Disclaimer: Algunos de los personajes pertenecen a Suzanne Collins, el resto & la historia "The Selection" pertenece a Kiera Cass, esta es una adaptación sin fines de lucro, todo es meramente por entretenimiento.

CAPÍTULO 5

Pese a que en el aeropuerto ya habíamos tenido una recepción sonada, las calles que llevaban a palacio estaban flanqueadas de masas de gente que nos hacían llegar sus buenos deseos. La lástima era que no nos dejaban bajar las ventanillas para responderles. El guardia del asiento delantero nos dijo que pensáramos que éramos una extensión de la familia real. Muchos nos adoraban, pero había gente ahí afuera a quien no le importaría atacarnos para hacerle daño al príncipe. O a la propia monarquía.

En el coche, un modelo especial que tenía dos asientos enfrentados en la parte trasera & ventanillas oscuras, me encontré junto a Glimmer, & teníamos a Ashley & Johanna enfrente. Johanna estaba pletórica, mirando a través de la ventanilla, & el motivo era evidente. Su nombre figuraba en muchos de los carteles. Era imposible contar la cantidad de admiradores que tenía.

El nombre de Ashley también se veía aquí & allá, casi tanto como el de Glimmer, & mucho más que el mío. Ashley, siempre elegante, se tomó muy bien no ser la favorita. Glimmer —era obvio— estaba molesta.

— ¿Qué crees que habrá hecho? —me susurró al oído, mientras Johanna & Ashley hablaban entre sí de su casa.

— ¿Qué quieres decir? —susurré.

—Para ser tan popular. ¿Crees que habrá sobornado a alguien? —dijo, mirando fríamente a Johanna, como si estuviera sopesando a su rival.

—Es una Cuatro —respondí, escéptica—. No tendría los medios necesarios para sobornar a nadie.

Glimmer chasqueó la lengua.

—Por favor. Una chica tiene más de un modo de pagar por lo que desea —dijo, & se puso a mirar de nuevo por el cristal.

Tardé un momento en entender lo que sugería, & no me gustó nada. No porque fuera evidente que a alguien tan inocente como Johanna nunca se le ocurriría irse a la cama con alguien —o siquiera infringir la ley— para conseguir ventaja, sino porque cada vez tenía más claro que la vida en palacio podía llegar a ser una lucha despiadada.

Desde mi posición no pude ver muy bien la llegada al palacio, pero sí vi los muros. Estaban cubiertos de yeso amarillo pálido & eran muy muy altos. Había guardias apostados en lo alto, a ambos lados de la gran puerta que se abrió al acercarnos. Tras cruzarla, nos encontramos en un largo camino de grava que rodeaba una fuente & que llevaba a la puerta principal, donde nos esperaba un grupo de funcionarios. Con apenas un «hola», dos mujeres me cogieron de los brazos & me hicieron entrar.

—Lamentamos mucho apremiarla, señorita, pero su grupo llega tarde —dijo una.

—Vaya, me temo que es culpa mía. Me puse a hablar un poco en el aeropuerto.

— ¿A hablar con la multitud? —preguntó la otra, sorprendida. Intercambiaron una mirada que no entendí & a continuación procedieron a anunciar las estancias por las que íbamos pasando.

El comedor estaba a la derecha, me dijeron; el Gran Salón, a la izquierda. A través de las puertas de vidrio pude entrever unos enormes jardines. Me habría gustado parar, pero, antes incluso de poder procesar dónde nos encontrábamos, me empujaron a una enorme sala llena de gente muy ajetreada.

La multitud nos hizo espacio & vi una fila de espejos con gente que trabajaba en el peinado de las chicas & les pintaba las uñas. Había unos colgadores llenos de ropa, & se oían gritos como « ¡Ya he encontrado el tinte!» o « ¡Eso la hace gorda!».

— ¡Ahí están! —exclamó una mujer acercándosenos. Estaba claro que era la que mandaba—. Soy Effie. Hemos hablado por teléfono —dijo, como presentación, e inmediatamente pasó al trabajo—. Lo primero es lo primero: necesitamos fotos del «antes». Venid aquí —ordenó, indicándonos una silla en una esquina, con un fondo artificial detrás

— No hagáis caso de las cámaras, chicas. Vamos a hacer un programa especial sobre vuestra transformación, ya que todas las chicas de Illéa querrán parecerse a vosotras cuando hayamos acabado.

Efectivamente, había un montón de gente con cámaras paseándose por la sala, haciendo primeros planos de los zapatos de las chicas & entrevistándolas. Cuando acabaron con las fotos, Effie empezó a lanzar órdenes.

—Llevaos a Lady Glimmer a la estación cuatro, a Lady Ashley a la cinco…, & parece que en la diez ya han acabado: llevad allí a Lady Johanna, & a Lady Katniss a la seis.

—Bueno, esto es lo que tenemos —dijo un hombre bajito & moreno, muy expeditivo, haciéndome sentar en una silla con un seis en el dorso—. Tenemos que hablar de tu imagen.

— ¿Mi imagen? — ¿Así que no se trataba de mí, tal cual? ¿No era eso lo que me había llevado hasta allí?

— ¿Qué aspecto queremos darte? Con esa mata castaña, podemos hacerte toda una seductora, pero, si quieres un aire más tranquilo, también podemos dártelo —afirmó, con total naturalidad.

—No voy a cambiar radicalmente para satisfacer a un tipo al que ni siquiera conozco —dije. «Y que ni siquiera me gusta», añadí solo para mí.

—Vaya por Dios. La niña tiene personalidad —me regañó, como si fuera una cría.

— ¿No la tenemos todos? — El hombre me sonrió.

—Bueno, está bien. No te cambiaremos la imagen; solo la potenciaremos. Necesito pulirte un poco, pero quizás esa aversión que tienes hacia todo lo postizo sea tu mayor activo. No pierdas eso, cariño. —Me dio una palmadita en la espalda & se alejó, dando instrucciones a un grupo de mujeres que me rodearon en un momento.

No me había dado cuenta de que cuando decía «pulir» lo decía de un modo literal. Me encontré con que aquellas mujeres me frotaban el cuerpo porque, al parecer, no debían de confiar en que supiera lavarme sola. Luego cubrieron cada pedacito de piel que quedaba a la vista con lociones & aceites que me dejaron un olor a vainilla, que, según la chica que me las aplicaba, era uno de los olores favoritos de Peeta.

Cuando acabaron de dejarme tersa & suave, pasaron a fijar su atención en las uñas. Me las cortaron, me las limaron & las pequeñas durezas de la piel quedaron suavizadas milagrosamente. Les dije que prefería que no me pintaran las uñas, pero se quedaron tan decepcionadas que tuve que consentir en que me hicieran las de los pies. La que se encargó escogió un agradable tono neutro, así que tampoco fue tan grave.

El equipo de manicuras se fue & llegó otra chica. Yo me quedé allí, sentada en mi silla, esperando la siguiente ronda de embellecimiento. Una cámara pasó a mi lado e hizo un primer plano de mis manos.

—No te muevas —ordenó una mujer, que se fijó en mi mano—. ¿No te han puesto nada en las manos?

—No. — Suspiró, tomó el plano que buscaba & pasó de largo.

Yo también lancé un profundo suspiro. De refilón vi un movimiento repetitivo a mi derecha. Me giré & me topé con una chica con la mirada perdida & que agitaba la pierna arriba & abajo bajo una gran capa de peluquero.

— ¿Estás bien? — Mi voz la despertó de su trance. Suspiró.

—Quieren teñirme de rubio. Dicen que quedará mejor con mi tono de piel. Estoy algo inquieta, supongo. —Esbozó una sonrisa nerviosa, & yo se la devolví.

—Eres Sosie, ¿verdad?

—Sí —dijo, sonriendo más abiertamente—. & tú, Katniss, ¿no? —Asentí—. He oído que has llegado con esa tal Glimmer. ¡Es terrible!

Puse la mirada en el cielo. Desde que habíamos llegado, cada pocos minutos todos los presentes en la sala podían oír a Glimmer gritándole a alguna sirvienta que le trajera algo o que se apartara de su vista.

—No te lo puedes ni imaginar —murmuré, & ambas soltamos unas risitas nerviosas—. Oye, en mi opinión, tienes un cabello precioso. —Y lo era, ni demasiado oscuro ni demasiado claro, & con mucho cuerpo.

—Gracias.

—Si no quieres teñírtelo, no deberías hacerlo.

Sosie sonrió, pero noté que no estaba completamente segura de sí se lo decía como amiga o para dejarla en desventaja. Antes de que pudiera responder, un montón de gente nos rodeó & se puso a trabajar, hablando entre ellos tan alto que no pudimos acabar nuestra conversación.

Me lavaron el cabello con champú, acondicionador, hidratante & suavizante. Yo lo llevaba largo e igualado —solía cortármelo mi madre, & no sabía hacer más—, pero, cuando acabaron conmigo, lo tenía bastante más corto & escalado. Me gustó; hacía que se crearan interesantes reflejos con la luz. A algunas chicas les hicieron una cosa que llamaban «mechas»; a otras, como Sosie, les cambiaron el color del pelo completamente. Pero mis peluqueros & yo estábamos de acuerdo en que no había que tocar el color del mío.

Una chica muy guapa me maquilló. Le dije que no se pasara, & se mostró muy amable. Muchas otras de las chicas parecían mayores o más jóvenes, o simplemente más guapas, tras el maquillaje. Yo seguía siendo yo. Por supuesto, Glimmer también seguía siendo ella misma, ya que insistió en que le dieran una buena capa de pintura.

Había pasado la mayor parte del proceso vestida con una bata, & cuando acabaron de arreglarme me llevaron hacia donde estaban los colgadores con ropa. Mi nombre estaba sobre una barra en la que habría vestidos para toda la semana. Supuse que las aspirantes a princesa no llevaban pantalones.

El vestido que acabó tocándome era de color crema. Me dejaba los hombros al descubierto, se ajustaba perfectamente en la cintura & acababa justo a la altura de las rodillas. La chica que me ayudó a ponérmelo lo llamó «vestido de día». Me dijo que todos mis vestidos de noche ya estaban en mi habitación, & que ya llevarían el resto. Luego me puso un broche plateado en la parte alta del vestido. Llevaba mi nombre en letras brillantes. Por fin me colocó unos zapatos con «tacones chupete», como los llamó ella, & me envió de nuevo al rincón para que pudieran hacerme la fotografía del «después». De allí me mandaron a la primera de una serie de cuatro pequeñas estaciones que había junto a la pared. En cada una había una silla frente a un falso fondo; enfrente, una cámara sobre su trípode.

Tomé asiento, como me indicaron, & esperé. Una mujer con una carpeta en la mano se sentó a mi lado & me dijo que esperara un momento a que encontrara mis papeles.

— ¿Para qué es esto? —pregunté.

—Para el especial sobre vuestra transformación. Hoy emitiremos vuestra llegada; el miércoles, la transformación; & el viernes haréis vuestro primer Report. La gente ha visto vuestras fotos & ya saben un poco de lo que dijisteis en vuestras solicitudes —afirmó, mientras localizaba los papeles & los ponía en lo alto del montón. Luego cruzó los dedos & prosiguió

— Pero queremos que tomen partido por vosotras, & eso no ocurrirá a menos que puedan conoceros. Así que te haremos una pequeña entrevista, & tú da tu mejor cara en los Reports, & no seas tímida cuando nos veas rondando por el palacio. No estamos aquí todos los días, pero estaremos por ahí.

—De acuerdo —dije, dócilmente. En realidad no tenía ningunas ganas de hablar con equipos de televisión. Me parecía una pérdida de intimidad tremenda.

—Así que te llamas Katniss Everdeen, ¿verdad? —preguntó, a los pocos segundos de que se encendiera una luz roja en lo alto de la cámara.

—Sí —respondí, intentando mantener los nervios a raya.

—A decir verdad, no me parece que te hayan cambiado mucho. ¿Nos puedes contar qué es lo que te han hecho en la sesión de transformación de hoy? — Me lo pensé un momento.

