Capítulo 2

Títeres

.

.

.

—Señorita Orland, le ruego modere su lenguaje.

—Sí, mi señoría, lo lamento.

La mujer volvió a tomar asiento junto a su secretaria y clavó su mirada verdosa en la del juez. Éste la ignoró aparentemente y se acarició su larga barba a la espera que el testigo principal finalizara su declaración.

Tenía ante él a un joven de cabellos castaños y aspecto peculiar. El pobre no había parado de temblar desde el mismo instante en que puso un pie en la sala. Si no fuera consciente de la situación habría creído que se trataba del nerviosismo de un inocente. Sin embargo, el motivo de su pavor no era la sentencia que él mismo pudiera dictar, sino la mujer que se encontraba sentada al otro lado de la sala y que alternaba su vista entre él y el testigo. Minerva Orland, ni más ni menos. Una de las mejores abogadas del estado. Era tan astuta, como fría y mordaz, sin olvidar la crueldad que desprendía por cada poro de su piel. La singularidad de aquella mujer era indiscutible, y aquello la hacía peligrosa, muy peligrosa. Lo más probable era que hubiera amenazado a aquél pobre joven si no testificaba a favor de su cliente.

—Señor Toby Horhorta—llamó el juez con voz clara—. Por favor, prosiga.

El joven continuó narrando su versión de los hechos. Temblaba y su discurso era incoherente, escupía las palabras. Palabras que había memorizado con antelación y cuyo significado probablemente ignoraba.

De repente se detuvo. Aquel vómito inconexo de mentiras se silenció por el titubear del joven. Se había quedado en blanco. Alzó la mirada, desesperado, en busca de algún rostro amigo que pudiera ayudarlo a salir de la mierda que se le había venido encima sin siquiera pedirlo. Y se encontró con ella. Sus ojos chocaron con los de Minerva, que sonrió y en un grácil e imperceptible movimiento dejó a la vista un pequeño calcetín blanco. Toby se estremeció de pies a cabeza y los ojos se le inundaron en lágrimas.

El calcetín de su hija. De su niña, su princesa. Una princesa que no tenía culpa de nada, que no sabía nada de la vida, que todavía no había aprendido ni a leer. Sollozó en silencio. Su familia lo era todo para él, y si no cumplía con su parte del trato lo próximo que le mostraría aquella bruja sería una oreja humana.


Laxus Dreyar observó la ciudad de Magnolia desde el ventanal de su despacho. Sintió ganas de escupir. Aquel lugar tan sólo estaba plagado de insectos, insectos que jugaban a ser cazadores.

¿Cazadores de qué?

De hombres. De humanos. Toda aquella gente fingía vivir en una apestosa utopía día sí, día también. Y cuando se les giraban un poco las cosas ladraban, cual perros. Se carcajeó. Nunca llegarían a morder. Ellos eran presas, nadie podía cambiar aquella realidad. Eran sus presas. En el mundo no había lugar para los débiles, no había lugar para los insectos. Tan sólo unos pocos tenían el privilegio de llamarse a sí mismos cazadores. Y él era uno de ellos.

Era dueño de más de la mitad de las empresas de la ciudad. La otra mitad eran aliados que en su sano juicio habían decidido entablar una relación mínimamente correcta con él. Nadie quería problemas, y encarar a Laxus Dreyar suponía sentenciar a muerte la vida de todos tus familiares y amigos. Él decidía a quién echaba de su casa para construir una sucursal. Él decidía qué fotografía le entregaba al sicario de turno para que tiñera las paredes de rojo. Él era el cazador, el monstruo.

La vibración de su móvil le sacó de sus cavilaciones. Lo sacó del bolsillo y leyó el mensaje que acababa de recibir.

"Hotel Galuna a las 23:30. Tenemos que hablar.

Minerva"

Rió.

¿Era aquello una orden?


Wakaba Mine bostezó y se encendió otro puro. Alargó su brazo hasta la taza de café que reposaba junto al ordenador y se la llevó a los labios. Maldijo por lo bajo cuando se encontró la taza vacía, otra vez.

—Esto es una mierda…

—Mierda es quedarse corto—contestó su compañero.

—Por lo menos algunos afortunados tienen la oportunidad de desconectar.

Macao le pisó el pie con fuerza antes de que su amigo pudiera continuar hablando.

—No hables de eso aquí—susurró—. Podría enterarse alguien.

—Macao, amigo mío, apuesto a que más de la mitad de la comisaría ya lo sabe. Además, ahí la tienes, desnudándote con la mirada mientras Gray le toma declaración.

El hombre hundió sus manos entre su cabello y gruñó frustrado.

—Voy al baño.

Wakaba le siguió con la mirada hasta que desapareció tras la puerta de servicio. No le pasó desapercibida la mueca de su compañero dirigida a donde se encontraba su amante.

Cana tampoco perdió detalle. Se quedó mirando la puerta de servicios, atónita. Macao acababa de rechazar un polvo. Maldijo por lo bajo. Siempre la misma mierda. Follaban, Macao la besaba y le decía que también la amaba y luego la culpa lo comía por dentro y la ignoraba hasta que su conciencia se recuperaba mínimamente. Y cuando se arrepentía de haberla ignorado durante días o—en el peor de los casos— semanas, se disculpaba, volvían a follar y vuelta a empezar.

—Señorita Alberona, ¿me está escuchando?

