y cantar, y en dos días estuvieron las farolas instaladas en el camino a la mansión de los Hatake.

Por fin llegaron a su dulce hogar y, después de hacer caso al cánido que les vino a saludar, Anko y Kakashi entraron en la casa.

— ¿Sabes qué había pensado? —la manera en que Kakashi se dirigió a la Mitarashi hizo que ella adivinara las intenciones del hombre, pues lo conocía mejor que su propia sombra, por lo que ella volteó de inmediato para recibir unas grandes y cálidas manos sobre su rostro.

—Mm…no sé, piensas tantas cosas diferentes a lo largo del día que no se me ocurre lo que debe estar pasando ahora por tu depravada mente, Hatake. —respondió con burla la pelimorada a sabiendas de lo que en verdad deseaba su marido, pues era suficiente en observar el brillo especial que destilaban sus oscuros y profundos orbes.

Él rio ante lo que dijo la Tokubetsu Jonnin antes de apresarla posesivamente entre sus firmes brazos de ese modo dejándola con pocas opciones para evitar que la situación fuera a peor…o a mejor, porque ambos anhelaban tener su momento de intimidad sin que nadie les interrumpiera.

—Me gustaría que me recordaras lo bien que lo pasamos la última vez que los dos compartimos bañera. —susurró el hombre muy cerca del oído de la mujer, que se estremeció al sentir su cálido aliento a pesar de la máscara que aún cubría la mitad del rostro del ninja.

—No te voy a decir que no, pero si tanto lo quieres tendrás que preparar tú el baño, Kashi. —aclaró la ojicaramelo guiñándole un ojo y, por la mueca que el Hatake dibujó, una sonora risotada se oyó en la sala por culpa de la mujer.

Después de un corto beso por parte del ojiazabache, éste se dirigió enérgicamente escaleras arriba a empezar con el único detalle que haría de esa noche una muy especial: llenar la bañera de agua. Al fin y al cabo era una tarea fácil para un ninja de élite como él. Mientras tanto Anko se quedó en el piso de abajo sentada en su cómodo sillón esperando la señal del pervertido que tenía como marido, aunque a ella en el fondo tampoco le desagradó la idea.

Aún así, la kunoichi se sentía cansada por todo lo que había pasado esa tarde. Era incapaz de olvidar la conversación sin sentido que mantuvo con el hombre que atacó a su hija "¿seguir matando y volverte más fuerte? De pequeña se te daba genial" eran las palabras que no dejaban de resonar con estruendo en la confusa mente de la pelipúrpura haciendo que instintivamente se llevara la palma de su mano sobre la Marca de la Maldición, aquellas jodidas tres aspas del color de la muerte que la habían estado torturando durante años haciéndole la vida casi imposible.

—Anko, recuerda…—se dijo a sí misma la kunoichi intentando organizar los pocos recuerdos que vagaban por su mente, pero le era imposible, nada de lo que ocurrió antes de que Orochimaru le pusiera el sello lograba llegar al consciente de la mujer.

Frustrada, la Mitarashi se levantó del sillón y sin apenas darse cuenta, caminó hacia una de las ventanas del comedor hasta lograr apoyar uno de sus hombros sobre la pared a la vez que su mirada perdida atravesaba sin perdón el reluciente cristal. Anko maldecía cada noche su memoria por no poder ni tan solo palpar un recuerdo de la infancia que pasó con su exsensei , pero sabía que no podía desistir, pues quien sabe las atrocidades que ella, un soldado del Sannin más malvado que había, llegó a provocar en su día.

La Tokubetsu Jonnin zarandeó su ajetreada cabeza con la intención de no dejarse llevar por la rabia y la frustración que en esos instantes estaban aflorando de su interior cuando en su lugar debería estar despertando el ardiente deseo que también sentía por poder pasar una noche singular con su marido.