—Me han escalado el pelo. Eso me gusta. —Me pasé los dedos por entre la melena pelirroja, sintiendo la suavidad de mi cabello tras los cuidados recibidos—. & me han cubierto de una crema con olor a vainilla. Huelo como si fuera un postre —dije, olisqueándome el brazo. Ella se rio.

—Eso es fantástico. & ese vestido te queda realmente bien.

—Gracias —respondí, echando un vistazo a mi vestido nuevo—. No suelo ponerme muchos vestidos, así que voy a tardar un poco en acostumbrarme.

—Es cierto —apuntó mi entrevistadora—. Solo sois tres Cincos en la Selección. ¿Cómo describirías la experiencia hasta el momento?

Intenté pensar algo que describiera la sensación que me producía todo lo vivido durante el día. Desde mi decepción en la plaza a la sensación de volar o a la reconfortante compañía de Johanna.

—Sorprendente —dije.

—Imagino que habrá más sorpresas de camino —intervino ella.

—Espero que al menos sean más tranquilas que las de hoy —dije, suspirando.

— ¿Qué te parece la competición hasta ahora? — Tragué saliva.

—Las chicas son muy agradables. —Con una clara excepción.

—Mm-hmm —soltó ella, interpretando mi respuesta—. ¿Y qué te parece cómo te han transformado? ¿Te preocupa el aspecto de alguna otra chica?

Me planteé la respuesta. Decir que no sonaría a altanería; decir que sí sonaría a inseguridad.

—Creo que el equipo ha hecho un gran trabajo sacando lo mejor de cada chica. — Ella sonrió.

—Muy bien, creo que eso es todo.

— ¿Es todo?

—Tenemos que meteros a las treinta & cinco en hora & media, así que tengo de sobra.

—Vale. —No había ido tan mal.

—Gracias por tu tiempo. Puedes esperar en ese sofá de ahí, & ya vendrán a buscarte.

Fui a sentarme en el gran sofá circular de la esquina. Allí estaban dos chicas que aún no conocía, charlando tranquilamente. Eché un vistazo a la sala & vi que alguien anunciaba la llegada del último grupo. Se volvió a montar un gran revuelo. Estaba tan absorta en todo aquello que casi no me di cuenta de que Johanna se sentaba a mi lado.

— ¡Johanna! ¡Qué pelo más bonito!

— ¿Verdad? Me han puesto extensiones. ¿Crees que a Peeta le gustará? —Parecía que le preocupaba de verdad.

— ¡Claro! ¿Qué chico puede resistirse a una rubia despampanante? —dije, con una sonrisa divertida.

—Katniss, eres un encanto. Toda aquella gente del aeropuerto se quedó prendada de ti.

—Bueno, solo quise ser amable. Tú también hablaste con mucha gente.

—Sí, pero ni la mitad que tú.

Bajé la cabeza, algo avergonzada porque me felicitaran por algo que me parecía tan obvio. Cuando levanté la vista, me giré hacia las otras dos chicas que estaban sentadas a nuestro lado: Emmica Brass & Samantha Lowell. No nos habían presentado, pero yo sabía quiénes eran. Al principio no reaccioné. Me estaban mirando como si me pasara algo. Antes de que pudiera siquiera preguntarme por qué, Effie, la mujer de antes, se nos acercó.

—Muy bien, chicas. ¿Estamos listas? —Echó un vistazo al reloj & nos miró a todas, expectante

— Voy a enseñaros un poco el lugar & os llevaré a las habitaciones que se os han asignado.

Johanna dio una palmada & las cuatro nos pusimos en pie. Effie nos dijo que el lugar en el que nos habían peinado & maquillado era la Sala de las Mujeres. Normalmente la usaban la reina, sus doncellas & las otras mujeres de la familia real.

—Acostumbraos a esta sala: pasaréis mucho tiempo en ella. De camino hacia aquí habéis pasado por el Gran Salón, que suele usarse para fiestas & banquetes. Si fuerais muchas más, allí es donde comeríais. Pero el comedor principal es lo suficientemente grande para vosotras. Vamos a verlo un momento.

Nos enseñaron dónde comía la familia real, en una mesa independiente. Nosotras nos sentaríamos a unas mesas largas a los lados, de modo que el conjunto tenía una forma de U. Ya teníamos nuestros asientos asignados, con elegantes etiquetas. Yo tendría al lado a Ashley & a Tiny Lee, a la que había visto en la Sala de las Mujeres antes; enfrente estaría Kriss Ambers.

Dejamos el comedor & bajamos una escaleras hasta la sala desde donde se emitía el Illéa Capital Report. Volvimos a subir & nuestra guía nos indicó un salón donde se pasaban la mayor parte del tiempo trabajando el rey & Peeta. Teníamos prohibida la entrada.

—Otro lugar al que no podéis acceder: la tercera planta. Allí es donde tiene sus aposentos la familia real, & no se tolerará ningún tipo de intrusión. Vuestras habitaciones están en la segunda planta. Ocuparéis una gran parte de las habitaciones de invitados, pero no hay que preocuparse: aún nos queda espacio para cualquier visita que se presente. Estas puertas de ahí dan al jardín trasero. Hola, Cato, Gloss.

Los dos guardias apostados en la puerta asintieron con un gesto decidido. Tardé un momento en darme cuenta de que el gran arco que teníamos a la derecha era una puerta lateral del Gran Salón, lo que quería decir que la Sala de las Mujeres estaba a la vuelta de la esquina. Me sentí orgullosa de mí misma por haberlo descubierto. El palacio era como un opulento laberinto.

—No debéis salir al exterior bajo ninguna circunstancia —prosiguió Effie—. Durante el día, habrá momentos en que podréis pasear por el jardín, pero no sin permiso. Es una simple norma de seguridad. Por mucha vigilancia que pongamos, los rebeldes ya han conseguido introducirse en el recinto anteriormente.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Doblamos una esquina & subimos las enormes escaleras que llevaban a la segunda planta. Bajo los pies sentía las alfombras mullidas, como si me hundiera un par de centímetros cada vez que daba un paso. La luz se colaba por unos altos ventanales, & olía a flores & a aire libre. De las paredes colgaban grandes pinturas de reyes del pasado, así como unos cuantos retratos de líderes estadounidenses & canadienses. Al menos, eso supuse que serían. No llevaban ninguna corona.

—Vuestras cosas ya están en las habitaciones. Si la decoración no os parece apropiada, decídselo a vuestras doncellas. Cada una tenéis tres, & también os esperan en vuestras habitaciones. Os ayudarán a deshacer las maletas & a vestiros para la cena.

»Esta noche, antes de la cena, os reuniréis en la Sala de las Mujeres para asistir a la emisión especial del Illéa Capital Report. ¡La semana que viene seréis vosotras las que aparezcáis en el programa! Hoy podréis ver parte de las grabaciones realizadas cuando dejasteis vuestras casas & de vuestra llegada aquí. Promete ser algo muy especial. Tenéis que saber que el príncipe Peeta aún no ha visto nada de eso. Esta noche él verá lo mismo que toda Illéa. Será mañana cuando os presentaréis ante él oficialmente.

»Todas cenaréis en grupo, para que podáis ir conociéndoos, ¡y mañana empieza el juego! —Tragué saliva. Demasiadas normas, demasiada estructura, demasiada gente. Me habría gustado estar sola con un violín.

Fuimos recorriendo la segunda planta, dejando a cada una de las seleccionadas en su habitación por el camino. La mía estaba en un rincón, junto a un pequeño pasillo, con la de Bariel, la de Tiny & la de Jenna. Agradecí que no estuviera en pleno campo de batalla, como la de Johanna. Quizás así pudiera disfrutar de cierta intimidad.

Cuando nuestra guía se fue, abrí la puerta & me encontré con los grititos ahogados de tres mujeres muy excitadas. Una estaba en un rincón, cosiendo, & las otras dos estaban limpiando una habitación ya impecable. Se acercaron corriendo & se presentaron como Lucy, Anne & Mary, pero inmediatamente se me olvidó quién era quién. Me costó un poco convencerlas de que se fueran. No quería ser maleducada, puesto que parecían deseosas de servirme, pero necesitaba estar un rato sola.

—Solo necesito echar una cabezadita. Estoy segura de que vosotras también habréis tenido un día muy largo, preparándolo todo. Lo mejor que podríais hacer es dejarme descansar, & descansar un poco vosotras. Os agradeceré que vengáis a despertarme cuando sea la hora de bajar.

Pese a mi oposición, se deshicieron en una sucesión de agradecimientos & reverencias interminables, & por fin me quedé sola. No sirvió de nada. Necesitaba echarme en la cama, pero tenía todo el cuerpo en tensión, lo que me impedía ponerme cómoda en un lugar que, estaba claro, no estaba hecho para mí.

Había un violín en el rincón, así como una guitarra & un piano espléndido, pero no me sentía con fuerzas de tocar. Mi mochila estaba perfectamente cerrada, esperando a los pies de la cama, pero aquello también me parecía demasiado trabajo. Sabía que me habrían dejado cosas especiales en el armario, en los cajones & en el baño, pero no me apetecía explorar.

Me quedé allí tumbada, inmóvil. Era consciente de que eran horas, pero me pareció que solo habían pasado unos momentos cuando mis doncellas llamaron suavemente a la puerta. Las hice entrar y, pese a lo extraño que me resultaba, dejé que me vistieran. Estaban tan encantadas de ser útiles que no podía pedirles que se fueran.

Me recogieron el cabello hacia atrás con toda delicadeza & me retocaron el maquillaje. El vestido —al igual que el resto de mi vestuario, obra suya— era de un verde intenso & llegaba hasta el suelo. Sin aquellos minúsculos tacones me lo habría pisado todo. Effie llamó a mi puerta & a la de mis tres vecinas a las seis en punto, para que saliéramos, & nos condujo por el pasillo hasta el rellano de la escalera, donde esperamos a que llegaran todas. A continuación nos dirigimos a la Sala de las Mujeres. Johanna salió a mi encuentro & fuimos juntas.

El sonido de treinta & cinco pares de zapatos de tacón por las escaleras de mármol era como la música de una elegante estampida. Se oyeron algunos murmullos, pero la mayoría de nosotras mantuvimos silencio. Al pasar junto al comedor observé que las puertas estaban cerradas. ¿Estaría dentro la familia real? Quizás estarían tomando su última comida los tres solos. Me parecía extraño que fuéramos sus invitadas pero que aún no hubiéramos visto a ninguno de ellos.

La Sala de las Mujeres había cambiado desde nuestra visita. Los espejos & los colgadores habían desaparecido, & había mesas & sillas repartidas por la estancia, así como algunos sofás de aspecto muy cómodo. Johanna me miró e indicó con la cabeza uno de los sofás, & nos sentamos juntas.

Cuando estuvimos todas instaladas, encendieron la pantalla de televisión & vimos el Report. Incluía las mismas noticias de siempre —actualizaciones sobre el presupuesto de los diferentes proyectos, el progreso de las guerras, otro ataque rebelde en el este— & luego, la última media hora, aparecieron las grabaciones que nos habían hecho durante el día, comentadas por Gavril.

—Aquí, la señorita Glimmer Newsome se despide de sus numerosos admiradores en Clermont. Esta encantadora jovencita necesitó más de una hora para separarse de sus fans.

Glimmer sonrió complacida cuando se vio en la pantalla. Estaba sentada junto a Bariel Pratt, que llevaba el cabello liso como una tabla & hasta la cintura, & de un rubio tan pálido que parecía blanco. No había otro modo de decirlo: tenía unos pechos enormes. Se le salían del vestido sin tirantes, desafiando a cualquiera a que apartara la vista.

Bariel era guapa, pero de una belleza típica. Tenía un estilo similar al de Glimmer. Sin saber muy bien por qué, al verlas juntas no pude evitar pensar aquello de «Los enemigos, mejor cuanto más cerca». Supuse que ambas se habían identificado mutuamente como las rivales más duras.

