Disclaimer: Algunos de los personajes pertenecen a Suzanne Collins, el resto & la historia "The Selection" pertenece a Kiera Cass, esta es una adaptación sin fines de lucro, todo es meramente por entretenimiento.
CAPÍTULO 8
No le conté a nadie lo que había sucedido entre Peeta & yo, ni siquiera a Johanna ni a mis doncellas. Era como un secreto maravilloso que podía recordar en medio de alguna de las aburridas clases de Effie o en alguna larga jornada en la Sala de las Mujeres, & para ser sincera, pensaba en nuestros besos « tanto en el incómodo como en el dulce » con mayor frecuencia de lo que me esperaba.
Sabía que no me iba a enamorar de Peeta de la noche a la mañana. Mi corazón no me lo permitiría. Pero de pronto me encontré con que era algo que deseaba. Así que me planteé la posibilidad, solo para mí, aunque en más de una ocasión sentí la tentación de explicar mi secreto a los cuatro vientos. En particular tres días más tarde, cuando, con la Sala de las Mujeres medio llena, Olivia anunció que Peeta la había besado. No podía creerme lo destrozada que me sentía. Me quedé mirando a Olivia & preguntándome qué tenía ella que fuera tan especial.
—¡Cuéntanoslo todo! —la apremió Johanna.
La mayoría de las otras chicas también sentían curiosidad, pero Johanna era la más entusiasta. En el poco tiempo que había pasado desde su última cita con Peeta, cada vez demostraba un mayor interés por los progresos de las demás. No entendía cuál era el motivo de aquel cambio, & no tenía valor para preguntárselo.
Olivia no necesitaba que se lo pidieran. Se sentó en uno de los sofás & se colocó bien el vestido. Tenía la espalda muy erguida, sobre todo en comparación con su estado, habitualmente relajado, & colocó las manos sobre el regazo. Era como si estuviera practicando para ser princesa. Me venían ganas de decirle que un beso no significaba que fuera a ganar.
—No quiero entrar en detalles, pero fue bastante romántico —suspiró, bajando la barbilla hasta el pecho—. Me llevó a la azotea. Tienen un lugar que es como un balcón, pero me parece que lo usan los guardias. No sé. Desde allí se veía más allá de los muros, & la ciudad brillaba hasta donde se perdía la vista. En realidad no dijo nada. Simplemente me cogió & me besó —dijo, henchida de orgullo.
Johanna suspiró. Glimmer parecía estar a punto de romper algo. Yo me quedé ahí sentada. No paraba de repetirme que no debía preocuparme tanto; todo aquello formaba parte de la Selección. Además, ¿cómo podía estar segura de querer acabar con Peeta? La verdad era que tenía que estar contenta. Estaba claro que la maldad de Glimmer había encontrado un nuevo objetivo, & después de todo aquel episodio con mi vestido « que, por cierto, había olvidado contar a Peeta » estaba encantada de ver que alguien me iba a tomar el relevo.
—¿Crees que será la única a la que ha besado? —me susurró Tuesday al oído.
Bonnie, que estaba de pie a mi lado, oyó la pregunta & se apresuró a contestar:
—Él no besaría a cualquiera. Olivia debe de estar haciendo algo bien.
—¿& si ha besado ya a la mitad de las chicas & todas se lo callan? A lo mejor es parte de su estrategia —se preguntó Tuesday.
—No creo que, si alguna se lo calla, eso tenga que considerarse necesariamente una estrategia —rebatí—. A lo mejor solo están siendo discretas.
Bonnie aspiró con fuerza.
—¿& si el hecho de que Olivia nos cuente esto no es más que algún juego? Ahora todas están preocupadas, & ninguna de nosotras se negaría a recibir un beso de Peeta. No hay modo de saber si está mintiendo o no.
—¿Creéis que lo haría? —pregunté.
—Si es así, ojalá se me hubiera ocurrido a mí primero —se lamentó Tuesday. Bonnie suspiró.
—Esto es mucho más complicado de lo que pensaba.
—Dímelo a mí —murmuré.
—A mí casi todas las chicas me caen bien, pero cuando oigo que Peeta hace algo con otra solo pienso en cómo podría hacerlo mejor que ella —confesó—. No me sale el instinto competitivo con vosotras.
—Algo así le decía yo a Tiny el otro día —dijo Tuesday—. Sé que es algo tímida, pero es muy elegante & creo que sería una gran princesa. No puedo enfadarme con ella si tiene más citas que yo, aunque desee la corona para mí.
Bonnie & yo cruzamos una breve mirada, & me di cuenta de que ambas habíamos pensado lo mismo. Tuesday había dicho «corona» no «a él». Pero lo dejé estar, porque el resto de su planteamiento me resultaba familiar.
—Johanna & yo hablamos de eso todo el rato. De las cualidades que vemos la una en la otra.
Nos miramos las unas a las otras, & algo había cambiado. De pronto no sentí tantos celos de Olivia, ni siquiera me caía tan mal Glimmer. Todas vivíamos aquello de un modo diferente, & quizás incluso por motivos distintos, pero al menos todas lo vivíamos juntas.
—Quizá tuviera razón la reina Amberly —dije—. Lo único que hay que hacer es ser una misma. Preferiría que Peeta me enviara a casa por ser yo misma a que me eligiera por ser quien no soy.
—Es verdad —coincidió Bonnie—. & al final treinta & cuatro tendrán que irse. Si yo fuera la última que queda, querría saber que cuento con el apoyo de las demás, así que deberíamos apoyarnos las unas a las otras.
Asentí. Tenía razón, & esperaba poder hacerlo. En aquel momento, Elise entró en la sala como un huracán, seguida de Zoe & Emmica. Solía ser muy tranquila & sosegada, nunca levantaba la voz. No obstante, esta vez se dirigió a nosotras con un chillido.
—¡Mirad esto! —gritó, señalando dos bonitas peinetas cubiertas en piedras preciosas que debían valer miles de dólares—. Me las ha regalado Peeta. ¿No son preciosas?
