Capítulo I
Las luces que traspasaban la estancia, se refractaban en la hermosa lámpara de cristal que colgaba del techo de la mansión de Annie Britter.
Era un bello día de primavera en Chicago, y habían reunido a toda la pandilla para comentar las buenas nuevas.
–¡Por fin mi hermanito va a sentar cabeza! Annie, Archie ¡muchas felicidades! Pronto te llamaré Annie Cornwell –grito enérgicamente Stear al escuchar la noticia de boca de su hermano.
–Lo único es que tendremos que esperar un par de años para la boda, al menos, para que Archie termine su preparación universitaria –comentó Annie haciendo una mueca con la boca, misma que rápidamente cambió por una amplia sonrisa –. ¡Bah! Qué importa eso. Archie se convertirá en un gran empresario al terminar sus estudios ¡serás el mejor de todos!
–En verdad pensé que, al proponerme, ibas a buscar un mejor postor para tu amor cuando te dije lo de irme a la universidad.
–¡Oh Archie!, si no supiera que estás bromeando, tal vez te tomara la palabra.
Candy no pudo evitar reírse a todo pulmón por las ocurrencias de Archie, y fue secundada por las carcajadas de Stear.
–Archie, de veras que eres temerario –Inquirió Candy cuando por fin pudo recuperar la voz–. Chicos, es la mejor noticia que he recibido en años, ¡muchas felicidades!
Annie y Archie eran dos de sus mejores amigos, y le hacía inmensamente feliz el verlos comprometidos. Desde niños, habían crecido juntos entre los jardines y pasillos de distintas mansiones. Había visto florecer el amor entre Annie y Archie con el pasar del tiempo, y cuando un par de años atrás se habían vuelto novios, todos sabían que en pocos meses se comprometerían.
Sin embargo, la familia de Annie había estado pasando por un momento económico difícil y les era imposible asegurar cierto estatus para su hija. Es por eso que, a pesar de la reticencia de la familia Cornwell, Archie insistió hasta que aceptaron por completo su compromiso. Gracias además, al apoyo del miembro más importante de aquel clan de familias que se cobijaba bajo el apellido Ardlay: El Tío Abuelo William Albert Ardlay.
–Escucho el ruido de un motor, me parece que por fin ha llegado Albert –comentó con alegría Annie.
–Bueno, él fue el primero en enterarse antes que todos, así que no lo vamos a poder sorprender como a Candy y Stear –dijo Archie.
Mientras veía a sus tres amigos adelantarse apresuradamente al encuentro con Albert, ella los seguía por atrás a paso acompasado, disfrutando de toda la algarabía.
Al abrir la puerta de la residencia, un hombre rubio, alto, de ojos azules y sonrisa cálida, llenó con su energía la estancia en un solo segundo.
–Bueno, por sus rostros puedo decir que ya se han enterado de la noticia. Una vez más ¡felicidades!
Annie y Archie abrazaron a Albert al mismo tiempo, cada uno tomándolo por uno de sus brazos, mientras que Stear, para no hacer mal tercio, encontró un pequeño espacio entre ambos para también darle un gran abrazo. Entre los 4, formaban una graciosa escena de la que solo Candy era testigo.
–Vaya, creo que ya no queda espacio en ese abrazo para mí –Rio divertida, justo en el momento en que Albert era vencido por el peso de todos, cayendo los cuatro en el acto.
Annie terminó con el cabello en jirones, Archie con uno de los volantes de sus perfectas camisas un tanto roto, Stear torció una de las varillas de sus lentes y Albert perdió mágicamente el saco de su traje.
Candy habría dado lo que fuera por tener una cámara fotográfica en ese momento. Su risa ante tal escena, resonó en tres manzanas a la redonda.
–Bueno, creo que es el recibimiento más amoroso que he tenido en un buen par de años. Si no fuera por los imprevistos golpes y pérdida de dignidad que viviríamos a expensas de las muestras de cariño, esperaría esta efusiva bienvenida todo el tiempo –dijo Albert mientras buscaba su saco, que había terminado arrugado debajo de Stear.
–Oh, yo tendré que cederle el volante al volver a casa a Archie, creo que ya he roto mis gafas otra vez.
–Bueno Stear, al menos podemos verte un poco la cara para variar ¡cada vez usas más aumento en esas gafas! –dijo Annie en un tono divertido, aunque también con un poco de preocupación.