—Las otras seleccionadas del Medio-Este también han disfrutado de un gran seguimiento. La actitud tranquila & elegante de Ashley Brouillette la distingue inmediatamente como una dama. Mientras se abre paso entre la multitud, muestra una expresión humilde & un bello rostro que recuerdan a la propia reina.

»Y Johanna Mason, de Kent, que se ha mostrado de lo más participativa en su despedida de hoy, llegando incluso a cantar el himno nacional con la banda. —En la pantalla aparecieron imágenes de Johanna sonriendo & abrazando a la gente de su provincia

— Enseguida se ha convertido en la favorita de muchas de las personas que hemos entrevistado hoy mismo. — Johanna me tendió la mano & apretó la mía. Estaba decidido: era mi favorita.

—Con la señorita Mason también viajaba Katniss Everdeen, una de las tres Cincos que han superado la Selección.

Dieron una imagen de mí mejor de la que me esperaba. Lo único que recordaba era mi tristeza al escrutar a la multitud. Pero las escenas que habían elegido, mirando al público, daban una imagen de madurez & proximidad. La imagen del abrazo con mi padre fue conmovedora, preciosa.

Aun así, aquello no fue nada comparado con las imágenes en las que aparecía en el aeropuerto.

—Pero ya sabemos que las castas no significan nada en la Selección, & parece que Lady Katniss es una participante que habrá que tener en cuenta. En el aeropuerto de Angeles, Lady Everdeen se convirtió en la protagonista, & se detuvo a tomarse fotos, a firmar autógrafos & a hablar con todo el mundo. A la señorita Katniss Everdeen no le importa nada ensuciarse las manos, cualidad que muchos consideran necesaria para ser nuestra futura princesa.

Casi todas se giraron a mirarme. Lo vi en sus ojos, la misma mirada que me habían echado Emmica & Samantha. De pronto aquellas miradas cobraron sentido. No importaban mis intenciones. Ellas no sabían que yo no quería aquello. A sus ojos, era una amenaza. & estaba claro que deseaban librarse de mí.

Me pasé la cena con la cabeza gacha. En la Sala de las Mujeres había podido mostrarme valiente porque tenía a Johanna al lado, & a ella le caía bien. Pero allí, rodeada de personas cuyo odio podía sentir casi físicamente, me acobardé. Solo levanté la vista del plato una vez; entonces me encontré con Kriss Ambers, que le daba vueltas al tenedor con gesto amenazador. & Ashley, siempre tan elegante, no dejó de hacer morritos, sin dirigirme la palabra. De lo único que tenía ganas era de huir a mi habitación.

No entendía por qué era todo tan importante. Vale, parecía ser que le gustaba a la gente. ¿Y qué? Allí dentro aquello no tenía ninguna importancia; sus gestos de cariño no valían para nada.

Después de todo, no sabía si sentirme honrada o molesta.

Centré mis energías en la comida. La última vez que había comido filete había sido unas Navidades, años atrás. Sabía que mamá se había esmerado todo lo posible, pero no tenía nada que ver con aquel, tan jugoso, tan tierno, tan sabroso. Me daban ganas de preguntarle a alguien si no era el mejor filete que había probado nunca. Si Johanna hubiera estado allí cerca, lo habría hecho. La busqué con la mirada. Estaba charlando tranquilamente con las chicas que tenía alrededor.

¿Cómo lo conseguía? ¿Acaso no había salido en la misma grabación que decía que era una de las favoritas? ¿Cómo lo hacía para que la gente le hablara?

El postre fue un surtido de frutas con helado de vainilla. Era como si estuviera descubriendo el placer de comer. Si aquello era comida, ¿qué era lo que me había estado metiendo en la boca hasta entonces? Pensé en Primrose & en lo golosa que era. Aquello le habría encantado. Estaba segura de que ella habría triunfado.

No podíamos abandonar la mesa hasta que todas hubieran acabado, & luego teníamos órdenes estrictas de irnos directamente a la cama.

—Al fin & al cabo, por la mañana conoceréis al príncipe Peeta, & todas querréis dar vuestra mejor imagen —recordó Effie—. De hecho, es el futuro marido de una de vosotras.

Unas cuantas chicas suspiraron ante la idea. El repiqueteo de los zapatos al subir las escaleras esta vez fue menos sonoro. No veía el momento de quitarme los míos. & aquel vestido. Tenía una muda mía de verdad en la mochila & no sabía si ponérmela, aunque solo fuera por sentirme yo misma por un momento.

Tras subir las escaleras, mientras las chicas se dirigían a sus habitaciones, Johanna me cogió del brazo.

— ¿Estás bien?

—Sí. Es solo que algunas de las chicas me miraban mal durante la cena —dije, intentando no parecer una llorica.

—Solo están un poco nerviosas porque le has gustado mucho a la gente —respondió, quitándole hierro al asunto.

—Pero tú también le has gustado a la gente. He visto los carteles. ¿Por qué no te hacen lo mismo a ti?

—No has pasado mucho tiempo con grupos de chicas, ¿verdad? —me preguntó, con una sonrisa pícara, como si yo supiera lo que estaba pasando.

—No. Sobre todo con mis hermanas —confesé.

— ¿Te educaron en casa?

—Sí.

—Bueno, yo estudié con un grupito de otras Cuatros en casa, todas chicas, & cada una tiene su método para influir en las demás. Fíjate: todo consiste en conocer a la persona, en pensar qué es lo que le molestará más. Muchas de las chicas me hacen cumplidos ambiguos, o pequeñas observaciones, cosas así. Sé que me ven como una persona superficial & extrovertida pero que, en realidad, es tímida, & creen que pueden ir mellando mi autoestima con palabras.

Fruncí el ceño. ¿Lo hacían aposta?

—Para ti, como te ven reservada & misteriosa…

—Yo no soy misteriosa —la interrumpí.

—Un poquito sí. & a veces la gente no sabe si interpretar el silencio como confianza en ti misma o como miedo. Te miran todo el rato como si fueras un bicho raro, a ver si al final consiguen que te sientas como tal.

— ¡Vaya! —Eso tenía cierto sentido. Me pregunté qué era lo que estaba haciendo, si de algún modo estaba recordándoles a las otras sus propias inseguridades—. ¿Y tú qué haces? Cuando quieres que te traten bien, quiero decir.

—No hago ni caso —respondió, sonriendo—. Tengo una conocida que se pone tan furiosa cuando no consigue fastidiarte, que termina hundiéndose ella misma. Así que no te preocupes —dijo

— Lo único que tienes que hacer es dejarles claro que no te afecta lo que hagan.

—Y no me afecta.

—Te creo…, pero no del todo. —Soltó una risita, un sonido cálido que se evaporó en el silencio del pasillo—. ¿Te puedes creer que vayamos a conocerle por la mañana? —preguntó, pasando a temas, a su modo de ver, más importantes.

—No, en realidad no.

Peeta parecía una suerte de fantasma que deambulara por el palacio, siempre presente pero intangible.

—En fin, buena suerte mañana —dijo, & estaba claro que era sincera.

—Mejor suerte aún para ti, Johanna. Estoy segura de que el príncipe Peeta estará más que contento de conocerte. —Le apreté la mano una vez más.

Ella me sonrió denotando excitación & timidez a la vez, & se fue a su cuarto.

Cuando llegué al mío, la puerta de Bariel seguía abierta, & le oí dar órdenes a su doncella, refunfuñando. Me vio & me cerró la puerta en las narices. Mejor. Mis doncellas estaban allí, por supuesto, esperándome para ayudarme a lavarme & desvestirme. Mi camisón, una prenda verde, ligera & vaporosa, estaba tendido sobre la cama. Ninguna de las tres había tocado mi bolsa.

Eran eficientes pero resueltas. Evidentemente se sabían bien la rutina de la noche, pero obraron con calma. Supuse que pretendían que su actuación tuviera un efecto relajante, pero yo no veía el momento de que se fueran. No podía meterles prisa mientras me lavaban las manos, me desabrochaban el vestido & prendían el broche con mi nombre en mi bata de seda. & mientras hacían todas aquellas cosas que me ponían tan incómoda, iban haciendo preguntas. Intenté responderlas sin ser maleducada.

Sí, por fin había visto a las otras chicas. No, no hablaban mucho. Sí, la cena había sido estupenda. No, no conocería al príncipe hasta el día siguiente. Sí, estaba muy cansada.

—Y de verdad me ayudaría mucho a relajarme poder pasar un rato sola —añadí, tras aquella última respuesta, esperando que pillaran la indirecta. — Parecían decepcionadas. Intenté arreglarlo.

—Las tres me ayudáis muchísimo, pero es que estoy acostumbrada a pasar tiempo sola. & hoy he estado rodeada de muchísima gente todo el día.

—Pero, Lady Everdeen, se supone que tenemos que ayudarla. Es nuestro trabajo —dijo la que mandaba.

Me imaginé que sería Anne. Anne parecía estar al tanto de todo, Mary era de muy buen trato, & Lucy… supongo que era tímida.

—Os lo agradezco mucho, de verdad, & desde luego necesitaré que me ayudéis mañana para ponerme en marcha. Pero esta noche necesito desconectar. Si queréis serme útiles, me iría muy bien disponer de un tiempo para mí. & si todas descansáis bien, seguro que por la mañana las cosas saldrán mejor, ¿no os parece? — Se miraron entre sí.

—Bueno, supongo que sí —accedió Anne.

—Se supone que una de nosotras tiene que quedarse aquí mientras usted duerme. Por si necesita algo —dijo Lucy, nerviosa, como si tuviera miedo de mis decisiones. Daba la impresión de que temblaba de vez en cuando, lo cual atribuí a su timidez.

—Si necesito algo, tocaré el timbre. Estaré bien. Además, no podría descansar si sé que hay alguien observándome.

Volvieron a mirarse entre sí, aún algo escépticas. Sabía que había un modo de acabar con aquello, pero odiaba tener que usarlo.

—Se supone que tenéis que obedecer todas mis órdenes, ¿verdad? — Asintieron, esperanzadas.

—Entonces os ordeno a las tres que os vayáis a la cama. & que vengáis a ayudarme por la mañana. Por favor. — Anne sonrió. Estaba claro que empezaba a entenderme.

—Sí, Lady Everdeen. Hasta mañana. — Hicieron una reverencia & abandonaron la habitación. Anne me echó una última mirada. Supongo que no era exactamente lo que se esperaban, pero no parecían muy molestas.

Una vez sola, me quité las elegantes zapatillas & estiré los dedos de los pies. Ir descalza me daba una sensación agradable, natural. Me dispuse a sacar mis cosas de la bolsa, lo cual no llevó mucho tiempo. Al mismo tiempo eché un vistazo a los vestidos. Solo había unos cuantos, pero bastarían para vestirme durante una semana más o menos. Supuse que las demás tendrían la misma cantidad. ¿Por qué habrían confeccionado una docena de vestidos para una chica que quizá se marchara al día siguiente?

Saqué las pocas fotografías que tenía de mi familia & las prendí del borde de mi espejo, que era altísimo & enorme. Así podría ver las fotos sin tener que apartar la vista de mí misma. Tenía una cajita de abalorios personales —pendientes, cintas & diademas que me encantaban—. Es probable que en aquel entorno quedaran increíblemente sencillos, pero eran tan personales que no había podido evitar traérmelos. Los pocos libros que había traído encontraron su espacio en el práctico estante que había junto a las puertas que daban a mi balcón privado.

Asomé la nariz al balcón & vi el jardín. Había un laberinto de senderos con fuentes & bancos. Por todas partes se veían flores, & cada seto estaba podado a la perfección. Tras aquel recinto cuidado hasta el mínimo detalle se abría un pequeño campo abierto y, más allá, un bosque enorme que se extendía hasta tan lejos que no podía saber siquiera si quedaba completamente rodeado por los muros del palacio. Por un momento me pregunté los motivos de su existencia, pero luego fijé la atención en el último recuerdo de casa, que aún llevaba en la mano.

Mi frasquito con el céntimo. Lo hice rodar por la mano unas cuantas veces, escuchando cómo la moneda se deslizaba por los bordes del cristal. ¿Por qué me habría llevado aquello? ¿Para recordarme algo que no podría tener nunca?