Calculando que ya quedaría poco para que la bañera se llenara de agua, la kunoichi abandonó con lentitud el comedor para encaminarse escaleras arribas hasta llegar al cuarto de baño. Anko llegó a la conclusión de que era mejor olvidar aunque fuera sólo unas horas los problemas que le azotaban con fuerza para dejar paso a sensaciones mucho más agradables.

—Kakashi, ¿se puede saber qué estás haciendo? —inquirió la mujer aguantándose la risa al observar cómo el Hatake intentaba levantarse del suelo mientas se sobaba la cabeza después del duro golpe que seguramente se habría dado.

—No hace gracia…ush…—se defendió el ojiazabache poniéndose de rodillas para poder recoger las pequeñas velas que había intentado colocar en los bordes de la bañera. Intentando que fuera algo romántico, el Hatake aún sentía que sus dedos ardían por culpa de las quemadura que le habían ocasionado las dichosas velas, pues no esperaba que la cera fuera tan traicionera como para derramarse tan rápido en su mano.

—Te pido que la llenes de agua y ni eso sabes hacer, Hatake. Y así vas, que no se te puede mandar nada ¡Baka! —se burló la mujer contemplando el panorama durante unos instantes, aunque el hecho de ver el agua casi rebosar por los costados de la bañera la hizo imaginar lo genial que sería sumergir su cabeza en ella.

Así que sin pensárselo dos veces, empezó a desvestirse mientras que un apenado Kakashi intentaba inútilmente encender de nuevo la húmeda mecha de cada una de las velas que había puesto.

—Kakashi, deja de hacer el idiota y de ser tan romántico, que te necesito como apoyo en la bañera. —exigió la mujer, que introdujo uno de sus pies en el agua cerciorándose de que estaba en una temperatura medianamente normal.

El peliplata durante unos instantes sintió cómo su mandíbula se desencajaba al tener delante de sus narices el mayor regalo de los dioses que podría haber caído del cielo, y esperando a que él se decidiera al menos a despojarse de las prendas que llevaba.

Dicho y hecho, una vez que el hombre sintió cómo el vaho acariciaba su blanquecina piel entró en la bañera junto con la kunoichi, que esperó unos segundos a que él hiciera chocar suavemente su fornida espalda contra la pared de la bañera para poder luego recostarse ella contra su robusto pecho dejando escapar un suspiro por la comodidad que éste le brindó.

—Espero que a Tsunade no le sepa mal estar al cuidado de Nomi, la pobre ya tiene bastantes deberes como para están pendiente de nuestra hija.

—Bah, Tsunade es una bestia cuando se lo propone, al fin y al cabo ha llevado el mando de la villa durante años. —le restó importancia la kunoichi de cabello morado mientras enredaba cariñosamente los dedos de sus manos con los del Hatake, que la sorprendió con un ligero mordisco en su oreja haciéndola suspirar de placer.

—Kurenai me dijo que Kai podía quedarse con ella y Yukari hasta que Nomi saliera del hospital. Me comentó que tenías trabajo y no volverías hasta tarde. ¿Qué ha pasado con ese interrogatorio "improvisado", Anko? —esta vez la voz del shinobi sonó un poco más seria debido a la importancia de la conversación, porque sabía que algo había ocurrido.

—En un principio había pensado no decirte nada, pero veo que no dejarás el tema hasta que te lo cuente, ¿verdad? —respondió hastiada la Mitarashi recostando su cabeza hacia atrás sobre el hombro del hombre, que no dejó de observar cada movimiento que ella hizo.

—Verdad de la buena.

—Esta tarde he ido al cuartel ANBU a averiguar el porqué ese grupo de ninjas querían llevarse a Nomi. Ya está. —explicó brevemente y concisa la mujer sonriendo y cerrando sus ojos al notar cómo vagaba lentamente la grande y traviesa mano del peliplata de ese modo contentándola.

— ¿Y por qué Tsunade dijo algo de improvisado? —quiso saber el Hatake mientras observaba la cara de placer de la mujer por culpa de las sugerentes caricias que le estaba ofreciendo esa vez por la cara interna de sus muslos.

