6 GRADOS DE SEPARACIÓN

Creando enlaces

¡Hola! Veo que has vuelto, me alegro por eso, al parecer tú también compartes un poco de ese dejo voyerista; husmear un poco en la vida de otros a veces tiene su lado divertido, sobre todo cuando se trata de esas personitas que conocimos hace poco.

Muy bien, antes que nada necesito que te imagines como un ente omnipresente, veremos todos y cada uno de los movimientos de nuestros nuevos amigos ¿De acuerdo? Bien, empecemos entonces.

Este escenario se te hace familiar, por supuesto, otra vez podrías apostar que se trata de una escenografía que retrata un paisaje citadino. El ruido de los autos acompaña el murmullo constante de las personas que inundan las acercas, todo este cumulo de personas apenas y se dirigen miradas entre ellos… otra vez se trata de una misma rutina que podría encerrar miles de historias aunque por ahora solo nos importan unas cuantas.

Paseamos la mirada, rostros que no nos interesan realmente, ojos aburridos que se mantienen enfrascados otra vez en las pantallas luminosas de sus teléfonos como si estos fueran un apéndice que se ha injertado en las manos de las personas. Vaya… ¿Será que no encontraremos hoy a nuestros peculiares objetos de estudio? Deberíamos seguir husmeando por la ciudad pero ¡Oh sorpresa! Mira a quien tenemos ahí.

Un hombre de pronto emerge de las escaleras del subterráneo, su cabeza rubia se hace notar por encima de las del resto de los transeúntes, otra vez sientes ese peculiar escalofrío al momento en que lo reconoces: Ojos violáceos, robusto como una mole y claro, con esa bufanda que parece estar conectada a su cuello pues de nuevo se la alza afanosamente intentando cubrir la mitad de su rostro con ella.

Ese que vemos ahí con un andar parsimonioso es Iván, el hombre del metro de la última vez ¿Recuerdas? Parece ser que hoy no va al borde de un ataque de nervios, de hecho camina muy tranquilamente aunque la gente a sus lados parece estarle haciendo paso intimidados por su porte, él lo sabe, podemos notarlo por la manera en que parece de pronto avergonzado y por centésima vez se levanta la bufanda como si con ello quisiera ocultar su rostro.

Es curioso ver como un tipo tan imponente como lo es Iván de pronto se sienta obligado a encorvarse mientras camina, las miradas lo acosan apenas lo ven acercarse… debe ser difícil tener esa corpulencia, demasiado atemorizante. Es así entonces como Iván de pronto se decide y comienza a caminar mas rápido, tendremos que apresurarnos si queremos seguirle el paso.

La larguísima gabardina caqui se ondea igual que el portafolio en su mano enguantada se columpia de adelante hacia atrás junto con su brazo, revisa constantemente su reloj y suelta un largo suspiro, seguramente llegará demasiado temprano a la oficina.

Iván continúa con su camino tratando de ignorar a las personas alrededor de él y finalmente llega a esa avenida flanqueada por rascacielos y que en sus acercas tiene ríos de personas trajeadas y con los celulares pegados a las orejas.

Conocemos este edificio, ya lo hemos visto, fue justo en su fachada en el que tuviste un desafortunado encuentro con otro rubio malhumorado, vaya coincidencia, Iván parece trabajar aquí.

Vemos al que ya podemos asegurar es ruso entrar al edificio, el hombre toma aire como si estuviera preparándose para algo, o mejor dicho te recuerda a todos los primeros días de escuela, cuando te llenas de valor para enfrentar a nuevos compañeros de clase y maestros, justo así se ve Iván ahora mismo pasando a la recepción para registrar su entrada, la recepcionista le sonríe de manera dulce y él responde al gesto de la misma manera.

Oh dios, el hombre sonriendo se ve todavía más perturbador ¿Acaso no se supone que las sonrisas deben ser lindas y tiernas para contagiarte un poco de seguridad? Parece ser que en Iván sus sonrisas tienen el efecto contrario.

Tras terminar de registrarse sube al ascensor mientras ve alguno de los afiches publicitarios pegados en las paredes de espejos del elevador que promocionan nuevos libros y nuevos autores. Aquel edificio es una casa editorial. Por cada piso en el que el elevador hace una parada podemos ver un asomo de todo el trabajo que ahí se hace, allá afuera todo parece ser un caos total.

Los teléfonos suenan, las personas van y vienen, alguien grita al final del pasillo, otros se llevan tranquilizantes a la boca como si fueran dulces y bueno… no se ve agradable ese ambiente en donde todo mundo parece estar al borde de un colapso de estrés, es una suerte que nuestro Iván no se dirige a ese piso sino al número 12: El departamento contable.

Cuando las puertas del ascensor se abren todo es un mundo completamente diferente al de los pisos anteriores. Apenas poner un pie ahí se escucha un silencio solamente interrumpido por el "tlac tlac tlac" de los dedos contra los teclados de las computadoras, contadas son las voces que se hablan en susurros y cada persona está encajonada en un cubículo, cuando lo vemos así solo parece un laberinto de cubículos… no, mejor dicho nos da la sensación de que es como un gran gabinete que guarda personas demasiado concentradas en su trabajo como para intentar hacer algo como interactuar entre ellos.

Nuestro Iván ya va hacía su propio lugar de trabajo así que vayamos tras él.

Ugh… todo parece tan aburrido en este lugar, a donde sea que posas la mirada solo te encuentras con una copia de las personas: Trajes sastre grises, ojos muertos frente a una pantalla y el acelerado movimiento de los dedos sobre una calculadora y el ratón de la computadora, de vez en cuando suena un teléfono, otras veces nada más se escucha el sonido de un fax, de la impresora o de la maquina fotocopiadora.

¿En serio Iván trabaja en algo tan mortalmente aburrido? Te preguntas y pues sí, el ruso se acomoda en el lugar que días antes ya le habían asignado; podemos husmear un poco en su escritorio y solo alcanzamos a ver un pedazo de su vida representado en la fotografía enmarcada de dos mujeres, las dos son muy guapas hay que admitir, una de ellas con el larguísimo cabello platinado que bien podría ser una modelo a juzgar por sus facciones tan finas, la otra con un semblante más gentil en su rostro lleva el cabello más corto aunque toda la atención se centra en su par de enormes pe… ejem… "atributos". Dejando la fotografía de lado no hay otra cosa que personalice ese estrecho lugar, todo otra vez es gris y ahí tenemos a Iván comenzando el trabajo de ese día como todos los demás.

Las horas pasan en una monotonía tan absorbente que casi puedes sentir como tu cerebro se consume al solo escuchar esos ruidos aislados producto de las computadoras y la gente que trabaja en ellas. Cuando vez a todas esas personas en un estado de enajenamiento puro te empiezas a cuestionar si la vida es realmente solo eso: Ir a trabajar y ver tus días consumidos en 8 o más horas de oficina en la que la última novedad es que presupuesto te salió mal, si hiciste mal el chequeo de los estados de cuenta o te equivocaste al hacer la declaración de los impuestos… Gris… de pronto todo se te antoja de un insípido color gris.

Dan ganas de escapar de aquí ¿Cierto? Te nace un deseo irrefrenable de soltar un grito tremendo para ver si así alguien despega los ojos del monitor, solo para asegurarte de que siguen vivos aunque parece ser que alguien está dispuesto a adelantársete en esa tarea.

-¡No no no! Ya les dije que no acepto ni un centavo menos, ese es el presupuesto que mi autor requiere para la portada así que vas revisando los números y haces magia con ellos o a ver como que a que jefazo de la imprenta le chupas las bolas y se las dejas relucientes porque Kirkand no va a aceptar otro diseño que no sea ese. Fin de la discusión cariño, no me hagas perder más el tiempo- una voz se alza por encima de todos y como si fuera un ritual colectivo, todo mundo suelta un mismo suspiro de cansancio, todos menos Iván que voltea a ver a todo mundo que tienen unas caras que se pintan de resignación y se ensombrecen un poco.

Ahora a ti también te ha despertado la curiosidad ¿Quién podría armar tal alboroto en ese lugar que parece regido por una disciplina militar? No somos los únicos curiosos, Iván también lo está pues justamente en este preciso momento alza su cabeza para poder ver por encima de la frágil pared del cubículo solo para alcanzar a divisar a un rubio ojiverde que va por el pasillo con paso firme, contoneando tal vez demasiado las caderas y mirando a todos de manera soberbia.

-Feliks, ya te dijimos que los honorarios de ese diseñador sobrepasan el presupuesto que te dimos- Un hombre de lentes y cara nerviosa va tras el rubio el cual está negando con su dedo índice.

-No es mi problema mi amor. Ahora mismo mi autor está pagando tu sueldo con la venta de sus libros y un libro no se vende si no tiene una portada que llame la atención así que como que ve arreglando el asunto del dinero, esa no es mi área- dice el tal Feliks y vaya sobresalto nos llevamos ¿Recuerdas al tipo del cafetería que amenazaba con dejarte la cara como si fueras un afilador de uñas para gato? Ese mismo rubio ahora va por ahí exigiendo dinero al hombre de los lentes que empieza a sudar nervioso y asustado.

-Pero…-

-Pero nada- concluyó Feliks deteniéndose y clavando sus ojos esmeralda en el otro que al parecer se da por vencido y de nuevo todos a nuestro alrededor se sumen en un completo estado de sopor, excepto Iván que mira el espectáculo intentando entender qué diablos pasa ahí.

Mas susurros de los habituales comienzan a escucharse y todas las miradas se dirigen al rubio protagonista de ese encuentro que parece estar aplastando con sus ojos afilados al otro hombre que suelta algo parecido a un quejido al tiempo que agacha la cabeza.

-E… está bien, veré que puedo hacer- y es así como un hombre es derrotado solo con la mirada penetrante de un rubio amanerado. Hasta que por fin el transcurso del día se ha hecho interesante.

-Muchas gracias, me alegra ver que nos podemos entender- dice Feliks y puedes notar ese tonito altivo en su voz, no sabríamos decir si es una buena o mala persona ese tipo.

El hombre termina por darse media vuelta y solo hasta que desaparece de nuestra vista, el ojiverde también se dispone a irse seguido de nuevo del murmullo acumulado de los ahí presentes aunque entonces…

-¡Hasta que se va el marica de aquí, esto no es un bar gay!- alguien se ha atrevido a decir alzando la voz. Ahora todo es un silencio que provoca un ambiente tan tenso que se podría cortar con tijeras.