Aquello hizo que una nueva oleada de excitación (& de decepción) se extendiera por la sala: mi recién conquistada confianza desapareció. Intenté no sentirme decepcionada. Al fin & al cabo, ¿no había recibido regalos yo también? ¿No me había besado? Aun así, a medida que la habitación se iba llenando de chicas & las historias iban pasando de boca en boca, sentí que lo único que quería era esconderme. Quizá fuera un buen día para pasarlo a solas con mis doncellas.
Justo en el momento en que me planteaba abandonar la sala, entró Effie, algo agitada e ilusionada al mismo tiempo.
—¡Señoritas! —dijo, pidiendo silencio—. Señoritas, ¿están todas aquí?
Todas respondimos con un sonoro «sí».
—Gracias a Dios —añadió, calmándose un poco—. Sé que es algo precipitado, pero acabamos de enterarnos de que el rey & la reina de Swendway vienen tres días de visita, & como sabrán, estamos en buenas relaciones con su familia real. Además, al mismo tiempo, la familia de nuestra reina vendrá a conocerlas, así que vamos a tener el palacio bastante lleno. Tenemos muy poco tiempo para prepararnos, así que libérense las tardes de obligaciones. Clases en el Gran Salón inmediatamente después del almuerzo —anunció, & dio media vuelta para marcharse.
Era como si el personal de palacio hubiera tenido meses para los preparativos. Levantaron unas carpas enormes en los jardines, con mesas llenas de comida & vino repartidas por el césped. El número de guardias era mayor del habitual, & a ellos se les unieron numerosos soldados de Swendway que habían traído consigo los reyes. Supuse que hasta ellos sabían la amenaza que se cernía sobre el palacio.
Había otra carpa con tronos para el rey, la reina & Peeta, así como para los reyes de Swendway. La reina de Swendway —cuyo nombre no podría pronunciar ni aunque en ello me fuera la vida— era casi tan guapa como la reina Amberly, & ambas parecían ser buenas amigas. Todos se instalaron cómodamente bajo la carpa, salvo Peeta, que estaba ocupado saliendo con todas las chicas & con sus familiares recién llegados.
Parecía encantado de ver a sus primos, incluso a los pequeños, que no dejaban de tirarle de la casaca & salir corriendo. Llevaba una de sus muchas cámaras e iba persiguiendo a los críos, haciéndoles fotos. Casi todas las chicas de la Selección lo contemplaban encandiladas.
—Katniss —me llamó alguien. Me giré & a mi derecha vi a Elayna & Leah hablando con una mujer casi idéntica a la reina—. Ven a conocer a la hermana de la reina —dijo Elayna.
Había algo en su tono que no podía definir, pero que me puso algo nerviosa. Me acerqué & le hice una reverencia a la dama, que se rio.
—Deja eso, cariño. Yo no soy la reina. Soy Adele, la hermana mayor de Amberly.
Me tendió la mano & se la estreché. En ese momento se le escapó el hipo. La mujer tenía algo de acento, & había en ella algo reconfortante, que me recordaba a mi casa. Estaba algo inclinada hacia delante & sostenía una copa de vino casi vacía en la mano. Por la pesadez de su mirada era evidente que no era la primera que se tomaba.
—¿De dónde es usted? Me encanta su acento —dije.
Entre las chicas había alguna del sur que hablaba de forma parecida, & aquellas voces me parecían increíblemente románticas.
—Honduragua. En la costa. Nos criamos en una casa diminuta —afirmó, mostrando un espacio de un centímetro entre el pulgar & el índice—. & mírala ahora. Mírame a mí —dijo, señalando su vestido—. Menudo cambio.
—Yo vivo en Carolina, & mis padres me llevaron a la costa una vez. Me encantó —respondí.
—Oh, no, no, no, niña —intervino ella, agitando la mano.
Elayna & Leah parecían estar aguantándose la risa. Evidentemente no les parecía correcto que la hermana de la reina nos hablara con tanta familiaridad
— Las playas del centro de Illéa son una basura comparadas con las del sur. Tienes que ir a verlas algún día.
Sonreí & asentí, pensando que me encantaría viajar más por el país, aunque dudaba que pudiera hacerlo. Poco después, uno de los muchos hijos de Adele se acercó & se la llevó, en ese momento Elayna & Leah estallaron de risa.
—¿No es graciosísima? —preguntó Leah.
—No sé. Parece agradable —respondí, encogiéndome de hombros.
—Es vulgar —respondió Elayna—. Deberías haber oído todo lo que dijo antes de que llegaras tú.
—¿Qué es lo que tiene de malo?
—Yo pensaba que con el paso de los años le habrían dado unas cuantas clases para que aprendiera a mantener la compostura. ¿Cómo es que Effie no se ha encargado de ella? —preguntó Leah, con una sonrisita socarrona.
—No olvides que es una Cuatro de nacimiento. Igual que tú —le espeté.
De pronto, la sonrisa socarrona desapareció, & debió de recordar que Adele & ella no eran tan diferentes. Elayna, en cambio, siempre había sido una Tres & siguió hablando.
—Puedes estar segura de que, si gano, haré que mi familia reciba la educación pertinente o que los deporten. No permitiría que ninguno de ellos me hiciera pasar esa vergüenza.
—¿Qué es lo que ha sido tan embarazoso? —pregunté. Elayna chasqueó la lengua.
—Está borracha. El rey & la reina de Swendway están aquí. Deberían de haberla metido entre rejas.
Decidí que ya tenía bastante & me alejé a buscar una copa de vino. Cuando la tuve, miré a mi alrededor & la verdad es que no veía ni un solo lugar al que me apeteciera retirarme. La recepción era preciosa, de lo más interesante &, para mí, un motivo de tensión insoportable.