—… ¿Improvisado?...No sé de qué me hablas…—jadeaba ligeramente impidiéndole poder hablar con normalidad. Anko sabía que eso era una tortura disfrazada de puro deleite.

—Cariño, te recuerdo que sigo siendo un shinobi, no creas que soy tan ingenuo. —le recordó el ojiazabache acercándose a la zona sur del cuerpo de la Mitarashi.

Sin decir nada, la ojicaramelo agarró con fuerza la muñeca del hombre de ese modo derrumbando su traviesa intención de obligarla a confesar. Acto seguido la mujer se incorporó de ese modo logrando atrapar el teléfono de la ducha e, intentando voltear con cierta dificultad debido a la poca anchura de ésta, consiguió sentarse a horcajadas sobre la cintura de ese maromo que tenía como marido. A veces se preguntaba cómo había tenido tanta suerte en encontrarlo.

—Ven que te lave ese pelo de estropajo que tienes—se burló la kunoichi obligando al Hatake a acortar la distancia con ella para después comenzar a mojar el cabello plateado del ninja, que tuvo que cerrar durante unos instantes sus ojos debido a la cascada de agua que caía por su rostro. Se notaba que ella lo hacía aposta, pues podía escuchar las graciosas risitas que escapaban de la mujer.

—Suficiente, Mitarashi. —sin dar un ultimátum, el ninja le arrebató el teléfono de la ducha para después volver a dejarlo en su sitio.

— ¡Bah Kakashi, eres un aburrido! Un viejo cascarrabias que sólo piensa en cosas depravadas. —acusó la pelipúrpura cruzándose de brazos y poniendo una mueca de disgusto que hizo reír al Hatake.

—Cabe decir que tú también eres una pervertida, Anko. Y ya de paso te agradecería que no fueras tan revoltosa y te movieras menos…

—Tienes a Kakashín muy mal acostumbrado. Si no fuera por mi benevolencia y por la necesidad que tengo de que siga en su sitio, ya me hubiera deshecho de él. —comentó la Tokubetsu Jonnin empezando a realizar la cuenta atrás para que las hormonas del ninja comenzaran a hacer acto de presencia en su hombría.

Pasando el tiempo en el cuarto de baño, el matrimonio fue deleitándose lentamente y con gusto con las dulces y cariñosas caricias que se fueron brindando constantemente, intentando demostrar lo mucho que habían añorado un momento como aquel, perosnal con algún toque de lujuria suelto por el ambiente. Aún así decidieron seguir con la fiesta en otro lugar, por lo que después de haber secado las gotas de agua que habían estado corriendo libremente por sus impacientes cuerpos, el mismo Kakashi cargó a la kunoichi estilo marital y se la llevó hacia su habitación.

Sin romper el apasionado y caluroso beso que la mujer había iniciado, el ninja la acostó delicadamente sobre el colchón de la cama para después dejar caer levemente el peso de su bien trabajado cuerpo sobre el de ella, que no le quedó más remedio que apretar con sus puños la sábana mientras ahogó un suave pero sensual gemido sobre los tentadores labios del peliplata, que sonrió satisfecho ante el efecto que estaba teniendo sobre la kunoichi.

Sin importar dejar las almohadas empapadas debido al agua que aún goteaba de sus cabellos, la pareja fue susurrándose con tentación todo lo que harían esa noche mientras que el dedo índice de la Mitarashi iba delineando cada una de las líneas que estaban dibujadas por todo el torso de su marido para terminar sobre sus nalgas de acero de ese modo dejándola sin cordura alguna.

Pero eso no era lo mejor, porque el muy puñetero aprovechaba que ella estaba distraída para poder deleitarse él también con el espectacular cuerpo de la Tokubetsu Jonnin, de ese modo subiendo en contra de su voluntad su calor corporal, pues a pesar de que la había visto desnuda millones de veces, aún no llegaba a acostumbrarse del todo porque Kakashi pensaba que cada vez era peculiar y diferente.

