Disclaimer:Algunos de los personajes pertenecen a Suzanne Collins, el resto & la historia "The Selection" pertenece a Kiera Cass, esta es una adaptación sin fines de lucro, todo es meramente por entretenimiento.
CAPÍTULO 7
La cena fue decepcionante. Me propuse decirles a mis doncellas que la semana siguiente me dejaran algo de espacio en el vestido para poder comer. Ya en la habitación, Anne, Mary & Lucy querían ayudarme a desvestirme, pero les expliqué que aún no, que tenían que esperar un poco. Anne fue la primera en imaginarse el motivo —que Peeta iba a venir a verme—, pues yo siempre estaba deseando quitarme aquellas ropas tan apretadas.
— ¿Quiere que nos quedemos hasta más tarde? Por nosotras no hay problema —se ofreció Mary, quizás ilusionada ante la perspectiva.
Tras el alboroto provocado con la anterior visita de Peeta, decidí hacer que se fueran lo antes posible. Además, no podía soportar la idea de tenerlas allí, mirándome, hasta que él llegara.
—No, no, estoy bien. Si tengo algún problema con el vestido más tarde, ya llamaré.
Se fueron a regañadientes & me dejaron esperando a Peeta. Yo no sabía cuánto tardaría, & no quería empezar un libro & tener que dejarlo a medias, o sentarme en el piano & que me diera un sobresalto. Acabé por echarme en la cama, esperando. Dejé vagar la mente, pensé en Johanna & su amabilidad. Me di cuenta de que, salvo por algunos detalles, sabía muy poco de ella. Sin embargo, tenía la certeza de que su modo de actuar conmigo era sincero; luego pensé en las chicas que no lo eran en absoluto. Me pregunté si Peeta distinguiría a unas de las otras.
La experiencia que tenía Peeta con las mujeres daba la impresión de ser enorme & muy reducida a la vez. Era todo un caballero, pero cuando llegaba a las distancias cortas se venía abajo. Daba la impresión de que sabía cómo tratar a una dama, pero no si era la chica con la que tenía que salir. Todo lo contrario que Gale.
Gale…
Su nombre, su rostro & su recuerdo me golpearon de repente. Gale. ¿Qué sería de él en aquel momento? En Carolina estaría a punto de empezar el toque de queda. Aún estaría trabajando, si es que tenía trabajo. O quizás estuviera con Mags, o con quienquiera con que hubiera decidido salir después de romper conmigo. Una parte de mí se moría por saberlo…, pero otra se entristecía con solo pensar en ello.
Miré mi frasco. Lo cogí & vi cómo se deslizaba el céntimo por la pared de vidrio, tan solo en el mundo.
—Como yo —murmuré—. Como yo.
¿Era una tonta por guardar aquello? Le había devuelto todo lo demás, así que… ¿de qué servía conservar un céntimo? ¿Era eso lo único que me iba a quedar? ¿Un céntimo en un frasco, para que pudiera enseñárselo a mi hija un día & hablarle de mi primer novio, del que nadie supo nada? No tuve tiempo de regodearme con mis preocupaciones. Solo unos minutos más tardes Peeta llamó a la puerta con decisión & fui corriendo hacia allí. Abrí la puerta con gran ímpetu. Peeta se me quedo viendo sorprendido.
— ¿Dónde están tus doncellas? —preguntó, mirando al interior de la habitación.
—No están. Les mando que se vayan cuando vuelvo de la cena.
— ¿Cada día?
—Sí, claro. Puedo quitarme la ropa sola, gracias. — Peeta levantó las cejas & sonrió. Yo me ruboricé. No pretendía decirlo de aquel modo.
—Coge algo de abrigo. Fuera hace fresco.
Recorrimos el pasillo. Aún estaba algo ausente, perdida en mis pensamientos, & ya sabía que Peeta no era un experto en iniciar conversaciones. Eso sí, le pasé la mano por el brazo inmediatamente. Me gustaba que se hubiera creado cierta familiaridad entre nosotros.
—Si insistes en no tener doncellas cerca, voy a tener que ponerte un guardia en la puerta —dijo.
— ¡No! No quiero que me vigilen como a una niña. — Él chasqueó la lengua.
—Estaría fuera de la puerta. Ni siquiera te enterarías de que está ahí.
—Sí que me enteraría. Sentiría su presencia.
Peeta soltó un suspiro en señal de agotamiento, pero sonreía. Yo estaba tan enfrascada en la discusión que no oí los susurros hasta que prácticamente las tuve delante: Glimmer, Emmica & Tiny se cruzaron con nosotros en dirección a sus habitaciones.
—Señoritas —saludó Peeta, con una leve inclinación de la cabeza.
Quizás había sido una ingenua pensando que nadie nos vería. Sentí un calor que se me subía a la cabeza, pero no sabía muy bien por qué. Todas las chicas hicieron una reverencia & siguieron adelante. Miré por encima del hombre mientras nos dirigíamos a las escaleras. Emmica & Tiny parecían curiosas. Al cabo de unos minutos ya se lo habrían contado a las demás. Al día siguiente seguro que se me echaban todas encima; en cambio Glimmer me atravesó con la mirada. No cabía duda de que se lo iba a tomar como una guerra personal. Me giré & dije lo primero que se me pasó por la cabeza.
—Ya vez, te dije que las chicas que se pusieron tan nerviosas durante el ataque acabarían quedándose.
No sabía exactamente quiénes habían pedido marcharse, pero, según los rumores, Tiny era una de ellas. Se había desmayado. Alguien había señalado a Bariel, pero sabía que eso era mentira. Antes habría que arrancarle la corona de las manos.
—No te puedes imaginar qué alivio —repuso él. Parecía sincero.
Tardé un momento en saber qué responder, como si aquello no fuera exactamente lo que me esperaba, & además estaba muy concentrada en no caerme. No sabía muy bien cómo bajar escaleras cogida del brazo de alguien. Los tacones no ayudaban nada. Por lo menos, si me resbalaba, alguien me agarraría.
—Yo diría que habría resultado útil —dije, cuando llegamos al primer piso & recuperé la estabilidad
—Quiero decir que tiene que ser complicado escoger a una chica de entre tantas. Si las circunstancias eliminaran a algunas de la criba, ¿no haría eso más fácil la elección? — Peeta se encogió de hombros.
—Supongo que sí. Pero yo no lo vi así, te lo aseguro. —De algún modo, parecía dolido—. Buenas noches, caballeros —saludó a los guardas, que abrieron las puertas del jardín sin vacilar.
Quizá tuviera que replantearme la oferta de Peeta de decirles que me gustaba salir. La idea de poder escapar con aquella facilidad resultaba de lo más atractiva.
—No lo entiendo —dijo, mientras me conducía a un banco (a nuestro banco) & me hacía sentar de cara a las luces del palacio.
Él se sentó con el cuerpo orientado en dirección contraria, de modo que estábamos prácticamente encarados. Así era fácil hablar. No parecía muy seguro de compartir sus pensamientos, pero tomó aire & habló:
—A lo mejor he pecado de orgulloso, pero se me ha ocurrido pensar que quizá valga la pena correr algún riesgo para estar conmigo. No es que se lo desee a nadie, claro —precisó—. No quiero decir eso. Pero… no sé. ¿Es que acaso no veis todas, el riesgo que corro yo con esto?
—Hmmm, no. Tú tienes aquí a tu familia para pedirle consejo, & todas nosotras vivimos siguiendo tus horarios. En tu vida no ha cambiado nada, & la nuestra cambia constantemente de la noche a la mañana. ¿Qué riesgo podrías estar corriendo? — Peeta parecía estupefacto.
—Katniss, yo tendré a mi familia, pero imagínate lo embarazoso que puede ser tener a tus padres observándote mientras tú intentas empezar a salir con una chica. & no solo a tus padres: ¡todo el país! Peor aún, ni siquiera se trata de salir con alguien de un modo normal. ¿Y lo de vivir siguiendo mis horarios? Cuando no estoy con vosotras, estoy organizando a las tropas, legislando, ajustando presupuestos…, & últimamente eso lo hago solo, mientras mi padre observa cómo voy dando palos de ciego, como un tonto, porque no tengo su experiencia, & cuando hago algo diferente de cómo lo haría él, algo que parece inevitable, él me corrige & todo eso con la mente puesta en vosotras, que sois lo único en lo que puedo pensar: ¡Me tenéis emocionado pero a la vez aterrado!
Movía las manos al hablar, más que nunca, agitándolas & pasándoselas por el pelo.
— ¿Y tú crees que mi vida no está cambiando? ¿Qué oportunidades crees que tengo de encontrar a mi alma gemela entre vuestro grupo? Tendré suerte si encuentro a alguien capaz de soportarme toda la vida. ¿Y si es una de las que ya he enviado a casa pensando que debía de haber una química que no sentía? ¿Y si resulta que la elegida me deja a la primera adversidad? ¿Y si no aparece la persona ideal? ¿Qué hago entonces, Katniss?
Había empezado a hablar con rabia & con pasión, pero al final sus preguntas habían perdido toda su retórica. En realidad lo que quería saber era una sola cosa: ¿qué iba a hacer si entre las chicas no había ninguna que pudiera llegar a despertar en él, aunque solo fuera, el amor más pequeño? Aunque parecía que su principal preocupación no era esa; lo que más le preocupaba era que ninguna pudiera llegar a quererle.
—En realidad, Peeta, creo que sí encontrarás aquí a tu alma gemela. De verdad.
— ¿De verdad? —En contra de lo que pensaba, reaccionó con cierta esperanza.
—Seguro. —Le puse una mano en el hombro. Daba la impresión de que aquel simple contacto le reconfortaba. Me pregunté cuántas veces habría sentido ese simple contacto humano
— Si tu vida es tan caótica como dices, tendrá que estar en algún sitio. Por lo que yo sé, el amor verdadero suele aparecer siempre donde menos te lo esperas —dije, esbozando una sonrisa.
Aquellas palabras parecieron tener un efecto positivo en él, & a mí también me consolaban. Porque creía en lo que decía. & si no podía encontrar el amor, lo mejor que podía hacer era ayudar a Peeta a encontrar el suyo.
—Espero que te vaya bien con Johanna. Es encantadora. — Peeta hizo una mueca rara.
—Sí, lo parece.
— ¿Cómo? ¿Tiene algo de malo ser encantadora?
—No, no. Está bien —dijo, sin ir más allá—. ¿Qué es lo que andas buscando? —me preguntó de pronto.
— ¿Cómo?
—Da la impresión de que no puedes mantener la mirada fija en un punto. Me escuchas, pero parece como si estuvieras buscando algo.
Me di cuenta de que tenía razón. Todo el tiempo que había durado su exposición, había estado escrutando el jardín & las ventanas, e incluso las torretas de la muralla. Me estaba volviendo paranoica.
—La gente…, las cámaras… —me excusé, negando con la cabeza & fijando la vista en la oscuridad.
—Estamos solos. Solo está el guardia junto a la puerta —me aseguró, señalando a la solitaria figura a la luz del farol, junto al palacio.
Tenía razón: no nos habían seguido; en todas las ventanas había luz, pero no parecía haber nadie. Me tranquilizó que me lo confirmara. Sentí que mi cuerpo adoptaba una postura algo más relajada.
—No te gusta que te mire la gente, ¿eh? —preguntó.
—En realidad no. Prefiero pasar desapercibida. Es a lo que estoy acostumbrada, ¿sabes? —dije, siguiendo con la vista los surcos tallados en el bloque de piedra que tenía bajo los pies para evitar su mirada.
—Tendrás que acostumbrarte. Cuando salgas de aquí, la gente te mirará el resto de tu vida. Mi madre aún tiene contacto con algunas de las mujeres con las que estuvo durante la Selección. A todas se las considera mujeres importantes. Aún hoy.
— ¡Genial! —refunfuñé—. Una cosa más que me animará cuando vuelva a casa.
Peeta se disculpó con la mirada, pero yo tuve que apartar la vista. Me acababa de recordar lo mucho que me iba a costar aquella estúpida competición, que nunca recuperaría lo que era para mí una vida normal. No me parecía justo… Sin embargo, me lo pensé mejor. No debía culpar a Peeta; en aquella situación, él era tan víctima como el resto de nosotras, aunque de un modo muy diferente. Suspiré & volví a mirarle. Por su expresión, supe que había tomado una decisión.
—Katniss, ¿puedo preguntarte algo personal?
—Quizá —respondí, a la defensiva. Él me miró, sonriente.
—Es que…, bueno, está claro que esto no te gusta. Odias las normas, la competición, & el tener siempre a alguien encima, también la ropa, & la…, bueno, no, la comida si te gusta. —Sonrió. Yo también—. Echas mucho de menos tu casa & a tu familia…, aunque sospecho que también a alguien más. Tus sentimientos están a flor de piel.
—Sí, lo sé —concedí, levantando la vista al cielo.
—Pero prefieres sufrir la nostalgia & pasarlo mal «aquí» en lugar de volver a casa. ¿Por qué? —Sentí que se me hacía un nudo en la garganta, pero tragué saliva.
—No lo paso mal…, & tú sabes por qué.
—Bueno, a veces parece que estás bien. Cuando hablas con alguna de las chicas te veo sonreír, & pareces estar muy a gusto durante las comidas, eso sí. Pero hay otras ocasiones en las que se te ve muy triste. ¿No quieres contarme por qué? ¿Toda la historia?
—No es más que otra historia de amor fracasada. Nada espectacular ni interesante, de verdad —respondí, pero lo que pensé fue otra cosa: «Por favor, no me presiones. No quiero llorar».
—Sea como sea, me gustaría conocer alguna otra historia de amor de verdad, aparte de la de mis padres, una que se haya desarrollado fuera de estos muros & de estas normas… Por favor.