Pensé en lo que había dicho Elayna. Si acabara viviendo en el palacio, ¿esperaría que mi familia cambiara? Miré a los niños que correteaban, a la gente reunida en pequeños corrillos. ¿No querría que Kenna fuera exactamente como era, que sus hijos disfrutaran de todo aquello como mejor les pareciera? ¿Hasta qué punto me cambiaría la vida en palacio? ¿Querría Peeta que cambiara? ¿Por eso iba por ahí besando a otras chicas? ¿Porque había algo en mí que no acababa de encajarle del todo? ¿Iba a resultar igual de irritante el resto de la Selección?
—Sonríe.
Me giré, & Peeta me tomó una foto. Di un respingo de la sorpresa. Aquella fotografía inesperada acabó con la poca paciencia que me quedaba, & aparté la cara.
—¿Algún problema? —preguntó Peeta, bajando la cámara. Me encogí de hombros.
—¿Qué pasa?
—Solo que hoy no me apetece formar parte de la Selección —me limité a responder. Peeta no pilló la indirecta. Se acercó & bajó la voz:
—¿Necesitas hablar con alguien? Yo podría tirarme de la oreja ahora mismo —se ofreció. Suspiré e intenté mostrar una sonrisa educada.
—No, solo necesito pensar —respondí, & me dispuse a alejarme.
—Katniss —dijo, en voz baja. Me detuve & me di la vuelta—. ¿He hecho algo malo?
Dudé. ¿Debería preguntarle por el beso a Olivia? ¿Tendría que decirle la tensión que sentía entre las chicas ahora que las cosas habían cambiado entre nosotros? ¿Debería decirle que no quería cambiar ni obligar a mi familia a que cambiara para entrar a formar parte de esto? Estaba a punto de soltarlo todo cuando oí una voz aguda detrás de nosotros.
—¿Príncipe Peeta?
Nos giramos, & ahí estaba Glimmer, hablando con la reina de Swendway. Estaba claro que quería mantener aquella conversación colgada del brazo del príncipe. Le hizo un gesto, invitándole a que se uniera a ellas.
—¿Por qué no vas corriendo? —le pregunté, sin poder evitar un tono de fastidio en la voz.
Peeta me miró. La expresión de su rostro me recordó que aquello era parte del trato. Se suponía que tenía que compartirlo.
—Ten cuidado con esa. —Le hice una reverencia rápida & me alejé.
Me dirigí hacia el palacio. Por el camino me encontré a Johanna, que estaba sentada. No me apetecía estar con nadie, ni siquiera con ella, pero observé que estaba sola, en un banco junto a la fachada trasera del palacio, bajo un sol implacable. Como única compañía tenía a un joven soldado montando guardia a apenas unos metros.
—Johanna, ¿qué haces aquí? Ponte bajo una carpa antes de que se te queme la piel.
—Estoy bien aquí —respondió, con una sonrisa educada.
—No, de verdad —insistí, pasándole una mano bajo el brazo—. Acabarás del color de mi pelo. Deberías…
Johanna quitó la mano para que no la agarrara, pero habló con suavidad.
—Prefiero quedarme aquí, Katniss. Lo prefiero.
Había una tensión en su rostro que intentaba enmascarar. Estaba segura de que no estaba enfadada conmigo, pero le pasaba algo.
—Como quieras. Pero ponte a la sombra enseguida. Las quemaduras pueden ser dolorosas —le advertí, intentando disimular mi frustración, & me dirigí hacia el palacio.
Una vez dentro, decidí ir a la Sala de las Mujeres. No podía desaparecer demasiado tiempo, & al menos aquella sala estaría vacía. Pero cuando entré me encontré a Adele sentada cerca de la ventana viendo la escena que se desarrollaba en el exterior. Al oírme entrar se giró & esbozó una sonrisa.
Me acerqué & me senté cerca.
—¿Escondiéndose?
—Algo así —repuso, sonriendo—. Quería conoceros a todas & ver a mi hermana otra vez, pero odio cuando estas cosas se convierten en funciones teatrales. Me ponen tensa.
—A mí tampoco me gusta. No me puedo imaginar haciendo cosas así toda la vida.
—Supongo —repuso, resignada—. Tú eres la Cinco, ¿verdad?
No fue un insulto, sino que más bien me estaba preguntando si era de las suyas.
—Sí, soy yo.
—Recordaba tu cara. Estuviste encantadora en el aeropuerto. Eso es lo típico que habría hecho ella —dijo, señalando con un gesto de la cabeza hacia la reina. Suspiró—. No sé cómo lo hace. Es más fuerte de lo que se imagina la gente —añadió, & dio un sorbo a su copa de vino.
—Sí que parece fuerte, pero también elegante. — A Adele se le iluminaron los ojos.
—Sí, pero es más que eso. Mírala ahora.
Observé a la reina. Vi que escrutaba el jardín con la vista. Seguí su mirada; estaba observando a Peeta, que hablaba con la reina de Swendway, con Glimmer al lado, & con uno de sus primos colgado de su pierna.
—Peeta habría sido estupendo como hermano —dijo—. Amberly tuvo tres abortos. Dos antes de él & uno después. Aún piensa en ello; de vez en cuando me lo dice. & yo tengo seis hijos. Me siento culpable cada vez que vengo.
—Estoy segura de que ella no se lo toma así. Apuesto que está encantada cada vez que la visita— Ella se giró.
—¿Sabes lo que la hace feliz? Vosotras. ¿Sabes lo que ve en vosotras? Una hija. Sabe que, cuando todo esto acabe, habrá ganado una hija. — Me giré de nuevo & miré a la reina otra vez.
—¿Usted cree? Parece un poco distante. Yo ni siquiera he hablado con ella. — Adele asintió.
—Tú espera. Le aterra cogeros cariño & luego tener que ver como os vais. Ya lo verás cuando el grupo sea más pequeño.
Volví a mirar a la reina. & luego a Peeta. & luego al rey. & de nuevo a Adele. Me pasaban un montón de cosas por la cabeza: que las familias son familias, independientemente de la casta; que las madres tienen siempre sus propias preocupaciones; que en realidad no odiaba a ninguna de las chicas, por muy equivocadas que estuvieran; que todo el mundo debía de estar poniendo al mal tiempo buena cara, por un motivo u otro; & por último, que Peeta me había hecho una promesa.