Aquel pensamiento fugaz —el de que aquel amor que había ido construyendo durante años en un lugar tranquilo & secreto estaba ahora fuera de mi alcance— me llenó los ojos de lágrimas. Aquello, sumado a toda la tensión & la excitación del día, era demasiado. No sabía dónde guardar aquel frasco, así que de momento lo dejé sobre la mesilla de noche.

Atenué las luces, me eché sobre las lujosas sábanas & me quedé mirando mi frasquito. Me permití estar triste. Me permití pensar en «él».

¿Cómo podía haber perdido tanto en tan poco tiempo? Tener que abandonar a la familia, trasladarse a un lugar extraño, separarse de la persona a la que amas… Todo aquello debía de sucederte poco a poco, a lo largo de años, no en un solo día.

Me pregunté qué sería exactamente lo que quería decirme antes de irme. Lo único que pude deducir era que sería algo que no le resultaba cómodo decir en voz alta. ¿Sería sobre «ella»?

Fijé la vista en el frasco.

¿Estaría intentando decirme que lo sentía? Le había soltado una enorme reprimenda la noche anterior. Así que a lo mejor era aquello. ¿Qué había pasado página? Bueno, eso ya lo había visto claro, gracias por la información. ¿Que «no» había pasado página? ¿Que aún me quería?

Intenté pensar en otra cosa. No podía permitir que aquella esperanza arraigara. Ahora mismo necesitaba odiarle. Aquella rabia me ayudaría a seguir adelante.

El principal motivo por el que estaba allí era para alejarme de él todo lo que pudiera & el máximo tiempo posible. Pero la esperanza resultaba dolorosa. & con la esperanza llegó la nostalgia, & el deseo de que Primrose se colara en mi cama, como a veces hacía. & luego el miedo de que las otras chicas quisieran echarme, que pudieran seguir intentando empequeñecerme. & luego los nervios al presentarme ante todo el país por televisión durante mi estancia en aquel lugar. & el pánico de que alguien intentara matarme simplemente para reivindicar una posición política. Todo aquello me había caído encima demasiado de golpe como para que mí ya aturdido cerebro lo pudiera procesar tras un día tan largo.

La visión se me nubló. Ni siquiera me di cuenta de que había empezado a llorar. No podía respirar. Estaba temblando. Me puse en pie de un salto & salí al balcón a la carrera. Estaba tan nerviosa que tardé un momento en abrir el seguro, pero por fin lo conseguí. Pensé que el aire fresco me haría sentir mejor, pero no fue así. Aún respiraba entrecortadamente & tenía frío.

Aquello no tenía nada de libertad. Los barrotes de mi balcón me hacían sentir enjaulada. & aún veía los muros que rodeaban el palacio, con vigilantes en los puestos de guardia. Necesitaba salir del palacio, & nadie iba a ayudarme a conseguirlo. La desesperación me hizo sentir aún más débil. Miré hacia el bosque. Estaba segura de que desde allí solo se vería vegetación. Me giré & eché a correr. Me sentía un poco insegura, con los ojos llenos de lágrimas, pero conseguí abrir la puerta. Corrí por el pasillo que conocía, sin fijarme en los elaborados tapices ni en los ribetes dorados. Apenas vi a los guardias. No sabía orientarme por el castillo, pero sabía que, si bajaba las escaleras & tomaba la dirección correcta, encontraría las enormes puertas de vidrio que daban al jardín. Necesitaba abrir aquellas puertas.

Bajé corriendo la majestuosa escalera, apenas haciendo ruido al pisar el mármol con mis pies descalzos. Había más guardias por el camino, pero nadie me detuvo…, hasta que encontré lo que buscaba. Al igual que antes, había dos hombres montando guardia a los lados de las puertas, y, cuando intenté correr hacia ellos, uno se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso hacia la salida con su vara a modo de lanza.

—Perdone, señorita, pero tiene que volver a su habitación —dijo, con autoridad. Aunque no hablaba alto, daba la impresión de que su voz retumbaba en el silencio del elegante vestíbulo.

—No…, no. Necesito… salir. —Se me trababa la lengua; me costaba respirar.

—Señorita, debe volver a su habitación ahora mismo. — Se acercó el segundo guardia, con paso decidido.

—Por favor —pedí, jadeando. Tenía la sensación de que me iba a desmayar.

—Lo siento… Lady Katniss, ¿verdad? —Respondió, observando mi broche—. Tiene que volver a su habitación.

—Yo… no puedo respirar —balbucí, cayendo entre los brazos del guardia, que se me echaba encima para apartarme. Su bastón cayó el suelo. Me agarré a él casi sin fuerzas, mareada del esfuerzo.

— ¡Soltadla!

Aquella era una voz nueva, joven pero autoritaria. Me giré, o más bien se me cayó la cabeza hacia un lado, & lo vi. Ahí estaba el príncipe Peeta. Tenía un aspecto algo raro, visto desde aquel ángulo en que me colgaba la cabeza, pero reconocí su pelo & la rigidez de su postura.

—Se ha desplomado, alteza. Quería salir —se excusó el primer guardia, azorado. Se metería en graves problemas si me hacía algún daño. Ahora yo era propiedad de Illéa.

—Abrid las puertas.

—Pero…, alteza…

—Abrid las puertas & dejadla salir. ¡Ya!

—Enseguida, alteza. —El primer guardia se puso manos a la obra, sacando una llave.

Con la cabeza aún en aquella extraña postura, oí el ruido de las llaves entrechocando & luego una que se introducía en la cerradura. El príncipe me observó con preocupación mientras intentaba mantenerme en pie. & luego me llegó el dulce olor del aire fresco, que me dio toda la energía que necesitaba. Me liberé de los brazos del guardia & corrí al jardín como si estuviera ebria. Me tambaleaba un poco, pero no me importaba si mi aspecto no era de lo más elegante.

Necesitaba respirar el aire libre. Noté su calidez sobre la piel, la hierba bajo los pies. De algún modo, incluso las cosas de la naturaleza parecían más lujosas en aquel lugar. Quería llegar hasta los árboles, pero las piernas no me llevaron tan lejos. Me vine abajo frente a un banquito de piedra & me quedé allí sentada, con mi bonita bata verde tirada por el suelo & la cabeza apoyada sobre los brazos, en el asiento.

No tenía fuerzas ni para llorar, así que las lágrimas que brotaron lo hicieron en silencio. Aun así, me hicieron reaccionar. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo había permitido que sucediera aquello? ¿Qué sería de mí en aquel lugar? ¿Podría volver algún día a la vida que tenía antes? No lo sabía. & nada de aquello dependía de mí ni en lo más mínimo.

Estaba tan absorta en mis pensamientos que no me di cuenta de que no me encontraba sola hasta que el príncipe Peeta habló.

— ¿Estás bien, querida?

—Yo no soy «tu querida» —dije, mirándole fijamente. Mi mirada de asco no dejaba lugar a dudas.

— ¿Qué he hecho para ofenderte? ¿No te he dado todo lo que has pedido? —preguntó, realmente confundido por mi respuesta. Supongo que esperaba que todas le adoráramos & diéramos gracias por su existencia.

Le miré sin ningún miedo, aunque estoy segura de que el efecto quedó algo matizado por mis mejillas surcadas de lágrimas.

—Deja de llorar, querida. ¿Quieres? —preguntó, aparentemente preocupado.

— ¡No me llames eso! No me quieres más de lo que puedes querer a las otras treinta & cuatro extrañas que tienes aquí, encerradas en tu jaula.

Se acercó más. No parecía en absoluto ofendido por mi verborrea descontrolada. Al parecer solo estaba… meditando. Tenía una expresión interesante en la cara.

Caminaba con gran elegancia para ser un chico, & se le veía sorprendentemente cómodo mientras me rodeaba. Mi demostración de coraje se vino un poco abajo ante lo extraño de la situación. Él iba vestido con un elegante traje, perfecto, & yo estaba encogida & medio desnuda. & si su rango no era suficiente amenaza, su actitud sí lo era. Debía de tener una gran experiencia en el trato con gente infeliz; su respuesta fue excepcionalmente serena.

—Ese planteamiento es injusto. Todas sois importantes para mí. Solo se trata de dirimir a cuál podré llegar a querer más.

— ¿De verdad has dicho «dirimir»? — Chasqueó la lengua.

—Me temo que sí. Perdóname. Es producto de mi educación.

—Educación —murmuré, levantando los ojos al cielo—. Ridículo.

— ¿Disculpa?

— ¡Es ridículo! —grité, recuperando de nuevo el valor.

— ¿Qué es lo que es ridículo?

— ¡Este concurso! ¡Todo este asunto! ¿Es que nunca has querido a nadie? ¿Así es como quieres escoger esposa? ¿De verdad eres tan superficial? —solté, girándome un poco hacia él.

Para hacer las cosas más fáciles, se sentó en el banco, de modo que yo no tuviera que torcer el cuello. Estaba demasiado contrariada como para agradecérselo.

—Entiendo que quizá pueda parecerlo, que todo esto pueda parecer poco más que un entretenimiento barato. Pero en el mundo en el que vivo estoy muy limitado. No tengo ocasión de conocer a muchas mujeres. Las que conozco son hijas de diplomáticos, & generalmente tenemos muy poco de lo que hablar. & eso si es que hablamos el mismo idioma.

A Peeta aquello le pareció divertido & soltó una risita. A mí no me hizo gracia. Se aclaró la garganta.

—En esas circunstancias, no he tenido ocasión de enamorarme. ¿Tú sí?

—Sí —respondí con naturalidad. & en cuanto la palabra salió de mis labios deseé haberme mordido la lengua. Aquello era algo privado; no era asunto suyo.

—Entonces has tenido bastante suerte —dijo, con una punta de envidia. Aquello sí que tenía gracia. Lo único que tenía yo que pudiera envidiar el príncipe de Illéa era precisamente lo que quería olvidar.

—Mi madre & mi padre se casaron así & son bastante felices. Yo también espero hallar la felicidad. Encontrar a una mujer que toda Illéa pueda querer, alguien que pueda ser mi compañera & que me acompañe cuando reciba a los líderes de otros países. Alguien que se haga amiga de mis amigos & que se convierta en mi confidente. Estoy listo para encontrar a mi futura esposa.

Algo en su voz me sorprendió. No había ni rastro de sarcasmo. Lo que a mis ojos parecía poco más que un concurso de la tele era para él su única ocasión de encontrar la felicidad. No podría intentarlo con una segunda ronda de chicas. Bueno, quizá sí pudiera, pero sería muy embarazoso. Estaba desesperado, & a la vez esperanzado. Sentí que la rabia que me despertaba disminuía. Solo un poco.

— ¿De verdad te parece que esto es una jaula? —En sus ojos se reflejaba la preocupación.

—Sí —dije, ya más serena. & enseguida añadí—: Alteza. — Él se rio.

—La verdad es que yo me he sentido enjaulado más de una vez. Pero tienes que admitir que es una jaula muy bonita.

—Para ti. Llena tu bonita jaula con otros treinta & cuatro hombres, todos luchando por lo mismo & verás lo bonita que es entonces. — Él levantó las cejas.

— ¿De verdad ha habido peleas por mí? ¿No sabéis todas que soy yo el que escoge? —dijo, riéndose.

—En realidad no es eso. Se disputan dos cosas. Unas luchan por ti; otras luchan por la corona. & todas creen saber qué decir & qué hacer para desequilibrar la balanza.

—Ah, sí. El hombre o la corona. Me temo que hay gente que no distingue una cosa de la otra.

—Buena suerte con eso —repuse, mordaz.

Tras mi comentario socarrón me quedé un momento en silencio. Lo miré por el rabillo del ojo, esperando que dijera algo. Él fijó la mirada en un punto indefinido del césped, con expresión preocupada. Daba la impresión de que aquello le inquietaba desde siempre. Respiró hondo & volvió a mirarme.

— ¿Y tú por qué luchas?

—En realidad, yo estoy aquí por error.

— ¿Por error?

