Los dos siguieron bebiendo hasta altas horas de la noche. El dueño del restaurante tuvo que echarlos, a lo que accedieron de mala gana. Pagaron la cuenta y se fueron.
Fueron haciendo gracias por la calle, verdaderamente los dos se lo pasaban bastante bien juntos. Murdoc en un arrebato metió a Tarántula en un callejón y la empezó a besar con bastante pasión. Ella correspondía dificultosamente. Pasó sus manos por la espalda del moreno, agarrando su camisa.
El satanista, por su parte, pasó a su cuello. No hizo absolutamente nada, sólo lo empezó a oler detenidamente. Un dulce aroma a mandarinas invadió su nariz. A Tarántula le hizo cosquillas y empezó a reír.
-¡Murdoc, para que me haces cosquillas!- Murdoc no le hizo caso y siguió oliendo. Le pareció un olor tan real que incluso mordió el blanco cuello de Tarántula, creyendo que era una mandarina. Ella lo apartó de un empujón, asustada.
-¿Por qué has hecho eso?- Preguntó sujetándose el cuello, del que empezaba a salir sangre. El satanista no supo qué decir. Un coche pasó, e iluminó el oscuro callejón. Vio a la muchacha, con el vestido algo descolocado y manchado de sangre.
-No pensé que había mordido tan fuerte… lo siento.- Dijo con dificultad. Se sentía cada vez más embriagado al olerla. Le extendió un pañuelo, a lo que ella lo cogió gustosa, tratándose de parar la pequeña hemorragia producida.- Oye, te apetece ir… ¿a una discoteca o algo así?
-¡Sí, claro! Nos lo pasaremos bien.- Murdoc pasó su mano por la cintura de ella, apegándose más. Ella hizo lo mismo y pusieron rumbo a algún club nocturno.
En el hotel todos dormían menos una persona, que tocaba el piano con furia, descargándose sobre él. Varias personas vinieron a quejarse, pero les era en vano porque la chica hacía caso omiso.
De vez en cuando, ella apuntaba cosas en un papel. Estaba creando una canción. Pero miró la hoja y la rompió, tirándola al suelo.
Se echó sobre el piano haciendo un ruido bastante sonoro, molesto.
-Ay, dónde estás… te echo de menos…- Dijo tocando un par de notas. Se levantó del piano y se puso el pijama, ya que estaba vestida. Un suave camisón de tirantes adornó su cuerpo. Alguien llamó a la puerta, y la chica fue a abrirla. Alguien pesado, pensó, pero no fue así.
-¿Boinae? ¿Eras tú la que tocaba el piano?
Era Russel. Se le veía dormido y un poco molesto. La vocalista invitó a que pasara.
-Sí, era yo. Perdona si te he molestado.- Se disculpó. Frotó sus brazos y se sentó en una de las sillas del balcón. Russel la siguió y se sentó en el borde, que era bastante amplio.
-¿Qué te preocupa, Boinae?
-¿Cómo?
-Venga ya, te conozco desde hace mucho.
La chica miró la luna. Estaba en cuarto menguante, y muy brillante. Se escuchaba un poco los motores de los coches y algunas personas charlando por la calle.
Boinae se apartó el pelo con una mano.
-Sólo estoy preocupada por Tarántula, nada más.
-Creo que te preocupas demasiado.
-Me preocupo lo necesario.- Boinae miró a Russel.- ¿Quieres algo de beber?
-Sí, si no te importa…
La chica fue hacia la pequeña nevera y sacó dos latas de refresco. Le lanzó una a Russel.
-¿Y tú no te preocupas por el viejo?- Preguntó, dándole un sorbo a su bebida.
-¿Por Murdoc? A mí lo que le pase… además está curtido en mil batallas, es muy difícil que le pase algo. Créeme que protegerá a Tarántula.
-Eso espero…- Dijo con molestia la muchacha. Una suave brisa de verano empezó a soplar.
Russel se atrevió a preguntar algo que le rondaba desde hace bastante tiempo en su cabeza.
-¿Tú quieres a Tarántula?
-¿Qué?
