Disclaimer:Algunos de los personajes pertenecen a Suzanne Collins, el resto & la historia "The Selection" pertenece a Kiera Cass, esta es una adaptación sin fines de lucro, todo es meramente por entretenimiento.


CAPÍTULO 6

En realidad no tuve mucho tiempo de avergonzarme o de preocuparme. Cuando a la mañana siguiente mis doncellas me vistieron con toda normalidad, supuse que podía presentarme al desayuno. El simple hecho de permitirme asistir era un gesto de amabilidad inesperada por parte de Peeta: me ofrecía una última comida, un último momento como una de las seleccionadas. Cuando estábamos a medio desayuno, Bonnie reunió el valor para preguntarme por nuestra cita.

— ¿Qué tal fue? —preguntó en voz baja, tal como se suponía que teníamos que hablar durante las comidas. Pero aquellas tres breves palabras provocaron una reacción inmediata, & todas las que estaban lo suficientemente cerca como para oír aguzaron el oído. Respiré hondo.

—Indescriptible. — Las chicas se miraron unas a otras, a la espera de más.

— ¿Cómo se comportó? —preguntó Tiny.

—Humm. —Intenté escoger las palabras con cuidado

— Muy diferente de cómo me esperaba. —Esta vez los murmullos se extendieron por toda la mesa.

— ¿Lo haces a propósito? —protestó Zoe

— Si es así, es de lo más rastrero. — Negué con la cabeza. ¿Cómo podía explicarlo?

—No, es que…

Pero una serie de ruidos confusos procedentes del otro lado del pasillo me interrumpieron, lo que evitó que tuviera que buscar una respuesta. Los gritos eran raros. En mi breve estancia en palacio, no había oído ni un sonido que se acercara siquiera a aquel volumen. Acto seguido se oyeron los pasos rítmicos de los guardias en el suelo, las enormes puertas al abrirse & el tintineo de los cubiertos contra los platos. Aquello era un caos absoluto. La familia real entendió lo que sucedía antes que nosotras.

— ¡Al fondo de la sala, señoritas! —gritó el rey Clarkson, que corrió hacia una ventana.

Estábamos confundidas, pero no queríamos desobedecer, & nos trasladamos lentamente hacia la cabecera de la mesa. El rey bajó una persiana, pero no era de las usadas para tapar la luz. Era metálica, & se ajustó en su posición definitiva con un chirrido. Peeta acudió a su lado & bajó otra, a su lado, la encantadora & delicada reina se apresuró a bajar la siguiente. Entonces llegó una oleada de guardias a la sala. Vi una serie de ellos en formación tras las puertas, que cerraron con llave & aseguraron con barras.

—Han atravesado los muros, majestad, pero los estamos conteniendo. Las señoritas deberían marcharse, pero estamos tan cerca de la puerta…

—Entendido, Markson —respondió el rey, zanjando la cuestión.

Estaba claro lo que había pasado: los rebeldes habían penetrado en el recinto. Ya me imaginaba que podía pasar algo así, con tantos invitados en palacio & tantos preparativos. Cualquiera podía cometer algún desliz que comprometiera nuestra seguridad. & aunque no fuera fácil entrar, era un momento ideal para organizar una protesta. Cuando menos, la Selección podía resultar molesta. Estaba segura de que los rebeldes la odiaban, al igual que tanta gente de Illéa. Como quiera que fuera, yo no iba a quedarme de brazos cruzados.

Eché la silla atrás tan rápido que se cayó, & corrí hacia la ventana más próxima para bajar la persiana de metal. Algunas otras de las chicas, conscientes del peligro en que nos encontrábamos, hicieron lo mismo. Tardé solo un momento en bajarla, pero ajustarla era algo más difícil. Apenas había puesto el cierre en posición cuando algo impactó contra la protección metálica desde el exterior, cosa que me hizo retroceder con un grito hasta tropezar con mi silla & caer al suelo. Peeta apareció inmediatamente.

— ¿Te has hecho daño? — Hice una evaluación rápida. Era probable que me saliera un cardenal en la cadera, & estaba asustada, pero nada más.

—No, estoy bien.

—Al fondo de la habitación. ¡Venga! —ordenó, mientras me ayudaba a ponerme en pie.

Él atravesó la sala, agarrando a algunas chicas que se habían quedado paralizadas del miedo & conduciéndolas a la esquina más alejada. Obedecí & corrí al fondo de la estancia, donde estaban todas las chicas, amontonadas. Algunas lloraban en silencio; otras tenían la mirada perdida. Tiny se había desmayado. Lo más tranquilizador fue ver al rey Clarkson hablando animadamente con un guardia en la pared contraria, lo bastante lejos como para que las chicas no le oyeran. Rodeaba a la reina con el brazo en un gesto protector, & ella se mostraba tranquila & confiada a su lado.

¿A cuántos ataques habría sobrevivido? Había oído que se producían varias veces al año. Aquello debía de ser exasperante. Las probabilidades de sobrevivir eran cada vez menores para ella… & para su marido… & para su único hijo. Con el tiempo, los rebeldes descubrirían cómo aprovechar las circunstancias a su favor & conseguir lo que querían. & sin embargo, allí estaba, con la cabeza alta, la mirada clara & el rostro sereno.

Eché un vistazo a las chicas. ¿Alguna de ellas tendría la fuerza necesaria para ser reina? Tiny seguía inconsciente en los brazos de alguien. Bariel & Glimmer charlaban. Esta última parecía estar tranquila, aunque yo sabía que no era cierto. Aun así, en comparación con otras, ocultaba sus emociones muy bien. Algunas chicas estaban al borde de la histeria, de rodillas & lloriqueando. Otras se habían bloqueado, evadiéndose de aquella pesadilla, & se retorcían las manos con aire ausente, esperando a que acabara. Johanna estaba llorando un poco, pero no daba la impresión de estar deshecha. La agarré del brazo e hice que se irguiera.

—Sécate los ojos & levanta la cabeza —le grité al oído.

— ¿Qué?

—Confía en mí, hazlo.

Johanna se secó la cara con el borde del vestido e irguió un poco el cuerpo. Se tocó la cara en varios sitios, comprobando que no se le hubiera corrido el maquillaje, supuse. Luego se giró & me miró en busca de mi aprobación.

—Buen trabajo. Perdona que me ponga tan mandona, pero confía en mí esta vez, ¿vale? —No me gustaba tener que darle órdenes en medio de aquella situación angustiosa, pero debía mantener el aspecto sereno de la reina Amberly. Sin duda, Peeta apreciaría aquello en una reina, & Johanna tenía que ganar. Ella asintió.