—Discúlpeme. Tengo que hablar con alguien.
Ella dio otro sorbito al vino & se despidió con un gesto de la mano. Salí corriendo de allí & volví a la luz cegadora de los jardines. Busqué un momento, hasta que vi al primo menor de Peeta corriendo tras él alrededor de los arbustos. Sonreí & me acerqué despacio.
Por fin Peeta se detuvo, levantando las manos, admitiendo su derrota. Aún entre risas, se giró & me vio. Siguió sonriendo, pero cuando nuestras miradas se cruzaron la sonrisa se borró. Me miró a la cara, intentando averiguar de qué humor estaba.
Me mordí el labio & bajé la vista. Estaba claro que, si me importaba mi futuro como participante en la Selección, debía ser capaz de procesar muchas sensaciones nuevas. Por mal que me sentaran algunas cosas, tenía que intentar que no me afectaran en la relación con otras personas, especialmente con Peeta.
Pensé en la reina, atendiendo, al mismo tiempo, a todos a la vez, a unos monarcas extranjeros, a sus familiares & a un grupo de chicas revolucionadas. Organizaba eventos & respaldaba causas benéficas. Ayudaba a su marido, a su hijo & al país. & en su interior seguía siendo una Cuatro, con todas sus preocupaciones, & no permitía que su antigua posición ni los dolores de cabeza propios de la actual interfirieran en su labor.
Sin levantar la cabeza miré a Peeta & sonreí. Él también me sonrió & le susurró algo al niño, que inmediatamente se giró & salió corriendo. Se puso en pie & se tiró de la oreja. Igual que yo.
La familia de la reina se quedó solo unos días, mientras que los invitados de Swendway permanecieron allí toda una semana. Les dedicaron una sección en el Report, en la que hablaron de relaciones internacionales & de las iniciativas para reafirmar la paz en ambas naciones.
Cuando se fueron, llegó otra cosa: la tranquilidad. Ya llevaba un mes en palacio, & me sentía como en casa. Mi cuerpo se había acostumbrado al nuevo clima. La calidez del palacio era estupenda, como estar de vacaciones. Septiembre ya casi había acabado, & por las noches refrescaba mucho, pero hacía mucho más calor que en casa. Aquel enorme lugar, con sus diferentes espacios, ya no era un misterio para mí. El sonido de los zapatos de tacón sobre el mármol, de las copas de cristal al brindar, de los guardias desfilando…, todo aquello empezaba a ser tan normal como el zumbido de la nevera o las patadas que le daba Gerad a la pelota de fútbol junto a mi casa.
Las comidas con la familia real & los ratos pasados en la Sala de las Mujeres eran elementos habituales de mi día a día, pero los momentos intermedios siempre eran nuevos. Pasaba más tiempo ensayando mi música; los instrumentos de palacio eran mucho mejores que los que tenía en casa. Debía admitir que me estaban mal acostumbrando. La calidad del sonido era infinitamente mejor. & la Sala de las Mujeres había adquirido un poco más de interés, ya que la reina se había presentado un par de veces. En realidad aún no había hablado con ninguna, pero se sentaba en una cómoda butaca con sus doncellas al lado, observando cómo leíamos o conversábamos.
En general, los ánimos también se habían calmado. Nos estábamos acostumbrando las unas a las otras. Por fin descubrimos las preferidas de la revista que había publicado nuestras fotografías. Me quedé impresionada al ver que era de las que iba en cabeza. Johanna era la primera de la clasificación, seguida de Bonnie, Tallulah & Bariel. Cuando Glimmer se enteró, no le habló a Bariel durante días, pero nadie hizo ni caso.
Lo que aún provocaba tensión eran ciertos rumores que corrían por ahí. Si una había estado con Peeta recientemente, enseguida corría a contar su breve encuentro. Por el modo en que hablaban todas, daba la impresión de que Peeta iba a tomar seis o siete esposas. Pero no todas estaban tan eufóricas ante sus encuentros.
Por ejemplo, Johanna había salido varias veces con Peeta, lo cual tenía a muchas chicas intranquilas. Aun así, nunca volvió tan emocionada de ninguna de esas citas como tras la primera.
—Katniss, si te cuento esto, tienes que jurar que no se lo dirás a nadie —me dijo un día mientras salíamos al jardín.
Debía ser algo importante. Esperó a que estuviéramos a una distancia prudencial de la Sala de las Mujeres & fuera de la vista de los guardias.
—Por supuesto, Johanna. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. Es solo… que quiero que me des tu opinión sobre una cosa —soltó, con aspecto preocupado.
—¿Qué pasa? — Ella se mordió el labio & me miró.
—Es Peeta. No estoy segura de que vaya a funcionar —confesó, & bajó la mirada.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunté, preocupada. Ahora que ya lo había soltado, seguimos caminando.
—Bueno, para empezar, yo no… No «siento» nada, ¿sabes? No hay chispa, no hay química.
—Peeta puede ser un poco tímido. Tienes que darle tiempo. —Era cierto. Me sorprendía que ella no lo supiera.
—No, quiero decir que… no creo que «a mí» me guste.
—Oh. —Eso era muy diferente—. ¿Ya lo has intentado? —Qué pregunta más idiota.
—¡Sí! ¡Con todas mis fuerzas! No paro de buscar el momento en que diga o haga algo que me haga sentir que tenemos algo en común, pero nunca llega. Creo que es guapo, pero eso no basta como base para una relación. Tampoco sé siquiera si le atraigo. ¿Tú tienes alguna idea de lo que…, de lo que le gusta? — Lo pensé.
—En realidad no. Nunca hemos hablado de lo que busca, en cuanto al aspecto físico.