Lo cierto era que había cargado con el secreto durante tanto tiempo que no podía imaginarme contarlo en voz alta, además me dolía muchísimo pensar en Gale. ¿Podría siquiera pronunciar su nombre? Respiré hondo. Peeta era mi amigo. Hacía todo lo posible para que me sintiera bien. & había sido tan sincero conmigo…
—Ahí fuera —dije, señalando al otro lado de las murallas— las castas se cuidan unas a otras. A veces. Por ejemplo, mi padre tiene tres familias que le compran al menos un cuadro cada año, & yo tengo familias que siempre me llaman para que cante en sus fiestas de Navidad. Son como nuestros patrones, ¿entiendes?— Tome un respiro & continué
—Bueno, pues nosotros somos como patrones de su familia. Ellos son Seises. Cuando podemos permitirnos contratar a alguien para que limpie, o si necesitamos ayuda con el inventario, siempre llamamos a su madre. A él lo conocí cuando éramos niños, aunque él es mayor que yo, de la edad de mi hermano. Eran un poco brutos jugando, así que no solía ir con ellos. — recordar todo era cada segundo mas difícil
—Mi hermano mayor, Kota, es un artista, como mi padre. Hace unos años vendió una escultura de metal en la que llevaba trabajando años por una cantidad enorme de dinero. Puede que hayas oído hablar de él.
—Kota Everdeen —dijo Peeta.
Pasaron algunos segundos, & de pronto vi que establecía la conexión cerebral. Me aparté el cabello de los hombros & crucé los brazos.
—Estábamos todos muy contentos por Kota; había trabajado enormemente en esa pieza. & en aquella época necesitábamos mucho el dinero, así que toda la familia estaba encantada. Pero Kota se quedó casi todo el dinero. Aquella escultura lo catapultó a la fama; la gente empezó a pedirle obras constantemente. Ahora tiene una lista de espera interminable & cobra precios astronómicos, porque puede. Creo que se ha vuelto adicto a la fama. Los Cincos raramente destacamos tanto.
Nuestras miradas se cruzaron por un momento, & yo sabía que, a sus ojos, ya no podría pasar desapercibida nunca más.
—En cualquier caso, en cuanto empezó a recibir pedidos, Kota decidió alejarse de la familia. Mi hermana mayor se acababa de casar, así que perdimos los ingresos que nos reportaba. & justo cuando Kota empieza a ganar dinero de verdad, va & nos deja. —Apoyé las manos en el pecho de Peeta para subrayar la importancia de aquello—. Eso no se hace. Uno no deja a su familia así como así. Mantenerse unidos… es el único modo de sobrevivir.
En su mirada vi que me entendía.
— ¿Se lo quedó todo él? ¿Quiso usar el dinero para ascender de casta? — Asentí.
—Se ha propuesto llegar a ser un Dos. Si le bastara con ser un Tres o un Cuatro, podía haber comprado el título & ayudarnos, pero está obsesionado. En realidad es estúpido. Vive muy cómodamente, pero lo que quiere es esa estúpida etiqueta. No parará hasta que la consiga. — Peeta sacudió la cabeza.
—Podría tardar toda la vida.
—Mientras consiga que en su lápida pongan que era un Dos, supongo que no le importa.
—Imagino que ya no tenéis tanto contacto…
—Ahora no —suspiré—. Al principio pensaba que se me había pasado algo por alto. Tal vez lo que estaba haciendo Kota era independizarse, no separarse de nosotros. Al principio, estaba de su lado. Así que, cuando consiguió su apartamento & su estudio, fui a ayudarle. Él llamó a la misma familia de Seises a la que siempre recurríamos; el hijo mayor estaba disponible & encantado de trabajar con Kota unos días, ayudándole a instalarse. — Hice una pausa, recordando aquello.
—Así que ahí estaba yo, sacando cosas de las cajas…, & ahí estaba él. Nuestras miradas se cruzaron, & ya no me pareció tan mayor ni tan bruto. Hacía mucho que no nos habíamos visto. Ya no éramos críos. Todo aquel día íbamos tocándonos «accidentalmente» al mover las cosas de un lado al otro. Él me miraba & me sonreía, mientras yo me sentía viva por primera vez. Yo estaba…, estaba loca por él. — Por fin se me quebró la voz, & empezaron a salir las lágrimas que tanto tiempo había retenido.
—Vivíamos bastante cerca el uno del otro, así que a veces me iba de paseo solo para ver si me lo encontraba. Cuando su madre venía a ayudarnos, a veces él la acompañaba. & nos limitábamos a mirarnos: era todo lo que podíamos hacer. —Se me escapó un sollozo imperceptible—. Él es un Seis, & yo una Cinco, & hay leyes… ¡Además mi madre! Ella se habría puesto furiosa. No podía saberlo nadie.
Las manos se me movían como espasmódicamente, con la tensión de haber mantenido aquel secreto durante tanto tiempo.
—Muy pronto empezaron a aparecer notas anónimas en mi ventana, que me decían lo guapa que era, o que cantaba como un ángel. & yo sabía que eran suyas. La noche de mi decimoquinto cumpleaños mi madre dio una fiesta; su familia estaba invitada. Él vino a mi encuentro en un rincón & me dio una felicitación; me dijo que la leyera cuando estuviera sola. Cuando por fin pude hacerlo, vi que no llevaba su nombre, ni siquiera un «Feliz cumpleaños». Solo decía: «Casa del árbol. Medianoche». — Peeta abrió bien los ojos.
— ¿Medianoche? Pero…
—Deberías saber que yo violo el toque de queda de Illéa con bastante frecuencia.
—Podías haber acabado en la cárcel, Katniss —exclamó, agitando la cabeza. Me encogí de hombros.
—En aquel momento, aquello no me pareció importante. La primera vez me sentí como si volara. Conocía su caligrafía por todas las otras notas, & me alegraba de haber sido lo suficientemente lista como para mantenerlo todo en secreto. & él, por su parte, había estado buscando un modo para que nos pudiéramos ver. No podía creerme que quisiera estar a solas conmigo.
—Aquella noche esperé en mi habitación, mirando hacia la casa del árbol del patio. Hacia la medianoche, vi que alguien trepaba & se metía dentro. Recuerdo que fui a cepillarme los dientes de nuevo, por si acaso. Me escabullí por la puerta de atrás & fui hasta el árbol. & ahí estaba él. No… podía creérmelo.
— No recuerdo cómo empezó, pero muy pronto los dos nos habíamos confesado nuestros sentimientos, & no lográbamos dejar de reír de lo contentos que estábamos de que nuestro sentimiento fuera correspondido. Ni siquiera podía pensar en lo que suponía violar el toque de queda o mentir a mis padres. Me daba igual ser una Cinco & que él fuera un Seis. No me preocupaba el futuro. Porque lo único que me importaba era que me quisiera… & me quería, Peeta, me quería…
Más lágrimas. Me eché una mano al pecho, sintiendo la ausencia de Gale como nunca antes. Hablar de ella la volvía más real. Ahora ya no podía hacer otra cosa más que acabar el relato.
—Nos vimos en secreto durante dos años. Éramos felices, pero a él siempre le preocupaba que tuviéramos que vernos a escondidas, así como no poder darme lo que consideraba que me merecía. Cuando nos enteramos de lo de la Selección, insistió en que me apuntara. — Peeta se quedó boquiabierto.
—Lo sé, lo sé, fue una tontería. Pero él se habría sentido culpable toda la vida si no lo intentaba. & yo pensaba, la verdad, que no me escogerían. ¿Cómo iban a elegirme? — Levanté las manos al aire & las dejé caer. Aún estaba anonadada por todo lo sucedido.
—Por su madre me enteré de que había estado ahorrando para casarse con una chica misteriosa. Me emocioné. Le preparé una cena sorpresa, pensando que así conseguiría que se me declarara. Estaba esperándolo. Pero cuando vio todo el dinero que me había gastado en la cena, se disgustó. Es muy orgulloso. Quería ser él quien me diera todos los caprichos, no al revés, & supongo que entonces vio que nunca podría hacerlo. Así que decidió romper conmigo… Una semana más tarde, hicieron público mi nombre como una de las seleccionadas. — Oí que Peeta murmuraba algo ininteligible.
—La última vez que lo vi fue en mi despedida —recordé, con la voz entrecortada—. Iba con otra chica.
— ¡¿Cómo?! —exclamó Peeta. Hundí la cara entre las manos.
—Lo que me saca de mis casillas es que sé que hay otras chicas que le van detrás, siempre las ha habido, & que ahora no tiene ningún motivo para decirles que no. Puede que incluso siga aún con aquella del día de mi despedida. No lo sé. & no puedo hacer nada al respecto. Pero la idea de volver a casa & encontrarme cara a cara con eso… No puedo, Peeta, no puedo…
Lloré & lloré, & él no me apremió para que dejara de hacerlo. Cuando por fin las lágrimas empezaron a desaparecer, proseguí:
—Peeta, espero que encuentres alguien que te haga sentir que no puedes vivir sin ella. De verdad. & espero que nunca experimentes lo que puede ser vivir sin esa persona, todo el esfuerzo que conlleva.
El rostro de Peeta era como un reflejo de mi propio dolor. Parecía completamente desolado. Es más, furioso.
—Lo siento, Katniss. Yo no… —Ladeó un poco la cabeza—. ¿Es buena ocasión para darte unas palmaditas en el hombro? — Su inseguridad me hizo sonreír.
—Sí. Es una ocasión perfecta. — Parecía igual de vacilante que el otro día, pero esta vez, en lugar de limitarse a darme unas palmaditas en el hombro, se acercó y, sin saber muy bien cómo, me abrazó.
—En realidad la única persona a la que he abrazado en mi vida es a mi madre. ¿Lo hago bien? —preguntó. — Me reí.
—Es difícil dar un abrazo & hacerlo mal. —Pasado un rato, añadí—: Sé lo que quieres decir. En realidad, yo tampoco suelo abrazar a nadie, salvo a mi familia.
Me sentí agotada tras aquel día tan largo, con aquel vestido, el Report, la cena & la charla. Era agradable sentir el abrazo de Peeta, e incluso sus palmaditas. No estaba tan perdido como parecía. Esperó pacientemente a que me calmara & entonces se separó & me miró a los ojos.
—Katniss, te prometo que te mantendré aquí todo lo que pueda. Sé que quieren que reduzca las opciones a tres chicas & que luego elija. Pero te juro que reduciré la elección a dos & que te mantendré hasta entonces. No te obligaré a marcharte hasta que no me resulte inevitable. O hasta que tú estés lista. Lo que llegue antes. — Asentí.
—Sé que nos acabamos de conocer, pero creo que eres maravillosa. & me duele verte herida. Si ese tipo estuviera aquí, yo…, yo… —Peeta se agitó, frustrado, & luego suspiró—. Lo siento muchísimo, Katniss.
Volvió a abrazarme, & apoyé la cabeza en su hombro. Sabía que Peeta cumpliría su promesa. Así que me dispuse a acomodarme en el último sitio en el que jamás habría pensado que hubiera podido encontrarme cómoda de verdad.
Cuando me desperté, a la mañana siguiente, me pesaban los párpados. En el momento en que me los frotaba para desentumecerlos, me alegré de haberle contado todo aquello a Peeta. Se me hacía raro que el palacio —aquella jaula de oro— fuera precisamente el lugar donde pudiera abrirme & comunicar todo lo que sentía.
La promesa de Peeta se había ido afianzando en mi interior, & ahora me sentía segura. Todo aquel proceso de eliminación que tenía que hacer, partiendo de treinta & cinco hasta dejar solo una, le llevaría semanas, o quizá meses. & tiempo era justo lo que yo necesitaba. No estaba segura de superar nunca lo de Gale. Había oído decir a mi madre que el primer amor es el que llevas contigo toda la vida. Aunque tal vez, con el paso de los días, antes o después conseguiría que no me afectara.
Mis doncellas no me preguntaron por mis ojos hinchados; se limitaron a disimular la hinchazón. No dijeron nada sobre mi cabello enmarañado; simplemente lo desenredaron & lo suavizaron. & eso me gustó. No era como en casa, donde todo el mundo se daba cuenta de cuándo estaba triste, aunque no hacían nada al respecto. Aquí tenía la sensación de que todos se preocupaban por mí & de lo que me pasaba. & respondían tratándome con sumo cuidado. A media mañana ya estaba lista para empezar el día.
Era sábado, así que no había rutinas ni horarios, pero era el día de la semana en el que todas teníamos que estar en la Sala de las Mujeres. El palacio recibía invitados los sábados, & se nos había advertido de que alguien podía querer conocernos. A mí aquello no me hacía demasiada gracia, pero por lo menos me dejaron ponerme mis vaqueros nuevos por primera vez. Por supuesto, nunca unos pantalones me habían quedado tan bien. Esperaba que, con la buena relación que tenía con Peeta, me permitiera quedármelos cuando me fuera.
Bajé despacio, algo cansada tras la noche anterior. Antes de llegar siquiera a la Sala de las Mujeres oí el murmullo de sus conversaciones y, cuando entré, Johanna me agarró & se me llevó hacia un par de sillas en la parte trasera de la sala.
— ¡Por fin! ¡Te estaba esperando! —exclamó.
—Lo siento, Johanna. Me acosté tarde & tenía sueño.
Ella se me quedó mirando, probablemente consciente del rastro de tristeza que quedaba en mi voz, pero decidida a dirigir la conversación hacia mis vaqueros.
— ¡Son fantásticos!
— ¿Verdad? Nunca me he puesto nada tan cómodo —dije, algo más animada. Había decidido volver a mi máxima de antes: Gale tenía prohibida la entrada en aquel lugar. Lo aparté de mi mente & me centré en mi segunda persona favorita del palacio—. Siento haberte hecho esperar. ¿De qué querías hablar?
Johanna dudó. Se mordió el labio & se sentó. No había nadie alrededor. Debía de ser un secreto.
—En realidad, ahora que lo pienso, quizá no debería decírtelo. A veces se me olvida que aquí estamos compitiendo las unas contra las otras. — Oh. Tenía secretos relacionados con Peeta. Eso me interesaba.
—Sé cómo te sientes, Johanna. Creo que podríamos ser muy buenas amigas. No puedo verte como una rival, ¿sabes?
—Sí. Eres un encanto. & a la gente le gustas. Quiero decir, que es muy posible que ganes… —dijo, algo desanimada. — Tuve que hacer un esfuerzo para no hacer una mueca o reírme al oír aquello.
—Johanna, ¿te puedo contar un secreto? —le pregunté, con voz suave & sincera. Esperaba que me creyera.
