Holaa. Qué de tiempo hacía que no escribía un "encabezado" jeje. Este capítulo me gustó mucho escribirlo. Amo este fic, amo escribir y los amo a ustedes porque son los que me dan vida. Gracias a todas las chicas que me mandan reviews (algún chico habrá, ¿quizás?) porque son estupendas y geniales. Sin más demora, la continuación.
Los dos seguían apoyados en la misma puerta. Ninguno se había levantado para nada. Ella escuchó al moreno respirar desde el otro lado y le habló.
-Ey Murdoc, ¿estás ahí?- Preguntó, pero no obtuvo respuesta.- Bueno, no pasa nada si no quieres contestarme.
El satanista siguió fumando lentamente esperando a ver qué decía.
-No me duele tanto la mano, podríamos haber seguido adelante…- Dijo disminuyendo sus palabras.- Pero, ¿qué somos? Quizás solo quieras acostarte conmigo. Oye, ¿me pasas un cigarro?
Murdoc sacó de la cajetilla dos cigarros y se los pasó a Helenka por la rejilla de la puerta. Ésta los tomó.
-Gracias. Retomando mis palabras…- Dijo poniendo uno de los cigarros en su boca, sin encenderlo.- Bueno ya no sé por dónde iba… da igual… ah sí, el sexo… la forma de olerme, a mí nunca me hicieron eso. La verdad nunca nadie me ha tratado con tanto cariño, me hizo sentir muy especial. Gracias.- Le agradeció. Suspiró pesadamente y su mano fue a parar a la puerta, como si quisiera tocar al moreno.
Él simplemente fumaba cigarro tras cigarro.
-¿Y si fuéramos pareja? Imagina.- Le pidió por un momento. Después rió.- No duraríamos mucho.
-¿Y tú qué sabes?
Helenka calló.
-Yo sé.- Afirmó a su pregunta.
-No, tú no sabes, nadie sabe.- Elevó un poco más su tono de voz.- La gente va de enterada y no sabe absolutamente nada. Esas personas deberían morir.
-¿Estás diciendo que debería morir?- Preguntó tranquilamente. Tomó un mechero de su maleta y encendió el cigarro. El humo se escapaba por las rendijas de la puerta, lentamente.- A lo mejor sí, debería morir.
Murdoc agachó la cabeza y metió sus manos en los bolsillos de los pantalones.
La baterista se puso un poco nerviosa por lo que acababa de decir. Sintió que los ojos le fallaban, haciendo que su alrededor se volviera mucho más oscuro. Soltó un gemido al notar que les empezaban a doler.
Tiró el cigarrillo encendido y lo pisoteó contra la moqueta. A continuación abrió la puerta, haciendo que Murdoc se levantara.
-¿Qué ocurre?
-¡Me duelen, me duelen mucho!
El moreno se acercó un poco a la muchacha y le abrió un ojo.
-Tienes las pupilas muy dilatadas. Lo mejor será que vayas al hospital.
-Pero…
-¡Vas a hacer lo que yo diga!- Gritó furioso. Ella calló. Le tomó la mano derecha y se la llevó arrastrando sin mediar palabra. Bajaron rápidamente las escaleras ya que el ascensor no estaba disponible y pidieron un taxi rumbo al hospital.
Llegaron por fin allí, y una enfermera la atendió.
-Por favor que venga él conmigo.- Le pidió suplicante a la enfermera. Ésta lo dejó pasar. Helenka tomó la mano de Murdoc y la apretó fuertemente. Le estaba transmitiendo el miedo que sentía.
-Tranquila, ni que estuvieras embarazada.- Dijo riéndose con maldad. Ella le soltó la mano y le pegó un puñetazo en el brazo.- Auch.
-Te lo mereces, por payaso…
-A ver linda, vamos a pasar a esta sala. Tienes que entrar sola.- Helenka tomó de nuevo la mano del bajista y empezó a temblar. Él le acarició el pelo, tranquilizándola. Sentía el mismo miedo que ella y no sabía por qué.- Venga vamos, ¿no decías que te dolía?- Preguntó enfadada la enfermera.
-¡No le hable así!- Gritó Murdoc defendiéndola.- Amargada…
-Shh…- Susurró Helenka.- Ya voy, ya.
Las dos mujeres entraron en una sala. Él se quedó en el mismo sitio, dando vueltas de un lado para otro. Él sí que estaba preocupado esta vez.
-¡NO, NO, ALEJA ESA AGUJA PEDAZO DE ZORRA!