–Es el precio que nosotros los inventores tenemos que pagar- respondió Stear con dignidad.
–Candy, solo faltaste tú en mi abrazo grupal –comentó Albert al terminar de incorporarse, sacudiéndose un poco los restos de polvillo de los pantalones.
–Oh, no quería interrumpirlos, además, era un abrazo familiar, ya pronto los cuatro van a ser del mismo clan –dijo con una risita baja, al tiempo que Albert abría sus brazos y, con una sonrisa, la invitaba a, en verdad, cumplir la amenaza.
Mientras sus tres amigos terminaban por incorporarse y se recomponían de la caída, Candy avanzó hacia su amigo, no sin antes subir y bajar sus hombros de forma resignada, para después cerrar sus brazos alrededor de Albert, mientras éste la levantaba del suelo y la movía de un lado a otro como quien zarandea a un muñeco.
Ella solo pudo atinar a sonrojarse un poco, para después carcajearse a la par de Albert. Con tanto movimiento, él tenía ganas de tentar al destino ese día y volver a caerse.
–Pero Candy, ¿qué dices? Tú eres prácticamente de la familia –dijo Albert mientras la regresaba al suelo y se separaba un poco de ella para verla al hablar, sin romper del todo el abrazo.
–Bueno, es verdad. Somos prácticamente como hermanos todos nosotros –. Candy echó un vistazo a los otros tres, quienes ausentes de la pequeña charla, trataban de enderezar los lentes de Stear.
–Hum, ¿y quién es el mayor?
–¡El que nos lleva más de 10 años! –respondió Candy sacando la lengua.
–¡Ay, qué golpe tan duro me has dado! –Albert fingió indignación, separándose de ella en forma teatral –. Pero si aparento mucha menos edad de la que tengo –Y en este comentario, Candy no pudo evitar pensar que Albert buscaba aprobación.
–Hum, si tu lo dices… –sentenció la joven con total seriedad, para después reunirse con los otros tres, dejando a Albert con cara de pocos amigos. Ciertamente, si había alguien que pudiera seguirle el ritmo a sus bromas, ese era Albert.
Candy los conocía a todos desde que tenía memoria. De niña, había sido adoptada por la institutriz Paulina White, la madre más amorosa que hubiera conocido y también, la maestra de Annie, Archie, Stear, Albert y… Anthony. Ellos la llamaban por su muy conocido apodo, el de "Señorita Pony", una anécdota bastante graciosa sobre aquel apelativo que la nombraba y que, como recordaba siempre su mamá, contaría en otra ocasión.
Así que, mientras les daba clases a los 4 más jóvenes, los Ardlay, Cornwell y Britter le habían dado permiso para que Candy se instruyera junto con los chicos, haciendo las veces de una pequeña escuela para todos.
Candy creció siendo educada entre las mansiones de las tres familias, pasando los veranos en exuberantes casas de descanso y comiendo platillos exquisitos. Sus amigos la querían tanto que se negaban a asistir a las pesadas fiestas familiares si Candy no estaba invitada, ya que ella, a pesar de ser un tanto reservada, siempre tenía un comentario atinado o una historia divertida que, a la menor provocación, los hacía destornillarse de la risa.
Annie había sido su fuente interminable de atuendos de la mejor clase. Ella era su mejor amiga y se había tomado casi por misión de vida hacer que Candy luciera como princesa en cada baile. Creía que, con todas las buenas intenciones de su corazón, Annie quería que algún chico de familia acomodada se fijase en ella y la desposara, pero Candy sabía que ese destino estaba cada día a kilómetros de cumplirse.
Su madre ya era una mujer mayor, y aunque no les faltaba nada, en verdad Candy quería dejar de ser una preocupación para ella y labrarse su propio camino. Por un tiempo, dejó que sus ilusiones de niña la consumieran, y en verdad creyó que encontrando el amor y casándose, no solo su vida financiera, que era lo que le preocupaba menos, estaría resuelta, sino también los deseos de su corazón.
Las historias de amor se habían escapado junto con Anthony a Londres, llevándose con él sus sentimientos y regalándoselos a otra mujer, mucho más bonita y de una familia de rancio abolengo.
Sin embargo, a sus 19 sabía que tenía que actuar pronto y encontrar su propio destino, lejos de cuentos de salvación masculina, y así dejar de preocupar a su madre por el futuro. Ese era el plan que estaba cocinando, a fuego lento y seguro, solo que ese día en especial no era el indicado para develarlo.