—Claro que sí, Katniss. Lo que sea.
—No sé quién ganará esto. En realidad, podría ser cualquiera de las que estamos en esta sala. Supongo que cada una piensa que puede ser ella misma, pero sé que, si no puedo ser yo, quiero que seas tú. Pareces generosa & justa. Creo que serías una gran princesa. De verdad. —De hecho, prácticamente todo aquello era verdad.
—Y yo creo que tú eres inteligente & un encanto —susurró ella—. También serías una princesa estupenda.
Incliné la cabeza. Le agradecía que tuviera tan alto concepto de mí. Pero me sentía algo incómoda cuando la gente me decía cosas así…, mamá, Primrose, Mary… Era difícil de creer que tanta gente pensara que yo pudiera ser una buena princesa. ¿Acaso era la única que veía mis defectos? No era una persona refinada. No sabía dar órdenes ni era muy organizada. Era egoísta & tenía un carácter terrible, & no me gustaba aparecer en público. & no era valiente. Había que ser valiente para ocupar aquel cargo. & de eso se trataba. No de un matrimonio, sino de un cargo.
—Pienso cosas así de muchas de las chicas —confesó—. Como si todas tuvieran alguna cualidad de la que yo careciera & que las hiciera mejores.
—De eso se trata, Johanna. Es probable que encontraras algo especial en cada una de las chicas de esta sala. Pero ¿quién sabe qué es lo que busca exactamente Peeta? — Ella meneó la cabeza.
—Pues no nos preocupemos de eso. Puedes contarme todo lo que quieras. Yo te guardaré los secretos si tú guardas los míos. Yo te apoyaré y, si tú quieres, tú me puedes apoyar a mí. Estará bien tener una amiga aquí dentro.
Ella sonrió; luego recorrió la sala con la mirada, asegurándose de que nadie nos oyera.
—Peeta & yo hemos tenido una cita —susurró.
— ¿De verdad? —pregunté. Sabía que mi reacción sonaba demasiado ilusionada, pero no pude evitarlo. Quería saber si había conseguido mostrarse algo menos tieso con ella, & si Johanna le había gustado.
—Envió una carta a una de mis doncellas preguntando si podía verme el jueves. —Sonreí mientras Johanna me iba contando aquello & pensé en que el día anterior había hecho lo mismo conmigo.
Peeta & yo habíamos decidido eliminar aquellas formalidades—. Yo le envié otra nota diciendo que sí, por supuesto. ¡Como si pudiera decirle que no! Él vino a buscarme & fuimos a dar un paseo por el palacio. Empezamos a hablar de cine, & resulta que hay muchas películas que nos gustan a los dos. Así que nos fuimos al sótano. ¿Has visto el cine que tienen allí?
—No. —De hecho, nunca había estado en ningún cine, & estaba impaciente por que me lo describiera.
— ¡Oh, pues es perfecto! Las butacas son anchas & se reclinan, e incluso puedes hacerte tus propias palomitas: tienen una máquina. ¡Peeta preparó unas cuantas para nosotros! Fue monísimo, Katniss. Midió mal el aceite & las primeras salieron quemadas. Llamó a alguien para que lo limpiara & tuvo que volver a hacerlas de nuevo.
Puse los ojos en blanco. Genial, Peeta, genial. Por lo menos a Johanna aquello le parecía encantador.
—Así que vimos la película, y, cuando llegamos a la parte romántica, hacia el final, ¡me cogió la mano! Yo pensaba que me desmayaba. Bueno, le había cogido del brazo durante el paseo, pero se supone que eso tienes que hacerlo. Pero eso de cogerme la mano… —Suspiró & se dejó caer contra el respaldo de la silla. Solté una risita. Johanna parecía entusiasmada. ¡Sí, sí, sí!
—No veo el momento de que vuelva a visitarme. ¡Es tan atractivo! ¿No te parece? — Me lo pensé un momento.
—Sí, es mono.
— ¡Venga ya, Katniss! ¿No te has fijado en esos ojos, & en esa voz…?
— ¡Salvo cuando se ríe! —Solo de recordar la carcajada de Peeta, me daba a mí la risa. Era graciosa, pero rara. Iba soltando aire entre risas, & luego hacía un ruido entrecortado al aspirar que era como otra carcajada en sí misma.
—Sí, vale. Tiene una risa un poco rara, pero es mono.
—Sí, claro, si te gusta oír el ruido de un ataque de asma al oído cada vez que le cuentas un chiste.
Johanna se partía de la risa.
—De acuerdo, vale —concedió, recuperando el aliento—. Pero seguro que tendrá algo que te guste.
Abrí la boca & la cerré dos o tres veces. Me sentí tentada de lanzar otro ataque contra Peeta, pero no quería que Johanna le encontrara nuevos defectos. Así que me lo pensé. ¿Qué tenía Peeta de atractivo?
—Bueno, cuando baja la guardia está bien. Quiero decir, cuando habla sin rebuscar las palabras o cuando lo pillas con la mirada perdida en algo, como si…, como si estuviera buscando la belleza en ello. — Johanna sonrió, & supe que ella también había notado aquello.
—& me gusta porque parece que se implica de verdad cuando te escucha, ¿sabes? Aunque tenga que dirigir un país & gestionar mil cosas… Es como si se olvidara de todo eso cuando está contigo. Se dedica de lleno a lo que tiene entre manos. Eso me gusta &… bueno, no se lo digas a nadie, pero sus brazos…, me gustan sus brazos.
Al final me ruboricé. Idiota… ¿Por qué no me había limitado a hablar de los detalles positivos sobre su personalidad? Por suerte, Johanna no tuvo ningún problema en hacer suyo el comentario.
— ¡Es verdad! Se le notan los brazos bajo esos trajes tan gruesos, ¿verdad? Debe de ser increíblemente fuerte —suspiró Johanna.
—Me pregunto por qué. Quiero decir… ¿por qué tendría que ser tan fuerte? Trabaja sentado tras una mesa. Es raro.
—A lo mejor le gusta hacer posturitas delante del espejo —propuso Johanna, haciendo una mueca & flexionando sus bracitos.
— ¡Ja, ja! Seguro que es eso. ¿A que no se lo preguntas?
— ¡Ni hablar!
Parecía ser que Johanna se lo había pasado estupendamente. Me pregunté por qué no me lo había mencionado Peeta la noche anterior. Por su reacción, daba la impresión de que no la había visto siquiera. ¿Sería por timidez?
Miré por la sala & vi que más de la mitad de las chicas parecían tensas o de mal humor. Janelle, Emmica & Zoe escuchaban atentamente algo que les estaba contando Bonnie. Esta sonreía & parecía animada, pero Janelle estaba nerviosa & preocupada, & Zoe se mordía las uñas. Emmica estaba hurgándose un granito justo por debajo de la oreja, con la cabeza en otra parte & con una expresión de cierto dolor en el rostro. A su lado, Glimmer & Anna, muy diferentes entre sí, mantenían una charla intensa. Como era típico en ella, Glimmer hablaba con petulancia. Johanna se dio cuenta de qué estaba mirando & me aclaró lo que sucedía.
—Las que están malhumoradas son las que no han salido aún con él. Me dijo que yo era su segunda cita del jueves. Parece que está intentando salir con todas.
— ¿De verdad? ¿Tú crees?
—Sí. Bueno, míranos a nosotras. Estamos bien, & es porque ha quedado con ambas a solas. Sabemos que le hemos gustado lo suficiente como para quedar con nosotras & no darnos la patada después. Se va sabiendo con quién ha salido & con quién no. Algunas están preocupadas al ver que se toma tanto tiempo, & piensan que quizá sea por desinterés, & que, cuando por fin quede con ellas, las echará.
¿Por qué no me había contado a mí todo eso? ¿No éramos amigos? Un amigo hablaría de esas cosas. Había quedado al menos con una docena de chicas, & las había elegido basándose en su sonrisa. Habíamos pasado mucho tiempo juntos la noche anterior, & se había limitado a verme llorar. ¿Qué amigo es el que se guarda esos secretos & hace que tú se lo cuentes todo?
Tuesday, que había estado escuchando a Camille con gesto tenso, se levantó de su asiento & paseó la mirada por la sala. Dio con Johanna & conmigo, en la esquina, & se acercó a paso ligero.
— ¿Qué habéis hecho vosotras en vuestras citas? —preguntó, sin más.
— ¡Hola, Tuesday! —la saludó Johanna alegremente.
— ¡Venga, va! —nos apremió, & se giró hacia mí—. Di, Katniss, cuenta.
—Ya te lo conté.
—No. ¡La de anoche! —Una doncella se acercó & nos ofreció té, que yo habría aceptado, pero Tuesday se la quitó de encima.
— ¿Cómo…?
—Tiny os vio juntos & nos lo ha contado —dijo Johanna, intentando justificar los nervios de Tuesday—. Eres la única que ha estado con él a solas dos veces. Muchas de las chicas que aún no han quedado con él se han quejado. Creen que es injusto. Pero no es culpa tuya que le gustes.
—Pero es completamente injusto —protestó Tuesday—. Yo aún no le he visto fuera de las comidas, ni siquiera de paso. ¿Qué es lo que hiciste mientras estabas con él?
—Nosotros…, eh…, volvimos al jardín. Sabe que me gusta estar al aire libre. & solo hablamos —dije, nerviosa, como si tuviera que defenderme.
Tuesday me miraba con tanto interés que aparté la mirada. & al hacerlo vi que unas cuantas chicas nos escuchaban desde las mesas cercanas.
— ¿Solo hablasteis? —preguntó, escéptica. Me encogí de hombros.
—Pues sí.
Tuesday soltó un resoplido & se fue hasta la mesa de Bonnie para pedirle, con bastante vehemencia, que esta volviera a contarle su historia. Yo, por mi parte, estaba estupefacta.
— ¿Estás bien, Katniss? —preguntó Johanna, haciendo que volviera a la realidad.
—Sí. ¿Por qué?
—Pareces contrariada —dijo ella, frunciendo el ceño, con preocupación.
—No. No estoy contrariada. Todo va bien.
De pronto, con un movimiento tan rápido que me lo habría perdido de no haber estado tan cerca, Anna Farmer —una Cuatro que se ganaba la vida trabajando la tierra— se puso en pie & le soltó una bofetada a Glimmer.
Varias de las chicas exclamaron de la impresión, yo entre ellas. Las que se lo habían perdido se giraron & preguntaron qué había pasado, en particular Tiny, cuya voz aguda atravesó el silencio reinante.
—Oh, Anna, no —exclamó Emmica, con un suspiro.
Al momento Anna entendió las consecuencias de lo que había hecho. La enviarían a casa; no podíamos agredir físicamente a ninguna otra de las seleccionadas. A Emmica se le escaparon las lágrimas, mientras Anna se sentaba de nuevo, absorta. Ambas eran chicas de campo & habían conectado desde el principio. Pensé en cómo me sentiría si Johanna tuviera que irse de pronto.
No había tenido un trato personal con Anna, pero siempre me había sorprendido su carácter efervescente. Sabía que no era una persona que pudiera querer hacer daño a nadie. Se había pasado gran parte del ataque de los rebeldes de rodillas, rezando.
Sin duda había caído en una provocación, pero no había nadie lo suficientemente cerca como para oír la conversación & testificar en su favor. Sería su palabra contra la de Glimmer. Además, por otra parte, todas las presentes podían constatar que la había golpeado. Quizás hasta apremiaran a Peeta para que enviara a Anna a casa, como ejemplo para las demás. Anna, con lágrimas en los ojos, tuvo que oír a Glimmer, que le susurró algo al oído & se apresuró a salir de la sala.
A la hora de la cena, Anna ya no estaba…
— ¿Quién fue el presidente de Estados Unidos durante la Tercera Guerra Mundial? —preguntó Effie.
Esa no me la sabía, & aparté la mirada, esperando que no me señalara. Afortunadamente, Amy levantó la mano & respondió.
—El presidente Wallis.
Estábamos de nuevo en el Gran Salón, empezando la semana con una clase de historia. Bueno, era más bien un examen. Esa era una de las materias en las que siempre daba la impresión de que los conocimientos que tenía la gente eran muy variados, en cuanto a la cantidad de datos & a la veracidad de la información. Mamá siempre nos había enseñado historia, ella misma, de viva voz. Teníamos libros & fichas para aprender lengua & matemáticas, pero en lo referente a la historia que componía nuestro pasado había muy poco de lo que pudiera estar segura al cien por cien.
—Correcto. El presidente Wallis era presidente antes de la invasión china & siguió dirigiendo Estados Unidos durante toda la guerra —confirmó Effie.
Me repetí el nombre: «Wallis, Wallis, Wallis». Quería memorizarlo para contárselo a Primrose & a Gerad cuando volviera a casa, pero estábamos aprendiendo tanto que era difícil recordarlo todo.
— ¿Cuál fue el motivo de la invasión? ¿Glimmer? — Glimmer sonrió.
—El dinero. Estados Unidos les debía un montón de dinero que no podía pagar.
—Excelente, Glimmer —respondió Effie, con una sonrisa de aprobación. ¿Cómo hacía Glimmer para engatusar a todo el mundo? Era irritante—. Cuando Estados Unidos se vio incapaz de pagar la enorme deuda, los chinos lanzaron la invasión. Por desgracia para ellos, así no recuperaron el dinero, ya que Estados Unidos estaba en la bancarrota. Eso sí, consiguieron mano de obra americana. & cuando invadieron Estados Unidos, ¿qué nombre pusieron los chinos al país?
Levanté la mano, pero no fui la única.
— ¿Jenna?
—Estados Americanos de China.
—Sí. Los Estados Americanos de China conservaron la misma imagen, pero no era más que una fachada. Los chinos tiraban de los hilos, haciendo valer su influencia en los grandes actos políticos & condicionando la aprobación de leyes en su favor.
Effie pasó por entre los pupitres a paso lento. Me sentía como un ratón a la vista del halcón que va trazando círculos cada vez más cerca. Eché un vistazo por la sala. Unas cuantas chicas parecían confundidas. Yo pensaba que aquello, en particular, lo sabía todo el mundo.
