Hola, ¡cosas preciosas! Aquí os traigo un nuevo capítulo en este habrá mucha marcha, creedme, jeje. Muchas gracias a marati y a GorillazNoodle. Se os quiere.
Ah, por cierto. La canción del capítulo pasado no existe. Me la inventé yo. Para aclarar dudas y eso.
Todos fueron a sus habitaciones, aunque antes se perdieron un poco por el camino. Notaron que el hotel era muy lujoso y serio: las paredes tenían un papel de color dorado con toques más brillantes del mismo color, friso de madera que separaba el papel de la otra mitad de la pared, que era de madera oscura. En el techo iluminaban unas lámparas con forma de velas, y en los pasillos había espejos grandes y sillones de color blanco. Las habitaciones constaban de una cama individual con amplios edredones, unas cómodas para guardar la ropa, un pequeño salón, con una tele grande y una nevera pequeña. Había un amplio balcón que daba al centro de la ciudad, dejando ver a todo el bullicio en movimiento.
"Esta vez Murdoc se ha estirado"- Pensaron los miembros de Gorillaz, asombrados. Cada uno se fue a duchar rápidamente y a dormir en sus cómodas y acogedoras camas.
Durmieron durante horas, nunca habían descansado tan bien. Aunque hubieran viajado por temas serios, se lo tomaron como unas mini-vacaciones que debían aprovechar.
Russel despertó primero. Se duchó de nuevo y fue a dar una vuelta por la ciudad, aunque no estaba en su barrio añoraba el continente americano.
Hacía un calor terrible. Todos, estuvieran despiertos o no, sudaban. Noodle se tuvo que levantar y correr hacia el balcón, pero afuera era mucho más agobiante, así que fue de nuevo a la habitación y puso el aire acondicionado.
-Noodle, ¿estás despierta?- Preguntaron desde la puerta. Noodle fue a abrir y encontró a 2D bastante acalorado.
-¡Corre, entra que tengo puesto el aire acondicionado!- La nipona jaló de su brazo incitando a que entrase. Los dos se pusieron delante del aparato, con cara de satisfacción.
Ninguno decía nada, solo sentían cómo el aire chocaba en sus caras.
-Noods, ¿puedo quedarme aquí a dormir?
-Claro, pero, ¿no tienes aire acondicionado en tu habitación?- Preguntó extrañada Noodle.
-Sí, pero… prefiero estar aquí contigo.- A 2D se le subieron los colores, pero no se notaba debido al calor. La japonesa solamente sonrió y asintió.
Se quedaron unos dos minutos más delante del aire hasta que Noodle estornudó. Como la cama que había en la habitación era de matrimonio no había ningún problema, así que se acostaron y se durmieron con facilidad.
Murdoc por su parte, estaba esperando a que vinieran las prostitutas, tirado en su cama. Se le ocurrió abrir el mini-bar, y qué buenísima idea tuvo. Había varias botellas de Absenta, un licor bastante fuerte de color verde. Pero decidió que lo bebería después. Estuvo esperando a las prostitutas impaciente, pero no daban señales de vida. Crispado, Murdoc decidió ir al bar del hotel. Salió de la habitación a paso lento, casi zombi, a 2-D le hubiera gustado verle caminar así. El bajista pensó que estaría drogado con tanto medicamento y habría caído redondo en la gran cama. Dio un suspiro de alivio, menos mal que ese viaje no lo había pagado él, sino Damon.
Se cruzó con varias personas que cuchicheaban nada más verle de lejos. Él mostraba sus dientes como signo de furia, a lo que las personas salían corriendo. A Murdoc no le importaba nada lo que la gente pensara de él, pero a veces se apenaba por juzgarle solo por su aspecto.
Él pensó que, si no fuera famoso, ninguna mujer se le acercaría ni siquiera para preguntarle la hora.
Al tomar el ascensor, una niña salió disparada de él, tropezándose con Murdoc.
-¡Perdona! ¿Te he hecho daño?- Preguntó preocupada inspeccionando al satanista.
-Eh… no. Cuando tengas dieciséis me llamas. Adiós.
-¿En serio? ¿No quieres que te de un abrazo para que te sientas mejor?- Preguntó de nuevo con una sonrisa y pestañeando lo más rápido posible. Murdoc forzó el entrecejo.