-Déjate de risas. ¿Te gusta o no?
Boinae agitó un poco la lata, notando que había ya poco líquido en ella.
-No estoy segura… creo que simplemente es que me importa demasiado. Ella ha sufrido mucho y no quiero que le vuelvan a pasar cosas malas.
-Pero tú no puedes impedir eso, además, creo que ella ya es mayor para elegir lo que quiere, y para protegerse.
Un dolor atravesó el corazón de Boinae. Quizás sería lo mejor para ella, dejarla volar…
-Oye, ¿Y Del?- Preguntó la chica curiosa. Russel suspiró entristecido, dando a entender que Del ya no estaba en la Tierra, sino en el Cielo. Boinae lo captó enseguida y se formó un silencio un tanto incómodo. Pasaron unos veinte minutos hasta que la cantante decidió hablar.
-Lo siento, no sabía que ya…
-No tienes por qué disculparte.- Interrumpió el afroamericano.- Él está en un sitio mucho mejor, prefiero que esté allí que aquí.
-Entiendo… qué pena, me gustaba.
Russel miró a Boinae, entrecerrando los ojos. La cantante lo miró, sin pillar lo que quería decir con la mirada.
-¿Qué te gustaba, enserio?
-No ese tipo de "gustar". Me gustaba como persona, era muy simpático y enrollado. Aunque le di un par de besos cuando estaba en tu cuerpo.
Al afroamericano se le habían subido los colores a las mejillas, y señaló a Boinae con el dedo.
-¿Qu-qu-que hiciste qué?- Preguntó tartamudeando. La chica sólo se limitó a reír animadamente. Russel comprendió la broma y se cruzó de brazos, avergonzado. Boinae se levantó y se estiró satisfecha. Los rayos de la luna iluminaban su piel blanca, que brillaba gracias a la luz. El baterista se quedó embobado mirándola. Ella se dio cuenta y le pegó un tortazo en la cara.
-¡Russel, que estás en babia! Venga, a dormir que ya es muy tarde.- Boinae le acompañó hasta la puerta, y le cerró en las narices. Russel suspiró, y puso rumbo a su habitación. Pero escuchó la puerta abrirse de nuevo y alguien le abrazó por la espalda con fuerza.
-¿A qué viene esto, Boinae?- Preguntó con tranquilidad, acariciando la temblorosa mano de la chica.
-Viene a que te quiero mucho…- Russel no podía tener la boca y los ojos más abiertos, conocía a la cantante desde hace bastantes años y sabía su comportamiento, la personalidad que tenía, y en su forma de ser no entraban esas muestras de cariño. Boinae dejó de abrazar al afroamericano, quien se giró mirando a los negros ojos de la chica. Ella rápidamente le dio un beso en la mejilla y se fue a su cuarto.
Russel se quedó allí de pie en el pasillo, con una sonrisa de oreja a oreja.
En otro sitio, Murdoc y Tarántula habían encontrado una discoteca bastante marchosa. Había mucha cola de gente en la entrada, cosa que fastidió a ambos.
-Espera linda, que Murdoc lo arregla todo.- Dijo acercándose a los tipos que vigilaban la puerta. Murdoc intentó entrar, pero obviamente no le dejaron pasar.- ¡Abran paso, ¿acaso no sabéis quién soy?!
-Sí, un pesado.- Respondió uno de ellos.- Por favor, espera en la cola.
El satanista estalló en cólera, pero antes de que hiciera nada Tarántula lo detuvo.
-Aguarda, Murdoc.- Le ordenó, tomándole de la mano para que se tranquilizara.- ¿Sabes cómo se conquista a un hombre? Por la panza… y por la cama. Tú déjamelo a mí…
La chica sonrió a Murdoc con seguridad. Se dirigió hacia los hombres con un paso lento, moviendo sus caderas un poco más de lo normal y poniendo una mirada lasciva. El satanista se destornillaba a lo lejos.
Tarántula hizo como si se cayera, y unos de los vigilantes la ayudó.