— ¿Alguien más tiene algo que añadir? —preguntó Effie.
—La invasión china hizo que varios países, en particular en Europa, se alinearan & establecieran alianzas —reaccionó Bariel.
—Sí —respondió Effie—. No obstante, los Estados Americanos de China no tenían tantos amigos en aquella época. Habían tardado cinco años en reagruparse, & aquello ya había sido suficiente trabajo; no habían tenido ocasión de establecer alianzas —explicó; puso cara de agotamiento para expresar la dureza de aquel proceso
— Los E. A. C. pensaban devolver el golpe a China, pero entonces se encontraron con que tenían que afrontar otra invasión. ¿Qué país intentó ocupar los E. A. C. entonces? — Esta vez se levantaron muchas manos.
—Rusia —respondió alguien, sin esperar a que le dieran la palabra. Effie se giró en busca de la infractora, pero no pudo localizar la fuente.
—Correcto —dijo, algo molesta—. Rusia intentó expandirse en ambas direcciones & fracasó miserablemente, pero su falta de éxito dio a los E. A. C. la ocasión de contraatacar. ¿Cómo? Bonnie levantó la mano & respondió:
—Toda Norteamérica se unió para combatir contra Rusia, ya que parecía evidente que tenía los ojos puestos más allá de los E. A. C. & combatir contra Rusia resultaba más fácil, ya que China también los estaba atacando por intentar invadir su territorio. — Effie sonrió, orgullosa.
—Bien. ¿& Quién encabezó el ataque contra Rusia? — Todas las voces se unieron en una respuesta:
— ¡Gregory Illéa! — Algunas de las chicas incluso aplaudieron. Effie asintió.
—& aquello llevó a la fundación del país. Los aliados que componían los E. A. C. hicieron un frente común, & la reputación de Estados Unidos estaba tan dañada que nadie quería volver a adoptar ese nombre. Así que se formó una nueva nación bajo el liderazgo de Gregory Illéa, & adoptó su nombre. Él salvó este país. — Emmica levantó la mano. Effie le dio la palabra.
—En cierto modo, somos un poco como él. Quiero decir, que tenemos ocasión de servir a nuestro país. Él era un simple ciudadano que donó su dinero & sus conocimientos. & lo cambió todo —dijo, efusiva.
—Ese es un bonito planteamiento —concedió Effie—. &, Al igual que él, una de vosotras alcanzará la realeza. En el caso de Gregory Illéa, se convirtió en rey por matrimonio con una familia real, & en el vuestro, será por matrimonio con esta. —Effie se había dejado llevar por la emoción, de modo que, cuando Tuesday levantó la mano, tardó un momento en darse cuenta.
—Humm… ¿Por qué no nos dan todo esto en un libro, para que podamos estudiarlo? —dijo, dejando entrever un leve rastro de irritación. — Effie sacudió la cabeza.
—Queridas niñas, la historia no es algo que debáis estudiar. Es algo que simplemente deberíais saber.
—& que, evidentemente, no sabemos —me susurró Johanna, girándose hacia mí. Se sonrió ante su propia broma & luego volvió a prestar atención a Effie.
Me quedé pensando en aquello, en que todas sabíamos cosas diferentes, o que teníamos que hacer cábalas sobre la verdad. ¿Por qué no nos daban libros de historia? Recordé una vez, años atrás, cuando entré en la habitación de mis padres, porque mamá me había dicho que podía elegir lo que quería leer para mi clase de lengua. Mientras contemplaba mis opciones, descubrí un libro grueso & raído en un rincón & lo cogí. Trataba sobre la historia de Estados Unidos. Papá entró unos minutos más tarde, vio lo que estaba leyendo & me dijo que le parecía bien, siempre que no se lo contara a nadie.
Cuando él me pedía que mantuviera un secreto, yo lo hacía sin preguntar, & me encantó curiosear por todas aquellas páginas. Bueno, las que aún estaban legibles. Muchas estaban arrancadas, & parecía como si hubieran quemado el lomo del libro, pero fue allí donde vi una imagen de la antigua Casa Blanca & me enteré de cómo solían ser las vacaciones.
Nunca pensé en cuestionar la verdad oficial sobres las cosas hasta que me las encontré de frente. ¿Por qué permitía el rey que no paráramos de elucubrar? Las luces se apagaron de nuevo, dejando a la vista a Peeta & a Natalie, que lucían una gran sonrisa.
—Natalie, baja un poquito la barbilla, por favor. Así. —El fotógrafo tomó otra instantánea, con lo que llenó la sala de luz—. Creo que ya basta. ¿Quién va ahora?
Apareció Glimmer por un lado, con un grupo de doncellas revoloteando a su alrededor, & el fotógrafo volvió al ataque. Natalie, que aún estaba junto a Peeta, dijo algo & echó el pie atrás en un gesto pícaro. Él respondió en voz baja, & ella se alejó conteniendo una risita.
El día anterior, tras la clase de historia, ya nos habían dicho que aquella sesión fotográfica no era más que para entretener al público, pero no podía evitar pensar que tendría cierta importancia. Alguien había escrito un editorial en una revista sobre el aspecto que debía tener una princesa. No había leído el artículo personalmente, pero Emmica & algunas otras sí. Según decía, hablaba de que Peeta necesitaba a una chica que tuviera un aspecto regio & que diera bien con él cuando los fotografiaran juntos, alguien que quedara bien en un sello.
& ahí estábamos nosotras, en fila, ataviadas con vestidos idénticos, de color crema, con mangas cortas sobre los hombros & cintura baja, con una gran banda roja sobre el hombro, tomándonos fotos con Peeta. Las fotos se imprimirían en la misma revista, & el personal de la publicación haría su elección. Todo aquello me resultaba incómodo. Era justo lo que me había molestado más desde el principio, que Peeta no buscara más que una cara bonita. Ahora que lo conocía estaba segura de que no era el caso, pero me daba rabia que hubiera gente que pensara que él era así.
Suspiré. Algunas de las chicas caminaban arriba & abajo, picoteando algún tentempié & charlando, pero la mayoría de nosotras esperábamos de pie por el perímetro del estudio montado en el Gran Salón. Una enorme cortina dorada —que me recordaba las telas que usaba papá para proteger el suelo cuando pintaba— colgaba de una pared & se extendía por el suelo. En un lado había un pequeño sofá; en el otro, una columna. & en el centro se veía el escudo de Illéa, que le daba a todo el tinglado un aire patriótico. Nosotras íbamos mirando cómo pasaban las seleccionadas para que las fotografiaran, & entre las que esperaban se oían susurros de lo que les gustaba o lo que no, o de sus planes personales.
Glimmer se acercó a Peeta con un brillo en los ojos, & él le sonrió. En el momento en que llegó a su altura, situó sus labios junto al oído de él & le susurró algo. No sé qué sería, pero Peeta echó la cabeza atrás, soltó una carcajada & asintió, aceptando así su pequeño secreto. Resultaba raro verlos así. ¿Cómo podía ser que alguien que se llevaba tan bien conmigo se llevara bien también con alguien como ella?
—Muy bien, señorita, gírese hacia la cámara & sonría, por favor —dijo el fotógrafo. Glimmer obedeció al instante.
Se volvió hacia Peeta & apoyó una mano en su pecho, inclinó la cabeza un poco & mostró una sonrisa bien ensayada. Parecía saber cómo sacar el máximo partido a las luces & al set, e iba variando la posición de Peeta unos centímetros aquí & allá, o insistía en que cambiaran de pose. Mientras otras se tomaban su tiempo e intentaban simplemente alargar el momento, para estar más con Peeta —en particular las que aún no habían quedado con él en privado—, Glimmer parecía querer demostrar su dominio de la situación.
Cuando acabó, el fotógrafo llamó a la siguiente. Yo estaba tan absorta viendo cómo Glimmer recorría el brazo de Peeta con la punta de los dedos al marcharse que una de las doncellas tuvo que recordarme que era mi turno.
Sacudí un poco la cabeza & me centré en la tarea que tenía por delante. Recogí el vestido con las manos & me acerqué a Peeta. Apartó la mirada de Glimmer & me miró, y, quizá fueron imaginaciones mías, pero me pareció que se le iluminaba un poco la cara.
—Hola, querida —dijo, con voz cantarina.
— ¡No empieces! —le advertí, pero él se limitó a chasquear la lengua & extendió las manos.
—Espera un momento. Tienes la banda torcida.
—No es de extrañar. —Aquella cosa pesaba tanto que sentía que se me movía a cada paso que daba.
—Creo que ya está —dijo él, bromeando.
—A ti, por tu parte, podrían colgarte con las lámparas de araña —contraataqué, señalando la ristra de relucientes medallas que llevaba en el pecho. Su uniforme, que recordaba al de los guardias, solo que mucho más elegante, también tenía unas cosas doradas en los hombros & llevaba una espada colgada del cinto. Era excesivo.
—Miren a la cámara, por favor —advirtió el fotógrafo.
Levanté la vista & vi no solo sus ojos, sino también el rostro de las chicas que nos miraban, & me puse de los nervios. Me sequé el sudor de las manos en el vestido & resoplé.
—No te pongas nerviosa —susurró Peeta.
—No me gusta que me mire todo el mundo. — Él tiró de mí & me rodeó la cintura con la mano. Quise dar un paso atrás, pero el brazo de Peeta me retuvo con fuerza.
—Tú mírame como si no pudieras resistirte a mis encantos —dijo, poniendo morritos & forzando una mueca, lo cual hizo que se me escapara la risa. — La cámara disparó justo en aquel momento, & nos pilló a los dos riéndonos.
— ¿Lo ves? —Dijo Peeta—. No es para tanto.
—Supongo —contesté. Seguí tensa unos minutos, mientras el fotógrafo nos daba instrucciones & Peeta iba pasando de una postura a otra, soltándome un poco, o girándome, situando mi espalda contra su pecho.
—Excelente —intervino el fotógrafo—. ¿Podemos hacer unas más en el sofá?
Me sentía mejor ahora que ya quedaba poco; tomé asiento junto a Peeta con la mejor postura que pude adoptar. De vez en cuando, él me hacía cosquillas, haciéndome sonreír hasta casi provocarme la risa. Yo esperaba que el fotógrafo disparara justo en el momento previo a mis ataques de risa, o todo aquello sería un desastre. Por el rabillo del ojo vi una mano que se agitaba, & un momento más tarde Peeta también se giró. Era un hombre vestido de traje, que evidentemente necesitaba hablar con el príncipe. Peeta asintió, pero el tipo dudó, mirándole a él & luego a mí, como si cuestionara mi presencia.
—No pasa nada —dijo Peeta, & el hombre se acercó & se arrodilló ante él.
—Ataque rebelde en Midston, alteza —informó. Peeta suspiró & dejó caer la cabeza en un gesto de preocupación—. Han quemado hectáreas de cosechas & han matado a una docena de personas.
— ¿En qué parte de Midston?
—En el oeste, señor, cerca de la frontera. — Peeta asintió lentamente & se quedó pensando, como si estuviera juntando aquella información a otras que ya tenía en la cabeza.
— ¿Qué dice mi padre?
—En realidad, alteza, quiere saber qué piensa usted. — Peeta se mostró sorprendido por un instante:
—Sitúen las tropas al sureste de Sota & por todo Tammins. No las lleven más al sur, hasta Midston; no valdría de nada. Veamos si podemos interceptarlos. — El hombre se puso en pie e hizo una reverencia.
—Excelente, señor. — & tan rápido como había aparecido, desapareció. Yo sabía que, supuestamente, debíamos volver a las fotos, pero Peeta ya no parecía tan interesado.
— ¿Estás bien? —le pregunté. Él asintió, apagado.
—Sí. Es por toda esa gente.
—Quizá debiéramos dejarlo —sugerí. Él sacudió la cabeza, irguió el cuerpo & sonrió, apoyando su mano sobre la mía.
—Una cosa que debes aprender en esta profesión es a parecer tranquilo cuando no lo estás. Sonríe, Katniss, por favor.
Levanté la cabeza & sonreí tímidamente a la cámara mientras el fotógrafo iba haciendo su trabajo. Cuando tomaba aquellas últimas instantáneas, Peeta me apretó la mano, & yo apreté la suya. En aquel momento sentí que había una conexión entre nosotros, algo profundo & verdadero.
—Muchas gracias. La siguiente, por favor —dijo el fotógrafo. Nos pusimos en pie, & me cogió la mano.
—Por favor, no digas nada. Es imprescindible que seas discreta.
—Por supuesto.
El sonido de un par de tacones acercándose me recordó que no estábamos a solas, pero me habría gustado quedarme. Él me apretó la mano por última vez & me soltó y, mientras me alejaba, me planteé varias cosas. Resultaba agradable que Peeta confiara en mí lo suficiente como para compartir conmigo su secreto, & por un momento me había sentido como si estuviéramos solos. Luego pensé en los rebeldes, & en cómo solía hablar el rey de su traición, pero me había comprometido a no decirle nada a nadie. No tenía mucho sentido.
—Janelle, querida —dijo Peeta, al acercarse la siguiente. Sonreí para mis adentros al oír aquel saludo tan manido. Peeta bajó la voz, pero yo seguía oyéndolo—. Antes de que se me olvide, ¿estás libre esta tarde? — Sentí una especie de nudo en el estómago. Supuse que aún sería efecto de los nervios.
—Debe de haber hecho algo terrible —insistió Amy.
—No es eso lo que dijo ella —rebatió Bonnie. Tuesday tiró a Bonnie del brazo.
— ¿Qué es lo que dijo? — Janelle había sido expulsada.
Comprender por qué había sido eliminada era crucial para nosotras, porque había sido la primera expulsión que se había producido de forma individual & sin haber roto ninguna regla. No había sucedido debido a una primera impresión, ni había sido un abandono a causa del miedo. Había hecho algo mal, & todas queríamos saber de qué se trataba.
Bonnie, que ocupaba la habitación justo enfrente de la de Janelle, la había visto entrar; era la única persona con la que había hablado antes de marcharse. Suspiró & volvió a contar la historia por tercera vez.
—Peeta & ella habían salido de caza, pero eso ya lo sabéis —dijo, agitando la mano como si intentara aclararse las ideas.