—No, tienes razón. Quiero decir que de momento todo el mundo está a salvo. No debería estar tan preocupada.

Asentí, aunque sin duda estaba equivocada. «Todo el mundo» no estaba a salvo. Los guardias montaron guardia junto a las enormes puertas mientras los rebeldes seguían tirando cosas contra la fachada & las ventanas. Allí no había reloj. Yo no tenía ni idea de cuánto tiempo iba a durar el ataque, & aquello no hacía más que aumentar mi ansiedad. ¿Cómo sabríamos si entraban? ¿No nos enteraríamos hasta que empezaran a golpear las puertas? ¿Estarían ya dentro, & no lo sabíamos?

No podía soportar los nervios. Me quedé mirando un jarrón con flores de diverso tipo —cuyos nombres no conocía, por supuesto— & me mordí una de mis uñas de manicura perfecta, concentrándome en aquellas flores como si fueran lo único importante en el mundo. Al final Peeta vino a interesarse por mí, igual que había hecho con las demás. Se puso a mi lado & también se quedó mirando las flores. Ninguno de los dos sabía bien qué decir.

— ¿Estás bien? —preguntó por fin.

—Sí —susurré.

—Pareces alterada —insistió él, tras una breve pausa.

— ¿Qué les ocurrirá a mis doncellas? —dije, poniendo en palabras mi mayor preocupación. Yo sabía que estaba a salvo, pero ¿dónde estarían ellas? ¿Y si la incursión de los rebeldes había pillado a alguna de ellas por los pasillos?

— ¿Tus doncellas? —preguntó él, con un tono que me dejaba como una idiota.

—Sí, mis doncellas. —Le miré a los ojos, para que se diera cuenta de que en realidad solo una minoría escogida de la multitud de personas que vivían en el palacio estaban a salvo. Estaba a punto de echarme a llorar. No quería hacerlo, & respiraba a gran velocidad para intentar controlar mis emociones.

Me miró a los ojos & pareció entender que en realidad estaba a apenas un paso de ser una sirvienta. Aquel no era el motivo de mi preocupación, pero me parecía extraño que un sorteo marcara la diferencia entre alguien como Anne & como yo.

—Ahora mismo deben de estar escondidas. El servicio tiene sus propios lugares donde ocultarse. Los guardias saben muy bien cómo tomar posiciones rápidamente & alertar a todo el mundo.

Deberían estar bien. Tenemos un sistema de alarma, pero, la última vez que entraron, los rebeldes lo desbarataron por completo. Están trabajando para arreglarlo, pero… —Peeta suspiró. Fijé la mirada en el suelo, intentando aplacar todas mis preocupaciones.

—Katniss, por favor… — Me giré hacia Peeta.

—Están bien. Los rebeldes han sido lentos, & todo el mundo en palacio sabe qué hacer en caso de emergencia. — Asentí. Nos quedamos allí, de pie, un minuto, hasta que noté que se disponía a marcharse.

—Peeta —susurré. Él se giró, algo sorprendido de que alguien se dirigiera a él de un modo tan informal.

—Sobre lo de anoche… Deja que te explique. Cuando vinieron a casa, a prepararnos para venir aquí, un hombre me dijo que yo nunca debía decirte que no. Pidieras lo que pidieras. En ningún caso.

— ¿Qué? —respondió él, atónito.

—Lo dijo de un modo que hacía pensar que podrías pedir ciertas cosas. & tú me habías dicho que no habías tratado con muchas mujeres. Después de dieciocho años…, & luego pediste a los cámaras que se alejaran. Me asusté cuando te acercaste tanto.

Peeta sacudió la cabeza, intentando procesar todo aquello. La humillación, la rabia & la incredulidad se reflejaban en su rostro, habitualmente sereno.

— ¿Eso se lo han dicho a todas? —dijo, horrorizado.

—No lo sé. Supongo que a muchas de las chicas no les hacía falta que se lo advirtieran. Probablemente «ya estén» deseando abalanzarse sobre ti —observé, señalando con un gesto de la cabeza a las demás. — Él chasqueó la lengua, molesto.

—Pero tú no, así que no tuviste ningún reparo en darme un rodillazo en la entrepierna, ¿es eso?

— ¡Te di en el muslo!

—Por favor… Un hombre no tarda tanto en recuperarse de un rodillazo en el muslo —respondió, dejando claro su escepticismo.

Se me escapó la risa, & afortunadamente Peeta también se rio. Pero justo entonces otro proyectil golpeó contra las ventanas, & nos detuvimos en seco. Por un momento se me había olvidado dónde estaba. Era algo que no me sucedía mucho, & que me iría muy bien para conservar la cordura.

— ¿Y cómo te vas a enfrentar a una habitación llena de mujeres llorando? —pregunté. Su expresión de asombro tenía algo de cómico.

— ¡No hay nada en el mundo que me descoloque más! —Susurró, desesperado—. No tengo ni la más mínima idea de cómo pararlo.

Aquel era el hombre que iba a gobernar nuestro país: un tipo que se venía abajo ante las lágrimas. Divertidísimo.

—Dales unas palmaditas en el hombro o en la espalda & diles que todo irá bien. La mayoría de las veces, cuando las chicas lloran, no esperan que les resuelvas el problema; solo quieren que las consueles.

— ¿De verdad?

—Más bien.

—No puede ser tan sencillo —dijo, intrigado.

—He dicho la mayoría de las veces, no siempre. Pero probablemente en esta ocasión a muchas de las chicas les bastaría. — Resopló.

—No estoy seguro. Dos ya me han preguntado si las dejaré marcharse cuando acabe esto.

—Pensaba que eso no nos estaba permitido —dije, aunque no debería haberme sorprendido. Si había accedido a dejar que me quedara como amiga, no debían de importarle mucho los aspectos técnicos—. ¿Qué vas a hacer?

— ¿Qué otra cosa puedo hacer? No voy a retener a nadie contra su voluntad.

—A lo mejor luego cambian de opinión.

—Quizá. —Hizo una pausa—. ¿Y tú? ¿También estás asustada & dispuesta a marcharte? —preguntó, casi como en broma.

—La verdad es que estaba convencida de que, en cualquier caso me enviarías a casa después del desayuno —admití.

—La verdad es que yo también me lo había planteado.

Se produjo un silencio entre nosotros, & los dos sonreímos. Nuestra amistad «si es que podía llamarse así» desde luego era rara e imperfecta, pero al menos era honesta.