Mala señal, ¡Alerta roja! Iván se ha levantado abruptamente de su silla y busca rápidamente a quien ha dicho el comentario; por otro lado podemos ver a Feliks… ¿Sonriendo? Una media sonrisa se está dibujando en sus labios perfectamente humectados.

Con lentitud se da la media vuelta y rápidamente ubica al tipo que se le ocurrió soltar tan ofensivo comentario. El hombre no parece pasar de los 20 y tiene una sonrisa socarrona que de inmediato te provoca ganas de tirarle uno o dos dientes.

El rubio de los ojos verdes se acerca a él y el otro tipo parece estar retándolo con la mirada, casi diciéndole "¿Qué es lo que harás?" Todos se quedan tan tensos que nadie se atreve a hacer algo, ni siquiera Iván que parece estar debatiéndose entre ir a masacrar al tipo o sacar a Feliks de ahí, en cambio…

Feliks alza su pie y prácticamente lo ha azotado contra la entrepierna del tipo que está sentado en su silla, con tanta saña que el hombre ha dado un salto y está soltando el chillido más agudo que has escuchado en toda tu vida. Un par de lagrimitas se le escapan de los ojos cuando Feliks retuerce su pie aun contra su parte noble y el tipo intenta quitarse el pie de encima mientras parece tratar de articular palabra alguna pero no puede, tiene el tacón del zapato de Feliks presionando contra su pene.

-Disculpa guapo, creí ver una cucaracha en tu pantalón y como soy taaaaaaaaan marica no soporto los insectos- está diciéndole Feliks.

Oh por Dios, el rubio ni siquiera se molesta en disimular ese tonito que delata el hecho de que lo está disfrutando en grande.

-Quítate de encima, idiota… de esto se va a enterar el jefe- amenaza el sujeto respirando hondo como si se tratara de una mujer parturienta. Te da risa la manera en como gesticula de dolor en el momento en que Feliks baja su pie y lo mira como si ese gesto altivo lo tuviera tatuado en su rostro.

-Ósea, estás en todo tu derecho de acusarme, como yo también puedo ir hecho un mar de lágrimas hablando acerca de tu acoso producto de tu homofobia y lo muy mal visto que eso está en esta empresa. Anda, ve mi amor, di cómo yo me defendí de tu odio patológico por los homosexuales y de cuánto dinero puedo sacarle a la empresa y a ti si te demando por eso-

Otra vez todo se ha quedado en un silencio glacial y el pobre hombre se queda tragándose la rabia. Si por ti fuera ya podrías ir riéndote en la cara de ese susodicho, justo como Iván se está aguantando las ganas de hacer pues ves cómo se cubre la boca ahogando una carcajada, los demás solo miran todo con gestos de desaprobación.

Feliks parpadea un par de veces y vuelve a sonreír de manera tierna e inocente.

-¿No lo harás? Una pena, pude haberme vuelto una perra millonaria gracias a tu retraso mental- dice Feliks encogiéndose de hombros y soltando un larguísimo suspiro. Casi podríamos levantarnos y aplaudirle, pero mejor dejemos eso para otra ocasión.

Todos siguen con la mirada al rubio que sigue caminando felizmente hasta el elevador. Algunos regresan a su trabajo y otros tantos se acercan a la supuesta víctima de Feliks preguntándole si está bien, devorando al ojiverde en críticas por su mal comportamiento… al parecer a Feliks no lo precede una buena reputación, los comentarios rayan en lo ofensivo y apoyan al compañero recién lastimado.

-Debería darle una lección a ese afeminado- escuchamos decir entre dientes al mismo tipo que parece no aprender su lección, pero es esta vez Iván quien se acerca a él.

Podemos sentir casi un aura aplastante en su ya de por sí, sumamente intimidante porte. Iván sonríe como si de un niño pequeño se tratase y pone su mano en el hombro de quien acaba de soltar ese comentario.

Aprieta sus dedos en su hombro hasta hacer que este se retuerza un poco por el dolor, el tipo está a punto de reclamarle pero se le va la voz apenas ve esa sonrisa asesina en el rostro del ruso que entrecierra ligeramente sus ojos violáceos dándole una apariencia todavía más atemorizantes.

-Más te vale no hacer o decir algo así en mi presencia otra vez. No querrás tener problemas conmigo- le dijo en apenas un susurro al otro que de pronto palidece en cuestión de instantes y todo de nuevo retorna a ese silencio sepulcral digno de un cementerio.

Iván se endereza todavía sonriente listo para regresar a su trabajo pero antes de eso lo atrapamos dirigiéndole una mirada furtiva a Feliks el cual espera el ascensor… Tal vez se ha tomado demasiado tiempo en mirarlo, tal vez espera que el ojiverde volteé y le dedique una sonrisa… o tal vez ahí tenemos nuestra primera conexión.

Dejemos a Iván embelesado y sigamos a Feliks el cual con otro suspiro de cansancio, sube al elevador y desvanece la sonrisa altiva de segundos antes, se recarga en una de las paredes de espejo del elevador mientras se lleva un mechón de su cabello dorado detrás de la oreja y mira uno de los afiches publicitarios de la editorial, promocionando a Arthur Kirkland.

Ahora lo escuchamos dar un resoplido.

-Necesito vacaciones, un aumento de suelo o matar a toda esta gente…- dice cuando las puertas del elevador se abren y de nuevo se muestra sonriente.

Debe ser difícil mantenerse así cuando lo único que quieres es matar al 90% de tus compañeros de trabajo, pero Feliks te da esa ligera sensación de ser un tipo fuerte, y te convences más de esto en el momento en el que apenas acaba de salir del ascensor es atacado por un montón de gente que le rodea y le habla al mismo tiempo esperando que les ayude aumentando con ello el barullo que ya llena todo el piso.

-Ósea no soy su madre ni el editor en jefe ¿Cómo que acaso ven un letrero neón sobre mi sensual trasero que diga lo contrario? No, porque mi trasero solo lo ven tipos que desaparecen a la mañana siguiente así que largo de mi vista. Shu shu- les ordena ahuyentando a todos los que parecen ser solo estudiantes haciendo el servicio social y que solo buscaban en él alguna especie de auxilio. Y míralos, ahí van con sus caritas desoladas buscando a quien más recurrir.

Feliks refunfuña un par de veces antes de ir a su propio escritorio que tiene apiladas montañas de papeles que parecen mantener un precario equilibrio, da miedo el solo verla, si alguien se atreviese a dar un ligero soplo podríamos llegar a ser testigo de una avalancha mortal de papeles y documentos.

Por un momento temblamos ante esta idea en el momento en el que Feliks se deja caer pesadamente sobre su silla giratoria y apoya los brazos en su escritorio haciendo temblar peligrosamente su Everest de papel, pero esto no pasa… solo ha sido solo un momento de tensión.

El teléfono en su mesa suena y de inmediato Feliks gruñe levantando el auricular a la oreja.

-Habla rápido y más vale que sea importante- dice apenas se pega el aparato al oído. –¿Kirkland ya llegó? ¡Gracias a Dios! Tal vez hoy el jefe no me use de sacrificio humano- dice y lo vemos colgar, otra vez se levanta de su asiento y una vez más su torre de papeles amenaza con venirse abajo pero al parecer es un constante reto contra la gravedad ya que de nuevo se mantiene en pie.

Sigamos otra vez a Feliks que va con pasos rápidos ignorando a propósito a todo el que se le acerca, y en serio, ya no sabemos cómo empezar a definir a este tipo, no podemos hacernos una idea clara de si es agradable, desagradable o si solo queremos arrancar cada hebra de su perfecto cabello ¿No te da rabia que esa melena rubia se vea tan bien cuidada que parece la sacó de un comercial de shampoo?

En fin, acabamos de cruzar todo el piso y vamos llegando a una sala que parece ser para las reuniones, tan solo otra sala de junta de cualquier empresa normal.

-Artie, más te vale que traigas mi manuscrito o te juro por lo más sagrado que tengo, ósea mi bolsa Dolce & Gabanna edición especial otoño-invierno del 210, que te meto cianuro en el té y te obligo a tragarlo- dice Feliks apenas entrando y justo sentado a la cabeza de la gran mesa vemos un rostro sumamente conocido, seguramente por todos los afiches que llenan los pasillos de la editorial y las librerías.

Sentado tranquilamente bebiendo una taza de té está Arthur Kirkland, ¿Te has dado cuenta cómo es que visto de cerca los ojos de Arthur se ven todavía más verdes? Es increíble que brillen de tal manera. Su cabello es un caos y va vestido como un anciano, nada que ver con las pintas de intelectual con las que sale en sus afiches publicitarios.

De hecho si no tuviera esa cara de niño juraríamos que es un cuarentón desabrido, sobre todo por la manera en como frunce sus espesas cejas al tiempo que le da otro trago a su té y mira con cara de pocos amigos a Feliks.

-Buenas tardes a ti también Feliks, estoy muy bien, gracias por preguntar, a pesar de la ulcera gástrica que casi me provocan tus ridículas fechas de entrega- dice Arthur y se cuela entre sus palabras no solo un notorio acento británico sino también un tonito irónico que no hace efecto alguno en el otro ojiverde que ve satisfecho un sobre marrón que parece llevar dentro el dicho manuscrito.

-Arthur cariño siempre he sabido que tienes un estómago de acero, así que comparada a la comida que ingieres cada día, una úlcera es como hacerte cosquillas- al parecer a Feliks poco le importa hablarle así a un escritor de renombre como parecer ser Arthur pues apenas y se digna a mirarlo mientras prácticamente corre por el manuscrito en la mesa.

-Cada vez que te veo me pregunto porque diablos sigo en esta editorial y contigo como mi editor ¿Sabes cuantos matarían por firmar conmigo?- pregunta Arthur y ahora vamos dándonos cuenta de que este hombre a pesar de ser escritor, no conoce el significado de la palabra modestia y mucho menos, humildad.

-Claro que lo sé y por eso mismo sigues conmigo cariño, porque la competencia no tiene un editor tan bueno como yo. Tus libros serían puras letanías depresivas si yo no estuviera supervisando tus trabajos. No me agradezcas amor, tus ganancias hablan más que tus sarcasmos- responde Feliks y solo escuchamos a Arthur soltar una maldición entre dientes a la hora de llevarse la taza de té a los labios.

Creo que ya no sabemos si estos dos se llevan bien, mal o sencillamente disfrutan de hablarse de esa forma… solo damos fe a que este par está inflado de vanidad hasta la cabeza, o al menos Feliks… Arthur más bien parece solo estar demasiado consciente de su propia fama.

