RISE OF THE TMNT
no me pertenece
B )
POR LOS NIÑOS
El camino de regreso a casa estaba resultando ser bastante largo.
Splinter sentía que llevaba horas caminando por el túnel que lo conducía directo a casa, y todavía no veía la puerta. Se suponía que faltaban pocos metros, pero estaba muy cansado, y el último tramo se había convertido en un martirio.
Se quedó mirando el túnel infinito por un momento más, hasta que por fin decidió mirar a quien lo acompañaba: su hijo Rafael, de ocho años.
- ¡Es tan suavecito! – exclamó el pequeño muy entusiasmado; abrazó con fuerza a un oso de peluche.
Splinter, arrastrando los pies, continuaba la caminata hacia su casa, escuchando con atención cómo su hijo desbordaba alegría, y soltó un leve suspiro. El pequeño no estaba tan cansado como él.
Ellos dos habían pasado varias horas recorriendo la recién inaugurada Ciudad Osito, una tienda bastante grande, donde vendían exclusivamente osos de peluche.
A pesar de haber visto todo el lugar, su hijo no estaba cansado. Es más, parecía que era capaz de volver a hacer el recorrido por segunda vez, incluso una tercera; pero para Splinter, había sido suficiente.
El cansado padre miró a su pequeño con atención.
El niño no dejaba de hablar sobre todo lo que vieron en Ciudad Osito.
Ciudad Osito resultó ser una auténtica ciudad: había calles, edificios, parques, centros comerciales, escuelas, estación de bomberos y de policía… naturalmente, todo construido a escala de un oso de peluche.
Rafael comenzó a nombrar a cada osito de peluche que había visto. A su padre le sorprendió que, en una tarde, hubiese aprendido tantos nombres.
Splinter estaba satisfecho que su hijo fuese feliz con un oso de peluche.
- Entonces, Rojo, te divertiste. –
- ¡Sí, papá! Gracias por llevarme a Ciudad Osito. –
El niño no sólo estaba feliz por haber asistido a ese lugar, sino que tuvo mucha suerte al haber ganado un oso de peluche en una de las rifas que conmemoraban la primera semana de la inauguración (afortunadamente para el bolsillo de Splinter).
Splinter asintió, presintiendo que no sería la última vez que su hijo le pidiera ir a ver a los osos de felpa.
La larguísima odisea se desató porque su hijo vio, en la televisión, un comercial de ositos de peluche.
¿En qué momento se le ocurrió permitirles a sus hijos ver televisión?
Los cuatro niños habían sido felices viendo las películas de Lou Jitsu una y otra y otra vez pero, como buen padre, creyó que ellos se merecían un poco de televisión, así que les permitió ver otro tipo de series y películas. Fue cuando comenzó su pesadilla. Sus pequeños fueron presa de la mercadotecnia. Empezaron a pedirle cosas, cosas y más cosas.
Splinter suspiró otra vez, aunque esbozó una pequeña sonrisa.
Él siendo niño, pasó horas enteras viendo Ultraman, ¡era su héroe!; incluso, en algunas ocasiones, su madre lo acompañó a ver su serie favorita. Él hacía lo mismo ahora que era padre. Además, ¿cómo podía negarles algo a esas caritas tan tiernas?
Aunque debía aceptar que había sido caótico complacerlos. Aparte de juguetes, sus hijos también le habían pedido que los llevara a ciertos lugares.
La semana antepasada, estaban viendo en la televisión cómo un mago hacía sus trucos. Terminados los trucos, el mago anunció que se presentaría en Central Park. Quien le pidió eufórico que lo llevara, fue Leonardo. Y lo llevó, y a los otros tres también.
Mala idea.
El único que disfrutó del espectáculo fue Leonardo; los otros niños se quedaron dormidos. El regreso a casa fue todo un desafío. Tuvo que cargar a Miguel Ángel con un brazo, a Donatelo lo llevó cargando en la espalda, y Rafael, llevándolo de la mano, casi lo arrastraba porque estaba medio dormido. Leonardo tuvo que caminar solito, pero se la pasó platicando durante todo el camino lo maravilloso que le había resultado ver al mago.