—No me has respondido. ¿Quieres marcharte? — Otro proyectil impactó contra la pared, & la idea iba ganando atractivo. El peor ataque que había sufrido en casa había sido el de Gerad, cuando intentó quitarme comida del plato.

Aquí las chicas no me apreciaban, los vestidos eran encorsetados, la gente intentaba herir mis sentimientos & la experiencia en conjunto resultaba incómoda. Pero era positiva para mi familia & se comía bien. Peeta parecía un poco perdido, & quizá podría seguir manteniéndolo a raya un poco más. Y, quién sabe, a lo mejor podría ayudarle a escoger a la próxima princesa. Le miré a los ojos.

—Si tú no me echas, yo no me voy.

—Bien. —Sonrió—. Tendrás que explicarme más trucos, como ese de las palmaditas en la espalda.

Yo también le sonreí. Sí, todo iba mal, pero quizá saliera algo bueno de todo aquello.

—Katniss, ¿podrías hacerme un favor? — Asentí.

—Por lo que sabe la gente, anoche pasamos mucho rato juntos. Si alguien te pregunta, ¿podrías decirles que yo no soy…, que yo nunca haría…?

—Por supuesto. & siento muchísimo lo que pasó.

—Debería haberme imaginado que, si alguna de vosotras iba a desobedecer una orden, serías tú.

Unos cuantos proyectiles dieron contra la pared, lo cual provocó los chillidos entre las chicas.

— ¿Quiénes son? ¿Qué es lo que quieren? —pregunté.

— ¿Quiénes? ¿Los rebeldes? — Asentí.

—Depende de a quién se lo preguntes. & de qué grupo estés hablando —respondió.

— ¿Quieres decir que hay más de uno?

Aquello empeoraba mucho las cosas. Si aquello era un solo grupo, ¿qué podrían hacer dos o más juntos? Me parecía increíblemente injusto que nos mantuvieran oculto todo aquello. Por lo que yo sabía, todos los rebeldes eran iguales, pero Peeta hacía que sonara como si los hubiera mejores & peores.

— ¿Cuántos hay? —insistí.

—Básicamente dos, los norteños & los sureños. Los norteños atacan con mucha más frecuencia. Están más cerca. Viven en la zona húmeda de Likely, cerca de Bellingham, al norte. Es un lugar en el que nadie quiere vivir (prácticamente está en ruinas), así que lo han convertido en su base, aunque supongo que viajan. Lo de los viajes es una teoría mía a la que nadie hace mucho caso. Pero es mucho menos probable que consigan entrar, y, cuando entran, los ataques son… casi tímidos. Supongo que esto es un ataque de los norteños —dijo, levantando la voz entre el estruendo.

— ¿Por qué? ¿Qué los hace tan diferentes de los sureños?

Peeta se lo pensó, como si dudara de si debía contármelo. Miró alrededor para ver si alguien podía oírnos. Yo también miré, & vi que había varias personas que nos observaban. En particular, Glimmer parecía querer fundirme con la mirada. No mantuve el contacto visual con ella mucho rato. Aun así, pese a todas las mironas, no había nadie lo suficientemente cerca como para oírnos. Cuando Peeta llegó a la misma conclusión, se acercó & me susurró al oído:

—Sus ataques son mucho más… letales.

— ¿Letales? —Me estremecí. — Él asintió.

—Solo vienen una o dos veces al año, por lo que parece. Creo que todos intentan esconderme las estadísticas, pero no soy tonto. Cuando vienen, muere gente. El problema es que a nosotros ambos grupos nos parecen iguales (son tipos desaliñados; la mayoría, hombres, delgados pero fuertes, & sin emblemas reconocibles), así que no sabemos a qué nos enfrentamos hasta que ha acabado. Recorrí la sala con la mirada. Si Peeta se equivocaba & resultaba que eran sureños, había mucha gente en peligro. Pensé de nuevo en mis pobres doncellas.

—Pero sigo sin entenderlo. ¿Qué es lo que quieren? — Peeta se encogió de hombros.

—Parece que los sureños quieren acabar con nosotros. No sé por qué, pero supongo que porque están hartos de vivir al margen de la sociedad. Técnicamente ni siquiera son Ochos, ya que no participan del tejido social. Pero los norteños son un misterio. Padre dice que solo quieren molestarnos, alterar nuestra labor de gobierno, pero yo no lo creo —dijo, adoptando un aspecto muy digno por un momento—. Sobre eso también tengo otra teoría.

— ¿Y me la vas a contar? — Peeta vaciló de nuevo. Supuse que esa vez no se trataba tanto del miedo a asustarme, sino de que se temía que no me lo tomara en serio. Se me acercó de nuevo & me susurró:

—Creo que están buscando algo.

— ¿El qué?

—Eso no lo sé. Pero cada vez que vienen los norteños, siempre es lo mismo: los guardias están fuera de combate, heridos o atados, pero nunca los matan. Es como si no quisieran que los siguieran. Aunque suelen llevarse algún rehén, & eso nos crea muchos problemas. & luego, las habitaciones (bueno, las habitaciones a las que llegan) están patas arriba: todos los cajones sacados, los estantes revueltos, la alfombra del revés… Rompen muchas cosas. No te creerías la de cámaras que he perdido a lo largo de los años.

— ¿Cámaras?

—Sí, bueno —repuso, tímidamente—. Me gusta la fotografía. A pesar de todo, nunca acaban llevándose gran cosa. Padre piensa que mi idea es una tontería, por supuesto. ¿Qué podrían andar buscando un puñado de bárbaros analfabetos? Aun así, creo que debe de haber algo.

Aquello era un misterio. Si yo no tuviera un céntimo & supiera cómo entrar en el palacio, supongo que me llevaría todas las joyas que pudiera, cualquier cosa que lograra vender. Aquellos rebeldes debían de tener algo en la mente cuando llegaban allí, más allá de la reivindicación política o su supervivencia.

— ¿Te parece un razonamiento tonto? —preguntó Peeta, sacándome de mis cábalas.

—No, tonto no. Perturbador, pero no tonto.

Intercambiamos una breve sonrisa. Me di cuenta de que si Peeta fuera Peeta Mellark, sin más, & no Peeta, el futuro rey de Illéa, sería el tipo de persona que me gustaría tener como vecino, alguien con quien poder hablar. Se aclaró la garganta.

—Supongo que tendré que completar mi ronda.

—Sí, imagino que habrá unas cuantas señoritas preguntándose por qué te demoras tanto.

—Bueno, «amiga», ¿alguna sugerencia de con quién debería hablar ahora? — Sonreí & miré hacia atrás, para asegurarme de que mi candidata a princesa seguía manteniendo el tipo. Así era.