Suspiró un poco al recordar todo aquello, pero con un rápido movimiento de cabeza cambió pronto de ánimo y regresó al presente.
–¿Qué es una celebración si no hay banquete y un poco de vino? –preguntó despreocupadamente Stear una vez que se dio por vencido con las gafas.
–¡Pero si serás imprudente! Esta no es tu casa Stear –espetó Archie. Su imprudente hermano solía olvidar las reglas básicas de etiqueta todo el tiempo.
-Ja, ja, ja. Vamos chicos, ¡claro que les preparé una deliciosa comida a todos! No esperarán que los deje ir con el estómago vacío después de noticias tan importantes, seguro no dormirían toda la noche de la impresión –Annie los escoltó a todos hacia la estancia donde se encontraba el comedor.
La anfitriona, además de ser la dama más refinada de toda la clase alta de Chicago, era la mejor cocinera que Candy había conocido. Desde repostería francesa hasta el más básico sándwich, no había quien le hiciera competencia. Annie la había intentando instruir en el arte culinario, pero parecía que eso de la cocina no se le daba tanto a Candy. Eso sí, tres estofados le salían bastante decentes y otros aperitivos fríos, y con eso creía que podría sobrevivir bastante bien.
El pequeño banquete estaba siendo terminado de servir y todos tomaron sus lugares ya acostumbrados: Archie y Annie juntos, Stear al lado de su hermano, Candy junto a su amiga y Albert al lado de Candy y el inventor. El pequeño círculo de amistad que significaba todo para Candy.
–Ya estando todos juntos y con las buenas nuevas conocidas, quiero agradecer todo el apoyo que el Tío Abuelo William nos ha dado para poder cumplir nuestro sueño. Tío Abuelo, en nombre de la futura familia Cornwell-Britter, nunca podremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros –dijo Archie, y al tiempo que terminó sus palabras, se dirigió hacia el asiento donde se encontraba Albert e hizo una reverencia con toda solemnidad.
–¡Oh Archie, vamos! ¿Es que acaso todos ustedes se han puesto de acuerdo? Estoy seguro que Candy es quien coordina esta pequeña broma de "hagamos sentir a Albert como un anciano cada que tengamos oportunidad". Dime, ¿cuál es la palabra clave para iniciar? ¿es que acaso ensayan las frases los fines de semana? –Albert no pudo evitar un pequeño sonrojo. Volteó hacia Candy para que le diera la razón, pero la chica solo se limitó a levantar los hombros en señal de desconocimiento.
Él no sabía cómo actuar en estas situaciones, por más que ayudara a su familia y amigos, él lo único que buscaba era su felicidad, así que aquellas muestras de extrema solemnidad le ponían nervioso, y la única forma en que lograba vencer esos sentimientos era bromeando.
–Albert, deberías de aceptar de vez en cuando nuestra gratitud –dijo Annie mientras una pequeña lágrima escapaba de su ojo, ya que ella, al igual que Archie, estaba sumamente agradecida con él –. Debes comprender que a veces se nos hace difícil ser tan solemnes con nuestro Albert, por eso es que nos dirigimos al Tío Abuelo William.
El joven suspiró e hizo una pequeña mueca, como una sonrisa reprimida.
–Gracias chicos, son mi familia y saben que haría cualquier cosa por ustedes, y si para que los dejen ser felices tengo que ponerme rudo con la Tía Abuela Elroy y el consejo de ancianos, créanme que ha sido un placer, ja ja ja. Y bueno, no me molesta ser William Albert Ardlay, pero por favor, dejen de tratarlo como un anciano, que se lo va a terminar creyendo –sentenció con un pequeño bochorno, al que todos reaccionaron con una risa ahogada.
–La Tía Abuela Elroy tuvo que escaparse unas semanas a Florida del coraje que le causaste, Albert –dijo Stear, mientras comenzaba a servirse de uno de los platillos, inclusive antes de que la anfitriona iniciara el banquete.
Annie volteó hacia Stear con el entrecejo fruncido ante su falta de protocolo y etiqueta, pero dejó escapar el enojo en un suspiro.