—¡& eso es otra cosa! Nunca charlamos. Él habla & habla, pero nunca parece que tengamos nada que decirnos. Nos pasamos mucho tiempo en silencio, viendo alguna película o jugando a las cartas. — Parecía cada vez más preocupada.
—A veces a mí también me pasa. Nos sentamos & nos quedamos callados, sin decir nada. Además, sentimientos así no siempre surgen de la noche a la mañana. A lo mejor los dos os lo estáis tomando con calma —dije, intentando infundirle seguridad.
Johanna parecía estar a punto de echarse a llorar.
—Sinceramente, Katniss, creo que el único motivo de que yo siga aquí es que le gustó mucho a la gente. Creo que a él le importa demasiado la opinión pública.
Aquello no se me había ocurrido, pero ahora que lo había dicho sonaba plausible. Tiempo atrás yo no habría dado importancia a lo que pensara el público, pero Peeta adoraba a su pueblo. Seguro que, a la hora de escoger a la que tenía que ser su princesa, lo tendría en cuenta mucho más de lo que la gente pensaba.
—Además —susurró—, todo entre nosotros parece tan… vacío. Entonces llegaron las lágrimas.
Suspiré & la abracé. Lo cierto era que yo quería que se quedara, que estuviera allí, conmigo, pero si no quería a Peeta…
—Johanna, si no quieres estar con Peeta, creo que tendrías que decírselo.
—Oh, no. No creo que pueda.
—Tienes que hacerlo. Él no desea casarse con alguien que no le ame. Si no sientes nada por él, tiene que saberlo. — Ella negó con la cabeza.
—¡No puedo pedirle que me eche! Necesito quedarme. No podría volver a casa… Ahora no.
—¿Por qué, Johanna? ¿Qué es lo que te retiene?
Por un momento me pregunté si las dos compartíamos el mismo oscuro secreto. A lo mejor ella también necesitaba distanciarse de alguien. La única diferencia entre nosotras era que Peeta conocía mi secreto. ¡Yo quería que lo dijera! Deseaba saber que no era la única que había acabado allí por un cúmulo de ridículas circunstancias.
Sin embargo, las lágrimas de Johanna cesaron casi con la misma rapidez que habían empezado. Se sorbió la nariz un par de veces & levantó la cabeza. Se alisó su vestido, echó los hombros atrás & se giró hacia mí. Se esforzó en sonreír & por fin habló:
—¿Sabes qué? Supongo que tienes razón —dijo, echando a andar—. Estoy segura de que, si le doy tiempo, funcionará. Tengo que irme. Tiny me espera.
Johanna volvió al palacio casi a la carrera. ¿Qué bicho le había picado? Al día siguiente, me evitó. & el siguiente también. Decidí sentarme en la Sala de las Mujeres a una distancia prudencial & saludarla cada vez que nos cruzáramos. Quería que supiera que podía confiar en mí; no la obligaría a hablar.
Tardó cuatro días en dedicarme una sonrisa triste, ante la que me limité a asentir. Daba la impresión de que eso era todo lo que tenía que decir de lo que le rondaba por la cabeza. El mismo día, mientras estaba en la Sala de las Mujeres, vinieron a decirme que Peeta solicitaba mi presencia. Mentiría si no admitiera que estaba flotando cuando salí de la sala & fui a echarme en sus brazos.
—¡Peeta! —suspiré, lanzándome hacia él.
Cuando me eché atrás, él se mostró vacilante & yo supe por qué. El día que nos habíamos alejado de la recepción preparada para los reyes de Swendway & habíamos entrado en palacio para hablar le había confesado lo que me costaba gestionar mis sentimientos. Le pedí que no volviera a besarme hasta que estuviera más segura. Me di cuenta de que aquello le dolía, pero había aceptado mi decisión & aún no había roto su promesa. Era demasiado difícil descifrar aquellos sentimientos cuando actuaba como si fuera mi novio, & evidentemente no lo era.
Aún quedaban veintidós chicas después de que Camille, Mikaela & Laila hubieran vuelto a casa. Camille & Laila, simplemente, eran incompatibles con el príncipe, & se fueron sin hacer mucho ruido. Mikaela tuvo un ataque de nostalgia tan intenso que dos días más tarde se echó a llorar durante el desayuno. Peeta la acompañó mientras salía del comedor, dándole palmaditas en el hombro. No parecía que le importara que se marcharan, & enseguida se dedicó a otras cosas, yo entre ellas. Pero ambos sabíamos que sería una tontería que pusiera todas sus esperanzas en mí, cuando ni siquiera yo sabía dónde tenía el corazón.
—¿Cómo estás hoy? —preguntó, dando un paso atrás.
—Perfectamente. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar trabajando?
—El presidente del Comité de Infraestructuras está enfermo, así que han aplazado la reunión. Tengo libre toda la tarde —anunció, con un brillo en los ojos—. ¿Qué quieres hacer? —preguntó, tendiéndome su brazo.
—¡Lo que sea! ¡Hay tantos rincones del palacio que aún no he visto! Hay caballos, ¿no? & el cine. ¡Aún no me has llevado!
—Pues hagamos eso. Me irá bien un poco de calma. ¿Qué tipo de películas te gusta más? —preguntó, mientras nos dirigíamos hacia donde imaginaba que estaba la escalera que conducía al sótano.
—La verdad es que no lo sé. No he tenido ocasión de ver muchas películas. Pero me gustan los libros románticos. ¡& también las comedias!
—¿Te gusta lo romántico, dices? —& levantó las cejas como si fuera a hacer una travesura. No pude evitar reírme.
Giramos una esquina & seguimos charlando. Al irnos acercando, un grupo de soldados de la guardia de palacio se echaron a un lado del pasillo & saludaron. Debía de haber más de una docena de hombres en el pasillo. Ya me había acostumbrado a su presencia. Ni siquiera ver a aquel grupo pudo distraerme de la diversión que tenía en perspectiva.
