Este capítulo, a mi modo de ver, es algo neutro, pero necesario, además, después de esto, al fin tendré luz verde para llegar a lo que sería el MikamixLight en sí. Oh, y creo que demoraré más de lo esperado con el siguiente capítulo, siento aquello. Saludos~

CAPÍTULO IV

A esas horas de la noche a quien menos imaginó encontrar al atender cuando el timbre sonó, fue precisamente a ella.

Agraciada como siempre y luciendo delicada envuelta en un conjunto entallado de tonos color tierra que marcaba encantadoramente la figura de su bien cuidado cuerpo, de tacones rojos y altos, con maquillaje ligero, pero elegante, Takada allí se encontraba, justo a su frente, es decir, bajo el umbral de la puerta de su apartamento, el mismo que compartían juntos hacía apenas unos cuantas semanas atrás.

Mikami la observó confundido, sorprendido de verla allí y cuestionándose el simple hecho de hacerla pasar o indagar el porqué de su, aunque raro le sonase ya, visita. Y es que se suponía que todo había terminado mal entre ellos, lo recordaba bien. El momento de la audiencia de separación no había sido la mejor de las experiencias que tuvo con ella, mucho menos lo fueron los términos con los que le dieron fin a su relación. Teru, ya de más instruido en las condiciones con las que solían terminar los engorrosos trámites de un divorcio debido a su profesión, no le sorprendió para nada ese momento en que el abogado de Kiyomi había pedido una pensión de por vida para su clienta, aunque ya existiera un acuerdo prenupcial entre ellos al momento de casarse.

En el fondo, sabía que con esa cláusula, ella nada más exigía una especie de compensación a los años que le dedicó a un matrimonio fallido –y por lo mismo quizás– él había aceptado pagar y no le refutó nada al juez. Tal vez por culpa o eso quería creer. Sí, estaba claro que no le dio toda la atención que, como su esposa, necesitaba, pues como siempre, su trabajo había sido lo primero, segundo y tercero que ocupaba la mayoría de su día a día.

No la culpaba, hasta entendía que se hubiera cansado de él.

—¿Y me harás pasar o nos quedaremos toda la noche aquí?

Al ver los labios perfectamente pintados de la mujer moverse y sus dudosos ojos dirigiéndose hacia los suyos, el pelinegro salió de su ensimismamiento poniéndole atención al fin a la realidad. Recién ahí atinó a aceptar de una vez por todas la presencia de Takada, la que continuaba mirándolo, ahora con una ceja alzada.

—Disculpa— Murmuró él, sacudiendo un poco la cabeza para despabilarse en lo que le abría camino hasta la sala principal— Pasa, adelante.

La morena, bajando la mirada y colocando incómoda un mechón de su corto cabello tras su oreja, no dudó en entrar. Conforme avanzaba, se dedicó a observar cada centímetro del lugar con cierta añoranza a pesar de la situación actual en la que se encontraban, evocando momentos amargos y otros felices también. Con cautela, el azul de sus ojos fue a parar a la amplia cocina americana que casi ocupaba la mitad de la estancia, esa que, ella misma había decorado cuando la encontró demasiado blanca según su ver al apenas estuvieron recién casados, listos para formar su hogar en aquellas cuatro paredes. El granito del mesón estaba reluciente, la platería y la porcelana en una vitrina maravillosamente presentada como si fuese una exposición, el horno de dos puertas en que solía preparar la cena ahora se mantenía apagado, hasta esa frutera a mitad del mostrador, que a decir verdad nunca fue de todo su gusto, seguía allí.

Todo seguía en su acostumbrada ubicación, lleno de esmero, lleno de recuerdos. Sin quererlo, la melancolía la invadió, no sólo experimentando un saborcillo agridulce en su garganta, sino que también en el corazón, después de todo, había sido mucho tiempo conviviendo allí.

—Y bien, ¿Qué haces aquí? — Teru fue el primero en romper el silencio, de manera algo brusca cabe decir— Si he de ser sincero, pensé que nunca más te volvería a ver.

Ante la acidez con la que su ex-marido soltó esa pregunta, pareció despojarla de golpe de cualquier sensación cálida que pudo haberse adherido a su pecho, lo que hizo a Takada levemente enfurecer o aquello hizo entender el veloz, pero sutil pliegue de descontento que se marcó entre sus delgadas cejas. Aun así, suspiró convencida de no querer pelear, no venía con esas intenciones, ya era suficiente de malos entendidos entre los dos.