—¿Sinceramente? —contestó la joven volviendo a centrar su atención en el policía que tenía frente a ella.

El hombre alzó una ceja y le dedicó una sonrisa ladina.

—Necesito que se concentre.

Cana se apoyó en la mesa y se acercó a Gray.

—No me trates de usted, me siento vieja.

—¿Desde cuándo la edad te supone un problema? —cuestionó él, ensanchando su sonrisa.

La morena afiló su mirada y le mantuvo el contacto visual. Odiaba el sarcasmo de Gray.

—Perdona, pero no te sigo—mintió.

—Cana, vienes aquí cada semana. Si no es voluntariamente es porque has agredido a alguien estando borracha. La cuestión es que siempre estás aquí. Y mi pregunta es: ¿cuánto tardaste en follártelo?

Ella no apartó su vista de la suya. Sonrió traviesa. Si Gray quería jugar, jugarían.

—¿Te parece adecuado preguntar eso cuando intentamos redactar un informe?

—Me parece tan adecuado como que tú lleves desabrochados los cuatro primeros botones de la blusa.

Cana se recostó en la silla y se tocó los pechos descaradamente sin apartar la vista de Gray ni un segundo.

—¿Y qué problema hay con eso?

Gray inspiró profundamente, tratando, en vano, de que aquello que estaba presenciando no lo excitara más de lo que ya estaba. Ante aquella reacción Cana volvió a apoyarse en le mesa, mostrándole el escote a Gray sin ningún tipo de reparo. Enrolló su pierna en la del policía y empezó a subir y a bajar lentamente por ella.

—¿Intentas distraerme? —cuestionó Gray con una sonrisa traviesa.

—Yo diría que estás la mar de atento.

El chico llevó su mirada al escote de la joven sin ningún reparo y se humedeció los labios.

—Todavía puedes hacerlo mejor, Cana.

La morena alzó una ceja, curiosa. Sonrió de nuevo y se mordió el labio.

—¿Estás seguro?

—Bastante.

—Bien.

Gray quiso agregar algo más pero una presión sobre su miembro captó su atención. Bajó la mirada y se encontró el pie de Cana justo en su entrepierna. Aquella imagen acabó de ponerlo duro del todo.

Echó la cabeza para atrás un segundo y luego observó a la mujer ante él.

—Nada mal.

—¿Nada mal, eh?

Cana sonrió una vez más, se mordió los labios y se desabrochó un botón más de la blusa. Gray siguió todos y cada uno de los movimientos de sus manos, a la espera de poder ver el sujetador de la chica.

—¿Qué buscas? —cuestionó ella, sagaz.

—No llevas ropa interior—sonó casi como un susurro.

Los ojos de Gray se encendieron con lujuria y su miembro empezó a palpitar.

—Nunca llevo ropa interior.

Entonces fue consciente de que los pezones de Cana podían adivinarse entre los pliegues de la blusa. Inspiró profundamente, llevaba demasiado tiempo sin un buen polvo. Gruñó, se estaba poniendo cada vez más duro y Cana seguía acariciándole descaradamente el miembro por encima del pantalón.

Gray se apoyó en la mesa y se acercó a la chica.

—¿Te has cansado de Macao? —susurró con voz ronca.

Cana le sonrió pícara y se acercó también al policía.

—Necesito sexo, Gray. Otro tipo de sexo.

Él se humedeció de nuevo los labios, captando el significado de aquellas palabras.

—No vas a poder moverte en una semana, cielo.

—Eso espero.

Gray la observó hambriento y satisfecho. Echó una rápida mirada a su alrededor y cerró la carpeta que reposaba sobre el escritorio.

—Me temo que tendrá que acompañarme, señorita Alberona—dijo alzando la voz.

—¿A dónde, agente? —cuestionó ella inocente, siguiéndole el juego.

—No se preocupe, solo vamos a hacer una fotocopia de su declaración.


Evergreen cerró la puerta tras de sí con un estruendo y volvió a bufar frustrada. Se encaminó con paso decidido hasta el ascensor, justo donde se encontraban sus compañeros.

Al primero que vio fue a Freed, que se encontraba hablando con Bickslow. Cuando la vio se mantuvo impasible, sin decir palabra, y no fue hasta que llegó junto a ellos que el más alto de los dos se dio cuenta de su presencia.

Bickslow dirigió una descarada mirada al escote de Evergreen y alzó una ceja divertido.

—¿Ya estás?

—Sí—contestó firmemente la mujer antes de pasar por su lado y entrar en el ascensor.

Evergreen había sustituido su falda de tubo y los zapatos de tacón por unos vaqueros ajustados y unas deportivas también con alzas. Sin embargo, la blusa de palabra de honor que solía llevar seguía en su lugar.

—¿Crees que serías capaz de ir sin tacón alguna vez? —cuestionó Freed, entrando al ascensor junto a Bickslow.

—Claro, el día que tú te tiñas el pelo.


N.A.: ¡El segundo! ¡El segundo! Y...¡Aparece Minerva—tanto en el fic como en la información de éste—! Llámame rara, pero es un personaje que me parece increíble, y la trama le va como anillo al dedo, así que tenía que estar. Sí o sí.

Ahora el fic ya tiene dos personajes y un summary un pelín más largo. Poco a poco los iré incluyendo, que no cunda el pánico ;)

Agradezco los favs, follows y reviews a OP Wendy y a Indie. Sois puro amor ^^.

Nos leemos,

Eris