-Oh… perdona, es que me duelen tanto, tanto las piernas… será de andar todo el día, estoy agotada…- Le susurró al vigilante.- Lo único que me falta es salir de aquí ebria, para darme el último subidón que necesito… ¿Me dejarías pasar, por favor? Después haré lo que quieras…
El vigilante no se lo pensó dos veces y la dejó pasar. Tarántula hizo una señal con la mano, para que Murdoc entrase con ella. El vigilante no lo dejó pasar.
-Venga, sólo es un amigo… no te pongas celoso, ¿eh?- La chica ojos lilas le dio un beso en la mejilla, y con ese despiste entraron. Había mucho ambiente, la música estaba bastante alta y las personas bailaban alocadas.
Tarántula se sintió mareada y tomó del brazo a Murdoc, quien la llevó a la barra para que se sentara en alguna silla.
-¿Qué te pasa, te sientes mal?
-Un poco, me duele la cabeza…- Dijo en un susurro, pero como la música estaba tan fuerte el satanista no lo escuchó. Interpretó que se sentía mal y ya está.
Un chico que pasaba por allí le entregó una bebida a Tarántula, que quedó extrañada. El chaval se fue entre la multitud.
-Murdoc, yo no lo quiero. Toma.- Tarántula le dio la bebida al satanista, que se la bebió de un trago. Dejó el vaso a un lado y le ofreció su mano a la chica, en señal de querer bailar.- ¿Enserio que quieres bailar conmigo?
-Para eso hemos venido…-Le dijo dando un soplido.- ¿Entonces vienes conmigo?
-Oh, claro…- Tomó la mano de Murdoc y se adentraron en la pista. Todas las personas se empujaban y era un poco molesto, pero no importó. Los dos empezaron a bailar animadamente, la música era la típica de las discotecas, de un rollo techno.
-¡No recordaba la última vez que me lo pasé tan bien!- Le dijo Tarántula a Murdoc.- ¡Esto es muy divertido!
Murdoc asintió con una perversa sonrisa y se puso a hacer bailes algo tontos para hacer reír a la chica, cosa que consiguió.
Tarántula dejó de bailar y se acercó lentamente al satanista que también paró al verla tan cerca. Lo tomó de los hombros y le dio un dulce beso en los labios. Murdoc se sorprendió pero respondió con gusto. Al final el beso, terminó en abrazo.
El satanista sintió que a su corazón le iba a dar un colapso, ninguna mujer (aparte de Noodle) le había dado un abrazo tan cariñoso como ese. Con algo de inseguridad la abrazó también, no era algo que solía hacer con las mujeres así que no sabía como responder.
-Qué bien finges…- Se le ocurrió decir. Aunque Tarántula para nada fingía: todos los gestos tan cariñosos que había hecho esta noche eran verdaderos.
La chica se separó de Murdoc un poco molesta, pero era normal, ambos estaban intentando conquistarse mutuamente, aún así se enfadó, aunque no lo manifestó para no levantar sospechas.
Después de tanto bailar regresaron a la barra agotados. Los dos pidieron algo de beber, aunque esta vez sin alcohol. Cuando terminaron decidieron irse rumbo al hotel, ya que era bastante tarde. Fueron por la puerta de emergencia, Tarántula no se quería encontrar con ese vigilante.
Salieron del local llegando a un callejón. Escucharon un par de ruidos sospechosos, a lo que ella se asustó, agarrando fuertemente la mano de Murdoc. Caminaron rápido hasta llegar a un parque vacío, con una gran fuente, de la que no emanaba agua ninguna. Se sentaron en el borde de esta, que era lo suficientemente amplia.
Tarántula bostezó y se apoyó en el hombro del satanista. Murdoc no sabía qué hacer en esa situación. Pensó en que quería conocerla mejor y haría un juego para no hacer las preguntas tan indiscretas.
De repente, la chica tomó la mano de Murdoc y la llevó hasta su pecho izquierdo.
-¿Notas cómo late? Creo que vas a ganar la apuesta…- Dijo bostezando de nuevo. Murdoc no se lo tomó nada en serio, no debía fiarse.
-¿Te apetece jugar a algo?- Preguntó el bajista. De seguro diría que sí, ella estaba con unas copas de más y tenía ganas de pasarlo bien.