— ¿Ves a la chica morena de allí, vestida de rosa? Es Johanna. Es un encanto, muy amable; le encanta el cine. Anda, ve. — Peeta soltó una risita & se fue hacia ella.

El tiempo que pasamos en el comedor nos pareció una eternidad, pero el ataque solo había durado poco más de una hora. Más tarde descubrimos que no habían penetrado en el palacio; solo en el recinto. Los guardias no habían disparado a los rebeldes hasta que estos habían intentado dirigirse a la puerta principal, lo que explicaba lo de los ladrillos —que habían arrancado de la muralla exterior— & la fruta podrida que habían estado lanzando contra la ventana tanto rato. Al final, dos hombres acabaron por acercarse demasiado a las puertas, les dispararon & todos salieron huyendo. Si la distinción hecha por Peeta era correcta, aquellos debían de ser de los norteños.

Nos tuvieron encerradas un poquito más, mientras rastreaban el perímetro del palacio. Cuando se convencieron de que todo estaba como correspondía, dejaron que nos dirigiéramos a nuestras habitaciones. Johanna & yo fuimos cogidas del brazo. A pesar de haber mantenido la calma, la tensión del ataque me había dejado agotada, & estaba encantada de tener a alguien que me distrajera.

— ¿Entonces te ha dejado que te pongas pantalones igualmente? —me preguntó.

Yo me había puesto a hablar de Peeta a las primeras de cambio, deseosa de saber cómo había ido su conversación.

—Sí, se mostró muy generoso.

—Es un detalle por su parte, después de haber ganado.

—Es un buen ganador. Incluso es gracioso cuando se le lleva a ciertos extremos. —«Como cuando se le da un rodillazo en la joya de la corona, por ejemplo», pensé.

— ¿Qué quieres decir?

—Nada. —Aquello no quería explicárselo—. ¿De qué habéis hablado antes?

—Bueno, me ha preguntado si me gustaría quedar con él esta semana —contestó, ruborizándose.

— ¡Johanna! ¡Eso es estupendo!

— ¡Calla! —dijo, mirando alrededor, aunque el resto de las chicas ya había subido las escaleras

— Intento no hacerme demasiadas ilusiones. —Nos quedamos calladas un minuto hasta que por fin estalló:

— ¿A quién quiero engañar? ¡Estoy tan nerviosa que casi no lo soporto! Espero que no tarde mucho en llamarme.

—Si ya te lo ha pedido, estoy segura de que no dejará pasar mucho tiempo. Quiero decir, en cuanto haya acabado con sus labores de gobierno del día, supongo. — Ella se rio.

— ¡No me lo puedo creer! Quiero decir… que sabía que era guapo, pero nunca sabes cómo puede comportarse. Me preocupaba que fuera…, no sé, pomposo, o algo así.

—A mí también. Pero en realidad es… — ¿Qué era Peeta, en realidad? Sí, era algo pomposo, pero no tanto que resultara cortante, como me había imaginado. Era innegable que se portaba como un príncipe, pero, aun así, era muy…, muy…—… Es normal —dije por fin.

Johanna ya no estaba mirando. Se había perdido en sus ensoñaciones mientras caminábamos. Esperaba que Peeta estuviera a la altura de la imagen que se estaba haciendo mi amiga de él, & que ella fuera el tipo de chica que él quería. La dejé en su puerta, me despedí con un gesto & me dirigí a mi habitación.

La imagen de Johanna & Peeta desapareció de mi mente en cuanto abrí la puerta. Anne & Mary estaban inclinadas sobre Lucy, que parecía muy agitada. Estaba congestionada, & tenía las mejillas cubiertas de lágrimas; el ligero temblor habitual en ella se había convertido en una gran agitación, & le sacudía todo el cuerpo.

—Cálmate, Lucy, todo va bien —le susurraba Anne, mientras le acariciaba el cabello alborotado.

—Ya ha acabado todo. Nadie ha resultado herido. Estás a salvo, cariño —le decía Mary, sosteniéndole la mano.

Yo estaba tan impresionada que no podía hablar. El difícil momento por el que pasaba Lucy era algo privado; no debería haberlo visto. Di media vuelta, pero Lucy me detuvo antes de que pudiera salir de la habitación.

—Lo…, lo… siento… Lady… Lady… —balbució. Las otras contemplaron la escena con cara de preocupación.

—No te angusties. ¿Estás bien? —pregunté, cerrando la puerta para que nadie más pudiera vernos.

Lucy intentó seguir hablando, pero no le salían las palabras. Las lágrimas & el temblor tenían dominado aquel cuerpecito tan pequeño.

—Estará bien, señorita —intercedió Anne—. Tardará unas horas, pero, cuando la cosa acaba, siempre se calma. Si sigue mal, podemos llevarla al ala de la enfermería —dijo, & luego bajó la voz—. Solo que Lucy no quiere. Si consideran que no eres apta para el servicio, te mandan a la lavandería o a la cocina. & a Lucy le gusta ser doncella.

Yo no sabía de quién pensaba Anne que teníamos que ocultarnos. Todas estábamos alrededor de Lucy, & ella podía oírnos claramente, incluso en aquel estado.

—Por…, por… favor, señorita. Yo no…, yo no…

—Shs. Nadie va a delatarte —le aseguré, mire a Anne & a Mary—. Ayudadme a meterla en la cama.

Entre las tres no debería habernos costado un gran esfuerzo, pero Lucy se retorcía tanto que sus brazos & sus piernas se nos escapaban de las manos. Tuvimos que emplearnos a fondo para conseguirlo. Una vez instalada entre las sábanas, la comodidad de la cama surtió un efecto mayor que todas nuestras palabras. Los espasmos de Lucy fueron remitiendo & ella fijó la mirada en el dosel que había por encima de la cama.

Mary se sentó al borde & empezó a tararear una cancioncilla, que me recordó a cómo solía arrullar yo a Primrose cuando estaba enferma. Me llevé a Anne a un rincón, lejos del alcance de los oídos de Lucy.

— ¿Qué ha pasado? ¿Ha entrado alguien? —le pregunté. Si algo así hubiera ocurrido, esperaba que me lo dijeran.