-¡A ver, tranquila, sólo será un pinchacito de nada!
Murdoc abrió los ojos como platos y se asomó un poquito a la puerta. Cinco médicos la sujetaban mientras ella se resistía en la camilla, hasta que la doctora le pinchó en el dorso de la mano. Poco a poco se fue tranquilizando hasta que se quedó dormida.
El moreno no pudo evitar soltar una sonrisa aliviada. La enfermera salió.
-A ver, puedes entrar si quieres y ver a tu novia. Pero no entorpezcas.
Murdoc asintió y entró. Le estaban vendando la mano y cosiendo las heridas de la mejilla, al parecer eran muy profundas. Otro médico se dirigió al satanista.
-Hola.- Saludó mirando un papel entre sus manos. A continuación se dieron la mano.- Bueno, cuénteme lo que le ha pasado.- Dijo entrecerrando los ojos, como acusando de algo a Murdoc.
-Ella sufre de una enfermedad en los ojos. Le entró algo así como un ataque y la traje hasta aquí.
-¿Y qué me dice de los cortes en la mejilla y el esguince en la muñeca, también fueron el ataque?- Preguntó con sarcasmo. Murdoc se enfureció y cogió al médico de las solapas de la bata, levantándolo.
-¡Gilipollas, yo jamás le haría daño, ¿Entiendes eso?! ¡Antes me corto las manos!
-S-sí…- El moreno empezó a zarandearlo y el doctor se movía cual pluma en el viento. Los otros doctores que ayudaban a Helenka intervinieron y soltaron el agarre, pero alcanzó a darle un puñetazo al médico.
Los demás enfermeros lo echaron de la sala y el moreno se encontró con la policía. Tragó saliva.
-Buenos días.- Saludó uno de los policías.
-Err… buenos días agentes. ¿Se les ha perdido algo?
-Sólo le haremos un par de preguntas.
-Está bien.- Dijo no muy seguro.
-¿Tiene usted algún vínculo sentimental con… esa muchacha, cierto?
Murdoc asintió. El policía empezó a apuntar cosas en una libreta.
-Creo que debería de ir a un psicólogo.
-¿Qué, para qué?- Preguntó alzando un poco la voz.
-Tranquilo, solo le hará unas preguntas rutinarias.- El policía tomó del brazo al moreno y lo llevó a una sala, y allí lo encerró. Murdoc nervioso empezó a aporrear la puerta con fuerza.
-¡Oiga, oiga que la va a romper!- Gritó alguien atrás suya. El moreno se giró, encontrándose con un señor de bata blanca, mucho más alto que él y de cara amigable. Sería unos quince años más mayor que él.
-Escuche, no quiero problemas, solo quiero irme.- Dijo.
-Aquí no encontrará problemas, sólo respuestas y soluciones.- Habló el señor pausadamente.- Le invito a sentarse, por favor.
Se sentó no muy seguro, mirando a fondo toda la habitación. Blanca, sin nada. Daba miedo. El señor empezó a mirar unos papeles mientras que Murdoc tomó una pelota anti-estrés del escritorio, sin pedir permiso alguno.
-Oiga, ¿voy a estar aquí mucho rato?
-El suficiente. Murdoc Niccals, ¿ah?
-Sí sí, y, verá…- Dijo bajando el tono de voz el bajista, acercándose un poco al hombre. Éste también se acercó.- Creo… creo que tengo un problema, una enfermedad o así.
Murdoc volvió rápidamente a su posición normal en el asiento, dejándose caer un poco. Empezó a jugar con la pelota, lanzándola. No miraba al psiquiatra para nada, evitaba todo contacto visual con él.
-De acuerdo.- Pronunció calmadamente con una sonrisa.- ¿Y en qué se basa para llegar a esa conclusión?
-Primero que todo, le cuento esto porque sé que usted es uno de esos médicos que comen el tarro… ni se le ocurra contarle nada a nadie.- Dijo con un leve tono amenazante. El doctor se cruzó de brazos y le pidió que continuase.- La verdad, no sé cómo explicarlo.
-¿Alguna molestia física, quizá?
-¡Sí, eso!- Murdoc lanzó por última vez la pelota y la dejó en el escritorio.- Me duele el estómago y siempre sudo frío. A veces mi cuerpo entero siente como si le dispararan mil veces. Y todo por alguien.
-¿Por alguien?- Repitió el doctor, soltando una carcajada. Murdoc frunció el ceño.- Amigo mío, ¿no lo comprende?
-¿El qué?