–Eso es lo que escuché Stear, con mayor razón. Albert se puede conseguir problemas graves, y aunque no queremos ser una molestia para ti, no podemos más que agradecerte desde el fondo del corazón –Finalizó Annie mientras llevaba sus manos extendidas hacia el pecho.
Candy posaba su vista en Archie y Annie, para después pasar a Albert, quien seguía visiblemente sonrojado ante las muestras de cariño de todos. La chica no pudo evitar sonreír: ciertamente, Albert era quien más pendiente estaba del bienestar de todos, y lo hacía desde el fondo de su corazón y de la manera más desinteresada, como lo había hecho desde que eran niños. El silencio se había situado en la estancia, mismo que fue roto gracias a Stear.
–Vamos, pero si Albert siempre ha sido nuestro salvador desde niños ¿no se acuerdan de la vez que Annie tiró uno de esos jarrones de colección de la Tía Elroy?
–¡Dios mío, Stear! Nunca he querido recordarlo –Annie ocultó su rostro tras las manos.
–Claro, como olvidar que Albert llegó y se disculpó por haberlo tirado con su gaita mientras practicaba por los pasillos de la mansión –Recordó Archie.
–Me parece que esa vez lo dejaron sin salir de su habitación como una semana –dijo vagamente Candy.
–Una semana, y además no me dejaron tocar para el concierto al que practicaba –comentó Albert como cualquier cosa, con los ojos entretenidos en un pedazo de pastel, pasando por alto todo protocolo de que el postre va hasta el final de la comida.
–O la vez que Archie dejó salir a los caballos cuando estábamos de vacaciones en Escocia –Recordó Annie, tratando de pasar a un tema que no fuera el jarrón de la Tía Elroy.
–Claro, Albert dijo que se había sentido tan culpable de verlos todo el tiempo encerrados. Tía Elroy no lo dejó ir al lago esa tarde con nosotros –completó Stear.
–Y, además, hizo que le leyera poesía en francés por la noche, en todo lo que restó de vacaciones –Continuó Albert sin inmutarse, siguiendo con su trozo de pastel.
–Pero a Stear era a quien más tenía que cubrir –Recordó Candy, a punto de reírse de las mil y una veces que Albert sufrió castigos por culpa de Stear.
–Claro, se la pasaba probando sus inventos en todos los bailes de gala que organizaba la Tía Elroy –dio Archie entre risas.
–¿Recuerdan cuando hizo explotar una bomba fétida? Dios nunca lo olvidaré –Se lamentó Annie.
–Ja, ja, ja, todo el mundo tuvo que salir al patio mientras el personal ventilaba la casa –Candy rio ante la imagen de aquella noche, misma que nunca se borraría de sus memorias.
Stear había dejado de comer, mientras todos los colores se le subían al rostro. Por fin, pudo mediar palabra.
–Como olvidar la excusa y el castigo ejemplar para Albert…
Los presentes voltearon a verlo, al mismo tiempo que el aludido tomaba un segundo pedazo de pastel.
–Por supuesto, tuve que decir que había metido a mi mofeta mascota y que su olor invadió todo el recinto. Ese día, me castigaron bailando con todas y cada una de las hijas de familia que asistieron a la fiesta –Recordó Albert en un suspiro.
Los chicos estallaron en risas. Si había algo que Albert podía considerar una verdadera tortura, era el tener que atender la lista interminable de hijas casaderas en las fiestas de Tía Elroy.
–Pero Albert, si esos bailes prácticamente eran organizados para ti. Tía Elroy tenía como misión de vida encontrarte una novia y tú simplemente te le escabullías.
–Créanme, que eso me causaba más problemas que todos los castigos de sus travesuras acumulados.
–¿A dónde te ibas cuando iniciaban las fiestas, Albert? –inquirió Annie con verdadera curiosidad –. Normalmente dabas inicio al vals de bienvenida con la Tía Elroy, y después desaparecías en toda la noche.
–En Chicago, siempre estaba en el balcón con mejor vista al bosque y el lago. En Lakewood, se iba al tercer piso, en un cuarto justo enfrente de la torre –dijo Candy despreocupadamente, tomando además un bocado del magnífico estofado de Annie.
Annie, Archie y Stear voltearon a verla con sorpresa. En todos esos años, ellos nunca habían podido descubrir el escondite de Albert, y Candy lo decía ahora, como si fuese cualquier cosa.
–¿Qué, dije algo malo? –preguntó la chica, sintiendo las miradas de sus tres amigos sobre ella.