Lo que sí me detuvo fue el grito ahogado que se le escapó a alguien cuando pasamos por delante. Peeta & yo nos giramos, & ahí estaba Gale... Yo también reprimí un grito. Unas semanas antes había oído a algún funcionario de palacio hablando del nuevo reemplazo de reclutas. Aquello me hizo pensar en Gale por un momento, & desde entonces me había preguntado por su paradero. Pero como llegaba tarde a una de las numerosas clases de Effie, no había tenido tiempo de especular demasiado.
Así que por fin lo habían reclutado. & de todos los lugares a los que podía haber ido…
—Katniss, ¿conoces a este joven?
Hacía más de un mes que no veía a Gale, pero aquella era la persona con la que llevaba años haciendo planes, la persona que aún visitaba mis sueños. Lo habría reconocido en cualquier parte. Se le veía algo más fornido, como si hubiera comido bien, & debía de estar haciendo mucho ejercicio. Le habían cortado su enmarañado pelo & ahora lo llevaba muy corto, prácticamente rapado. Estaba acostumbrada a verlo vestido con prendas de segunda mano que apenas se sostenían, mientras que ahora lucía uno de los vistosos uniformes hechos a medida para la guardia del palacio.
Era alguien extraño & familiar a la vez. Había muchas cosas de él que me resultaban raras. Pero aquellos ojos… eran los ojos de Gale. Se me fue la vista a la placa identificativa de su uniforme: soldado Hawthorne. No me parecía que solo hubiera pasado un segundo. Intenté mantener la compostura para que nadie viera la tormenta que se había desatado en mi interior, algo inexplicable. Quería tocarlo, besarle, gritarle, exigirle que se fuera de mi refugio. Deseaba fundirme & desaparecer, pero estaba muy claro que seguía allí. Todo aquello no tenía sentido. Me aclaré la garganta.
—Sí. El soldado Hawthorne procede de Carolina. De hecho es de mi misma ciudad —respondí, con una sonrisa.
Seguro que Gale nos habría oído reír a la vuelta de la esquina, seguro que habría notado que mi brazo seguía colgado del brazo del príncipe. Que pensara lo que quisiera. Peeta parecía contento por mí.
—¡Vaya, qué coincidencia! Bienvenido, soldado Hawthorne. Debe de estar muy contento de ver a nuestra campeona otra vez.
Peeta le tendió la mano, & Gale, que se había quedado de piedra, se la estrechó.
—Sí, alteza. Muchísimo. — ¿Qué significaba aquello?
—Estoy seguro de que usted apuesta por ella —apuntó Peeta, mientras me guiñaba el ojo.
—Por supuesto, alteza —repuso Gale, inclinando la cabeza un poco. ¿Qué significaba eso?
—Excelente. Dado que Katniss es de su provincia, no se me ocurre nadie mejor en palacio para que la proteja. Me aseguraré de incluirle en las rotaciones para montar guardia en su puerta. Esta chica se niega a tener una doncella en la habitación por la noche. He intentado convencerla, pero…
—Peeta me miró & meneó la cabeza.
—Eso no me sorprende, alteza —respondió Gale, que por fin parecía haberse relajado un poco. Peeta sonrió.
—Bueno, estoy seguro de que todos tienen un día muy ocupado por delante. Nosotros nos vamos. Buenos días, soldados. —Peeta hizo un gesto expeditivo con la cabeza & nos fuimos de allí.
Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no mirar atrás. En la oscuridad del cine, intenté pensar qué podía hacer. Desde la primera noche en que le había hablado de Gale, Peeta había dejado clara su repulsa por alguien que me había tratado con tan poco respeto. Si le confesaba que el hombre al que acababa de asignar mi protección era esa misma persona, ¿le castigaría? No quería ponerlo a prueba. Había inventado todo un sistema de apoyo para el país solo porque yo le había hablado de los momentos de hambre pasados.
No podía decírselo. No se lo diría. Porque, por muy enfadada que estuviera con él, aún quería a Gale. & no podría soportar que le hicieran daño. Entonces… ¿debería marcharme? Las dudas me reconcomían por dentro. Podía huir de Gale, librarme de su rostro, un rostro que me torturaría a diario cuando lo viera, sabiendo que ya no era mío. Pero si me iba, tendría que abandonar también a Peeta. & él era mi mejor amigo, quizás incluso algo más. No podía irme así como así. Además, ¿cómo se lo explicaría sin decirle que Gale estaba allí? & mi familia. Quizá los talones que recibían fueran algo menores, pero al menos les seguía llegando. Primrose había escrito diciéndome que papá les había prometido las mejores Navidades de sus vidas, pero si renunciaba nunca más habría unas Navidades tan buenas. Si me iba, era imposible saber cuánto dinero le acarrearía a mi familia mi fama como ex-seleccionada. Teníamos que ahorrar todo lo que pudiéramos.
—No te ha gustado, ¿verdad? —preguntó Peeta, casi dos horas más tarde.
—¿Eh?
—La película. No te has reído, ni nada.
—Oh. —Intenté recordar algún dato, alguna escena que pudiera decir que me hubiera gustado. No recordaba nada—. Creo que hoy estoy algo distraída. Siento haberte hecho perder la tarde.
—Tonterías —dijo Peeta, quitándole importancia—. Disfruto solo con tu compañía. Aunque quizá deberías echar una siesta antes de la cena. Estás algo pálida.
Asentí. Lo cierto es que me estaba planteando meterme en mi habitación & no volver a salir nunca más.
Al final decidí no ir a esconderme a la habitación, sino que me decanté por la Sala de las Mujeres. Generalmente entraba & salía de allí durante todo el día, visitando las bibliotecas, dando paseos con Johanna o incluso subiendo a ver a mis doncellas. Pero ahora la usaba como una guarida. Ningún hombre, ni siquiera los guardias, podían entrar sin el permiso expreso de la reina. Era el lugar perfecto.