Por otro anunció comercial fue que se enteraron de la recién inaugurada Ciudad Osito; fue a Rafael a quien le llamó poderosamente la atención. Hoy fue que por fin Splinter llevó a Rafael, pero primero, les preguntó a los otros niños si querían ir. Suspiró aliviado que dijeran que no (probablemente gracias a la experiencia anterior).
Y para el siguiente mes, gracias a otro anunció comercial, va a llevar a Donatelo a una demostración de robótica.
Splinter volvió a suspirar de cansancio. Muy probablemente, todos iban a querer ver a los robots. Sólo esperaba que fuese lo suficientemente entretenido para que ninguno se durmiera.
- Gracias mercadotecnia. – Splinter murmuró para sí.
No dijo más al respecto porque él también llegó a aprovecharse de la publicidad y de los medios de comunicación, aunque agradeció que la siguiente salida sería la última porque, quien faltaba que quisiera ir a alguna parte, era su hijo más pequeño, pero no se lo había pedido. Siendo el más tranquilo, prefería permanecer en casa haciendo dibujos…
Se interrumpió en sus pensamientos porque por fin llegaron a casa.
En cuanto pasaron la puerta, Rafael se soltó de la mano de su padre y salió corriendo a encender la televisión, se sentó frente a ésta, y por coincidencia, estaba el anunció comercial de Ciudad Osito; promocionaba que eran los últimos días para las ofertas a mitad de precio.
Al ver el anuncio comercial, Splinter torció la boca de satisfacción porque él no tuvo necesidad de aprovechar la oferta, aunque deseó que la tienda no sacara más osos; tuvo suficiente con el Alcalde Abracitos y la maestra Apapachos. Olvidándose de los amigos felpudos, recorrió los alrededores con la mirada para asegurarse de que no hubiera ningún problema.
Donatelo estaba desarmando un auto de control remoto.
Splinter sonrío orgulloso. Le sorprendía que su hijo pudiese desarmar cualquier cosa y volver a armarla sin olvidar ni un tornillo.
Se acercó a él.
- Morado, vuelve a armar el cochecito. Voy a preparar la cena. –
- Cinco minutos más. – pidió el niño sin apartar lo que parecía ser el chip del control remoto.
- Cinco minutos. – accedió Splinter.
Después se acercó a Leonardo y a Miguel Ángel.
Ambos estaban entretenidos haciendo dibujos.
Leonardo dibujaba a un mago realizando sus trucos: Splinter estaba dentro de una caja, sólo se veían su cabeza y sus pies, y la caja había sido partida a la mitad; a Donatelo le extraía una moneda de la "oreja"; Rafael estaba sentado en una silla que flotaba; Miguel Ángel metía su mano en el sombrero, al parecer buscando al conejo, mientras Leonardo sostenía el sombrero.
Aunque había transcurrido una semana, el pequeño continuaba emocionado por el espectáculo de magia.
Splinter sonrío cabizbajo al recordar algo.
Durante el espectáculo de magia, en varias ocasiones, el mago pidió "ayudantes"; los ayudantes fueron las personas del público, sobre todo niños. Todas las veces que el mago pidió un ayudante, Leonardo gritaba pidiendo ser él el ayudante, pero no fue elegido.
Fue sencillo para los cinco 'colarse' en el espectáculo, pero Splinter agradeció que a su hijo, creyente en la magia, no le pidieran subir al escenario. Por supuesto que su hijo se puso triste, y la única forma que pudo consolarlo fue decirle que no había tenido suerte porque habían asistido bastantes personas, que quizás para la próxima. Con estas palabras, el niño se olvidó de su tristeza y disfrutó del espectáculo.