-No, solo que nunca nos dijiste Candy, siempre buscábamos a Albert por todos lados y tú lo sabías… Un momento. ¿Qué no Candy desaparecía también en esos bailes? –Recordó Archie, entornando las cejas.
–¡Sí!, se desaparecía justo a la mitad del baile y ya no la veíamos hasta el final del mismo –comentó Annie, mientras buscaba el respaldo de los no aludidos.
–¡Eso es fácil de explicar! –habló Albert, ya terminado su segundo pedazo de pastel –Ella estaba conmigo, nos pasábamos casi todo el baile leyendo o platicando de libros. –Volteó a ver a Candy con una sonrisa, mientras ésta trataba de disimular un poco el sonrojo que sentía al haber sido descubierta.
–¡Oh Candy!, así que acaparabas a Albert solo para ti, hum, ¡qué injusto!, y eso que todos esperábamos el verano para que viniera a jugar con nosotros –dijo Stear, entre sorprendido y divertido de poner a Candy nerviosa, una de las hazañas más difíciles de lograr.
–Bueno…este…yo. Ya no recuerdo mucho eso. Es que los bailes siempre me aburrían un poco y prefería ir a explorar la mansión –contestó Candy, tratando de que el calor que sentía en el rostro no fuera demasiado evidente para los demás.
–Claro, y Anthony siempre se la pasaba preguntando por ti. Bueno, al menos ahora ya sabemos dónde te ocultabas –comentó Archie, sin darse cuenta que había mencionado a Anthony en voz alta y en presencia de Candy.
Stear se atragantó un poco, Annie aguantó la bebida en su boca sin pasársela y Archie, al ver su metedura de pata, comenzó a toser sonoramente.
Albert, por su cuenta, bajo el tenedor hasta su plato y tomó una servilleta, esperando a ver si el ambiente se componía o tenía que intervenir de alguna forma.
Candy respiró hondo, esbozó una sonrisa, se armó de valor e hizo lo que no había hecho en años: Preguntar por Anthony.
–Es verdad, siempre me reclamaba dónde había estado en toda la noche, ¡qué recuerdos! Dime Albert, ¿cómo ha estado Anthony?
Esta vez fue el turno de Albert de sorprenderse. Ninguno de los presentes había hablado de él en presencia de Candy hacía mucho tiempo, era casi un tabú, y este repentino cambio era de notarse. Sin embargo, entendió que la joven sentía que era momento de avanzar.
–Él está bien, piensa volver a Europa, pero aún todo está demasiado difícil por el fin de la guerra. Cuando concluya sus estudios, es muy probable que se encargue de los negocios de la familia por aquellos rumbos… Y bueno, su compromiso sigue igual que antes, nada ha cambiado –comentó Albert, sin poder ver a Candy directamente a los ojos.
–Me alegro mucho por él, espero que Anthony siga siendo el mismo chico de siempre, bueno, ahora ya convertido en hombre. Seguro tendrá una familia hermosa –La joven volvió la vista a la comida, mientras esbozaba una sonrisa sincera pero melancólica.
Annie, Archie, Stear y Albert compartieron una mirada de preocupación, pero cuando Candy volvió a sus tres amigos, decidió que era momento de dejar las cosas claras.
–Vamos, sé que los cuatro han estado evitando hablar de Anthony conmigo, y en verdad se los agradezco, pero creo que es hora de que actuemos con mayor normalidad. Anthony se crio con todos nosotros, compartimos recuerdos de ese tiempo, no puedo simplemente borrarlo de mi vida.
Annie vio a Candy a los ojos y asintió, realmente había estado esperando que este día llegara. Sentía que su amiga debía dejar atrás ese dolor, y parecía que finalmente estaba pasando.
–Así es Candy, todos nos criamos juntos y esos recuerdos son lo más preciado que tenemos…
–¡Hum!, y aún así. Sigo sin entender cómo te escapabas para ir a leer sola con Albert, vaya que si lo tenían bien oculto –Regresó Stear a bromear, rompiendo el ambiente pesado.
Todos rieron, mientras seguían recordando aquellas veces que Albert se ofreció a salvarlos.
–Un momento –comentó Archie –. ¿Alguna vez Albert se ofreció a salvarte de un castigo, Candy?