-No niña. Tengo prisa.
-¡Está bien! Ojalá nos veamos en otra ocasión.- Murdoc se metió rápidamente en el ascensor y empujó a la niña hacia fuera. Empezó a pulsar el botón de bajada histéricamente.- ¡Adiós! Por cierto… ¿Cómo se llama?
En ese momento, se cerraron las puertas del ascensor. Y Murdoc se cargó el botón de bajada.
-Qué niña más insistente…- Pensó agobiado. Por fin, llegó al vestíbulo y se encontró con Russel.
-¿A dónde vas?- Le preguntó el afroamericano.
-A beber. Lo necesito.- Y se fue a paso ligero. Russel alzó una ceja, pero lo dejó pasar y se fue a su habitación.
Cruzó todo el hotel hasta ir a un gran salón bastante elegante, con arañas de cristal en el techo. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas de vaporosa negra, dejando el espacio bastante oscuro y misterioso, dándole un toque agradable.
Se sentó en la barra, que por cierto, era muy amplia. Le atendió un chaval de mediana edad, con un uniforme bastante formal.
-¿Qué le pongo?
-Un vermouth francés… y rápido. Bueno, en vez de uno, dos.
El barman fue a prepararle la bebida. Murdoc fue analizando los objetos y personas que le rodeaban, hasta que se dio cuenta que una chica estaba sentada a su lado, leyendo un libro. Murdoc se rascó la sien, ¿cómo es que no había visto a la chica estar ahí? O quizás vino después de sentarse él. El barman le trajo sus dos vermouths, y el moreno le preguntó con señas al barman, señalando a la chica.
-¿La señorita? No sé quién es… lo siento.
-No, que desde cuándo está ahí…- Dijo susurrando.
-Ah, llevará ahí una hora y media o así. Puede hablar tranquilo, está escuchando música.
-Está bien, ya puedes largarte.- Le dio el dinero al hombre y éste se fue a atender a otros clientes. Murdoc se bebió de un trago un vermouth y suspiró de satisfacción. Miró la otra bebida y se la ofreció a la chica. Le dio unos suaves golpecitos en el hombro, y la muchacha se giró algo asustada.
-Toma, para ti.- El satanista arrastró el vermouth hasta ella. Se fijó en la chica pero le era imposible visualizarla: parecía una sombra. Apenas podía verla, ya que llevaba ropas oscuras. Hasta tenía gafas de sol en un sitio tan en penumbra, y encima leyendo, no entendía cómo podía ver.
-Lo siento, no bebo alcohol.- Tomó delicadamente una taza de café humeante que tenía servida, y le dio un pequeño trago.- Pero gracias.
Murdoc pensaba algo para intentar entablar conversación con ella. Las chicas misteriosas son interesantes, me la ligaré, pensó.
-¿Qué libro lees?
-Asesinato en el Orient Express. Una novela de Agatha Christie.- Le respondió, enseñándole la portada, pero la verdad es que Murdoc la veía vagamente por lo oscuro que estaba.
La chica marcó la página por la que estaba leyendo y cerró el libro.
-¿Y por qué vas tan protegida linda, acaso eres famosa?- Le preguntó con tono seductor, acercándose más a ella.
-Algo así. Pero es más bien por la salud…- Suspiró la chica.- Bueno. ¿Y tú? No se te ve demasiado sano…
-Es lo que tiene llevar una vida llena de desfases… un momento ¿cómo puedes verme?
-Preguntas demasiado, ¿no crees?- Dijo sonriendo un poco y dándole otro sorbo a su café.
-Así es como se conoce a una chica hermosa.- El satanista cogió el vermouth, ésta vez saboreándolo poco a poco.
-En ese caso, te preguntaré cosas a ti también.- Murdoc se atragantó con el licor. ¿Eso que había escuchado era un piropo? La mujer le dio unas suaves palmadas en la espalda, sin intensificar mucho el contacto físico.
-Oye, tú has salido en alguna revista de modelo, ¿no?
-¿Yo? Creo que te estás confundiendo.- Le dijo algo sorprendida y a la vez avergonzada.