—No, no —aseguró Anne—. Lucy siempre se pone así cuando vienen los rebeldes. El mero hecho de hablar de ellos hace que se ponga a llorar. Ella…

Anne bajó la mirada & la posó en sus brillantes zapatos negros, intentando decidir si debía decirme algo. Yo no quería hurgar en la vida de Lucy, pero sí deseaba entender. Respiró hondo & me explicó:

—Algunas de nosotras hemos nacido aquí. Mary nació en el castillo, & sus padres siguen aquí. Yo era huérfana, & me trajeron porque el palacio necesitaba personal. —Se alisó el vestido, como si así pudiera quitarse de encima aquel pedazo de su historia que parecía pesarle—. Lucy fue vendida al palacio.

— ¿Vendida? ¿Cómo puede ser? Aquí no hay esclavos.

—No, legalmente no, pero eso no quiere decir que no pueda pasar. La familia de Lucy necesitaba dinero para una operación que tenía que hacerse su madre. Ofrecieron sus servicios a una familia de Treses a cambio del dinero necesario. Su madre no mejoró & no consiguieron quitarse la deuda de encima, de modo que Lucy & su padre llevaban muchísimo tiempo viviendo con aquella familia. Por lo que yo sé de cómo los trataban, no era mucho mejor que vivir en un granero. El hijo de la familia se fijó en Lucy, & ya sé que a veces no importa la diferencia de castas, pero de una Seis a un Tres la distancia es muy grande. Cuando su madre descubrió las intenciones de su hijo, vendió a Lucy & a su padre al palacio. Recuerdo cuando llegó. Se pasó días llorando. Debían de estar terriblemente enamorados.

Miré a Lucy. Por lo menos en mi caso uno de los dos pudo decidir. En el suyo, no tuvo ninguna opción & perdió al hombre al que amaba.

—El padre de Lucy trabaja en los establos. No es muy rápido ni muy fuerte, pero muestra una dedicación increíble. & Lucy es doncella. Sé que puede parecerle tonto, pero ser una doncella en palacio es un honor. Somos la primera línea. Somos las que han considerado suficientemente preparadas, listas & atractivas como para poder presentarnos ante cualquiera. Nos tomamos nuestro trabajo muy en serio, & con motivo. Si la fastidias, te meten en la cocina, donde te pasas el día trabajando, mal vestida. O te mandan a cortar leña, o a rastrillar el jardín. Se puede servir de muchas formas diferentes.

Me sentía tonta. Para mí, todas eran Seises. Sin embargo, dentro de aquella categoría había clases, distinciones que no alcanzaba a comprender.

—Hace dos años el palacio sufrió un ataque en plena noche. Les quitaron los uniformes a los guardias & se creó una gran confusión. Fue tal el barullo que nadie sabía a quién atacar o defender, & la gente se coló por todas partes… Fue terrible.

Me estremecí solo de pensarlo. La oscuridad, la confusión, las dimensiones del palacio. En comparación con lo de la mañana, parecía obra de los sureños.

—Uno de los rebeldes atrapó a Lucy. —Anne bajó la vista un minuto & luego añadió en voz baja—: No creo que tengan muchas mujeres en sus grupos, no sé si me entiende.

— ¡Oh!

—Eso no lo vi personalmente, pero Lucy me contó que el tipo estaba cubierto de suciedad. Me dijo que no paraba de lamerle la cara.

Anne se estremeció solo de pensarlo. A mí se me encogió el estómago, & temí que pudiera devolver el desayuno. Era asqueroso, & entendía perfectamente que alguien que había pasado tanto miedo se viniera abajo ante un ataque similar.

—El tipo se la llevaba a rastras, & ella gritó con todas sus fuerzas. Con el tumulto reinante era difícil oírla. Pero apareció otro guardia, este de verdad. Apuntó & disparó al hombre justo en la cabeza. El rebelde cayó al suelo, con Lucy aún agarrada. Quedó cubierta de sangre.

Me tapé la boca. No podía imaginarme que alguien tan delicado como aquella chica hubiera tenido que pasar por todo aquello. No era de extrañar que hubiera reaccionado así.

—Le curaron unas cuantas heridas, pero nadie se preocupó de su estado emocional. Ahora se pone nerviosa a la mínima, pero intenta ocultarlo lo mejor que puede. & no solo lo hace por ella, sino también por su padre. Él está orgullosísimo de que su hija se haya ganado el puesto de doncella, & ella no quiere decepcionarle. Intentamos evitar que se angustie, pero cada vez que vienen los rebeldes se pone en lo peor & cree que alguien va a llevársela, a hacerle daño o a matarla. Hace lo que puede, señorita, pero no sé hasta cuándo va a poder aguantarlo.

Asentí & miré hacia Lucy, que estaba postrada en la cama. Había cerrado los ojos & se había dormido, aunque aún era bastante temprano.

Me pasé el resto del día leyendo. Anne & Mary limpiaron la habitación, aunque no estaba sucia. Todas mantuvimos silencio mientras Lucy descansaba. Me prometí a mí misma que, si podía evitarlo, Lucy no volvería a pasar por aquello.

Tal como me había imaginado, las chicas que habían solicitado irse a casa cambiaron de opinión cuando las aguas volvieron a su cauce. Ninguna de nosotras sabía exactamente quiénes habían sido las que lo habían pedido, pero había algunas —Glimmer en particular— que estaban decididas a descubrirlo. De momento, seguíamos siendo veintisiete.

Según el rey, el ataque registró tan pocos daños que apenas merecía que se hablara de él. No obstante, como aquella mañana estaban llegando a palacio algunos equipos de televisión, parte del ataque se emitió en directo, & por lo visto aquello no le gustó nada al monarca, lo que hizo que me preguntara cuántos ataques habría recibido el palacio de los que nunca nos habíamos enterado. ¿Sería un lugar menos seguro de lo que yo me pensaba?

Effie nos explicó que, si el ataque hubiera sido mucho peor, nos habrían dejado llamar a nuestras familias para decirles que estábamos bien. Pero tal como habían ido las cosas nos dijeron que era mejor que les mandásemos una carta. Escribí para decirles que estaba bien & que, tal vez, el ataque había parecido más grave de lo que realmente era. & que el rey nos había protegido a todas. Les pedí que no se preocuparan por mí, les conté que les echaba de menos & le di la carta a una doncella.

El día posterior al ataque pasó sin incidentes. Pensaba ir a la Sala de las Mujeres para hablar sobre Peeta con las demás, pero, después de ver a Lucy tan agitada, decidí quedarme en mi habitación.

No sé en qué se ocupaban mis tres doncellas mientras yo estaba fuera, pero el tiempo que pasé en la habitación se dedicaron a jugar a las cartas & a charlar, introduciendo algún cotilleo en la conversación.