-Solo para que lo sepas, lo que escribo no son letanías depresivas, es pura y cruda realidad humana y social- reprocha Arthur dejando la taza de té en el platito mientras que Feliks solo lo ignora olímpicamente al tiempo que se sienta sobre la mesa y saca las hojas del sobre para echarles una ojeada.

Una vez más Feliks está sonriendo de esa manera que ya comienza a crisparnos los nervios, y sin siquiera dignarse a mirar a Arthur suelta una risa que no tiene pizca de humor en ella.

-Claro que no, tus libros son solo tu versión de la realidad humana y social. Básicamente eres un amargado que sabe escribir, nada más- dice finalmente el ojiverde y de pronto tanto escritor como editor se enfrascan en lo que parece ser una lucha de miradas.

Vaya, otra vez todo se ha tornado en un ambiente tan incómodo que solo quieres salir de ahí antes que tener que soportar tanta hostilidad junta, pero gracias al cielo Feliks vuelve a sonreírse ampliamente retomando su atención al montoncito de hojas mecanografiadas.

-Sin embargo tienes un verdadero talento para transmitir esa visión a tus lectores y hacer que ellos se sientan parte de tu mundo, logras que ellos vean todo a través de tus ojos- agrega el rubio de cabello largo esta vez con un tono más condescendiente que hace que Arthur enderece un poco más su espalda recibiendo el cumplido en un respetuoso silencio.

-Y como bien sabes mi querido Artie, mi trabajo es explotar ese talento aunque en el proceso te destruya el estómago y de paso los nervios, eres algo así como que mi pequeño diamante en bruto- concluye el ojiverde con ello rompiendo con el agradable ambiente que por fin había comenzado a crearse, parece ser que sencillamente le gusta soltar ese tipo de comentarios.

Feliks se levanta de un salto guardando de nuevo el documento en el sobre y poniéndoselo bajo el brazo.

-Ahora regresa a casa y ponte a trabajar o la próxima vez te pongo grilletes en los tobillos para encadenarte a tu mesa de trabajo. Te quiero Arthur, sigamos haciendo un buen equipo- le dice el editor mientras le manda un coqueto beso al aire que provoca en el escritor una cara de completo desagrado.

Feliks sale por fin de la sala dejándolo solo… y bueno, henos aquí con un famoso escritor que tiene la mirada perdida en su té como si la infusión tuviera reflejada en ella las respuestas de la vida.

Arthur de un momento a otro deja de verse como un fabricante de best sellers, su actitud arrogante se desvanece junto con el aroma de su bebida y solo atina a recargar su mejilla en la palma de su mano sin quitarle los ojos de encima a la taza.

-Solo un amargado que sabe escribir… si, puede que tenga razón- se dice a si mismo dejando escapar un largo suspiro.

¿Puedes verlo mejor? Como sus ojos que en un principio nos parecieron tan brillantes ahora se muestran ligeramente más opacos. Relaja su ceño y toma una honda respiración como si con ello estuviera también tomando fuerzas para levantarse de la silla y salir por fin de ahí.

Al hacerlo retoma su porte orgulloso y cuando camina por el pasillo puedes escuchar un cuchicheo por parte de todos los empleados que lo reconocen al instante, más de uno pretende acercarse para pedir un autógrafo sin embargo esa mirada malhumorada que el escritor se carga los detiene de hacerlo y tal vez si a ti y a mí no nos interesara tanto seguirlo, también estaríamos tomando una considerable distancia lejos de él.

Arthur toma las escaleras seguramente porque eso de ver su propia cara en cada esquina del edificio ya lo tiene un poco harto, es comprensible, si pudieras ver tu fotografía en prácticamente todos lados creo que ya incluso sentirías cierta nausea hasta por verte al espejo.

El rubio se apresura en bajar toda la serie de escalones hasta llegar a la planta baja en donde registra su salida y antes de salir a la calle se pone un par de lentes obscuros, creemos que es para despistar un poco.

Camina con pasos apresurados, podríamos jurar que le desagrada por completo estar en la calle con gente a su alrededor pues más de una vez lo has atrapado torciendo la boca en gestos de disgusto cuando se encuentra con numerosos grupos de personas, aun con ello llega hasta la estación del metro en dónde con la misma celeridad cruza los torniquetes y espera a que llegue el tren, golpeando el suelo con la punta de su pie y consultando su reloj constantemente, soltando bufidos de vez en cuando al asomarse por el túnel solo para verificar si el metro se acerca.

Finalmente el tren llega y Arthur sube al vagón, toma asiento pues este está casi vacío excepto por un muchacho que ha optado por mantenerse de pie. El rubio ya sentado saca de uno de sus bolsillos una pequeña libreta encuadernada en cuero y una pluma que se ve bastante cara, un regalo tal vez.

Y ahí vemos al escritor en pleno proceso creativo en el metro. Se lleva la pluma a los labios, como que está cavilando algunas ideas y finalmente se decide por escribirlas en su libreta. Su letra cursiva es inentendible, por más que queramos descifrar lo que parecen jeroglíficos no podemos, en cambio Arthur sabe muy bien lo que escribe y no se detiene.

Tacha algunas palabras, las substituye por otras, hace anotaciones al pie de la página o en los márgenes, de nuevo retoma esa manía de ponerse la pluma sobre los labios, mueve la boca como si estuviera declamando algo en voz muy baja y vuelve a escribir.

Aunque… no sé si te has percatado, pero el chico que va en el mismo vagón y que ha decidido no sentarse también parece estar muy interesado en Arthur, se ha parado prácticamente a un lado de su asiento y está inclinándose cada vez más sobre el ojiverde, tanto que la sombra de su cabeza ensombrece la libreta.

Arthur alza la mirada y deja ver parte de sus bonitos ojos verdes por encima de sus lentes obscuros y justo acaban de chocar con otro par de un azul zafiro que están detrás del cristal de aumento de unos anteojos.

Sabes que has visto antes ese par de pupilas chisporroteantes de vida junto con aquel cabello trigueño y la sonrisa traviesa.

-¿Te puedo ayudar en algo?- dice claramente molesto Arthur haciendo que el joven se sobresalte y ría de manera nerviosa alzando un poco la voz.

-Ah, perdóname es que estaba preguntándome… ¿Eres Arthur Kirkland? El autor de ¿Qué sueñas cuando ves la luna?- pregunta el chico con esa sonrisa contagiosa, te parece increíble que Arthur no esté sonriendo teniendo ese pedacito de sol justo frente a él.

En cambio el escritor atina a dar un sonoro resoplido quitándose los lentes obscuros, ya no tiene sentido seguir usándolos.

-Si, soy yo- dice con un tono solemne pero que solo hace que nuestro muchacho de los ojos azules sonría todavía más ampliamente y trastabillando por el movimiento del vagón camine hasta el asiento vecino para sentarse a un lado de Arthur con una expresión de total emoción.

-¡Sabía que eras tú! Cuando subiste me dio la impresión de haberte visto en otro lado pero no estaba seguro hasta que te sentaste aquí, me dije: "yo conozco a ese tipo que parece incomodo todo el tiempo" y si, eres tú. Debe ser mi día de suerte- parlotea el alegre jovencito sin darse cuenta que con su comentario ha molestado un poco a Arthur el cual ahora gira los ojos tratando de alejarse lo más posible del otro rubio pero entre más se distancia, el otro más se acerca a él con su gigantesca sonrisa.

-Oh, cierto ¿Podrías darme tu autógrafo?- dice el chico como si después de toda la emoción hubiera recordado algo importante.

El de lentes se pone la mochila en el regazo y entre su montonal de libros de matemáticas intenta buscar una pluma y un cuaderno, pasa las hojas de este rápidamente y tú como Arthur pueden ver cómo las páginas están llenas de fórmulas, números y ecuaciones. Alfred finalmente arranca la última hoja del cuaderno y se la extiende a Arthur junto con una pluma que está mordisqueada en la punta.

Arthur toma con total desagrado la pluma y muy a su pesar se dispone a escribir una de esas dedicatorias que ya se sabe de memoria y que nunca cambian, son como tarjetas de felicitación que venden en las tiendas departamentales.

Gracias por todo tu apoyo en este camino, te desea lo mejor A.K.

Escribe burdamente Arthur sin mirar las letras, es como si su mano ya estuviera más que acostumbrada a esto aunque a su vez el rubio a su lado mira esto extasiado.

Con otro resoplido Arthur detiene la pluma y voltea a ver al joven sin ocultar en absoluto su fastidio.

-¿Cómo te llamas?- pregunta el ojiverde seguramente para terminar la dedicatoria.

-Mathew- responde el ojiazul. –Bueno, yo no soy Mathew, Matty es mi hermano, es tu fan número uno, tiene todo su librero lleno con tus libros, nunca para de hablar de ti y creo que hasta tiene un gran poster tuyo en su cuarto, a veces pienso que duerme con él. Está loco por ti- dice el muchacho riendo y a Arthur le están dando escalofríos solo de escuchar como alguien podría dormir con un poster de él cada noche… esperemos solo esté exagerando.

-Por cierto, yo me llamo Alfred- agrega el rubio ya que el otro no ha preguntado su nombre, solo se ha limitado a escribir el de Mathew en el pedazo de papel.

-Aquí tienes Alfred- le dice Arthur extendiéndole el papel y de inmediato retomando toda su concentración a su propia libreta de apuntes dando con ello por terminado la breve interacción fan-escritor.

-Matty no me va a creer ¿Debería cobrarle por esto? Oh, por cierto ¿Tienes alguna idea para otro libro? Mi hermano se quedó enganchado con el ultimo que sacaste, en serio, hasta yo mismo me lo sé de memoria de tanto que lo cita- Alfred sigue y sigue hablando ¿Acaso este chico no tiene alguna especie de interruptor para apagarlo? Te da risa la manera en como empieza a desesperar a Arthur el cual frunce todavía mas el ceño.

-¿Tú nunca has leído alguno de mis trabajos?- pregunta entonces Arthur mirándolo con severidad, Alfred parpadea y se sonríe otra vez como si todo fuera una broma para él.

-Claro que lo he hecho, pero no me gustan, tus libros son aburridísimos- suelta con toda la frescura del mundo Alfred y no tienes ni idea de cómo es que el alguien se toma la libertad de decir tal comentario como si fuera la cosa más casual del mundo.

-¿Perdona?- pregunta Arthur y su orgullo está herido, no es necesario que lo diga, se le nota en toda la cara.