–Hum, bueno, no recuerdo muchas de mis travesuras, pero…
–¡Pero sí de tu lengua! Como olvidar la vez que le dijiste a Eliza que su peinado parecía un "buqué barroco que por su ágrido esplendor levantaría de la tumba al tátara tátara abuelo Ardlay" –dijo Stear.
-O cuando la chica de la familia Mellon quiso llevarse a Anthony en una fiesta, y le aseguraste que su insulsa plática seguro había terminado de marchitar la enredadera de la Tía Elroy –comentó Annie.
-Y como olvidar cuando te pusiste a recitar poesía de la nada en francés, cuando la Tía Elroy estuvo a punto de descubrir a Albert y a su "amiga" paseando por el lago de la mansión de Chicago –terminó Archie.
Albert se atragantó un poco mientras trataba de pasar un sorbo de agua. Esa historia, incluso él, la desconocía.
–Bueno, ya ven. Albert no es el único que se sacrifica por el equipo. La señora Elroy me "castigó" porque mi acento era "imperdonable para la hija de la mejor institutriz de todo Chicago" y me mantuvo con ella lo que restó de la semana, leyéndole en francés hasta que mi acento fuese aceptable. La verdad es que mejoré bastante, casi ni sentí el castigo.
–Solo no pudiste jugar con nosotros esas vacaciones –recordó con tristeza Annie.
–Bueno, no fue para tanto, en la cena nos poníamos al día de las travesuras –Guiñó a Annie desde el otro lado de la mesa.
–¿Cómo es que me voy enterando de eso Candy? Desconocía lo del recital improvisando de poesía –Inquirió Albert.
–¡Debiste haberla visto Albert! Candy se dio cuenta que la Tía Elroy estaba por encontrarte mientras tú… Bueno mientras paseabas, y de la nada Candy saltó en su asiento y se puso a prácticamente cantar, con el peor acento en francés que te puedas imaginar, ¡estás hecha para los escenarios Candy! Tú eras la que mejor conocimiento del idioma tenía entre nosotros, no sé como la Tía Elroy no sospechó el engaño –dijo Stear, mientras se servía una segunda ración de aperitivos.
–Recuerdo que Anthony se enojó muchísimo porque por culpa de Albert, no pudo pasar esa semana junto a Candy –dijo Archie.
–¿Anthony molesto con Albert por Candy? Por qué no me sorprende eso –dijo Annie, quien ya se había dado por vencida con el protocolo y tomó a la vez estofado mientras partía un pedazo de pastel de calabaza.
–¿Qué dicen? –preguntó Albert, visiblemente sorprendido y sin entender ya nada.
–Bueno Albert, es que tú eras el mayor –Inició Stear.
–No te enterabas de todo lo que pasaba la mayor parte del tiempo- Secundó Archie.
–Además, casi siempre te la pasabas estudiando, y en vacaciones aprovechábamos tanto el tiempo que no te contábamos sobre las pequeñas "discusiones" –Terció Annie.
–Candy, ¿a qué se refieren? –intentó nuevamente Albert, ya que no terminaba de ver la imagen completa.
–Yo tampoco sé –dijo despreocupadamente, mientras daba una mordida al pedazo de pastel que tenía enfrente.
–Ja, ja, ja, ¡claro que sabes! Siempre que ibas a llegar de Londres Albert, Candy no paraba de hablar de ti. Que por fin iba a poder regresarte los tesoros que le habías prestado y seguro le traerías nuevos, supongo que se refería a la montaña de libros que cargabas contigo para todas partes. Ya que ustedes platicaban mucho de literatura, Anthony se sentía un poco, hum, desplazado, por decirlo de alguna forma. Inclusive cuando te ibas, Candy pasaba horas y horas leyendo, "todo gracias a mi 'querido' Tío Albert" –comentó Stear, dándole énfasis a la última frase, como queriendo imitar el acento de Anthony.
–Bueno Albert, ¿qué esperabas? Si solo al llegar tú, le quitabas a su querida Candy –Annie reprimió una risita cómplice.
Albert no pudo evitar sonrojarse un poco. Claro que recordaba las vacaciones que pasaba en las mansiones de la familia. Candy tendría unos 10 u 11 años, y la consideraba extremadamente inteligente para su edad, ni se diga al día de hoy.