—Sí. Algo así. Bueno, es una larga historia. & ahora… estoy aquí. & no voy a luchar. Mi plan es disfrutar de la comida hasta que me des la patada.

Al oír aquello soltó una carcajada. De hecho se dobló en dos de la risa & se dio una palmada en la rodilla. Era una extraña mezcla de rigidez & calma.

— ¿Tú qué eres? —preguntó.

— ¿Perdón?

— ¿Una Dos? ¿Una Tres? — ¿Es que no se enteraba?

—Una Cinco.

—Ah, ya. Bueno, en ese caso la comida quizá pudiera ser una buena motivación para quedarse. —Volvió a reírse—. Lo siento, no veo bien tu broche con la oscuridad.

—Me llamo Katniss.

—Bueno, me parece perfecto. —Peeta plantó la vista en la profundidad de la noche & sonrió. Parecía que todo aquello le divertía—. Katniss, querida, espero que encuentres algo en esta jaula por lo que valga la pena pelear. Después de esto, no me imagino cómo será verte luchar por algo que quieras de verdad.

Bajó del banco & se agachó, poniéndose a mi lado. Estaba demasiado cerca. Yo no podía pensar con claridad. Quizá fuera que me impresionaba la situación, o que aún estaba algo temblorosa tras mi crisis de llanto. En cualquier caso, me pilló tan por sorpresa que me cogiera la mano que no fui capaz de protestar.

—Si esto te hace feliz, puedo decirle al servicio que te gusta el jardín. Así podrás salir por las noches sin tener que ir de la mano del guardia. Aunque preferiría que tuvieras uno cerca.

Eso me interesaba. Cualquier tipo de libertad me sonaba de maravilla, pero quería dejarle perfectamente claros mis sentimientos.

—Yo no… No quiero nada de ti —dije, apartando los dedos de su mano.

Aquello le pilló desprevenido, & pareció algo dolido.

—Como desees. — Me sentía arrepentida. Solo porque no me gustara aquel tipo no tenía por qué hacerle daño.

— ¿Volverás a entrar pronto?

—Sí —respondí, soltando aire & mirando al suelo.

—Pues te dejo, que querrás estar sola. Habrá un guardia junto a la puerta, esperándote.

—Gracias…, esto…, alteza. —Sacudí la cabeza. ¿Cuántas veces me había dirigido a él erróneamente en aquella conversación?

—Katniss, querida… ¿Me harás un favor? —dijo, cogiéndome la mano de nuevo. Aquel tipo no se rendía. — Me lo quedé mirando, sin saber muy bien qué decir.

—Quizá. — Volvió a sonreír.

—No menciones esto a las otras. En teoría se supone que no tengo que conoceros hasta mañana, & no quiero que nadie se moleste. Aunque no creo que la bronca que me has soltado se pueda considerar una cita romántica, ¿no? — Esta vez fui yo quien sonrió.

— ¡Desde luego! —Respiré hondo—. No lo diré.

—Gracias —dijo. Me levantó la mano & se la llevó a los labios. Tras besarla, la posó suavemente sobre mi regazo—. Buenas noches.

Me quedé mirando el punto de mi mano donde me había besado, atónita por un momento. Luego me giré & vi que Peeta se alejaba, para dejarme la intimidad que tanto había deseado.

Por la mañana no me desperté con el ruido de las doncellas al entrar —aunque ya habían entrado— ni con la preparación del baño —aunque ya estaba preparado—. Me desperté con la luz que se coló por mi ventana cuando Anne retiró suavemente las pesadas & elaboradas cortinas, tarareando con dulzura alguna canción, encantada con su trabajo.

Yo aún no estaba lista para ponerme en marcha. Había tardado mucho en relajarme después de tanta tensión, & aún más tiempo en dormirme al darme cuenta de lo que significaría exactamente aquella conversación en el jardín. Si tenía ocasión, le pediría disculpas a Peeta. Sería un milagro si me daba incluso ocasión de hacerlo.

— ¿Señorita? ¿Está despierta?

—Nodo —gimoteé, con la cara contra la almohada.

Pero Anne, Mary & Lucy se rieron ante mis lamentos, & eso bastó para hacerme sonreír & para que me decidiera a ponerme en marcha.

Es probable que con aquellas chicas fuera con las que más fácilmente podía llevarme bien de todo el palacio. Me pregunté si podrían llegar a convertirse en confidentes de algún tipo, o si la disciplina & el protocolo las habrían hecho completamente incapaces de compartir incluso una taza de té conmigo. Aunque fuera una Cinco de nacimiento, ahora mismo tenía todos los atributos de una Tres. & si eran criadas, tenían que ser Seises. Pero a mí aquello no me importaba. Me encontraba bien en compañía de Seis.

Entré muy despacio en el monstruoso baño; cada paso que daba resonaba en aquel enorme espacio de azulejo & cristal. A través de los grandes espejos vi que Lucy se fijaba en las manchas de tierra de mi bata. Luego los ojos atentos de Anne cayeron en ellas. & después los de Mary. Por suerte, ninguna de las dos hizo comentarios. Uno de mis temores era que me acribillaran a preguntas, pero estaba equivocada. Evidentemente les preocupaba muchísimo que me sintiera cómoda. Si me preguntaban qué había estado haciendo fuera de mi habitación —o, peor aún, fuera del palacio—, resultaría muy embarazoso.

Se limitaron a quitarme la bata con cuidado & a llevarme al baño. No estaba acostumbrada a desnudarme en presencia de otras personas —ni siquiera de mamá o de Primrose—, pero no parecía que hubiera otra opción. Aquellas tres mujeres me ayudarían a cambiarme de ropa durante todo el tiempo que pasara allí, así que tendría que aguantarlo hasta el día de mi partida. Me preguntaba qué sería de ellas cuando yo me fuera. ¿Las asignarían a otras chicas que necesitaran más cuidados a medida que avanzara la competición? ¿O ya tenían otros trabajos en el palacio de los que habían sido excusadas temporalmente? Me pareció maleducado preguntarles qué era lo que hacían antes o insinuar que no estaría mucho tiempo allí, así que no lo hice.

Tras el baño, Anne me secó el cabello, levantándome la mitad de la melena con cintas que me había traído de casa. Eran azules, así que casualmente resaltaban las flores de uno de los vestidos de día que mis doncellas habían hecho para mí, & ese fue el que escogí. Mary me maquilló con tonos tan suaves como el día anterior, & Lucy me extendió una loción por los brazos & las piernas.

Había una gran variedad de joyas entre las que escoger, pero yo les pedí mi cajita. Allí dentro tenía un minúsculo collarcito con un ruiseñor que me había regalado mi padre, & era plateado, así que hacía juego con el broche con mi nombre. Sí me puse un par de pendientes de la colección de palacio, pero probablemente fueran los más pequeños que había.

Anne, Mary & Lucy me supervisaron con la mirada & sonrieron, satisfechas. Me tomé aquello como un indicador de que mi aspecto era correcto para el desayuno. Me despidieron con sonrisas, reverencias & buenos deseos, & me puse en marcha. A Lucy le temblaban las manos de nuevo.

Subí al vestíbulo de arriba, donde nos habíamos encontrado todas el día anterior. Era la primera, así que me senté a descansar en un pequeño sofá. Poco a poco empezaron a llegar las otras. Enseguida observé una constante: todas las chicas tenían un aspecto fenomenal. Lucían el cabello recogido en elaboradas trenzas o tirabuzones, dejando la cara despejada. Llevaban un maquillaje cuidado a la perfección & unos vestidos planchados inmejorablemente.

Yo había escogido el vestido más sencillo que tenía para el primer día; los vestidos de todas las demás tenían algún detalle brillante. Hubo dos chicas que, al llegar al vestíbulo, cayeron en la cuenta de que llevaban unos vestidos casi idénticos. Ambas dieron media vuelta & fueron a cambiarse. Todas querían destacar, & cada una lo hacía a su manera. Incluso yo.

Todas querían parecer Unos. Por mi parte, tenía el aspecto de una Cinco con un bonito vestido.

Pensé que había tardado mucho en prepararme, pero las otras chicas se retrasaron mucho más. Incluso después de que llegara Effie para acompañarnos abajo, aún tuvimos que esperar a Glimmer & a Tiny, que había necesitado que le encogieran el vestido.

Cuando estuvimos todas, nos dirigimos hacia las escaleras. Había un espejo dorado en la pared, & todas nos giramos para echar un último vistazo mientras bajábamos. En una imagen fugaz, me vi junto a Johanna & Tiny. Desde luego se me veía sencilla. Pero al menos era yo misma, & aquello suponía todo un consuelo.

Bajamos, esperando que nos llevaran al comedor, donde nos habían dicho que comeríamos. Sin embargo, nos condujeron al Gran Salón, donde habían puesto mesas & sillas individuales en filas, todas con sus platos, sus copas & su cubertería de plata. No obstante, de la comida no había ni rastro. Ni siquiera un olor que prometiera. Más allá, en una esquina, observé un grupito de sofás.

Unos cuantos cámaras, apostados en diferentes puntos, grababan nuestra llegada. Fuimos entrando & nos sentamos donde quisimos, ya que allí no había cartelitos con nuestros nombres. Johanna estaba en la fila de delante de la mía, & Ashley se sentó a mi derecha. No me molesté en mirar dónde estaban las demás.

Daba la impresión de que muchas habían hecho al menos una amiga, igual que yo tenía mi aliada en Johanna. Ashley había elegido sitio a mi lado, así que supuse que desearía mi compañía. Aun así, no decía nada. A lo mejor estaba contrariada por el informe de la noche anterior. Por otra parte, el día anterior también había estado muy callada. Quizá fuera su carácter. Pensé que lo peor que podía pasarme es que no me respondiera, así que decidí al menos saludarla.

—Ashley, estás preciosa.

—Oh, gracias —dijo, en voz baja. Ambas comprobamos que las cámaras estaban lejos. No es que la conversación fuera privada, pero no nos hacían ninguna falta—. ¿No es divertido llevar todas estas joyas? ¿Y las tuyas?

—Humm, a mí me pesaban demasiado. He preferido ir más ligera.

— ¡Sí que pesan! Me da la impresión de que llevo diez kilos en la cabeza. Pero no podía dejar pasar la ocasión. ¿Quién sabe cuánto tiempo nos quedaremos?

Aquello tenía gracia. Ashley parecía bastante segura de sí misma desde el principio. Con aquel aspecto & aquella compostura, era ideal como princesa. Me parecía raro que dudara de sí misma.

—Pero ¿no crees que ganarás? —pregunté.

—Por supuesto —susurró—. ¡Pero es de mala educación admitirlo! —contestó, & me guiñó un ojo, lo que me hizo soltar una risita.

Otro error por mi parte. Aquella risita llamó la atención de Effie, que estaba entrando en aquel momento.

—Shs, Shs. Una dama nunca levanta la voz más allá de un leve murmullo. — Se hizo el silencio. Me pregunté si las cámaras habían registrado mi error, & me noté las mejillas calientes.

—Buenos días, señoritas. Espero que todas descansarais bien en vuestra primera noche en palacio, porque ahora empieza el trabajo. Hoy empezaremos las clases de conducta & protocolo, proceso que continuará durante toda vuestra estancia. Sabed que informaré de cualquier falta de comportamiento por vuestra parte a la familia real.

»Sé que puede sonar duro, pero esto no es un juego que podáis tomaros a la ligera. Una de las presentes en esta sala será la próxima princesa de Illéa, lo cual no es poco. Debéis esmeraros en mejorar, cualquiera que fuera vuestro origen. Os convertiréis en damas de la cabeza a los pies. Esta misma mañana recibiréis vuestra primera clase.

»Las buenas maneras en la mesa son muy importantes, & antes de que podáis comer frente a la familia real debéis tener en cuenta unas mínimas normas de etiqueta. Cuanto antes acabemos con esta clase, antes iréis a desayunar, así que mirad todas aquí, por favor.