En seguida suavizó su expresión, haciendo como que nunca fue escuchada esa última parte del comentario tan poco amable que Mikami, a modo de saludo, poco antes le brindó.

—Siento no haberte avisado Teru, sólo vine por algunas cosas que olvidé llevarme.

—Ya veo.

Fue la corta respuesta del pelinegro. Acto seguido, lo vio dirigir sus pasos hasta el dormitorio principal sin siquiera dedicarle una mirada; eso la molestó, era como si pasara de ella. Pensó que su propósito era sencillamente dejarla ahí sola para que estuviera a sus anchas mientras recogía cada una de sus pertenencias, tratando así de no dirigirle la palabra, y por obviedad, ni siquiera intercambiar miradas, pero cuando lo vio regresar a la sala con un pequeño bolso repleto creyó entenderlo.

—Ahí está todo— Dijo él, acercándosele y dejando el bolso justo a sus pies— Me tomé el atrevimiento de juntar todas tus cosas, aunque la verdad no sabía si vendrías por ellas o no.

Y de nueva cuenta la ignoró, porque sencillamente se limitó a darle la espalda para mirar distraído el paisaje de luces que ofrecía la ciudad desde el gran ventanal.

Maldita sea, Mikami era un sujeto difícil de comprender, ahora Kiyomi –como por arte de magia– lo entendía muy bien, actuaba como si nada hubiera pasado entre ambos, sus facciones ni siquiera habían cambiado al hablarle. Esa actitud la ponía furiosa, y más el hecho de haberle dado todo su amor a un hombre frío e impasible como lo era él, porque pudo ser que a ojos de los demás ellos fueran un matrimonio perfecto y bien constituido, donde el hombre de la casa salía cada mañana a trabajar en pro de un productivo día y ella, como buena mujer, lo esperaba cada noche sin falta impaciente por servirle fiel, pero no, nada podía ser tan color de rosas, todo tenía su qué.

¿Qué ganaba tener todas las joyas que podría querer y vivir bien si tampoco un caluroso "Te amo" recibía al anochecer?

¿De qué valía toda la comodidad económica que le daba Teru si aquello implicaba conformarse con prácticamente servirle de esposa trofeo ante los demás?

No, no estaba dispuesta a hacer de eso su vida entera y quizás a causa de cargar con ése, su silencioso pesar, el destino le había abierto los ojos cuando en brazos de otro encontró lo que tanto ansiaba conseguir. Más allá de caricias vacías o frases de amor a medias, halló un hombre que la comprendía y que la hacía valer, un hombre que la hacía sentir mujer, que la consolaba cuando se sentía sola y no cuando por suerte le sobraba una hora libre en su atareado día. Si Takada creía que había sido abandonada durante tantos años en esa especie de relación ridículamente perfecta, ahora estaba convencida de que no fue sólo su imaginación, es más, el mutismo en los ojos de Mikami al decirle que quería separarse se lo había demostrado ya.

Así que ahora al ver, como señal de indiferencia, nada más que la espalda del hombre que, se suponía la amaría por el resto de sus días, la descolocó de sobremanera. Como nunca logró hacerla estallar.

—Maldición Teru— Habló fuerte, alzando su voz al no soportar por un minuto más tanto desinterés que el otro se cargaba hacia su presencia ahí— Si hubiera sabido que me recibirías así ni siquiera me hubiese molestado en venir, sabes. Si es porque te pedí el divorcio, creo que estás consciente que mi decisión no es algo que puedas reprocharme solamente a mí.

Soltó sin más, ya cansada. Lo encaró como hace mucho no lo hacía, pero por alguna razón, ni al escucharla tan alterada hizo que el abogado le diera la cara, al contrario, se quedó clavado en su sitio tal cual. Y no es que no quisiera enfrentarla o negarle cada una de sus palabras, sabía que ellas sólo contenían verdad, pero no podía evitar sentirse un poco decepcionado, no sólo por no haber sido capaz de sacar a flote un vínculo amoroso de tantos años, sino que también por no darse cuenta antes que Takada hace mucho había encontrado a alguien que le daba todo lo que no pudo él.