Por el dibujo, Splinter supuso que Leonardo esperaba que para la próxima, todos ellos fuesen ayudantes.
Tendría que pensar en alguna solución.
Splinter no deseaba que sus hijos no tuvieran contacto con el mundo exterior. A él le sucedió algo similar, siendo niño, aunque por otras razones, y no iba a permitir que sus niños estuviesen encerrados toda la vida. Ya pensaría en algo.
Miguel Ángel estaba dibujando, o más bien, estaba copiando el dibujo de un personaje de la caja del cereal.
Sus otros hijos hacían dibujos ocasionalmente, pero a Miguel Ángel le encantaba dibujar. Disfrutaba haciendo sus propios dibujos pero, ya que le llamaban la atención los colores y las formas, también copiaba dibujos. Era muy feliz haciendo dibujos, y el padre era feliz porque no le había pedido que lo llevara a algún lugar.
Por fin, Splinter pudo sentarse en el sillón y descansar. Se quedó mirando un rato la televisión.
Por muy cansado que se sintiera, se obligó a no quedarse dormido porque debía preparar algo de comer, lo que le recordó que Miguel Ángel también le ayudaba a cocinar. A su pequeño le encantaban los olores de los alimentos, su textura y sobretodo el sabor, por supuesto, y siempre ponía mucha atención en cómo preparar la comida.
La serie animada de un extraño duende de arena terminó, y comenzaron los anuncios comerciales.
- ¡Jupiter Jim! – exclamó el pequeño Rafael.
Los otros niños, al escuchar a su hermano, dejaron de hacer lo que estaban haciendo, se pusieron de pie (Leonardo tomó de la mano a su hermanito para evitar que tropezara y cayera) y fueron corriendo a sentarse frente a la televisión a ver a su personaje favorito. Cantaron el tema del héroe espacial; ya se lo habían aprendido de memoria.
Splinter resopló y se levantó. No quiso ver a la "competencia" de Lou Jitsu. Fue a preparar la cena.
.
- Papá, necesito un horno. – un chiquillo de nueve años le hacía una petición seria a su padre.
Splinter estaba disfrutando de su tiempo frente a la televisión. Sus hijos ya sabían que no debían molestarlo.
- Naranja, - dijo Splinter algo fastidiado - ¿no puedes esperar a que termine 'Laura en América'? –
El pequeño no vaciló. Sostenía entre sus manos una revista de cocina. Su padre se la había regalado, y el pequeño ya había elaborado varias recetas, platillos sencillos, porque su padre estaba al tanto de que no se hiciera daño.
Al parecer, el niño estaba listo para hacer algo más complejo.
- Con un horno puedo hacer galletas. – el niño le mostró la imagen de las galletas con chispas de chocolate.
- ¿Galletas? – Splinter se apartó del respaldo del sillón para apreciar mejor la imagen; se le hizo 'agua la boca'.
- ¡Sí! – el niño no contuvo su emoción ante las posibilidades que se le presentaban si llegase a tener un horno – Galletas, pasteles… ¡pizza! –
Splinter prácticamente estaba babeando; se dio cuenta y pasó su brazo por su boca. Los postres siempre habían sido su debilidad.
- Creo que un horno eléctrico puede funcionar tan bien como cualquier horno. Ve por tu sudadera. ¡Vamos a buscar tu horno! –
Miguel Ángel se fue corriendo; estaba muy feliz porque su padre había aceptado su propuesta.
Splinter no se lamentó que su hijo, el más pequeño, se hubiera vuelto el más exigente de todos.
Conseguir los ingredientes que le pedía había sido mucho más complicado que llevarlo a algún lado. Ahora necesitaba un aparato para poder a cocinar más cosas, aparte de omelette, pastas y ensaladas.
Sin embargo, Splinter haría cualquier cosa por ver felices a sus niños.
B )
Splinter 2k18 es muy consentidor, ¿no? xD
Gracias por leer.
n.n