Empezó a explicar que se nos serviría por la derecha, qué copa era para qué bebida & que nunca jamás debíamos coger una pastita con las manos. Había que usar siempre las pinzas. Las manos debíamos tenerlas sobre el regazo siempre que no las estuviéramos usando, con la servilleta debajo. No debíamos hablar, a menos que se nos preguntara. Por supuesto, podíamos hablar en voz baja con nuestros vecinos de mesa, pero siempre a un nivel adecuado para el palacio. Cuando dijo aquella última frase se me quedó mirando.

Effie siguió, con su tono elegante. Noté que mi estómago empezaba a perder la paciencia. Aunque no fueran copiosas, estaba acostumbrada a mis tres comidas diarias. Necesitaba comer. Ya estaba empezando a ponerme de mal humor cuando oímos que llamaban a la puerta. Dos guardias se hicieron a un lado & entró el príncipe Peeta.

—Buenos días, señoritas —saludó.

La reacción en la sala fue tangible. Unas enderezaron la espalda, otras se echaron atrás el cabello, & alguna que otra se colocó bien el vestido. Yo no miré a Peeta, sino a Ashley, que respiraba agitadamente. Se lo quedó mirando de un modo que me hizo sentir incómoda solo de verlo.

—Alteza —saludó Effie, con una reverencia.

—Hola, Effie. Si no te importa, me gustaría presentarme ante estas jóvenes.

—Por supuesto —dijo ella, con una nueva reverencia.

El príncipe Peeta paseó la mirada por la sala & me localizó. Nuestros ojos se cruzaron un momento & sonrió. Aquello no me lo esperaba. Pensaba que habría cambiado de opinión sobre el trato que iba a dispensarme tras la noche pasada & que me llamaría al orden delante de todas. Pero quizá no estuviera enfadado. Tal vez le hubiera parecido divertido. Debía de aburrirse tremendamente en aquel lugar. Cualquiera que fuera el motivo, aquella breve sonrisa me hizo pensar que a fin de cuentas tal vez aquello no resultara ser una experiencia tan terrible. Tomé la decisión que no pude tomar la noche anterior & confié en que el príncipe Peeta quisiera aceptar mis disculpas.

—Señoritas, si no les importa, las iré llamando una por una para hablar con ustedes. Estoy seguro de que todas están deseosas de desayunar, como yo, así que no les quitaré demasiado tiempo. Les ruego que me disculpen si me cuesta aprender los nombres; son ustedes bastantes.

Se oyeron unas risitas apagadas. Rápidamente se dirigió a la chica del extremo derecho de la primera fila & se la llevó a los sofás. Hablaron unos minutos & luego ambos se levantaron. Él le hizo una reverencia, & ella hizo lo propio. Se dirigió a la mesa, habló con su compañera & se repitió el proceso. Las conversaciones solo duraron unos minutos & se desarrollaron en voz baja. Intentaba hacerse una idea de cómo era cada chica en solo cinco minutos.

—Me pregunto qué querrá saber —dijo Johanna, girándose.

—A lo mejor quiere saber qué actores te parecen más guapos. Ten la lista preparada en la mente —le susurré. Johanna & Ashley contuvieron una risita.

No éramos las únicas que hablábamos. Por toda la sala se elevó un suave murmullo mientras esperábamos nuestro turno. Por otra parte, los cámaras iban moviéndose por todas partes, preguntándoles a las chicas por su primer día en palacio, si les gustaban sus doncellas, & cosas así. Cuando se pararon dónde estábamos Ashley & yo, dejé que fuera ella la que hablara.

Seguí mirando hacia el sofá mientras entrevistaban a cada una de las seleccionadas. Algunas se mostraban tranquilas & elegantes; otras se agitaban de los nervios. Johanna se ruborizó cuando se acercó al príncipe Peeta, & el rostro se le iluminó cuando volvió. Ashley se alisó el vestido varias veces, como si tuviera un tic nervioso en las manos.

Yo estaba casi sudando cuando volvió. Era mi turno. Respiré hondo & procuré calmarme. Estaba a punto de pedirle un favor monumental. Él se puso en pie & leyó mi broche cuando me acerqué.

—Katniss, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa en los labios.

—Sí. & sé que he oído su nombre en algún sitio, pero… ¿me lo puede recordar? —Me pregunté si arrancar con una broma sería una buena idea, pero Peeta se rio & me indicó que me sentara.

— ¿Has dormido bien, querida? —preguntó, inclinándose hacia mí.

No sé qué diría la expresión de mi cara al oír aquel calificativo, pero los ojos de Peeta brillaron, divertidos.

—Sigo sin ser su querida —respondí, pero esta vez con una sonrisa—. Pero sí. Una vez que conseguí calmarme, he dormido muy bien. Mis doncellas han tenido que sacarme de la cama. Estaba muy a gusto.

—Me alegro de que estuvieras a gusto, querida…, Katniss —se corrigió.

—Gracias —repuse. Jugueteé un momento con el vestido, intentando pensar en cómo decir lo que quería decir—. Siento mucho haberme portado así. Cuando me acosté me di cuenta de que, aunque sea una situación extraña para mí, no debería culparle a usted. No es usted el motivo de que yo me vea envuelta en esto, & todo el montaje de la Selección ni siquiera es idea suya. Además, estaba hundida & usted fue de lo más amable conmigo, aunque yo estuve…, bueno, odiosa. Podía haberme echado anoche, & no lo hizo. Gracias.

Los ojos de Peeta reflejaban ternura. Apuesto a que todas las chicas que habían pasado por allí antes de mí se habían fundido al verlos. También a mí podía haberme afectado que me mirara así, pero estaba claro que era parte de su naturaleza. Apartó la vista un momento. Cuando volvió a mirarme, se echó adelante, apoyando los codos sobre las rodillas como si quisiera que entendiera la importancia de lo que iba a decir.

—Katniss, me has hablado muy claro desde el principio. Eso es una cualidad que admiro profundamente, & voy a pedirte que tengas la amabilidad de responderme una pregunta. — Asentí, algo asustada pensando en qué querría saber. Se acercó aún más & me susurró:

—Dices que estás aquí por error, así que supongo que no quieres estar aquí. ¿Hay alguna posibilidad de que llegues a… sentir algo por mí?

No pude evitar agitarme un poco. No quería herirle en sus sentimientos, pero aquello era algo en lo que no podía engañarle.

—Es usted muy amable, alteza, & atractivo…, & detallista —respondí. Él sonrió.

—Pero hay motivos de peso por los que no creo que podría —añadí.

— ¿Quieres explicármelo? — Lo disimuló muy bien, pero en su voz noté cierta decepción. Supongo que no estaría acostumbrado a algo así.

No era algo que deseara compartir con él, pero me pareció que no había otro modo de hacerle entender qué sucedía. Con una voz aún más baja que antes, le confesé la verdad.

—Me… temo que mi corazón está en otro lugar. —Sentí que los ojos se me empañaban.

— ¡Oh, por favor, no llores! —Dijo Peeta, con un susurro que denotaba una preocupación real—. ¡Nunca sé qué hacer cuando las mujeres lloran!

Aquello me hizo reír, & la amenaza del llanto desapareció momentáneamente. La expresión de alivio en su rostro era innegable.

— ¿Querrías que te dejara irte con tu amado hoy mismo? —preguntó. Era evidente que mi preferencia por otra persona le molestaba, pero, en lugar de enfadarse, había decidido mostrar compasión. Aquel gesto me hizo confiar en él.

—Ese es el problema… No quiero ir a casa.

— ¿De verdad? —Se pasó los dedos por el pelo, & no pude evitar reírme de nuevo al verlo tan perdido.

— ¿Puedo ser absolutamente honesta con usted?

Asintió.

—Necesito estar aquí. Mi familia necesita que esté aquí. Aunque solo me dejara quedarme una semana, para ellos sería una bendición.

— ¿Quieres decir que necesitáis el dinero?

—Sí —admití, a mi pesar. Debía de parecer que lo estaba utilizan do. & quizá fuera así. Pero había más—. & además hay alguien… —añadí, levantando la mirada— a quien no soportaría ver ahora mismo.

Peeta asintió en señal de que comprendía, pero no dijo nada. Me quedé sin saber qué hacer. Supuse que lo peor que me podía pasar sería que me enviara a casa, así que seguí:

—Si tiene la bondad de dejar que me quede, aunque sea un poco, podría ofrecerle algo a cambio —dije. Las cejas se le dispararon hacia arriba.

— ¿A cambio? — Me mordí el labio.

—Si deja que me quede… —Aquello iba a sonar muy tonto—. Bueno, a ver, hay que ser realistas: usted es el príncipe. Está ocupado todo el día, gobernando el país & todo eso. ¿Y se supone que va a encontrar tiempo suficiente para reducir la búsqueda entre treinta & cinco…, bueno, entre treinta & cuatro chicas, a una sola? Eso es mucho pedir, ¿no le parece?

Él asintió. Por su expresión estaba claro que le parecía una labor agotadora.

— ¿No sería mucho mejor para usted si tuviera a alguien dentro? ¿A alguien que le ayudara? Como… ¿una amiga?

— ¿Una amiga?

—Sí. Déjeme quedarme & le ayudaré. Seré su amiga —dije, & aquello le hizo sonreír—. No tiene que preocuparse por mí. Ya sabe que no estoy enamorada de usted. Pero puede hablar conmigo en cualquier momento, e intentaré ayudarle. Anoche dijo que le gustaría tener una confidente. Bueno, hasta que encuentre una definitiva, yo podría ser esa persona. Si quiere. — Su expresión era afectuosa pero comedida.

—He hablado con casi todas las chicas de esta sala & no se me ocurre ninguna que pudiera ser mejor como amiga. Estaré encantado de que te quedes. — El alivio que sentí era indescriptible.

— ¿Tú crees —preguntó Peeta— que podría seguir llamándote «querida»?

—Ni hablar —le susurré.

—Seguiré intentándolo. No tengo costumbre de rendirme —respondió, & le creí. No me apetecía nada que siguiera por ahí, pero no había nada que hacer.

— ¿Las ha llamado así a todas? —pregunté, indicando con un gesto de la cabeza a las otras.

—Sí, & parece que les gusta.

—Ese es precisamente el motivo por el que no me gusta a mí —dije, & me puse en pie.

Peeta también se levantó, con gesto divertido. Yo podría haber reaccionado frunciendo el ceño, pero en realidad era gracioso. Hizo una reverencia, yo también, & volví a mi sitio. Tenía tanta hambre que me pareció una eternidad el tiempo que tardó en llegar hasta la última fila. Pero por fin regresó a su sitio la última chica. A mí ya se me hacía la boca agua pensando en mi primer desayuno en palacio.

Peeta se dirigió hacia el centro de la sala.

—A las que os he pedido que os quedéis, por favor, permaneced en vuestros sitios. Las demás, por favor, pasad con Effie al comedor. Enseguida me reuniré con vosotras.

¿Que se quedaran? ¿Eso era buena señal?

Me puse en pie, con la mayoría de las chicas, & nos pusimos en marcha. Sería que deseaba pasar un rato más con las otras. Vi que Ashley era una de ellas. Sin duda era una chica especial, tenía todo el aspecto de una princesa. El resto eran chicas a las que no había llegado a conocer. Tampoco es que ellas tuvieran ningunas ganas de conocerme a mí. Las cámaras se quedaron atrás para capturar cualquier momento especial que pudiera producirse, & las demás salimos de allí.

Entramos en el salón de banquetes & allí, con un aspecto más majestuoso del que me habría podido llegar a imaginar, estaban el rey Clarkson & la reina Amberly. También había otros equipos de televisión pululando por la sala para captar nuestro primer encuentro. Dudé, preguntándome si deberíamos volver a la puerta & esperar a que nos hicieran pasar. Pero casi todas las demás, aunque vacilantes, siguieron adelante. Me dirigí rápidamente a mi silla, intentando no llamar mucho la atención.

Effie entró apenas dos segundos más tarde & tomó las riendas de la situación.