La cita de Janelle era vox populi. Tras la sesión de fotos del día anterior, se lo había estado contando a todo el que la quisiera escuchar.
—Era su segunda cita con Peeta. Es la única que ha salido dos veces con él —señaló Bariel.
—No, no lo es —murmuré.
Unas cuantas cabezas se giraron hacía mí, pero ¡es que era cierto! Pero, bueno, Janelle era la única chica que había salido dos veces con Peeta, sin contarme a mí. Aunque no es que yo contara, claro.
—Cuando volvió, estaba llorando —prosiguió Bonnie—. Le pregunté qué le pasaba, & me respondió que se iba, que Peeta le había dicho que se fuera. La abracé, porque la vi muy abatida, & le pregunté qué había sucedido. Me dijo que no me lo podía contar. No lo entendí. ¿Será que no podemos hablar de los motivos de nuestra expulsión?
—Eso no estaba en las normas, ¿no? —preguntó Tuesday.
—A mí nadie me dijo nada de eso —respondió Amy, & muchas otras sacudieron la cabeza, confirmándolo.
—Pero ¿qué te dijo? —insistió Glimmer. Bonnie suspiró de nuevo.
—Dijo que más me valía ir con cuidado con lo que decía. Luego se echó atrás & cerró la puerta de un portazo. — Se hizo un silencio generalizado, mientras todas pensábamos.
—Debe de haberle insultado —intervino Elayna.
—Bueno, si ese es el motivo por el que se fue, no es justo, puesto que Peeta ya dijo que «alguna» de las que estamos aquí le insultó la primera vez que se vieron —protestó Glimmer.
Todas empezaron a mirar alrededor, intentando descubrir a la culpable, quizá para hacer que también la expulsaran —me expulsaran—. Eché una mirada nerviosa a Johanna, & ella reaccionó de inmediato.
— ¿No diría algo sobre el país? ¿De política, o algo así? — Bariel chasqueó la lengua.
—Por favor… Tendría que ser muy aburrida la cita para que se pusieran a hablar de política. ¿Es que alguna de vosotras ha hablado con Peeta sobre algo que tenga que ver con el gobierno del país? — Nadie respondió.
—Claro que no —confirmó Bariel—. Peeta no busca a una colega de trabajo; busca una esposa.
— ¿No crees que lo estás infravalorando? —Objetó Bonnie—. ¿No crees que quizá Peeta pueda querer a alguien con ideas & opiniones propias?
Glimmer echó la cabeza atrás & se rio.
—Peeta puede gobernar el país solito perfectamente. Ha sido educado para hacerlo. Además, tiene montones de personas a su alrededor para ayudarle a tomar decisiones. ¿Para qué iba a querer que alguien más le dijera qué hacer? Yo, en tu lugar, aprendería a mantener la boca cerrada. Al menos, hasta que te cases con él. — Bariel unió filas con Glimmer:
—Lo cual no ocurrirá.
—Exactamente —ratificó Glimmer con una sonrisa—. ¿Por qué iba a fijarse Peeta en una Tres paranoica cuando puede escoger a una Dos?
— ¡Eh! —Exclamó Tuesday—. A Peeta no le importan los números.
—Claro que sí —replicó Glimmer, con un tono que bien podría haber usado con una niña pequeña—. ¿Por qué te crees que todas las que estaban por debajo del Cuatro han sido eliminadas?
—Yo sigo aquí —dije, levantando la mano—. Así que si te crees que sabes cómo funciona esto, vas muy equivocada.
— ¡Oh, es la chica que nunca sabe cuándo callarse! —me rebatió Glimmer, fingiendo divertirse.
Apreté el puño, intentando decidir si valía la pena atizarle. ¿Sería parte de su plan? Pero antes de que tuviera ocasión de moverme, la puerta se abrió de pronto & apareció Effie.
— ¡Correo, señoritas! —anunció, & la tensión desapareció de la sala.
Todas nos quedamos inmóviles, deseosas de echar mano a las cartas que traía consigo. Llevábamos en el palacio casi dos semanas, y, salvo por las noticias que habíamos tenido de nuestras familias el segundo día, era nuestro primer contacto real con nuestras casas.
—Veamos —dijo Effie, echando un vistazo a los montones de cartas, completamente ajena al conato de discusión que había tenido lugar apenas unos segundos antes—. ¿Lady Tiny? —llamó, buscando con la vista por la sala. Tiny levantó la mano & se adelantó.
— ¿Lady Elizabeth? ¿Lady Katniss?
Prácticamente corrí hacia ella & le arranqué la carta de la mano. Estaba ansiosa por tener noticias de mi familia. En cuanto la tuve en mi poder, me retiré a un rincón para estar un momento a solas.
Querida Katniss:
Espero con impaciencia que llegue el viernes. ¡No puedo creerme que vayas a hablar con Caesar Flickerman! Qué suerte tienes.
Yo, desde luego, no me sentía afortunada. Al día siguiente, Caesar nos iba a bombardear a preguntas, & no tenía ni idea de qué podía preguntarnos. Estaba segura de que quedaría como una idiota.
Nos gustará mucho volver a oír tu voz. Echo de menos oírte cantando por casa. Mamá no lo hace, & desde que tú te has ido aquí reina el silencio. ¿Me mandarás un saludo por televisión?
¿Cómo va la competición? ¿Tienes muchas amigas? ¿Has hablado con alguna de las chicas que se han marchado? Mamá ahora no para de decir que tampoco pasa nada si pierdes. La mitad de las chicas que han vuelto a casa ya están prometidas con hijos de alcaldes o de famosos. Dice que seguro que habrá alguien que te quiera, si es que Peeta no se decide. Gerad espera que te cases con un jugador de baloncesto & no con un aburrido príncipe. Pero a mí no me importa lo que digan los demás. ¡Peeta es guapísimo!
¿Ya le has besado?
¿Besarle? ¡Acabábamos de conocernos! & Peeta tampoco tenía ningún motivo para besarme.
Estoy segura de que besa mejor que nadie en el mundo. ¡Yo creo que, si eres príncipe, tienes que besar de maravilla!
Tengo muchas más cosas que contarte, pero mamá quiere que me ponga a pintar. Escríbeme una carta de verdad en cuanto puedas. ¡Una bien larga! ¡Con muchos detalles!
Te quiero. Todos te queremos.
PRIMROSE
Así que las chicas eliminadas iban cayendo en manos de tipos ricos. No había pensado que ser la descartada de un futuro rey te pudiera convertir en un artículo de valor. Recorrí la sala, pensando en las palabras de Primrose. Quería saber qué estaba pasando. Me pregunté qué era lo que había sucedido exactamente con Janelle & sentía curiosidad por saber si Peeta tenía alguna otra cita aquella noche. Tenía muchas ganas de verle.
El cerebro me iba a cien por hora, intentando buscar un modo para hablar con él. Mientras pensaba, fijé la vista en el papel que sujetaba entre las manos.
La segunda página de la carta de Primrose estaba casi en blanco. Arranqué un trozo mientras seguía andando sin rumbo fijo. Algunas de las chicas estaban absortas en páginas & más páginas de cartas de sus familias, & otras comentaban las noticias. Tras una vuelta entera, me detuve junto al libro de visitas de la Sala de las Mujeres & cogí la pluma.
En el pedazo de papel que llevaba, garabateé rápidamente una nota.
Alteza:
Me tiro de la oreja. Cuando sea.
Salí de la sala como si fuera al baño & miré a ambos lados del pasillo. Estaba vacío. Me quedé allí, de pie, esperando, hasta que una doncella giró la esquina con una bandeja de té en las manos.
—Perdone —la llamé, en voz baja. En aquellos pasillos enormes cualquier voz resonaba. La chica se detuvo frente a mí con una leve reverencia.
— ¿Sí, señorita?
— ¿No irá por casualidad a llevar eso al príncipe?
—Sí, señorita —dijo ella, sonriendo.
— ¿Podría llevarle esto de mi parte? —pregunté, entregándole mi nota plegada.
— ¡Por supuesto, señorita! — La cogió & se fue, más sonriente aún que antes. Sin duda la abriría en cuanto no la viera, pero me sentía segura con aquel lenguaje en clave.
Aquellos pasillos eran fascinantes; cada uno de ellos tenía más elementos decorativos que toda mi casa. El papel de las paredes, los espejos dorados, los gigantescos jarrones con flores frescas, todo era precioso. Las alfombras eran lujosas & estaban inmaculadas, las ventanas estaban relucientes & los cuadros de las paredes eran encantadores.
Vi algunos cuadros de pintores que conocía —Van Gogh, Picasso—, pero otros no sabía quiénes eran. Había fotografías de edificios que había visto antes, incluida una de la legendaria Casa Blanca. Comparado con las fotos & con lo que yo había leído en mi viejo libro de historia, el palacio era infinitamente mayor & más lujoso, pero, aun así, me habría gustado que continuara en pie para verla.
Seguí por el pasillo & llegué hasta un retrato de la familia real. Parecía antiguo; en aquella imagen, Peeta era más bajo que su madre. Ahora, en cambio, era mucho más alto. En el tiempo que llevaba en palacio, solo los había visto juntos en las cenas & durante la emisión del Illéa Capital Report. ¿Serían muy reservados? A lo mejor no les gustaba tener a tantas chicas en su casa, & lo aguantaban solo porque no les quedaba otro remedio. Yo no sabía qué pensar de aquella familia invisible.
— ¿Katniss? — Al oír mi nombre me giré. Peeta se me acercaba a paso ligero por el pasillo. Me sentí como si lo viera por primera vez.
Se había quitado la casaca, & llevaba la camisa blanca arremangada. La corbata, que era azul la llevaba floja, & el cabello, siempre tan engominado, se le movía un poco con cada movimiento. A diferencia de la imagen de uniforme del día anterior, tenía un aspecto más joven, más real. Me quedé inmóvil. Peeta se me acercó & me cogió de las muñecas.
— ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
—Nada, estoy bien —respondí. Peeta resopló. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—Gracias a Dios. Al recibir tu nota, he pensado que estarías enferma o que le habría pasado algo a tu familia.
— ¡Oh! Oh, no, Peeta, lo siento. Ya sabía que era una tontería. Es solo que no sabía si estarías a la hora de la cena, & quería verte.
—Bueno, ¿para qué? —preguntó. Aún me miraba con el ceño fruncido, como si quisiera asegurarse de que no hubiera roto nada.
—Solo quería verte. — Peeta dejó de moverse. Me miró a los ojos, como maravillado.
— ¿Solo querías verme? —respondió, agradablemente sorprendido.
—No te sorprendas tanto. Los amigos suelen pasar tiempo juntos —dije, & con el tono de mi voz se sobreentendía el «por supuesto».
—Ah, estás enfadada conmigo porque he estado ocupado toda la semana, ¿no? No pretendía descuidar nuestra amistad, Katniss. —Ahora ya volvía a ser el Peeta correcto & diplomático.
—No, no estoy enfadada. Solo me estaba explicando. Pareces ocupado. Vuelve a tu trabajo, & ya te veré cuando estés libre. —Me di cuenta de que aún me tenía cogida por las muñecas.
—Bueno, ¿te importa si me quedo unos minutos? Arriba están celebrando una reunión sobre presupuestos, & detesto esas cosas —dijo. & sin esperar respuesta me arrastró hacia un pequeño & mullido sofá hacia la mitad del pasillo, bajo una ventana, & yo solté una risita al sentarnos—. ¿Qué es tan divertido?
—Tú —respondí, sonriendo—. Es gracioso ver cómo te escapas del trabajo. ¿Qué tienen de malo esas reuniones?
— ¡Oh, Katniss! —Repuso, mirándome de nuevo a la cara—. No paran de dar vueltas a las cosas. A papá se le da bien apaciguar a los asesores, pero es muy duro orientar a cada comisión en una dirección determinada. Mamá siempre le insiste para que dedique más recursos a educación (considera que cuanto más educado estés, menos probable será que te conviertas en un delincuente, & yo estoy de acuerdo), pero papá nunca consigue que se retire financiación de otras áreas que podrían pasar perfectamente con menos presupuesto. ¡Es frustrante! & yo desde luego no mando, así que mi opinión suele pasarse por alto. —Peeta apoyó los codos en las rodillas, & la cabeza en las manos. Parecía cansado.
Ahora comprendía un poco de su mundo, aunque, en el fondo, me resultaba igual de inimaginable que antes. ¿Cómo podían no hacerle caso al futuro soberano?
—Lo siento. Lo bueno es que en el futuro tendrás más influencia —dije, frotándole la espalda para intentar darle ánimos.
—Ya. Siempre me lo digo a mí mismo. Pero es frustrante saber que podríamos cambiar cosas solo con que nos escucharan —se lamentó. Me costaba un poco oír su voz cuando la dirigía hacia la alfombra.
—Bueno, no te desanimes. Tu madre va por el buen camino, pero la educación por sí sola no arreglará nada. — Peeta levantó la cabeza.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó, casi como acusándome. & tenía razón. Me acababa de exponer una idea que había estado madurando, & yo se la había echado por tierra. Intenté dar marcha atrás.
—Bueno, en comparación con los elegantes tutores que tiene alguien como tú, el sistema educativo para los Seises & los Sietes es terrible. Creo que darles mejores profesores o mejores instalaciones les haría un bien enorme. Pero ¿y los Ochos? ¿No es esa casta la responsable de la mayoría de los delitos? Ellos no reciben ninguna educación. Creo que si tuvieran la sensación de que se les da algo, lo que fuera, quizá sería un estímulo para ellos. Además… —Hice una pausa. No sabía si un chico que lo había tenido todo en la vida podría entender aquello
— ¿Alguna vez has pasado hambre, Peeta? No quiero decir que tengas ganas de que llegue la cena. Quiero decir «morirte de hambre». Si no tuvierais nada de comida, ni para tu madre ni para tu padre, & supieras que si le quitaras algo a alguien que dispone de más comida al día de la que tú tendrías en toda tu vida podrías comer… En fin, ¿qué harías entonces? Si tu familia dependiera de ti, ¿qué no harías por tus seres queridos?