-Usted presenta los claros síntomas del enamoramiento.
El moreno abrió tanto la boca que creía que se le iba a caer.
-¡Eso es imposible, me niego!- Gritó levantándose bruscamente del asiento y moviéndose en todas las direcciones, nervioso.
-¿Y por qué no?
-Porque no puede ser, ella se merece algo mejor que… yo.- El psiquiatra empezó de nuevo a mirar los papeles y a escribir en una libreta.- ¿Qué mierda está apuntando?
-Nada, nada…- Dijo para guardar la libreta en un cajón.- A lo mejor ella quiere a alguien como usted. ¿Por qué no le dice lo que piensa y lo que siente? Creo que no perderá nada.
-¿Qué no? ¡Perderé demasiado, a ella!
Murdoc se dio cuenta de lo que había dicho y calló. El doctor sonrió triunfante.
-Analicemos entonces. Usted, inconscientemente, ha dicho que la ama.- El moreno fue a interrumpirle pero al final decidió guardar silencio. Ocultó su cara bajo su flequillo y se sentó de nuevo en la silla.- ¿Piensa que pueda corresponderle?
El satanista empezó a buscar en sus recuerdos y todos los detalles que había tenido ella con él. Besos, sobretodo.
-Satán, otra vez ese dolor…- Murmuró por lo bajo, pero el doctor logró oírlo.- Creo que "amar" es una palabra muy fuerte todavía.
-Cierto.- Le dio la razón el doctor.- Cuando la vea ahora, piense en las características que sufre su cuerpo. Confírmelo. Usted decide si se lo dice o no.
El hombre se levantó y acompañó a Murdoc hasta la puerta. Afuera esperaban los policías, de brazos cruzados. El doctor pidió al satanista que esperara un poco más apartado y eso hizo. Observó como el doctor le comunicaba algo a los policías y al final terminaron por irse del hospital.
-¿Qué les estaba diciendo?- Preguntó Murdoc acercándose al psiquiatra.
-Nada. Simplemente les dije que usted no había maltratado a la mujer que le acompañaba.- El moreno bajó la cabeza y apretó los puños.- Tranquilo, es solo mera formalidad. El hospital está acostumbrado a llamar a la policía en este tipo de casos.- Dijo dándole un par de simpáticas palmadas en el hombro.
-¿Dónde está ella, puedo ir a verla?
-Oh, claro. Yo le acompañaré.- Se ofreció amablemente.
-… Se lo agradezco.
Los dos fueron a un gran ascensor, que les llevaron hasta, por lo menos, la séptima planta. Anduvieron varios pasillos. Murdoc sentía escalofríos, nunca le gustaron los hospitales. Olían raros y estaban llenos de gente sin vida.
El doctor se paró en una habitación. La trescientos sesenta y siete. Murdoc procedió a abrir la puerta, pero el psiquiatra le paró.
-Antes creo que debería de saber su diagnóstico.- Le informó, algo serio. El moreno asintió y dejó el picaporte. El doctor sacó unos papeles de su bolsillo.- Por según leí en los informes… ella tiene cortes profundos en la mejilla, ya sanados y con puntos. Esguince leve en la muñeca izquierda y ataque de visión ocular severo.
-¿Y eso es grave?- Preguntó con un leve tono de preocupación.
El doctor suspiró.
-Ella padece una enfermedad grave. No sé si lo sabía.
-Sí, ya estaba informado.
-No sé qué tiempo le habrán dicho que le quedan en otros hospitales con respecto a su visión pero… creemos que no le quedarán más de tres años de vista.
Eso le sentó a Murdoc como un sillazo en la cara, un jarrón de agua helada vertida sobre su cuerpo y como si le rompieran de nuevo la nariz.
-Escuche, señor Niccals…- Dijo el doctor distrayendo al moreno de sus pensamientos.- Si sigue nuestras guías puede que posea su vista un par de años más. Solo no tiene que tener una vida desenfrenada, que no fume, que evite las situaciones de estrés y que tome un par de pastillas recomendadas. También puede someterse a una operación de la cornea.
-¿Y para qué serviría?- Preguntó con una voz furiosa. Apretó tanto los puños que se clavó sus largas uñas en las palmas de sus manos.- ¡Si se va a quedar ciega de todas formas!
-Shhh…- Susurró el doctor. A continuación suspiró.- Escuche. No le hablo ahora como doctor, sino como persona.