—Señoritas, me temo que esto aún no se lo hemos enseñado —dijo—. Cada vez que entren en una estancia en la que estén el rey o la reina, o si ellos entran en el lugar donde están ustedes, lo correcto es hacer una reverencia. Luego, cuando se dirijan a ustedes, pueden volver a levantarse & tomar su asiento. Todas juntas, ¿de acuerdo? —Y todas hicimos una reverencia en dirección a la cabecera de la mesa.

—Bienvenidas, chicas —saludó la reina—. Por favor, tomad asiento, & bienvenidas a palacio. Estamos muy contentos de que estéis aquí. —Había algo agradable en su voz. Era tranquila, al igual que su expresión, pero al mismo tiempo tenía personalidad.

Tal como había dicho Effie, los criados acudieron a servirnos el zumo de naranja por la derecha. Nuestros platos llegaron cubiertos en grandes bandejas, & los criados los destaparon justo cuando los teníamos delante. Una deliciosa ráfaga de olor procedente de mis tortitas me impactó en la cara. Afortunadamente, los murmullos de admiración de toda la sala taparon los ruidos de mi estómago.

El rey Clarkson bendijo la mesa & empezamos a comer. Unos minutos más tarde entró el príncipe Peeta, pero antes de que tuviéramos tiempo de levantarnos se dirigió a nosotras:

—Por favor, no se levanten, señoritas. Disfruten de su desayuno.

Se dirigió a la cabeza de la mesa, le dio un beso a su madre en la mejilla, una palmadita a su padre en el hombro & se sentó, a la izquierda del rey. Hizo unos comentarios al mayordomo que tenía más cerca, que soltó una risita silenciosa, & se puso a comer.

Ashley no apareció. Ni ninguna de las otras chicas. Miré a mi alrededor, confusa, contando cuántas faltaban. Ocho. Ocho de las chicas no estaban allí. Fue Kriss, que estaba sentada delante de mí, quien respondió la pregunta que había en mis ojos.

—Se han ido. — ¿Ido? Oh. Se habían ido…

No conseguía imaginar qué podrían haber hecho en apenas cinco minutos que desagradara tanto a Peeta, pero de pronto me alegré de haber decidido ser sincera. Así, de repente, solo quedábamos veintisiete.

Las cámaras dieron una vuelta por el perímetro de la sala & luego dejaron que disfrutáramos del desayuno en paz, tras tomar un último plano del príncipe. Me sentía algo descolocada por aquellas repentinas eliminaciones, pero Peeta no parecía demasiado afectado. Se comió su desayuno sin alterarse y, mientras le miraba, caí en que debía comerme el mío antes de que se enfriara. Al igual que la cena, era casi demasiado delicioso. El zumo de naranja era tan puro que tuve que beberlo a sorbos cortos. Los huevos & el beicon eran una maravilla, & las tortitas estaban hechas a la perfección, tan finas como las que yo hacía en casa.

Oí numerosos suspiros por la mesa & supe que no era la única que estaba disfrutando con la comida. Sin olvidar que tenía que usar las pinzas, cogí una tartaleta de fresas de la cesta que había en el centro de la mesa. Al mismo tiempo, eché un vistazo por la sala para ver cómo les iba a las otras Cinco. Fue entonces cuando me di cuenta de que era la única Cinco que quedaba.

No sabría decir si Peeta era consciente de aquello —daba la impresión de que lo único que sabía era nuestros nombres—, pero me pareció extraño que ambas se hubieran ido. Si hubiera sido una simple extraña al entrar en aquella sala, ¿también me habría echado a mí? Reflexioné sobre aquello mientras le daba un mordisco a la tartaleta de fresas.

Era tan dulce & la masa era tan suave que hasta la última de mis papilas gustativas se activó, imponiéndose de inmediato al resto de mis sentidos. Se me escapó un gemidito involuntario, pero es que aquello era, con mucho, lo mejor que había probado nunca. Le di un segundo bocado antes incluso de haber tragado el primero.

— ¿Lady Katniss? —dijo una voz.

Las cabezas de las otras chicas se giraron al oír la voz, que pertenecía al príncipe Peeta. Me quedé de piedra al ver que se dirigía a mí —o a cualquiera de nosotras— con aquella naturalidad & delante de las demás.

Peor aún que la sorpresa era el tener la boca llena de comida. Me la tapé con la mano & mastiqué todo lo rápido que pude. No pudieron ser más que unos segundos, pero, con tantos ojos puestos sobre mí, me pareció una eternidad. Noté el gesto de suficiencia en la cara de Glimmer mientras intentaba tragar. Debía de parecerle una presa fácil.

— ¿Sí, alteza? —respondí, en cuanto hube tragado la mayor parte del bocado.

— ¿Está disfrutando de la comida? —Peeta parecía estar a punto de echarse a reír, fuera por mi expresión de sorpresa, fuera al recordar algún detalle de nuestra primera conversación clandestina.

Intenté mantener la calma.

—Es excelente, alteza. Esta tartaleta de fresas…, bueno, tengo una hermana aún más golosa que yo. Creo que lloraría de emoción si la pudiera probar. Es perfecta. — Peeta tragó un bocado de su desayuno & se recostó en la silla.

— ¿De verdad cree que lloraría? —dijo, aparentemente divertido ante la idea. Parecía que lo del llanto & las mujeres le provocaba extrañas reacciones. Me lo quedé pensando.

—Pues sí, creo que sí. Lo cierto es que no es muy moderada con las emociones.

— ¿Apostaría por ello? —respondió al instante.

Observé que las cabezas de las otras chicas iban de un lado al otro, mirándonos, como si estuvieran en un partido de tenis.

—Si tuviera dinero sí, desde luego. —Sonreí ante la idea de apostar por las lágrimas de alegría de alguien.

— ¿Qué estaría dispuesta a apostar en lugar de dinero, entonces? Diría que se le da muy bien hacer tratos. —Estaba claro que estaba disfrutando con aquel jueguecito. Muy bien. Pues a jugar.

—Bueno, ¿qué quiere usted? —le planteé, preguntándome qué podría ofrecerle a alguien que lo tenía todo.

— ¿Y usted? ¿Qué quiere usted? —contraatacó.

Aquello sí que era una pregunta fascinante, casi tan interesante como pensar en lo que podría ofrecerle yo a Peeta era reflexionar acerca de lo que él podía ofrecerme a mí. Tenía el mundo a su disposición. Así pues, ¿qué quería yo?

Yo no era una Uno, pero vivía como si lo fuera. Disponía de más comida de la que podía comer & la cama más cómoda que podía imaginarme. La gente me servía constantemente, quisiera o no. & si necesitaba algo, solo tenía que pedirlo. Lo único que deseaba de verdad era algo que hiciera que aquel lugar se pareciera menos a un palacio. Como que mi familia estuviera por allí, o no ir tan emperifollada. No podía pedir que me viniera a visitar mi familia. Solo llevaba allí un día.

—Si llora, quiero poder llevar pantalones toda una semana —propuse.

Todo el mundo se rio, pero de un modo tranquilo & educado. Parecía que hasta el rey & la reina habían encontrado divertida mi petición. Me gustaba el modo en que me miraba la reina, como si ya no fuera tanto una extraña para ella.

—Hecho, pues —dijo Peeta—. & si no llora, me deberá un paseo por los jardines mañana por la tarde.

¿Un paseo por los jardines? ¿Y ya está? No me parecía nada especial. Recordé lo que había dicho Peeta la noche anterior, que siempre tenía algún guardia cerca. Quizá no supiera cómo pedir algo de tiempo para estar a solas con alguien. A lo mejor aquel era su modo de gestionar algo que le resultaba muy raro.

Alguien a mi lado emitió un sonido de desaprobación. Oh. Me di cuenta de que, si perdía, sería la primera de las chicas en disponer de un tiempo a solas con el príncipe. Algo dentro de mí me decía que negociara, pero, si iba a ayudarle —como le había prometido—, no podía poner trabas al primer intento de quedar a solas.

—Es un buen negociador, señor, pero acepto.

— ¿Justin? —El mayordomo con el que había hablado antes se acercó de nuevo—. Prepare un paquete de tartaletas de fresa & envíeselo a la familia de la señorita. Mande a alguien & ordénele que espere a que su hermana las pruebe, & que nos informe de si realmente llora o no. Tengo una gran curiosidad.

Justin asintió & desapareció.

—Debería escribir una nota & aprovechar el envío para decirle a su familia que está bien. De hecho, todas ustedes deberían hacerlo. Tras el desayuno, escriban una carta a sus familias, & nos aseguraremos de que llegan hoy mismo.

Todas sonrieron & suspiraron, contentas de formar parte por fin de todo aquello. Nos acabamos el desayuno & nos fuimos a escribir nuestras cartas. Anne me trajo papel, & le escribí una breve nota a mi familia. Aunque las cosas habían empezado de un modo algo raro, lo último que quería era que se preocuparan. Intenté darle un tono desenfadado.

Queridos mamá, papá, Primrose & Gerad:

¡Ya os echo tanto de menos! El príncipe quería que escribiéramos a casa & les contáramos a nuestras familias cómo estamos. Yo estoy bien. El viaje en avión daba un poco de miedo, pero a su modo también fue divertido. ¡El mundo se ve tan pequeño desde allí arriba!

Me han dado un montón de vestidos preciosos & otras cosas, & tengo tres doncellas encantadoras que me ayudan a vestirme, que me lo limpian todo & me dicen dónde tengo que ir. Aun así, si en algún momento estoy completamente perdida, siempre saben lo que me toca hacer & me ayudan a llegar a tiempo.

Casi todas las chicas son tímidas, pero creo que he hecho una amiga. ¿Os acordáis de Johanna, de Kent? La conocí en el viaje a Angeles. Es muy ocurrente & amable. Si vuelvo pronto a casa, espero que ella llegue hasta el final.

He conocido al príncipe. También al rey & a la reina. En persona tienen un aspecto aún más regio. Aún no he hablado con ellos, pero sí con el príncipe Peeta. Es una persona sorprendentemente generosa…, creo.

Tengo que dejaros, pero os quiero & os echo de menos. Volveré a escribiros en cuanto pueda.

Con cariño,

KATNISS

No me parecía que hubiera nada que pudiera dar mala espina en aquellas palabras, pero quizá me equivocara. Me imaginaba a Primrose leyendo la carta una & otra vez en busca de detalles ocultos entre líneas sobre mi vida. Me pregunté si la leería antes de probar las tartaletas.

P. S. Primrose, ¿no se te saltan las lágrimas de lo buenas que están estas tartaletas?

Listo. No podía hacer nada más.

Aparentemente, aquello no bastó. Un mayordomo llamó a mi puerta aquella tarde para entregarme una carta de mi familia & darme una noticia:

—No lloró, señorita. Dijo que estaban tan buenas que podría haber llorado (como usted sugirió), pero lo cierto es que no lo hizo. Su alteza vendrá a buscarla a su habitación mañana sobre las cinco. Por favor, esté lista.

No lamentaba mucho haber perdido, aunque lo cierto es que me habría gustado poder llevar pantalones. Por lo menos, a falta de pantalones, tenía cartas. Me di cuenta de que en realidad era la primera vez que me separaba de mi familia más de unas horas. No teníamos dinero suficiente para hacer viajes, & como no tuve amigos durante la infancia, nunca había pasado la noche en su casa. Ojalá pudiera recibir cartas a diario. Supuse que se podría hacer, pero debía de ser carísimo.

Leí primero la de papá: no paraba de decirme lo guapa que estaba en televisión & lo orgulloso que se sentía de mí. Me decía que no debía de haber enviado tres cajas de tartaletas, que Primrose iba a volverse una consentida. ¡Tres cajas! ¡Por Dios!

También decía que Gale había estado en casa ayudándole con el papeleo, así que le había dado una caja para que se la llevara a su casa. No sabía cómo sentirme al respecto. Por una parte, me alegraba de que pudieran comer algo tan exquisito. Por otra, me lo imaginaba dándoselas a probar a su nueva novia. A alguien a quien pudiera mimar. Me pregunté si tendría celos de Peeta por el regalo, o si estaba encantado de haberse librado de mí.

Me quedé dándole vueltas a aquellas líneas más de lo que me habría gustado.