Se quedó en silencio un momento. Ya había habido una ocasión « cuando habíamos hablado sobre mis doncellas, durante el ataque » en el que habíamos constatado la enorme distancia que nos separaba. Aquel tema era mucho más polémico, & estaba claro que él quería evitarlo.
—Katniss, no estoy diciendo que algunos no tengan una vida difícil, pero robar es…
—Cierra los ojos, Peeta.
— ¿Qué?
—Cierra los ojos. — Él frunció el ceño, pero obedeció. Esperé a que a que se le relajara el rostro antes de empezar:
—En algún lugar, en este palacio, hay una mujer que se convertirá en tu esposa. — Vi que le temblaba la boca, esbozando una sonrisa esperanzada.
—A lo mejor aún no sabes qué cara tiene, pero piensa en las chicas que están en esa sala. Imagínate la que más te quiere de todas. Imagina a tu «querida».
Tenía las manos apoyadas en el asiento, junto a las mías, & sus dedos rozaron los míos por un segundo. Aparté la mano.
—Lo siento —murmuró, mirándome.
— ¡Los ojos cerrados! — Tragó saliva & recuperó la postura.
—Esa chica… Imagina que depende de ti. Necesita que la cuides & que le hagas sentir que la Selección ni siquiera tuvo lugar. Que la habrías encontrado aunque te hubieras hallado en medio del país & hubieras tenido que irla buscando puerta por puerta. Que desde el principio era la persona destinada para ti. — La sonrisa esperanzada empezó a transformarse en una expresión seria.
—Necesita que la cuides & la protejas. & si llegara un momento en que no hubiera absolutamente nada que comer, & ni siquiera pudieras dormir por la noche oyendo el ruido de sus tripas…
— ¡Para! —Peeta se puso en pie. Cruzó el pasillo & se quedó allí, de pie, de cara a la pared. — Me sentí algo incómoda. No me había imaginado que aquello pudiera contrariarle tanto.
—Lo siento —susurré.
Él asintió, pero siguió mirando a la pared. Al cabo de un momento se giró. Sus ojos buscaron los míos, tristes e inquisitivos.
— ¿De verdad es así? —preguntó.
— ¿El qué?
—Ahí afuera… ¿Ocurre? ¿La gente pasa tanta hambre?
—Peeta, yo…
—Dime la verdad. —Su boca trazaba una línea recta & firme.
—Sí. Ocurre. Conozco a familias en las que los mayores dejan de comer para que puedan hacerlo sus hijos o sus hermanos pequeños. Sé de un chico al que azotaron en la plaza del pueblo por robar comida. A veces, cuando estás desesperado, cometes locuras.
— ¿Un chico? ¿De qué edad?
—De nueve años. —Me estremecí. Aún recordaba las cicatrices sobre la pequeña espalda de Rory.
Peeta estiró su propia espalda, como si sintiera el dolor.
— ¿Tú…? —Se aclaró la garganta—. ¿Alguna vez has estado así?
— ¿Si he pasado hambre? — Bajé la cabeza, evitando responder. En realidad no quería hablarle de aquello.
— ¿Hasta qué punto?
—Peeta, eso solo te hará sentir peor.
—Probablemente —repuso, con gravedad—. Pero hasta ahora no me había dado cuenta de todo lo que no sé de mi propio país. Por favor. — Suspiré.
—Lo hemos pasado bastante mal. La mayoría de las veces, cuando tenemos que escoger, nos quedamos con la comida & prescindimos de la electricidad. Recuerdo en especial una vez, era casi en Navidad. Hacía mucho frío, así que teníamos que ponernos un montón de ropa & quedarnos en casa. Primrose no entendía por qué no había regalos. Como norma general, en mi casa nunca sobra nada. Siempre hay alguien que quiere más.
Vi que se ponía pálido. No quería verlo contrariado. Necesitaba darle la vuelta a aquello, hablar de algo positivo.
—Sé que los cheques que hemos recibido durante las últimas semanas han sido de gran ayuda, & mi familia sabe administrarse muy bien el dinero. Estoy segura de que lo habrán guardado bien para que dure mucho tiempo. Has hecho muchísimo por nosotros, Peeta. —Intenté sonreírle de nuevo, pero su expresión no cambió.
—Cielo santo. Cuando me dijiste que lo que más te interesaba de estar aquí era la comida, no estabas de broma, ¿verdad? —preguntó él, meneando la cabeza.
—La verdad, Peeta, últimamente nos hemos defendido bastante bien. Yo… —Pero no pude acabar la frase. — Peeta se me acercó & me besó en la frente.
—Te veré en la cena. — Se marchó, arreglándose la corbata mientras caminaba.
Peeta me había dicho que nos veríamos a la hora de la cena, pero no estaba allí. La reina entró sola, & nosotras la esperamos tras nuestras sillas. Hicimos una leve reverencia en el momento en que tomó asiento & luego nos sentamos. Miré por toda la mesa en busca de alguna silla vacía, suponiendo que Peeta tendría alguna cita, pero no faltaba ninguna chica.
Me había pasado la tarde dándole vueltas a lo que le había dicho. Estaba claro por qué no tenía amigos. Evidentemente se me daban fatal. Entonces entraron Peeta & el rey. Él ya se había puesto la americana, pero seguía despeinado. Comentaban algo mientras andaban. Nos apresuramos a ponernos en pie. Parecían tener una conversación animada. Peeta gesticulaba para expresarse mejor, & el rey asentía, registrando las palabras de su hijo, pero aparentemente algo incómodo. Cuando llegaron a la cabecera de la mesa, el rey Clarkson le dio a su hijo una firme palmada en la espalda, con el gesto adusto. Cuando el rey se giró hacia nosotras, de pronto su rostro se llenó de entusiasmo.
—Oh, por Dios, señoritas, siéntense, por favor. —Le dio un beso a la reina en la cabeza & él también se sentó. Pero Peeta se quedó en pie.
—Señoritas, tengo un anuncio que hacerles. —Todas las miradas se fijaron en él. ¿Qué podía tener que comunicarnos?—. Sé que a todas se les prometió una compensación económica por su participación en la Selección —dijo, con un tono autoritario que en realidad solo le había oído usar una vez, la noche que me había llevado al jardín. Estaba mucho más atractivo cuando hacía uso de su autoridad con un objetivo
— No obstante, ha habido modificaciones en los presupuestos. Las que sean Dos o Tres de nacimiento no recibirán financiación. Las Cuatros & las Cincos seguirán recibiendo su compensación, pero será ligeramente inferior a la cantidad asignada hasta ahora.
Observé que algunas de las chicas estaban boquiabiertas de la sorpresa. El dinero era parte del trato. Glimmer, por ejemplo, estaba furiosa. Supuse que, cuando tienes mucho dinero, te acostumbras a acumularlo. & la idea de que alguien como yo siguiera cobrando algo probablemente no le había sentado muy bien.
—Pido disculpas por las molestias que pueda suponer; lo explicaré todo mañana por la noche, en el Capital Report. Pero es algo innegociable. Si alguna tiene algún problema con esta nueva situación & ya no desea participar, puede marcharse después de la cena.
Se sentó & se puso a hablar de nuevo con el rey, que parecía más interesado en la comida que en las palabras de Peeta. Lamentaba que mi familia fuera a recibir menos dinero, pero seguirían cobrando algo. Intenté concentrarme en la cena, pero sobre todo me preguntaba qué significaba aquello, & no era la única. Los murmullos se extendieron por la sala.
— ¿De qué creéis que se trata? —preguntó Tiny en voz baja.
—A lo mejor es una prueba —propuso Bonnie—. Apuesto a que habrá alguna que está aquí únicamente por el dinero.
Mientras la escuchaba, vi que Fiona le daba un codazo a Olivia & me señalaba con un gesto de la cabeza. Me giré para que no supiera que me había dado cuenta. Las chicas fueron planteando sus teorías, & yo me quedé mirando a Peeta. Intenté captar su atención para poder tirarme de la oreja, pero él no miró en mi dirección.
Mary & yo estábamos solas en mi habitación. Aquella noche me enfrentaría a Caesar (y al resto de la nación) en el Illéa Capital Report. Por no mencionar que las otras chicas estarían ahí todo el rato, observándose unas a otras & criticando en silencio. Decir que estaba nerviosa sería quedarse muy corta. Hacía gestos con las manos mientras Mary me hacía una lista de preguntas posibles, cosas que consideraba que querría saber el público en general.
¿Me gustaba el palacio? ¿Qué era lo más romántico que había hecho Peeta por mí? ¿Echaba de menos a mi familia? ¿Había besado ya a Peeta? Cuando Mary formuló aquella pregunta, me la quedé mirando. Yo había ido buscando respuestas a las preguntas, intentando no pensar demasiado. Pero era evidente que aquella pregunta nacía de su curiosidad. La sonrisa que tenía en la cara la delataba.
— ¡No! ¡Por Dios! —intenté parecer enfadada, pero era algo demasiado ridículo como para enojarse. Acabé riéndome. & Mary también soltó una risita nerviosa—. Venga, déjalo… ¿Por qué no te pones a limpiar algo?
Entonces soltó una carcajada, y, antes de que pudiera decirle que parara, Anne & Lucy aparecieron en la puerta con una bolsa de la sastrería. Lucy parecía más nerviosa de lo que la había visto en el momento de mi llegada, el primer día, & Anne lucía una sonrisa taimada, como si escondiera algo.
— ¿& eso? —pregunté, en cuanto Lucy se situó delante de mí & me hizo una ostentosa reverencia.
—Hemos acabado su vestido para el Report, señorita —respondió. Fruncí el ceño.
— ¿Uno nuevo? ¿Por qué no el azul del armario? ¿No lo habíais terminado hace poco? A mí me encanta. Las tres se miraron entre sí.
— ¿Qué habéis hecho? —pregunté, señalando la bolsa que Anne estaba colgando en el gancho junto al espejo.
—Nosotras hablamos con todas las demás doncellas, señorita. Oímos muchas cosas —se explicó Anne.
—Sabemos que usted & Lady Janelle son las únicas dos que se han visto más de una vez con su alteza y, por lo que sabemos, habría un punto en común entre las dos.
— ¿Ah, sí?
—Por lo que hemos oído —prosiguió Anne—, el motivo de que se la expulsara fue que habló bastante mal de usted. Al príncipe no le sentó bien & la echó inmediatamente.
— ¿Qué? —exclamé, llevándome una mano a la boca, intentando ocultar mi sorpresa.
—Estamos seguras de que es usted su favorita, señorita. Casi todas lo dicen —suspiró Lucy, encantada.
—Creo que os han informado mal —repliqué. Anne se encogió de hombros sin dejar de sonreír, indiferente a lo que yo pensara. Entonces recordé de dónde venía todo aquello:
— ¿Qué tiene que ver todo esto con mi vestido? — Mary fue hasta donde estaba Anne & abrió la larga bolsa, dejando a la vista un impresionante vestido rojo que brillaba a la luz del atardecer que entraba por la ventana.
— ¡Oh, Anne! —dije, absolutamente impresionada—. Te has superado. Ella agradeció mi comentario con un gesto de la cabeza.
—Gracias, señorita. Aunque las tres hemos participado en la confección.
—Es precioso. Pero aun no entiendo qué tiene que ver con nada de lo que habéis dicho. — Mary sacó el vestido de la bolsa & lo aireó, mientras Anne proseguía:
—Como le decía, hay mucha gente en palacio que cree que es la favorita del príncipe. Hace comentarios amables sobre usted & prefiere su compañía a la de las demás. & parece ser que las otras chicas se han dado cuenta.
— ¿Qué quieres decir?
—La mayor parte del trabajo de costura lo hacemos en un taller. Allí hay un almacén de material & un taller de zapatería, & también acuden las otras doncellas. Todas han pedido un vestido azul para esta noche. Las doncellas creen que es porque ese es el color que usted viste casi a diario, & las demás están intentando copiarla.
—Es cierto —intervino Lucy—. Hoy Lady Tuesday & Lady Natalie no se han puesto ninguna joya. Igual que usted.
—& la mayoría de las señoritas piden vestidos más sencillos, como los que le gustan a usted —constató Mary.
—Eso no explica por qué me habéis hecho un vestido rojo.
—Para que se la vea, por supuesto —respondió Mary—. Oh, Lady Katniss, si de verdad le gusta, tendrá que seguir destacándose. Ha sido muy generosa con nosotras, especialmente con Lucy —dijo. Todas miramos a Lucy, que asintió con la cabeza & añadió:
—Usted… es muy buena persona; sería ideal como princesa. Lo haría de maravilla. — No sabía cómo poner fin a aquello. Odiaba ser el centro de atención.
—Pero ¿& si todas las demás tienen razón? ¿& Si el motivo por el que le gusto a Peeta es porque no soy tan vistosa como todas las demás? ¿& Si al ponerme algo tan espectacular lo estropeamos todo?
—Todas las chicas tienen que destacar de vez en cuando. & nosotras conocemos a Peeta desde que era un niño. Esto le encantará —afirmó Anne, con tal seguridad que me dejó claro que no me quedaba alternativa.
No sabía cómo explicarles que las notas que me enviaba, que el tiempo que pasábamos juntos, se debía, simplemente, a que éramos amigos. No podía decírselo. Sería una gran decepción para ellas y, además, tenía que mantener las apariencias si quería quedarme. & quería. Necesitaba quedarme.
—De acuerdo. Voy a probármelo —accedí, con un suspiro.
Lucy se puso a dar saltitos de emoción hasta que Anne le instó a que mantuviera la compostura. Me puse aquel sedoso vestido por la cabeza & ellas le dieron las últimas puntadas. Las hábiles manos de Mary me sostenían el pelo de diferentes modos para ver qué peinado le iría mejor al vestido, & a la media hora ya estaba lista.
El estudio estaba dispuesto de un modo algo diferente para el programa especial de aquella noche. Los tronos de la familia real estaban en un lado, como siempre, & nuestros asientos seguían en el lado contrario. Pero el estrado no estaba centrado, para dejar espacio a dos butacas altas. Sobre una de ellas había un micrófono, para que lo usáramos cuando nos tocara hablar con Caesar. Solo de pensar en ello me ponía de los nervios.