Me enteré de que por cada docena de personas que yo veía en palacio había un centenar más: los cocineros & las lavanderas de las que ya tenía constancia, pero también gente cuyo único trabajo era el de mantener limpias las ventanas. La brigada de limpiacristales tardaba toda una semana en limpiarlas todas, & para entonces el polvo ya se había colado por las paredes, pegándose a los cristales de nuevo, por lo que tenían que volver a empezar. También había joyeros que elaboraban piezas para la familia & regalos para los visitantes, & equipos de modistas & de compradoras que mantenían elegantemente vestidos a los miembros de la familia real, & ahora también a nosotras.

Asimismo, me enteré de otras cosas: de los guardias que ellas consideraban más guapos & del horrible diseño del nuevo vestido que la jefa del servicio les hacía llevar en las fiestas; de que había gente en palacio que hacía apuestas sobre la chica que saldría seleccionada, & de que yo estaba entre las diez mejor situadas; de que el bebé de una de las cocineras estaba tan enfermo que lo habían desahuciado, lo que le hizo soltar alguna lágrima a Anne.

Resultaba que la cocinera en cuestión era muy amiga suya, & que la pareja había estado esperando aquel hijo mucho tiempo. Mientras las escuchaba, participando en la conversación solo cuando se me ocurría algo que valiera la pena decir, me alegré de haberme quedado con ellas: no se me ocurría que abajo pudieran estar pasándoselo mejor. El ambiente en la habitación era alegre & distendido. Me lo había pasado tan bien que el día siguiente también me lo pasé allí. Esta vez abrimos la puerta que daba al pasillo & la balconera, & el aire cálido entraba & nos envolvía. Aquello parecía tener un efecto especialmente positivo sobre Lucy, & me pregunté con qué frecuencia debía de salir al exterior.

Anne comentó lo inapropiado de aquella situación—yo, sentada con ellas, jugando a las cartas & con las puertas abiertas—, pero se rindió casi de inmediato. Ya se iba haciendo a la idea de que no podría convertirme en la dama que todos esperaban que fuera.

Estábamos en plena partida de cartas cuando detecté una presencia por el rabillo del ojo. Era Peeta, de pie, en el umbral de la puerta, que nos miraba con gesto divertido. Cuando nuestros ojos se encontraron, vi clara en su rostro la pregunta: ¿qué narices estaba haciendo? Yo me puse en pie, sonreí & me acerqué a él.

— ¡Oh, Dios mío! —murmuró Anne, cuando se dio cuenta de que el príncipe estaba en la puerta. Inmediatamente tiró las cartas dentro del costurero & se puso en pie. Mary & Lucy la siguieron.

—Señoritas —se presentó Peeta.

—Alteza —dijo Anne, con una reverencia—. Es un honor, señor.

—El honor es mío —respondió él, sonriendo. Las doncellas se miraron unas a otras, halagadas. Todos nos quedamos en silencio un momento, sin saber muy bien qué hacer. De pronto Mary reaccionó:

—Nosotras ya nos íbamos.

— ¡Sí, eso! —Añadió Lucy—. Íbamos…, esto… —soltó, & miró a Anne en busca de ayuda.

—A acabar el vestido de Lady Katniss para el viernes —apostilló Anne.

—Eso es —asintió Mary—. Solo quedan dos días. Pasaron a nuestro lado & se dirigieron a la puerta, con unas sonrisas enormes en el rostro.

—No querría entretenerlas —dijo Peeta, siguiéndolas con la mirada, absolutamente fascinado con su reacción.

Una vez que estuvieron en el pasillo, hicieron una serie de reverencias mal sincronizadas & se alejaron a paso ligero. En cuanto doblaron la esquina, las risitas de Lucy resonaron por todo el pasillo, & después se oyó a Anne haciéndola callar.

—Menudo grupito de doncellas tienes —observó Peeta, entrando en la habitación & escrutándola con la mirada.

—Se encargan de que siempre esté a punto —respondí, con una sonrisa.

—Es evidente que te tienen afecto. Eso es difícil de encontrar. —Dejó de observar la habitación & me miró a la cara

— No me imaginaba así tu habitación. — Levanté un brazo & lo dejé caer.

—En realidad no es mi habitación, ¿no? Te pertenece a ti; yo solo la ocupo. — Él hizo una mueca.

—Te habrán dicho que puedes hacer cambios, ¿no? Si quieres otra cama, o que la pinten de otro color…

—Una capa de pintura no la haría mía —dije, encogiéndome de hombros—. Las chicas como yo no viven en casas con suelos de mármol —bromeé. Peeta sonrió.

— ¿Cómo es tu habitación, en casa de tus padres?

—Humm… ¿Para qué has venido exactamente?

— ¡Oh! Es que he tenido una idea.

— ¿Sobre qué?

—Bueno —empezó, poniéndose a caminar por la habitación—, he pensado que, ya que tú & yo no tenemos la típica relación que sí tengo con las otras chicas, quizá deberíamos compartir… medios de comunicación alternativos. —Se detuvo frente a mi espejo & miró las fotografías de mi familia

— Tu hermana es idéntica a ti —observó, divertido. Me acerqué.

—Nos lo dicen mucho. ¿Qué es eso de los medios de comunicación alternativos? — Peeta acabó de repasar las fotos & se acercó al piano, al fondo de la habitación.

—Dado que se supone que tienes que ayudarme, ser mi amiga & todo eso —prosiguió, mirándome a los ojos—, quizá no deberíamos confiar en las notas de siempre a través de las doncellas & en las invitaciones formales para vernos. Estaba pensando en algo menos ceremonioso. —Cogió una de las partituras que había encima del piano—. ¿Las has traído tú?

—No, esas estaban aquí. Si quiero tocar algo que me apetezca de verdad, me lo sé de memoria.

—Impresionante —dijo, levantando las cejas, & retrocedió, acercándose a mí, sin completar su explicación.

— ¿Podrías dejar de curiosear & acabar de explicarme tu idea, por favor? — Peeta suspiró.

—Bueno. Lo que había pensado es que tú & yo podríamos tener una señal, o algo así, algún modo de decirnos que necesitamos hablar sin que nadie más lo sepa. ¿Qué tal frotarnos la nariz? —Y se pasó un dedo adelante & atrás justo por encima del labio.

—Parecerá que estás resfriado. No queda muy bonito. — Se me quedó mirando, algo sorprendido, & asintió.

—Muy bien. ¿Qué tal si nos pasamos los dedos por entre el cabello? — Sacudí la cabeza casi al instante.