Él tenía 22 años y estaba en la universidad, buscaba todo el tiempo posible para pasar un espacio de calidad con sus sobrinos. Sin embargo, muchas veces ellos deseaban hacer juegos muy acordes a su edad, por lo que prefería retirarse y verlos a lo lejos, mientras leía, hacía sus tareas de verano o escribía. Aquel día, se encontraba bajo la sombra de un gran árbol tomando un poco del sol que Inglaterra le debía, con una bolsa llena de libros para escoger y entregarse a la lectura.
En esos momentos, la pequeña Candy siempre se acercaba con el libro que él le había prestado anteriormente, cubriendo todo su rostro con el mismo, a excepción de sus chispeantes ojos verdes, que para sus tiernos años destellaban ya una intensa voluntad.
"Bueno Candy, gracias por regresarme los poemas de William Blake, en tu carta me dijiste que te habían encantado".
"Sí Albert, creo que podía ver los bellos paisajes que describía con tan solo cerrar los ojos, ¡es maravilloso!".
"¡Qué bello Candy! Por aquí tengo otros libros de poesía que te van a encantar también. Hum, hay una novela muy famosa que puede atraerte, es de una autora llamada Louisa May Alcott y me ha recordado mucho a ti, creo que hasta me imaginaba a su personaje principal con coletas rubias y ojos verdes, aunque tal vez ya lo has leído" –dijo Albert un tanto divertido.
Candy solo pudo sonrojarse un poco mientras esbozaba una tímida sonrisa y movía la cabeza de izquierda a derecha, negando.
"Es una novela para chicas fuertes como tú, seguro te va a encantar" –Le dijo, mientras le extendía 'Mujercitas' en las manos.
"Gracias Albert, voy a leerla con mucha emoción" –respondió Candy mientras se sentaba en el pasto justo al lado de él, y se metía en la lectura por completo.
A lo lejos, Albert pudo ver que Anthony se separaba del grupo de chicos que jugaba cerca de los árboles y le extendió un saludo con la mano, invitándole a que se acercara a él y Candy. Albert sabía que Anthony tenía cierta predilección por Candy, así que le extrañó ver la mueca de pocos amigos con la que le respondió sobrino. Éste, giró en sus talones y arrancó como rayo hacia donde estaban los otros. Mientras tanto, Candy había recargado su espalda en el brazo de Albert, un poco desapercibidamente, ya que cuando la niña se metía de lleno en la lectura, el mundo entero dejaba de existir.
Por su parte, Albert concentró la atención en textos sobre derecho mercantil, patentes y administración de grandes y medianas empresas. Cuando se dio cuenta, el sol ya estaba por ocultarse en el horizonte y los chicos iban camino a la mansión, cargando junto con ellos unos peces que habían obtenido en el lago. Al tratar de desperezar un poco y enderezarse, se dio cuenta que la pequeña Candy se había quedado dormida en su regazo, con el libro de 'Mujercitas' entre sus manos y una cálida sonrisa en el rostro.
Albert la cargó con mucho cuidado de no despertarla y la llevó en su espalda hacia la mansión. A lo lejos, pudo ver que Anthony se detuvo en el camino, como esperando su encuentro.
–Anthony ¿crees que podrías ir por mi bolsa de libros? La dejé al lado del árbol. No quise despertar a Candy y no pude recogerla –dijo Albert, señalando a la niña en su espalda, que seguía plácidamente dormida y se aferraba con un poquito más de fuerza a su cuello.
El pequeño Anthony soltó un ruido poco comprensible para Albert, y solo se limitó a decir: "siempre es lo mismo cuando estás aquí", mientras corría hacia donde le había indicado su tío.
Albert no supo como interpretar ese desaire de Anthony, pero siguió caminando hacia la mansión. Por su parte, podía escuchar la respiración serena y acompasada de Candy, quien, entre sueños, nombraba repetidamente a Anthony.
–Me parece que estás llamando a tu príncipe azul, mientras él ni siquiera se entera –dijo Albert en voz baja, con una sonrisa enternecida, pensando que no había pareja más perfecta que esos dos, aunque apenas fueran unos niños. Candy, tan astuta e independiente; Anthony, tan tierno y entregado.
El recuerdo del verano se desdibujaba de la memoria de Albert como el sol en el atardecer.
Candy puso sonoramente la cuchara sobre su plato limpio, terminando aquello con una sola frase: "sigo sin recordarlo, bueno excepto que, en ese tiempo, Mujercitas se volvió mi novela favorita" –dijo volteando hacia Albert con una sonrisa cómplice.