-Deberías reconsiderar lo que escribes, siempre termino durmiéndome a la mitad pero de todos modos los acabo. Oh, esta es mi parada ¡Gracias por el autógrafo y suerte con tu trabajo!- dice Alfred y así como una ráfaga que llega y te alborota, también así de rápido se va.

Hemos terminado por seguirle los pasos a ese viento loco que es Alfred, se baja de un salto del vagón aunque no alcanza a ver como Arthur quiere decirle una última cosa, en su lugar el ojiazul se guarda el papel en el bolsillo del pantalón y emprende el camino fuera de la estación tarareando una cancioncita que te suena a la banda sonora de Piratas del Caribe.

Alfred se acomoda bien la mochila en la espalda que más que libros parece llevar piedras y va de muy buen humor por la calle. Entre más vamos avanzando nos damos cuenta de que hay mas jóvenes pues no muy lejos está el campus de una universidad.

El ojiazul saluda a cuanta gente se cruza a su paso, lo que nos indica que debe ser bastante popular ya que al apenas entrar a los jardines de su facultad un montón de otros chicos de su edad lo rodean como si este fuese un imán.

Es increíble el solo pensar que alguien que a primera vista parece tener aire en la cabeza, en realidad esté en la facultad de Matemáticas, mejor dicho, en la especialización del Físico-Matemático, o de eso nos percatamos cuando leemos los tablones de anuncios con boletines sobre clases suplementarias, talleres, seminarios y grupos de investigación.

Los muchachos alrededor de Alfred no se le han despegado y el ojiazul plática muy animado con todos y cada uno de ellos al tempo que caminan por el largo pasillo hasta el salón que les toca para esa misma hora.

-Alfred ¿Te unirás al proyecto de investigación? Dicen que si entras se tomarán como créditos para el promedio final- le comenta uno de sus amigos y Alfred piensa un momento sin mostrarse muy convencido.

-No lo sé, esas cosas consumen mucho tiempo y el profesor no me cae bien, además quiero tener vacaciones. La última vez que estuve en un proyecto perdí toda mi vida social, es en serio ¿Sabes cuantas convenciones de comics me perdí? Fue horrible- reprocha Alfred haciendo un infantil mohín con sus labios que hace que sus amigos rían y tú no puedas tomarlo en serio como un universitario.

-Te creo que hayas estado lloriqueando por no haber ido a tu reunión de ñoños, pero no que te hubieras quedado sin vida social, tú sacas amigos incluso de las grietas del pavimento- le hace burla uno de los jóvenes que camina a su lado dándole un empujón amistoso y revolviéndole el cabello como si Alfred fuese una especie de hermano menor. El ojiazul sencillamente ríe.

Hemos llegado hasta el salón de clases, cada quien toma asiento y Alfred lo hace justo en el centro del salón. Es abrumador el solo ver el pizarrón del aula lleno de algunas fórmulas a las que de pronto nuestro joven rubio se le queda mirando con completa atención, si pudiéramos adivinar sus pensamientos seguramente este estaba resolviendo cada una de esas fórmulas y ecuaciones en su cabeza.

El profesor llega, saluda a todos que responden con un tono relajado. Hey, es hora de tomar clase y más vale que pongas atención… o solo podemos seguir mirando fijamente a Alfred ya que este chico tiene algo magnético en él, será ese misterioso atrayente lo que hace que la gente se aglomere a su alrededor; estar cerca de él te hace sentir bien, en confianza… su aura desprende una sensación tranquilizadora que te hace bajar la guardia sin quererlo.

Mientras el profesor da la cátedra del día Alfred garabatea números en su libreta y por alguna extraña razón parece muy divertido al hacerlo, sinceramente no logras entender como toda esa serie de problemas de cálculo diferencial pueden resultar entretenidos ya que el resto del alumnado parece estar al borde de la desesperación, si no se están arrancando los cabellos todavía es porque el profesor se está tomando el tiempo de ir explicando a detalle cada parte del procedimiento para obtener el resultado correcto.

Las dos horas de clase transcurren escuchando el rasgueo del papel contra las libretas, el chocar del gis contra el pizarrón y las explicaciones del profesor, tan solo otro día normal de escuela solo que estamos más al pendiente de Alfred que de cualquier otra cosa.

El maestro termina dictando los deberes para la siguiente sesión y finalmente los deja libres. Varios suspiros de alivio se escuchan al unísono y Alfred vuelve a meter otro de sus gruesos libros a la mochila, mira su reloj de pulsera y se sonríe.

-Todavía me da tiempo de ir por un café- se dice y otra vez es acompañado por un grupito de chicos que sin que él se los indique, simplemente lo siguen, todos conversando alegremente.

Llegan a la cafetería de la facultad de Filosofía y Letras porque solo su cafetería tiene el mejor café de todo el campus, por lo tanto no es raro ver gente de todas las diferentes carreras ahí esperando por una buena taza de café.

Los amigos de Alfred le dan de empujones porque lo han elegido como responsable de ir por las bebidas, otra vez vemos al ojiazul inflando las mejillas como haciendo berrinche adoptando una actitud por mucho infantil pero que le aumenta varios puntos de encanto.

-¿Por qué siempre tengo que ser yo?- pregunta mientras se hace paso entre los varios estudiantes que charlan entre ellos. El de lentes va esquivando a todos ellos para aproximarse a la caja y hacer su pedido.

Entre las mesas hay un muchacho en especial que tiene en las manos un libro en especial, bastante conocido y criticado por los cientos de hipsters que habitan esa precisa facultad. El último libro de Arthur Kirkland es sostenido por un joven de cabello rubio casi platinado que mantiene sus mechones rubios lejos de su cara con un broche en forma de cruz invertida.

Alfred no logra parar su curiosidad y se desvía de su camino hasta el joven mirando por encima del hombro de este, el cual tiene sus ojos azul metálico clavados en el libro que tiene muchísimas anotaciones en los márgenes, las sangrías, al pie de la página y varias esquinas dobladas, como si estuviera analizando cada párrafo del libro.

-¿En serio es una novela tan interesante? A mí no me lo parece- reprocha Alfred en voz alta haciendo que el joven que lee volteé a verlo dirigiéndole una cara completamente inexpresiva.

A este joven también lo hemos visto antes y parece ser que su gesto agrio no cambia sin importar el entorno en el que esté.

-Eso es porque seguramente no sabes leer- contesta el muchacho pasando de nuevo la página. No tuvo la necesidad de alzar la voz, ni siquiera cambiar el tono monocorde de esta para hacer notar a Alfred que aquello había sido un insulto y no un simple comentario.

-Si no supiera leer no hubiera llegado a la universidad- rebate Alfred hinchando su pecho y mirando de manera orgullosa al otro que va levantándose con su vaso de café en la mano y el libro en la otra.

-Entonces solo sabes cómo pronunciar un conjunto de letras y signos de puntuación, y eso, muchacho, no es saber leer- explica el rubio platinado dedicándole otra mirada gélida a Alfred el cual está realmente ofendido.

-Que desagradable- dice entre dientes Alfred sin importarle realmente que el otro pueda escucharle, aunque claro que lo hace, pero no le afecta, solo lo hace alejarse de ahí.

Es así como pasamos de Alfred al joven con el broche en el cabello que se desvía de la atiborrada cafetería hasta un edificio conjunto al de la facultad de Letras, es el departamento de Maestría.

Casi todos ahí son personas un poco mayores que él pero igualmente lo saludan con el mismo respeto y este contesta con una cortesía que se antoja más a frialdad.

Mientras camina vuelve a alzar su libro y frunce el ceño; la pasta ya se encuentra ligeramente desgastada lo que nos indica que lo ha leído un buen número de veces y nos formulamos la misma pregunta de Alfred ¿En serio es un libro tan bueno?

-Lukas ¿Otra vez leyendo a Kirkland?- pregunta un hombre que viene en dirección contraria por el pasillo, es un varón entrado en años, un profesor veterano seguramente.

-Ah… si- responde vacilante Lukas volviendo a ponérselo bajo el brazo.

-Lo admiras mucho ¿Cierto? Incluso hiciste hasta lo imposible para conocerlo, es bueno que puedas aprender de alguien tan bueno como él, estoy seguro de que te vendrá bien como experiencia- comenta el hombre aunque esto no complace en absoluto a Lukas el cual parece en cualquier momento va a matar a alguien solo con sus ojos.

Para la buena suerte de nuestro ojiazul su teléfono comienza a sonar, el hombre que lo acompaña no dice nada, simplemente le indica con un gesto de la mano que es libre de atender su llamada y el otro así lo hace.

-¿Diga?... ¿Ahora mismo?... Está bien, llego en veinte minutos- responde Lukas dando un largo resoplido encaminándose fuera del edificio mientras murmura un par de maldiciones.

-No admiro a ese tipo… solo quiero saber porque es tan bueno- dice entre dientes seguramente como si esta última frase se la hubiese querido decir al hombre de segundos antes.

Vamos al mismo paso que Lukas el cual se puede dar el lujo de salir del campus y tomar un taxi, seguramente porque el metro está demasiado atestado de gente y él no da la impresión de ser alguien sociable, solo nos han bastado un par de encuentros con él para darnos cuenta de eso.

El chico va mirando por la ventana perdido en pensamientos, ha guardado el libro en el maletín como si estuviera escondiendo un arma y sencillamente se limita a ver todo el paisaje citadino con sus ojos fríos que en serio podrían perforarte si te le quedas viendo por mucho tiempo. El joven apenas y hace un ruido durante todo el trayecto, ni siquiera el taxista se atreve a iniciar una conversación como usualmente sucede cuando abordas un taxi.

Hemos llegado a nuestro destino, Lukas le pide al chofer que lo espere unos minutos, baja del auto, cruza la acera y llega a una modesta casa con un jardín algo abandonado, el pasto está crecido y la mala yerba abunda. El rubio platinado llama al timbre y tras unos minutos alguien abre, esa persona no es otra más que nuestro ya conocido Arthur Kirkland.

-Qué bueno que llegas, si no le entrego a esto Feliks va a armarme un drama y no me lo voy a poder quitar de encima en una semana entera. Apresúrate por favor e intenta que no se ponga de mal humor o ya sabes que el que lo va a pagar soy yo- dice el ojiverde entregándole un sobre marrón que lleva dentro la segunda parte del manuscrito que olvidó entregarle a Feliks esa misma mañana.

-¿Por qué tengo que ser yo el que controle el humor de Feliks? Ese debería ser tu trabajo- reprocha Lukas recibiendo el manuscrito viendo como Arthur le dedica una sonrisa algo ácida, las únicas que el autor sabe formar.