Percatándose de la casi vital necesidad que el ninja tenía por sentir aún más cerca a su mujer, ella permitió que se acomodara delicadamente entre sus largas y blanquecinas piernas, provocando que él suspirara de placer cuando sus caderas se tocaron.

—Hoy cómo lo hacemos ¿empezamos por el segundo capítulo del quinto volumen Icha Icha? —bromeó la Mitarashi temblando ligeramente debido a lo tan excitada que se estaba poniendo.

—Si me dejas elegir preferiría el cuarto capítulo del último volumen. —respondió el ojiazabache besándola con dulzura a la vez que apartaba algunas hebras moradas del rostro de la mujer y así poder observar cómo sus chispeantes orbes color caramelo lo atraían como si fueran un potente imán.

Hábilmente y sin pensárselo ya más, Anko se encargó de enlazar sus piernas alrededor de la estrecha cintura de su marido de ese modo tomando el poco control que ella tenía en esos momentos, pues era Kakashi quien se estaba comportando como el mandamás. Entendiendo eso como una llamada al amor y fundir sus cuerpos en uno, el shinobi no pudo por más que decir las adorables palabras mágicas que la pelimorada tantas veces había escuchado y aún no se había cansado:

—Anko, te quie-

Entonces pasó. Sí, por supuesto que pasó ¡Vaya si pasó! El estrépito sonido del timbre de la casa sonó con tan mala leche haciendo que el Hatake se sorprendiera y que Anko maldijera a todo lo que se le pasó por la cabeza en ese corto intervalo de tiempo.

—Dime que no es verdad…—susurró por lo bajo la kunoichi mientras recuperaba un poco del oxigeno perdido debido a la tensión que segundos antes había estado dominándola.

—Quien será a estas horas—se preguntaba el Hatake levantando ligeramente su cabeza mientras observaba desconcertado a su mujer, que no dudó en plasmar todo lo que estaba comenzando a sentir mediante una mueca de furia y frustración.

—Alguien que quiere morir. —sonó breve, concisa y contundente, lo suficiente como para que su mano se colara debajo de una de las almohadas para coger la camiseta del pijama de Kakashi, que por suerte podía cubrir parte del cuerpo de la mujer a pesar de que el noventa por ciento de sus piernas estaban completamente desnudas.

La Mitarashi echó cuidadosamente a un lado el cálido cuerpo del peliplata y a continuación se subió encima de él para así poder alcanzar sobre la superficie de una de las mesitas de noche el usual recogedor que ella empleaba para su cabello. Antes de que ella bajara de la cama sintió cómo una conocida mano la agarró y estiró con posesión provocando de ese modo provocando que ella cayera de espaldas hacia atrás.

—Por dejarme de esta manera me mereceré una recompensa, ¿verdad? —susurró con voz ronca el ojiazabache aprisionando de nuevo a la ojicaramelo, que jadeó levemente al notar cómo la mano del ninja acarició uno de sus senos por encima de la camiseta.

—La recompensa será cien veces mejor de lo que te imaginas ahora.

Dicho eso, la pelipúrpura besó con hambre los labios del Hatake mientras ella se ayudaba con sus brazos para levantarse de nuevo. Una vez libre del ardiente león, la mujer se hizo con unas bragas y un kunai que sacó sabe Kami-sama donde para dirigirse con decisión a la puerta.

—Anko, no te pases.

— ¿Yo?...Sabes que sí—la malvada sonrisa de psicótica que se dibujó en el rostro de la mujer hizo estremecer al peliplata, por lo que si en cinco minutos no volvía a subir, no tendría más remedio que bajar para ver si todo estaba en orden.

En poco tiempo la kunoichi bajó las escaleras y a cada paso que daba con dirección a la entrada se podía percibir lo muy enfadada que estaba por haber cortado el rollo al abrasador calentón que hacía poco la había tenido totalmente presa.