Annie se imaginó que, aunque Candy hubiera dicho que no había problema el hablar de Anthony, el volver hacia tantos recuerdos de golpe no era buena idea.
–Bueno Albert, nunca me quedó claro aquella vez que Candy te salvó del castigo de la Tía Elroy. ¿Con quién es que estabas "paseando"? –dijo Annie, haciendo las comillas de forma irónica en el aire.
-La señorita Emily Mars, muy bella por cierto, aunque no le gustaba que los "mocosos" estuviera rodeando al guapo Willy todo el tiempo–contestó Candy, con una media sonrisa en forma de burla, mientras un abochornado Albert se preguntaba si era buena idea el inventarse una reunión de emergencia en ese momento.
–¡La recuerdo! Era la chica más guapa que había visto en mi vida ¿qué fue de ella, Albert? –preguntó Stear.
–Está casada y tiene dos bellos hijos, ¡grandioso por ella! –Apresuró el aludido, queriendo que sus sobrinos y Candy pasaran a otro tema.
-Hum, sí, ¿pero por qué iba a regañarte la Tía Abuela en ese entonces? –Preguntó Archie, sin enterarse mucho de aquello. La realidad es que recordaba muy poco de esa ocasión, fuera del magnífico concierto de Candy.
–Oh bueno Archie, definitivamente yo puedo contar esa histori… –Comenzó Candy, pero fue interrumpida rápidamente por Albert, quien puso su mano sobre la boca de la chica para evitar que siguiera.
-Como Tío Abuelo William, les prohíbo que platiquemos de eso –terminó por decir, con todos los colores en la cara.
Annie, Archie y Stear se miraron sorprendidos, Albert nunca había usado sus poderes de patriarca de los Ardlay para censurar algo, lo cual significaba que esto había sido una historia muy divertida y vergonzosa. Los tres se echaron a reír de inmediato.
Albert solo pudo hacer una mueca de vergüenza, mientras no dejaba de tapar la boca de Candy, quien parecía estar contando la historia de aquel día sin importarle que nadie la escuchara. Cuando los demás dejaron de reír y creyó que Candy había terminado, por fin la soltó.
–…y entonces Albert ya no la volvió a frecuentar, porque le dijo que si querían seguir saliendo a "pasear", tenía que dejar de ser "niñera de esos cinco mocosos". Y pues ya saben que Albert nunca abandonaría a sus mocosos favoritos por nadie –concluyó Candy en un solo aliento.
–Típico de Albert, dejando el amor de lado por la familia –concluyó Stear, limpiándose una lágrima falsa.
–Aunque te burles Stear, nunca hubiera condicionado mi relación con ustedes por una chica –contestó Albert, ya sin tanto nerviosismo.
Después de ese bochornoso recuerdo para Albert, la velada transcurrió entre risas y felicitaciones para Archie y Annie en el inicio de su próxima aventura. Se pusieron de acuerdo para verse antes de que Archie y Stear partieran a la universidad, ya que la Tía Elroy les organizaría una fiesta de despedida en la mansión de Chicago.
–Les agradezco chicos el haber venido a celebrar, espero verlos a todos antes de la fiesta de despedida, ya que ahí será difícil que podamos platicar entre tanta gente –dijo Annie, mientras se despedía de todos en el portón de su casa.
–Para mí, es más fácil escaparme los fines de semana, tengo la agenda un poco apretada, pero seguro puedo darme un espacio –contestó Albert ante la invitación.
Archie regresó para darle un beso de buenas noches a Annie y se subió al carro junto con Stear, quien ahora fungía como copiloto, debido a sus gafas chuecas.
–Candy, ¿quieres que te llevemos a tu casa? –preguntó el joven.
–No es necesario chicos, tomaré un carruaje en la esquina, me deja a solo una cuadra de mi casa –contestó sin darle importancia, ya que estaba muy acostumbrada a trasladarse sola por la ciudad.
–Despreocúpense, yo llevaré a Candy, me queda de camino –contestó Albert.
–No quisiera ser una molestia Albert.
–Vamos Candy, de verdad, que yo tomo ese camino todo el tiempo, sígueme, por acá está mi auto.
La chica siguió a su amigo al estacionamiento de Annie, y de ahí partieron con rumbo a su hogar: El edificio Magnolia.