-Vaya hombre…
-Ella todavía no sabe nada. Está sedada. Dentro de unas horas despertará, y quiero que le informe usted de su situación, es una petición personal. Me han dicho que no dejaba de decir el nombre de "Murdoc" mientras dormitaba.- Dijo con una sonrisa.- Déle usted, por favor, los mejores años de vista que le queden.
A continuación, el doctor le dio la mano a nuestro moreno, y se dio la vuelta, para irse por el ascensor.
Murdoc se quedó allí plantado. No esperó más y entró en la habitación.
-Por Satán… ¿qué te han hecho?- Dijo poniendo una mano en su frente al ver a Helenka; En su nariz, tenía un tubo que se conectaba con un gotero. En el dorso de su mano izquierda tenía un tubo conectado por vía intravenosa, vendado y conectado a otro gotero con sustancia sospechosa. Y por finalizar su mejilla derecha tenía unas tiras blancas que cerraban sus cortes. Murdoc se sentó en una silla, enfrente de su cama. Le tomó de la mano derecha, levantándola y soltándola, haciendo que rebotara en el colchón. Después de eso le acarició el brazo suavemente, haciendo que se le pusiera, inconscientemente, el vello de punta. Observó un poco la habitación. Fijó su vista en la mesilla, había un móvil, un pintalabios y un monedero.
El moreno miró a la chica. Dormía apaciblemente. Su pecho se movía de arriba abajo, constantemente, sin perder el ritmo. Llevaba uno de esos típicos camisones que te dan en el hospital, que se transparentaban un poco. Murdoc sonrió. Se levantó y se agachó un poco, quedando algo cerca de la cara de Helenka. Le apartó el flequillo con una mano, dejando su cara totalmente despejada. Le dio un suave beso cerca de los labios y volvió a su asiento.
-Tú dormida, y yo con tantas cosas que decirte…- Empezó a hablar Murdoc. Soltó una risilla floja y tomó su mano derecha de nuevo, pero dejándola en su sitio.- No sé cómo decirte cuando despiertes, de que te quedan sólo unos años de vista.- Suspiró pesadamente, rascándose la nuca.- No sabía que fuera tan grave… en verdad lo siento. No sé por qué siento que es mi culpa, si en realidad no tengo nada que ver. ¿Quizás sea eso a lo que le llaman "empatía"?
Murdoc calló por unos minutos y apretó más la mano de Helenka.
-Mentira, no es empatía. Es algo más… potente. Soy demasiado orgulloso para decirlo, incluso estando tú dormida.- Reconoció el satanista.- Un psicólogo de aquí me ayudó bastante; es un viejales, pero muy buena persona y eso. Todavía no he avisado a nadie de que estás aquí, debería hacerlo. Sobre todo a Noodle, te ha tomado mucho cariño. En un desayuno dijo que, te veía como una madre. Me sorprendí mucho, pero para bien. Al fin y al cabo nunca tuvo madre, al igual que yo, y entiendo que te vea así porque eres…
El moreno tragó saliva y acarició la mano de la chica cariñosamente, delineando sus dedos y sus uñas largas y blanquitas, con un leve brillo en ellas. Murdoc prosiguió.
-…Eres una mujer estupenda y muy buena persona. Un buen ejemplo, diría yo. Por eso no me molestó que Noodle te dijera "mamá". Quiero lo mejor para ella así que no me incomoda que tú seas su figura maternal ¿entiendes? En cambio, yo… soy en demonio en persona. ¡No sé qué haría si no estuvieran Stu y Russ al lado!- Dijo elevando un poco el tono de voz.- En fin, pasando a otras cosas…
El moreno sintió que Helenka respiraba un poco más fuerte, como si se fuera a despertar y se asustó. Pero pronto normalizó su respiración y giró su cara hacia el lado de Murdoc. Sus labios se entreabrieron dejando ver un poco sus dientes; blancos, pero un poco desordenados.
Murdoc no dejaban de mirar sus gorditos, pero finos labios. Ahora mismo habían adaptado un color morado, no muy sano. Sería del shock que sufrió al ver las agujas.
El moreno sacudió la cabeza y continuó hablando.
-Ahora mismo, solamente puedo decir que eres la mujer más bonita que he visto en mucho tiempo. Antes, cuando estábamos en la cama, no pensaba en ir mucho más lejos… mi instinto animal quería meter mis manos ahí.- Dijo riendo un poco.- Pero, enserio que lo disfruté. Sé que me he acostado con muchas chicas pero sé cuando tengo que parar y cuando no; aunque en realidad no sabía qué es lo que estaba haciendo. Nunca había tratado a nadie con tanta delicadeza.