—Yo casi siempre llevo el pelo recogido con horquillas. Es prácticamente imposible que pueda pasarme los dedos por en medio. Además, ¿qué pasará si llevas la corona puesta? Se te caería al suelo. — Levantó el dedo & me señaló con él, considerando mi respuesta.

—Muy bien pensado. Humm… — Pasó a mi lado, concentrado, & se detuvo cerca de la mesilla de noche.

— ¿Qué tal si te tiras suavemente de la oreja?

—Me gusta —respondí, después de pensármelo un momento

— Es lo bastante sencillo como para que se pase por alto, pero no tan frecuente como para que podamos confundirlo con cualquier otra cosa. Nos quedamos con lo del tirón de la oreja. — Peeta estaba mirando algo fijamente, pero se giró & me sonrió.

—Me alegro de que estés de acuerdo. La próxima vez que quieras verme, tírate con suavidad del lóbulo & yo vendré en cuanto pueda. Probablemente después de la cena —concluyó, encogiéndose de hombros.

Antes de que pudiera preguntarle cómo tenía que acudir yo si él me llamaba, Peeta atravesó la habitación con mi frasco en la mano.

— ¿Qué diantres es esto? — Suspiré.

—Me temo que es algo imposible de explicar….

Llegó el primer viernes, & con él nuestro debut en el Illéa Capital Report. Era algo a lo que estábamos obligadas, pero al menos esa semana lo único que debíamos hacer era estar sentadas. Con la diferencia horaria saldríamos en antena a las cinco, estaríamos allí sentadas una hora & luego podríamos ir a cenar. Anne, Mary & Lucy se esmeraron especialmente en vestirme.

El vestido era de un azul intenso que se acercaba al morado. Me ajustaba por la cadera & luego se abría en unas suaves ondas satinadas por detrás. No podía creerme que pudiera tocar siquiera algo tan bonito. Mis doncellas me abrocharon botón tras botón por la espalda, me pusieron horquillas con perlas en el cabello, unos minúsculos pendientes con perlas & un collar con un cordoncito tan fino & más perlas tan separadas que parecían flotar sobre mi piel.

Miré al espejo. Seguía siendo yo. Era la versión más bonita de mí misma que había visto nunca, pero reconocía aquella cara. Desde que habían seleccionado mi nombre, mi gran temor era convertirme en una persona irreconocible —cubierta en capas de maquillaje & tan cargada de joyas que tuviera que escarbar durante semanas para encontrarme de nuevo—. Pero de momento seguía siendo Katniss.

Y, como era habitual en mí, me encontré cubierta de una pátina de sudor en el momento en que me dirigía a la sala donde grababan los mensajes de palacio. Nos dijeron que llegáramos diez minutos antes de la hora. En mi caso, diez minutos significaban más bien quince. En el caso de Glimmer, más bien significaban tres. Así que el grupo fue llegando a trompicones.

Había un enjambre de personas revoloteando a nuestro alrededor, dando los últimos toques al plató —en el que habían instalado unas gradas con asientos para las seleccionadas—. Los presentadores, que reconocía de haber visto el Report durante años, estaban ahí, leyendo sus guiones & ajustándose las corbatas. Algunas de las seleccionadas se examinaban en los espejos & se alisaban sus vistosos vestidos con la mano. La actividad era frenética.

Me giré & pillé a Peeta en un momento íntimo. Su madre, la bella reina Amberly, le estaba colocando unos cabellos rebeldes en su sitio. Él se alisó la chaqueta & le dijo algo. Ella asintió & Peeta sonrió. Habría seguido mirándolos un rato, pero apareció Effie y, con su habitual dinamismo, me llevó a mi sitio.

—Suba a la fila superior, Lady Katniss —me ordenó—. Puede sentarse donde quiera. Es que la mayoría de las chicas han solicitado la fila de delante. —Me lo dijo con voz apenada, como si me estuviera dando una mala noticia.

—Oh, gracias —respondí, & me fui tan contenta a sentarme en la fila de atrás.

No me hacía gracia la idea de subir aquellos escalones tan pequeños con un vestido tan ajustado & aquellos zapatos de tiras. (¿De verdad eran necesarios? ¡Nadie iba a verme los pies!) Pero lo conseguí. Vi entrar a Johanna, que me sonrió & me saludó, & se vino a sentar a mi lado. Para mí significaba mucho que hubiera escogido un lugar a mi lado en lugar de situarse en la segunda fila. Era una amiga fiel. Sería una gran reina. Su vestido era de un amarillo intenso. Con su cabello castaño & su piel hermosamente bronceada, parecía irradiar luz.

—Johanna, me encanta tu vestido. ¡Estás fantástica!

—Oh, gracias. —Se ruborizó un poco—. Tenía miedo de que fuera algo excesivo.

— ¡En absoluto! Créeme, te queda perfecto.

—Quería hablar contigo, pero habías desaparecido. ¿Crees que podríamos hablar mañana? —me preguntó, en un susurro.

—Claro. En la Sala de las Mujeres, ¿verdad? Es sábado —respondí usando el mismo tono.

—De acuerdo —respondió, excitada. Justo delante de nosotras estaba Amy, que se giró:

—Tengo la sensación de que se me salen las horquillas. ¿Podéis echarles un vistazo, chicas? — Sin decir palabra, Johanna metió sus finos dedos entre los rizos de Amy & tanteó en busca de horquillas sueltas.

— ¿Mejor? — Amy suspiró.

—Sí, gracias.

—Katniss, ¿tengo pintalabios en los dientes? —me preguntó Zoe.

Me giré a la izquierda & me la encontré con una sonrisa forzada, mostrándome unos dientes de un blanco perla.

—No, estás bien —respondí, comprobando por el rabillo del ojo que Johanna asentía en señal de confirmación.

—Gracias. ¿Cómo puede estar tan tranquilo? —preguntó Zoe, señalando a Peeta, que estaba hablando con un miembro del equipo. Entonces se inclinó hacia delante, metió la cabeza entre las piernas & se puso a hacer ejercicios de respiración controlada.

Johanna & yo nos miramos, desconcertadas, e intentamos no reírnos. Era difícil si seguíamos mirándola, así que echamos un vistazo a la sala & charlamos sobre lo que llevaban puestas las demás. Varias de las chicas llevaban vestidos de un rojo seductor & de alegres tonos verdes, pero ninguna iba de azul. Olivia se había atrevido a vestirse de naranja. Yo, desde luego, no sabía mucho sobre moda, pero Johanna & yo coincidimos en que alguien tendría que haberla advertido. Aquel color le daba a su piel un tono verdoso.