—Lo sé, estoy más que consciente que gran parte de la culpa recae en mí también— Dijo, apaciguando su timbre de voz, evidenciando que a pesar de su siempre aspecto de seriedad, se mantenía sereno— Pero sinceramente, nunca pensé que me fallarías así, yo jamás puse los ojos sobre otra mujer que no fueras tú. Ni siquiera llegué a concebir la sola idea de serte infiel, en cambio tú…

—¿Es eso entonces? ¿Es por eso que no me miras a los ojos?— Por un momento, Kiyomi lo entendió, todo le quedaba mucho más claro, pero no, no se iba a ir de allí como la mala de esta situación. Por algo habían pasado las cosas y Mikami no sería tan egoísta como para reprocharle haberse ido con otro hombre sin antes darle una explicación, así que agregó:— Entonces dime algo Teru, ¿Cómo pretendías que no buscara en otra persona lo que con suerte tuve de ti? ¿Es que acaso pensaste que siempre estaría esperando que te dignaras a ponerme la atención que como tu esposa merecía? No basta con firmar un papel y soltar al viento que amarás y cuidarás a alguien hasta la muerte, lo sabes mejor que yo.

Era cierto, muchas veces le tocó preceder divorcios como parte de su abogacía, viendo constantemente que la causa de ellos iba desde conflicto de intereses hasta desamor, pero ni por un segundo creyó que a ellos les pasaría lo mismo, creía tenerlo todo bajo control.

—Me cansé de esperar que naciera de ti abrazarme o darme algo más que las sobras de tu tiempo que dejaba tu trabajo, así fueron las cosas y debes aceptarlo— Takada siguió, quebrándose un poco con el pasar de los segundos su voz— Encontré en Rester todo lo que no me diste tú, porque juraría con mi alma que ni siquiera llegaste a amarme alguna vez, ¿O es que me equivoco?

De un momento a otro, sus ojos –habitualmente llenos de vitalidad– se aguaron predecibles a llorar, viendo demacrados como Mikami se volteaba hacia ella, todo para que al fin el azul y miel de sus miradas chocaran. El contacto de sus ojos se volvió ácido, pues ya no era de cariño como alguna vez lo fue, ahora era mísera compasión, porque él se negó a responder, dándole por ende y dolorosamente, la razón. En simples palabras, el silencio otorgaba, así que Takada lo comprendió. Cruda, pero esa era la verdad.

Nunca la amó.

¡ZAS!

Su mano completamente abierta no tardó mucho en ir a parar, con fuerza y rabia, hasta la mejilla del mayor, que en la misma posición y determinado, ya esperaba esa reacción en la que era su mujer. La carne de su pómulo izquierdo ardió como nunca, sintiendo que con ello recibía algo del castigo que merecía por ser tan indiferente a su relación. Si debía soportarlo, estaba dispuesto a recibir más cachetadas, al menos si con ello Takada se sentía más tranquila y en paz, deseando de paso, no herirla más. Pero no, no era tan fácil, ella se veía destrozada, en cada una de sus facciones se notó.

—Lo sabía, nada me quitaba de la cabeza que te casaste conmigo sin amor, cada una de tus acciones me lo decía, ¡Gracias por confirmarme lo que siempre sospeché!

Soltó completamente descompuesta, denotando en sus iris absoluta frustración. Tomó rápidamente lo poco y nada de las pertenencias que le quedaban y emprendió camino de salida, decidida a irse y convencida de que jamás pisaría nuevamente aquel lugar, donde recuerdos que pudieron haber sido cálidos y acogedores ahora sólo se reducían a más y más desilusión.

—Takada…

Sin embargo, el ligero llamado de su nombre la hizo detenerse un breve instante antes de partir, justo cuando estaba por cruzar la puerta.

—Incluso sin amarte, yo si estaba preparado para pasar toda mi vida contigo— Indicó Teru y con sus ojos afilados pero sinceros, ahora sí dignándose a mirarla directamente, buscando desesperados algo de comprensión. No quería resultar ser hiriente, simplemente quería liberarse con la verdad, si era lo que ella tanto deseaba escuchar, merecía obtenerla entonces— Aun así lo siento… Realmente siento no haberte hecho feliz todos estos años.

Ya no había vuelta atrás, Kiyomi comprendió que con esa sentencia llegó el final, que ahora sus vidas corrían por separado y tenía claro que él no la detendría, aunque tampoco era lo que pretendía conseguir, ahora comenzaría una nueva historia al lado de Rester, que como ella, ya tenía un matrimonio fallido en su haber, suficiente razón para entender que las cosas serían más amenas con él. Pero dolía, desprenderse así nada más de varios años conviviendo juntos dolía, de cualquier modo no quiso seguir lamentándose, no dijo nada, no tenía qué más decir.