Bueno, fue perfecto durante tres días. Con tantas chicas, era solo cuestión de tiempo que llegara el cumpleaños de alguna. El jueves era el de Bonnie. Supongo que se lo mencionaría a Peeta —que aparentemente no perdía ninguna ocasión de hacer algún regalo—, & el resultado fue una fiesta de asistencia obligatoria para las seleccionadas. Así que el día en cuestión hubo un ir & venir de chicas continuo, que entraban & salían de las habitaciones, preguntándose unas a otras qué ponerse o haciendo cábalas sobre la majestuosidad de la fiesta.
No parecía que hubiera que hacer regalos, pero igualmente quise tener un detalle con ella. Me puse uno de mis vestidos de día favoritos & cogí mi violín. Me dirigí al Gran Salón intentando que nadie me viera, mirando tras cada esquina antes de avanzar. Cuando llegué, escruté el lugar, examinando a los guardias apostados en las paredes. Gracias a Dios, Gale no estaba allí, pero me hizo gracia ver a tantos hombres uniformados. ¿Qué esperaban? ¿Un alzamiento?
El salón estaba decorado con gran elegancia. Había jarrones colgados de las paredes, con enormes arreglos de flores blancas & amarillas, & unos ramos similares en centros repartidos por la estancia. Las ventanas, los tabiques & prácticamente todo lo que no se movía estaba cubierto de guirnaldas. Había unas mesitas cubiertas con vistosos manteles salpicados de confeti brillante. & unos grandes lazos decoraban los respaldos de las sillas por detrás.
En una esquina había un enorme pastel a juego con los colores de la habitación. & a su lado, sobre una mesita, unos cuantos regalos para la cumpleañera. Había un cuarteto de cuerda junto a una pared, lo que hacía que mi iniciativa perdiera toda su gracia, & un fotógrafo se paseaba por la habitación, captando instantáneas para compartir con el público.
En la habitación reinaba un ambiente festivo. Tiny —que hasta ahora solo había conseguido intimar con Johanna— hablaba con Emmica & Jenna, & se la veía más animada que nunca. Johanna estaba junto a una ventana, & parecía que montaba guardia como los soldados. No parecía tener ninguna intención de alejarse de aquel rincón, pero paraba a todo el que pasaba para charlar.
Un grupo de Treses —Kayleigh, Elizabeth & Emily— se giraron, sonrientes, & me saludaron con la mano. Les devolví el saludo. Todo el mundo parecía estar feliz & de buen humor. Salvo Glimmer & Bariel. Generalmente eran inseparables, pero en aquel momento se encontraban en extremos opuestos de la habitación: Bariel hablaba con Samantha; Glimmer estaba sola en una mesa, agarrando una copa de cristal con un líquido de un color rojo intenso. Estaba claro que me había perdido algo de lo que había ocurrido entre la cena del día anterior & aquel momento.
Cogí de nuevo la funda de mi violín & me dirigí al fondo de la sala para ver a Johanna.
—Hola, Johanna. Vaya fiesta, ¿no? —pregunté, dejando el violín en el suelo.
—Desde luego. —Me abrazó—. He oído que Peeta vendrá más tarde para desearle a Bonnie feliz cumpleaños en persona. ¿No es encantador? Supongo que él también tendrá un regalo.
Johanna siguió adelante con su típico entusiasmo. Yo aún me preguntaba cuál era su secreto, pero confiaba en que me lo contaría si lo necesitaba. Hablamos de tonterías unos minutos hasta que oímos un clamor generalizado en la entrada al salón. Johanna & yo nos giramos, aunque ella mantuvo la calma, sentí que me deshinchaba por completo.
La elección del vestido de Bonnie había sido un acto de estrategia increíble. Todas íbamos vestidas de día —con vestidos cortos e inocentes— & ella llevaba un vestido de ceremonia hasta el suelo. Pero no era solo la longitud. Era de un color crema casi blanco. La habían peinado con una sarta de joyas amarillas que trazaban una línea sobre la frente & que recordaban sutilmente una corona. Se la veía madura, regia, como una novia.
Aunque no sabía muy bien qué pensar, sentí un pinchazo de celos. Ninguna de nosotras disfrutaría de un momento como aquel. Por muchas fiestas o cenas que hubiera, quedaría bastante patético intentar copiar la imagen de Bonnie. La mano de Glimmer —la que no sostenía la copa— se convirtió en un puño.
—Está preciosa —comentó Johanna, con un aire melancólico.
—Más que preciosa —respondí.
La fiesta siguió, & Johanna & yo nos limitamos casi a observar a la multitud. Sorprendentemente «& sospechosamente », Glimmer se pegó a Bonnie, hablando sin cesar mientras la otra chica iba recorriendo al sala, dándole las gracias a todo el mundo por venir, aunque en realidad no teníamos opción. Al final llegó a la esquina donde estábamos Johanna & yo, calentándonos al sol de la ventana. Johanna, como era de esperar, se lanzó hacia Bonnie en un abrazo.
—¡Feliz cumpleaños! —exclamó, eufórica.
—¡Gracias! —respondió Bonnie, mostrando el mismo afecto & entusiasmo que Johanna.
—Así que hoy cumples diecinueve, ¿verdad? —preguntó Johanna.
—Sí. & no podía tener una celebración mejor. Estoy contentísima de que tomen fotos. ¡A mi madre le va a encantar! ¡Es precioso! —suspiró.
Bonnie era una Cuatro, igual que Johanna. Sus vidas no estaban tan limitadas como la mía, pero me imaginé que algo como aquello no tendría lugar en su mundo.
—Es impresionante —comentó Glimmer—. El año pasado, para mi cumpleaños, celebré una fiesta de blanco & negro. Cualquier rastro de color, & ni siquiera podías entrar.
—Vaya —susurró Johanna, admirada, aunque no quisiera hacerlo patente.
—Fue fantástico. Comida de lujo, una iluminación espectacular… ¡Y la música! Bueno, hicimos venir a Tessa Tamble. ¿Habéis oído hablar de ella?