Molestándose sólo en encender la luz de la entrada del pasillo, la kunoichi no se lo pensó dos veces en agarrar con fuerza el pomo de la puerta y abrirla con energía.

— ¿¡Se puede saber qué coño pasa!? ¡Ni en mi propia casa puedo foll-!

Paró en seco de vociferar en el preciso instante en el que se dio cuenta de que no era sólo una silueta la que se encontraba parada enfrente suya, sino que eran dos extraños individuos los que la estaban observando tras una extraña máscara.

Inconscientemente y como su propio instinto de supervivencia le mandó, Anko apretó el mango del kunai con fuerza como si se preparara para todo. Aquello no le estaba gustando ni un pelo, pues un aura extraña chocó de inmediato contra su cuerpo, poniéndole en contra de su voluntad la piel de gallina.

—Buenas noches.

La voz del hombre que le habló sonó grave y llena de desprecio, aunque debido a la máscara que llevaba puesta, Anko no pudo visualizarlo correctamente. Aún así pudo hacer un análisis exhaustivo en cuestión de segundos: era un ninja, seguro, pues era suficiente en darse cuenta de la katana que colgaba de su espalda, mientras que el uniforme que ambos llevaban constaba de unos pantalones y camiseta negra como la pena y el chaleco de un color rojizo similar al de la propia sangre.

—Buenas noches.

Esta vez fue Anko quien respondió con un toque de distanciamiento y precaución, aunque no dejó de sonar seria. No dio ningún paso hacia atrás, pero tenía la certeza de que aquello no era nada bueno. Esos hombres no le infundían seguridad alguna.

— ¿Anko Mitarashi? —preguntó el ninja bajo su máscara sin apartar su misteriosa mirada de la kunoichi, que frunció el ceño preguntándose a sí misma que demonios querían aquellos dos de ella.

—Soy yo, ¿qué pasa? —la ojicaramelo pensó que no debía amedrentarse por el efecto que el aspecto de aquellos dos individuos ejercían sobre ella, tenía que guardar la compostura.

—Anko Mitarashi, kunoichi de la Villa oculta de la Hoja, título de Jonnin y Tokubetsu Jonnin… Anko Mitarashi, está usted detenida por asesinato improcedente, o peor, asesinatos improcedentes. Acompáñenos, por favor. —exactamente fue lo que dijo sin chiquitas el ninja de la máscara mientras que su compañero sacaba unos grilletes metálicos de uno de los bolsillos de su chaleco protector.

— ¿Qué está diciendo? Me parece que se ha equiv-

—No se resista. Tenemos orden de arresto, así que le agradeceríamos que no nos lo dificulte. —respondió el shinobi cortando en seco a la mujer para después acercarse lentamente y acortando distancias con ella.

El kunai sujeto por la mano de la Mitarashi temblaba debido a la tensión de su brazo. "¿Detenida? ¿Asesinato? ¡Qué demonios está pasando!" se dijo mentalmente la ojicaramelo atenta a todo detalle. De un momento a otro, como en cámara lenta, Anko estaba viendo cómo la gran mano del hombre se acercaba a su muñeca con una intención obvia.

—Ni se le ocurra ponerme una mano encima. —la femenina pero contundente voz de la mujer dejó claro al extraño que no permitiría que se la llevaran. Ahora era su mano la que apuntaba el filo del kunai contra él.

—No le conviene resistirse, y menos amenazarnos con una arma. Todo eso puede jugar en su contra, señora.

—Señorita. —rectificó de inmediato la pelimorada sin dar un paso atrás y frenando los pies del shinobi, que no dejaba de observarla tras la máscara con detalles animales que la decoraban.

—En tal caso, si tanto le pesa venir con nosot-

—Quienes sois, de qué villa venís, porque está claro que no sois de Konoha, ¿no es así? —esta vez fue ella quien preguntó cortando las palabras del sujeto, que refunfuñó por lo bajo.

—No está en derecho de preguntar. Lo único que tiene que hacer, o mejor, va a hacer es estar calladita y venir con nosotros, ¿¡entendido!?