Papá se despedía diciendo que estaba contento de que hubiera hecho una amiga, que era algo que siempre me había costado. Doblé la carta & pasé un dedo por encima de su firma, en el exterior. Nunca había caído en lo curiosa que era.

La carta de Gerad era breve & concisa: me echaba de menos, me quería & me pedía que, por favor, le enviara más comida. Hizo que se me escapara la risa.

Mamá estaba mandona. Incluso por escrito notaba su tono, felicitándome veladamente por haberme ganado el afecto del príncipe —Justin la había informado de que yo era la única a la que le habían hecho un regalo para enviar a casa— & diciéndome que siguiera haciéndolo como hasta entonces.

«Sí, mamá. Le seguiré diciendo al príncipe que no tiene ninguna posibilidad conmigo & seguiré ofendiéndole tanto como pueda.» Un plan estupendo.

Me alegré de haber guardado la carta de Primrose para el final. Estaba absolutamente alucinada. Admitía la envidia que le daba que yo pudiera comer cosas tan buenas todo el rato. También se quejaba de que mamá estaba más gruñona. La entendía muy bien. El resto era una salva de preguntas. ¿Era Peeta tan guapo como en la tele? ¿Qué llevaba yo puesto ahora mismo? ¿Podría venir a visitarme a palacio? ¿No tendría Peeta un hermano secreto que quisiera casarse con ella algún día?

Me reí & me llevé mi colección de cartas al pecho. Tendría que encontrar el momento de escribirles otra vez lo antes posible. Debía de haber algún teléfono por ahí, en algún sitio, pero hasta el momento nadie nos lo había mencionado. Aunque tuviera uno en mi habitación, probablemente sería exagerado llamar cada día. Además, sería divertido seguir con las cartas. Podría ser una prueba de mi estancia en aquel lugar cuando todo aquello no fuera más que un recuerdo.

Me fui a la cama reconfortada al saber que a mi familia le iba bien & aquel pensamiento me acompañó en un sueño profundo, a pesar de los nervios que me producía la expectativa de volver a estar a solas con Peeta. No sabía muy bien el motivo, pero esperaba que mis temores fueran infundados.

—Para guardar las apariencias, ¿te importaría cogerte de mi brazo? —me preguntó, tras presentarse en mi habitación al día siguiente.

Yo no estaba muy segura, pero lo hice. Mis doncellas ya me habían puesto un vestido de noche: un modelito azul con cintura imperio & las mangas cortas sobre los hombros. Tenía los brazos al descubierto, & sentía la tela almidonada del traje de Peeta contra mi piel. Había algo en todo aquello que me hacía sentir incómoda. Él debió de darse cuenta, porque intentó distraerme.

—Siento que no llorara.

—No, no lo sientes…, siente. —Mi tono jocoso dejaba claro que a mí tampoco me disgustaba tanto haber perdido.

—Es la primera vez que apuesto. Ha estado bien ganar —dijo, con un tono casi de disculpa.

—La suerte del principiante.

—Quizá. —Sonrió—. La próxima vez intentaremos hacer que se ría.

Al instante empecé a imaginarme posibles situaciones. ¿Qué podrían llevarle a Primrose de aquel palacio que le hiciera morirse de risa? Peeta se dio cuenta de que estaba pensando en ella.

— ¿Cómo es tu familia?

— ¿Qué quiere decir?

— ¿Quiere? Si vamos a ser amigos, en privado podrías hablarme de tú, ¿no?

—Bueno, pues… ¿Qué… quieres decir?

—Pues eso. Que tu familia debe de ser muy diferente a la mía.

—Yo diría que sí. —Me reí—. Para empezar, nadie se pone una tiara para desayunar. — Peeta sonrió.

—En casa de los Everdeen se usa más a la hora de la cena, ¿no?

—Por supuesto. — Chasqueó la lengua, divertido. Empezaba a pensar que quizá Peeta no fuera tan remilgado como sospechaba.

—Bueno, soy la tercera de cinco hermanos.

— ¡Cinco!

—Sí, cinco. Ahí fuera la mayoría de las familias tienen muchos hijos. Yo misma tendría muchos, si pudiera.

— ¿De verdad? —respondió, levantando las cejas.

—Sí —respondí, bajando la voz. No sabía muy bien por qué, pero me pareció que aquello era un detalle muy íntimo de mi vida. Solo había otra persona en el mundo a quien se lo hubiera dicho.

Sentí que la tristeza se apoderaba de mí, pero me sobrepuse.

—Bueno, mi hermana mayor, Kenna, se casó con un Cuatro. Ahora trabaja en una fábrica. Mi madre quiere que me case al menos con un Cuatro, pero yo no quiero tener que dejar de cantar. Me gusta demasiado. Aunque supongo que ahora soy una Tres. Eso es de lo más raro. Creo que no abandonaré la música, si puedo.

»Luego viene Kota. Es artista. Últimamente no lo vemos mucho. Vino a despedirme, pero nada más.

»Luego voy yo.

Peeta sonrió con naturalidad.

—Katniss Everdeen —anunció—, mi mejor amiga.

—Eso mismo.

Eché la mirada al cielo. Era imposible que pudiera ser su mejor amiga. Al menos de momento. Pero tenía que admitir que Peeta era la única persona con la que me había sincerado, aparte de mi familia o de Gale. Bueno, aunque también estaba Johanna. ¿Sentiría él lo mismo? Poco a poco fuimos llegando al final del pasillo & nos dirigimos a las escaleras. No parecía que tuviera ninguna prisa.

—Después de mí viene Primrose. Es la que me vendió & no lloró. Sinceramente, creo que me han timado. ¡No me puedo creer que no llorara! Pero sí, es una artista. Yo… la adoro.

Peeta me escrutó el rostro. Hablar de Primrose me había ablandado un poco. Peeta me caía bien, pero no sabía hasta qué punto quería que penetrara en mi vida.

—Y luego está Gerad. Es el niño de la casa; tiene siete años. Aún no tiene muy claro si le gusta más el arte o la música. Lo que le encanta es jugar a la pelota & estudiar bichos, lo cual está muy bien, salvo que así no se ganará la vida. Estamos intentando que experimente más. Bueno, & ya estamos todos.

— ¿Y tus padres?

— ¿Y «tus» padres?

—Ya conoces a mis padres.

—No, no los conozco. Conozco su imagen pública. ¿Cómo son en realidad? —pregunté, tirándole del brazo, aunque me costó un poco. Peeta tenía unos brazos enormes. Incluso bajo las capas de tela de su traje, sentía la presencia de unos músculos fuertes & firmes.

Suspiró, pero estaba claro que no le exasperaba lo más mínimo. Daba la impresión de que le gustaba tener a alguien incordiándole. Debía de ser duro haberse criado en aquel lugar como hijo único. Empezó a pensar en lo que iba a decir cuando saliéramos al jardín. Todos los guardias lucían una sonrisa pícara a nuestro paso. & más allá nos esperaba un equipo de televisión. Por supuesto, querían estar presentes en la primera cita del príncipe. Peeta les hizo que no con la cabeza, & ellos se retiraron de inmediato. Oí que alguien protestaba. No me apetecía nada que las cámaras me siguieran a todas partes, pero me parecía raro que se las quitara de encima.

— ¿Estás bien? Pareces tensa —observó Peeta.

—A ti te descoloca ver llorar a una mujer; a mí me descoloca salir a pasear con un príncipe —respondí, encogiéndome de hombros.

Peeta se rio discretamente, pero no dijo nada más. A medida que avanzábamos hacia el oeste, el sol iba quedando tapado por el enorme bosque de palacio, aunque aún faltaba mucho para que anocheciera. La sombra nos engulló & quedamos ocultos por la oscuridad. Aquello es lo que habría deseado la otra noche, cuando buscaba alejarme de todo. Allí sí que daba la impresión de que estábamos solos. Seguimos caminando, alejándonos del palacio & de la atención de los guardias.

— ¿Qué es lo que te resulta tan confuso de mí? — Vacilé, pero le dije lo que sentía.

—Tu carácter. Tus intenciones. No estoy segura de qué debo esperar de este paseo.

—Ah. —Se detuvo & se me puso delante. Estábamos muy cerca el uno del otro, y, a pesar del cálido aire estival, sentí un escalofrío en la espalda

— Creo que a estas alturas ya te habrás dado cuenta de que no soy de los que van con rodeos. Te diré exactamente qué quiero de ti. — Peeta se acercó un paso más.

Se me hizo un nudo en la garganta. Me había metido yo solita en la situación que más quería evitar. Sin guardias, sin cámaras, sin nadie que le impidiera hacer lo que quisiera. La rodilla se me disparó en un acto reflejo. Literalmente. & le di un rodillazo a su alteza real en la entrepierna. Con fuerza. Peeta soltó un alarido & se encogió, llevándose las manos a la zona dolorida mientras yo daba un paso atrás.

— ¿Y eso a qué ha venido?

— ¡Si me pones un solo dedo encima, será mucho peor!

— ¿Qué?

—He dicho que si…

— ¡Estás loca! Eso no, ya te he oído la primera vez —dijo, con una mueca—. Pero ¿qué narices quieres decir con eso?

Sentí un calor que me invadía todo el cuerpo. Había sacado la peor conclusión posible & me había puesto en guardia ante algo que evidentemente no iba a suceder. Los guardias se acercaron a la carrera, alertados por nuestra discusión. Peeta los alejó con la mano, aún en una posición extraña, medio curvado. Nos quedamos un momento en silencio, y, cuando él empezó a recuperarse del dolor, se me puso delante.

— ¿Qué creías que quería? — Agaché la cabeza & me sonrojé.

—Katniss, ¿qué te creías que quería? —insistió, evidentemente contrariado. Más que contrariado. Ofendido. Estaba claro que había adivinado lo que me había pasado por la mente, & no le gustaba lo más mínimo—. ¿En público? ¿Has pensado…? ¡Por el amor de Dios, soy un caballero!

Dio media vuelta & se dispuso a volver, pero se giró.

— ¿Por qué te has ofrecido siquiera a ayudarme si tienes ese concepto tan bajo de mí?

No podía ni siquiera mirarle a los ojos. No sabía cómo explicar que me habían preparado para que me esperara cualquier cosa, que aquel lugar oscuro & aislado me había hecho sentirme extraña, que solo había un chico con el que hubiera estado alguna vez a solas & que aquella era mi reacción lógica.

—Hoy cenarás en tu habitación. Ya decidiré qué hago por la mañana.

Me quedé esperando en el jardín hasta estar segura de que todas las demás estarían ya en el comedor, & luego estuve un rato paseando arriba & abajo por el pasillo antes de decidirme a entrar en la habitación. Cuando entré, Anne, Mary & Lucy estaban nerviosísimas. No tuve el valor de decirles que no había estado todo aquel tiempo con el príncipe.

Ya me habían traído la cena, que estaba sobre la mesa, en el balcón. Tenía hambre, ahora que había digerido mi momento de humillación. Pero el motivo de que mis doncellas estuvieran tan agitadas no era mi larga ausencia. Había una caja enorme sobre la cama, esperando a que la abriera.

— ¿Podemos verlo? —preguntó Lucy.

— ¡Lucy, eso es de mala educación! —la regañó Anne.

— ¡Lo dejaron aquí en cuanto se fue! ¡Desde entonces estamos preguntándonos qué puede ser! —exclamó Mary.

— ¡Mary! ¡Esos modales! —la riñó Anne.

—No, no os preocupéis, chicas. No tengo secretos. —Cuando vinieran a echarme al día siguiente, les diría a mis doncellas el motivo.

Les sonreí sin muchas ganas mientras deshacía el gran lazo que envolvía la caja. En el interior había tres pares de pantalones: unos de lino, otros que parecían más formales pero suaves al tacto & unos vaqueros estupendos. Encima había una tarjeta con el escudo de Illéa.

"Querida" Katniss:

Pides unas cosas tan sencillas que no puedo negártelas. Pero hazme el favor de ponértelos solo los sábados, por favor. Gracias por tu compañía.

Tu amigo,

PEETA