Era imposible no conocer a Tessa Tamble. Tenía al menos una docena de números uno. A veces veía vídeos suyos en la tele, aunque a mamá no le hacía ninguna gracia. Según ella, nosotros teníamos un talento infinitamente mayor que alguien como Tessa, & le daba una rabia terrible que ella disfrutara de tanta fama & dinero, & nosotros no, cuando básicamente hacíamos lo mismo.
—¡Es mi cantante favorita! —exclamó Bonnie.
—Bueno, Tessa es una amiga de la familia, así que vino & dio un concierto en mi fiesta. Es que, claro, no íbamos a traer a un puñado de Cincos de pena para que aburrieran a todo el personal…
Johanna me lanzó una mirada de reojo. Me di cuenta de que se avergonzaba por mí.
—¡Ups! —añadió Glimmer, mirándome—. Lo había olvidado. No era mi intención ofender.
El tono empalagoso de su voz era exasperante. Una vez más sentí la tentación de darle una buena bofetada… Mejor no pensar en ello.
—No me ofendes —respondí, con la máxima compostura posible—. ¿A qué te dedicas exactamente, Glimmer? Para ser una Dos, nunca he oído tu música en la radio.
—Soy modelo —respondió, en un tono que implicaba que debería de haberlo sabido—. ¿No has visto mis anuncios?
—La verdad es que no.
—Oh, bueno, eres una Cinco. Supongo que tampoco puedes comprarte revistas.
Me dolió porque era cierto. A Primrose le encantaba echar un vistazo a las revistas cuando teníamos ocasión de ir a alguna tienda, pero nosotras no teníamos absolutamente ningún motivo para comprarlas. Bonnie volvió a tomar la iniciativa & cambió de tema.
—Por cierto, Katniss, hace tiempo que te quería preguntar a qué te dedicas.
—A la música.
—¡Deberías tocar para nosotras!
—En realidad —dije, con un suspiro—, había traído el violín para dedicarte algo por tu cumpleaños. Pensé que sería un buen regalo, pero ya tienes un cuarteto, así que imaginé…
—¡Oh, toca para nosotras! —suplicó Johanna.
—¡Por favor, Katniss, es mi cumpleaños! —insistió Bonnie.
—¡Pero si ya te han regalado un…!
Pese a mis protestas, Bonnie & Johanna ya habían hecho callar al cuarteto & habían atraído a todo el mundo a la parte de atrás de la sala. Algunas de las chicas se sentaron en el suelo con sus vestidos extendidos, mientras que otras cogían sillas & se acercaban a nuestra esquina. Bonnie se situó en el centro del grupo, con las manos apretadas de la emoción, & Glimmer se quedó a su lado, sosteniendo con la mano la copa de cristal de la que aún no había bebido ni un sorbo.
Mientras las chicas tomaban posiciones, preparé el violín. El cuarteto de jóvenes que había estado tocando se acercó para acompañarme, & los camareros que había por la sala se quedaron quietos por fin.
Respiré hondo & me llevé el violín a la barbilla.
—Para ti —dije, mirando a Bonnie.
Dejé el arco flotando sobre las cuerdas un momento, cerré los ojos & comencé a tocar. Por un momento desaparecieron la malvada Glimmer, la amenaza de Gale en palacio, los rebeldes intentando invadirnos. No quedó nada más que una nota perfecta dejando paso a otra, como si fueran reticentes a perderse en el tiempo sin sus compañeras. Pero se agarraban unas a otras, y, mientras flotaban en el aire, lo que debía ser un regalo para Bonnie se convirtió en un regalo para mí misma.
Quizá fuera una Cinco, pero no por ello me sentía inferior.
Toqué la pieza —tan familiar para mí como la voz de mi padre o el olor de mi habitación—, unos momentos, breves pero bellos, & luego dejé que llegara a su inevitable final. Di una última pasada al arco sobre las cuerdas & lo levanté.
Me giré hacia Bonnie, esperando que le hubiera gustado su regalo, pero ni siquiera vi su rostro. Tras el grupo de chicas estaba Peeta. Llevaba un traje gris & una caja bajo el brazo, para Bonnie. Las chicas estaban aplaudiendo educadamente, pero yo no percibía el sonido de sus aplausos. Lo único que veía era la atractiva expresión de sorpresa de Peeta, que poco a poco se convirtió en una sonrisa, una sonrisa que era solo para mí.
—Majestad —saludé, con una reverencia.
Las otras chicas se pusieron en pie para saludar a Peeta. & en medio de todo aquello, oí un chillido de sorpresa.
—¡Oh, no! ¡Bonnie, cómo lo siento!
Unas cuantas chicas miraban en la misma dirección &, cuando Bonnie se giró hacia mí, vi por qué. Su precioso vestido tenía una mancha por delante, del color del ponche de Glimmer. Era como si la hubieran apuñalado.
—Lo siento, es que me he girado demasiado rápido. No era mi intención, Bonnie. Deja que te ayude —se disculpó.
A oídos de cualquiera, probablemente parecería sincera, pero a mí no me engañaba. Bonnie se tapó la boca & se echó a llorar; luego salió corriendo de la sala, lo que puso fin a la fiesta. Peeta, en un gesto galante, fue tras ella, aunque en realidad a mí me habría gustado que se quedara.
Glimmer se defendía ante cualquiera que quisiera escucharla, diciendo que había sido un accidente. Tuesday asentía, & aseguraba que lo había visto todo, pero entre las demás había tantas que levantaban la vista al cielo o ponían cara de hastío que el apoyo de Tuesday no valía para nada. Por mi parte, me limité a guardar el violín & me dispuse a marcharme. Johanna me agarró del brazo.
—Alguien debería hacer algo con ella.
Si Glimmer podía conseguir que una persona tan encantadora como Anna se mostrara violenta, o si pensaba que podía intentar quitarme el vestido, o hacer que alguien tan benevolente como Johanna estuviera a punto de dejarse llevar por la rabia, desde luego en la Selección no había sitio para ella.
Tenía que conseguir que la echaran de palacio...