Como era de esperar, la sala estaba llena de vestidos en todos los tonos posibles de azul. Algunos se acercaban más al verde, otros al violeta, pero estaba claro que había una tendencia general. Me sentí incómoda al instante. Crucé la mirada con la de Glimmer & decidí mantenerme alejada de ella hasta que no quedara más remedio que dirigirse a los asientos.
Bonnie & Natalie pasaron a mi lado después de haber comprobado el estado de su maquillaje por última vez. Ambas parecían algo desilusionadas, aunque en el caso de Natalie a veces era difícil de saber. Por lo menos Bonnie también se distinguía un poco de las demás. Su vestido azul se tornaba en blanco, como si estuviera surcado por unas tiras de hielo que se iban abriendo paso en dirección al suelo.
—Estás impresionante, Katniss —dijo, con un tono que hacía que pareciera más una acusación que un cumplido.
—Gracias. Llevas un vestido precioso. — Ella se pasó las manos por el torso, alisándose arrugas imaginarias.
—Sí, a mí también me gustó cuando lo vi. — Natalie pasó la mano por encima de una de las tiras del hombro de mi vestido.
— ¿Qué tela es? Esto va a brillar mucho bajo los focos.
—En realidad no tengo ni idea. Las Cincos no solemos tener ocasión de ponernos vestidos tan bonitos —dije, encogiéndome de hombros. Había tenido al menos otro vestido hecho con el mismo tipo de tela, pero no me había molestado en aprender el nombre.
— ¡Katniss! — Levanté la vista & vi a Glimmer a mi lado. Sonriendo.
—Glimmer.
— ¿Podrías venir un momentito? Necesito ayuda.
Sin esperar que respondiera, me apartó de Bonnie & Natalie, & me llevó tras la pesada cortina azul que hacía de telón de fondo del plató del Report.
—Quítate el vestido —me ordenó, al tiempo que empezaba a bajarse la cremallera del suyo.
— ¿Qué?
—Quiero tu vestido. Quítatelo. ¡Agh! Maldito cierre —dijo, intentando desvestirse.
—No voy a quitármelo —contesté, & me dispuse a alejarme.
Pero no llegué muy lejos, ya que Glimmer me clavó las uñas en el brazo & me hizo volver atrás de un tirón.
— ¡Auch! —grité, agarrándome el brazo. Me lo miré; seguramente me quedarían marcas, pero con un poco de suerte no sangraría.
—Cállate. Quítate el vestido. Venga.
Me quedé allí, mirándola fijamente, negándome a moverme. Glimmer tendría que superar no ser el centro de atención de toda Illéa.
—Si quieres, te lo quito yo —se ofreció, con un tono glacial.
—No te tengo miedo, Glimmer —dije, cruzándome de brazos—. Este vestido me lo han hecho para mí, & voy a llevarlo. La próxima vez que escojas un modelito, tal vez debieras intentar ser tú misma en lugar de copiarme. Ay, espera, no, que quizás entonces Peeta vería la niña malcriada que eres & te enviaría a casa. ¿Es eso?
Sin dudarlo un segundo, Glimmer alargó la mano, me arrancó una manga del vestido & se fue. Yo estaba furiosa, pero me había quedado sin palabras. Bajé la vista & vi una tira de tela rota que me colgaba del pecho en una imagen patética. Oí que Effie nos llamaba a todas para que ocupáramos nuestros asientos, así que hice acopio de valor & salí de detrás de la cortina. Johanna me había guardado un asiento a su lado, & observé la cara de asombro cuando me vio llegar.
— ¿Qué le ha pasado a tu vestido? —susurró.
—Glimmer —respondí indignada. Emmica & Samantha, que estaban sentadas delante de nosotras, se giraron.
— ¿Te ha roto el vestido? —preguntó Emmica.
—Sí.
—Ve con Peeta & chívate —sugirió—. Esa chica es una pesadilla.
—Lo sé —dije, con un suspiro—. Se lo diré la próxima vez que le vea.
— ¿Quién sabe cuándo será eso? —Preguntó Samantha, con tristeza en la voz—. Yo pensaba que pasaríamos más tiempo con él.
—Katniss, levanta el brazo —dijo Johanna, que introdujo hábilmente los restos de mi manga bajo el lateral del vestido, al tiempo que Emmica arrancaba unos cuantos hilos sueltos. Quedó como si no le hubiera pasado nada. En cuanto a las marcas de las uñas, bueno, al menos las tenía en el brazo izquierdo, en el lado más alejado de la cámara.
Ya era casi la hora de empezar. Caesar estaba repasando sus notas cuando llegó por fin la familia real. Peeta llevaba un traje azul oscuro & lucía una insignia en la solapa con el escudo nacional. Parecía atento a todo lo que sucedía, pero tranquilo.
—Buenas noches, señoritas —dijo, sonriente & desenfadado. Todas respondimos con un «alteza» a coro.
—Quería informarlas de que haré un breve anuncio & luego presentaré a Caesar. Será agradable cambiar el orden por una vez: ¡siempre es él quien me presenta a mí! —Soltó una risita corta & todas correspondimos—. Supongo que algunas de ustedes estarán un poco nerviosas, pero no tienen por qué. Limítense a ser ustedes mismas. La gente quiere conocerlas.
Nuestros ojos se encontraron unas cuantas veces mientras hablaba, pero no lo suficiente como para poder leer en ellos. No parecía que le llamara la atención mi vestido. Mis doncellas se llevarían una decepción. Se volvió hacia el estrado & nos deseó suerte por encima del hombro. Yo notaba que algo estaba pasando.
Supuse que aquel anuncio que iba a hacer tendría que ver con lo que nos había dicho el día anterior, pero no me imaginaba qué podía ser. El pequeño misterio de Peeta me distrajo, por lo que ya no me sentía tan nerviosa. Cuando sonó el himno & la cámara enfocó el rostro de Peeta, ya me encontraba mejor. Había visto el Report cada semana desde que era una cría. Era la primera vez que Peeta se dirigía al país de aquel modo. En aquel momento pensé que me habría gustado poder desearle buena suerte también a él.
—Buenas noches, damas & caballeros de Illéa. Sé que esta es una noche muy emocionante para todos nosotros, ya que por fin todo el país podrá saber algo de las veinticinco señoritas que quedan en la Selección. No tengo palabras para describir la emoción que supone para mí. Estoy seguro de que estarán de acuerdo en que cualquiera de estas asombrosas jovencitas sería una magnífica líder & una estupenda princesa. — Hizo una pausa & continuo
—Pero antes de llegar a eso, me gustaría anunciarles un nuevo proyecto en el que estoy trabajando & que es de gran importancia para mí. Conocer a estas señoritas me ha servido para entrar en contacto con el mundo que se extiende fuera de nuestro palacio, un mundo que pocas veces tengo ocasión de ver. Me han hablado de sus grandes valores & me han señalado sus inimaginables zonas oscuras. Hablando con estas jóvenes, me he dado cuenta de la importancia de las masas que viven más allá de estos muros. He abierto los ojos al sufrimiento de nuestras castas inferiores & he decidido hacer algo al respecto. — ¿El qué?
—Tardaremos al menos tres meses en organizar esto correctamente, pero para Año Nuevo habrá un servicio público de entrega de alimentos en todas las Oficinas Provinciales de Servicios. Cualquier Cinco, Seis, Siete u Ocho que lo desee podrá pasarse por allí para disfrutar de una comida nutritiva de forma gratuita. Tengan en cuenta que estas señoritas han sacrificado su compensación económica en su totalidad o en parte para contribuir a la financiación de este importante programa. & aunque puede que esta asistencia no dure eternamente, la mantendremos en activo mientras podamos.
Hice un esfuerzo para no dejar traslucir la gratitud & la emoción que me embargaban, pero alguna lágrima sí se me escapó. No había perdido tanto de vista lo que venía después como para no preocuparme de mi maquillaje, pero desde luego ya no era lo que ocupaba el centro de mis pensamientos.
—Creo que un buen líder no puede permitir que su pueblo pase hambre. Las castas inferiores componen la mayor parte de Illéa, & creo que hemos descuidado a esta gente demasiado tiempo. Por eso tomo la iniciativa & solicito la colaboración de los demás. Dos, Tres, Cuatros…, las carreteras por las que pasan no se asfaltan solas. Sus casas no se limpian por arte de magia. Ahora tienen la oportunidad de adquirir conciencia de ello haciendo sus donativos a la Oficina Provincial de Servicios. —Hizo una pausa
— La posición que tienen desde el nacimiento es una bendición, & es hora de dar gracias por ello. A medida que el proyecto vaya progresando iré dando información actualizada. Les agradezco a todos su atención. & ahora pasemos al motivo principal por el que están aquí esta noche. ¡Damas & caballeros, el señor Caesar Flickerman!
Todos los presentes aplaudieron, aunque era evidente que el anuncio de Peeta no ilusionaba a todo el mundo. El rey, por ejemplo, aplaudía sin emoción; sin embargo, la reina estaba radiante de orgullo. Los asesores tampoco parecían tener claro si aquello era una buena idea.
— ¡Muchas gracias por esa presentación, alteza! —Dijo Caesar, entrando en el plató—. ¡Lo ha hecho muy bien! Si todo este asunto del reinado no le convence, podría plantearse trabajar en la televisión.
Peeta se rio sonoramente mientras se dirigía a su asiento. Las cámaras enfocaban a Caesar, pero yo me quedé mirando a Peeta & a su padre. No entendía el porqué de aquellas reacciones tan dispares.
— ¡Público de Illéa, hoy tenemos un programa especial para ustedes! Esta noche van a averiguar cómo son todas estas jovencitas. Sabemos que se mueren de impaciencia por conocerlas & por saber cómo les van las cosas con nuestro príncipe Peeta, así que esta noche… ¡se lo preguntaremos! Vamos a empezar. —Caesar miró las fichas donde llevaba sus anotaciones—. ¡La señorita Glimmer Newsome de Clermont!
Glimmer bajó sinuosamente los escalones desde su asiento, en la fila superior. Incluso le dio dos besos a Caesar en las mejillas antes de sentarse frente a él. La entrevista fue predecible, al igual que la de Bariel. Ambas intentaron resultar atractivas, inclinándose mucho hacia delante para que se vieran bien sus vestidos. Resultaba artificioso. En los monitores podía ver sus rostros: no dejaban de mirar a Peeta & de guiñarle el ojo. En algunas ocasiones, como cuando Bariel intentó humedecerse los labios en un gesto sensual, Johanna & yo nos miramos & tuvimos que apartar rápidamente la mirada para no reírnos.
Otras mostraron una mayor compostura. Tiny tenía un hilo de voz, & parecía ir encogiéndose a medida que avanzaba la entrevista. Pero sabía que era un encanto, & esperaba que Peeta no la expulsara simplemente por no ser una gran oradora. Emmica mostró una gran desenvoltura, & también Johanna: la diferencia era que esta parecía tan llena de entusiasmo que cada vez hablaba más alto.
Caesar formuló preguntas muy variadas, pero había dos que se repetían con casi todas: « ¿Qué piensas del príncipe Peeta?» & « ¿Eres tú la que le gritó?». Yo no tenía especial interés en contarle al país que había regañado al futuro rey. & menos mal que todos pensaban que eso solo había sucedido una vez.
Todas las chicas se mostraron orgullosas al decir que no eran la que había gritado al príncipe. & todas pensaban que Peeta era muy agradable. Aquella fue la palabra que más se repitió: agradable. Glimmer dijo que era muy atractivo. Bariel aseguró que le veía una gran fuerza interior, lo cual, personalmente, me sonó bastante forzado. A algunas de las chicas les preguntaron si Peeta ya las había besado. Todas se ruborizaron & dijeron que no. Tras el tercer o cuarto no, Caesar se dirigió a Peeta
— ¿Aún no ha besado a ninguna de ellas? —preguntó, sorprendido.
— ¡Solo llevan aquí dos semanas! ¿Qué tipo de hombre crees que soy? —respondió Peeta.
Lo dijo con aire desenfadado, pero me pareció que se agitaba ligeramente en la silla. Me pregunté si había besado a alguien alguna vez.
Samantha acababa de decir que se lo estaba pasando estupendamente, & entonces Caesar me llamó a mí. Mientras me ponía en pie, las otras chicas aplaudieron, al igual que se había hecho con las demás. Miré a Johanna & le sonreí, nerviosa. Al acercarme me concentré en mis pies, pero cuando llegué a la silla no me resultó difícil mirar por encima del hombro de Caesar hacia donde estaba Peeta. Él me lanzó un breve guiño mientras yo cogía el micrófono. Al momento me sentí más tranquila. No tenía que ganarme a nadie.
Le di la mano a Caesar & me senté frente a él. Así, de cerca, pude ver por fin la insignia que llevaba en la solapa. Por la tele se perdía el detalle, obviamente, pero ahora me daba cuenta de que no eran un simple signo de forte, sino que tenía una pequeña X grabada en el centro, lo que casi convertía el signo en una estrella. Era bonito.
—Katniss Everdeen. Es un nombre interesante. ¿Esconde alguna historia? —preguntó Caesar. Suspiré, aliviada. Esta era fácil.
—De hecho, no. No que yo sepa, aunque habría que preguntárselo a mi madre — Caesar se rio.
—Tienes pinta de ser poseedora de un buen fuerte, supongo que ella también debe de ser una mujer fuerte ¿no?
—Sí que lo es. Todo lo tozuda que soy, lo he heredado de ella.
— ¿Así que eres tozuda? Realmente tienes bastante carácter, ¿eh? — Vi que Peeta se tapaba la boca con las manos para ocultar la risa.
—A veces.
—Si tienes tanto carácter, ¿no serás la que le gritó a nuestro príncipe?— Suspiré.
—Sí, fui yo. & ahora mismo mi madre está sufriendo un ataque al corazón. — Peeta se dirigió a Caesar:
— ¡Haz que te cuente toda la historia! — Caesar miró atrás & adelante con un rápido movimiento del cuello.
— ¡Oh! ¿& Cuál es la historia? — Intenté mirar a Peeta, pero la situación era tan tonta que no sirvió de nada.