Pasaban las horas, Murdoc y su misteriosa acompañante cada vez conectaban más. Charlaban de cosas interesantes, e incluso se atrevieron a hablar de sus infancias. El moreno dejó de lado el querer seducirla, y pasar un rato más ameno con ella, sin querer llevársela a la cama.
Pidió más bebidas alcohólicas, cada una más fuerte que la anterior. Estaba ya medio ebrio y cometía de vez en cuando actos fuera de lo común. A la chica le parecía divertido, aunque sentía vergüenza ajena a las personas de alrededor.
El satanista creía que estaba ebrio de la bebida, pero en realidad se estaba emborrachando de ella.
Quería más, y más, y más, y posiblemente nunca se cansaría porque él era insaciable.
Ya eran las 9, y el moreno se había olvidado completamente de las señoritas de compañía. En ese momento no se estaba aburriendo, así que le dio igual.
Sin querer, Murdoc en uno de sus arrebatos de borracho, le dio un manotazo en la cara a la pobre muchacha, tirándole las gafas de sol al suelo y rompiéndolas.
-Eh… ¿Te encuentras bien?- Le preguntó algo aturdido.
-S-sí… pero… mis gafas…
-Da igual, ya te comprarás otras.
-¿Qué me compre otras?- Preguntó molesta.- Tú me debes otras gafas. Estas eran de marca y valían un pastón.
-De eso nada guapa, me desentiendo. Si eran de marca, tendrás más dinero para comprarte otras, ¿no?- Aclaró el satanista con simplicidad.
La chica no podía estar más enojada. Recogió sus inservibles gafas del suelo y sacó un pequeño abanico de su bolsillo para cubrirse los ojos
-Adiós, Murdoc Niccals.
Se fue a paso ligero, sus tacones resonaban por todo el salón. Murdoc bufó y apareció de nuevo el barman.
-Aquí tiene la cuenta.
-Yo ya pagué todas mis copas, idiota…
-Pero la señorita no, y dado que parece que tienen algún vínculo emocional, le toca pagar la cuenta a usted.
-Pero será hija de…- Farfulló Murdoc entre dientes y pagó la cuenta de la chica. El barman le entregó un libro al satanista.
-Se lo dejó la señorita en la barra.
-Genial… ¿ahora tengo que devolvérselo porque soy su amigo, no?- Murdoc estaba bastante irritable y no sabía exactamente por qué. Se levantó tambaleándose un poco pero enseguida se incorporó. Al salir del salón sus ojos sintieron molestia por estar tanto tiempo en la oscuridad. No muy nítidamente, observó a la chica. Estaba algo lejos y a punto de salir por la puerta, pero podría alcanzarla si aligeraba el paso. Le gritó desde lejos.
-¡Eh, tú, la chica de negro, espera!
La mujer le escuchó, y salió del hotel. Sin duda había escuchado al satanista.
-¿Qué cojones…? ¡Espera!
Murdoc la siguió más deprisa, pero se detuvo al ver que había un par de personas con una cámara de fotos. Salió fuera y una gran masa de periodistas la fotografiaban y agobiaban con preguntas realmente estúpidas.
-¡Por favor, dejadme, es que no puedo tener un momento en paz, de verdad!- Se la oía quejar desde todo el barullo.
-¡Tarántula, posa para nosotros, muestra tus ojos!
El satanista no podía tener la boca más abierta. ¿Había estado hablando con una de sus enemigas?
Dejó todos sus prejuicios a un lado y se hizo paso entre los periodistas, estando por fin con Tarántula.
-¡Anda, pero si es Murdoc Niccals!- Exclamó uno de los periodistas.- ¿Cómo es que estás con ella, si sois grupos rivales?
-Porque es mi novia, así de claro.
-¿¡Pero qué dic-¡?
El moreno no se lo pensó dos veces y la besó. Se escuchaban más flashes que en un concierto de los Black Eyed Peas.
Fue un beso sin mucho sentimiento, pero largo. Murdoc se separó de ella y la miró a los ojos.
Para él, ese minuto se convirtió en infinito: no había visto unos ojos tan peculiares y hermosos en su vida.
Eran grandes, y de color violeta. No comprendía por qué llevaba gafas de sol, si tener unos ojos así era un regalo del mismísimo Satán.