-Sí, debería pero para eso tengo un asistente. Suerte con la reina del drama- dice Arthur y a continuación le cierra la puerta en la cara a Lukas que solo frunce todavía más sus cejas.

Unos segundos después la puerta se vuelve a abrir sobresaltando al ojiazul ligeramente. Arthur lo mira con ojos entrecerrados examinando cada parte de las finas facciones del otro rubio que le sostiene la mirada.

-Contesta de manera honesta… ¿Mis libros te parecen aburridos?- pregunta finalmente Arthur a lo que su interlocutor sencillamente alza una ceja.

-Si me parecieran aburridos ahora mismo le estaría haciendo los recados a otro escritor- contesta con su tono helado Lukas, Arthur se queda en silencio unos segundos y después suelta una gran exhalación como si hubiera estado conteniendo el aliento al esperar la respuesta.

-Tienes razón, soy demasiado bueno- el ojiverde se auto regala un cumplido mientras ríe otra vez de esa manera ácida. –Ya puedes irte- y una vez más le cierra la puerta en las narices a Lukas

-Bastardo ermitaño. Solo unos meses, dentro de poco dejaré de ser tu sirvienta para comenzar a ver mis propios libros publicados- refunfuña el de ojos azules, su voz monocorde no expresa su enojo pero sí sus ojos que se pintan con una chispa de rabia.

-Espera a que descubra porque eres tan bueno- remata antes de subir al taxi; cuando este arranca Lukas saca el manuscrito inédito y comienza a leerlo. Su entrecejo se relaja al igual que el resto de él cuando se sumerge en la lectura del nuevo trabajo del escritor.

-¿Por qué eres tan bueno?... ¿Por qué no puedo escribir como tú?- pregunta en voz muy baja, apenas un susurro, metiendo de nuevo las hojas y echando su cabeza hacía atrás esperando a llegar a su otro destino.

Todo en el auto es un silencio envolvente, la radio apenas suelta un murmullo y el ojiazul tiene su mirada perdida en el resto del paisaje citadino, a juzgar por su expresión no solo está perdido en sus propias lamentaciones, también da un aspecto de estar mortalmente aburrido no del día a día… sino de todo en general. Será entonces por eso que no puede escribir ¿De qué podría escribir cuando se está tan aburrido de todo tu entorno?

El auto se detiene después de treinta minutos de viaje, Lukas saca su cartera, le paga al hombre y baja caminando a la entrada principal del edificio al que irónicamente hemos vuelto, está en nuestro destino regresar a esta casa editorial. El rubio entra colgándose al cuello un gafete con su nombre, ya debe ser usual el que esté entrando y saliendo de ese edificio y por ello ya tiene su propia identificación, para ahorrarse el tener que agendar citas y otras tonterías.

Él como Arthur opta por las escaleras para no tener que ver la cara del ojiverde en los afiches del ascensor. Cuando vamos perdiendo el aliento llegando al tercer piso podemos ver que alguien se asoma por el pasillo y después vuelve a subir rápidamente cada peldaño. Debe estar perdido, de igual manera a Lukas no le importa y sigue subiendo escalón por escalón casi pisándole los talones al tipo alto que va a asomándose a cada piso al que llega… empieza a ser irritante…

-¿Estás perdido?- pregunta Lukas, el que no goza de paciencia. El intruso que nos adelanta por unos cuantos escalones da un salto y gira dándose la media vuelta. Tiene una sonrisa avergonzada y carga un paquete en sus brazos.

Visto de esa manera parece un terrorista cargando un paquete bomba.

-Voy a llamar a seguridad- amenaza Lukas a punto de bajar los escalones.

-¡No, espera!- dice el otro bajando de dos en dos los peldaños hasta Lukas… vaya… tenemos que verlo hacia arriba porque el hombre es altísimo, su cabello despeinado le aumenta unos centímetros y a pesar de todo, sus ojos azules y sonrisa alegre desmienten nuestra teoría de que es una especie de terrorista… sin embargo Lukas se mantiene desconfiado (ya no se nos hace raro, este tipo parece odiar a todo lo que respira)

-No voy a hacer nada malo, solo estoy buscando el departamento editorial- nos dice y por fin caemos en la cuenta de que este chico no es otro que nuestro joven perdido en el metro. Si, ese muchacho que te pidió indicaciones para saber que tren abordar.

Lukas por su parte solo lo mira con sospecha.

-Esto parece un rascacielos, ya he recorrido todos los pisos y sigo sin encontrarlo. Es como un laberinto- dice el más alto riéndose todavía avergonzado. Nuestro Lukas sencillamente lo recorre con la mirada en un gesto claramente despectivo y señala hacia arriba.

-El departamento queda tres pisos mas arriba y a juzgar por lo que llevas seguramente estás a punto de dejar algún trabajo tuyo para que consideren publicarlo. No pierdas tu tiempo, si no tienes al menos un premio ganado en tu currículo ni siquiera van a tomarte en cuenta- dice el rubio platinado sin pizca de tacto a punto de seguir subiendo las escaleras mientras que el otro joven se queda en su lugar mirando el paquete que carga.

-No pierdo nada intentándolo- dice el intruso alcanzando a Lukas que arquea ambas cejas.

-Sí, haces perder nuestro tiempo- discute el más bajito, de pronto parece irritado con ese otro chico.

-¿Eres editor? ¡Qué suerte tengo! No pensé encontrar alguno tan pronto- dice emocionado el joven ignorando a propósito lo antes dicho por el ojiazul. –Toma esto, no te digo que quiero que lo publiques ni nada parecido, solo quiero que te des una oportunidad para leerlo. Por favor, necesito que alguien me dé su punto de vista, de donde vengo no hay muchas personas que puedan darme un critica así que por favor hazlo- le dice hablando rápido y con emoción en la voz casi pegándole el paquete al pecho a Lukas que ahora si está molesto.

-En primer lugar yo no soy…- le interrumpe Lukas sin embargo el otro sigue hablando.

-Puse todo de mí en este trabajo así que por favor cuando termines sé completamente sincero conmigo, necesito saber si tengo al menos una oportunidad para dedicarme a esto- sigue diciendo el emocionado rubio al que los ojos ya le brillan de emoción y una sonrisa todavía más grande se posa en sus labios.

-Hey, escúchame, te estoy diciendo que…-

-¡Tengo que irme ya! entré sin que la recepcionista me viera. Por favor léelo, mañana vendré para saber qué piensas- y con esto dicho el joven ahora corre escaleras abajo dejando su trabajo en manos de Lukas que intenta llamarlo una última vez pero este sencillamente no hace caso.

Voltea a ver el paquete burdamente envuelto con el nombre completo de Mathias.

-Si claro, como si fuera a leer basura de principiantes, ni siquiera soy editor- masculla el ojiazul escuchando un alboroto en el fondo de las escaleras. Mathias se ha tropezado y ha caído de bruces.

Mathias desprende un aura llena de vida, a pesar de que se ha caído aparatosamente de las escaleras se levanta de inmediato riendo y corriendo hasta llegar a la planta baja en donde tiene que esconderse de las miradas de la recepcionista que está coqueteando con el guardia de seguridad que evidentemente no está haciendo su trabajo.

Con una risa triunfal logra escabullirse fuera del edificio y apenas estando fuera da un salto y alza los brazos.

-¡Lo logre!- grita llamando la atención de varios transeúntes pero no le interesa y en su lugar comienza a caminar como si fuera el dueño de la avenida entera.

-Y mamá no me creía que lograría que una editorial leyera mi libro. ¡Ahí lo tienes madre! Yo sé que pronto, cuando menos lo espere mi obra estará en cada estantería de las librerías y bibliotecas. Estaba en mi destino- Mathias va a hablando solo muy satisfecho de sí mismo sin evitar soltar más risas y sonrisas confianzudas.

-Aunque sinceramente pensé que sería más difícil lidiar con la gente de la ciudad- Mathias se detiene y hace una pausa dramática al tiempo que se lleva las manos a la cadera mirando a ningún lugar en específico –Definitivamente fue una buena idea venir aquí, me volveré el rey del mundo o al menos si de la ciudad- se dice con otra sonrisa pícara.

-Pero antes tengo que averiguar dónde queda esta dirección, mis cosas ya debieron haber llegado- y de inmediato saca de su bolsillo una pelotita de papel que tiene escrita una dirección, la tinta está emborronada por lo mal que ha guardado el pedazo de papel, seguramente ahora sientes una especie de deja-vù, no se te hará raro si voltea hacía ti para pedirte indicaciones otra vez.

La expresión de felicidad pasa a una de mortificación al mismo tiempo que el rubio voltea en todas direcciones.

-Moverse en la ciudad es demasiado difícil, en mi pueblo bastaba con subirnos a una bicicleta para llegar a cualquier parte…- se lamenta aun hablando solo, y decidiéndose por fin el camino a tomar. –Vamos Mathias, mi nuevo hogar espera. Solo espero que mi compañero no sea un pervertido asesino en serie o traficante de órganos…- se dice por ultimo siguiendo caminando contra la corriente de personas.

Es algo gracioso ver como el rubio por cada vez que su hombro choca con el de cada transeúnte se detiene para disculparse en cambio la gente lo pasa de largo tan solo diciéndole un atropellado "no te preocupes" o "no es nada" sin siquiera dirigirle una mirada. Mira constantemente a cada esquina cerciorándose de las direcciones, pasa al menos diez minutos tratando de preguntar a alguien por cual camino seguir.

Hemos terminado siguiéndolo y creo que ya es hora de ir arrepintiéndonos. Mathias ha subido al metro, dos autobuses, de nuevo al metro y finalmente ha optado por un taxi que lo lleve directamente hasta la dirección correcta, nos parece increíble no solo la cantidad de dinero que está gastando sino que a pesar de haberse perdido prácticamente tres veces en un lugar que le es desconocido no deja de actuar como si aquello fuese solo una aventura más.

Mathias entonces comienza a tomar una nueva imagen a nuestros ojos; no es como Alfred aunque ambos son tan risueños, el de lentes a veces adopta una actitud infantil, por el contrario este chico a pesar de que transpira energía y una actitud positiva no parece ser de los que se dejan llevar por el calor del momento, desprende un aire un poco más centrado y ligeramente más maduro que Alfred; si tuviéramos que describirlo de alguna manera, podríamos decir que nos sentimos a salvo en su compañía… un poco extenuante seguirle el paso a alguien que de verdad parece ha ingerido diez kilos enteros de azúcar y dos litros de café, pero casi podemos asegurar que es alguien en quien se puede confiar.