Los ruidosos choques de sus tacos contra el cerámico fue todo lo que dejó a su paso mientras se apresuraba por salir de allí, aguantando un doloroso nudo en la garganta y reprimiendo hasta llegar al ascensor unas cuantas lágrimas amargas que pronto decoraron la blancura de su piel y tan fuertes eran sus deseos de huir a toda velocidad, que no dio cuenta de nada ni nadie a su alrededor, menos de la presencia de Matt, que en silencio, con un cigarrillo sostenido por sus labios y apoyado en la pared a un costado de la puerta, sin querer, había escuchado la última parte de la conversación.

Había llegado de visita en mal momento al parecer.

Teru, tan directo como siempre…

Pensó el de ojos verdes con lástima por la mujer, pero también estaba consciente de que si esa relación no era más que una farsa, era mejor dejarla por su propio bien. Al ver la figura de la sollozante morena perderse tras el ascensor, Mail deseó de todo corazón que le fuera bien y que, al igual que ella, su amigo encontrara a quien realmente pudiera darle felicidad, esa que todos merecen obtener.

Cuando finalmente se permitió entrar al apartamento de Teru, en parte dudoso si no estorbaría más que ayudar, se lo topó con la vista perdida hacia la nada y fue difícil no darse cuenta de la marca rojiza que en su mejilla izquierda reposaba, parecía doler.

Ambos se quedaron parados allí un buen rato, como verdaderas estatuas. Al pelinegro no le tomó nada de tiempo sentir a Mail algunos metros a un costado de él, pero calló, en todo momento se mantuvo en silencio. Su cabeza estaba hecha un caos, más de lo que realmente podía llegar a creer. Su esposa se había ido, nunca volvería, estaba solo otra vez.

Ya estaba hecho.

—¿Quieres ir por un trago y emborracharnos hasta quedar calvos?

Jeevas fue quien habló. Los momentos tensos no eran lo suyo y por consecuencia siempre tenía una línea graciosa, o bien tonta, que decir para salir del paso si algo como una pelea se llegaba a presentar, así que no fue extraño para el fiscal que el pelirrojo dijera aquello de manera tan casual, como si estuviera abriendo el refri y preguntara qué hay de cenar. Por un corto segundo pensó en mandarlo al diablo, pero luego se dignó a pensarlo con más calma, congeniando por vez primera en ese rato con la idea que, ahora sí, su cerebro se dignaba a analizar. El asunto con Takada tenía que terminar allí y ahora, y qué mejor que una última copa en nombre de su divorcio, fuera la tinta con la que dar punto final a ese capítulo tan ingrato en su vida.

—No suena nada de mal.

.

Bufó cansinamente apenas sus pies tocaron el vestíbulo de la que era su casa, aquella que, a pesar de ser hermosa, amplia y bastante acogedora para cualquiera, nunca tuvo la molestia de observar con detenimiento siquiera. Para él era molesta, vacía, aburrida, lo desesperaba. En palabras sencillas, era como su prisión, es más, siempre que llegaba ahí, le era inevitable no cuestionarse por qué siempre regresaba si le era tan tortuoso permanecer en esas cuatro paredes.

Se hacía el desentendido, aunque de sobra sabía la razón.

—Tsk.

De entre sus labios escapó un quejido de disgusto, justo cuando se resignó y avanzó. Haciéndose de ánimos, esos que con cada día que pasaba creía que le costaba más conseguir, aligeró el nudo de la corbata en su cuello y se dispuso a subir las escaleras hasta la planta superior. Una vez allí, notó que todo estaba en demasía silencioso, y no era para menos, casi era medianoche, diez minutos faltaban para la campanada doceava del reloj.

Intuyó que su mujer dormía y así lo comprobó cuando entró al dormitorio principal. A pesar de la escasa luz que venía desde la calle, no fue difícil divisar la delgada figura de su esposa recostada, aun vestida y maquillada, demostrándole de inmediato que el cansancio fue más fuerte y la había logrado derrotar, de seguro porque resultó ser un día bastante ocupado. Casi inconscientemente, sus manos dieron con una manta que yacía a los pies de la cama y la cubrió, procurando no despertarla.

Se veía tranquila, tanto, que fue imposible no quedársela contemplando.

Misa, innegablemente, era muy hermosa. Tenía una cabellera dorada muy bien cuidada, largas y finas pestañas, bellos ojos de un vivaz color miel, una respingada nariz, labios pequeños y sugerentes, piel lechosa y suave al tacto, un cuerpo despampanante, además de, contar con facciones angelicales y hasta –podría decirse– cierto aire infantil que la hacía encantadora. Eran evidentes todos sus atributos, saltaban a la vista.

Sin lugar a dudas, era la mujer que cualquier hombre desearía tener.