Sintió una opresión en el corazón; sus ojos se humedecieron y no sabía por qué. Se los secó con furia.
-Maldita sea… quiero decirte todo y no puedo; menudo agobio. Si es que soy un gilipollas…- Dijo soltando una carcajada. Después de eso, calló. Solo se escuchaba algunas voces afuera o unos pájaros silvestres en la ventana. Murdoc cruzó sus manos, como si fuera a rezar, y las acercó a su cara.
De repente se levantó y empezó a andar por la habitación. Cerró la ventana, algo nervioso, y se puso de nuevo al lado de Helenka, esta vez de pie. Se agachó un poco para quedar a su altura.
Acarició sus dos mejillas, con cuidado de no hacerle daño. Poco a poco observó que iban cogiendo un color rosado, muy infantil y tierno. Sonrió por eso.
-Creo… creo que te quiero.
El satanista se agachó un poco más y le dio un cariñoso beso en los labios. Al romperlo, observó que también sus labios habían tornado un color rosita. Le dio nuevamente un beso, pero esta vez le cogió de la barbilla, para levantarle un poco el rostro. Murdoc analizó todo lo que pasaba. Se sentía muy emocionado, su pulso iba rápido, el estómago le dolía y no quería separarse de ella para nada, ni aunque entrase alguien el la habitación.
La sorpresa fue cuando una débil mano se posó en el cuello de Murdoc, profundizando el beso.
Inmediatamente el moreno se separó sonrojado. Helenka se empezó a reír a carcajadas.
-¡Pero serás hija de perra!- Gritó entre enfadado y avergonzado. La chica no hacía más que reír.
-Ay Murdoc… que me va a dar un colapso.- Dijo aguantándose el estómago con la mano derecha. El satanista no había sentido tanta vergüenza en su vida. Después de unos segundos paró y se quedó con una sonrisa apacible en los labios.
-¿Necesitas algo?- Preguntó el bajista intentando cambiar el tema.
-Si me das un poquito de agua.- Dijo levantándose de medio tronco, secándose los ojos. Helenka sabía que "ella" había herido el orgullo de Murdoc, porque él la quería ahora, así que dejó el tema a un lado. El moreno le dio un vaso de agua.
-Muchas gracias.- Le agradeció, bebiendo de un jalón. Dejó el vaso en la mesilla y se recostó de nuevo en la cama, la verdad es que estaba bastante cansada. Miró a Murdoc, que estaba sentado en la silla.
-Y… ¿has estado despierta todo el rato?
-Sí.- Afirmó con una sonrisa.
Murdoc sólo le tomó de la mano. Helenka le daba suaves apretones de vez en cuando, estaba bastante débil.
-No pasa nada. Algún día tenía que quedarme sin vista. No te preocupes.
-…Te admiro.
Helenka negó con la cabeza.
-Eso ya no importa, ahora…- Dijo levantándose de la cama y sentándose en ella.- Tienes una forma curiosa de confesarte.- Puso sus manos en sus mejillas, con una gran sonrisa.
Murdoc sólo chasqueó la lengua y se despatarramó más sobre la silla. No había estado más avergonzado en su vida. O a lo mejor era la primera vez que se sentía así. Quién sabe.
El móvil de Helenka comenzó a sonar.
-¿Puedes contestar tú por favor?- Le pidió a Murdoc.- No quiero hablar con nadie…
El moreno lo cogió, pero colgó. La baterista se extrañó.
-Mejor hablemos.- Dijo colocándose de nuevo en la silla.- ¿Qué opinas?
-Pues opino que… bien.
-No, no me refiero a eso.- Murdoc se levantó y se quitó su cazadora, dejándola en la silla. Se acercó un poco a Helenka, haciendo que se echara hacia atrás.- Tranquila, no te voy a comer… aún.- Dijo con un tono pervertido. Ella agachó la cabeza como diciendo "esa es su forma de ser y nunca va a cambiar"
-¿Quieres que te de una respuesta, no?- Ésta vez, se acercó ella, tomando de los hombros al bajista y mirándolo a los ojos. Suspiró y agachó la cabeza, chocando contra el pecho de Murdoc. Sintió que respiraba muy fuerte y puso su mano en el corazón de este, para que se tranquilizase.
-Murdoc te va a entrar una angina de pecho…
-¿¡Pero quieres contestar ya!?- Le preguntó zarandeándola un poco de los hombros.
-¡Vale vale pero deja de hacer eso! Esto no es fácil.