Y el tono en cómo se dirigió a la mujer fue la gota que colmó el vaso. La larga katana que permanecía quieta en la espalda del hombre se desenvainó a la velocidad del rayo de ese modo mostrando todo el brillo que su hoja era capaz de relucir, aunque esa vez no fue la mano ni el kunai de la mujer lo que frenó al individuo.

El cabello plata de él se movió al compás del brusco movimiento que ocasionó el choque de las dos hojas de metal, la katana y el cuchillo del Colmillo Blanco, aunque este último ya no estaba sujetado por el propio ninja sino que lo manejaba su único hijo.

—Vaya vaya, he aquí el famoso ninja copia, Kakashi Hatake. —vaciló el ninja de chaleco rojo sin despegar la hoja de su katana del arma que sujetaba con fuerza el ojiazabache después de haberse percatado de la clara presencia del shinobi.

—Ni os atreváis a ponerle un dedo encima—amenazó el Jonnin clavando su dura y profunda mirada en la máscara que cubría el misterioso rostro del hombre.

—Ya que te vas a resistir, no nos queda otro remedio que llevarte a la fuerza, Anko Mitarashi.

Dicho eso y como si fuera una flecha, el compañero de lo que parecía ser un líder pasó por al lado del Hatake para encarar a lo que era en esos momentos su presa. Rápidamente Anko bloqueó el ataque directo, pero a pesar de que el taijutsu lo dominaba bastante bien, no calculó la fuerza con la que él la iba a atacar, por lo que desgraciadamente se tambaleo ligeramente. Detalle que no pasó desapercibido por el enemigo, que le barrió la pierna y, antes de que ella chocara contra el suelo se vio empotrada contra la dura pared del pasillo.

— ¡Anko! —llamó el ojiazabache desesperado por ayudar a su mujer al escuchar el quejido que liberó la voz de la Tokubetsu Jonnin, pero sabía que no podía dejar suelto al ninja que se estaba enfrentando a él.

—Deja de protegerla, nos la vamos a llevar sí o sí, así que no hagáis más estupideces y dejad que hagamos nuestro trabajo. —volvió a pedir el hombre de grave voz atacando de nuevo al Jonnin, que esquivaba con gran destreza todos y cada uno de los ataques que iban en contra de él.

Anko se deshizo del agarre en el cuello que su contrincante realizó, pero por alguna razón sentía que cada vez que ese individuo le ponía una mano encima, su chakra se debilitaba. Algo no iba bien pero tampoco no podía irse con ellos porque ella no era una asesina, de hecho no comprendía por qué habían ido a por ella.

—Se acabó.

No entendió ni cómo ni por donde, pero el gancho que atestó el enemigo a Kakashi provocó su duro golpe contra el suelo. Inmediatamente el ojiazabache iba a levantarse, pero una fuerte patada fue a parar a sus costillas ocasionando el desplazamiento del cuerpo del Jonnin unos cuantos metros más lejos, casi cerca de la Mitarashi, que se estaba desesperando por la jodida situación.

Golpe tras golpe, el Hatake no lograba levantarse y sus fuerzas misteriosamente estaban desapareciendo, no entendía el porqué pero casi no podía aguantase de pié, no era capaz de bloquear ningún ataque y lo peor de todo era que estaba preocupando a su mujer, que apenas podía también esquivar los ataques de su contrincante mientras observaba su combate. El Sharingan no estaba funcionando y eso lo estaba poniendo nervioso porque si seguían así no serían capaces de dominarlos.

Entonces lo vio, o mejor, la vio. La brillante y afilada aguja que se estaba dirigiendo velozmente hacia el cuello de la Mitarashi hizo que los reflejos del Hatake despertaran de repente. No podía permitir que le hicieran nada, que se la quitaran de su lado sin conocer el porqué, no quería perder y si le hacían algo todo se acabaría.

— ¡Anko!