Dos minutos antes de que encendieran las cámaras nos dimos cuenta de que no era el vestido lo que le daba aquel color verde. Olivia vomitó estentóreamente en la papelera más cercana & cayó al suelo. Effie acudió al momento & aparecieron varias personas para limpiarle el sudor & ayudarla a sentarse. La situaron en la fila de atrás, con un pequeño recipiente a sus pies, por si acaso. Bariel estaba sentada justo delante de ella. No oí lo que le dijo desde mi posición, pero daba la impresión de que aquella chica estaba dispuesta a lanzarse sobre la pobre Olivia si volvía a tener vómitos cerca de ella.

Supuse que Peeta había visto u oído parte de la escena, & miré en su dirección para ver si reaccionaba de algún modo. Pero él no estaba mirando hacia el lugar del suceso; me observaba a mí. Rápidamente «tanto que cualquier otra persona habría pensado que se estaba rascando» Peeta levantó la mano & se tiró de la oreja. Yo repetí la acción, & ambos nos giramos. Estaba nerviosa pensando que aquella noche, tras la cena, se pasaría por mi habitación.

De pronto sonó el himno & vi el escudo nacional en unas pequeñas pantallas repartidas por la sala. Levanté la cabeza & erguí el cuerpo. Lo único en lo que podía pensar era en que mi familia iba a verme aquella noche, & quería que estuvieran orgullosos de mí.

El rey Clarkson estaba en el estrado hablando del «breve e infructuoso» ataque al palacio. Yo no lo habría llamado infructuoso, ya que consiguió asustarnos a casi todos. Fueron dando las noticias una tras otra. Intenté prestar atención a todo lo que se decía, pero me costaba. Estaba acostumbrada a ver todo aquello desde la comodidad de mi sofá, con un cuenco de palomitas & entre los comentarios de mi familia.

Muchas de las noticias tenían que ver con los rebeldes, a los que se culpaba de diversos actos sin dejar margen de duda. Las obras de las carreteras que se estaban construyendo en Sumner iban con retraso a causa de los rebeldes, & el número de policías locales en Atlin había disminuido porque se había enviado un grupo de refuerzo para contener los disturbios provocados por los rebeldes en Saint George. Yo no tenía ni idea de que hubiera sucedido ninguna de aquellas dos cosas. Entre todo lo que había visto & oído durante mi infancia & lo que había aprendido desde mi llegada al palacio, empecé a preguntarme cuánto sabíamos exactamente sobre los rebeldes. Quizás estuviera equivocada, pero no me parecía que se les pudiera culpar de todo lo que ocurría en Illéa.

Y de pronto, como si hubiera salido de la nada, apareció Caesar en el plató, presentado por el coordinador de Eventos.

—Buenas noches a todos. Hoy tengo un anuncio especial que hacer. Se cumple una semana de Selección & ocho señoritas ya se han vuelto a casa, dejando atrás a veintisiete bellas jóvenes entre las que tendrá que escoger el príncipe Peeta. La semana que viene, pase lo que pase, dedicaremos la mayor parte del Illéa Capital Report a conocer a estas asombrosas jóvenes.

Sentí el sudor en las sienes. Estar ahí sentada & poner buena cara…, eso podía hacerlo, pero ¿responder preguntas? Sabía que no iba a ganar aquel jueguecito; aquella no era la cuestión. Sin embargo, desde luego, no quería quedar como una tonta delante de todo el país.

—Antes de pasar a las señoritas, hablemos un momento con el hombre de moda. ¿Cómo está, príncipe Peeta? —dijo Caesar, cruzando el plató.

Aquello era una emboscada. Peeta no tenía micrófono ni se había preparado la respuesta. Justo entonces crucé una mirada con él & le guiñé el ojo. Aquella tontería bastó para que sonriera.

—Estoy muy bien, Caesar, gracias.

— ¿Está disfrutando de la compañía hasta el momento?

— ¡Sí, claro! Ha sido un placer conocer a estas señoritas.

— ¿Son todas ellas tan dulces & amables como parecen? —preguntó Caesar. & antes de que Peeta respondiera, la respuesta me hizo sonreír. Porque sabía que sería un sí…, más o menos.

—Hummm… —Peeta miró más allá de Caesar, en mi dirección—. Casi.

— ¿Casi? —preguntó Caesar, sorprendido. & se giró hacia nosotras—. ¿Alguna de ellas ha hecho alguna travesura?

Por fortuna, todas las chicas soltaron unas risitas, de modo que yo me uní a ellas. ¡El muy traidor!

— ¿Qué es lo que han hecho exactamente estas chicas para portarse mal? —insistió Caesar.

—Bueno, te diré. —Peeta cruzó las piernas & se puso cómodo. Probablemente era la vez que más relajado lo veía, ahí sentado, divirtiéndose a mi costa. Me gustaba esa faceta suya. Me habría gustado verla más a menudo

—Una de ellas tuvo el valor de gritarme bastante la primera vez que nos vimos. ¡Me gané una dura regañina!

Por detrás de Peeta, el rey & la reina intercambiaron una mirada. Daba la impresión de que era la primera vez que oían aquella historia. A mi lado, las chicas se miraban unas a otras, asombradas. No lo entendí hasta que Johanna dijo algo.

—Yo no recuerdo que nadie le gritara en el Gran Salón, ¿no? — Peeta parecía haber olvidado que nuestro primer encuentro debía permanecer en secreto.

—Supongo que está diciendo eso para gastar una broma— le conteste — Aunque yo le dije algunas cosas muy en serio, puede que se refiera a mí. — Termine susurrando.

— ¿Una regañina, dice? ¿Por qué? —prosiguió Caesar.

—La verdad es que no estoy muy seguro. Creo que fue un arranque de nostalgia, motivo por el que se lo perdoné, por supuesto —dijo Peeta. Se le veía muy suelto, hablando con Caesar como si fuera la única persona de la sala. Se me ocurrió que tendría que decirle más tarde lo bien que lo había hecho.

— ¿Así que es una de las chicas que sigue entre nosotros? —Caesar miró en nuestra dirección con una gran sonrisa en el rostro, & luego volvió a mirar a su príncipe.

—Oh, sí, continúa aquí —respondió Peeta, sin apartar la mirada de Caesar—. & espero que nos acompañe un tiempo... —agrego sin apartar la mirada de mí.


Aquí terminamos por hoy! Si llegan a encontrar cualquier inconsistencia ya sea en la ortografía o en la historia (nombres de personajes mal colocados o que olvide cambiar, etc!) les agradecería que me lo hicieran saber para corregirlos a la brevedad.