1.
(N.A: lo escrito en negrita y cursiva es un sueño)
-Vamos, nos están esperando.- un pequeño ojiceleste de mirada tranquila tiró de la manga de su amigo empujándole en contra de su voluntad. El pelirrojo por su parte opuso la mayor resistencia que pudo, pero no podía con la fuerza de su amigo quien le sacaba un buen palmo de altura.
-Yo no quiero ir.- al oír esas palabras el más alto se detuvo mirando sin entender.- ¿Por qué tenemos que cambiar?- preguntó haciendo un mohín con sus mofletes.
-Ya oíste a Sensei, dijo que así aprenderíamos más.- respondió con una sonrisa el moreno que volvió a tirar de la manga de su amigo, pero este se negó en rotundo y se tiró al suelo, sentándose en la arena del parque para evitar ser arrastrado.- Rin…- pronunció el nombre de su amigo con la serenidad que tanto le caracterizaba ya desde su más tierna infancia, y se agacho poniéndose de cuclillas frente al pelirrojo de manera que ambas caras quedaban muy cerca la una de la otra.
-¡Yo quiero tocar solo con Haruka!- demando egoístamente frotando una de sus mangas por sus ojos, y mojando esta por las lágrimas que comenzaban a derramarse por toda la cara. El pequeño de mirada clara agarró el brazo de su amigo dejando así expuesta la cara del pelirrojo por la cual aún rodaba alguna lágrima.
-Yo también quiero tocar solo con Rin.- sonrió con un deje de melancolía en su rostro poco típica para alguien de su edad. Tras esto se levantó y acarició la cabeza del de ojos esmeralda que aún continuaba en el suelo. El pequeño Rin levantó la cabeza sin darse cuenta de que sus mejillas se teñían de un ligero rojo y sonrió feliz al saber que su amigo se sentía igual que él.- Vamos, Rin, llegaremos tarde.- le tendió una mano al más bajo para ayudarlo a levantarse.
Aturdido, se levantó de la cama y se llevó las manos a la cabeza, restregando sus dedos, o más bien hundiéndolos en sus sienes para así aliviar el dolor que sentía. Siempre ocurría igual, cuando soñaba con ese tipo de cosas una jaqueca lo invadía y su garganta se secaba por completo, provocándole una sed inusual. Hacía tiempo que no tenía ese tipo de sueños, pero supuso que el hecho de que hoy iba al conservatorio no pudo evitar el traerle infinidad de recuerdos a la mente.
Había dejado de tocar hacía bastantes años y ya no sabía si recordaría algo, o si conseguiría siquiera no hacer el ridículo al tocar una sola tecla. Sus manos se habían vuelto torpes, aunque continuaba teniendo la ligereza que tanto lo caracterizaba y él mismo pensaba que con un poco de tiempo la velocidad volvería. Aún así se sentía nervioso al tocar en frente de alguien a quien no conocía, aunque este fuese a ser su profesor y le fuera a enseñar. Hacía tanto tiempo que no tocaba para nadie que se sentía ansioso a la par que asustado.
La última vez fue hace más de año y medio, y en esa ocasión el dolor irrumpía con fuerza en su cuerpo al tocar para su abuela quien yacía prácticamente inerte en su cama. Su corazón se rompía en cada nota sabiendo que ahora estaba completamente solo, y se reprendía aún más por no poder tocar bien, por equivocarse y tener unas manos lentas y toscas…tantos años sin tocar le habían pasado factura. En esa ocasión su anciana abuela, le recordó aquellas tardes en el salón tocando junto a sus padres, riendo mientras su madre y él tocaban alegremente y le hizo prometer que volvería a tocar el piano como cuando era niño…
Y así, un año y medio después, el pelirrojo se encaminaba a cumplir la promesa que hizo: iba a tocar de nuevo como lo hizo en su niñez. Lo cierto era que había estado prolongando el momento lo máximo posible, pues al principio se excusó en que aún no había superado la pérdida de su abuela, más tarde en que aún no estaba instalado y todo aún era demasiado confuso, y ahora…ahora se había quedado sin excusas así que se decidió a hacerlo, se apuntó al único conservatorio del pueblo. Tampoco es que ese lugar le gustase, pero no había más opción a no ser que quisiera irse a la ciudad, y en esos momentos el pelirrojo no podía permitírselo.
Cuando llegó al conservatorio la recepcionista le indicó el lugar donde a partir de ahora daría todas las clases, no sin antes elogiar su cabello. Era una costumbre llevar el pelo suelto cuando tocaba, pues extrañamente se sentía cohibido si se lo recogía en una coleta, le gustaba sentir que su pelo se movía al compás de la música, le daba una falsa sensación de libertad.
Ya en la sala encontró un hermoso piano negro, algo antiguo si, pero en perfecto estado, sobre el cual recaía una fina luz proveniente de los últimos rayos de sol de la tarde, de esta manera al entrar, Rin quedo fascinado por aquel ambiente tan sereno y apacible. Y como si de una tentación inevitable se tratase se sentó en aquel banco y levanto la tapa del piano. Las teclas brillaron y el pelirrojo poso la yema de sus dedos por todas las teclas, pero sin pulsar sobre estas, tan solo sintiendo el tacto del instrumento en él. Suspiró con nostalgia y cerró los ojos mientras en su boca se dibujaba una sonrisa. Al hacerlo, instintivamente una melodía recorrió su mente y sus dedos se movieron, presionando la tecla indicada, y provocando un sonido armonioso. Había tocado tantas veces esa melodía en aquel lugar y ahora ahí estaba haciéndolo de nuevo…casi era como volver a aquellos momentos de pura felicidad.
-Veo que aún sigues acelerándote en la misma parte.- el pelirrojo paró en seco y sus ojos buscaron esa voz que tantas veces había oído en sueños. No podía creerlo, era él.