A duras penas se levantó y se dirigió con torpeza pero con rapidez hacia el individuo que iba a pinchar a la kunoichi, pero el gran error que cometió fue descuidar sus espaldas. Sintió como la punta del talón del zapato de su contrincante se clavaba con fuerza en el centro de su columna de ese modo haciendo que chocara de nuevo contra el suelo.

— ¡Kakashi!

La femenina y desesperada voz de la kunoichi apenas podía mantener consciente al shinobi, que esta vez sintió cómo la hoja de la dichosa katana acariciaba su cuello. Y si por si las cosas no podían ir peor, el hombre, o e ese caso, la mujer cayó dos veces con la misma piedra. El fino y preciso pinchazo que atravesó cada fibra de los músculos más superficiales de la pierna de la Mitarashi la hicieron pensar lo peor: había caído. Ese desgraciado había cambiado la trayectoria de lo que parecía ser una inyección.

Pero a pesar de todo, no podía apartar su adormilada mirada del cuerpo de Kakashi, que yacía en el suelo casi sin consciencia, apenas murmurando cosas que ella no era capaz de entender por mucho que se lo propusiera. Se estaba sintiendo perdida, con la mente embotada y con el cuerpo al borde del desmayo. Se la iban a llevar, la iban a apartar de su familia…Anko cayó de rodillas al suelo, sintiéndose derrotada, humillada y lo peor de todo, débil por no haber podido proteger a lo que más quería.

Bajo la mirada de los dos ninjas desconocidos, la kunoichi se desplomó en el suelo y, aun consciente, recogió todas las fuerzas que le quedaban para arrastrarse hasta el cuerpo de su marido. Estiró con dificultad la mano intentando alcanzar a duras penas la mejilla de él, pues necesitaba hacerlo, no sabía el porqué pero su interior se lo pedía a gritos. Le era tan difícil respirar que apenas podía atrapar el aire que difícilmente entraba en sus pulmones, pero pareció ser que alguien no le dejó avanzar, le rompió su voluntad en mil pedazos.

En lugar de sentir el roce de la suave piel del Hatake, Anko notó como su debilitado cuerpo chocó con fuerza de nuevo contra la sólida pared del pasillo para, finalmente, caer vencida por el duro golpe que le atestaron sin compasión alguna.

—Con tu permiso, Kakashi Hatake…—el hombre de la katana pasó vacilante por al lado del del peliplata, que se encontraba totalmente inconsciente, reprimido por no poder hacer nada al respecto—…nos la llevamos.

Fácilmente, ese ninja cargó a la Mitarashi en uno de sus hombros, pues no querían permanecer allí más tiempo. Una señal con la cabeza fue suficiente como para que su compañero se percatara de que ya habían terminado, por lo que sin hacer ruido salieron por la puerta y, tras ellos, la cerraron con cuidado dejando a un Kakashi tendido en el suelo.

—An…ko...

En lo más profundo de su pensamiento, el peliplata aún se estaba preguntando qué acababa de ocurrir.

Continuará…

Por Kami-sama, pensé que nunca terminaría el dichoso capítulo. En fin, después de una larga temporada sin actualizar debido a temas de universidad y tal, espero de corazón que os haya gustado el capítulo, o al menos que os haya entretenido.

Se agradecen los reviews ya que elaborar todo este entramado es bastante trabajoso, y me creáis o no, cuesta un poco. Aún así disfruto desarrollando esta trama, así que no os preocupéis, que a pesar de lo mucho que tardo en actualizar, pienso acabar este gran proyecto del cual estoy totalmente orgullosa.

Si hay algún error en la ortografía me lo comunicáis, por favor.

Por cierto, ¿podéis aclararme cuando es que tengo que poner el "Dattebayo" de Naruto y cómo puedo escribir la típica "u" con la barra encima para el apellido Hyuga? Grácias!

Saludos desde donde estoy ^^

PD: quisiera agradecer a aquellas personas que se molestan en escribir comentarios, muchas gracias!

Intentaré actualizar antes de que termine Setiembre.