Nada que decir de la cara de la chica: tenía una expresión totalmente asustada, estaba bastante blanca y temblaba, aunque Murdoc no se dio cuenta. La agarró de la mano dispuesto a sacarla de allí, pero alguien gritó entre la multitud.
-¡A VER, CARROZAS, QUITÁOS SI NO QUERÉIS QUE EMPIEZE A DESTROZAR CÁMARAS!
-Bo-Boinae…- Dijo Tarántula casi sin aliento. Murdoc inmediatamente se separó de la chica.
Una mujer muy delgaducha se hizo paso. Tenía el pelo bastante largo y negro. Su rostro reflejaba mucha ira.
-¡Dejad de fotografiar!
-Pero…-Objetó un fan que estaba junto a los periodistas, algo asustado.
-¡Ni peros ni peras! ¡FUERA!- Boinae cogió de la muñeca a Tarántula llevándola adentro del hotel.
Murdoc las siguió, no sin antes hacer gestos obscenos a los periodistas, que lo fotografiaron todos. Los tres entraron en el ascensor.
Los tres estaban en silencio. Boinae miraba al satanista fijamente, Tarántula miraba sus zapatos y Murdoc intentaba hacerse el loco.
-Bueno, ¿es que no me vas a contar lo que ha pasado?- Preguntó Boinae con un tono de voz elevado. El bajista rodó los ojos.
-Que te lo cuente ella.
-No, porque ella no suele armar "escándalos sociales". Así que tuviste que ser tú.
La actitud de Boinae era tan segura que hasta a Murdoc le dio confianza. Pero como él no se fiaba ni de su madre, pensó que ella era la persona de quien menos debía "confiar".
-Yo jamás. Fue ella, que salió del hotel a merced de esos chupasangre.- Empezó a sacar su paquete de tabaco y se colocó uno en la boca. Encendió su mechero con maestría y prendió su cigarro, dándole una gran calada.- Si sabe que están ahí, ¿para qué sale?
-Eso, ¿por qué saliste?- Preguntó mirando a su compañera. Ésta solo le miró de mala gana.
-Porque soy adulta y hago lo que quiero. Podría haber salido de esa situación sola.
-No, si ya se veía…- Dijo Murdoc, aunque con el cigarro en la boca no se le entendía demasiado bien.
-¿¡Y tú por qué dijiste que éramos novios! – Preguntó alterada Tarántula. A Boinae se le cayó la boca hasta el suelo.
-¿¡Que hiciste… QUÉ!
Murdoc empezó de nuevo a apretar el botón de su piso histérico.
-Marketing. Así tendremos más publicidad y podremos promocionarnos mejor. ¿Este ascensor no va muy lento…?
-Pero te podrías haber ahorrado el beso…- Dijo Boinae cruzándose de brazos. El satanista podría jurar que estaba celosa.
-¿Es que acaso ella te gusta?
-¡N-no! Es que ella…- Tarántula la interrumpió con unos pequeños codazos-… Bueno, que no deberías haberla besado y punto. Era innecesario.
-Tú sí que eres innecesaria…- Pensó Murdoc hastiado. De nuevo se hizo el silencio en el ascensor. El satanista no dejaba de de fumar. Había un ambiente demasiado tenso.
Tarántula de vez en cuando miraba de reojo al famoso bajista. Lo veía apoyado en el ascensor con las piernas y brazos cruzados. Sus ojos cerrados, y el cigarro sujetado vagamente por la boca. El humo del tabaco salía suavemente por la nariz, a lo que ella le pareció bastante sexy.
Murdoc, aunque pareciera que no se enteraba de nada, veía a Tarántula por el espejo del ascensor. Ya no estaba cabizbaja y se la veía bastante hermosa. Vestía con ropa negra, aunque ligera, sin mostrar ni sus piernas ni su escote, cosa que fastidió al moreno.
Notó que todavía llevaba el libro en la mano, y se lo dio a la chica.
-Toma, te lo dejaste en el bar.
Tarántula tomó el libro con cuidado y miró a Murdoc. Éste le sonrió. Ella no, solo fijó su mirada en él. Fue apartando los ojos lentamente hasta fijar su vista en otro punto del ascensor.
-Ey, ¿quién se ha cargado todos los botones?