¡Hemos llegado! Damos gracias a toda deidad que haya iluminado a Mathias pero al mismo tiempo le deseamos algún mal al taxista que se aprovechó del muchacho y dio unas vueltas de más por la ciudad para cobrarle más.

Estamos frente al complejo de departamentos, ese con la arquitectura de los 70´s y nuestro ojiazul se muestra satisfecho con el solo hecho de haber llegado vivo y con todos sus órganos a ese lugar.

-Ahora, el número del departamento es… el 57- dice dudando de sus números que ya casi no alcanzan a verse en el papel arrugado, aun con ello se encoge de hombros y decide comenzar a subir las escaleras de caracol.

-Que tortura tener que subir esto todos los días- se queja mientras sigue subiendo cada escalón, y claro que es una tortura, este hombre no sabe cuántos escalones hemos subido en el solo transcurso de la mitad del día.

Tú y yo casi vamos al borde del paro respiratorio pero Mathias se muestra emocionado cuando ve a un muchachito ir subiendo con más lentitud.

-Hola- saluda como la fresca mañana, el chico más joven de cabello negro y ojos verdes lo mira raro unos segundos antes de responderle.

-Ah… hola- contesta sin mucha confianza y Mathias sonríe al hacer contacto con el que supone es su primer vecino.

-Acabo de llegar a la ciudad, estoy mudándome justo a este piso- dice el rubio tras unos segundos de silencio el jovencito a su lado se separa unos centímetros de él.

-Ya veo- solo atina a decir el moreno y de nuevo se quedan en silencio. Mathias lo mira examinándolo seguramente en su cabeza se hace mil hipótesis acerca de porque ese chico que no pasa de los 14 años no habla más. Problemas de confianza, eso debe de ser.

Los dos llegan al mismo pasillo y caminan juntos, sin embargo el moreno se queda frente a la puerta que tiene un número 56 y Mathias en la 57.

-Vaya, seremos vecinos- dice el ojiazul y el otro solo niega con su cabeza.

-Yo no vivo aquí, solo vengo a ver a alguien- contesta el moreno desilusionando un poco a Mathias.

-Bueno, de todos modos fue un gusto conocerte- y dicho esto el rubio llama a su puerta correspondiente aunque no hay respuesta, lo intenta de nuevo con el mismo resultado.

-¿No hay nadie en casa?- pregunta e intenta llamar una tercera vez sin que nadie atienda.

-Tienes que tocar con más fuerza o Yong Soo no te escuchará, siempre trae los audífonos puestos- le aconseja el adolescente y se acerca a la puerta número 57 para patearla con fuerza.

-¡Yong Soo abre de una vez!- grita a todo pulmón sobresaltando un poco a Mathias y de inmediato otro chico de cabello negro abre un poco desubicado, mira a Mathias, mira al ojiverde y se sonríe.

-Hey Nicolai ¿Bladimir se metió en problemas otra vez?- le pregunta el dueño del apartamento al ojiverde apenas lo ve, este solo frunce el ceño.

-Su único problema es ser un fenómeno, y el tuyo es el de no escuchar cuando llaman a tu puerta- responde señalando al rubio que no sabe si eso de andar pateando la puerta de alguien más es bien tomado entre los citadinos o solo para Yong Soo que por fin posa sus ojos negros y rasgados en él.

-Tú debes ser el que va a vivir conmigo, ven pasa, perdona el desorden- y con esto dicho jala a Mathias dentro despidiéndose rápidamente de Nicolai quien se queda negando con su cabeza antes de dirigirse a la puerta vecina y también llamar, esta vez como la gente decente.

Toca el timbre dos veces y al instante se escucha una voz masculina desde dentro.

-¿Quién es?- pregunta la persona al otro lado de la puerta a lo que Nicolai rueda los ojos con fastidio.

-Nicolai- responde en voz muy alta –el único perdedor que viene a visitarte- agrega ahora en un susurro.

La puerta se mueve dejando apenas un resquicio para que un ojo color carmín se asome. Ese niño un día le va a provocar un paro cardiaco a alguien si sigue asomando sus ojos de esa manera tan tenebrosa.

-Oh, realmente eres tú, perdona, pensé que podría ser un espía del gobierno- dice el chico dentro esta vez abriendo la puerta por completo y vaya atuendo tan… extravagante el que lleva; por cierto, Nicolai parece odiarlo pues apenas verlo tuerce ligeramente la boca denotando su desconcierto y desagrado.

El chico que nos acaba de abrir tiene una piel pálida que más bien parece enfermiza, sus ojos carmín sobresalen por este peculiar color, justo de su boca se asoman las puntas de un par de colmillos anormalmente largos y toda su apariencia tétrica se acentúa al ir vestido en pantalones de terciopelo color vino con unas botas de gruesas y altas plataformas las cuales llegan hasta un poco más abajo de sus rodillas y están llenas de correas y hebillas ya que las usa sobre el pantalón.

Un saco largo también de terciopelo vino es lo que lleva encima, este decorado con cadenillas que cuelgan de él, y abajo un gran moño de raso negro, para rematar lleva un pequeño sombrero de copa ladeado sobre su cabeza.

-Pasa- le invita el jovencito mientras que Nicolai no deja de observarlo detenidamente aun mientras entra a su casa la cual, a diferencia de nuestro anfitrión, se ve completamente normal. Tan solo un departamento promedio que podría pertenecer a una familia promedio.

Con muebles de tapicería estampada de flores, jarrones, cuadros colgados en las paredes, fotografías familiares, todas de una mujer y el chico que está ahí y que nos muestran como una especie de línea cronológica a este desde niño hasta su edad actual; nada fuera de lo común, solo otra casa… o eso es hasta que el ojirrojo dirige a Nicolai a su habitación que desde la puerta ya augura alguna excentricidad, lo deducimos por el enorme letrero de:

NO ENTRAR, VAMPIRO EN LETARGO.

-Sigo algo sorprendido por el hecho de que tu mamá te haya dejado poner ese letrero- comenta Nicolai entrando a la habitación.

-No es como si le afectara en algo- responde el ojirrojo.

Lo primero que salta a la vista al entrar a la habitación del chico es el color obscuro, casi negro de sus paredes; a diferencia de los chicos de su edad, este tiene un enorme librero en su cuarto lleno de varios títulos que no suelen verse en la estantería de un adolescente: Goethe, Lovecraft, Poe, el Marqués de Sade y como contraste, a Wilde.

Más abajo de estos títulos hay otros, libros de arte de todas las épocas recopilados junto con muchas enciclopedias de temas relacionados a esto. Luego está su escritorio que tiene su computadora, a los lados de esta un par de bocinas que en ese preciso momento reproducen uno de los movimientos de la ópera de El Anillo de los Nibelungos. Finalmente está su cama desordenada, lo único que lo identifica como un joven de 14 años, a pesar de las sabanas también de colores obscuros.

El rubio cenizo va y toma asiento frente a su computadora haciendo lo que sea que estuviera haciendo antes de ir a abrir a Nicolai y este por su parte se sienta en la cama dejando su mochila a un lado.

Se quedan en silencio, el ojirrojo concentrado en la pantalla de la computadora, Nicolai sacando algunas cosas de su mochila.

-Bladimir- le llama el moreno al joven que mueve su cabeza indicándole que lo está escuchando. ¿Te importa si hago mi tarea aquí? No creo que quieras hablar conmigo… otra vez- agrega el ojiverde a lo que Bladimir se encoge de hombros sin dejar de teclear y mover el ratón de la computadora.

-Adelante- responde y es así como sentado en la cama Nicolai se dispone a hacer su tarea y Bladimir sigue concentrado en sus propios asuntos.

La voz de la soprano es lo único que llena la habitación, los cambios en las notas de la orquesta que la acompañan y de vez en cuando el sonido de las teclas al ser golpeadas. Cualquiera hubiera pensado que Bladimir y Nicolai estarían haciendo esas cosas que un par de chicos de su edad harían estando juntos en esa habitación, como jugar videojuegos, ver películas o salir a algún lado con otros amigos… pero no… estos dos ni siquiera se habían dignado a hacer otro contacto que no fuera el que acabamos de presenciar, el cual era bastante… frío y cortante.

-Por cierto, tienes vecino nuevo- comenta Nicolai de la nada, seguramente desesperado por la opera o por estar ahí concentrándose demasiado en su tarea.

-Mmmmmm…- solo atina a pronunciar Bladimir sin siquiera dirigir sus ojos a los del pelinegro.

-Casi tuve que derrumbarle la puerta a Yong Soo para que le abriera- siguió diciendo el de los ojos verdes y Bladimir de nuevo solo soltó ese mismo "mmmmmmmm…"

Nicolai suelta un suspiro y retoma su atención a su tarea perdiendo su mirada en las preguntas que le parecen ridículas, nunca le ha gustado la asignación de Historia y ahora mismo se enfrentaba a un cuestionario de cincuenta preguntas sobre el imperio Otomano.

-Eres muy suertudo, tu madre no te dice nada por no ir a la escuela- vuelve a comentar escribiendo fechas al azar.

-Oye, no tienes que obligarte a hablar conmigo, ya sé que solo vienes porque la señora que vive aquí le dijo a tu madre que vengas a hacerme compañía. No tienes que fingir que te intereso- dice Bladimir otra vez sin dirigir su mirada al otro el cual frunció ligeramente el ceño.

-No me importaría intentar ser tu amigo si no fueras tan raro y no le llames señora a tu madre- le reclama Nicolai y por primera vez en todo ese rato Bladimir desvía sus ojos del monitor para enfocarlos en los verdes del otro chico que no puede evitar retroceder aun sentado en la cama y es que bueno… ese Blad tiene una mirada algo inquietante.

-¿Raro? Yo no soy raro, soy completamente normal, tú eres el raro- reprocha el ojirrojo sin hacer caso del otro regaño. Nicolai entonces abre la boca en una expresión de indignación.

-N… no lo soy. Eres tú el extraño, te vistes de esa manera, hablas cosas raras y siempre estás solo, yo soy el único normal aquí- replica el ojiverde muy ofendido y Bladimir se muestra impasible aun viéndolo con esos grandes ojos carmín que le dan una apariencia un tanto espectral. Segundos después Bladimir se vuelve a encoger de hombros y sigue muy metido en sus asuntos, este chico ni siquiera se quiere molestar en comenzar una discusión.