-Ya, entiendo…- Murdoc ya se esperaba un "no" por respuesta.- Seguramente no soy lo suficientemente bueno para ti, ¿eh? Me lo suponía, no debí haberte dicho nada…
-Murdoc…
-¡Sí, sí, ya sé!- Exclamó interrumpiéndola.- ¡Pero te lo tenía que decir, yo no puedo vivir con esa cosa dentro! Pensé que teníamos mucho "feeling" o como mierda se diga…
-Quiero salir contigo Murdoc.
-Será mejor que me vaya. Ha sido un placer conocerte y todo eso.- Cogió la mano de Helenka y la estrechó con energía, moviéndola de arriba abajo. Tomó su cazadora y se fue de la habitación dando grandes zancadas, cerrando la puerta. Helenka se levantó a duras penas, acercándose un poco a la puerta y abriéndola.
-¡Por favor no te vayas, te quiero!
A pesar de decir eso, Murdoc no volvió. Helenka esperanzada aún, aguardó en la puerta unos minutos más, pero no vino.
La baterista suspiró dolorosamente y a paso lento, fue de nuevo hasta su cama. Pero paró en seco cuando escuchó a alguien correr a toda pastilla por el pasillo y entrar en su habitación.
-¿En serio?- Preguntó Murdoc.
Ella asintió rápidamente, sorprendida. El moreno fue corriendo a abrazarla.
Helenka empezó a reír de felicidad y acarició la espalda del bajista con su mano buena. Pasó por sus vértebras, delineando cada una de ellas. En cambio Murdoc no hacía más que olerla, olerla y olerla.
Se separaron y ella se quitó el tubo que recorría sus dos agujeros nasales con facilidad.
-Mucho mejor.
Murdoc la tomó de las caderas, atrayéndola hacia él.
-Y… ¿qué dijiste antes?- Preguntó con mirada seductora.
-¿Qué dije antes?- Dijo ella poniéndose de puntillas.
-Que me querías…
Helenka pegó un salto y Murdoc la cogió. Se agarró en plan koala y le dio un beso en los labios, mucho más potente que el del hotel. El satanista la tuvo que agarrar de su trasero, no tuvo más opción, y la llevó hasta la cama donde la tumbó, pero ella seguía sin despegarse de él así que también se tumbó pegado a ella. Por un momento rompieron el beso.
-¿Te gusta oírlo, eh? Pues te quiero, te quiero, y te quiero.- Dijo dándole un beso por cada te quiero. Murdoc rió a carcajada limpia y la besó también.
-¡Uy! ¿Interrumpo algo?
Murdoc se levantó rápidamente y Helenka se incorporó, colocándose la bata. Era el psiquiatra que ayudó al moreno.
-Eh, no, no interrumpe nada.- Dijo Helenka con una sonrisa. Murdoc solamente miraba mal al doctor, que conservaba su apacible sonrisa.
-Claro que interrumpe…- Susurró Murdoc cruzándose de brazos. La chica le dio un codazo.
-¿Qué tal estás, te encuentras mejor?- Ella asintió débilmente.
-Veo peor, pero estoy bien.
-Me alegro. Ya casi se te ha acabado el gotero.- Dijo señalándolo.- Podrás irte de aquí en una hora.
-Gracias…
El doctor se despidió y salió de la habitación. Murdoc se acercó lentamente a Helenka, volviendo a la posición de antes.
-¿Por dónde íbamos…?
-Por aquí.- Dijo señalando sus labios. Murdoc nuevamente rió y la besó de nuevo. Estaba de bastante buen humor. Nada podía estropear ese momento…
-¡OH POR DIOS, HACIENDO ESAS COSAS EN UN HOSPITAL!
…O alguien.
Se separaron bruscamente de nuevo. Era Boinae, que había puesto sus manos en las caderas. Parecía un jarrón.
-¿Y tú sabes que en un hospital no se grita?- Preguntó Murdoc mosqueado. Boiane pasó olímpicamente de él y se dirigió a su amiga.
-Pero… ¿qué te han hecho? No habrás sido tú.- Dijo refiriéndose al satanista. Éste rodó los ojos.
-No ha sido él, Boinae.
-¿Y quién entonces?
-Por favor… sólo déjalo estar.
Otra persona entró en la habitación. Era, nuevamente, el doctor. Boinae lo miró con la ceja alzada.
-¿Papá?
-Hola cariño.- Dijo con una sonrisa. Helenka y Murdoc se miraron asombrados.
-Bueno, el que faltaba…