—La primera noche tuve… un pequeño ataque de claustrofobia, & estaba desesperada por salir al exterior. Los guardias no me dejaban salir. De hecho, estaba a punto de desmayarme en los brazos de uno de ellos, pero el príncipe pasaba por allí & les ordenó que me abrieran las puertas.
— ¡Ah! —dijo Caesar, ladeando un poco la cabeza.
—Sí, & luego me siguió para asegurarse de que estaba bien… Pero me sentía muy tensa, así que, cuando me habló, básicamente acabé acusándole de engreído & superficial.
Caesar se sonrió al oír aquello. Miré más allá, hacia donde estaba Peeta, que no podía contener la risa. Pero lo más embarazoso fue que el rey & la reina también se reían. No me giré hacia las chicas, pero también oí alguna risita mal contenida entre ellas. Bueno, quizá fuera mejor así, & por fin dejarían de verme como una especie de amenaza. Al fin & al cabo, Peeta simplemente me encontraba divertida.
— ¿& te perdonó? —preguntó Caesar, ya algo más serio.
—Curiosamente, sí. —Me encogí de hombros. Caesar volvió a los temas que le interesaban:
—Bueno, dado que habéis recuperado la buena relación, ¿qué tipo de actividades habéis hecho juntos?
—Solemos salir a pasear por el jardín. Sabe que me gusta estar al aire libre. & hablamos —dije.
Sonaba patético, sobre todo después de lo que habían dicho algunas de las otras chicas. Las salidas al cine, de caza o para montar a caballo parecían impresionantes en comparación con mi historia. Sin embargo, de pronto comprendí por qué tenía tanta prisa en salir con todas las chicas la última semana. Las chicas debían tener algo que contar a Caesar, así que Peeta se había encargado de que lo tuvieran. Aun así, me parecía raro que no me lo hubiera dicho, aunque al menos todo aquello ya tenía una explicación.
—Suena muy relajante. ¿Dirías que el jardín es lo que más te gusta del palacio?
—Quizá. —Sonreí—. Pero la comida es exquisita, así que… Caesar volvió a reír.
—Eres la última Cinco que queda en competición, ¿verdad? ¿Crees que eso limita tus posibilidades de llegar a ser la princesa?
— ¡No! —respondí, sin pensármelo ni un momento.
— ¡Vaya! ¡Desde luego tienes confianza! —Caesar parecía satisfecho de haber obtenido una respuesta tan entusiasta—. ¿Así que crees que ganarás a todas las demás? ¿Qué llegarás al final?
—No, no —rectifiqué—. No es eso. No creo que sea mejor que ninguna de las otras: todas son estupendas. Es solo que… no creo que Peeta hiciera eso, que descartara a alguien solo por su casta.
Oí un murmullo de asombro generalizado. Repasé mentalmente lo que acababa de decir. Tardé un minuto en descubrir mi error: le había llamado Peeta. Llamarle así en conversaciones privadas con las chicas era una cosa, pero decir en público su nombre sin la palabra «príncipe» delante quedaba increíblemente informal. & acababa de soltarlo en un programa de televisión en directo.
Miré a Peeta para ver si estaba enfadado. Tenía una sonrisa tranquila en el rostro. Así que no se había enfadado…, pero yo me sentía avergonzada. Me puse coloradísima.
—Ah, da la impresión de que has tenido ocasión de conocer de verdad a nuestro príncipe. Dime, ¿qué te parece «Peeta»?
Había pensado varias respuestas mientras esperaba mi turno. Iba a gastar una broma sobre su modo de reír o sobre el apodo cariñoso que querría que usara su esposa con él. Daba la impresión de que el único modo de salvar la situación era darle un tono cómico. Pero cuando levanté la vista, dispuesta a hacer uno de mis comentarios, vi el rostro de Peeta. Parecía interesado en conocer mi opinión, & no podía tomarle el pelo, ahora que tenía ocasión de decir lo que empezaba a pensar de él, ahora que era mi amigo. No podía bromear sobre la persona que me había salvado de tener que afrontar el mayor desengaño de mi vida en casa, que enviaba cajas de pasteles a mi familia, que corría a mi encuentro en cuanto le llamaba para preguntarme si me había ofendido.
Un mes antes, en la pantalla de la tele, veía a una persona estirada, distante & aburrida, alguien que no creía que nadie pudiera llegar a querer. & aunque no se parecía lo más mínimo a la persona a la que aún amaba, se merecía tener a alguien que le quisiera.
—Peeta Mellark es la personificación de todo lo bueno. Será un rey fenomenal. Deja que unas chicas que deberían ir todo el día con vestidos se pongan vaqueros & no se enfada cuando alguien que no conoce le cuelga etiquetas evidentemente erróneas. —Miré a Caesar, que sonrió. & tras él, Peeta parecía intrigado.
— La que se case con él será una chica afortunada. & sea lo que sea lo que me depare el futuro, será para mí un honor ser súbdita suya. — Vi que Peeta tragaba saliva, & bajé la mirada.
—Katniss Everdeen, muchísimas gracias —dijo Caesar, que se acercó a darme la mano—. A continuación tenemos a la señorita Tallulah Bell.
No me enteré de nada de lo que dijeron las chicas que pasaron después de mí, aunque no aparté la mirada de los dos asientos. Aquella entrevista se había vuelto mucho más personal de lo que yo pretendía. No podía mirar a Peeta a la cara. Solo podía permanecer ahí, dándole vueltas una & otra vez a todo lo que había dicho.
Hacia las diez llamaron a mi puerta. La abrí, & ahí estaba Peeta, que levantó la mirada hacia el techo.
—Por la noche tendrías que tener una doncella en la habitación.
— ¡Peeta! Lo siento muchísimo. No quería llamarte así delante de todo el mundo. He sido una tonta.
— ¿Crees que estoy enfadado contigo? —preguntó, mientras entraba & cerraba la puerta
—Katniss, me llamas por mi nombre tan a menudo que era fácil que se te escapara. Sí, ojalá hubiera sido en un entorno algo más privado —añadió, con una sonrisa socarrona—, pero no te lo tengo en cuenta.
— ¿De verdad?
—Claro. De verdad.
— ¡Agh! Esta noche me he sentido como una tonta. ¡No puedo creerme que me hicieras contar esa historia! —exclamé, dándole un suave cachete en la mejilla.
— ¡Eso ha sido lo mejor de toda la noche! Mamá se ha divertido de lo lindo. En sus días, las chicas eran más reservadas incluso que Tiny, & vas tú & me llamas superficial… No podía creérselo.
Genial. Ahora hasta la reina pensaba que era una inadaptada. Atravesamos la habitación & acabamos en el balcón. Soplaba una suave brisa templada que nos hacía llegar el olor de los miles de flores del jardín. En lo alto brillaba una luna llena, cuya luz se sumaba a las del palacio & le daba a Peeta un brillo misterioso.
—Bueno, me alegro de que te hayas divertido —dije, pasando los dedos por la baranda. Peeta dio un salto & se sentó sobre la baranda, aparentemente muy relajado.
—Siempre me diviertes. Me estoy acostumbrando.
Hmm. Genial esto casi resultaba cómico.
—&… sobre eso que has dicho…
— ¿Qué parte? ¿La de las cosas que te he llamado en público o la de las peleas con mi madre, o cuando he dicho que la comida era mi principal motivación? —dije, poniendo los ojos en blanco.
Él se rio.
—Lo de que yo era bueno…
—Ah, sí. ¿Qué hay de eso? —Aquellas pocas frases de pronto me parecieron lo más embarazoso del mundo. Bajé la cabeza & empecé a darle vueltas a un trozo de tela del vestido.
—Te agradezco que quieras hacerlo creíble, pero no hacía falta que fueras tan lejos. — Levanté la cabeza de pronto. ¿Cómo podía pensar eso?
—Peeta, eso no lo dije por el programa. Si me hubieran pedido mi opinión sincera hace un mes, habría sido muy diferente. Pero ahora te conozco, & sé la verdad, & eres todo lo que dije que eras. & más, mucho más.
Se quedó en silencio, pero había una tímida sonrisa en su rostro.
—Gracias —soltó por fin.
—No hay de qué. — Peeta se aclaró la voz.
—Él también tendrá suerte —afirmó, bajando de la baranda & acercándose al lado del balcón donde estaba yo.
— ¿Eh?
—Tu novio. Cuando recupere la lucidez & te ruegue que le dejes volver —añadió, con toda naturalidad. No pude evitar reírme. Aquello no sucedería jamás.
—Ya no es mi novio. & dejó bastante claro que habíamos acabado. —Hasta yo misma noté el minúsculo rastro de esperanza en mi voz.
—Eso no es posible. Ahora te habrá visto en la tele & habrá vuelto a caer prendado de ti. Aunque en mi opinión sigue sin merecerte. —Peeta hablaba casi como si estuviera aburrido, como si hubiera visto cosas así un millón de veces
— & eso me recuerda… —añadió, levantando un poco la voz—. Si no quieres que me enamore de ti, vas a tener que dejar de estar tan encantadora. Mañana a primera hora haré que tus doncellas te cosan unos vestidos hechos con sacos de patatas. — Le di un golpe en el brazo.
—Calla.
—No bromeo. Eres tan guapa que corres peligro. Cuando te vayas, tendremos que enviar guardaespaldas para que te sigan. Nunca sobrevivirías por tu cuenta, pobrecilla —dijo, fingiendo compasión.
—No puedo evitarlo —suspiré—. ¡Qué voy a hacerle, si he nacido perfecta! —& eché la cabeza atrás, como si estuviera agotada de ser tan guapa.
—Nada, supongo que no puedes hacer nada. — Me reí, sin darme cuenta de que Peeta no hablaba tan en broma.
Me quedé contemplando el jardín & por el rabillo del ojo vi que me miraba. Su cara estaba increíblemente cerca de la mía. Cuando me giré para preguntarle qué era lo que miraba tanto, me sorprendió notar que estaba tan cerca que podría haberme besado. & más aún me sorprendió que lo hiciera. Di un paso atrás enseguida, apartándome. Peeta también retrocedió.
—Lo siento —murmuró, ruborizado.
— ¿Qué estás haciendo? —susurré, sorprendida.
—Lo siento —repitió, girando la cara, evidentemente avergonzado.
— ¿Por qué has hecho eso? —Me llevé una mano a la boca.
—Es que… con lo que has dicho antes, & al ver que ayer me buscabas…, tu forma de actuar…, pensé que tus sentimientos habrían cambiado. E igual que tú…, pensé que lo habrías notado. —Se giró hacia mí—. Bueno… ¿Tan terrible ha sido? Pareces hasta molesta.
Intenté borrar cualquier expresión de mi rostro. Peeta parecía estar pasándolo fatal.
—Lo siento muchísimo. Nunca había besado a nadie. No sé lo que hago. Solo… Lo siento, Katniss. —Soltó un profundo suspiro & se pasó la mano por el pelo varias veces, apoyándose en la baranda.
No lo esperaba, pero me sentí halagada. Me había elegido a mí para su primer beso. Pensé en el Peeta al que había descubierto últimamente —el que siempre tenía un cumplido a punto, el que me concedía el premio de una apuesta aunque la hubiera perdido, el que me perdonaba cuando le hacía daño, física o emocionalmente— & descubrí que mi opinión había cambiado.
Sí, aún sentía algo por Gale. Aquello no podía evitarlo. Pero si no podía estar con él, ¿qué era lo que me impedía estar con Peeta? Nada más que mis ideas preconcebidas sobre él, que no se acercaban en absoluto a la realidad. Me acerqué & le acaricié la frente con la mano.
— ¿Qué estás haciendo?
—Estoy borrando ese recuerdo. Creo que podemos hacerlo mejor. —Bajé la mano & me apoyé en él, de cara a la habitación. — Peeta no se movió…, pero sonrió.
—Katniss, no creo que se pueda cambiar la historia —dijo, pero al mismo tiempo cierta esperanza le iluminó el rostro.
—Claro que podemos. Además, ¿quién más va a saberlo, aparte de ti & de mí?
Me miró un momento, preguntándose si aquello estaba bien. Poco a poco vi que su expresión iba pasando de la prudencia a la confianza. Nos quedamos así, mirándonos a los ojos, hasta que recordé lo que acababa de decir.
—Qué voy a hacerle, si he nacido perfecta —susurré.
Él se acercó, me pasó un brazo alrededor de la cintura, poniéndose justo delante de mí. Su nariz me hacía cosquillas en la mía. Me pasó los dedos por la mejilla con tal suavidad que por un momento temí venirme abajo.
—Nada, supongo que no puedes hacer nada —murmuró.
Peeta me cogió la cara con la mano & acercó sus labios a los míos, dándome el más suave de los besos.
Aquella sensación de inseguridad hacía que el momento fuera aún más bonito. Sin necesidad de decir una palabra, entendí la emoción que suponía para él disfrutar de aquel momento, pero también el miedo que le provocaba. Y, por encima de todo eso, supe que me adoraba. Así que aquella era la sensación que producía ser una dama. Al cabo de un momento, se separó & preguntó:
— ¿Mejor?
Solo pude que asentir. Peeta parecía estar a punto de dar una voltereta hacia atrás. Yo sentía algo parecido dentro del pecho. Era algo absolutamente inesperado, demasiado rápido, demasiado extraño. Mi estado de confusión debía de reflejárseme en la cara, porque Peeta se puso serio.
— ¿Puedo decir algo? — Volví a asentir.
—No soy tan tonto como para creer que te habrás olvidado por completo de tu ex-novio. Sé por lo que has pasado & que aquí no te encuentras precisamente en circunstancias normales. Sé que crees que hay otras más preparadas para mí & para esta vida, & no quiero presionarte para que intentes adaptarte a todo esto. Yo solo… Solo quiero saber si es posible.
Era una pregunta difícil de responder. ¿Estaría dispuesta a llevar una vida que nunca había deseado? ¿A observar cómo iba quedando con las otras para asegurarse de que no se equivocaba? ¿A aceptar la responsabilidad que tenía él como príncipe? ¿Estaría dispuesta a quererle?
—Sí, Peeta —susurré—. Esto es posible, esto & mucho más…
¡Esto es todo hasta la Próxima!