Aunque no podemos decir lo mismo de Nicolai que se remueve en la cama, con su entrecejo todavía fruncido mira su cuaderno que descansa en su regazo, luego a Bladimir y así sucesivamente hasta que se atreve a hablar otra vez.

-¿Por eso dejaste de ir a la escuela? ¿Te molestaban por ser raro?- Y el chico parece no querer dejar el asunto en paz. Bladimir por su parte forma una pequeña sonrisa en sus labios que hace que la punta de su colmillo izquierdo sobresalga todavía más.

-Claro que no, es solo que me aburría demasiado- contesta sencillamente.

-La escuela es aburrida y no por eso te dejan abandonarla- vuelve a insistir el moreno.

-No me refiero a las clases, sino a todo. Los maestros, las materias, lo que aprendíamos, las personas… todo era tan aburrido que se volvió deprimente. La gente que está ahí es justo como tú- y una vez más Blad clava su par de rubíes en las del jovencito en la cama que siente un extraño estremecimiento, no le gustan del todo esos ojos, es obvio.

-Tú debes ser uno de esos chicos que habla como todos hacen, se comporta como todos, lee los libros que leen todos, ves los mismo programas, vas a los mismos lugares, estás rodeado de "amigos" que tienen las mismas opiniones y nunca te has esforzado por ir contra al corriente. Eres como todos- le dice a Nicolai que por cada palabra parece ir encogiéndose en la cama.

-No hay nada de malo en querer ser como los demás, no creo que haya alguien a quien le guste ser excluido- contesta en su defensa el pelinegro siendo examinado por los ojos de Bladimir.

-Justamente eso es lo que hacía todo tan aburrido. Odio a las personas aburridas que se conforman con ser parte de un mundo tan insípido- y con esto dicho vuelve su mirada a la computadora y Nicolai ya no vuelve a decir nada.

De un momento a otro parece que estas palabras han afectado mas de lo que pensamos al moreno. Ha decidido ya no abrir la boca y mientras finge contestar su cuestionario en realidad solo está haciendo garabatos en las hojas de papel, de vez en cuando alza su mirada para ver a Blad que no se muestra en absoluto interesado en otra cosa que no sea lo que le muestra su monitor.

El ambiente que llena la habitación mas que pesado, se torna un tanto… deprimente; ni uno ni otro dice nada y es ahora, la voz de un tenor el que llena el vacío dejado por las voces de los chicos que parecen tan dispares pero están obligados a estar en una misma habitación pretendiendo que interactúan.

Podría ser que en cierta manera entendemos a Nicolai, nadie quiere ser excluido y ser dejado de lado, aunque Bladimir también tiene un buen punto… ¿De qué nos serviría ser parte de un mundo tan aburrido?...

Nicolai se ha dado por vencido con su tarea y da un largo resoplido para ahora dedicarse a mirar por la ventana de la habitación esperando que algo interesante al menos suceda en la calle, en cambio solo ve a Yong Soo, el vecino del 57 ir por las escaleras con la funda de una guitarra al hombro y cargando un pequeño amplificador.

Los ojos obscuros de Yong Soo chocan con los de Nocolai que se asoman desde la ventana y le dedica un guiño y un saludo que el otro responde con desgana, ojalá pudiera irse con el asiático… pero dado que Nicolai no puede pero tú y yo sí, es hora de seguir al músico.

Como bien había dicho Nicolai, Yong Soo lleva sus grandes audífonos y mientras camina va silbando la canción que estos van reproduciendo, camina al tiempo que menea su cuerpo al ritmo de la música. No parece muy preocupado por el hecho de que ha dejado solo a su nuevo compañero de cuarto, se ve como un chico confiable así que está bien si se queda cuidando el departamento.

Pronto dejamos atrás el complejo de departamentos y estamos otra vez en este mar de concreto y personas. Yong Soo cargando con guitarra y amplificador no parece importarle y es un experto a la hora de esquivar transeúntes para no golpearlos con su instrumento. Todavía silbando se alza en puntillas, se detiene unos minutos y sigue caminando, está buscando el lugar idóneo para el concierto de esta tarde… o al menos eso es lo que suponemos ya que no encontramos otra razón por la cual haga eso.

Camina unas cuantas cuadras más, hemos llegado a la esquina que tiene ese cruce de peatones tan atiborrado a todas horas del día. El oriental deja el amplificador en el piso y se sonríe con un dejo pícaro en su expresión, mira de derecha a izquierda y asiente con su cabeza satisfecho y luego procede a sacar la guitarra eléctrica de la funda, haciendo a esta lucir toda la colección de calcomanías que la decoran.

Todavía silbando y cantando entre dientes saca el cablerío que va conectando al amplificador y a la guitarra, se sienta encima del aparato que hace también de bocina y se quita los audífonos dejándolos colgar de su cuello para comenzar a afinar su guitarra moviendo las clavijas buscando el mejor tono.

Rasga las cuerdas e intenta tocar un par de acordes solo para terminar de asegurarse de que ya puede comenzar. Esto es como presenciar un ritual pues sigue la elección de la plumilla, pone dos en su boca y con la tercera toca, luego esta la pone en su boca y toma otra, así hasta que se decide por la primera que había usado.

Se levanta por fin, sube el volumen de su amplificador, se cuelga la guitarra y mira a todo el mundo a su alrededor que camina sin siquiera poner atención en él, aun con ello Yong Soo se llena de aire los pulmones, posiciona sus dedos en el brazo de la guitarra y una extraña emoción nos embarga por escucharlo a continuación.

Una melodía acelerada comienza a nacer de sus dedos, acordes rápidos y un ritmo eléctrico producto de las cuerdas metálicas. Yong Soo hábilmente pasa sus dedos cayosos por cada plato sacando la punta de la lengua como si estuviera saboreando los acordes que suenan.

Mataremos los cuervos porque hay demasiados

Nos desharemos de los monos porque hay demasiados

Pero aumentaremos los pandas porque hay muy pocos

Y aumentaremos a la humanidad aunque ya haya suficiente

Yong Soo comienza a cantar, sus palabras y cada estrofa van al mismo ritmo rápido que el de sus acordes pero aun con ello nadie se detiene a escucharlo. No importa, el moreno sigue cantando como si estuviera en el escenario de un auditorio.

Siempre estábamos rezando pero al hacer esto

De alguna manera nos estábamos convirtiendo en Dios

Mientras no nos dábamos cuenta

¿Qué demonios creemos que somos?

Otra vez el rasgueo de la guitarra, la gente sigue y sigue caminando ignorando por completo las estrofas y la música, cada palabra que sale de la boca del muchacho quien sigue intentando que al menos alguien lo escuche pues aunque no lo parezca sus ojos de vez en cuando intentan fijarse en los de alguien mas que le devuelva la mirada… pero no lo logra.

Nunca he visto a Dios, siempre lo veo en pinturas aquí y allá

También escuchado sobre dioses en historias que cuentan

Y de alguna manera siempre tiene forma humana

Es en ese momento cuando entre la masa de personas que parecen ser arrastradas como una corriente de un río, alguien se detiene al escuchar la última estrofa. Yong Soo se ha dado cuenta de esto y medio sonríe aun mientras canta, tratando por todos los medios de que esa única persona se quede hasta el final de la canción.

Si fuera Dios, si pudiera tomar todas las decisiones que quisiera

No trataría hacer tal cosa como crear al mundo en siete días

Me tomaría mi tiempo y sería cuidadoso

Y haría un estricto plan de acuerdo a ello

Porque por hacerlo en un apuro y velozmente, mira

Ahora ha sido cortado, pegado, hecho, deshecho, creado, destruido, creado

Yong Soo sigue entregándose a su guitarra a su canción, ahora que tiene a alguien atento a todo lo que dice no tiene reparos en alzar un poco más el tono de su voz haciendo ligeramente más agudo; sus dedos se mueven hábilmente y de vez en cuando dirige su par de ojos negros a los otros que lo escuchan tranquilamente. Ahí está transmitiendo su mensaje a alguien que parece importarle y para el muchacho no parece haber mejor recompensa así que sigue esforzándose. Acumula el aire en su diafragma y lo suelta escupiendo todas esas cosas que solo en compañía de una guitarra puede decir.

Con un sólo del instrumento que parece ir distorsionándose a medida que aumenta la velocidad, canta la última de las estrofas hasta dar el último rasgueo conclusivo.

No hay aplausos, ni ovaciones ni gritos eufóricos de fans, aun con ello Yong Soo levanta alto sus brazos y hace una profunda reverencia a la única persona que representa todo su público y lo mira con seriedad. El pelinegro se sonríe, o mejor dicho le dedica esa mueca sonriente a la otra persona que lo mira de manera tranquila pero arruga ligeramente sus cejas pareciendo inconforme con algo ya que incluso se lleva una mano a la barbilla.

Casi siempre lo normal es que las personas que se quedan escuchando al final de la canción arrojen un par de monedas y sigan con sus caminos, en cambio esta persona sigue ahí parada sin hacer ademán de darle dinero al músico.

-¿Le gustó la canción?- pregunta Yong Soo finalmente sin saber qué es lo que ese hombre pretende con solo quedarse parado.

-Si estás aquí la gente nunca te va a escuchar aru- dice el sujeto sin responder a la pregunta anterior.

-Te has puesto justo en contra de la corriente, está arrastrando el sonido y no permite que te escuche nadie aru- explica el también pelinegro que lleva su cabello largo sujeto en una coleta.

Yong Soo realmente no sabe cómo contestar a esto y es comprensible ya que el comentario ha nacido de la nada y es demasiado extraño como para adivinar que ha querido decir con aquello.

-Ven aquí- le ordena el extrañó hombre tomando del brazo al muchacho casi arrastrándolo.

-Hey, espere- intenta detenerle el músico pero el otro no le hace caso y sigue jalándole dejando al chico sin otra opción que no sea cargar con su amplificador y seguir al de cabello largo.

-Si quieres ser escuchado tu sonido debe fluir con la corriente no contra ella; así todos podrán oír sin que esta sea ahogada. Si te quedas ahí será como si gritaras auxilio mientras eres arrastrado por un río enfurecido aru- explica ese tipo mientras lleva a rastras a Yong Soo para que cruce la calle hasta la esquina contraria.

-Oiga, no entiendo nada de lo está diciendo ¿A dónde me lleva?-

Pues ahora Yong Soo comienza a asustarse porque es llevado a la fuerza por un hombre bastante raro que habla en paradoja. Cualquier persona en su sano juicio estaría asustada si algo así le pasa de la nada.