-Está bien, pero ¿a qué?
-Yo te hago una pregunta, me la contestas sinceramente y tú me puedes hacer otra.
La chica frunció los labios.
-Puedes preguntarme sin hacer ningún juego, aunque no estoy nada orgullosa de mi vida.- Se encogió y fijó su vista a sus zapatos.- Te responderé a lo que quieras.
El satanista se sorprendió, no dejaría pasar esa oportunidad.
-¿De qué son todas esas cicatrices?- Preguntó por fin.
-Bueno, algunas son de peleas, otras de problemas familiares. Aunque algunas no sé de qué son. Me arrepiento muchísimo…- Se puso en posición fetal, escondiendo su cabeza entre sus piernas.- Escuché que tú también lo pasaste mal.
-Sí, pero no tengo que hablar de ello ahora.- Sacó un cigarro de su bolsillo y empezó a fumarlo tranquilamente. Tarántula miró de nuevo cómo fumaba: le encantaba. Murdoc se dio cuenta y le ofreció un cigarro.
-Gracias, pero no fumo.
-No fumas, no "bebes"… ¿entonces cómo te diviertes, chica?- Preguntó riéndose un poco.
-Hago muchas cosas para divertirme.- Le dijo con una sonrisa.- Me gusta pintar paisajes en grandes murales. También tocar el acordeón y salir a caminar por algún lugar. Mis vicios son baratos y sanos.
-Barato, una palabra que me gusta.
-Buena, bonita y barata, así soy yo.- Tarántula se encogió más. Murdoc dedujo que estaría avergonzada y carcajeó un poco. Siguió haciéndole preguntas.
-¿Cómo es que te convertiste en la mamá de Litané?
-Una vez, tuve que entrar en un orfanato para arreglar unos papeles. Conocí a la pequeña y me encariñé con ella.
-¿Qué te encariñaste con ella…?- Preguntó sospechoso. Tarántula asintió.
-La amo tanto, es como si hubiera salido de mi vientre. ¿Alguna pregunta más?
-¿De dónde eres? Tú no eres de aquí.- Murdoc se levantó, quedando parado en frente de ella. Parecía que la estaba desafiando. La chica se levantó también, pero se subió al borde de la fuente, quedando más alta que el satanista.
-¿Ah? ¿Por qué te interesa eso, y cómo has llegado a la conclusión de que no soy de Reino Unido?- Le dijo altanera.
-¡Por favor, mírate! No he visto unos rasgos como los tuyos en ninguna mujer inglesa. Además tienes algo de acento, no he conseguido descifrar de dónde es, así que no me mientas… podría saber todo sobre ti en una noche.- El bajista sacó su lengua de forma descarada, haciendo movimientos obscenos.
Eso molestó a la chica y en un rápido movimiento de mano, cogió la lengua de Murdoc, estirándola. El satanista se quedó perplejo, incluso tiró el cigarro sin querer.
-Qué lengua tan larga… y sucia.
-¡No cambies de tema!- Gritó dificultosamente, tropezándose con las palabras. Tarántula soltó su lengua, que hizo el típico movimiento de persiana cuando la enrollas. El bajista tomó de los hombros a la baterista, haciendo que se acercara un poco más a él.- ¿Me lo vas a contar o no?
-¿Qué? ¡No!
Murdoc gruñó y la soltó bruscamente.
-¡Dijiste que me responderías a todo, zorra mentirosa!- Gritó furioso. Luego le dio la espalda y se fue a paso rápido al hotel.
-¡No, espera Murdoc!- Gritó Tarántula también, un tanto desesperada. El satanista hizo oídos sordos y caminó más rápido, dejando a la pobre chica sola en el parque.
La baterista salió del parque y empezó a buscar a Murdoc con la mirada. Como sabemos, la vista de Tarántula no es que sea extraordinaria, y no distinguía al satanista de las pocas personas que pasaban por allí. Se asustó y se tapó la cara con sus manos, sollozando un poco.
-¿Y ahora cómo vuelvo al hotel, si no sé dónde estoy?