Claro está, cualquiera menos él.

Un repentino suspiro rehuyó de sus labios cuando dejó de observar el perfil de la rubia, no sabiendo bien cuánto se había quedado parado allí. Se quitó el saco y pronto su corbata también, dejando ambas prendas cuidadosamente dobladas sobre un alargado diván próximo a la ventana. Justo en ese fugaz movimiento vio, a sus ojos, la única alegría de la casa. Con sus ojitos cerrados, dejando en evidencia que disfrutaba de un muy placentero sueño, y con uno de sus pequeños deditos pulgares prisionero entre sus labios, su hijo de escasos cuatro meses de nacido descansaba cómodo en su pequeña cuna. Vestía de blanco, color que, armoniosamente, hacía juego con sus cabellitos castaños, igual a los de su padre.

Light no pudo evitar sonreír ante tan dulce imagen, ahora sí había quedado prendido de su retoño nada más al verlo. Se veía tan frágil, tan chiquitito, tan inocente, parecía un ángel.

Cuando el bebé se removió entre sus sábanas, de igual color a su ropaje, y dejó al fin libre su dedito, una sonrisa más ancha decoró el rostro del hombre. Kira, su hijo, era el tesoro más grande que tenía en su vida, él quería llamarlo su cable a tierra. Así es, era el motor que lo despertaba cada mañana, la meta por la que luchaba, su alegría constante cada vez que le sonreía, una de las razones por la cual seguía con Misa, su madre.

Joder, era tantas cosas.

—Para mí, eres lo más importante. Jamás lo dudes.

Murmuró despacito, inclinándose hacia su niño y acariciando con delicadeza la piel de su mejilla, deseando por todos los medios que su hijo llegase a comprender la verdad de sus palabras. El nene, tan pronto como sintió el trazo de aquella caricia esbozó una sonrisita entre sueños, gesto que contagió sin demora al castaño mayor. Raito sabía que cuando creciera sería su viva imagen, o al menos así se podía apreciar en todo el semblante del pequeño a pesar de sólo tener unos cuántos meses de vida. Ya se lo imaginaba todo un hombre como él, sería divertido de ver.

Lo dejó descansar tranquilo y al parecer se sintió extraño, porque nuevamente suspiró al incorporarse en su sitio y retroceder. Ni idea.

Tan rápido como pudo, y entre la oscuridad de la habitación, se cambió de ropa, casi sin proyectar ruido alguno, no obstante, no fue un pijama el que se apegó a los poros de su bronceada piel ni mucho menos, sino que un atuendo casual que terminó por engalanar con una chaqueta de cuero, y luego, jugó un poco con sus cabellos, desordenándolos con querer, dándole enseguida un aspecto difícil de imaginar por cualquier integrante de su familia en él. Y es que sí, el contraste era demasiado, de vestir un traje de oficina cada mañana a aquel estilo tan despreocupado apenas caer la noche. Increíble.

Cuando hubo terminado, salió de la habitación, cerrando cuidadosamente la puerta tras él. Sin remordimiento alguno al parecer. Y en el segundo en que sus zapatos tocaron el asfalto de la calle, elevó la mirada al cielo, aquel que se cubría de un manto oscuro decorado de una infinidad de estrellas, todo para simplemente dejar que el ligero soplar de la brisa nocturna jugara con su pelo, buscando así –casi desesperado– un momento de tranquilidad a solas.

Miró sus manos. Su piel era lisa, parecía suave a la vista a pesar de ser un hombre. Supo que con los años las arrugas aparecerían y se volverían extremidades deterioradas nada más, inútiles… Qué triste sería aquello, pensó, pero su reflexión se quedó en el aire apenas el brillo de su argolla de bodas se vislumbró. Sus ojos se quedaron clavados en ella mucho más tiempo del que hubiese deseado. Tantos años llevaba ahí, en su mano, que prácticamente era parte de su carne, aunque ahora sólo se había reducido a ser un adorno y signo simbólico de una ceremonia vacía y falta de amor.

Qué patético.

Lo tenía claro, esa no era su realidad.

Decidido, retiró el anillo de su dígito anular. La joya, aquella noche como tantas otras, terminó en el bolsillo de su pantalón, clausurada a ser tocada, prisionera hasta la siguiente mañana. Light Yagami ahí mismo, en medio de la calle, sonrió con ganas, justo momentos antes de emprender camino hasta la avenida principal y coger el primer taxi que pasara.

Era indiscutible. Sin esa cerradura apresando su dedo, se sentía en libertad.