-Aquí- señala el hombre a quien le hemos escuchado un remarcado acento pequinés. Toma a Yong Soo de los hombros para que se pare con firmeza en la acera a la que justo acabamos de cruzar.

-¿Aquí, qué?- pregunta el muchacho totalmente desubicado mirando a todos lados todavía sostenido por el otro hombre que es unos centímetros más bajito que él.

-Aquí tienes que quedarte para que la gente te escuche. Tu voz fluirá junto con las personas y tus palabras también. La otra esquina era un mal lugar aru- explica el hombre haciendo que Yong Soo suelte una carcajada y se muestra incrédulo por esta ridícula explicación.

-¿Solo por cambiarme de banqueta la gente se detendrá a escucharme?- pregunta el pelinegro con un tono de burla pero el hombre frente a él se muestra serio.

-Por supuesto que si- Dice muy seguro de si mismo el de cabello negro. –Siempre tienes algo que decir pero todo este tiempo has estado en un lugar que no es propicio para eso, ahora estando aquí al menos te van a oír, asegúrate de decir algo inteligente. Adiós- y con esto dicho el hombre emprendió su caminó pero antes de alejarse más Yong Soo corrió tras él olvidándose de su amplificador como si este fuera cualquier cosa.

-¡Espere!- le llamó al peculiar individuo alcanzándolo y poniéndose frente a él para impedirle el paso. -¿Me ha escuchado tocar antes? ¿Por qué dice que siempre tengo algo que decir?- pregunta esta vez realmente intrigado nuestro guitarrista y cantante, podemos ver como ese par de ojos azabache le brillan de emoción.

-Todos los días paso por esta calle y todos los días estás tocándole al aire, hoy me desesperó verte y por eso te digo que es aquí donde tienes que tocar- explica el moreno con toda tranquilidad haciendo sonreír todavía más a Yong Soo el cual es tan despistado que nunca reparó en ese hombre hasta ahora.

-¿Y qué le parecen mis canciones?- pregunta el joven acercándose un poco más al de cabello largo que vuelve a fruncir ligeramente su ceño y ladea ligeramente su cabeza buscando las palabras a pronunciar.

-Eres como un niño reprochándole todo al mundo que no entiende. Si… así suenas aru- contesta el moreno.

Muchos pudieron haber dicho que le faltaba entonación, que necesitaba trabajar la tesitura de su voz, sostener mejor el aire, poner atención a las notas a la hora de tocar mientras canta, perfeccionar sus acordes, cambiar las pastillas de la guitarra, trabajar en los contextos de sus canciones. Cualquier persona pudo haberle marcado mil y un defectos técnicos, hacer una crítica de sus liricas pero este hombre acababa de decir la cosa más curiosa que Yong Soo posiblemente ha escuchado jamás.

-Tengo que irme ya aru- dice el sujeto pero Yong Soo se lo vuelve a impedir sin embargo no sabe que decir, está pensando en las palabras correctas para responder al comentario anterior, y al no encontrarlas se queda callado, es entonces que el otro suelta un suspiro anormalmente largo.

-¿Y usted entiende al mundo?... ¿Por eso está tan triste?- le pregunta al hombre que alza sus ojos marrones los cuales parecen asomarse entre un par de rendijas que son sus parpados rasgados.

-No estoy triste, solo estoy cansado aru- y con esta aclaración el hombre se hace a un lado y sigue con su camino.

Tal vez ya has reconocido a este hombre no solo de porte peculiar sino también de esas maneras que recuerdan a un viejo chino supersticioso. Este es Yao, nuestro tendero de la tienda herbal.

Dejando a Yong Soo atrás sigue caminando, por cada veinte pasos que da suelta otro suspiro acentuando efectivamente, esa apariencia de estar sumamente cansado aunque no sabríamos decir exactamente de qué o porqué. Yao goza de una apariencia jovial que lo haría pasar por cualquier veinteañero sin embargo por la manera en como habla se creería que tiene ochenta años.

Yao sigue con su camino y su extraño habito de suspirar a cada cierta distancia recorrida, se mantiene. Llega a la entrada del China Town, apenas y saluda a unas cuantas personas, algunas en cantonés y otra en mandarín; esquiva a unos cuantos niños que pasan corriendo por sus lados y que no se molestan en disculparse, sencillamente siguen corriendo como alma que lleva el diablo pues son fuentes inagotable de energía, tan contrarios de Yao que finalmente llega a su propio negocio el cual ya conoces.

La construcción con tejado en forma de V invertida y con un letrero de caracteres chinos que jamás has sabido que diablos significa. Yao saca de la bolsa de su pantalón un llavero y abre la puerta de su negocio cambiando el letrero de "Cerrado" a "Abierto" entra y de nuevo lo primero que nos embarga es ese aroma a incienso de canela mezclado por el de hiervas secas que cuelgan de algunos estantes.

Yao suelta otro incontable suspiro, esta vez no de cansancio sino de confort por estar al fin en casa o en su negocio, se aproxima detrás de su mostrador y saca de uno de sus cajones la larga y elegante pipa que más bien parece una antigüedad bien conservada, toma otra cajita en donde tiene su dotación de tabaco y lo pone en su indumento para fumar, después lo enciende llevándoselo a la boca cerrando los ojos disfrutando de ese culposo placer.

Pronto el local que se inunda por una luz roja gracias a las farolas de papel, también se llena con el aroma del tabaco. Nos sumergimos en una especie de somnolencia que es incitada por el sonido de un laúd que se reproduce de la vieja radio de Yao.

Sentado ahí fumando con su larguísima pipa y en un atuendo típico, Yao parece sacado de una película de ficción china o al menos si de una fotografía antigua. Cuando lo vemos más de cerca y lejos de todo ese humo tanto de la pipa como del incienso podemos percatarnos de porque Yong Soo le preguntaba si estaba triste.

Sus pupilas marrones apenas visibles parecen estar perdidas en un limbo que adivinamos como de tristeza… pero reparamos que Yao decía la verdad, no es exactamente tristeza lo que se refleja en sus ojos vidriosos y que en apariencia son jóvenes… se ve tan exhausto. En serio recuerda a las miradas de los ancianos que vemos por ahí caminando con pasitos trémulos, solo que el pelinegro no tiene arrugas alrededor, solo un par de ojos nublados por alguna carga.

Una campanilla de viento suena cuando la puerta al ser abierta choca con ella anunciando la entrada de un cliente, Yao voltea con pereza y al instante no puede evitar ahogarse con el humo del tabaco al ver quien entra.

El mundo realmente es un pañuelo; justo entrando a la tienda vemos la figura enorme e imponente de Iván, a juzgar por la hora en el reloj debe ser su tiempo de comida.

-Buenas tardes- dice con una sonrisita discreta mientras que Yao intenta respirar y mantener la compostura.

-Ni hao!... ah, quiero decir, buenas tardes aru- dice de manera atropellada dejando la pipa a un lado y tosiendo todavía un poco.

-Vengo por un pedido que hice hace una semana- dice Iván acercándose al mostrador y extendiéndole una nota al moreno que con una mano temblorosa la toma leyéndola rápidamente pero no sin antes lo atrapamos alzando la mirada de manera furtiva hacia Iván que está viendo unos racimos de flores de violetas secas.

-Si… ahora mismo lo traigo aru- dice murmurando las palabras y saliendo del mostrador hacia una esquina en donde hay unas escaleras de metal, las sube tan apresurado que no puede evitar tropezarse cayendo sobre sus manos.

-¿Está bien?- pregunta Iván asustado al ver al otro caer.

-S… si, estoy bien- responde y el moreno está tan avergonzado que incluso las orejas se le han puesto rojas.

-Compórtate- se dice a si mismo cuando va por su bodega buscando el pedido y tropezándose con todo lo que encuentra a su paso.

¿Es nuestra imaginación o Yao está comportándose extrañamente torpe? Totalmente contrario del Yao de minutos antes tan tranquilo y sereno. Tras irse casi de bruces tres veces y rebuscar por todos lados, Yao encuentra por fin el paquete de hiervas medicinales para el ruso. Toma una larga inhalación antes de regresar a las escaleras esta vez bajándolas cuidadosamente viendo a Iván jugar con la pata movible del gato de la fortuna que tiene sobre su mostrador como amuleto de buena fortuna y abundancia.

-Aquí tiene aru- dice bajando ligeramente la voz el moreno, otra cosa que nos parece curiosa, ya que sumado a esto el color rojo de su cara no se ha desvanecido desde hace un rato y solo dirige miradas de reojo a Iván que sigue sonriente… a ti y a mí nos parece algo perturbadora esa sonrisa aunque no podríamos decir lo mismo de Yao el cual está registrando la compra en su viejísima máquina registradora que hace un ruido metálico espantoso al abrirse la caja del dinero.

-Gracias- dice sencillamente Iván tomando su paquete ahora envuelto en papel estraza y a punto de salir.

-¡Su nombre!- exclama Yao de la nada e Iván se voltea un poco descolocado. El chino da un saltito y mira a todos lados cerrando los ojos con fuerza como si se estuviera reprendido por algo.

-Perdón… quiero decir que si podría darme su nombre… solo para futuras ocasiones y…- intenta excusarse moviendo sus manos de manera graciosa haciéndole gracia también a Iván que vuelve a sonreírle de esa forma que nos provoca escalofríos.

-Me llamo Iván- responde el de los ojos violáceos abriendo la puerta para salir haciendo sonar la campanilla de viento. –Está en la nota- dice por ultimo antes de salir.

De inmediato Yao voltea a ver la nota que sigue en sus manos, efectivamente ya antes había escrito su nombre aunque seguramente estaba tan nervioso en ese momento que lo olvidó por completo. El pelinegro solo atinó a azotar su cabeza contra el mostrador arrugando la hoja de papel para luego tomar su pipa posicionándola de nuevo en su boca.

-Soy tan tonto aru- se lamenta con voz quejumbrosa dándole otra larguísima calada al tabaco viendo desde el cristal de su puerta el ondear de la bufanda de Iván al alejarse y soltado un centésimo suspiro mezclado con el humo gris que lentamente se disipa junto con la figura del ruso.

Mientras tanto tú y yo hemos pasado el día entero siendo testigos de cómo se crean los enlaces entre gente que en un principio parece no tener conexión alguna, sin embargo están más ligados de lo que ellos mismos están conscientes.

¿Quisieras seguir atestiguando la manera en como estas conexiones se hacen más estrechas? Espero que sí, esta podría ser apenas la punta de una larga cadera de personas, situaciones y relaciones. Hasta la próxima.